-El sello del ángel-

Capítulo 6: Discusión

La chica ayudó a Suzuna a levantarse mientras miraba a Hiruma de reojo. Desde ese momento, tendría que tener mucho más cuidado cuando estuviera cerca de ese demonio, porque si la sensación que había sentido anteriormente era lo que ella creía, las cosas se iban a ir complicando cada vez más, y si no tenía cuidado, ese demonio usaría esa pequeña ventaja para quitarle su poder, de eso, aunque intentara negarlo por la tristeza que le producía en el corazón, estaba completamente segura. Aunque lo que no sabía la muchacha era que el demonio, en ese momento, pensaba exactamente lo mismo que ella.

.

.

Una chica de ojos azules corría a toda velocidad por el bosque mientras intentaba con todas sus fuerzas esquivar los distintos árboles y matorrales que se iba encontrando en su huida. Su respiración era acelerada y notaba como su ritmo cardiaco iba aumentando de forma desmedida cuanto más se iba acercando a su hogar.

Varios chirridos desgarradores detrás de ella la hicieron aumentar su velocidad, necesitaba correr más rápido, encontrar un claro para poder atacar, con un simple hueco en el bosque tendría suficiente, pero ella conocía mejor que nadie ese lugar y podía afirmar con toda seguridad que no había ningún claro hasta el poblado o ,en todo caso, hasta su casa.

Una pequeña luz enfrente de ella la advirtió de que pronto llegaría al claro donde se encontraba su cabaña, pero los chirridos y aleteos que se oían detrás de su espalda también la avisaban de que esos monstruos estaban cada vez más cerca de alcanzarla.

Cuando Mamori consiguió llegar al claro, se giró y preparó sus flechas dispuesta a acabar con los demonios que la perseguían. Esperó pacientemente unos segundos hasta que vio a los dos demonios alados salir de las profundidades del bosque dispuestos a devorarla por completo.

Esos demonios eran parecidos a un murciélago, más bien parecían un hibrido entre murciélago y humano, su piel, de un gris pálido, les daba un aire enfermo y sus pequeños ojos rojos junto a los dos pequeños surcos en sus rostro que poseían como nariz, los hacia ver como unos murciélagos grises, aunque sus alas no acababan en punta como la de los murciélagos, sino, en unas manos arrugadas y con largas uñas que habría confundido sin lugar a dudas con unas garras totalmente afiladas.

Los dos demonios, al ver a su presa parada plantándoles cara, decidieron atacar a la vez, lo que obligó a Mamori a lanzar una de sus flechas para matar a uno de los dos demonios. Por ello, el otro que quedaba, consiguió lanzarse encima de la chica acorralándola contra el suelo. En un intento de devorarla, el demonio alado que quedaba, abrió su boca a más no poder mostrando dos filas de dientes puntiagudos y amenazadores preparados para devorar a la muchacha.

La chica, al verse totalmente acorralada, alzó su arco y lo colocó en la boca del demonio haciendo una presión en ella para impedir que esos dientes feroces pudieran rozarla, aunque, esta acción provocó que la saliva del demonio alado resbalara por sus fauces y cayera al suelo, cerca de su cabeza, un olor extraño y repugnante comenzó a llegar a la nariz de la muchacha y, mientras aun intentaba resistir con su arco los empujes de ese monstruo, observó como el suelo donde anteriormente había caído la saliva de su atacante comenzaba a deshacerse como si algún tipo de acido hubiera sido derramado en ese lugar.

Ese demonio poseía una saliva ácida que si caía a su rostro la quemaría en varios segundos, si no se daba prisa al final esa saliva caería encima de ella, y se estaba dando cuenta por segundos de que no podría aguantar mucho tiempo más la presión del demonio en el arco, ya que notaba como su arma empezaba a ceder ante el acido que salía de la boca de ese demonio menor.

En ese momento, una risita de burla se hizo presente en la escena haciendo que Mamori girara un poco su cabeza para observar quien se atrevía a burlarse de ella en un momento como ese, aunque tenia una ligera idea de quien era.

—¿Necesitas ayuda maldita mujer?—Dijo Hiruma con una sonrisa en los labios.

Como pensaba, era él, su peor pesadilla. Hiruma estaba sentado en el suelo enfrente de la cabaña, con la espalda en la pared, una de sus piernas totalmente estirada en el suelo y la otra doblada en una especie de uve invertida, uno de sus brazos reposaba encima de la pierna que mantenía doblada y su otra mano acariciaba con cuidado el lomo del perro demoniaco que parecía estar casi recuperado de sus anteriores heridas.

—No…—Dijo a duras penas ya que en ese momento estaba haciendo un gran esfuerzo por mantener el arco en alto.

—Lo que quieras pero si dijeras "Yo te libero príncipe de los demonios" todo sería más fácil para ti—Hiruma intentó imitar la voz de Mamori sin éxito alguno.

—¡Que no!—Gritó Mamori—Te dije que no iba a volver a hacerlo de nuevo.

El arco comenzó a ceder más y más obligando a Mamori a mover su rostro un poco ya que unas gotas de saliva ácida caían precipitadamente hacia su mejilla. Hiruma observó todo con una sonrisa, definitivamente esa chica era bastante interesante, y cabezota, muy cabezota, pero bueno, algún día tendría que ceder y volver a liberarlo, era cuestión de tiempo y tenía que admitir que no tenía ninguna prisa.

Hiruma sonrió ampliamente y sintió como algo a su lado se movía inquieto, era Cerberos. El chico giró la cabeza y vio como el perro se levantaba del suelo caminando tranquilamente hacia la muchacha, cuando estuvo lo bastante cerca de allí, comenzó a erizar su cabello y a gruñirle al demonio menor que estaba encima de la chica provocando que tanto depredador como presa miraran al perro demoníaco.

Dos segundos después de que tanto Mamori como el demonio menor percibieran la presencia del animal, Cerberos saltó encima del demonio alado quitándoselo de encima a la chica y ésta, que había entendido lo que tramaba el perro, disparó una de sus flechas al demonio haciéndolo pedazos. El can miró a la chica durante unos segundos y bajo la atenta mirada de Hiruma lamió una de las heridas que la chica se había hecho en la pierna intentando que la sangre parara de salir por el arañazo.

—Así que no eras tan feroz como parecías…—La muchacha dudo un segundo de las intenciones del animal—¿Estás intentando agradecerme por haberte curado?

El perro comenzó a restregar su cabeza por la pierna de la chica en lo que ella tradujo como una afirmación por parte del animal y ella le respondió, no sin dudar primero, acariciándole suavemente la cabeza. Al parecer el perro no era tan malo como le había parecido en un principio, tal vez tenia hambre o estaba buscando desesperado a su amo, pero en ese momento, parecía un perro de lo más común e incluso adorable.

La chica giró la cabeza, ese momento con el perro era bonito pero su amo se merecía una buena reprimenda, aunque al ver la cara del chico se olvidó totalmente de reprenderlo. Ahí estaba Hiruma Youichi, el príncipe de los demonios, mirándola como si tuviera algo anormal en el rostro ¿le pasaba algo? Juraría que su boca estaba desencajada de pura sorpresa y confusión, pero ella no había hecho nada raro.

—Hiruma-kun… esto… ¿Ocurre algo?

—No—Dijo él de forma cortante.

Hiruma se levantó precipitadamente y entró en la cabaña dejando a una Mamori sentada en el suelo y totalmente confundida. Cada día comprendía menos a ese hombre, no había hecho nada para molestarlo, todavía no había dicho ni siquiera una palabra para reñirle por burlarse de ella en un momento tan delicado como ese, pero él se había molestado hasta el punto de dejarla con la palabra en la boca.

Desde el interior de la caseta Hiruma respiraba a trompicones, le faltaba el aliento al ver como ese perro, que en teoría ni él mismo podía controlar a veces, se comportaba como un cachorrito al que aun ni siquiera le habían salido los colmillos. Tenía que cuidarse de esa humana, no sabía que extraña magia usaba pero si había podido ganarse al perro, no tardaría mucho en hacerlo con él mismo, debía impedirlo a toda costa porque si esa humana llegaba a su alma jamás podría quitarle su poder sobrehumano y después de todo, él estaba allí única y exclusivamente para eso.

La chica suspiró y se giró para ver su arco en el suelo, esa vez había quedado destrozado, medio corroído por el ácido, debía repararlo, era su única manera de atacar y ahora estaba hecho trizas. La muchacha se levantó y con su arco en la mano se fue a adentrar en el bosque para conseguir algo para arreglar su único medio para protegerse. Justo antes de mover un solo pie miró atrás para ver si Hiruma había salido de la caseta, pero no fue así. La chica caminó hacia el bosque y poco después desapareció entre la oscuridad.

Segundos después de desaparecer, Hiruma salió de la cabaña y buscó algo con la mirada, no podía ser, esa niña inútil se había vuelto a ir sin él. Ya estaba arto de que se escapara, porque después de todo, ella era la portadora de sus poderes, y si ella moría sus poderes lo harían con ella, o eso le había dicho la chica. Tenía que encontrarla antes de que otro demonio de más poder lo hiciera porque no estaba dispuesto a perder su vida como demonio.

.

.

Mamori observaba su arco mientras caminaba sin rumbo fijo por el bosque, aun estaba dándole vueltas a la cabeza por el extraño comportamiento que había tenido el demonio en su casa, cada vez comprendía menos las acciones de ese demonio loco.

La chica se paró enfrente de un árbol y le hizo un corte con un pequeño cuchillo que llevaba, una savia blanquecina comenzó a brotar del corte y ella untó sus dedos en el líquido viscoso para después aplicarla cuidadosamente en el arco.

La savia de ese tipo de árboles era conocida por todos los curanderos y su uso se centraba en los cuidados de las quemaduras de la piel porque untado en la zona a tratar hacía que la piel adquiriera una capacidad regenerativa asombrosa, pero poca gente sabía bien los diferentes usos que tenia esa savia milagrosa en los distintos objetos que se dañaban por algún tipo de ácido. Solo hacía falta un poco de savia y sobretodo, paciencia, ya que para que el arco estuviera como nuevo tendría que esperar una hora para que esa savia regenerara todo lo que encontrara en su camino.

La chica se movió hacía el pequeño lago para poder esperar más tranquila a que su arco terminara de regenerarse, estaba casi totalmente corroído por el acido de ese demonio, esperaba que esa savia pudiera regenerarlo por completo ya que para fabricar otro arco igual a ese necesitaba a su abuela y no sabía cuando volvería.

En cuanto llegó al lago escuchó un sonido parecido a un suspiró que la sobresaltó, antes siquiera de mostrarse ante el ser que podía estar allí se aseguro de que fuera humano, no tenia poder para combatir contra un demonio sin su arco y solo con las flechas poco podía hacer.

Mamori asomó un poco su cabeza para observar a la persona que se encontraba allí y se sorprendió al ver de quien se trataba. Ese chico era uno de los delincuentes del pueblo, el chico rubio de la cicatriz en la mejilla, Jumonji si no recordaba mal.

El chico rubio se encontraba tumbado por completo en la hierba, con los brazos detrás de la cabeza y la cabeza apoyada en ellos. Tenía los ojos cerrados y la respiración tranquila, parecía dormir profundamente. Mamori no pudo evitar acercarse un poco para observar al chico, se podría resfriar si no tenía cuidado con lo que hacia, y por lo que veía, parecía ser un descuidado al igual que Hiruma.

—Jumonji-kun… esto… Jumonji-kun te vas a resfriar… despierta…—Dijo la chica suavemente.

Jumonji se revolvió un poco y se giró al oír una voz lejana en su cabeza, una voz que intentaba despertarlo. Era una voz suave, de una mujer, una voz tan dulce que conseguía relajarlo, su corazón comenzó a latir rápidamente al sentir una mano cálida en su hombro, se sentía bien el tacto delicado de esa mano sedosa sobre él.

Los ojos del muchacho se abrieron lentamente encontrándose de frente con unos grandes orbes azules que lo observaban expectantes. El chico se asustó y se levantó de un salto alejándose de esa mujer. Era ella, como no, la maestra de la aldea, la mujer que pensaba era la más hermosa de los alrededores y también, en la misma proporción, la más metomentodo.

—¿Qué… qué se supone que estás haciendo?—Dijo Jumonji con un claro sonrojo en sus mejillas.

—Yo… estabas durmiendo aquí y corre un poco de corriente, temía que te enfermaras así que te desperté, solo eso—Sonrió ampliamente.

El muchacho no pudo evitarlo, su sonrojo aumentó considerablemente ante las palabras de la chica. Era la primera vez desde que su madre murió que alguien se preocupaba realmente por él y su salud, su padre solo lo reprendía por sus acciones y los únicos que habían mostrado interés real por él habían sido sus dos grandes amigos a los que toda la aldea llamaba delincuentes, pero para él, ellos habían sido las únicas personas en las que podía confiar, no unos simples delincuentes como decían los demás.

Las palabras no salían en ese momento de su boca, sus manos comenzaron a sudar de manera incontrolable, su corazón empezó a latir cada vez con más fuerza y su cabeza daba vueltas sin sentido. No sabía qué podía ser ese extraño sentimiento pero tal vez, y solo tal vez, había comenzado a sentir algo por esa mujer.

Sus ojos, que no querían volver a encontrarse con los orbes azules, dirigieron su mirada a otro lugar y justo cayeron sobre el arco de la chica, que todavía estaba totalmente corroído por el acido que había salido por la boca de ese demonio murciélago.

—¿Qué… qué le ha pasado a tu arco Anezaki?—Preguntó el chico con un tono de sorpresa.

—No es nada… solo fue un demonio menor…—Respondió ella con una sonrisa triste y su mirada puesta en el arco.

Jumonji se sorprendió ante las palabras de la muchacha ¿Qué no había sido nada? ¿Cómo podía siquiera decir que no había sido nada? Su arco estaba totalmente destrozado y deshecho como si algo lo hubiera untado de un ácido intenso y fuerte. Y se atrevía a decir que solamente había sido un demonio menor, solamente… Era tan fuerte y delicada a la vez… sin lugar a dudas había caído ante ella.

—¿Lo venciste…tu sola?

—Sí, bueno…—La chica recordó la ayuda del perro pero era una cosa que no podía decirle a ese chico—Estoy algo sola sin la ayuda de mi abuela pero…—Prosiguió la chica—…tengo que hacer algo para sobrevivir, es lo que he aprendido todo este tiempo, aunque esté sola tengo que apañármelas para seguir viva.

El chico sin siquiera pensárselo dos veces agarró la mano libre de la chica y la atrajo hacia él para abrazarla. Colocó una mano en la cabeza de la muchacha y comenzó a acariciarle el cabello suavemente con movimientos lentos y delicados, como si pensara que la iba a romper por el roce de su mano.

—No estás sola…—Susurró el muchacho.

Tal vez ese momento no era el más adecuado para decirle sus sentimientos a esa mujer y menos después de haberse dado cuenta en ese momento que la admiración que sentía por ella no era tan solo admiración, pero no podía pararse a pensar, no en un momento como ese.

—Tú… aunque no lo creas tienes amigos que pueden ayudarte como Monta, Sena y Suzuna y bueno… tu abuela… y si quieres, solo si quieres… a... mi…—Dijo con un tono nervioso.

La chica levantó la mirada un poco y observó bien al muchacho, parecía estar adquiriendo un color bastante rojo, casi demasiado rojo. El muchacho soltó de su agarre a la chica y se separó un poco para dejarle a ella espacio suficiente para moverse.

—Ya sabes…—Se aclaró la garganta—Como amigo, si quieres… No pienses cosas raras. ¡No es lo que parece!—Su rostro adquirió un color rojo brillante.

Jumonji tenia la mirada perdida en el bosque, las mejillas completamente rojas y una mueca nerviosa en el rostro que, según la chica que lo observaba, era una expresión adorable. Nunca había pensado que aquel chico que se hacía el rudo con los demás en realidad fuera una persona tan tierna. Había intentado animarla cuando dijo que se sentía sola y estaba consiguiéndolo.

—Gracias Jumonji-kun, lo tendré muy en cuenta—Mamori sonrió.

—No… no es para tanto—Murmulló el chico.

Después de eso se despidió de forma algo torpe y salió corriendo de allí hacia el camino del pueblo algo confuso, y cuando pensó que ya se había alejado lo suficiente de la chica, paró su carrera para pensar en lo que había estado a punto de hacer. Había estado tan cerca de decirle lo que sentía a la chica que incluso se preguntaba si ella no lo habría notado en el tono de sus palabras ¿Pero cómo podía ser tan torpe? Definitivamente estaba loco si pensaba que ella podría corresponderle aunque fuera una pizca de lo que sentía.

Jumonji, eres un idiota—Se dijo mentalmente el muchacho.

La chica aun no se creía lo que acababa de pasar, aunque lo pensara una y otra vez no creía que pudiera ser real, sí, definitivamente estaba soñando. La chica sonrió para sus adentros, un chico tan rudo como Jumonji la había animado, era tan adorable… Nunca habría pensado que nada así podría ocurrir, pero bueno, las cosas parecían haber ido cada vez mejor: Los aldeanos ya no la odiaban como antes, había conseguido más amigos en pocas semanas y… aunque sonara extraño admitirlo, ya no se sentía sola gracias a la compañía del perro demoníaco y del príncipe demonio.

Sonaba muy duro admitir esas cosas después de sentir que en cualquier momento él le quitaría sus poderes pero así había sido desde que el llegó. Su vida tranquila se había convertido en una autentica aventura y, extrañamente, el silencio de su humilde cabaña se había transformado en la voz de ese demonio que intentaba molestarla a todas horas, discutía con él día y noche pero… le parecía tan divertido que si alguna vez él desaparecía de su vida su tranquilidad y soledad volverían a ahogarla.

Se llegó a preguntar qué pasaría exactamente con todo lo que había conseguido avanzar desde que había llegado ese demonio escandaloso. En ese momento Mamori se sentía confusa, ¿por qué pensar en esas cosas en ese preciso momento? La respuesta era muy clara, tenía miedo, miedo por volver a su vida llena de soledad en la que solo las risas de los niños podían transmitirle la tranquilidad y seguridad que necesitaba para continuar, pero también… miedo de volver a pasar otra vez por esa matanza que había vivido cuando era una niña, no quería que aquellos que había protegido con tanto tesón se volvieran contra ella en cuanto se enteraran de que había protegido a dos demonios. Estaba aterrada.

Mamori suspiró y se tumbó en el suelo haciéndose un ovillo como si fuera un animalillo herido. La confusión de ese momento la había hecho centrarse de nuevo en la tragedia que habían vivido sus padres, después de todo, esa duda y ese miedo que sentía siempre permanecerían en su corazón.

La chica sintió como una mirada se posaba en ella, una mirada dura, de desaprobación. Justo en ese momento, escuchó varios ruidos en los matorrales y unos pasos que cada vez eran más lejanos, todas esas sensaciones hicieron a la chica sobresaltarse e incorporarse un poco.

Alguien la había seguido. Su mirada fue a parar a su arco, que todavía no estaba totalmente reparado y se concentró en ver si sentía la presencia de algún demonio por los alrededores, pero no había nada, absolutamente nada. Tal vez había sido solo su imaginación pero, esa mirada que había sentido sobre ella se sentía muy familiar, tal vez… demasiado familiar.

.

.

Un hombre de cabello negro entró calmadamente al interior de una de las pequeñas habitaciones de una humilde cabaña. Al entrar cerró la puerta con todas sus fuerzas asustando al perro que dormía tranquilamente en su interior. El perro comenzó a observar a su amo moviendo la cabeza hacia los laterales al ver como el que consideraba su amo se sumía en un completo estado de ira.

El chico se tumbó en el suelo de la habitación sin prestar atención al perro, que en ese momento daba vueltas alrededor de su amo intentando descubrir si este estaba iracundo por algún problema con sus heridas.

Hiruma respiraba de forma entrecortada debido a ese sentimiento de enfado. El chico tapó sus ojos poniendo su brazo encima de ellos para así tranquilizarse un poco, aunque ese enfado seguía aumentando considerablemente y el motivo era bastante claro, ese rubio idiota se había atrevido a tocar a su presa y un demonio jamás, y repetía, jamás compartía una presa.

No podía evitar recordar una y otra vez aquello que había presenciado desde las sombras. Al principio pensaba que no iba a encontrar a la maldita humana o que, en todo caso, la encontraría herida ya que no tenia ninguna manera de defenderse, pero no, la había encontrado en el claro donde se encontraba el lago con ese idiota, al principio no le dio importancia pensando que ella solo estaría allí dándole una lección de humanidad a ese tipo ya que, si no recordaba mal, él había sido uno de los tres hermanos que habían atacado a la chica cuando ésta estaba con los malditos mocosos, pero lo que vio cuando decidió salir de su escondite no era lo que había pensado en un principio.

Ese humano agarró la mano de la chica y la abrazó, se había atrevido a tocar a su presa en su presencia y no solo eso, se veía a kilómetros la razón de ese abrazo, esa mirada y las palabras que dijo después para animar a la chica le señalaban las intenciones que tenía el chico de la cicatriz hacia su presa. Los humanos llegaban a ser tan patéticos a veces, ese idiota se había enamorado de la chica. Estupideces.

Pero lo peor de todo había sido la reacción de la muchacha, se había puesto feliz por las palabras de ánimo de ese debilucho humano e incluso se había quedado algo pensativa después de que él se marchara.

Todas esas imágenes que se repetían una y otra vez en su mente lo hacía sentir una especie de enfado extraño, y desde que había visto la escena unos pinchazos prominentes habían aparecido en su pecho. Desconocía esa sensación, pero el motivo estaba claro, las palabras de ese chico hacia su presa.

El muchacho escuchó el sonido de la puerta de entrada y pocos segundos después el ruido de la puerta de su habitación. El aroma que había inundado la habitación le avisaba de que ella estaba con él, esa mujer destilaba una mezcla de olores bastante peculiar que le recordaban a la lavanda, olores florales que dependiendo de la forma en la que se sintiera podían cambiar, nunca le habían gustado las flores, pero ese olor que destilaba esa chica lo atraía cada vez más hacia ella, era extraño, y desde que llegó a ese lugar lo había relacionado con la atracción que los demonios sentían hacia los poderes sobrenaturales de los humanos pero… desde hacía unos días esa atracción hacia su aroma se había vuelto más fuerte.

Una sensación cálida inundo su cuerpo al sentir que la chica había colocado algo encima de él, para poco tiempo después abandonar la habitación con paso apresurado. Hiruma apartó su brazo y abrió los ojos para observar el objeto que la chica había dejado encima de él, una manta.

Se incorporó un poco agarrando la manta con una de sus manos y suspiró, esa chica definitivamente no tenía ni idea de lo que hacía, aparentemente se preocupaba por la salud de todo el mundo a su alrededor, aunque esos a los que ayudara fueran monstruos reales como lo eran él y el propio Cerberos, pero eso ni le importaba, solo se preocupaba en curar a todas las personas cercanas a ella y eso era molesto.

Por un momento Hiruma se llegó a preguntar en lo que pasaría si él y el chico de la cicatriz que estaba completamente loco por la mujer estuvieran a punto de morir, seguramente los trataría de salvar a ambos, los trataría de la misma forma con ese rostro de preocupación extrema que mostraba al ver una vida en peligro. Sin ninguna duda, los salvaría a ambos de la misma forma con ese asqueroso sentimiento de preocupación humano.

El chico recordó de nuevo a ese humano descarado que se había atrevido a intentar tomar a su presa y rememoró todos y cada uno de los rincones que había tocado del cuerpo de la chica, sentía una necesidad de limpiar ese aroma que había dejado ese humano en ella recorriendo palmo a palmo todos aquellos rincones del cuerpo de la muchacha que hubiesen sido tocados o simplemente rozados por el cuerpo de ese ser débil. Incluso se había llegado a preguntar qué tanto habría transformado ese humano el olor de la chica, si tuviera sus poderes de demonio tal vez lo sentiría.

Ese sentimiento volvió de nuevo a su cuerpo, esa sensación de estar quemándose de pura ira y esos pinchazos en el pecho, no podía aguantarlo más, estaba carcomiéndose por dentro. ¿Cómo se atrevía ese humano idiota simplemente a tocar algo que le pertenecía? Ella era su presa y aunque fuera una simple humana no podía ser tocada por esas manos y menos si las intenciones de ese tipo eran de apartarla de su lado, eso nunca lo permitiría.

Hiruma volvió a tumbarse en el suelo y recapacitó durante unos segundos. Aun no lograba comprender el significado total de esos sentimientos pero, esa sensación molesta en el pecho era demasiado molesta para él ¿por qué estaba sintiendo eso? Ella solo era una presa, que tuviera un amante o dos no debía importarle en absoluto, solo estaba allí por sus poderes, no era como si esa mujer fuera su esposa o su amante.

El chico se giró y se tapó con la manta hasta el cuello en un intento absurdo de protegerse de todas esas sensaciones que no hacían más que molestarlo. Era cierto, no debía preocuparse por el amante de la humana, él solo estaba allí para conseguir sus poderes, pero, por otra parte, no paraba de pensar por qué le molestaba tanto la existencia de ese odioso ser inferior que ella parecía haber elegido como compañero.

Algo le decía que el tema del humano le iba a molestar durante mucho tiempo, pero también estaba seguro de que todo ese extraño movimiento de los sentimientos en su interior había sido culpa de ese extraño hechizo que esa mujer había lanzado sobre él, seguramente.

.

.

Horas después, Mamori sintió que ya era hora de marchar a por sus pequeños niños, desde el incidente con el otro demonio de la corte no le apetecía mucho volver a dejarlos solos y había dado clases tanto por la mañana como por la tarde, aunque por unas cosas o por otras, siempre acababan consiguiendo más horas de recreo que de clase, lo único que le interesaba en verdad a esos niños era el motivo por el que Hiruma siempre estaba allí cuando daban clases, lejos, pero a la vista igualmente.

La chica se levantó y abrió la puerta de la calle, aunque no pudo moverse mucho tiempo ya que una mano fría de largos dedos la agarró por el brazo para impedir su huida. Al girarse la chica contempló unos ojos verdes observándola de forma dura.

—Si vas a ir a algún sitio voy contigo, sería una molestia que un demonio de la corte consiguiera quitarte los poderes—Dijo Hiruma.

—Solo voy a ir al prado a darle clases a los niños, no es tan peligroso Hiruma-kun—Respondió Mamori soltándose del agarre del chico.

—Es increíble que digas eso después de lo que pasó en ese mismo lugar que dices que no es tan peligroso. ¿Te tengo que volver a relatar lo que pasó maldita mujer?—El chico suspiró sonoramente rodando los ojos con expresión cansada.

—¡Oye! ¿Cuántas veces te lo he dicho ya? No me llames maldita mujer tengo nombre y me rehúso a ser llamada de esa manera. A partir de ahora llámame Mamori, "Ma-mo-ri"—Dijo la chica encarándose con él y poniendo los brazos en jarra.

El chico la miró a los ojos levantando una ceja, parecía pensativo, demasiado pensativo y aun no se había quejado por ser regañado de esa manera. Mamori daría cualquier cosa por saber qué era exactamente lo que pensaba ese hombre, aunque algo le decía que no pensaba en nada bueno.

—Y…—Comenzó el chico—¿Para qué necesitas un nombre si pronto vas a ser mi cena?

Esas palabras de alguna manera taladraron el corazón de la chica, le dolía el pecho, esas palabras eran crueles, y aunque había pensado que él había comenzado a cambiar un poco para bien, todas esas cosas crueles que salían por sus labios le demostraban lo equivocada que estaba.

—¿Tengo que recordarte acaso el porqué de mi permanencia a tu lado?—Preguntó él poniendo un rostro que asustó seriamente a Mamori.

Definitivamente ese chico estaba demente o algo peor, con una sonrisa que transformaba su rostro desencajándolo completamente y unos ojos que podrían hacer temblar hasta al mismísimo rey demonio, ese muchacho lograba recordarle antiguas impresiones que había sentido al contemplarlo otras veces, autentico terror, y esa sensación extraña en la columna, como un frío infernal que se movía de arriba a abajo en su espalda, junto a ese horrible presentimiento de que algo malo pasaba por la mente de ese demonio.

Mamori sintió como ese hombre bajaba a su altura para mirarle a los ojos, sabía el sentimiento de terror que provocaba en ella esa mueca extraña, y la estaba usando para amplificar ese sentimiento en ella, pero no iba a caer tan fácil ante su trampa, ya que sabía perfectamente las intenciones de ese hombre.

—Solo estoy aquí para recuperar mis poderes maldita mujer y en cuanto lo haga te quitaré los tuyos sin pensármelo dos veces y… creo que ya sabes lo que viene después ¿no?… la muerte o sueño eterno, puedes llamarlo como desees kekeke.

—¿Y sabiendo lo que me harás aun esperas que te devuelva de nuevo tu forma de demonio?—Su tono era serio y decidido—Creo que te dije que iba a vivir por mis padres, así que lo de quitarme los poderes lo vas a tener muy difícil aunque recuperes los tuyos poderes ya que, como sabes, no soy del todo humana

—Es cierto, no eres del todo humana, por eso me he llegado a preguntar varias veces cómo fue que murieron tus padres siendo alguno de los dos en parte ángel.

—Ellos…

La chica se paró al pensar de nuevo en todas esas imágenes sueltas que recordaba de la muerte de sus padres, eran varias escenas las que se habían gravado con fuego en su memoria: su padre cayendo al suelo, muerto, justo después de meterse entre su madre y ella para intentar protegerlas, la sangre fluyendo por el suelo, su madre gritando tras ver a su padre caer y después… nada, tal vez su cerebro había suprimido lo que seguía por lo doloroso que podía ser el tan solo recordarlo, pero siempre había agradecido que fuera así.

—No me digas que murieron devorados por un demonio menor…

Hiruma se fijo que en el rostro de la chica, no había ni un signo de que ella lo estuviera escuchando, pero al ver sus manos, apretadas, completamente rojas se dio cuenta de algo, si estaba escuchándolo y sus palabras la habían afectado tanto que seguramente sus uñas no tardarían mucho tiempo en clavarse en la palma de su mano debido a la fuerza con la que ella las oprimía.

—¿Di en el clavo? Parece que eran unos debiluchos ¿no?

—¡Te equivocas! Mi madre acabó con cientos de menores ella sola… y ellos… ¡Ellos murieron protegiéndome! ¡No te atrevas a burlarte de ellos Hiruma-kun!—Gritó Mamori al borde de la histeria.

El chico observó a esa humana defendiendo a sus padres de esa manera tan agresiva, tan decidida, y creyó verse a si mismo por un momento, cuando era un niño, defendiendo a su madre de ese rey demonio cruel que tenía por padre, cuando ésta cayó victima de una enfermedad. Era curioso, aun recordaba las palabras que le hicieron odiar a su padre por el resto de su existencia, esas palabras que le demostraron cuanto los amaba su padre a él y a su enferma madre y cuanto amaba el rey el poder…

Flash back

Un niño rubio corría por el palacio del infierno, su hogar, a la velocidad del rayo, unos asaltantes habían entrado hacía unas horas, seguramente unos demonios que querían arrebatarle el trono a su padre, aunque eso no le importaba lo más mínimo porque sabía que su padre era el más fuerte de todo el inframundo y que mataría a todo aquel que se interpusiera en su camino, por eso estaba tan orgulloso de ser su hijo.

Siguió corriendo por el palacio hasta pararse frente a una de las habitaciones, la habitación de su madre, desde que había contraído una rara enfermedad, su padre estimó darle un poco más de espacio personal para que ella pudiera recuperarse, así que la había trasladado a un ala diferente del palacio. Su padre le había dicho que no fuera a verla por miedo a que se contagiara pero, después de los entrenamientos y las clases de la mañana, se pasaba tardes enteras con ella, haciéndole compañía, contándole las cosas que había hecho durante el día y sobretodo, acudía puntual cada día para ver su dulce sonrisa. Amaba su sonrisa.

El pequeño muchacho abrió la puerta despacio para que su madre no despertara pero cuando entró al interior del habitáculo se sorprendió. Vacía, totalmente vacía.

Al ver que en el cuarto de su madre no había ni un alma se asustó, era prácticamente imposible que no hubiera nadie, su madre ni siquiera podía caminar debido a la debilidad que tenía en sus piernas por culpa de esa grave enfermedad, y si no estaba allí… ¿Dónde estaba? El niño salió corriendo a toda velocidad gritando por todas partes, tenía que encontrarla, y rápido, porque esos asaltantes demoniacos que habían invadido el castillo seguramente le harían daño debido a su débil estado.

¡Padre! ¡Padre! ¡Madre ha desaparecido! ¡Padre!—Gritaba el niño.

Justo en ese momento, cuando entró a la sala del trono lo vio. Su padre había acabado con todos los asaltantes y observaba un bulto blanco en el suelo, una mujer de cabello rubio y ojos verdes que estaba tumbada y respiraba con dificultad, su padre observaba a la mujer sin ningún signo de preocupación en el rostro y aunque él no veía bien el rostro de esa fémina desde donde estaba, juraría que ese olor...

Mitsuko…—Susurró el hombre.

El niño siguió observando la escena sin siquiera hacer un simple sonido que delatara su presencia en ese gigantesco salón ¿Mitsuko? ¿Esa mujer del suelo era su madre? Sí, ese olor era el mismo. Y si era su madre… ¿por qué no se movía? ¿Por qué su padre no la ayudaba a levantarse?

El hombre comenzó a moverse inquieto y levantó su espada lentamente, por un momento el pequeño Hiruma Youichi se preguntó si quedaría algún asaltante más en el interior del palacio porque ese movimiento de espada era muy conocido para él, y sabía que era uno de los movimientos más poderosos de su padre, así que suponía que había alguien más allí con ellos.

Yuuya… no lo pienses durante más tiempo… ya te dije que esto era lo mejor…—La voz de su madre sonaba entrecortada y débil.

Lo sé… Adiós Mitsuko.

La espada de su padre bajo hasta donde la mujer se encontraba y un rayo salió disparado hacía ella. Después de un silencio inundó completamente el gran salón donde el pequeño habíha visto todo desde un rincón, un silencio molesto y horrible. El pequeño niño llegó a pensar que estaba en una pesadilla de la que quería despertarse lo más pronto posible, sí, debía ser una pesadilla, un horrible mal sueño sin sentido.

El pequeño salió de su escondite y miró a su padre con el rostro lleno de horror, su madre, aun inmóvil en el suelo, estaba completamente muerta, muerta a manos del hombre al que consideraba su padre y del que había estado orgulloso todos los años de su corta existencia.

¿¡Por que lo has hecho!?—Gritó el niño con lagrimas en los ojos—¡Madre! ¡Madre! ¡Despierte Madre!

La usaron en contra mía, estaba enferma Youichi, estaba muy débil y…

¡¿Y qué?! Ella era una mujer fuerte, ¡Ella siempre me protegía!—Gritó el niño con más fuerza—Nosotros no estamos enfermos… podríamos haberla protegido, al igual que ella hab´ria hecho con nosotros ¿Por qué la mató padre?

Las lagrimas del pequeño niño rubio no podían parar de salir de sus verdes ojos, lloraba desconsolado, pero quería respuestas y las quería en ese momento, no esperaría más tiempo.

Ella no podría vivir mucho tiempo más, solo acorté su agonía Youichi, "los débiles merecen morir"

Sus ojos se abrieron de par en par al oír las palabras tan duras de su padre. Ella era su esposa, pero los demonios no amaban, o eso había oído decir, aunque él, él amaba a su madre, ella era una mujer hermosa, con una sonrisa dulce y sincera y siempre lo cuidaba porque ella lo quería, porque él era su hijo, y ese ser, ese demonio que se hacía llamar "padre", había acabado con su existencia de un solo golpe cuando ella no podía defenderse, quería matarlo, quería cortarle la cabeza por haberle hecho eso a su madre y juraba, juraba que nunca jamás volvería a llamarlo padre.

Desde ese momento se llegó a replantear si el amor existía o no, si lo que había sentido por su madre solo había sido un mero sueño y no amor de un hijo hacía su madre. "Los demonios no aman" eso se lo habían dicho hacía mucho tiempo, el amor era un simple sentimiento débil, un sentimiento humano que para un demonio no era más que una muestra de debilidad.

Fin del flash back

—Los débiles merecen morir ¿eh?Susurró aun inmerso en sus recuerdos.

La chica, que escucho perfectamente las palabras del demonio, pudo notar esas mismas palabras clavándose en su corazón como estacas, le dolían, por separado eran simple vocablos sin sentido, pero juntas habían llegado a causar un dolor prominente e insoportable en su pecho, en su alma.

Hiruma observó a la chica sin saber exactamente qué le ocurría, de nuevo había apretado sus manos como si estuviera soportando un gran dolor, pero él no había dicho una palabra o eso creía él ya que simplemente había dicho en voz alta las palabras que pasaban por su mente en un intento por recordar la dureza de su padre.

—Tú… tú no tienes derecho a hablar de ellos de esa manera tan cruel, ¡largo!

—¿Qué has dicho?

El chico estaba confundido, a su parecer no había hecho nada a parte de entablar una conversación, al principio tenía intención de hacer que se molestara pero, desde que ella había actuado de esa manera tan agresiva y decidida, lo único que había hecho había sido recordar su pasado, no había dicho o hecho algo que pudiera ponerla de esa manera.

—¡He dicho que te vayas!—Gritó Mamori de nuevo.

La chica con gesto decidido comenzó a empujar la espalda de Hiruma hacia la salido. No aguantaba más las crueldades, faltas de respeto e insultos que salían por la boca de ese demonio, era molesto, pero sobretodo jamás lo perdonaría por hablar así de sus padres, para ella, las personas más importantes de su vida a parte de su abuela.

—¡Ey! ¿Qué se supone que haces maldita mujer?—Preguntó molesto el chico.

Se veía arrastrado hacia la puerta, esa mujer tenía mucho empuje, habría jurado que una mujer humana como ella no podía tener tal cantidad de fuerza y lo mejor de todo ¿de dónde salía toda esa energía con ese cuerpo tan pequeño y frágil que poseía? Cada vez los humanos lo sorprendían más, aunque lo que más le había sombrado de su estancia en el mundo terrenal no habían sido los humanos en general, sin lugar a dudas había sido esa mujer que lo empujaba hacia la salida poniendo toda su alma en ello.

—¡Lárgate y no vuelvas!—Volvió a gritar causando un ruido seco al cerrar la puerta.

El chico al verse completamente fuera de la cabaña comenzó a golpear la puerta con uno de sus brazos. Esa mujer estaba loca, como una cabra para ser más exactos, lo había echado a mitad de mañana y sin ningún motivo aparente ¿Tan dementes estaban esos humanos como para tener tantos cambios de humor seguidos? Además, el único que podía estar molesto era él por culpa de lo que había observado hacía unas horas en el lago.

—¡Abre la puerta mujer estúpida!

—¡No quiero verte nunca más! Y en lo que respecta a volverte demonio de nuevo… ¡Ni lo sueñes!

El chico se sorprendió con las palabras de esa mujer. Sonaba como una niña caprichosa pero lo que le había sorprendido era el tono de su voz, era como si se estuviera desgarrando por dentro, como si fuera a colapsar en cualquier momento ¿Tanto dolor le había causado estar cerca de él durante tan poco tiempo?

—¡Si tanto te molestan los débiles lo siento mucho! Tal vez sería mejor que muriera para llevarme tus poderes conmigo. ..

Dentro de la cabaña Mamori sujetaba fuertemente la puerta para que él no pudiera abrirla desde fuera, se sentía herida, demacrada y dolida por culpa de ese demonio "humano" que había al otro lado de la puerta. Sus piernas temblaban al volver a recordar todo el asunto de sus padres, no aguantaba más.

La muchacha, al ver que la presión de la puerta desaparecía (ya que Hiruma paró de estirar al oír las palabras que habían salido por su boca) sintió que sus piernas comenzaban a temblar, no podría seguir mucho tiempo de pie. Y calló al suelo sin poder soportar más las lagrimas que desde hacía unos minutos habían comenzado a asomarse por sus orbes azules.

Al oír los sonoros sollozos que se escuchaban a través de la puerta, Hiruma abrió los ojos en señal de sorpresa. La mujer humana lloraba desconsolada y algo le decía que era mejor volver en otro momento, así que, dio media vuelta y caminó hacia el bosque. No tenía que convivir con ella, lo único que debía hacer era vigilarla desde lejos para que no le pasaran nada a sus nuevo poderes.

—¡Cerberos!—Nombró el chico.

El perro, que en ese momento echaba una cabezadita debajo de uno de los árboles más cercanos a la caballa, oyó la voz de su amo llamarle y se desperezó para justo después acudir a la llamada de aquel al que consideraba su dueño.

—Vigílala—Ordenó.

Comenzó a caminar después de escuchar el ladrido de aprobación del perro. Mientras él estuviera fuera era suficiente con tener al maldito chucho vigilándola, después de todo, ese perro era muy fuerte y sabría protegerla de otros demonios o eso esperaba después de lo que había visto al inicio de ese día, había sido la primera vez que había visto a ese chucho encariñarse con alguien de esa manera tan notoria.

Cuanto más se alejaba de la cabaña de la muchacha más se comprimía su pecho, no sabía qué le ocurría, pero cada vez estaba más y más extraño. A parte de la vez que intentó asesinarla mientras dormía, no la había vuelto a ver llorar, era una mujer muy fuerte y estaba tan seguro de que nunca se derrumbaría ante él que lo que acababa de escuchar… Aun no podía ni creerlo.

Esa doncella humana era orgullosa en cuanto a dejar que otros vieran sus cristalinas lagrimas y, sin embargo, esa vez había dejado resbalar por sus blancas mejillas esas gotas despiadadas que no eran más que signos de dolor y angustia. Como lo odiaba, ¡dios! Odiaba tanto verla llorar.

El chico paró durante unos segundos solo para pensar en lo que acababa de venirle a la cabeza en ese instante. Nunca había odiado ver a una mujer llorar, no es que estuviera orgulloso de ello pero sabía ignorar perfectamente esas lagrimas de cocodrilo que usaban las mujeres demonio la mitad de las veces como defensa ante ataques o regaños, simplemente siempre las había ignorado así que… ¿Por qué con ella todo era distinto? ¿Por qué le molestaba hacerla llorar? Todo era tan confuso… Estaba tan agotado de no entender qué le pasaba en su interior…

Hiruma se subió a uno de los árboles que encontró a mano y se tumbó tranquilamente en una de sus ramas. Debía pensar con claridad antes de volver, todos esos sentimientos extraños lo confundirían en demasía si no los aclaraba rápido, ya no sabría qué más hacer. Definitivamente esa humana había lanzado un extraño hechizo contra él, no podía haber ninguna explicación más, porque era muy extraño que solo pudiera pensar en que la mujer de ojos azules dejara de llorar.

.

.

.

Antes de nada (y si lo he dicho ya, lo vuelvo a repetir) ¡Feliz 2013! Ya llevamos una semana completita de este año y aunque prometí publicar el capitulo en 2012 para ser más exactos el 31 de diciembre, se me echó la fecha encima y no pude acabar, pero bueno, aquí está el capítulo 6 recién sacado del horno. ¡y es el primer fic que publico este año! ;)

Creo que con este capítulo en serio me pasé, demasiada confusión y demasiados recuerdos amargos de los protagonistas, espero que no haya sido demasiado pesado de leer… no sé por qué me parecía que era lo mejor después de una aparente "calma" en el fic.

¡Por cierto! Tenía que avisar de una cosa que creo que algunas ya habréis podido adivinar al ver lo lento que avanza el fic, sé que en el primer capítulo dije (hace mucho tiempo) que iba a ser un fic semanal, pero como podéis ver no hay tiempo para escribir un capítulo todas las semanas y como hoy volví a las clases (que vacaciones más cortas) decidí hacer el fanfic mensual, lo siento (aunque en parte ya lo era)

Y ahora como siempre los agradecimientos: muchas gracias a NaruSaku'sFan, robin-chuan, akilaya14, Dali, azul, Yuri Zetsuboukmuii y Sandri-Hima por los review, a todas las chicas que leen (y chicos, seguro que hay alguno por ahí) y por supuesto, a las chicas del grupo de Face ;) ¡Gracias a todos ustedes "el sello del ángel" sigue adelante! ¡Muchísimas gracias por apoyarme!

¡Espero que os haya gustado el capítulo! ;)

Rei sama18