Kon-El.
—No... yo... ¡no!
No, porque hacerlo era hundir a Luthor. Él era un villano, era un tipo terrible, la semana pasada dejó caer toneladas de aguas tóxicas en el océano, pero... él era mi única figura paterna, nadie -salvo él- agendaba citas periódicas conmigo, ni me buscaba, ni me dedicaba tardes enteras.
¿Así se siente Artemis al tener que pelear contra su padre?
Dick pasó su mano por mis hombros y encaró a Batman por mí.
—Kon-El y yo solucionamos esto, murciélago. Céntrate en nuestro propio caso y en el de Billy, nosotros nos encargamos del escándalo.
—Muy bien, confío en ustedes. Billy ¿por qué no los acompañas? Lo tuyo lo miramos más adelante.
—Seguro.
Confianzudo, el niñito se encogió de hombros y nos siguió escaleras arriba, hasta la habitación de Dick.
0oOo0
Dick Grayson.
Apreté los labios, no con ira o molestia, sino con pena. Estábamos en mi habitación.
—Kon... yo te entiendo, pero...
Tuve que hacer una pausa, Kon no tuvo respuesta, el silencio confundió a Billy.
—Yo no. ¿De qué me estoy perdiendo?
Kon-El suspiró.
—Capitán, ¿la Liga no ha sido informada de mi relación con Luthor?
—¿Relación? ¡¿Estás saliendo con él?!
Cualquier idea que yo tuviese en mi cabeza para consolar a Kon de lo que inminentemente tendríamos que hacer, se esfumó. Me reí tan fuerte que caí al suelo, sentado y llorando.
Hasta Kon se rio, pero le aclaró a Billy lo que sucedía.
—Luthor fue el encargado de mi creación.
—Lo sé.
—Él me ve como un hijo. Nosotros nos reunimos en secreto en Happy Harbor. Batman lo sabe, igual que unos pocos más.
—... ah. Qué bueno, eso es... mejor que la imagen mental que se me creó —parpadeó y asintió, dándose la razón —. Sí, en definitiva... ¿su cráneo es suave?
Me atraganté con mi risa. Kon sonrió y se cruzó de brazos.
—¿Cómo se supone que yo lo sepa? —Billy soltó una risa fuerte. Amaba oír reír a ese niño —. De pie —Kon me pateó.
—Mejor en el suelo —alegué palmeando la alfombra —. Les prometo que es cómodo.
Billy se deslizó por la pared hasta el suelo, mirando alrededor con curiosidad.
Kon tomó la palabra.
—Si debo ser descubierto, exponiendo los experimentos genéticos, yo acepto, no me importa ser el blanco de tiros, pero no quiero arrastrar conmigo a nadie más. ¿No podemos decir que no sabemos quién fue mi creador?
—No —suspiré —. La Liga deberá publicar documentos que avalen a CADMUS. Si se publican datos falsos, y se descubre, la Liga perderá toda credibilidad y ahí sí seremos llevados a un juicio de verdad.
—Viejo, es que siento que traicionaría a Luthor. ¡El tipo me acaba de dar un hogar! Y no es que él me esté comprando, sino que... no lo sé, él estuvo ahí para mi necesidad y no quisiera apuñalarlo por la espalda.
0oOo0
Billy Batson.
Yo a ellos no les estaba captando bien la idea; sin embargo, me parecía que los muchachos armaban un maremoto dentro de un vaso de agua.
—Llama a Luthor —le indiqué a Superboy. Vaya, que lindo papel tapiz tenía Dick en su alcoba.
—¿Ah?
—Superboy, Luthor es igual que Batman: tienen miles de ases debajo de la manga. Ese tipo de personas no invierten millones y millones de dólares en proyectos ilícitos, inmorales y perturbadores sin contar con coartadas.
—Es cierto —musitó el gitano.
Ellos compartieron una mirada y se pensaron su siguiente movimiento. Los dejé ser, mirando el patrón marino del papel tapiz. Yo quería uno así.
Me di cuenta que llamaron al calvo por el sonido de la voz de este en altavoz.
—¿Kr? ¿Tú llamándome a mí? ¿Debo sentirme halagado o preocupado, hijo?
Miré al clon, que se hallaba lleno de dudas. Dick aguardaba.
—Am, tal vez la segunda. Tengo que comentarte algo.
—Habla.
—Yo... am —suspiró y lo soltó —. Voy a filtrar mi nombre, el clon de Superman hecho en laboratorios subterráneos es una muy buena distracción para todo lo que está pasando con la Liga. El problema es que tú te verás envuelto en el asunto y quise... ¿pedirte permiso? No lo sé, pero no quiero que digas que no te advertí de lo que ocurriría.
—Lo que estás haciendo es notificarme. ¿Alguien está contigo? Sé que la llamada se encuentra en altavoz.
—Dick.
—Hubo una vacilación, intuiré que omites a otra persona. Por supuesto, no es Batman, él debe de estar muy ocupado con sus abogados. Están intentando reabrir el caso de Tim Drake, Queen y él están siendo acribillados por la existencia del tal William, a la Liga se le exige respuestas y en este momento un juez debe de estar firmando una orden para alejar a Grayson de su padre, si es que el documento no incluye a Drake y al vástago Wayne. Sí, entiendo por qué Batman está desesperado por obtener una buena distracción —se burló.
—Entonces, ¿no tienes problemas con esto? Imagino que tienes un plan de respaldo.
—Hablamos de clonación humana, un dizque imposible. Habrá caos, Kr, y tú serás el principal afectado, ¿estás seguro de lo que quieres hacer?
Eso casi sonaba protector.
—Ya te dije que mi interés por la universidad no es muy notorio. No tengo mucha vida por fuera de los asuntos del Equipo y de la Liga, no me afectará tener que ocultarme.
—Supongo que es cierto, eres bastante arisco, contrario a mí. Yo tendré pérdidas millonarias e investigaciones que me costarán «toneladas de billetes», como tú dices, incluso puede que tenga que ir a la cárcel o -con algo de suerte- pagaré casa por cárcel.
Hice una mueca. Luthor sería quien realmente perdería. Conner no supo qué decirle y esperó. El hombre suspiró.
—Si es lo que quieres, está bien, Kr, pero primero hazme un favor: así como estás creando una distracción monumental para alejar la atención de Wayne, haz lo mismo por mí.
¿Otra distracción?
—¿Cómo qué?
—No lo sé, esa es tu tarea. Adiós, hijo.
0oOo0
Kon-El.
Grandioso, más trabajo. No obstante, contar con la «bendición» de Luthor me hacía sentir a gusto con mi decisión.
—¿Qué puede ser peor que...? —el capitán se calló, buscando un término poco hiriente.
Sonreí.
—¿Un Frankenstein moderno? ¿Una rata de laboratorio? ¿La oveja Dolly con mal carácter?
—La oveja era más linda —rio Dick.
—Lo siento —se disculpó el niño —, pero sigo teniendo un punto. ¿Cómo le ganas a esto? —me señaló —. Crear vida desde un laboratorio, generar por química una nueva raza pensante, con conciencia. Tu existencia, amigo, reta a demasiados campos de la investigación humana.
—Tratemos de enfocarnos. Luthor tiene sus exigencias, pero no podemos planear solucionarle el problema al señor si no tenemos una forma de filtrar el nombre de Kon.
—Disculpa, ¿te pusieron un apodo?
—Prefiero mi nombre kriptoniano, capitán.
—Ah... bueno. ¿Has pensado en cómo se podría comprometer tu identidad? Lo mejor es que parezca accidental y no adrede.
—Quiero usar a un compañero de la escuela —revelé —. Es un chismoso, cree en todo tipo de conspiraciones y es muy activo en foros de internet. Si él tuviese la idea de que existe una relación entre Superman y yo, hace mucho lo habría contado.
Yo no era fan de Marvin, lo trataba porque me tocaba; sin embargo, en este momento él era muy útil.
—Podríamos hacerle llegar la información de alguna manera.
Sí, pero ¿cómo?
Pasaron dos minutos con nosotros mirándonos las caras y haciendo muecas, considerando nuestras opciones. Se me ocurrió enviarle un archivo codificado -tan simple que él pudiese abrirlo- con mi información, mas la idea no me terminaba de convencer.
Billy le pegó un puño al piso, asustándonos.
—¡Ya sé! Podemos...
Pero en ese instante, tocaron a la puerta.
0oOo0
Damián Wayne.
Grayson estaba reunido con su amigo, el clon de Superman; y un niño, el tal William.
—¿Sí, Dami?
Apreté los dientes. Ridículo apodo de mierda.
—Te buscan abajo. La vieja esa llegó con una orden y dos policías.
—¿La vieja...? ¡¿La señora Wilson?!
—Sí, parece que no quisieron desperdiciar ningún minuto.
El mocoso bufó. ¿Quién sería ese tal William?
—¿Qué dijo Bruce?
—Que bajes.
0oOo0
Dick Grayson.
Con la promesa de que Conner y Billy... Kon y Billy... con la promesa de que mis amigos se encargarían del asunto entre manos, bajé a la sala de la mansión -la que se hallaba junto a la entrada y al comedor principal, porque esta mansión tenía cinco salas de estar-.
Encontré a los abogados, a Bruce, a los policías, a la señora Wilson, a Alfred y a Tim. Damián me adelanto por las escaleras y se pegó a papá.
No saludé, estaba irritado. Llegué y le rapé de las manos a la señora el documento que la acreditaba a llevarme de casa.
—Dick —me advirtió papá.
Lo ignoré y leí la orden. La firma era del juez Hotchner, un tipo que a mí me agradaba. Saqué mi teléfono de mi bolsillo y busqué al juez en mis contactos; todos mis teléfonos poseían los mismos contactos, aunque no la misma información.
Activé un mensaje de voz.
—Oye, Hotchner, ¿estás mal de la cabeza? ¡¿Cómo mierdas firmas este papel?! ¡¿Es que quieres que me metan un tiro?!
—Richard, no hay nada por hacer. Ya fue firmado, el juez no se puede retractar —dijo la señora Wilson.
Miré a la mujer. Ella ya no me gustaba. Era una buena mujer, una gran profesional, y justo eso era lo que yo no necesitaba en este momento. ¿Dónde estaban los trabajadores del gobierno con precio, que con un alijo de dinero se callaban y hacían la vista gorda?
Claro, eso era corrupción, contra lo que yo peleaba, pero la corrupción no lucía como el enemigo cuando podía serme útil.
Rompí la orden.
—Ya está. No hay orden, yo no salgo de mi casa.
Todos me miraron con la boca abierta. Tim rio.
—¡Lo que acabas de hacer es ilegal! —me gritó ella, más horrorizada que enojada —. ¡Puedes ir preso por esto!
—Soy menor de edad, un niño, como usted insiste en tratarme. Puedo hacer lo que se me dé la gana. ¡Y yo no salgo de aquí ni con una orden de ejecución!
Bruce se adelantó a los demás, hablando.
—Dick Grayson, cálmate de una buena vez o tú y yo vamos a tener problemas.
Lo miré con dolor.
—¿Quieres que me lleven, Bruce?
—Claro que no, amor, pero hay una orden, ¿qué quieres que yo haga? Si nos oponemos será peor.
—Disculpe, señor Wayne —nos interrumpió la señora Wilson —. Usted y Richard no pueden comunicarse. Sus derechos sobre él fueron suspendidos.
Bruce la miró con escepticismo.
—No sé qué tan bien se haya portado Dick en su presencia, pero él es un dolor de cabeza cuando quiere y en este momento está odiándola a usted.
—Soy una profesional con 15 años de experiencia, señor Wayne.
—Bueno, todo suyo —se encogió de hombros —. Luego no venga a mí por ayuda.
Damián, que como yo miraba la conversación cual partido de tenis, soltó la pierna de Bruce y se me acercó, en espera de órdenes.
—Richard...
—Estaré en mi alcoba —anuncié, girando y tratando de encaminarme a las escaleras.
—Niño, será peor para ti si te opones. Estos caballeros que me acompañan tienen permiso para usar la fuerza.
Tim volvió a reír.
Yo encaré a la mujer con una sonrisa.
—¿Enserio, señora Wilson? ¿le dieron autorización para usar la fuerza y solo trajo dos policías? He apaliado a más gente junta.
Ella frunció el ceño. Los agentes de la ley no se inmiscuyeron en nada, ellos no lucían contentos de estar allí.
—Esperaba que no tuviéramos que caer en el uso de la fuerza. Ellos me acompañan solo porque me vi obligada a traerlos. Richard, tú eres un joven muy maduro que comprende perfectamente lo que sucedería si no me acompañas.
Sí, más problemas para Bruce y un mar de sospechas que solo le darían la razón a Helena.
—Señora Wilson, si usted cree que me estoy oponiendo a la decisión del juez por motivos infantiles, por ser... necio, se equivoca. Allá afuera, lejos de la seguridad de la esfera marciana que envuelve mi hogar, hay una cantidad inmensurable de personas que darían sus vidas con tal de asesinarme. Yo le garantizo a usted, sin temor al error, que el hogar de paso, oficina o a donde sea que me vayan a llevar, tiene en frente un carrobomba ya instalado. ¿Usted quiere protegerme, a mi integridad, del ficticio abuso del que declaró Bertinelli? Bien, pero aquí, donde ni los jinetes del apocalipsis podrían entrar.
—Soy consciente de lo que expones, Richard —dijo ella —. Por eso, sólo mi supervisor y yo conocemos la dirección a la que serás llevado. Nadie más podrá enterarse, ni siquiera tu padre.
—Lo siento, no me fio —crucé los brazos —. Además, si usted tanto desea alejarme de la influencia de Bruce —dije con sarcasmo —, bastará que nos vayamos a otra ala de la mansión. Hay 104 habitaciones, podríamos vivir todos aquí y nunca encontrarnos por los pasillos.
—Físicamente sí, tienes razón; lamento decirte que lo que me tiene aquí no es tu integridad física, sino mental. Dime, ¿lo que dijo Helena Bertinelli fue mentira?
Guardé silencio. Un abogado me hizo señas de que mantuviera la boca cerrada. Ella y yo lo miramos un instante, el hombre, un joven aprendiz, disimuló su descuido fingiendo espantar una mosca.
—Yo no comprendo el problema —declaró Damián, capturando nuestra atención —. Existió una misión, la misión se cumplió, ¿qué tiene de malo? Los Bertinelli tenían las universidades inundadas de heroína, ahora ellos están en la cárcel, ¿cuál es el problema?
—Silencio, amo Damián —indicó Alfred —. Traiga sus cosas, amo Dick. Ya tenemos suficientes enredos como para incrementarlos.
Quise gritarlo, pero algo en el gesto de Alfred me intrigó. Él tenía un plan.
—Bueno...
—Y no olvide empacar una sudadera con capucha. Nunca se sabe cuándo una buena capuchasea útil. Y por favor, dese prisa, en internet ya se dio a conocer la orden firmada por el juez, todos están muy pendientes de su salida de la mansión. Retrasarse sería igual que echar leña al fuego.
Capucha... Alfred era un genio.
Subí las escaleras de dos en dos, gritándoles que empacaría para tres días y ni un calzoncillo más. Capucha, capucha. Jason podía salvarme el pellejo. Alfred lo dijo, todos estaban pendientes de mi salida de la mansión.
Entré en mi cuarto corriendo.
—Oye, ya tenemos...
—Ahora no —dije buscando bajo mis almohadas el celular con el que yo contactaba a Jason. Era el único número y se hallaba en marcación rápida —. Hola, necesito...
—Viejo, nos están acribillando —me interrumpió —. Lo de Tim, lo tuyo, lo de la perra esa y ahora lo de ese niño William.
—Por eso, necesito ayuda.
—¿Qué hago?
—Necesito un susto, uno grande.
—... tengo una idea. ¿Tienes la dirección a donde irás?
—No. Y no está en los archivos, fue transmitida de boca a boca.
—Puedo ingresar a las cámaras y...
—¡No hay tiempo, Jason! Tengo minutos.
—Está bien, está bien. Te tendré un susto.
—Les tengo que seguir la cuerda, hacer maletas y todo eso. Por favor, date prisa.
—Ok.
0oOo0
Kon-El.
Como si no nos notara, Dick ingresó por una puerta de su habitación y cerró. Billy y yo nos quedamos allí, confusos.
Dick mencionó palabras muy interesantes: «un susto» y «Jason». El único Jason del que yo escuché hablar era el hermano de Dick, Jason Todd, que yacía muerto desde hace un par de años. Lo otro interesante era que el hombre en la línea se refirió al problema como algo conjunto, pues dijo «nos están acribillando».
—Kon-El —me llamó en voz baja el niño —. ¿Qué ocurre?
—Dick pidió un favor —contesté con el mismo tono de voz.
—Eso lo noté. ¿A quién?
—A Jason, pero no sé cuál Jason. ¿Has escuchado de otro, aparte de Todd?
—No. ¿Qué dijo el sujeto?
—Que pronto tendría un susto preparado. Ven, pongámoslo a rodar. Marvin se acuesta a las once.
—Ah-ja.
0oOo0
Dick Grayson.
Eché ropa para tres días en una maleta de viaje, ropa cómoda y deportiva. Puse interiores en la maleta, un par de tenis y tomé una sudadera negra con capucha. Estaba listo, pero haría el tonto para darle tiempo a Jason. Tomé dos teléfonos de mi cajón y los metí en la maleta; eran celulares disponibles para hacer llamadas con números no identificables. Tomé el teléfono de Nightwing y lo oculté en la pretina de mi pantalón, el de Dick Grayson lo dejé a la vista; ese sería el que capturaría la señora Wilson cuando -irremediablemente- pidiera mi celular.
Mi closet tenía salidas secretas que conectaban a otras habitaciones. Sintiéndome un poco mal por haber ignorado a los chicos, accedí a la ruta que me conducía a la alcoba de Bruce -a su baño, en específico- y me dirigí a su cama. Cliché, detrás del cuadro por sobre la cabecera, estaba la caja fuerte. Con una bilis recorriéndome por tomar dinero de Bruce sin su permiso, me guardé un fajo de billetes que equivalían a 10 mil dólares.
Confiaba en que mi hermano hiciese todo bien; sin embargo, no estaba de más prevenir.
0oOo0
Bruce Wayne.
Esto era demasiado. El ataque iba por muchos frentes. Mis abogados tuvieron que dividirse en equipos para poder abordar el asunto, mientras que la defensa legal de la Liga de la Justicia nos atendía por videollamada. Y ahora Dick saldría de la casa, derechito a un examen físico y psicológico. Tendría que agradecerle al alcalde y al juez Hotchner luego, pues ellos evitaron que la señora Wilson también se llevara a Tim y a Damián.
«Dile a tu hijo que lo lamento, fue lo mejor que pude hacer.», me texteó el susodicho juez.
Dick bajó las escaleras, dejó la maleta en el suelo y metió sus manos en el bolsillo. Colgando de su brazo, estaba una sudadera con capucha. La indirecta de Alfred fue muy clara para nosotros dos.
—¿Listo, Richard?
—Nop —dijo de forma infantil. Antes Dick mostró su enojo real, ahora estaba enmascarando sus emociones con una actitud irritante —. ¿Puedo comer algo primero? Alfred, ¿quedó cena?
O estaba quemando tiempo.
—No, amo Dick, pero puedo prepararle algo. ¿Gusta sushi? Tenemos salmón fresco.
—¡Sí!
—Richard, lo mejor es que nos marchemos ya. Te daré un sándwich al llegar a nuestro destino.
Tim arrugó la nariz.
—Es mejor el sushi —dijo el niño.
Genial, un frente unido contra la mujer. Me uní.
—Señora Wilson, quería comentarle al respecto. Dick tiene exigencias alimenticias, el lugar donde sea acogido debe de servirle a sus tiempos, en el menú ya programado. Alfred.
—Aquí está, maestro Bruce.
La psicóloga tardó 10 segundos en recibir el menú -que en realidad sí existía- y leerlo. Ella finalizó con la boca abierta. El policía a su derecha se inclinó para mirarlo y retrocedió con una mueca.
—Ok... bueno, lo tendré en cuenta.
—«Lo tendré en cuenta», no —dije alzando las cejas —. Ese es el menú, no se puede cambiar; las vitaminas adicionales se las proveeremos nosotros. Y hay que hablar de la rutina de ejercicios obligatoria diaria.
—Señor Wayne, Richard no será un héroe activo durante su estancia con los servicios sociales.
—No esperaba tal cosa, pero él no puede dejar de entrenar. Cada segundo afuera él corre peligro.
—Entiendo que la seguridad es un tema importante. Le aclararé lo siguiente, señor Wayne: Richard permanecerá en una casa cuya dirección no será revelada ni puesta en el sistema virtual, estará allí acompañado por una amable familia que lo cuidará durante el tiempo que duren las evaluaciones físicas y psiquiátricas.
—Ya me sometí a esos exámenes.
—Solo el psicológico, y deberemos repetirlo.
—En resumen —alzó la voz Damián, que estaba sentado en el sofá, contrario a la mayoría, que estaba de pie. Tim se recostaba contra la pared cruzado de piernas y sentado en el suelo —, estarás atrapado con dos espías. Lleva más armas.
—Talvez dos cinturones utilitarios más —añadió Tim.
Me forcé a no sonreír ante lo dicho por ambos niños.
—Richard no llevará armas a esta casa —declaró vehemente la mujer —. Vamos, se nos hace tarde... ¡Richard!
Bufando, Dick miró a su alrededor, sin hallar excusas para demorarse. ¿Cuánto más tardaría Jason?
—Está bien.
Mas Dick no caminó hacia la puerta con ella y los policías, sino hasta mí.
—Richard, no puedes...
—Es un abrazo. ¿No puedo recibir un abrazo de mi figura paterna?
—No.
—Señora, la salud mental del joven es prioridad —alegó uno de los abogados.
Ella dudó un momento.
—No, Richard. La orden prohíbe que tu padre te toque.
—Claro —él le sonrió con una clara hipocresía y le dio la espalda, envolviéndome con sus brazos —. ¿El papelito ese decía algo en contra de que yo lo tocara?
Rodé los ojos ante su gesto y me quedé quieto. Ella arrugó el ceño de forma horrible.
—Deja de tentar la suerte —murmuré con una sonrisa.
—Bruce, papá, ¿me pegarás cuando vuelva por haber sido grosero?
—Dalo por hecho.
Dick sonrió salvajemente y me apretó más fuerte.
0oOo0
Dick Grayson.
Jason, Jason, maldita sea. ¿Qué tanto tardas?
Entré en verdadero pánico al llegar yo al umbral de la mansión. En ese momento, una mano firme se posó en mi hombro, deteniéndome. Era Alfred.
—La orden fue anulada, señora Wilson.
¿Qué? ¡Sí, sí, sí!
—¡¿Qué?! ¡No! El juez no se puede retractar sin una justificación.
—La hay, señora Wilson. Hay diez en total.
¿Qué?
La respuesta la hallé al leer los mensajes que el alcalde le envió a Bruce. Era un enlace a Twitter, un «que no salga» y un «dame un minuto, están redactando la orden de anulación». El enlace nos condujo al canal de La Banda de Capucha Roja. Jason usaba las redes sociales para avisar a los policías que debían buscar cuerpos y para declarar qué crimen sí era de su autoría y cual era una falsa acusación. Esta vez, Jason usó Twitter para mostrar una foto con diez vehículos de distintos tipos, todos abiertos, revelando sus interiores repletos de dinamita y pólvora.
«Al fin me llegó la buena nueva, Grayson. Era cuestión de tiempo para que salieras de tu casa. Tengo diez direcciones listas para ubicar estos bebés. Si fallo, prepararé otros diez, hasta dar contigo. Besos.»
Quise llorar de la alegría. Jason no necesitó de la dirección exacta para meter miedo. Fin de la historia, no importaba que tanto la señora Wilson protestase -joder, ni siquiera importaría si la ONU se revolcaba en un berrinche-, yo permanecería bajo el poder de Bruce.
—Pero... —ella, impactada, no daba el brazo a torcer —. ¡El alcalde no puede consentir que este niño siga bajo una influencia negativa que lo único que logra es exponerlo al riesgo!
—Esto es Gotham, señora —le dije. Ella parpadeó mirándome —. Aquí solo importan los números. Una víctima contra los miles que causaría Red Hood.
Y aunque eso era cierto, un intercambio visual con Bruce me garantizó que él no se contentaría con esa excusa. Sin contar a Kon-El, que escuchó mi conversación arriba con perfecta claridad.
0oOo0
Kon-El.
—¿Lo mando ya o esperamos a Dick?
—Ya, capitán.
Tras tres clics, el blog que creamos a prisa y sin muchos cuidados en la ortografía se hallaba circulando por internet y al alcance de Marvin, gracias a una alteración en el algoritmo de publicidad del chico.
—Bien, eres un futuro pez gordo expuesto. ¿Has pensado algo respecto a la petición de Luthor?
—Sí. ¿Y tú respecto a lo tuyo?
—Esperaré a que la Liga formule una respuesta oficial, la leeré y la aceptaré; o la denegaré y los de publicidad y uno que otro héroe querrá matarme.
Lo señalé con una sonrisa.
—Hay una cosa en particular que me encanta de ti: eres jodidamente amable, dulce, cariñoso, empático con la humanidad, servicial, y nada de eso te quita lo arrogante e hijo de puta que puedes llegar a ser cuando lo requieres. Tú eres el campeón de la tierra, podrías gobernarnos a todos y creo que hasta a Superman le quedaría difícil ir contra ti, pero te limitas a dejarlos controlar el barco, tú vas relajado disfrutando del clima, tomando piña colada y leyendo una revista, mirando al océano cada cierto tiempo; y cuando la siguiente parada del barco no te gusta, haces que todo el maldito plan de ruta cambie. ¡Y nadie te dice que no! —me reí —. Joder, a veces quisiera ser tú.
—No, no quieres —sonrió, era un gesto triste —. No tienes idea de lo que he tenido que pasar para tener tal tipo de poder y respeto, ni de lo que se siente poseer tal grandeza. Mi vida no es algo para ambicionar.
Grandeza. Sí, esa era una buena palabra para definir a Billy: el niño en medio de la Liga de la Justicia, el Campeón de la Tierra, el heredero de los dioses... grandeza era la palabra justa. Aun así, él no lo decía con prepotencia u orgullo, solo con aburrimiento.
—Quiero exponer a los nuevos dioses —dije —, los de Nueva Génesis. Tengo varios amigos en su planeta y me deben favores, podemos hacer que se muestren. La Tierra se gobierna por el cristianismo, el islam y el hinduismo. El revuelo que causaría conocer dioses distintos a los suyos, presentes entre los terrícolas, le volará la cabeza a más de uno... ja, incluso moleste a Dick.
Mi ligera broma hacia mi amigo católico no causó mucho efecto en Billy.
—Puede que sus orines no estén cayendo fuera de la bacinica.
—Viejo, que metáfora tan asquerosa —hice una mueca, luego fruncí el ceño —. ¿Qué quieres decir?
—Hace dos años, hablé con el mago que me dio mis poderes. Tuve que buscarlo para un favor y me tocó viajar a su dimensión. Para hacerte el cuento corto, lo acompañé al olimpo a resolver un asunto suyo.
—¿El olimpo? ¿Zeus, Hércules y todo eso?
—Ajá.
—... ¿me están diciendo que existen? ¿Enserio existen?
—En carne y hueso, bueno, más o menos, tú me entiendes. Le pregunté al mago al respecto, él me explicó que muchas de las deidades adoradas en la Tierra eran verdaderas, que existían en sus diferentes panteones de dioses y que los humanos conocemos de ellos porque en algún momento se mostraron a nosotros.
—¿O sea que lo de Jesús es cierto?
—Pues es que... ahí está lo extraño. Le hice la misma pregunta al mago, él se rio y me dijo que no me metiera en los asuntos de La Presencia —dijo estas palabras con mucho cuidado, casi silaba por sílaba.
—¿Qué es eso? ¿Otro dios?
—Algo mejor. Seguí haciendo preguntas, el mago me explicó que, por encima de todos los panteones de dioses, se hallaba La Presencia. No es un dios, es El Dios. Fue el creador de todo y lo vigila todo. Y, de lo que me pude enterar, es la deidad de la Biblia.
Vaya chara interesante.
—¿O sea que ellos tienen la razón?
Y justo ahí entró Dick, con su maleta, sonriente y muy relajado, como si acabara de tener un orgasmo.
—¿Quién tiene la razón? ¿De qué hablaban?
No supe cómo explicarme. Billy resolvió el asunto por mí.
—Dick, ¿cómo se llama tu dios?
Él parpadeó extrañado ante la pregunta.
—Am, no sé, Dios, ¿por qué?... agh, olvidé ir a misa. Mierda.
—¿Los cristianos son los únicos que creen en él? ¿O hay más?
—Bueno, el término adecuado es Dios Abrahámico, en Él creen los católicos, claro, y todas las derivaciones del cristianismo, incluyendo a los ortodoxos, pero también es el Dios central y único de los judíos y los musulmanes, sin contar las derivaciones que estas religiones puedan llegar a tener. Es mucha gente.
—¿Y si no eres de uno de estos credos, estás jodido? —pregunté.
—Ah, no, para nada. Es muy difícil irse al infierno, es realmente una labor que hay que realizar de forma consciente. Y es más fácil condenarse siendo un creyente que un no creyente.
—¿No debería ser al revés?
—Nop. Por ejemplo, yo tengo sexo premarital de forma constante, significa que vivo en pecado y deberé responder ante Dios por mis acciones porque, bajo las reglas de la deidad en la que yo creo, estoy fallando. Si Kon lo hiciera, no pasará nada, porque él no sabe que está mal. A ustedes los ateos los juzgaran con base en sus acciones dirigidas al prójimo, lo dice Jesús: cuando le diste de comer a tu hermano hambriento fue a mí a quien alimentaste, y yo les diré, vengan a mí, benditos de mi Padre... Oigan, ¿por qué estamos hablando de esto? —y con una mueca risueña, me señaló —. ¿Estás dudando de tu ateísmo?
—Ni una pizca —me burlé. Aunque, en verdad, la charla con Billy me dejó con dudas (Nota de la Autora: toda la información sobre La Presencia es real en DC Comics, me pegué al argumento del universo DC) —. Nos dio curiosidad el tema de las religiones. El plan para cubrirle la espalda a Luthor es revelar al mundo dioses de Nueva Génesis.
Dick abrió la boca, impactado, antes de soltarse a reír.
—Joder, ¡bola de manipuladores! ¡Se van a meter con las religiones! —aulló riéndose —. Ay, este plan es... ¡brillante! La sociedad colapsará. Luthor será un mal chiste al lado de esto. Esperen, esperen —temí que él se lo estuviera pensando mejor y dijese que no, pero no fue de tal modo —. ¿El asunto de la identidad de Kon-El ya está listo?
—Andando y rodando —anunció Billy.
—¿Y cómo convenceremos a los dioses?
—Eso déjamelo a mí —señalé mi pecho con mi pulgar.
—Uf, que peso el que ustedes me quitaron —dijo caminando a su cama —. Sólo queda el asunto de Billy, el mío y lo de Tim.
—Sí, usar a Luthor nos quitará unos cuantos reflectores de encima, pero no estaría mal librarnos del todo de la Orden de los Búhos.
Dick, que se tendió en su cama, se levantó con la rigidez de un robot.
—¿Dónde escuchaste ese nombre?
Cada partícula de felicidad desapareció de su rostro. La seriedad de mi amigo daba miedo.
