Bruce Wayne.
Las 5:02 p.m., yo ya no debería estar aquí, sino en casa, encargándome del juicio contra mí en el que me presentaría mañana. No obstante, la historia ficticia sobre la muerte de Jason ya estaba bien elaborada, Ra's al Ghul y yo cubrimos nuestras huellas perfectamente, el único testimonio en mi contra era el del Guasón -un hombre muerto- y un mar de calumnias, teorías y suposiciones sin fundamentos que sirvieran delante de un juez.
Le mandé un mensaje a Alfred para pedirle que le dijera a los abogados que me aguardaran 15 minutos. Me dirigí a la zona de las habitaciones en la Atalaya, buscando la alcoba de Billy. Desde que la edad de Billy se hizo pública para la Liga, Green Arrow y mi persona nos hicimos responsables del niño asegurándonos que no le faltara nada; tras la trágica muerte del señor Dudley -el tutor de Billy- un año atrás, la Liga acogió al jovencito luego de una fuerte riña entre nosotros. La Mujer Maravilla, Aquaman y Superman se negaban a que Billy no fuese dado en adopción; Oliver, Tornado Rojo, Detective Marciano y yo nos opusimos colocando en evidencia el constante abuso y violaciones a las que Billy fue expuesto en sus diversos hogares de paso.
La discusión terminó cuando el propio niño, no alertado de la reunión, nos escuchó gritarnos y entró a la sala. Al enterarse de lo que ocurría, Billy fue tajante.
—Esto es muy simple: yo no vuelvo a los hogares adoptivos. Tengo una habitación aquí y pensaba habitarla, pero si es tanto problema, resolvámoslo de una vez. La votación que tienen que hacer hoy es o yo me quedo o yo me voy, porque si para quedarme en la Liga tengo que volver al patético sistema adoptivo de este miserable país, yo me retiro de la Liga de la Justicia.
La Mujer Maravilla y Superman votaron por sacarlo, el resto no y se ganó por mayoría. Ahora, el niño y yo pasábamos tiempo juntos cada semana, Flash vigilaba las calificaciones del niño, Aquaman terminó aceptando la situación e hizo las paces con Billy enseñándole a nadar, Canario Negro era su psicóloga, el Detective Marciano le ayudaba con su tarea y Oliver lo entrenaba lucha y arquería.
En un futuro, sería interesante ver el resultado de un niño todo poderoso criado por los titanes de la Tierra.
Toqué a la puerta.
—¿Quién?
—Santa Claus —me burlé.
Billy rio e hizo ruido adentro. Segundos después, abrió la puerta con una sonrisa un poco más pequeña de lo que yo hubiera esperado. Él no abrió por completo la puerta, solo un tris.
—Vaya, pero si es Batman —me respondió la broma con sarcasmo.
Le sonreí y señalé al interior de su cuarto.
—¿Qué maldades ocultas hoy?
—Nada... agh, usted es un sabueso, señor Wayne —el chiquillo terminó de abrir la puerta y me cedió paso, cerrándola al estar los dos dentro.
La cama destendida, un par de tenis en la esquina, el escritorio con varias cosas fuera de lugar, el portátil en la cama. La habitación de un preadolescente normal. Billy ya tenía 13 años, creció dos pulgadas en estos años, era bajo, mas ya no lucía como un niño desnutrido.
—Necesito un favor —dije al no notar en primera vista algo que debiera ser ocultado.
El moreno lució interesado y preguntó por el hecho sentándose en la cama -cerrando el portátil sin ganas de fingir un gesto casual-, dejando para mí la silla del escritorio. Ah, el asunto estaba en su computadora.
—¿En qué? ¿Mi especialidad?
Se refería a los pedófilos.
—No estoy muy seguro —ni de por qué se lo estaba comentando a Billy y no a Superman —. Mañana me presento a juicio por la muerte de Jason.
—El asesinato de Jason —me corrigió.
Asentí.
—Fue asesinado. Y jamás volveré a decirlo en voz alta. Tú tampoco.
—«Repite tanto una historia que se hará realidad» —citó.
—Sí. En fin, con todo este asunto de mis hijos, Wally y el juicio, estuve considerando crear una lluvia de fuegos artificiales. ¿Entiendes la metáfora?
—Chispas de colores en el cielo que atraigan los ojos del público para que no miren el volcán en erupción —bueno, el niño estaba informado —. ¿Qué tipo de luces quiere usted?
—Algo con lo que las personas empaticen. Puede ser con niños.
Billy ladeó el rostro un instante, viendo hacia su portátil.
—¿Qué hay acerca de tumbar una red de tráfico de menores en Gotham City?
Sonreí. Este chiquillo me seguía el paso sin vacilar. De no ser porque Oliver lo reclamó como discípulo antes que yo, habría convertido a Billy en un Robin. El apellido hasta le hacía juego.
—¿Qué estás investigando?
0oOo0
Dick Grayson.
Rebecca Miller era una belleza absoluta. Aunque no se parecían en lo absoluto -rubio contra negro, juventud contra madurez, figura de reloj de arena contra figura de pera- la señora Wilson y la señorita Miller eran las dos caras de una moneda: hermosas, maduras y bien vestidas. Las mujeres en traje de oficina con tacones eran mi debilidad.
Una vez terminada la «charla» con ellas, todos fuimos a la sala frontal de la mansión a buscar a Bruce, pero no lo hallamos.
—Lo lamento, acabo de avisarle a los señores abogados que el amo Bruce se demora unos minutos más de la cuenta.
—¿Algún problema? —pregunté. Transportándose por medio de los Tubos Z, Bruce se mantenía en lugares seguros, pero eso los civiles no los sabían.
—Ninguno, el tráfico. Imagino que las señoras se quedarán para hablar con el amo Bruce.
—Sí.
Trafico, ja. Los escoltas tenían órdenes de manejar un auto vacío fingiendo que allí estaba Bruce para que las coartadas se mantuvieran. Como nosotros debíamos coordinar con ellos, los guardaespaldas mantenían una estrecha atención a nuestros movimientos. Eso no me gustaba.
—Bueno, permítanme decirles que el amo Bruce debe atender primero a los abogados. ¿Les gustaría quedarse a cenar?
La señora Miller contestó. Ella portaba la voz de mando.
—En realidad, es importante que hablemos en privado con el señor Wayne antes de que uno de los niños hable con él. No nos molestaría cenar con ustedes, pero preferimos primero poder entendernos a solas con el señor Wayne.
Alfred se lo pensó un segundo.
—Considerando los tiempos, creo que lo más prudente es que hoy hagamos una excepción y los niños cenen en sus habitaciones. Ustedes podrán hablar sin alterar el debido proceso y los niños no comerán después de su hora.
—¿Comeremos solos? —la vocecilla de Tim se coló en la conversación.
Damián hizo un gesto despectivo, yo le palmeé el brazo con suavidad al menor.
—No estamos acostumbrados, pero por una cena no nos moriremos —dije.
—Ustedes pueden comer juntos —aclaró la señorita Miller —. Incluso, si te parece bien, Amanda...
—Sí. Cena tú con ellos.
Sonreí ocultando mi satisfacción. Más tiempo con la rubia.
—En ese caso, siguen faltando dos horas —miré a mis hermanos —. A entrenar. Rutina 4 y 6.
Mis palabras llamaron la atención de las mujeres y de los abogados sentados en la sala. En verdad era un tropel de tiburones.
—¿Y tú? —curioseó Damián.
—Sigo en pausa por recuperación. Mañana me les uno. Vayan. Yo estaré aquí atendiendo a las señoras.
—¿Sin supervisión? —criticó la señora Wilson —. Exactamente ¿qué harán ellos?
—Si quiere acompáñelos —ofrecí libremente —. La cancha está afuera. Ellos ya conocen la rutina, le mostraran. Mientras tanto... —le sonreí a la otra psicóloga —. Señorita Miller, ¿gusta un tour por la mansión?
Me sorprendió que el bufido saliera de la señora Wilson y no de Damián o de Alfred.
—Es un coqueto de primera, Rebecca. Ten cuidado. Por cierto, ¿y Gordon? Quería hablar con ella.
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Rebecca Miller.
—En el gimnasio, entrenando —contestó el elegante mayordomo de la familia Wayne.
Le sonreí a Richard y él a mí.
—¿Tour histórico o contemporáneo? —ofreció el joven acercándose a mí. Él debía medir 1,70 cm, mi altura al yo usar tacones.
—¿Histórico? —pregunté. Tuve que aguantar mi curiosidad para despedirme de la señora Wilson, que me repitió la advertencia, el risueño Tim -que niño tan adorable- y del indiferente Damián -él estaba abrumado por los cambios a su alrededor y lo exteriorizaba con una actitud confrontativa, algo más típico de los adolescentes que de los niños-.
—En la mansión hay una gran colección de obras de arte. Me sé cada detalle de las tramas atrás de los lienzos, la arcilla y el mármol, pero no es lo que yo considero más divertido de este lugar.
Una colección de arte encajaba con este sitio, que parecía permanecer atrapado en el siglo XVIII.
—Lo que tú prefieras.
Tuve que aguantarme la risa cuando él me tendió su brazo. Las palabras de Amanda no eran necesarias, él era un adolescente caliente tratando de impresionar a una mujer. Era dulce.
El recorrido fue impresionante. La escalera antigua frente al recibidor tenía alfombra, de las paredes colgaban cuadros; yo ya lo había notado, pero de cerca era más impresionante. Dick lucía muy cómodo en este museo, por no tener mejor palabra para describir la mansión; él charlaba sobre lo divertido que era Alfred y lo genial que era su cocina. Me hizo preguntas sobre series de televisión, películas y música. Un adolescente típico, si retirábamos su alter ego.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —pedí en la segunda planta, donde nos asomamos a mirar las alcobas de Tim, Damián y Dick.
Me impresionó mucho que él no me pidiera que nos quedáramos en su cuarto, un adolescente más... desesperado, lo haría.
—Una y nada más —bromeó con una gran sonrisa, lo que era una constante en él.
—¿Por qué te gusta ser héroe? Es que... me parece muy peligroso y agotador.
—Lo es un poco —admitió —. Los trajes son antibalas y mantienen nuestros cuerpos protegidos del clima, pero... siempre hay riesgos. Lo que me motiva es poder ayudar a los demás. Ver que una madre o un padre llega a salvo a casa gracias a mis acciones; puedo hacer del mundo un lugar mejor para aquellos que no pueden defenderse por su cuenta. Eso me encanta.
—Me da curiosidad... tú eres el único que no tiene una capa o un casco. No cubres tu cabeza de ninguna manera. ¿El señor Wayne no lo cree necesario?
(Nota de la autora: en esta historia, Tim si cubre su cabeza con la capa, igual que cuando es grande).
—Nunca lo he hecho, ni como Robin ni como Nightwing. La cabeza es lo más importante, es lo primero que se debe cubrir: Batman, Batgirl y Red Robin usan casco y capa, todo antibalas y no inflamable, Robin tiene su capucha, que hace la misma función.
—Pero tú no. ¿Por qué?
Nos detuvimos en el borde de la escalera. Esta era pequeña, de una sola vía; y donde debiera estar la opción de bajar al primer piso había un cuadro colgado. Era un retrato con su lampara y su debida información en una placa dorada.
—No creo que lo haya comentado en la reunión que sostuvimos, pero soy religioso. Toda mi familia biológica era católica, fui criado católico y Alfred también lo es. Creo con todo mi ser que, si no entreno y me dedico a comer y vaguear, alguien afuera me matará; existe el riesgo de que eso pase a pesar del entrenamiento, pero ahí reside mi confianza en mi Dios. Doy lo máximo de mí y me resigno a lo que sucederá, sabiendo que si algo falla no será por mi descuido, sino porque tenía que ser así.
—La resignación no es buena —tuve que decírselo. La resignación era peligrosa, conducía a las personas a tener vidas monótonas sin pensarse merecedoras de más.
—Si no entiendo un tema que me van a evaluar y no estudio porque me resigno a una mala nota, eso es malo. Si estudio, pido ayuda y me preparo, pero aun así no saco una buena calificación, estoy en paz conmigo mismo. Me resigno a todo aquello que no puedo controlar.
—¿Cómo se traduce esto a tu falta de protección en el cráneo?
—El Dios de mi religión es, para los creyente, todopoderoso y omnipresente. Si usted no cree, no importa, está bien, pero yo lo creo y en eso confío. Mi frente permanece descubierta como un signo de confianza en ese Dios: si Él decide protegerme, yo puedo salir desnudo a las calles, porque nada me va a pasar, no importa qué. Y si Él decide que se acabó mi tiempo en este mundo, aunque yo use una armadura completamente blindada, estaré muerto. Así que no se lo haré difícil, ahí tiene mi frente sin protección, libre para que alguien me dé dos tiros y acabe con todo.
Vaya...
—Eres un chico muy maduro. Sin embargo, fue tu rostro descubierto lo que permitió que anoche te quitaran la máscara y pasara este gran problema.
Para mi sorpresa, Dick sonrió.
—Si yo tuviera que contarle a usted la gran cantidad de veces que a Batman le han roto o quitado la máscara, no alcanzaríamos a ir a la sala de juegos.
—¡¿Eso ha pasado antes?!
—Alerta, spoiler: era el peor secreto de la ciudad —se rio —. Lo sabían al menos doce personas en Gotham. Ahora, vamos a la sala de juegos —insistió —. Le encantará, doctora Miller. ¿Le puedo decir Rebecca?
—Sí, tutéame —¿qué podría tener de malo? Él era un gran chico, un poco diferente al adolescente promedio de Estados Unidos, sin embargo, eso no lo hacía menos interesante —. ¿Puedo llamarte Dick?
—¡Claro!
La sala de juego era eso, una inmensa habitación que parecía ocupar todo el tercer piso. Ellos tenían un carrusel con animalitos, una selva para trepar, el típico barco vikingo que se veía en las ferias, carros chocones, motos estáticas con pantallas que mostraban la pista, resbaladores altísimos, un pozo de pelotas... uf, el sueño de cualquier niño.
Probamos de todo un poco, yo despojándome de los tacones y el saco para corretear detrás de él. Fue increíblemente divertido, perdí la noción del tiempo. Cuando estuve demasiado cansada, él me condujo a una zona con hockey de mesa.
—Si gano, me tienes que dar un beso, Rebecca.
Me reí.
—Eso jamás. Soy muy buena en este juego.
—Entonces no tienes miedo de perder. ¿Qué quieres de mí?
Lo pensé tomando mi mazo.
—Quiero ver una pirueta en el aire.
—La tendrás.
Vi dos piruetas antes de que Dick ensartase el disco en la ranura de mi portería. Me reí con fuerza. Dick lo celebró dando saltitos y golpeándose con un dedo la mejilla.
—Sus labios aquí, doctora —me recordó rodeando la mesa.
—Por supuesto que no.
Él tomó mi mano izquierda y entrelazó nuestros dedos.
—Es un beso en el pómulo, Rebecca. Le prometo que no me sentiré vulnerado —se mofó.
Negué con la cabeza, mas acepté la derrota. Dick portaba razón, era un beso casto a un lado de su cara, no tenía consecuencias ni era ilícito.
Captando que yo cumpliría mi palabra, él se acomodó para recibir mi beso. Su mejilla expuesta lució muy dulce; de seguro sería el mejor beso que ese chico hubiese recibido en sus cortos 15 años. Decidí complementárselo con un abrazo, creando un recuerdo más íntimo. Dick me aceptó en sus brazos. En el último momento, él enderezó el cuello, capturando mi boca con la suya.
Mocoso de...
Casi golpeada por un choque eléctrico, intenté soltarme. Al querer alejarme, me di cuenta que él no me aceptó en sus brazos, me atrapó en ellos. Este niñito era sólido como la madera e inamovible como el acero.
—Dick —le advertí.
—Uno más —pidió.
—No. Eres menor, Dick.
—No le diré a nadie. Uno más, por favor. La soltaré de inmediato.
Suspiré y miré a mis alrededores. Por allí no había cámaras.
—Uno y ya.
Recibí su beso con la boca cerrada, pero él se encargó de abrírmela. Era un gran besador. Esta no era la experiencia de un niño de 15 años, él sabía cosas que una adolescente inexperta de su edad no le habría enseñado. Me relajé en sus brazos, acariciando con lentitud sus músculos. Si ignoraba el tema de la edad por un segundo, era como estar besando a un hombre.
—Ya —me obligué a separarme. Él cumplió su palabra y me soltó. Lo alejé empujándolo por el pecho.
—¿Tan malo estuvo?
—No se trata de eso. Eres menor de edad, esto es ilegal.
—En Gotham es a los 16 años, me falta muy poco. Además, sólo es ilegal si le decimos a un adulto.
—O a un representante de la ley —recalqué —. O sea, tú o yo, Nightwing.
Dick sonrió enseñando los dientes.
—¿Tan mal estuvo? —repitió alargando su mano hasta mí. Por debilidad, tomé su palma. De golpe, él me devolvió a sus brazos. Dick era muy fuerte.
—Niño... —me callé al sentir sus labios rozando los míos.
—Le prometo que no lo diré —susurró —. Soy muy bueno guardando secretos.
Se rio de su propia broma antes de besarme.
Me fue imposible rechazarlo, él era guapo y seductor. Dick no tenía manos quietas, las movió por mi espalda y brazos, sin mi saco de oficina deteniéndolo. No noté cuando él nos movió hacia lo más cercano, las motos estáticas. Lo que sí sentí, vibrando en zonas que no debería, fue la forma en que él me sujetó de la cintura alzándome y colocándome en el asiento del piloto, de espaldas al volante. ¿Acaso yo no pesaba?
Juntos miramos mis piernas. La ajustada falda de mi traje no me permitía abrir mis extremidades inferiores correctamente en el asiento de la moto.
—Me encantan esas faldas —murmuró Dick encaramándose en el asiento del copiloto. Con sus manos, el muchacho subió de un tirón mi falda hasta la parte superior de mis muslos, permitiendo que mis piernas se abrieran y se ajustaran al asiento en una pose, de seguro, erótica —. ¿Qué mejor que esto?
—Creo que es suficiente.
—No te preocupes —dijo besándome de nuevo —. He estado en peores situaciones.
—Creí que eras religioso —lo acusé. ¿Dónde quedó la charla de Dios?
—Soy creyente, no sacerdote.
—¡Dick!
Pegué un grito muy fuerte. ¡Mierda, mierda, mierda!
—Hola, papá.
¡Mierda!
El señor Wayne, Batman, se quedó allí, con la boca y los brazos abiertos, en absoluto confuso y furioso.
—¡¿Qué rayos, Dick?!
Oh, el hombre iba a matarnos.
—Dándole el tour a la psicóloga.
—Eso veo —dijo con sarcasmo —. Ven acá ahora mismo.
Después de que Dick se bajó, yo recordé que aquella charla no podía ocurrir.
—No, espere —montada en esa moto, con mi falda desarreglada, en una imagen que desestimaba la palabra «profesional», yo no era una autoridad muy fuerte —. Ustedes no pueden hablar hasta que la doctora Wilson y yo nos reunamos con usted, señor Wayne.
—Señorita Miller, en esto momento yo puedo destruir su carrera por completo. Hablaré con mi hijo y usted cerrará la boca.
El tono rudo me dejó fría; Dick hizo una mueca de miedo.
No pude oponerme y los dejé hablar en voz baja. En ese lapso, me deslicé con torpeza de la moto estática y me adecenté tan rápido como pude. El señor Wayne tardó unos minutos en hablar en un tono de voz normal.
—La cena ya fue servida. Ustedes pueden cenar donde quieran, yo sigo con los abogados. Los niños comen solos, la señora Wilson acompaña a Alfred porque el comedor se llenó con los abogados. Ellos creen... bueno, ella cree que ustedes dos están con los niños. Alfred te conoce muy bien —miró a su hijo con reprobación.
Dick le sonrió a modo de disculpa.
—Lo siento, murciélago.
—Dick, es que es increíble —lo que pensé que sería una reprimenda para los dos, se transformó en una charla muy reveladora —. Con todas las habitaciones que tiene esta mansión, ¡te la traes a la sala de juegos!
Pero ¿qué...?
—Oye, no la podía llevar al ático sin conocernos primero.
—Dick, si la quieres desnudar, ¡hazlo!, pero no aquí, donde tus hermanitos juegan.
Wow... eso estaba mal, muy mal.
—¿Usted le permite tener sexo con mayores a su hijo de 15 años? —la duda se hizo palpable en mi voz.
El señor Wayne resopló.
—No recibo reclamos de su parte, señorita Miller. Son las siete de la noche, yo me reúno con las psicólogas a las nueve en punto. Ellas pasaran la noche acá, ya se resolvió. Vayan y cenen lejos de aquí —miró a su hijo —. Tienes cientos de recámaras, el ático que te construí para tu último cumpleaños, tu habitación... no, tu habitación no, está muy cerca de tus hermanos. Ve a dónde quieras, pero lejos de este lugar —señaló el piso.
—Sí, señor —asintió muy contento. Yo no salía de mi shock —. ¿Y Bárbara?
—En su casa. Nos vemos más tarde. Y Dick...
—Ya sé, ya sé —rodó los ojos —. «Lejos de aquí» —imitó la voz de su papá.
El señor Wayne le dio una suave bofetada; Dick le sonrió y se tiró a abrazarlo. Ellos se soltaron después de que el mayor besó la coronilla de su hijo.
—Adiós, diviértanse —él me miró y sonrió. Las sonrisas de ese hombre daban escalofríos —. Recuerde, señorita Miller, yo puedo destruir su carrera. Que la pase bien con mi hijo. La quiero decente a las nueve de la noche en el comedor.
—Sí, señor.
0oOo0
Dick Grayson.
Bruce la asustó. Ella no querría nada conmigo ahora, pero las palabras de Bruce nublaron cualquier pensamiento de mi mente fuera de Wally.
0oOo0
Lois Lane.
—¡¿Cómo que irás a Gotham solo?! ¡Iré contigo!
Esto era irritante, humillante y frustrante. Me acosté con Bruce Wayne, yo tenía derecho a ser quien lo entrevistara. En su lugar, Kent estaba alistando sus cosas para ir a la entrevista del hombre de la década -por no decir que del siglo-.
—El señor Wayne fue muy claro, me recibirá a mí en privado. Incluso mandó a estos agradables sujetos para escoltarme —señaló con la mandíbula a los guardaespaldas de Batman.
Fruncí el ceño ante la sonrisa bobalicona de Smallville. Él siempre era así.
—Lois —me llamó la atención Jimmy, el fotógrafo principal del diario Planeta —. ¿Qué nos puedes decir de Batman? Tú lo conociste bien.
—Sí, Lois —la voz sarcástica de Kat Grand me sacó de mis casillas —. Te acostaste con el sujeto, ¿qué viste?
Y aunque en otra circunstancia todos se hubieran reído de mi breve romance con Bruce Wayne, esta vez aguardaron con seriedad a mi respuesta.
—Vi golpes, cicatrices... dijo que él era un torpe, pero aficionado, jugador de hockey.
—¿Torpe? ¿Tan torpe como Jason Todd esquiando en la nieve y rompiéndose el cuello? —se burló un colega de la oficina de redacción —. Vamos, es una absoluta mentira. Batman hizo que mataran a ese niño.
Aunque yo era una partidaria de la Liga de la Justicia, todo lo relacionado con la muerte del segundo Robin me cerraba la boca. El Guasón dejó muy en claro con sus burlas y chistes el trágico final de Todd.
—No digas sandeces —intervino Smallville acomodando en su espalda su mochila, la cual lo hacía lucir más jorobado de lo que ya era —. Batman y la Liga no son irresponsables. Yo no le creo al Guasón, es un mentiroso profesional.
—¿El sujeto podrá testificar? —consideró Jimmy.
—No se le ha visto desde hace meses...
No terminé mi frase, pensando en...
—Sí, tras los rumores de la desaparición y tortura al tercer Robin.
Pensando en lo que dijo Kat.
—Tampoco creo que sea cierto —dijo Clark —. Fue un rumor sin pruebas. Y ahora que sabemos que Red Robin es Tim Drake, podemos darnos cuenta de que su desaparición fue producto de un viaje en navidad a un internado de niños ricos.
Alcé una ceja. Smallville tenía preparada una respuesta para cada comentario en contra de Batman. Fui a preguntarle al respecto, burlarme de él, pero Clark se despidió de todos yéndose con los escoltas. Perry, nuestro jefe, sacó la cabeza de su oficina.
—Si me mandas la entrevista redactada antes de las tres de la madrugada, tiene el día de mañana libre.
—Lo bueno es que voy en jet —sonrió mi compañero gafufo llamando el ascensor.
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Conner Kent.
La charla con Luthor fue larga. Él no daba su brazo a torcer y hallaba formas que sus opiniones tuvieran mucho sentido. Consideré una victoria no tener que ir a estudiar a Harvard, sino quedarme aquí en Happy Harbor, estudiando en la universidad local. Sin embargo, mis especializaciones tenían que ser en Yale y Harvard, pero eso no ocurriría sino hasta dentro de unos cinco años, por lo que tenía tiempo de hacerme a la idea.
Hice gala de la mitad de mi ADN negociando con Luthor. Presioné al hombre con mi interés en la robótica y la ingeniería, diciéndole que, si iba a estudiar algo, sería eso. Luthor, para mi sorpresa, me apoyó bajo la condición de hacer estudios en economía, pero yo tenía que hacer ambas carreras. Me paré en la raya, alegando que dormir era un gusto que había adquirido en mi corta vida. Entonces, Luthor consideró ser pasante en Lex Corp. Me negué y dije que usaría la tecnología de Laboratorios S.T.A.R.; al oír de su competencia, Luthor enfureció y se negó.
—Entonces constrúyeme un laboratorio —dije —, y me quedo a estudiar economía aquí en Happy Harbor.
Luthor terminó aceptando y prometió tenerme antes del fin de semana un laboratorio completamente equipado en la zona industrial de la ciudad.
Cerramos el encuentro viendo una película de los 90's. Para cuando fui por mi moto en casa de Mal, el reloj marcaba las diez de la noche. Me demoré esquivando las preguntas de mi amigo y me escapé para la Cueva. Me bañaría y dormiría como un tronco, o ese era el plan inicial.
Sonreí al ingresar por el hangar y escuchar besos. Mi audición kriptoniana captó los sonidos provenientes de la cocina de la Cueva. Rodé los ojos ante los obvios Wally y Artemis que usaban las instalaciones del Equipo como motel de paso, hasta que oí la voz de Lagoon Boy, el atlante recién llegado al grupo.
—Pez ángel, eres muy hermosa ruborizada.
No sabía que Lagoon Boy tenía pareja.
—Ja, ja, ja. Ya basta, La´gaan.
M'gann, susurró mi mente.
M´gann se besaba con otro chico en la Cueva, a semana y media de nuestro rompimiento. En la Cueva, la que era mi casa, donde había vivido los tres años de mi existencia fuera de CADMUS.
Cerré los ojos, evitando llorar. Aceleré la moto y giré en dirección a la salida. Dormiría en el techo de la escuela y pasaría por ropa en la mañana. Al estar en la carretera, saqué mi teléfono y busqué el contacto de Luthor, mandándole una nota de voz.
—Luthor, ¿podrías añadirle un apartamento al laboratorio? No tiene por qué ser la gran cosa, es que quiero vivir por mi cuenta desde ahora.
