Inicio de clases
Los primeros quince días de clase transcurrieron en un torbellino de textos y tareas.
A pesar de que encontraba fascinantes la mayoría de las asignaturas, le estaba costando un poco acostumbrarse al ritmo de Hogwarts. El castillo, como había aprendido a la fuerza, no solo estaba vivo, si no que era muy temperamental.
El edificio se encontraba en constante movimiento, las escaleras cambiaban de lugar según el día de semana y la hora, los retratos iban y venían a lo largo de todo el castillo, e incluso las armaduras iban de un lado a otro (aunque intentaban que nadie las vea) por lo que era difícil recordar el camino a cada una de las clases.}
Sumado a esto, estaba el hecho de que estaba lleno de pasadizos secretos, que a veces terminaban en pasillos sin salida, paredes que fingían ser puertas, y puertas que se escondían de los estudiantes apurados. También había que tener cuidado con Peeves el poltergeist, que disfrutaba perseguir a los alumnos de primero que se perdían. Si no fuera por la ayuda de Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor, al que le gustaba acompañar a los alumnos de su casa a clases, ella misma podría haber sido víctima del molesto duende en un par de ocasiones.
Por estos motivos, el tercer día de clases Hermione se saltó el almuerzo para ir a hacer lo que mejor sabía: ir a la biblioteca a buscar algo que le sea de ayuda. La señora Prince, la bibliotecaria, la ayudó a encontrar varias referencias sobre mapas más o menos confiables del castillo, considerando que este cambiaba todo el tiempo.
Le tomó un par de horas, pero finalmente pudo memorizar el camino más rápido (y seguro) desde la torre de Gryffindor hasta las clases que cursaba, al menos durante este año. Por lo menos de esta forma podría concentrarse mejor en esquivar los escalones que desaparecían de vez en cuando.
Se acostumbró rápidamente a la rutina: los miércoles a la medianoche tenían astrología, donde podían observar el cielo nocturno, esta era la única excepción que tenían para estar fuera de la sala común después de las nueve de la noche; los lunes, miércoles y viernes a media tarde tenían clases de Herbología en el invernadero, donde la profesora Sprout les enseñaba las características de cada planta y cómo usarlas para su beneficio.
Dos veces por semana, a primera hora de la mañana, tenían que asistir a Historia de la magia, una materia que a Hermione le encantaba, a pesar de ser impartida por el profesor Binns. El hombre ya era muy mayor el día que se quedó dormido frente a la chimenea del cuarto de profesores, a la mañana siguiente se levantó para dar clases como todos los días, dejando atrás su cuerpo. Como todos los fantasmas, el transparente profesor flotaba en vez de caminar, y su monótona voz hacía que la mayoría de los estudiantes se duerman en clase. Por supuesto que ella no era parte de este grupo de personas, le resultaban fascinantes las similitudes entre la historia muggles y la mágica, después de todo en el fondo magos o no, todos eran humanos y, como tal, cometían fallos una y otra vez. Por momentos el profesor también se quedaba dormido en clase, y ella aprovechaba el tiempo para pasar en limpio los apuntes de clase o adelantar tareas de otras asignaturas.
También estaba la clase de encantamientos, su favorita hasta el momento. El profesor era un hombre diminuto llamado Flitwick, que tenía que subirse a un montón de libros para ver por encima de su escritorio. Se notaba que el hombre tenía un gran fanatismo por Harry, al igual que la mayoría de la gente, que se la pasaba cuchicheando sobre él cada vez que lo veían. Los hechizos que practicaban eran aún muy sencillos para su gusto, pero supuso que debía darles tiempo a los alumnos nacidos de familias muggles de nivelarse con el resto de sus compañeros.
Por último, pero no menos importante, los jueves durante el segundo período tenían clase con la profesora McGonagall. La mujer enseñaba la asignatura Transformaciones, una magia compleja y peligrosa, que debía ser impartida con el debido cuidado.
- Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver. Están todos avisados- fue una de las primeras frases que dijo la bruja. Ella no pudo más que asentir, de acuerdo con lo dicho: transformaciones no era una materia para tomarse a la ligera.
En su primer día de clase, la profesora convirtió el escritorio en un cerdo, haciendo que los alumnos se emocionen un montón. El ánimo general decayó pronto, cuando entendieron que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran convertir cualquier objeto en un animal.
Luego de un interesante monólogo, en el que explicaba las bases sustanciales de la transformación, y que, por supuesto Hermione apunto con lujo de detalle en un pergamino, la profesora le dio un cerillo a cada uno para que intentaran convertirlo en una aguja.
En un principio batalló contra el objeto inanimado, que se resistía a cambiar, manteniéndose fiel a su esencia. Con el correr de los minutos pudo convencerlo de ir modificando poco a poco su forma hasta lograr darle un aspecto alargada y puntiaguda, de un delicado color plateado. A pesar de no haber podido modificar la constitución intrínseca del material, ya que a pesar de haber cambiado de forma seguía siendo madera, su intento había sido el más fructífero de la clase, ganándose una excepcional sonrisa de la profesora, y varias caras largas de sus compañeros.
Hermione estaba muy conforme con su rendimiento hasta la fecha.
Había creído que los niños de familias mágicas les llevarían una ventaja enorme a los hijos de muggles, ese fue uno de los principales motivos por los que había puesto tanto empeño a estudiar en los meses previos al inicio de clases. Se sorprendió mucho al descubrir que esto no era para nada cierto ya que, a pesar de estar familiarizados con los hechizos más básicos, la gran mayoría de ellos nunca había invocado magia de manera consciente.
Pero lamentablemente no estaba igual de conforme con otros aspectos de su estadía.
Terminó de acomodar su cama alisando las arrugas del cobertor y suspiró profundamente. Su compañera de habitación, Lavander Brown, la miró con una ceja levantada.
- ¿Estás bien? - preguntó la rubia.
Podía pasar medio día hablando de los motivos por los cuales no se encontraba bien, pero sabía que a la niña no le interesaba realmente escucharla y que solo preguntaba por educación.
- Si, gracias- respondió Hermione con una mueca parecida a una sonrisa.
- Vale - aceptó la chica, saliendo tan rápido de la habitación como le fue posible, seguro por miedo a que se arrepienta.
Normalmente Hermione era la primera en despertar y, para cuando sus compañeras se despertaban, ella ya se había ido. Esto por supuesto resultó ser un alivio para todas, ya que evitaban tener que hablarle todo lo posible. Lavander y Parvati Patil se convirtieron de inmediato en las mejores amigas, se las podía ver todo el día juntas por el castillo charlando de cualquier tema superficial, temas que a ella en particular le aburrían muchísimo, y que les mencionó en uno de sus primeros días de convivencia. Ambas niñas se miraron y, sin decir nada, decidieron que la mejor opción era ignorar su existencia. También estaba Fay Dumbar, una bruja irlandesa bastante callada, con la que Hermione creyó podía congeniar más fácilmente, pero que terminó acercándose a una niña, cuyo nombre no recordaba, del dormitorio de al lado.
Volvió a suspirar, abatida por la situación. Ella por su parte no había podido acercarse a ninguna de ellas y, a pesar de mantener una relación cordial, sus intereses eran muy diferentes y no congeniaban – Tal vez hubiese estado mejor en Ravenclow- pensó desmotivada.
Se sentía sola y extrañaba locamente a sus padres, quienes siempre habían estado dispuestos a escucharla cuando tenía un mal día en su antiguo colegio muggle. Por lo general intentaba no darse tiempo para pensar en estas cosas, ocupando el máximo tiempo libre posible en la biblioteca. Pero hoy, 19 de septiembre, no se sentía de humor para esas cosas.
Se acercó a el baúl que contenía sus pertenencias y sacó una cajita roja forrada en terciopelo, la abrió y observó un rato la pluma que había en su interior.
-Feliz cumpleaños Hermione - se dijo a sí misma, regresando el regalo que sus padres le habían dado a su lugar. Se levantó, parpadeando rápido para retener las lagrimillas que amenazaban en brotar,- Tomó su enorme mochila llena de libros antes de salir a toda velocidad para el aula de pociones, consciente de que ya no tendría tiempo para desayunar.
La clase de pociones no ayudo para nada a mejorar su día. Llegó al aula relativamente rápido, considerando que solo había tenido que desviarse en dos oportunidades debido a que los viernes las escaleras del segundo y quinto piso no conectaban con el calabozo donde se dictaba la clase.
El lugar estaba vacío, por lo que se tomó la libertad de sentarse en uno de los asientos con mejor vista hacia el atril del profesor. A medida que sacaba sus libros y acomodaba sus útiles, los alumnos comenzaban a llegar algunos emocionados, y otros aterrorizados.
El profesor Snape era el mejor ejemplo de la frase que su madre solía decirle "hazte la fama y échate a dormir". Todo el mundo comentaba sobre el mal humor del profesor y lo estricto e injusto que era en algunas ocasiones. Ella era más partidaria de ver para creer, por lo que decidió darle la oportunidad de juzgarlo por sí misma.
Esta era la única clase que les tocaba compartir con los de Slytherin, e incluso así ya le parecía demasiado. Había escuchado en varias ocasiones a una niña regordeta llamada Millicent Bulstrode hablando pestes sobre ella, en un primer momento le había sorprendido, ya que no la conocía de nada, pero luego supuso que era una más de la larga fila de alumnos que no soportaban a Hermione Granger y lo dejó pasar. También estaba ese niño pálido, Draco Malfoy, que la miraba con la nariz fruncida como si estuviera oliendo algo desagradable cada vez que pasaba por su lado.
Neville, la única persona en Hogwarts que al parecer todavía se alegraba de verla, la saludó con la mano al llegar, antes de tomas asiento al lado de Seamus Finnigan y Dean Thomas.
Unos dos minutos antes del inicio de la clase, vio entrar corriendo a Harry y Ron, quienes ya habían llegado tarde a clase en dos ocasiones en esa semana. Rodó los ojos, fastidiosa por la irresponsabilidad de los niños.
Ambos observaron el aula y Ron arrugó el rostro con disgusto al observar que el único lugar libre que quedaba en la sala era al lado de ella. -Ventajas de ser una rechazada- pensó haciendo una mueca - como si ella estuviera feliz de sentarse con ellos-
Para ser sincera había intentado hablarles en varias ocasiones ya que había algo en la personalidad de Harry que le parecía entrañable y le recordaba a su hogar- seguramente tenía relación con la crianza muggle que había tenido- por lo que le resultaba agradable estar cerca suyo. El chico Weasley también se veía amistoso y divertido, excepto cuando ella se acercaba claro, momento en el cual ambos niños hacían lo imposible por espantarla con comentarios hirientes y evasivas.
Por suerte no tuvo que intentar hablar con nadie, ya que pocos segundos después el profesor Snape entró al aula de pociones, azotando la puerta con fuerza contra la pared. El hombre parecía estar de un humor terrible, algo que le pareció extraño ya que apenas eran las nueve de la mañana.
-Nadie agitará sus varitas ni hará encantamientos tontos en esta clase- fue lo primero que dijo, incluso antes de decir buenos días o pasar lista. Al parecer su fama no era tan infundada como ella pensaba- No espero que muchos de ustedes aprecien la sutil ciencia de la elaboración de pociones- siguió mientras recorría el aula con una mirada despectiva en su cara- Sin embargo, para aquellos que posean la predisposición... serán capaces de dominar la mente y hechizar los sentidos de sus enemigos, les enseñaré a embotellar la fama, generar la gloria e incluso detener a la muerte-
El hombre hizo una pausa dramática, en la que dirigió una fría mirada a Harry, quien estaba escribiendo en su pergamino.
-Quizás algunos de ustedes hayan venido a Hogwarts poseyendo habilidades tan formidables y tanta confianza en sí mismos que consideren innecesario prestar atención- dijo elevando el tono, haciendo hincapié en la última palabra. Hermione, que notó inmediatamente a que se refería el maestro, le dio un codazo a Harry, quien no había notado que estaban hablando de él. Rápidamente se recompuso soltando su pluma y cruzando sus manos sobre el escritorio a manera de disculpa.
-Ah si... Harry Potter, nuestra nueva celebridad- murmuró el profesor arrastrando las palabras. Malfoy y sus compinches de Slytherin rieron por lo bajo al escuchar la expresión, ella volteó a verlos, fulminándolos con la mirada, pero no le hicieron el menor caso.
- ¡Potter! - gritó Snape de repente haciendo saltar del asiento a varios alumnos, incluida ella- ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo? -
Hermione, no dudó en alzar la mano lo más alto posible, emocionada por conocer la respuesta. Harry se veía desconcertado por la pregunta, así que seguramente tendría la chance de responderla para ganas puntos para Gryffindor.
-No lo sé, señor- respondió Harry.
Snape la miró de reojo, pero no le dio permiso para responder, así que siguió callada manteniendo su brazo en alto.
-Intentemos de nuevo ¿Dónde buscaría si le pido que encuentre un bezoar? -
Ella volvió a levantar su mano, esperando que el profesor le permita responder en esta ocasión.
-No sé, señor- respondió nuevamente, algo molesto por la humillación gratuita y las risas de fondo que soltaban Draco y sus secuaces. El profesor ignoró su mano levantada.
- ¿Cuál es la diferencia entre acónito y luparia?- volvió a preguntar.
Por tercera vez consecutiva, Hermione agitó su mano en el aire, notó que Harry la miraba con mala cara, pero no le importó; era la única oportunidad que iban a tener para evitar que les resten puntos, después de todo las preguntas no eran para nada complejas.
-No lo sé- murmuró el moreno- pero creo que Hermione lo sabe ¿por qué no le pregunta a ella? - dijo haciendo que todos se rían. Ella bajó la mano automáticamente, en parte avergonzada de ser el hazmerreír de la clase y también porque Snape la estaba mirando con una actitud que decía "siéntate y cállate". Su pecho se contrajo dolorosamente y unas nuevas lagrimitas amenazaron con aparecer - cálmate, solo estas sensible- se dijo así misma hasta que desaparecieron.
-Una pena- dijo el profesor sarcásticamente- al parecer la fama no lo es todo. Y se le restará un punto a la casa Gryffindor por tu descaro, Potter -
Las cosas no mejoraron durante el resto de la clase, en la que el profesor se la pasó criticando los intentos de todos, excepto los de Malfoy quién al parecer le agradaba, de crear una poción para eliminar forúnculos. La clase terminó súbitamente cuando Neville por accidente derritió el caldero de Seamus. El chico tuvo que ser llevado a la enfermería, con su cara llena de forúnculos, y Snape aprovechó para meterse otra vez con Harry, restándole otro punto más a Gryffindor.
Hermione, cuyos ánimos estaban por los suelos, uso el tiempo libre que quedaba hasta el almuerzo para ir a ver a Neville a la enfermería. Por suerte madame Pomfrey era una bruja excepcional y en un segundo le borró las pústulas de la cara, por lo que ambos pudieron bajar al comedor en tiempo récord. El chico, con quién por cierto había estado pasando bastante tiempo, parecía agradecido por su preocupación, y no paró de hablar en todo el camino de lo difícil que le estaban resultando las clases.
-Te prestaré mis apuntes si prometes tener cuidado- le dijo ella, pensando en que debería aprender algún hechizo que le permita duplicar sus apuntes si quería evitar que estos terminen derretidos o hechos ceniza, debido a la torpeza del niño.
- ¿Lo dices en serio? - le preguntó ilusionado – me sería de mucha ayuda, no quiero reprobar mis exámenes, mi abuela se sentiría muy triste si supiera-
-Claro- le respondió encogiéndose de hombros, restándole importancia al gesto, como si prestara sus preciados apuntes a diario.
Ambos ingresaron caminando al Gran Comedor y se sentaron juntos, cerca del resto de los niños de primer año. Hermione, quien descubrió que estaba muy hambrienta, se sirvió una porción de tarta de calabaza y comenzó a comer en silencio.
- ¡El correo! - gritó un chico moreno de Hufflepuff, alertando a todos los estudiantes.
Apenas tuvo tiempo de coger el plato de comida y moverlo antes de que una lechuza dejara caer un montón de cartas delante de ellos. Ella cogió un pequeño sobre color verde agua, en el que reconoció la caligrafía de su madre; seguramente era la respuesta de la carta que le había enviado el miércoles. La mayoría de los niños empezó a abrir compulsivamente sus paquetes, pero ella lo guardó en el bolsillo de su túnica pensando que, en el estado emocional en el que estaba, era probable que se ponga a llorar delante de todo el Gran Comedor. Ya tendría tiempo para leerlo más tarde, en la soledad de su habitación.
A su lado Neville parecía ansioso de ver el contenido de un paquetito curiosamente envuelto. Frente a ella se encontraban Harry y Ron, a quienes no había notado hasta ese momento. Harry no recibió nada, como de costumbre, mientras que Ron, al igual que Fred, George y Percy, siempre recibía una carta de su madre acompañada con una copia del diario El Profeta, ya que la señora era partidaria de que sus hijos estén informados de la situación del mundo mágico por fuera de Hogwarts.
Neville, luego de varios intentos, logró abrir el paquete de su abuela, encontrando dentro de una cajita color mostaza una esfera de cristal llena de humo blanco- ¡Es una recordadora! - dijo emocionado de haber recibido un regalo- La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Solo hay que sujetarla con fuerza, y si se vuelve roja... oh... —se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata—... es que has olvidado algo...- el niño la miró con cara de preocupación - no sé qué he olvidado- dijo sujetándose la frente con preocupación.
Hermione le dedicó una sonrisa alentadora mientras le palmeaba el hombro deseándole suerte con eso.
- ¿Me lo prestas? - preguntó Harry señalando la copia de El Profeta. Ron asintió y el moreno comenzó a leer la portada en voz alta – Reciente asalto en Gringots- de inmediato Hermione centró su atención en el chico. Ella sabía, según lo que había visto en algunos libros de la biblioteca, que los magos consideraban Gringotts como el lugar más seguro del mundo mágico- "diciendo que es obra de magos oscuros desconocidos, los duendes de Gringotts reconocieron el ataque aclarando que no se perdió nada en la cámara asaltada, siendo la misma la 713" - hizo una pausa dejando caer el periódico sobre la mesa – Que raro... es la cámara a la que fui con Hagrid- le dijo a Ron.
Claro que esta información a ella le encendió varias alarmas en la cabeza, pero como aún seguía enojada con Harry por su chiste en el aula de pociones, se abstuvo de opinar.
Luego del almuerzo tuvieron clase de defensa contra las artes oscuras junto a los estudiantes de Hufflepuff. El profesor Quirrell, para la decepción de muchos, resultó ser un fiasco. El aula donde daba sus clases estaba repleta de ajo, según él para mantener alejado un vampiro que había conocido en Rumania. La credibilidad del pobre hombre era nula, teniendo en cuenta que siempre que los alumnos le preguntaban por sus hazañas cambiaba de tema con una risita nerviosa. Tampoco ayudaba que el pobre hombre esté todo el tiempo alterado ni que diera un respingo cada vez que escuchaba un ruido fuerte, ya que lo hacía quedar como un cobarde.
Se sintió aliviada al terminar la clase, y salió al pasillo a respirar un poco de aire fresco. Vio pasar a lo lejos a Hannah Abbot, del brazo de Susan Bones.
- ¡Hannah! - la saludó sonriendo - ¿Cómo estás? - le preguntó.
La aludida miró hacia todos lados con cara de pánico, antes de responderle tímidamente - Hola... Hermione-
La castaña se extrañó por su reacción, después de todo hacía poco más de dos semanas habían hecho buenas migas durante el viaje a Hogwarts. Incluso varios días después de su llegada se habían reunido en un par de ocasiones y siempre se había mostrado amable con ella.
- ¿Puedo ayudarte con algo...? - preguntó la niña mirando al suelo de piedra.
Observó a su alrededor confundida por la conducta de la pelirroja y no tardó mucho en darse cuenta de lo que estaba pasando. Varios grupitos de estudiantes, tanto Gryffindors como Hufflepuff, estaban cuchicheando por lo bajo mientras las miraban, se reían en voz tan baja que a Hermione le costó distinguir la palabra "insufrible" y "sabelotodo". El nudo que venía sintiendo en su pecho durante todo el día se fue directo a la garganta, impidiéndole hablar.
- No... lo siento debo irme- le respondió ella intentando disimular su voz estrujada.
Apenas tuvo tiempo de ver la expresión entre temerosa y arrepentida de Hannah, antes de voltear para salir lo más rápido que sus piernas le permitían.
Su cabeza era un torbellino de pensamientos – La historia se repite – ella había venido a este lugar para escapar de su realidad, solo para darse cuenta de que los niños mágicos eran igual de malos que los muggles.
- Espérame... por favor... Hermione ¡Alto! - un grito la sacó de sus pensamientos negativos. Miró a su alrededor, de alguna manera u otra había llegado hasta la torre de Astronomía, que durante el día solía esta desierta. Detrás suyo apareció un sudoroso Neville, mientras intentaba recuperar la respiración, después de haberla perseguido durante todo el camino.
- ¿Estás bien? - le preguntó el chico mientras jadeaba en busca de aire.
Esa pregunta fue más de lo que Hermione podía soportar por hoy, así que, en vez de responder con palabras, dejó salir las lágrimas que la atosigaron durante toda la jornada.
El chico palideció, preocupado por la reacción de la niña - Lo siento... no sabía... yo no quise- tartamudeó.
-Tranquilo, no es tu culpa- le dijo ella luego de calmarse un poco – Me he convertido en una apestada y ni siquiera llevamos un mes de clase...- dijo bajando la cabeza, dolida por el rechazo de Hannah, con quien pensaba tenía una buena relación - Ahora nadie quiere pasar tiempo conmigo-
-A mí me gusta pasar tiempo contigo- respondió Neville con una sonrisa simplona.
-No te lo tomes a mal, pero tú también eres un marginado, Neville- murmuró ella, contagiándose de la tonta sonrisa del chico. Y eso era cierto, a pesar de que pasaba mucho tiempo con Dean y Seamus, parecía que siempre se reían de él y no con él.
-Ya lo sé, pero no se puede evitar- dijo encogiéndose de hombros – mi abuela siempre me decía que era un niño extraño, pero que eso también es lo que nos hace especiales y que no debería cambiarlo, sino que son los otros los que tienen que acostumbrarse - le explicó con voz tranquila. -En el tren fuiste la única que fue amable conmigo, siempre me ayudas con las tareas y cuando me enfermé fuiste a la enfermería a visitarme, estoy seguro de que pronto alguien más notará que eres una buena persona y querrá estar cerca de ti-
Vaya... pensó Hermione, eso era bastante más profundo de lo que esperaba de un chico torpe como Neville.
-No lo sé... creo que les molesta mi forma de ser- dijo la castaña con voz amortiguada.
-Es cierto que eres un poco estricta a veces, y te enojas muy rápido… ¿alguna vez has pensado en ser más flexible? -
- ¿Flexible? - repitió frunciendo el ceño.
-Ya sabes, sé que te gusta que las reglas se cumplan, pero creo que a veces no es tan necesario recordarlo todo el tiempo-
Por un minuto no supo que responder. ¿Flexible ella? Nunca pensó escuchar esas dos palabras en la misma frase. No era tonta, y entendía perfectamente lo que el chico quería decirle, pero su personalidad era de muchas maneras lo opuesto a flexible.
- ¿Qué es eso? - lo escuchó preguntar luego de un rato de silencio.
Hermione miró el lugar donde apuntaba el chico. En algún momento había sacado el sobre de sus padres de su túnica y lo había empezado a estrujar con fuerza.
-Es una carta de mis padres- respondió mirando el papelito arrugado – seguramente me envíen felicitaciones por mi cumpleaños- confesó.
No le había mencionado a nadie este asunto, supuso que por miedo al rechazo.
- ¿Es tu cumpleaños? - preguntó alzando las cejas con sorpresa- Oh vaya, felicidades... lo siento no tengo un regalo-
No pudo evitar soltar una risita – Claro que no, te enteraste hace un minuto- respondió.
El chico se contagió de su risa y el ambiente se relajó. Luego de pasar un buen rato hablando de tonterías sobre sus respectivas familias, tuvieron que volver a la sala común ya que casi era hora del toque de queda.
Ambos se despidieron en la entrada de la sala común y Hermione subió hasta su habitación pensando que quizás no estaba tan mal perder el tiempo de vez en cuando.
Sus compañeras ya estaban dormidas, por lo que se puso rápidamente el camisón y se metió en la cama.
Con los ánimos renovados se animó a abrir la carta de sus padres. Luego de romper el sobre y desplegar el pergamino comenzó a leer la pequeña nota:
"A nuestra querida hija Hermione:
Te deseamos un feliz cumpleaños.
Esperamos de todo corazón que te relajes y disfrutes de este nuevo año que está llegando.
Con amor, mamá y papá.
PD: Te extrañamos y esperamos que nos escribas todas las semanas"
Como siempre sus padres habían encontrado las palabras correctas para animarla. Abrió su baúl para guardar la carta, y vio en un rincón la pluma de azúcar que le había regalado Hannah en su primer día de clases. De pronto las caries ya que le preocupaban tanto, así que tomó el caramelo y lo chupó un rato.
-Delicioso- pensó mientras lo comía. A lo mejor no estaba tan mal romper alguna que otra regla de vez en cuando.
