Dulce duque
Terry no era el único que los observaba, es más, Eliza había podido escuchar la última parte de su conversación. La rabia y confusión que experimentó no podía compararse con nada de lo que jamás hubiera sentido. No podía ser. Se negaba a aceptarlo. ¿Y qué pasaba con Terry? ¿Acaso él también...?
Cuando llegó a Londres con su hermano Neal, Eliza se había propuesto empezar de nuevo. Olvidar sus antiguos sentimientos y convertirse en la dama que ningún hombre al que ella deseara, pudiera resistirse. Estaba cansada de mendigar la atención de chicos que no sabían apreciar todo su potencial.
Pero al iniciar el nuevo curso en el internado, todos sus propósitos de mantenerse fría, inalcanzable, de ser ella la que dirigiera los desplantes, en vez de recibirlos, se había ido al traste al conocer a Terrence Granchester, el hijo ilegítimo del Duque de Granchester, cuya casa había recuperado su esplendor gracias a un muy ventajoso matrimonio con una de las nuevas solteras americanas de oro. La mujer, no muy agraciada en su físico, sin embargo, le había procurado una pronta y prolífica descendencia legítima, con varios hijos varones.
Pese a todo, Terrence Granchester poseía todo el atractivo de su apellido y la protección de su padre. Nadie sabía, a ciencia cierta, quién era la madre, pero los rumores decían que debía de tratarse de alguna linda viuda, que no quería renunciar a su recién adquirida independencia. Otros hablaban de que debía tratarse de alguna artista, de la que él habría heredado su belleza y su insolencia.
A Eliza le importaba bien poco todo esto. Solo le importaba lo que Terrence le hacía sentir. Su corazón se desbocaba, enardeciendo todo su ser. Pero por lo que había podido escuchar, cualquier aspiración de conquista por su parte volvería a ser inútil. ¿Cuál era su problema?... ¡No!, su problema no, ¡Cuál era el problema de todos los chicos que le gustaban!... Pero quizás se estaba precipitando y todo aquello no eran más que estúpidas aspiraciones de su, ahora, contrincante.
En aquel preciso instante, Eliza Lagan tomó una firme determinación. Descubriría cuánto de todo lo que había escuchado era cierto y trataría de vislumbrar si Terrence Granchester mostraba algún tipo de interés sospechoso. Debería echar mano del inútil de su hermano que, quizá, por fin pudiera servirle para algo... aunque lo dudaba.
Llevada por la curiosidad, Eliza, que no tenía permitido coger en brazos a su pequeño hermano, había aprovechado una de las siestas de su vieja nani, para tomar en brazos a ese misterioso bebé. Neal era una masa roja, arrugada y peluda y, a sus ojos, espantoso. Con la sorpresa, el bebé se le resbaló de los brazos, golpeando de cabeza, pero ella reaccionó rápido y lo soltó rápido en la cunita, justo a tiempo para disimular, fingiendo que estaba intentando avisar a la anciana porque el "nene había empezado a llorar sin causa aparente".
Desde aquel día, ella era la primera en creer que su hermano había quedado medio tonto, más era su hermano y no le quedaba otra que tolerarlo. Además, resultaba muy fácil manipularlo y gracias al empeño de sus padres en que tuvieran "niños de compañía", Eliza había podido redirigir toda "creatividad" contra ellos y utilizar a su hermano como cómplice, en vez de víctima.
Si con la ayuda de su hermano, sus sospechas se confirmaban, destruiría y humillaría a la pareja, hasta el punto que desearían no haber nacido ni haberla hecho sentir tan ridícula y despreciada.
Continuará...
