Lecciones de vuelo y un duelo nocturno

Finalmente el momento tan temido había llegado y no había nada que Hermione pudiera hacer para evitarlo.

Las lecciones de vuelo obligatorias para los alumnos de primero darían inicio el jueves y ella, a quien le aterraban las alturas, no podía estar más preocupada al respecto.

La mayoría de los niños estaban tan emocionados que no podían parar de hablar de eso en todo el día. Mientras tanto ella y Neville estaban tan nerviosos que se ponían verdes cada vez que escuchaban mencionar cualquier cosa con respecto al Quiddich.

A pesar de ser parte de una familia de magos Neville no había tenido una escoba en toda su vida, porque su abuela no se lo permitía. Hermione no podía estar más de acuerdo con la señora, ya que el chico tenía de por sí suficientes accidentes en su vida, incluso teniendo ambos pies sobre la tierra.

Le había escrito un par de veces a sus padres en esa semana, evitando mencionar deliberadamente el tema. Su madre sabía que ella sufría de un vértigo horrible, que la hacía sentirse mal durante horas solo por asomarse en una ventana demasiado alta y no quería que se preocupen innecesariamente.

El lunes tuvo una discusión con Seamus por este mismo tema: el irlandés, quien al parecer había pasado toda su infancia sobrevolando los campos de su familia, no entendía como ella, a pesar de haber volado con anterioridad, podía estar asustada de algo tan simple. Perdió por lo menos media hora intentando explicarle que los muggles podían volar solo si estaban dentro de un avión o algo similar y que, incluso si no tenía magia, era mucho más seguro que estar haciendo piruetas en una pequeña escoba.

El jueves por la mañana, antes del desayuno, fue a la biblioteca a encontrar algo de material de referencia. Sabía que volar no era algo que se podía aprender leyendo, pero eso no le iba a impedir intentarlo.

Mientras los otros chicos se metían entre pecho y espalda toda la comida que podían tragar, ella sacó la copia de Quidditch a través de los tiempos y se puso a repasar en voz alta todas las notas de vuelo que había encontrado. Neville era el único que estaba pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar algo que lo ayudara, mientras que los otros se alegraron mucho cuando su lectura fue interrumpida por la llegada del correo, aunque en esta ocasión solo Ron recibió una carta.

Esa misma tarde, alrededor de las tres y media, todos los Gryffindor bajaron al campo de vuelo donde los Slytherin ya estaban esperando junto con unas veinte escobas alineadas en el piso. La noche anterior había escuchado hablar a los gemelos Weasley sobre las escobas del colegio durante la cena, se quejaban de que estaban muy viejas y que vibraban si volabas muy rápido o muy alto. Hermione tragó saliva, se obligó a enterrar esa charla en lo más profundo de su mente y pensar en positivo – Tranquila, no te vas a romper el cuello, todo va a salir bien-

Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.

-Buenas tardes a todos- saludó la mujer – Bienvenidos a su clase de vuelo... ¿Qué están esperando? Quiero que se coloquen cada uno al lado de una de las escobas-

Hermione miró su escoba, tirada en el suelo a su derecha: se veía vieja y un poco rota, se preguntó si ese ángulo extraño que se formaba en la unión entre el palo y la paja era algo normal.

-Coloquen la mano derecha sobre la escoba y digan fuerte ¡Arriba! -

- ¡Arriba! - escuchó gritar a Harry a su lado. Automáticamente la escoba floto obedientemente hasta su mano. Ella lo observó boquiabierta por un segundo, antes de hacer su propio intento.

- ¡Arriba! ¡Arriba! - gritaban la mayoría de los alumnos una y otra vez. Unos pocos chicos, como Draco y Harry lo lograron a la primera, la escoba de Hermione rodaba por el piso, pero se negaba a elevarse a pesar de que se lo pedía una y otra vez.

Luego de varios intentos todos los chicos, incluso Neville, lograron levantar sus escobas, así que la profesora Hooch decidió enseñarles a subirse.

Al principio tenían que simular, con los pies en la tierra, como se sentarían en la escoba, mientras la profesora les corregía la postura. Cuando estuvo conforme con los resultados avanzó a la siguiente etapa.

-Cuando toque mi silbato quiero que todos golpeen el piso con fuerza, floten unos segundos en el aire, y vuelvan a aterrizar ¿Preparados? Tres... dos...-

El nervioso Neville le dio una patada al suelo antes de que suene el silbato - ¡Vuelve chico! - gritó la profesora, pero ya era muy tarde. El niño se elevaba a toda velocidad, primero cuatro metros, después seis, hasta que se asustó tanto que soltó el mango de la escoba, se sacudió un par de veces en el aire y finalmente cayó al suelo con un golpe sordo, mientras su escoba continuó volando sin jinete.

-Dios mío- dijo Hermione tapándose la boca de la impresión.

Todos los alumnos, junto con madame Hooch, se acercaron rápidamente al lugar donde había caído Neville.

-Tiene la muñeca fracturada- la escuchó murmurar a la profesora- Vamos, todo estará bien, te llevaré a la enfermería-

Neville se levantó con la cara surcada en lágrimas mientras se agarraba la muñeca y Hermione sintió ganas de vomitar – Eso debe doler - pensó mientras se sujetaba su propia muñeca de manera inconsciente.

-No quiero que nadie se mueva mientras acompaño al señor Longbottom a la enfermería- dijo la profesora – si veo una sola escoba en el aire el audaz será expulsado de Hogwarts antes de que diga Quiddich- los advirtió mientras abandonaba el recinto.

Ella tiró su escoba al piso, feliz de no tener que subirse por el momento. Una carcajada rompió el silencio que se había formado.

- ¿Vieron la cara de ese idiota? -

- ¡Cierra la boca Malfoy! - le gritó ella, enojada con el desagradable muchacho. Varios rostros familiares, entre ellos Ron y Harry voltearon a verla, sorprendidos por verla reaccionar de esa forma. En realidad ella también estaba un poco sorprendida pero achacaba su reacción a los nervios que estaba pasando últimamente.

- Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? —dijo Pansy Parkinson, una chica de Slytherin de rostro duro.

- ¡Miren! - dijo Malfoy desviando la atención de ambas chicas. Levantó del piso la recordadora de Neville, que se le había caído en el accidente – Si hubiera usado esta cosa, habría recordado caer sobre su trasero-

-Dámela Malfoy- le pidió Harry extendiendo la mano.

-No, dejaremos que Longbottom lo encuentre- dijo riendo malignamente, mientras se elevaba en el aire con la recordadora en la mano - ¿Qué tal en el techo? - el chico se alejó rápidamente - ¡Ven a buscarla Potter! - le gritó a la distancia.

Hermione, que vio la intención de Harry de ir tras el rubio, lo interrumpió de inmediato - ¡Harry no! Oíste a la profesora Hooch, vas a meternos en líos- el moreno la ignoró y se elevó en el aire yendo directo hacia Malfoy – Que testarudo - murmuró ella.

Se mordió el labio, preocupada, dudando si debía hacer algo para detenerlos o dejar que la situación decante por sí sola.

Una mano la agarró del brazo obligándola a voltear. Unos ojos azules la miraron profundamente intentando adivinar sus intenciones - ¿Vas a chivarte? - preguntó muy serio.

Como siempre que hablaba con Ron, Hermione se enojaba más rápido de lo normal. Con un tirón brusco arrancó su brazo de la mano del chico – No seas ridículo, si los delato solo traería problemas a Gryffindor- el chico asintió, conforme con su explicación.

Pronto los gritos de admiración hicieron que tengan que enfocar su atención en el cielo: Malfoy había arrojado la recordadora con todas sus fuerzas y Harry, quien hasta ese momento no sabía volar, logró atraparla en el aire, antes de que toque el piso.

El chico volvió junto al grupo alzando la esfera en alto, mientras lo vitoreaban a coro - ¡Harry! ¡Harry! - cantaban los Gryffindor apoyando a su amigo. Ella nunca lo admitiría, ya que no quería inflarle el ego aún más, pero la atrapada había sido impresionante.

- ¡Harry Potter! - gritó una voz autoritaria a espaldas de Hermione.

-Ay no- pensó ella mientras la recorría un escalofrío – la profesora McGonagall –

Harry lucía aterrorizado, había bajado lo más rápido posible de la escoba y estaba parado frente a la bruja temblando como una hoja.

La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia.

- ¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello... -

-No es su culpa profesora- dijo Parvati, quien fue apoyada por el resto de los Gryffindor.

- ¡Silencio! - gritó la profesora.

La cabeza de Hermione trabajaba a toda velocidad, y aun así no se le ocurría ninguna excusa, ninguna forma de ayudarlo a salir del apuro. Se había quedado en blanco – Se lo advertí, y ahora lo van a expulsar -

- Potter, ven conmigo – dijo la bruja antes de salir a toda prisa de allí acompañado por un cabizbajo Harry.

Ron se veía muy preocupado, lo escuchó hablar con Dean sobre como podían explicarle a McGonagall que en realidad todo había sido culpa de Malfoy. Los Slytherin, por otro lado, siguieron burlándose y riendo, mientras aclamaban al rubio.

-No crean que se han librado, le diremos a la profesora que tú también volaste- le dijo Ron apuntándolo con el dedo. Las orejas del chico se veían muy rojas y se notaba que estaba enojado.

-Adelante díselo comadreja, y yo le pediré a mi padre que convenza al primer ministro de despedir a tu padre-

Ron se acercó rápidamente, con claras intenciones de golpearlo, pero antes de que la situación escale, apareció madame Hooch y obligó a todos a calmarse.

El resto de la clase transcurrió sin más inconvenientes, en parte porque la profesora decidió que ya habíamos tenido suficientes escobas en un día y se la paso explicando los peligros de volar sin estar debidamente preparados y el reglamento del Quiddich.

Para cuando sonó la campana de fin del período, Neville ya había vuelto en una pieza. Según contó, madame Pomfrey protesto al verlo, diciendo algo del estilo de "otra vez Longbottom"; sin embargo, le dio de una poción repara huesos que lo dejo como nuevo en un minuto.

Todos se sorprendieron muchísimo cuando, a la hora de la cena, apareció un sonriente Harry.

Para ese entonces la mayoría de los niños creía que iban a expulsarlo, y ya habían hecho apuestas sobre si lo obligarían a irse hoy mismo o si iban a permitirle pasar la noche antes de echarlo.

Hermione se sentía fatal, se culpaba a sí misma de no haberlo detenido a tiempo – No se merecía terminar así - pensó dramatizando un poco la situación. Por supuesto que, para ella, ser expulsado del colegio significaba que tu vida estaba acabada por completo y más allá de toda salvación.

Ron había estado muy desanimado durante todo el día, lo cual era obvio para todos ya que, cuando estaba de buen humor, comía como un animal, y hoy no había probado bocado.

- ¡Harry! ¡Estas vivo! Pensé que McGonagall iba a matarte - exclamó Ron. Al parecer ella no era la única dramática entre los alumnos de primero. Automáticamente su ánimo, y el apetito, volvieron a ser como siempre.

Al moreno no le quedó más opción que explicar lo que había pasado en las últimas horas, ya que todos los chicos de primero estaban ansiosos de escuchar la historia de como Harry Potter había sobrevivido por segunda vez en su vida a una muerte segura.

-No puede ser- dijo Seamus boquiabierto.

- ¿Buscador? - preguntó Ron con la confusión impregnada en su cara- Pero los de primer año nunca... Serías el jugador más joven en.…-

-Un siglo- terminó Harry metiéndose un pedazo de pastel enorme en la boca- Wood me lo dijo-

Al parecer la profesora McGonagall le había presentado a Oliver Wood, el capitán del equipo de Quiddich de Gryffindor, insinuándole que debería considerarlo para el puesto de buscador. Le hizo algunas pruebas básicas, en las que Harry se lució con su habilidad innata para atrapar objetos pequeños y rápidos, y lo terminaron aceptando en el equipo.

-Increíble- rezongó ella por lo bajo. No creía que Harry mereciera ser expulsado del colegio (ni asesinado por la vicedirectora), pero tampoco le parecía correcto que haya salido premiado de semejante infracción. Al fin y al cabo, lo que había hecho era algo grave y peligroso, y estaban alentando ese tipo de comportamiento irresponsable.

Mientras ella murmuraba, los gemelos Weasley. que también formaban parte del equipo. lo felicitaron dándole palabras de apoyo para el inicio de la temporada. Cuando ellos se fueron apareció Malfoy y sus tontos amigos, quienes no parecían darse cuenta de lo que había pasado.

- ¿Disfrutando la última cena, Potter? - preguntó con una mueca burlona.

-Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a tus amiguitos- dijo Harry fríamente.

-Ahí van de nuevo- pensó Hermione rodando los ojos. De inmediato se levantó de su asiento y comenzó a tomar sus pertenencias para retirarse, poco dispuesta a ser testigo de otra discusión.

-Solucionemos esto como caballeros- dijo Malfoy – Esta noche, si quieres, un duelo de magos. Solo con varitas, sin contacto ¿Qué pasa? ¿Nunca has escuchado sobre un duelo de magos? - lo provocó

Nadie en la familia de Hermione era cristiano, que ella supiera. Sin embargo, en ese momento se encontró rezándole a Dios para que no se le ocurra aceptar -No puede ser, no puede hacerlo, alguien va a decirle que es una locura-

-Por supuesto que sí -dijo Ron, interviniendo- Yo soy su segundo ¿Cuál es el tuyo? -

No. Puede. Ser.

Hermione los miraba a ambos boquiabierta. Se suponía que Ron debía ser la voz de su conciencia, no seguir incentivándolo para meterse en problemas.

-Crabbe -respondió el rubio - A medianoche, nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave -

Cuando Malfoy se fue Harry le preguntó a Ron - ¿Qué es eso del segundo? -

-Bueno, un segundo es el que se hace cargo del duelo si te mueres – Harry se puso muy pálido así que agregó rápidamente - Pero la gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo que saben hacer Malfoy y tú es mandarse chispas uno al otro. Ninguno sabe suficiente magia para hacer verdadero daño -

- ¿Y si no recuerdo ningún hechizo? - preguntó el moreno, empezando a preocuparse.

- Le das un puñetazo en la nariz y corres - respondió el pelirrojo con una sonrisa.

Hermione no daba crédito a sus oídos - ¿Es en serio? - pensó - Acaban de salir de un lío y ya están metidos en otro – No quería saber nada con entrometerse con ese par de vándalos, pero, considerando que no había una sola persona cuerda en esa sala que les diga que lo que pensaban hacer era una locura, no le quedó más opción.

-Oigan ustedes dos- les dijo y ambos voltearon a verla.

- ¿No se puede comer en paz en este lugar? - dijo Ron, que seguro ya se veía venir el regaño.

Ella no le hizo caso y se dirigió directo a Harry - ¿Acaso estás loco o ya olvidaste que Malfoy es hijo de un ex mortífago? - le preguntó, recodándole que no se estaba metiendo con cualquier persona- además no deberías andar por el colegio de noche, piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan. La verdad es que es muy egoísta de tu parte-

-En realidad, no es asunto tuyo- le respondió el moreno cortante y, antes de que pudiera decir algo más para convencerlo, ambos salieron al trote rumbo a la torre de Gryffindor.

Estuvo pensando durante el resto de la cena, y durante el trayecto hacia el dormitorio, en qué es lo que debería hacer.

Primero pensó en contarle a la profesora McGonagall o a algún prefecto lo que estaba sucediendo, pero no había garantías de que los chicos no se arrepientan antes de la media noche, por lo que estaría informando una mentira. Tampoco quería que se vuelva a repetir la situación en la que la profesora amenace con expulsarlos, y eso sin pensar en los puntos que les quitarían. Era una pésima idea.

Su segunda opción fue ignorarlos, ella no tenía obligación de nada. Podría irse a la cama y despertar mañana a primera hora, como todos los días, fingiendo que no había escuchado ninguna conversación sobre un duelo nocturno. Claro que allí todavía estaba el asunto de los puntos de la casa, que seguramente les quitarían, sin contar el motivo más importante por el que no podía solo fingir demencia: su conciencia no le permitiría dormir nunca más.

Se agarró el cabello tirando con fuerza, hasta el punto de hacerle doler la cabeza –Tu y tus tontos valores morales – se dijo a sí misma, renegando de todo lo que le habían inculcado sus padres durante su infancia.

Eso le dejaba una sola opción en el tintero: entrometerse.

Volver a meterse en los asuntos de esos tontos era lo que Hermione menos quería en el mundo; estaba harta de sus actitudes egoístas y contestaciones desagradables. Pero ella era una persona lógica, y su cerebro le decía que, en este caso, esa era la mejor elección: así podría detenerlos, sin necesidad de involucrar a los profesores y manteniendo los puntos de Gryffindor a salvo.

Esa noche, cuando entró a su dormitorio, en vez de ponerse su pijama e irse a dormir, cambio su uniforme por un pantalón de franela y un sweater de lana, y se sentó en el escritorio a escribir su ensayo para la clase de pociones.

Por suerte para Hermione, Fey, que era atenta y detallista, ya estaba en su cama con las cortinas de terciopelo cerradas; mientras tanto Lavander y Parvati estaban demasiado distraídas con sus cosas como para prestarle atención. Por una vez en la vida agradeció ser una marginada, ya que no confiaba lo suficiente en ninguna de ellas como para contarles sobre su plan nocturno.

Luego de media hora, en la cual el resto de sus compañeras se prepararon para dormir, Lavander pareció reparar en su existencia.

- ¿No te acuestas? - le preguntó. Hermione podía ver los engranajes en la cabeza de la rubia trabajando para tratar de entender por qué estaba fuera de la cama y vestida a esas horas de la noche.

Si alguna vez había creído tener dotes actorales, este era el momento de sacarlos a la luz. Tiró la pluma con fuerza sobre su escritorio, haciendo que Lavander se sobresalte, y luego volteó a verla dejando salir su malhumor a flote - ¿Puedes creerlo? El libro de pociones que use para el ensayo estaba lleno de referencias erróneas, ahora tengo que rescribirlo otra vez todo – dijo poniendo la voz más sabelotodo que pudo. El poco interés que podía haber tenido en ella desapareció de un plumazo.

La rubia arrugó con fuerza la cara, arrepentida de haberse inmiscuido en los problemas de Hermione, que no podían importarle menos –Oh... vaya...- atinó a decir mirando hacia su cama – bueno... yo me voy a dormir que tengas buenas noches- dijo rapidito antes de correr hacia su cama y cerrar las cortinas con fuerza.

Sonrió para sus adentros, orgullosa de haber podido engañarla. Esperó unos quince minutos más, hasta que empezó a escuchar unos ronquidos, y salió en silencio de la habitación en dirección a la sala común.

Se sentó en uno de los sofás del fondo, a simple vista cualquier persona que baje no la vería, pero ella si los iba a ver. Suspiró y se dispuso a esperar, faltaban diez minutos para las once, tomó un libro llamado Antología de los encantamientos del siglo XVIII y comenzó a leerlo, siendo incapaz de concentrarse por más de diez minutos seguidos.

Bostezó por quinta vez en la noche antes de mirar un pequeño reloj de bolsillo que había encantado para que no se vuelva loco en los terrenos de Hogwarts: las once y media. Volvió a bostezar, tallándose los ojos con fuerza – Con suerte se arrepintieron - pensó para si, solo quedaba media hora de guardia antes de poder volver a la cama.

Sus esperanzas fueron destrozadas cuando, cinco minutos más tarde, se empezaron a escuchar unos pasos bajando la escalera de los dormitorios.

Harry y Ron se apresuraban hacia la entrada de la sala común, hablando en voz baja sobre algunas maldiciones y contra hechizos.

-No puedo creer que vayan a hacer esto- habló Hermione con voz decepcionada.

El moreno tuvo la decencia de mostrarse un poco avergonzado, al menos por un segundo.

- ¡Tú! - gritó Ron señalándola, antes de ser acallado por un sonoro "Shhh" de parte de Harry y de Hermione – Vuelve a la cama – dijo esta vez en un tono más bajo.

-Estuve a punto de decírselo a tu hermano- le respondió ella muy enfadada – Percy es prefecto y puede detenerlos, espero que ambos recapaciten sobre lo que están haciendo-

- Ya vámonos Harry, llegaremos tarde - concluyó el pelirrojo y ambos salieron al trote a través del cuadro.

Hermione, quien no iba a rendirse tan fácilmente, salió detrás de ellos enumerando de memoria las, por lo menos, siete reglas que estaban rompiendo esa noche.

- ¡Son unos egoístas! ¿Acaso no les preocupa Gryffindor? ¿Quieren que Slytherin gane la copa de la casa? Van a perder todos los puntos que conseguí en clase- les gruñó mientras los seguía por el pasillo.

-Ya vete Hermione, no es asunto tuyo- le respondió Harry.

Ella sintió que su cara enrojecía de la furia - ¡Bien! Como quieran, pero no digan que no se los advertí cuando estén mañana en el tren de camino a casa -

Se volteó bruscamente, dispuesta a volver a su cama a aplicar el plan B: ignorarlos – No estaría tan mal que los expulsen, así solo nos quitarán un par de puntos y luego no tendré que preocuparme más -

Hermione llegó hasta el cuadro y dijo la contraseña en voz alta – Hocico de cerdo – casi se da de bruces contra la pared cuando intentó entrar, pero el cuadro no se abrió - ¿Qué...? ¡Oh no! -

La Dama Gorda se había ido a dar un paseo nocturno y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor.

- ¿Y ahora que voy a hacer? - preguntó con voz chillona.

-Ese es tu problema- le respondió Ron que parecía contento de haberla metido en problemas- Nosotros nos vamos -

Hermione corrió todo lo rápido que sus piernas le permitieron hasta alcanzarlos al final del pasillo –Voy con ustedes-

- ¡Claro que no! - le respondió el pelirrojo.

- ¿Y qué se supone que haga? ¿Quedarme esperando a que me atrape Filch? ¡Ni lo sueñes! Si nos encuentran a los tres les diré la verdad, que estaba tratando de detenerlos -

- ¡Eres una sinvergüenza! - le respondió el muchacho alzando la voz.

- ¡Cállense ya los dos! – los interrumpió Harry, ya cansado de escucharlos discutir.

Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Hermione - Si nos atrapan por tu culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la usaré contra ti-

Hermione abrió la boca para decirle que era imposible que un niño tonto como él pudiera aprender ese tipo de magia oscura tan avanzada, pero Harry volvió a chistarles para que hagan silencio mientras hacía un gesto para que avanzaran.

Caminaron en silencio por los lúgubres pasillos, subiendo por la escalera hasta el tercer piso, de camino a la sala de los trofeos. Hermione se abrazaba a sí misma mientras caminaban, la temperatura estaba cayendo rápidamente y eso, sumado al miedo de ser descubiertos por Filch, hacían que no pueda parar de temblar.

La sala de trofeos estaba desierta, Malfoy y sus amigos no habían llegado. Harry empuñó su varita, mientras miraba compulsivamente de un lado a otro. Una sensación terrible se apoderó del pecho de Hermione mientras su cabeza no paraba de darle vueltas al asunto – No puede ser tan simple, Malfoy no es un idiota – pensaba una y otra vez.

-Está retrasado... tal vez se acobardó- susurró Ron a nadie en particular.

Un ruido en la habitación contigua los hizo sobresaltarse, se escuchaba una voz, y no era la de Malfoy.

-Olfatea por ahí tesoro, pueden estar escondidos en algún rincón- le dijo el celador a su gata, la Señora Norris.

Los tres se miraron entre sí con el pánico visible en sus ojos. Argus Filch era un hombre aterrador que disfrutaba de atrapar y castigar a los estudiantes casi tanto como su endemoniado gato.

- ¿Y ahora qué? - susurró Ron intercalando las miradas entre Harry y Hermione.

- ¡Corran! - gritó Harry antes de salir disparado por la puerta trasera de la sala de trofeos.

El aterrado trío corrió a toda velocidad por un pasillo lleno de armaduras mientras escuchaban los pasos de Filch siguiéndolos de cerca, el ruido que hacían era suficiente para despertar a todo el castillo.

- ¡Por aquí! - volvió a gritar Harry y los tres atravesaron un vestíbulo corriendo sin voltearse a ver si aún los perseguían.

Hermione jadeaba desesperada en busca de aire, mientras miraba a su alrededor intentando ubicarse, no conocía el lugar por el que estaban corriendo y sabía que, en Hogwarts, eso solo podían ser malas noticias.

Justo como temía, terminaron llegando a un pasillo sin salida, que solo tenía una puerta cerrada a cal y canto. Los tres se amontonaron intentando abrirla, sin resultado alguno.

- Diablos, está cerrada – dijo Ron.

-Se... los... dije...- le respondió Hermione fulminándolos a ambos con la mirada mientras se apretaba el pecho intentando recuperarse.

- ¿Dónde estarán esos mocosos? - se escuchó la voz de Filch acercándose al lugar en donde estaban.

Los tres se apretujaron contra las paredes, intentando fundirse entre las sombras, aun sabiendo que no serviría de nada.

-Estamos muertos- susurró Ron por lo bajo.

Hermione miró a su alrededor con el corazón latiendo con fuerza, observando la puerta cerrada fijamente. Luego, a pesar de saber que se iba a arrepentir de meterse en un lugar desconocido, empujó al pelirrojo para sacarlo del camino y apuntó su varita directo a la puerta.

-Oh, muévete- le ordenó a Ron – Alohomora – dijo golpeando la cerradura.

El pestillo hizo un click y la puerta se abrió. Los tres se apresuraron a pasar y cerraron la puerta tras de sí, escuchando en silencio lo que sucedía al otro lado.

- ¿Hay alguien aquí querida? - escucharon hablar a Filch. El hombre se detuvo unos segundos cerca de donde estaban, y luego sintieron que sus pasos se alejaban otra vez por el pasillo.

Todos suspiraron al unísono, apoyando sus espaldas contra la puerta - Creyó que estaba cerrada – dijo Ron.

- Si estaba cerrada – le respondió ella con mala cara.

- Y por una buena razón - dijo Harry con la voz temblorosa. Los dos voltearon a ver hacia la dirección en la que el moreno señalaba.

Hermione sintió como la sangre abandonaba su cuerpo, no estaban en cualquier habitación, estaban en el pasillo prohibido del tercer piso –Creo que ya sabemos por qué está prohibido - pensó aterrada.

Delante de ellos había un enorme perro monstruoso con tres cabezas y Hermione no pudo evitar pensar que cada una de sus cabezas era tan grande como ella. Por un segundo todos se quedaron congelados en el lugar, hasta que el animal abrió sus fauces llenas de dientes amarillentos y empezó a gruñirles enloquecido.

Harry abrió la puerta gritando a todo pulmón y Ron tomó a una paralizada Hermione por la muñeca arrastrándola con fuerza hacia el pasillo. El moreno azotó la puerta con todas sus fuerzas y los tres corrieron aterrorizados durante todo el camino de vuelta.

No pararon de correr hasta llegar al retrato de la Dama Gorda en el séptimo piso.

- ¿Dónde estaban metidos? - preguntó la mujer al verlos sudorosos y jadeantes.

- ¡Hocico de cerdo! ¡Hocico de cerdo! - le gritó Harry al retrato. La mujer pareció ofenderse por ser ignorada, pero aun así se hizo a un lado y la puerta se abrió. Entraron a la sala y se desplomaron exhaustos sobre los sillones.

- ¡Son un par de tontos! - les gritó Hermione sumamente enfurecida cuando pudo recuperar el habla - ¿Ahora están felices? Malfoy los engañó por completo, seguro que fue él quien le dijo a Filch que había gente en la sala de los trofeos, nunca pensó en ir al encuentro-

Los dos chicos se miraron entre sí avergonzados, seguramente dentro suyo sabían que ella tenía razón, pero nunca iban a admitirlo en voz alta.

- ¿Cómo se les ocurre tener una cosa así encerrada en un colegio? - preguntó Ron cambiando de tema.

Harry negó con la cabeza y Hermione volvió a la carga, después de tantas emociones se veía incapaz de controlar su mal genio - ¿Es que no tienen ojos en la cara? ¿No vieron lo que había debajo? -

-No estaba viendo sus patas Hermione, sus cabezas me preocupaban más - le respondió el pelirrojo recuperando su mal humor habitual - ¿O acaso tú no tienes ojos en tu cara? ¡Tenía tres! -

-Estaba parado sobre una trampilla- lo interrumpió ella rodando los ojos –Es evidente que está vigilando algo -

Harry y Ron se quedaron mudos ante esta declaración. Ella, por su parte, decidió que había tenido suficiente por hoy y se levantó indignada.

-Ahora, si no les importa me iré a la cama, antes de que se les ocurra otra idea brillante para que nos maten, o peor, que nos expulsen - terminó dándose media vuelta y subiendo las escaleras hacia su dormitorio para dar por finalizado ese caótico día.