Hiroshi Miyamizu hablaba en una voz mucho más fuerte de lo habitual. No solo porque quería usar su autoridad para lograr entenderse con Yamazaki Mayugorô, cuyo carácter violento y hostil le pareció un peligro para cualquier negociación, sino porque además el ruido del viento fuera de la casa era lo suficientemente intenso para dificultar el diálogo a un volumen más moderado.
—…es por eso que tengo que pensar en el bienestar de mi hija. Ahora veo que su rebeldía podría hacer que la perdiéramos. Si ella se va en forma furtiva con su hijo, sería una tragedia. Puedo intentar retenerla, pero eso no durará para siempre. Y por eso creo que lo mejor para el bienestar de mi hija es que podamos conocer a su hijo Goro, y así ver si tiene el potencial necesario para ser su consorte.
Yamazaki se revolvió incómodo en su cojín. Dio un vistazo a su esposa, sentada a su lado, pero ella no lo miraba. La mujer solo se limitaba a mirar sus rodillas, compungida. Yamazaki sintió que le gustaría conocer que pensaba ella en ese preciso instante, pero algo le dijo que él no estaría feliz con su opinión. Decidió ignorarla.
—Entonces… ¿lo que me ofrecen es llevarse a mi hijo con ustedes?
—Bueno, en cierta forma, sí, pero…—respondió Hiroshi.
—Pero… ¡él es mi hijo! —interrumpió con vehemencia Yamazaki—. Goro es un artesano, y como el artesano que es debe seguir el trabajo familiar, tal como sus hermanos mayores lo hacen. Nos ha tomado años el poder encontrar un lugar donde poder fabricar nuestros zapatos, donde poder trabajar en paz y en forma honrada, y ahora que por fin la familia Mayugorô encontró un hogar, el destino de Goro es transformarse en un zapatero, tal como yo, tal como mi padre… ¡Tal como generaciones de mis ancestros!
—Entiendo lo que le preocupa. La familia Miyamizu se encuentra en esa misma encrucijada. Yo también quiero que mi hija siga siendo una Miyamizu, y pueda servir en el Santuario, como su heredera. Tal como generaciones de Miyamizu lo han hecho por más de mil años.
—Y… y por eso, ¿van a arrebatarme a mi hijo? —respondió Yamazaki con un tono de voz que no pudo ocultar el resentimiento.
—No, nunca haríamos eso —intervino Keitaro, intentando calmar los ánimos—. Creo que no entiende lo que mi hermano le propone. No es arrebatárselo a su familia, aunque es cierto que él podría dejar de ser artesano.
—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó malhumorado Yamazaki.
—Lo que le ofrecemos es que él pueda ser tomado como un aprendiz en el santuario —continuó Keitaro—, donde nosotros podríamos conocerlo y evaluar sus capacidades. Y si Goro es un hombre capaz, podríamos prepararlo para que sea alguien digno de la altura de desposar a mi sobrina, con toda la bendición de la familia Miyamizu.
—¿Y qué de eso no es arrebatarme a mi hijo, para satisfacer los intereses de su familia? ¿Y qué hay de los intereses de la mía?
—Si Goro aceptar ser un aprendiz en el santuario, recibiría una paga por su trabajo y esfuerzo. Será dinero que él podrá usar libremente. Y si Goro quiere podría usar ese dinero para aportar a la familia Mayugorô también, así que las manos que perderían de Goro no serían realmente una pérdida para ustedes.
Yamazaki observó atentamente a los sacerdotes, entrecerrando los ojos. Por primera vez sentía que esto podía ser favorable para ellos.
—¿Y de cuánto es el salario del que ustedes hablan?
Los sacerdotes Miyamizu se miraron entre ellos sorprendidos. Sin saberlo, ambos pensaron que el padre estaba más interesado en el dinero que en el bienestar del muchacho.
—Bueno, él sería al principio solo un aprendiz —intentó matizar Keitaro—. No pueden esperar que la paga sea demasiado alta.
—Pero ¿cuánto es eso entonces? —forzó Yamazaki, sintiendo que ahora tenía la mejor baza.
Keitaro se inclinó hacían Hiroshi, y ambos debatieron entre susurros, tapándose la boca mientras discutían. Después de algunos tira y afloja entre ellos, llegaron a un acuerdo y encararon a Yamazaki nuevamente.
—Para saber si Goro está capacitado para este papel, tendría que empezar como aprendiz del Santuario, y trabajar ahí por lo menos un año. Le ofreceríamos 20 monme de plata por cada mes que trabaje. Eso es una gran oportunidad… ¿La acepta? —dijo Hiroshi, intentando cerrar el trato.
—¿Eso es todo? —respondió Yamazaki con un gesto despectivo—. Por esa cantidad, es mejor que él siga siendo un artesano el resto de su vida.
Sayuri levantó la cabeza y comenzó a escuchar el intercambio cada vez más descolocada por el giro que estaba tomando la conversación, hasta que no pudo aguantarlo más.
—Querido, ¡estás hablando de tu hijo, no de un animal! ¿Cómo es posible que lo estés vendiendo como si fuera ganado?
—No te metas en esto, Sayuri. ¡Esta no es una conversación para mujeres! —la cortó de golpe Yamazaki.
La mujer quiso responder, abrió la boca, pero no pudo decir una palabra. Sonrojada, bajo la cabeza nuevamente.
Hiroshi se sintió molesto al ver la escena y el cariz que había tomado toda esta conversación. Sayuri tenía razón, y era necesario terminar con ese regateo de alguna manera.
—Mire, Mayugorô-san, ya estamos siendo muy generosos con ustedes al ofrecer esa cantidad. Para ser honesto, eso es más de lo que recibe mucha de la gente que trabaja en santuario.
—Eso no es de mi incumbencia, mis señores, y yo debo velar por los intereses de mí familia, así que, espero que ustedes puedan ser mucho más generosos que eso…
—No abuse de nuestra… —intervino Keitaro en forma algo golpeada, pero Hiroshi lo tomó disimuladamente por el brazo y se lo apretó, con lo que Keitaro logró contenerse a duras penas.
Hiroshi dio un suspiro de cansancio, miró a Yamazaki y decidió hacer su última oferta.
—Le ofrezco que Goro reciba 25 monme de plata por cada mes que trabaje como aprendiz, pero ni uno solo más, y eso ya es excesivo, en especial si ni siquiera sabemos si el muchacho realmente tiene las condiciones necesarias.
—Que sean 30 monme, pero 10 de ellos pagados directamente a mí, como compensación a la familia, y el resto yo lo veré con mi hijo.
Hiroshi sintió rechinar los dientes a Keitaro. A Hiroshi la hipocresía de Yamazaki Mayugorô también lo descomponía. «Todo al final es un problema de dinero para este hombre», pensó con tristeza Hiroshi. Respiró profundo y decidió cerrar el tema de una sola vez.
—Está bien, serán 30 monme, solo por ser una situación especial, y solo durante un año. Al final de ese año se decidirá si Goro es apto, y veremos qué sucederá después. Pero si antes de eso descubrimos que él no es apto o que no tiene las cualidades mínimas requeridas, su hijo será enviado de vuelta a su casa, sin ninguna paga más. Tómelo o déjelo.
—¡Pero Hiroshi…! —quiso protestar Keitaro.
—No importa —dijo Hiroshi mirando directamente a Keitaro—. El gasto extra lo pondré yo de mis propios fondos, así que las arcas del santuario no sufrirán más de lo necesario, Keitaro.
Keitaro se rindió de mala gana, así que Hiroshi finalmente soltó su brazo y volvió a mirar al padre de Goro.
—Entonces ¿cuál es su respuesta, Mayugorô-san? Estoy cediendo a su petición, pero ya conoce mis condiciones ¿Lo acepta?
Yamazaki mostró una risa felina por un segundo, y luego se inclinó ante los sacerdotes en una profunda pero cínica reverencia.
—Sus señorías tienen entonces mi aprobación para que mi hijo sea su aprendiz. Su generosidad será más que recompensada con el duro trabajo de mi hijo, no tengo duda de ello.
«Hanako, esto lo haré por ti. Espero que este sacrificio valga la pena», pensó Hiroshi. Ya no había vuelta atrás.
—Entonces tenemos un acuerdo —dijo Hiroshi, para cerrar el trato—. Curen a su hijo para que se recupere pronto, y vendremos a hablar con ustedes la próxima semana. Pero le pido que Goro se mantenga alejado del santuario, y en especial de mi hija, hasta que yo lo autorice. Goro debería comenzará como aprendiz a partir de la próxima luna llena.
—Está bien, será como lo piden sus señorías —respondió con una amplia sonrisa Yamazaki—. Mujer, ve a buscar sake, para brindar por este acuerdo.
—S-sí, querido —respondió débilmente Sayuri, poniéndose de pie.
Pero la mujer no alcanzó a dar un paso. La puerta que daba al exterior se abrió de golpe, sobresaltando a los cuatro. Ante ellos un desencajado señor Koba los quedó mirando y gritó adentro de la habitación, sin ningún miramiento a la etiqueta.
—¡FUEGO! El bosque y las casas de más abajo están en llamas ¡Kaisho, debemos salir de aquí ahora mismo!
Todos quedaron petrificados por un segundo, pero el humo que vieron pasar detrás del señor Koba, llevado por el fuerte viento les confirmó que no era broma. El olor a madera quemada los abofeteó cuando el viento entró como un torbellino en la sala.
—¿Qué? —bramó Yamazaki, poniéndose de pie y casi pasando por encima de los sacerdotes, que aún estaban paralizados por la sorpresa.
Yamazaki pasó atropellando al señor Koba y se detuvo afuera de la casa. La cara del hombre palideció, antes de girar y desaparecer de la vista cuando partió corriendo hacia el taller, llamando a gritos a su hijo mayor y a los empleados del taller para intentar apagar el fuego.
—Hiroshi-sama, ¡Tenemos que irnos! —insistió el señor Koba.
Hiroshi y Keitaro finalmente reaccionaron. Se pusieron de pie, pero Hiroshi primero se acercó y tomó del brazo a Sayuri, que había quedado paralizada por la impresión, y la sacaron de la casa con ellos.
En cuanto salieron al exterior, al mirar hacia el lago pudieron ver que varias construcciones de madera que estaban ladera abajo estaban ardiendo. El fuerte viento levantaba el humo, aunque no directamente hacia ellos, pero el fuego se propagaba por árboles que iban subiendo hacia la montaña, encendiendo otras casas y construcciones vecinas. Gritos de "¡Fuego!" se comenzaron a escuchar a lo lejos, repetidos por innumerables voces. Una campana de madera comenzó a golpear desesperadamente desde el pueblo, dando la alarma general.
Sayuri volvió en sí y, al ver el fuego, reaccionó dándose cuenta de qué era lo que estaba en llamas.
—¡No! ¡Goro está ahí! ¡Goro está ahí!
La mujer comenzó a correr como loca hacia los baños. Hiroshi y Keitaro iban a seguirla cuando el brazo del señor Koba los detuvo a ambos violentamente.
—¡No hay tiempo, no hay tiempo!
—¿De qué hablas? —respondió confundido Hiroshi.
—Hiroshi-sama ¡Mire el viento! ¡Mire el viento!
Hiroshi y Keitaro se giraron y vieron como los árboles iban prendiéndose uno a uno a lo lejos, expandiendo las llamas a una velocidad inaudita.
—¿Qué tipo de fuego es ese? —preguntó pálido Keitaro.
—No lo sé, mi señor, ¡pero mire! ¡El viento sopla montaña arriba!
Entonces ambos hombres sintieron que un frío glacial los abrumó.
—¿El fuego va hacia el santuario? —preguntó incrédulo Hiroshi.
—Sí, mi señor, ya envié a Jiro para que avise y dé la alerta en el santuario, ¡pero nosotros debemos ir allá ahora mismo!
Y como un solo hombre, los tres iniciaron la carrera, primero corriendo hacia el camino principal, y luego girando hacia la ruta que daba a la entrada del santuario.
El pandemonio que vieron mientras corrían era aterrador. La gente corría desesperada intentando sacar algunas cosas de valor de las casas para salvarlas del fuego. Otros intentaban hacer cadenas de cubetas de agua para aplacar las llamas, pero con escaso éxito. Gritos de desesperación e impotencia se escuchaban por doquier, y los gritos de horror de personas atrapadas por el fuego dentro de sus propias casa se escuchaban en todas direcciones.
Apenas se alejaron unos cincuenta metros del taller de los Mayugorô cuando llegaron a lo que parecía ser la lengua de fuego principal del incendio.
El viento era tan intenso que, al mirar el humo proveniente de las casas y árboles en llamas desde el lado del lago del camino, se veía como bolas de fuego eran arrastradas por el viento. Parecían ser ramas secas u hojas incandescentes. Los bólidos de fuego pasaban por sobre las cabezas de la gente que corría por el camino, y cuando caían sobre los árboles y casas del otro lado comenzaban a incendiarlas de inmediato.
Los tres hombres tuvieron que pasar lo más rápido que pudieron entre el denso humo, esquivando a la gente que se les cruzaba desesperada y desorientada. El esfuerzo era mayor por intentar correr mientras contenían la respiración, para evitar caer sofocados por el humo. No tenían más opción que correr para evitar que el calor infernal del fuego de ambos lados del camino los rostizara vivos.
Después de alejarse otros cincuenta metros del frente de fuego, los tres hombres se detuvieron para recuperar el aliento. Miraron hacia atrás viendo como las llamas iban subiendo y ampliándose montaña arriba.
—El viento… va directamente… hacían el santuario… ¿por qué? —preguntó totalmente desconcertado Keitaro.
—No lo sé, pero… tenemos que… apurarnos —respondió Hiroshi intentando recomponerse.
Ambos hombres comenzaron a correr, pero a los pocos metros escucharon al señor Koba gritarles desde atrás.
—Hiroshi-sama… no puedo… no puedo seguirles… el paso. Los alcanzaré… los alcanzaré —mientras gesticulaba desesperado para que ellos siguieran corriendo sin él.
Los sacerdotes siguieron corriendo a todo lo que les daban sus fuerzas, mientras iban mirando angustiados como el fuego avanzaba a una absurda velocidad, casi tan rápido como ellos, alejándose del camino, pero acercándose cada vez más hacia donde estaba el santuario.
§
Sayuri llegó corriendo al área de los baños, y quedó paralizada ante la imagen dantesca: el fuego estaba consumiendo el techo de los baños, y una gruesa capa de humo salía por la puerta de entrada, hasta casi la altura del pecho de una persona.
—¡Goro! ¡Goro! —gritó, desesperada, intentando acercarse a la puerta del baño, pero el calor y el humo no la dejaban acercarse.
Se alejó unos pasos mirando alrededor, ayudada por la propia luz de las llamas, para buscar algo con que ayudarse y entrar a rescatar a su hijo, cuando vio la figura de una persona tirada el piso, a unos treinta metros de ella, en dirección al lago.
Le bastó un latido de corazón para reconocer que era Goro; tuvo un segundo latido de alegría al ver que estaba fuera del edificio en llamas, pero al siguiente latido el pánico la agobió al verlo tirado en el suelo inerme, como muerto.
—¡Goro! ¡Estás bien! ¡Goro, despierta! —gritaba Sayuri mientras corría hacia él.
Cuando lo alcanzó, Sayuri se dio cuenta su hijo respiraba. Además, la ropa y la cara de Goro lucían limpias, sin rastros de tizne o humo, y sin indicios de haber sido afectado por las llamas. Eso la tranquilizó. Pero que siguiera inconsciente no era normal.
¿Sería la fiebre? Tocó su frente y, para su asombro estaba totalmente fresco. Era como si simplemente estuviera profundamente dormido en el medio del campo.
—Goro, hijo, escúchame, ¡por favor! —lloró Sayuri levantando la cabeza y cuerpo de su hijo, abrazándolo desde atrás.
El muchacho comenzó a reaccionar. Primero comenzó a toser, suavemente, y luego abrió apenas los ojos. Sus brazos seguían caídos al lado de su cuerpo como si no pudiera moverlos.
—¿M-m… m-mamá? —preguntó débilmente, mirando a Sayuri hacia arriba.
—Sí, hijo, aquí estoy, aquí estoy —respondió aliviada, abrazándolo con más fuerza—. Estoy a tu lado, no te voy a dejar hijo. Ya estás a salvo.
Goro bajó la vista y se hizo consciente de la intensa luz del fuego que iluminaba el anochecer. «¿Por qué mamá hizo una fogata?» pensó, extrañado, sin entender bien dónde estaba ni qué estaba ocurriendo.
Para aumentar su confusión, Goro se sentía extrañamente bien. Ya no se sentía afiebrado, ni sentía dolor en su cuerpo o en su cabeza. Su cara tampoco dolía. Solo sentía su cuerpo demasiado pesado, como si no pudiera controlar su propio cuerpo, como si no quisiera obedecerle a pesar que él quería moverse.
De pronto sus ojos comenzaron a acostumbrarse al brillo, y comenzó a reconocer que lo que él inicialmente creyó que era una fogata, en realidad era una construcción. ¡Eran los baños de su casa!
La memoria de Goro comenzó a activarse y a trabajar en forma acelerada. Primero recordó que él estaba en los baños. Vio imágenes de su padre golpeándolo; él había caído, y no recordaba nada más ¿Por qué él estaba aquí afuera ahora? ¿Y por qué los baños se estaban incendiando?
Goro cerró los ojos e intentó forzar su mente. De pronto la imagen del Dios dragón apareció en su memoria. Sí, él había hablado con el dragón, y el Dios dragón Ame-no-Kagaseo le había ofrecido poder a cambio de… ¿su mente?; intentó recordar… y de pronto imágenes como flashes vinieron a su mente, sin sonido, como si él viera el mundo en forma ausente, como mirando a través de sus propios ojos, pero al mismo tiempo desde detrás de una ventana. En esas imágenes estaba su hermana Sumi. Ella lo estaba curando, y de pronto ella estaba sentada en el suelo, mirándolo con pánico, gritándole…
¿Qué eran estos recuerdos? Otro flash le mostró a su hermana frente a él llorando y pataleando, y luego la vio tirada en el suelo de los baños, inerte.
En el suelo de los baños.
Goro abrió los ojos presa del miedo e intentó levantar un brazo apuntando a los baños en llamas.
—Ma-má, Sumi, ella está… ella está ahí, ¡está dentro de los baños!
La sangre de Sayuri se heló. Levantó la vista, boquiabierta, viendo como el edificio ya tenía el techo completamente en llamas.
—No… no… no…. ¡Nooooooo, Sumi-chan! ¡SUMI! —gritó despavorida la madre. Dejó a Goro en el piso y comenzó primero a dar pasos torpes, y luego a correr de vuelta a los baños.
—¡Mamá, no vayas, d-déjame ayudarte! —gritó Goro desde el piso, luchando por moverse, recuperando poco a poco el control de su cuerpo. Logró girarse y e incorporarse ligeramente, con los codos en el piso y el cuerpo levantado, pero sus piernas aún no respondían—, ¡Mamá, mamá!
Pero Sayuri ya no lo escuchaba. Llegó a cuatro metros de la entrada de los baños, donde el humo seguía saliendo a borbotones. Apenas si podía verse hacia el interior, que brillaba con una amenazante luz anaranjada por las llamas que ya invadían el interior del techo.
—¡SUMI! ¡SUMI! ¡POR FAVOR CONTESTA! —gritó desesperada Sayuri, moviéndose de un lado a otro. Se acercó unos metros más y se puso de rodillas, arrastrándose bajo el nivel de humo e intentando mirar hacia el interior de los baños.
Y entonces Sayuri vio que, dentro de los baños y a unos seis metros de la entrada, estaba Sumi tirada en el suelo, inconsciente.
—¡SUMIIIIII! —gritó por última vez.
La desesperación fue tal que ya no pudo pensar más. La vida de su hija solo dependía de ella. Su hija más amada estaba en peligro mortal.
Sayuri se incorporó y comenzó a avanzar a paso decidido al interior de los baños. Pero el aire caliente que la recibió fue tal que cayó de vuelta de rodillas, tosiendo. Se puso en cuatro patas, gateando hacia su hija, para alcanzarla, para sacarla de ese infierno.
—¡Mamá! ¡Espera, ESPERA! —gritó Goro al ver que su mamá estaba desapareciendo dentro del edificio en llamas.
—¡Aaaaahhhhgggg! —gritó Goro con todas sus fuerzas, intentando ponerse de pie. Sus piernas lentamente comenzaron a reaccionar, y pudo primero mover una pierna. La puso delante y con los brazos hizo fuerza para incorporarse, quedando casi tambaleando, pero de pie. Dio un paso torpe hacia el frente, luego otro, y poco a poco su cuerpo comenzó a responder, caminando cada vez más rápido y acortando la distancia hacia el edificio en llamas.
—¡MAMÁ! ¡SALGAN DE AHÍ ENSEGUIDA! ¡VOY A AYUDARTE! ¡MAMÁ!
Pero de pronto un rugido lo detuvo. Un tremendo crujido de vigas cediendo, rechinando y cayendo llenó su vista y oído. El techo en llamas colapsó y se vino abajo con un estruendo ensordecedor, y un mar de chispas, humo y aire caliente se expandió en todas direcciones, alcanzando a Goro que cayó sentado al suelo.
—¡NOOOOOOOO! ¡MADRE! ¡SUMIIIIII! ¡NOOOOOOOOO!
Goro se puso de rodillas, tomándose la cabeza y gritando de dolor. Cayó al suelo golpeándolo de rabia, dolor e impotencia. Pero ya nada se podía hacer. Su madre y Sumi ya no estaban. Las había perdido para siempre.
§
La luz del sol del atardecer aún brillaba en el cielo cuando el grupo de viajeros de la familia Kusakabe llegó a la parte más alta del camino que llevaba a Itomori.
—Estamos a punto de ver el lago Itomori. De aquí el camino es más plano y comienza a descender. Avanzaremos más rápido —explicó el samurái Takeda desde su caballo, mirando hacia atrás al resto de la comitiva que lo seguía.
El grupo avanzó otros cuarenta metros hasta salir a un claro, y se detuvieron para observar un espectáculo maravilloso: la luz del sol del atardecer reflejándose en un lago perfectamente circular que brillaba como un espejo. Casas desperdigadas por ahí y por allá entre árboles, el humo de los hogares preparando la cena, y los gritos de los pájaros haciendo sus últimos llamados completaban una escena que parecía sacada de un sueño.
—Oh, ¡qué precioso! —dijo Kiyo, poniéndose de pie sobre el carro en que viajaba, y haciendo una visera con sus manos sobre los ojos para ver mejor paisaje, con una cara que mostraba una sincera impresión.
—Te dije que el viaje valdría la pena, Kiyo-chan —respondió su hermano Jisuke, caminando a caballo al lado de ella.
—Creo que los animales podrán seguir una hora más, y podríamos llegar al santuario al anochecer, como planeamos. Hubiéramos llegado mucho antes si no fuera por ese pesado carro —dijo el samurái mirando despectivamente al carro cargado que lo precedía.
—Lo importante es que ya estamos aquí —respondió Jisuke, algo malhumorado—. Y nunca me ha gustado acampar en el camino con un carro cargado. Vamos, sigamos pronto antes que nos alcance la noche.
Los cinco viajeros siguieron por camino bajando suavemente hacia el lago. Los caballos y el buey agradecieron el cambio de pendiente y comenzaron a caminar más rápido, a pesar del cansancio de todo un día de viaje.
—Solo quiero llegar y darme un baño caliente —dijo Jisuke—. ¿Cómo es ese santuario de Itomori? Me dijeron que tú lo has visitado, Masao-san.
—Sí, lo visité hace años cuando era más joven, con su padre —respondió el otro jinete, que iba al otro lado del carro—. En esa ocasión también trajimos telas y varios otros productos finos de uso común en los santuarios Shinto. El santuario Miyamizu es bastante grande para lo alejado que es este lugar. Eso me sorprendió. De hecho, el pueblo de Itomori no es tan grande, diría que apenas alcanza para un caserío, pero todo ahí da vueltas en torno a ese santuario. Es algo bastante peculiar.
—Ya veo. Entonces sí deben tener un buen baño. Espero que lleguemos pronto para comer algo caliente y descansar —concluyó con esperanzada satisfacción Jisuke.
—¿Y conoceremos a las doncellas Miko? —inquirió Kiyo curiosa—. Me gustan sus ropas blancas y rojas, son tan gráciles y elegantes.
—Sin duda que las veremos, Kiyo-sama —respondió Masao—. Recuerdo que ellas hicieron unas danzas kagura que nunca había visto y que nunca he vuelto a ver en otra ninguna parte. Parecían ser danzas muy antiguas y muy bellas. Además, la familia que controla el santuario es casi un matriarcado. Y sus mujeres destacan por su belleza.
—Vaya, me sorprende que eso venga de labios de un hombre casado —dijo con algo de sorna Tanaka, girándose para verlos—. Pero lo que dice es verdad. He tenido que venir al santuario Miyamizu varias veces a recolectar los tributos de la zona para mi señor, y puedo dar fe de que sus mujeres son realmente hermosas.
—Pero yo solo tengo ojos para mi Keiko —dijo Masao algo sonrojado, intentando excusarse—. Sigo siendo un hombre y puedo reconocer la belleza de una mujer cuando la veo, pero mi corazón solo está para mi esposa.
—No tienes que disculparte con nosotros, Masao-san, ja ja —rio Jisuke.
—Pero Masao-san sabe que acá hay más oídos que de costumbre, así que es mejor prevenir que curar —dijo el conductor del carro, mirando hacia a Kiyo.
Los cuatro hombres rieron ante la ocurrencia, también mirando a Kiyo, que no logró entender de qué se reían.
De pronto, los animales se estuvieron al unísono, de golpe. Comenzaron a moverse en forma intranquila en su lugar. Todos los viajeros quedaron sorprendidos, mirándose entre ellos y alrededor sin entender qué les sucedía.
—¿Habrán escuchado algo extraño? —preguntó Masao.
—No lo sé, no percibo nada raro —dijo el samurái, inquieto, mirando en todas direcciones.
—¿Vendrá un terremoto? —preguntó preocupada Kiyo.
De pronto todos sintieron como si una extraña fuerza succionara el aire desde atrás de ellos, llevándolo hacia el lago. Los caballos y el buey comenzaron a hacer ruidos de puro nerviosismo.
—¿Qué rayos sucede? —preguntó Jisuke.
—Jisuke-sama, ¡mire! —gritó Masao, apuntando hacia el lago.
Los cinco observaron como desde tres de los costados del lago los árboles se sacudían siendo succionados por el viento hacia el centro del lago. Numerosas hojas secas comenzaron a verse volar, brillando ante la luz del atardecer, como si fuera una lluvia de pétalos sakura, pero amarillos, entrando hacia el centro del lago. Pero en el cuarto costado el viento soplaba tierra adentro con una intensidad casi tormentosa, levantando nubes de hojas y polvo en dirección hacia la montaña.
—Esto no me gusta para nada —gruño Takeda, mirando hacia el cielo—. Este viento es muy raro, y no se ven nubes de tormenta. Nunca había visto algo así.
El viento continuó soplando hacia el lago, pasando entre ellos, en forma constante.
—Mejor sigamos rápido, no sea que efectivamente venga una tormenta y nos encuentre en el camino —dijo Jisuke—. Vamos, retomemos la marcha.
El grupo alcanzó a avanzar unas decenas de metros hasta que fue detenida por un inesperado grito de Kiyo.
—¡Hermano, mira, allá abajo! —apuntaba la chica de nuevo hacia el lago, en forma nerviosa.
Los cuatro hombres se detuvieron nuevamente, intentando descubrir a qué era lo que apuntaba la chica.
En la zona del lago donde el viento soplaba tierra adentro comenzó una fumarola naciendo casi al borde del agua. Parecía el humo de una casa a la distancia, arrastrada por el viento, pero por lo lejos que estaban y lo grueso de la columna de humo, claramente no era el humo de un hogar. Era demasiado humo. Y a los segundos vieron como el brillo amarillo de intensas llamas comenzó a asomar entre los árboles, seguidas de un humo negro cada vez más denso.
—¡Es un incendio! —exclamó el samurái.
Kiyo miró alrededor con un repentino miedo.
—¿Estamos seguros aquí?
—Sí, eso está aún lejos, y el viento no sopla hacia nosotros, así que el fuego no vendrá en nuestra dirección —indicó Masao, intentando tranquilizar a la chica.
—A menos que el viento cambie de dirección —apuntó preocupado Jisuke.
—Bueno, eso es verdad…
A la distancia comenzaron a escuchar el lejano sonido de campanas de alerta. El fuego aparentemente estaba atacando una zona habitada.
—¿Es seguro que sigamos avanzando, Takeda-san? —preguntó Jisuke al samurái.
El guerrero se quedó pensativo mirando alrededor, recordando y calculando, con su caballo dando vueltas inquieto. De pronto se detuvo lanzando una tremenda imprecación.
—Ya lo recuerdo bien, ¡Esa zona debe ser justo a dónde nos dirigimos!
—¿Ahí está el santuario? —preguntó preocupado Jisuke.
—Sí, ¿Ven dónde va subiendo el humo? Un poco más arriba es donde está el Santuario Miyamizu —dijo Takeda con una voz preocupada.
—Entonces ¿qué hacemos ahora? —preguntó Masao, mirando alrededor, pensando si deberían acampar en ese mismo lugar.
—Ustedes solo sigan el camino —respondió con seguridad Takeda—. Acá están seguros y no hay árboles alrededor. Avancen todo lo que puedan y lleguen lo más cerca que puedan de Itomori. Cuando vean que van a meterse entre árboles muy cerrados, es mejor que se detengan y si es necesario, acampen ahí mismo, en el borde del bosque, por si es necesario retroceder por el fuego, sin que queden atrapados.
—¿Pero… y qué va a hacer usted? —preguntó Jisuke, preocupado por tales órdenes—. ¿Nos va a dejar solos?
—Yo represento la autoridad del Daimyo, así que iré al galope a ver qué ocurre y veré si puedo dirigir a los campesinos para ayudarlos a luchar contra el fuego. Volveré y los encontraré más tarde, en el camino.
Y el samurái partió al galope, dejando una nube de polvo detrás de él hasta perderse de vista.
Los otros cuatro viajeros se quedaron pasmados observando impactados como las llamas ocupaban ya lo que debía ser cientos de metros de bosque y casas, arrastradas por ese extraño viento.
—¿Qué hacemos entonces, Jisuke-sama? —preguntó atemorizado el conductor del buey.
—Hagámosle caso a Takeda-san. No nos queda otra opción. ¡Todos! Estén atentos a la dirección del viento, y si huelen humo, díganlo de inmediato.
—Sí hubiéramos llegado más temprano… y estuviéramos ya en el santuario… —dijo Masao, pensando en voz alta sin darse cuenta.
Jisuke se volvió a él y lo reconvino:
—Eso ahora ya no importa. Estamos a salvo y debemos seguir a salvo. No vale la pena preocuparse por lo que ya no ocurrió. Y más nos vale ver que sigamos a salvo. Concéntrense en el camino.
—Sí, Jisuke-sama, perdóneme…
Los cuatro viajeros comenzaron a moverse nuevamente, pero en un silencio cargado por la incertidumbre y nerviosismo de no saber qué les deparaba más adelante el camino.
§
Después de toda una noche y una mañana de locura, el atardecer era tranquilo y pacífico en el santuario Miyamizu.
A causa del último arrebato de Hanako, finalmente asignaron a Ayami, una de las doncellas Miko del santuario y profesora de danza de las niñas Miyamizu, la tarea de vigilar a Hanako y evitar que ella volviera a escapar.
Ayami era unos ocho años mayor que Hanako, así que la conocía de pequeña. Y además la chica respetaba a su profesora.
Como Kyomi y el bebé necesitaban cuidados y compañía, Kaori, Hanako y su vigilante habían estado toda la tarde en la habitación donde estaba la madre, ayudándola.
La tranquilidad que reinaba en el lugar, sumado al cansancio de toda una noche en vela, habían hecho que Kyomi y el bebé durmieran gran parte de la tarde.
Finalmente, Hanako tampoco pudo resistir el cansancio y terminó durmiendo sobre el tatami, abrazada a un almohadón. Solo Kaori y Ayami se habían mantenido despiertas, sentadas con la espalda apoyada en uno de los muros, conversando silenciosamente.
—¿El bebé solo se dedicará a dormir? —preguntó impaciente Kaori, que quería jugar con su nuevo hermano.
—Él es muy pequeño. Los primeros meses solo comen y duermen. Y lloran. Así que tendrá muchas oportunidades de cuidarlo como su hermana mayor, Kaori-chan.
Los ojos de la niña brillaron ante la idea.
—¿Y le podré dar leche?
—No, eso solo lo puede hacer su madre.
—Ah… —dijo desanimada la niña.
Kaori miró los pechos de su madre, que dormía cerca de ella. Eran grandes y cálidos. A ella le encantaba abrazar a su madre y hundirse en su pecho. Luego miró disimuladamente a Ayami. Ella también tenía unos pechos bien desarrollados. Y finalmente dio un vistazo a su propio pecho, donde apenas tenía unos pechos incipientes. Se sintió frustrada.
—¿Y tú sí puedes darle leche a mi hermanito? —finalmente preguntó, dándose por vencida.
Ayami se sonrojó ante la idea, y negó con vehemencia tal pregunta.
—¡No, no, no! Yo tampoco puedo, solo las mujeres que tienen un bebé pueden dar leche. El cuerpo de la mujer crece, se prepara para ser madre. Yo no puedo hacer tal cosa.
—¿Pero no has tenido bebés?
—Aún no. No todavía —dijo Ayami, sonriendo tímidamente.
—¿Y yo podría tener uno? —preguntó preocupada la niña. Había visto todo lo que había sufrido su madre, y de pronto la idea no le pareció tan atractiva.
—Algún día los tendrá, pero primero tendrá que conocer a un chico con el que se case.
Kaori se quedó pensativa. ¿Necesitaba un chico para tener un bebé? ¿Para qué? Nunca se lo había preguntado. Se sintió como una tonta por nunca haberlo pensado o preguntado antes.
—¿Por qué tengo que conocer a un chico si quiero un bebé, Ayami-san?
Ayami sintió que la conversación se estaba moviendo a lugares peligrosos para discutir con una niña, así que acomodó un poco, e intentó cambiar el tema.
—Kaori-chan, los bebés… mire, es que para que venga un bebé un hombre y una mujer tienen que… que unirse con amor. Llegado su momento, no tengo dudas que su madre se lo explicará.
—Oh… ¿entonces mi hermano nació porque papá y mamá se aman?
—Sí, no podría haberlo explicado mejor —sonrió Ayami, aliviada sintiendo que había esquivado el escoyo, acariciando a la niña tiernamente en la cabeza.
Ayami miró al bebé Toshiki. Ella sintió que también quería formar una familia, pero casi toda su vida había estado viviendo en el santuario Miyamizu. Ahora ya no conocía otra vida. Sin darse cuenta, comenzó a hablar mientras su mente divagaba.
—Algún día yo también quiero encontrar un hombre que me ame y también quiero tener bebés. Y darles amor y un hogar como el que mi hermana y yo… no pudimos tener; si no fuera porque los Miyamizu nos acogieron en este santuario, cuando yo era una niña más pequeña que usted, probablemente hubiéramos muerto de hambre…
—¿Qué le pasó a tu familia, Ayami-san? —preguntó con curiosidad y algo de preocupación Kaori.
Ayami se dio cuenta que había hablado de más. Pero la curiosidad de la niña era legítima. Era su propia culpa, así que sintió que merecía darle una respuesta.
—Mis padres eran campesinos. Hace muchos años atrás hubo unos inviernos muy fríos. Unas nubes oscuras llenaron el cielo por mucho tiempo, las cosechas se perdieron y la comida escaseaba. Nosotros éramos cinco hermanos. Mi hermano menor murió de debilidad, y mis hermanos mayores apenas tenían fuerza para ayudar a papá y mamá en el campo para conseguir comida. Yo en ese entonces tenía ocho, y mi hermana Amane solo cinco. Recuerdo días donde apenas si probábamos bocado… y mis padres decidieron entregarnos al santuario. La familia Miyamizu nos acogió, nos dieron comida y abrigo, y nos educaron para ser doncellas Miko. Nosotras les debemos la vida.
—¿Y sus padres están contentos de que ustedes se quedaran acá?
—Supongo que sí. Un par de años después de que nos trajeron, ellos se fueron de Itomori buscando un lugar mejor para vivir. Nunca más supimos de ellos.
La cara de tristeza de Ayami le dijo a Kaori que era mejor detener sus preguntas.
—Lo siento, Ayami-san, no quería ponerte triste.
—No es su culpa, Kaori-chan. El destino de cada uno está escrito por los dioses, y seguro que Musubi quiso que yo y mi hermana lo sirviéramos en este santuario. Son recuerdos dolorosos, pero estoy contenta de estar con usted. Puedo enseñarle a danzar. Y sé que Amane también disfruta siendo su profesora de trenzado de cuerdas.
Ayami puso una mano sobre la cabeza de la niña y le acarició el pelo. La niña se acurrucó sobre el hombro de su profesora de danza.
—Yo quiero enseñarle a danzar a mi hermanito, y también quiero enseñarle como trenzar cuerdas y como recitar plegarias...
—Ya llegará ese momento, Kaori-chan —dijo Ayami con una sonrisa.
Las mujer y la niña se quedaron en silencio, solo escuchando los débiles gorjeos que el bebé hacía de vez en cuando. Sintieron que el sueño también estaba comenzando a embargarlas…
De pronto, una extraña vibración golpeó la estructura de la casa. Las puertas de papel se agitaron en forma ruidosa, sobresaltando a Kaori y a Ayami.
—¿Qué fue eso? —preguntó atemorizada la niña.
—No lo sé… quédese aquí, me asomaré para ver.
Ayami se puso de pie y salió silenciosamente para no despertar a Hanako y Kyomi, que seguían dormidas. Cuando casi alcanzaba la puerta, se produjo una vibración incluso mayor que la anterior. Incluso el techo de la casa crujió de forma extraña. El silbido del viento entre el techo y los árboles se hizo notorio.
Ayami apuró el paso y abrió la puerta. Una bocanada de frío viento entró a la habitación. Salió cerrando la puerta tras de ella, dejando la habitación en un inquietante silencio solo roto por el fuerte viento.
Kaori quedó intranquila esperando el regreso de Ayami. Luego de un rato ella volvió, deslizando la puerta.
—¿Qué sucede? —preguntó la niña.
—Tranquila, es solo el viento. Es extraño, pero sopla muy fuerte. Tuve que cerrar la puerta del corredor.
—Oh… ¿viene un tifón?
—Tal vez. Pero el cielo estaba despejado en la tarde, así que demorará en llegar.
—Pero era un viento muy helado, creo que iré a buscar algo más de ropa.
—Está bien, Kaori-chan, vaya a abrigarse.
—¿Traigo una manta para ti?
—Oh, sí, gracias. Es muy amable.
Kaori fue a buscar ropa a la habitación de al lado, donde dormía con su hermana. Mientras caminaba por el pasillo escuchó el sonido de las hojas de los árboles remecerse por el fuerte viento.
En su habitación tomó una chalina que se puso sobre su espalda, y buscó en un mueble tres mantas: una para ella, otra para Ayami, y la tercera para su hermana.
Salió de la habitación cargando las mantas, cuando de pronto un extraño olor la detuvo. Olía a humo. Se giró, y vio que la puerta del fondo que enfrentaba al patio, que solía estar siempre cerrada, se agitaba por el fuerte viento. «¿Alguien prendió una hoguera para calentarse?» pensó Kaori, algo extrañada porque era demasiado temprano para tal cosa, pues aún estaba de día.
Llegó a la habitación de su madre, y distribuyó las mantas. Tapó cuidadosamente a su hermana, que siguió durmiendo sin percatarse, y luego Kaori fue a sentarse de nuevo al lado de Ayami, arropándose también con una manta.
—Parece que el viento es muy frío, porque prendieron alguna fogata.
—¿Una fogata? —preguntó extrañada Ayami—. ¿Cómo lo sabe?
—Porque el pasillo olía como a madera quemada.
Los ojos de Ayami se ensancharon por el miedo.
—¿Madera quemada?
—Sí, como cuando en la cocina colocan leña verde.
La niña no entendió por qué, pero Ayami se puso de pie de un salto y salió de la habitación. La reacción tan enérgica de su maestra la preocupó. Ella también se paró y corrió en pasos silenciosos detrás de ella, alcanzándola casi al final del pasillo.
Ayami se dio cuenta que la niña la seguía, y habló en tono perentorio y enérgico.
—¡Vuelva a la habitación de inmediato, Kaori-chan!
—¡Pero quiero acompañarte!
—Puede que no sea seguro. ¡Solo vuelva!
—¿Por qué?
Ayami suspiró. «Está bien, puede que no sea nada», pensó. Pero en ese preciso instante, un olor a hojas quemadas filtrándose por la puerta llegó a ambas.
—¡Ese es el olor! —dijo la niña, contenta de que su maestra viera que no mentía.
Ayami palideció. Se acercó a la puerta y comenzó a sacar el palo de traba que la mantenía cerrada, y después de un par de intentos, logró desplazar la puerta casi medio metro, dejando a la vista el exterior.
Un fuerte viento las golpeó de frente, sorprendiéndolas. Y en el viento venían nubes de humo negro que salían de entre los árboles del bosque, del otro extremo del santuario. Los ojos les comenzaron a arder y a lloriquear. Ayami cerró la puerta de un golpe.
—¿Qué era eso? —preguntó Kaori, refregándose los ojos con las mangas de su kimono.
Ayami miró a la niña con la mente en blanco, sin poder dar crédito a lo que acababa de ver, sin saber que hacer, congelada por el miedo.
—Ayami-san ¿qué ocurre? —volvió a preguntar la niña.
La respuesta vino desde el exterior. Primero escucharon varios gritos lejanos a través de la puerta. Ambas miraron la puerta cerrada intentando aguzando el oído. A los pocos segundos los gritos se hicieron más claros. Eran la repetición de una única palabra nefasta: "¡FUEGO!"
Kaori miró a Ayami en busca de una explicación, pero su profesora de danza reaccionó tomando a la niña de la mano y caminando a la carrera de regreso a la habitación de Kyomi.
—Kyomi-sama, Kyomi-sama ¡Hay fuego en el bosque! ¡El bosque se está incendiando! ¡Kyomi-sama! —gritó Ayami en cuanto entró en la habitación.
Kyomi y Hanako despertaron sobresaltadas. Hanako se puso de pie de un salto, confundida. Kyomi se incorporó levemente con los codos en su cama.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hanako.
—Está saliendo humo del bosque. Tiene que estar incendiándose, y el viento viene justo hacia acá ¡El fuego debe venir detrás!
—¿Desde dónde? —preguntó Kyomi,
—Desde el bosque que baja al lago —respondió Ayami.
Hanako se volvió angustiada hacia su madre.
—Mamá ¿qué hacemos?
—Tranquilas, mantengan la calma —dijo con voz poco convincente Kyomi—. Ayami-san, ve a buscar a la Narumi-san, por favor.
—Sí, Kyomi-sama.
La chica salió corriendo y desapareció de la vista.
—¿Y qué hacemos nosotras? —insistió Hanako.
—Quédense conmigo, pero primero prepárense para salir. Busquen ropa gruesa en su habitación. Hanako, puede que tengan que alejarte del Santuario si hay peligro.
—Mamá, no voy a ir a ninguna parte sin ti. Si hay peligro, tenemos que irnos todas juntas.
—Ven acá, Hanako —ordeno Kyomi a su hija, estirando su brazo izquierdo, indicándole que se acercara.
La chica se acercó con cara confundida, poniéndose de rodillas a lado su madre. Kyomi la abrazó y atrajo hacía ella, hasta quedar cabeza con cabeza, y le habló en susurros al oído, para que Kaori no escuchara.
—Hija, yo no tengo fuerza para moverme. Si el fuego llega aquí, necesito que salves a tu hermana y a tu hermano.
—No, mamá, no me pidas eso, yo no podría dejarte así —respondió Hanako con los ojos llenándosele de lágrimas.
—Hanako, ustedes son mi vida. Si el fuego viene y se quedan conmigo, puede que no haya un mañana para la familia Miyamizu. Este día tenía que llegar, así que te lo ruego ¡Salva a tus hermanos! Sé que tú sabrás que hacer. Eres la heredera del clan. Nunca lo olvides.
—¡Mamá…!
Kyomi continuó por largo rato abrazada a su hija, que no paraba de sollozar.
Kaori no entendía que habían hablado, pero comenzó a sentir miedo. Comenzó a hacer un puchero como una niña pequeña. Su madre la vio y estiró su mano hacia la niña.
—Ven, Kaori. Ven tú también.
La niña se acercó y se puso al lado de su madre, las tres abrazadas.
—Kaori, pase lo que pase, tienes que obedecer lo que te diga tu hermana ¿está claro?
—Sí mamá, pero ¿por qué me dices eso? ¿Qué ocurre?
—Ocurre que las amo, mis niñas. Creo que el destino de la familia Miyamizu finalmente tiene que cumplirse, y para eso ustedes deben sobrevivir. Sé que lo harán, tienen que hacerlo.
—Mamá, ¿de qué hablas? —preguntó preocupada Hanako.
—Desde hace mucho supe que un día como este llegaría, pero no sabía cuándo iba a ser. Que ayer conociéramos a Mayugorô Goro me hizo recordar eso, pero pensé que sería un día lejano. Parece que ese día será hoy. Pase lo que pase, ustedes tienen que sobrevivir para que haya un futuro donde las mujeres Miyamizu cumplan el pacto con Shitori-no-Kami que nos legaron nuestros ancestros.
—¿Por qué nos dices eso? —dijo Hanako sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Sabías que esto iba a pasar?
—No te lo puedo explicar. Pero tú eres una Miyamizu. Algún día la voluntad de Musubi se te revelará y sé que lo entenderás todo.
Kaori no lograba entender qué quería decir su madre, pero la abrazó lo más apretada que pudo. Sentir su calor y olor la tranquilizo.
—Niñas, es mejor que se preparen —las reconvino Kyomi—. Busquen ropa abrigada por si tienen que pasar la noche en el bosque. Y mantas para protegerse del frío… o… para mojarlas si es necesario para protegerse del fuego.
Kyomi soltó a sus hijas. Hanako se puso de pie para seguir las instrucciones de su madre, pero Kaori se quedó mirando a su madre indecisa.
—Ven Kaori, vamos a buscar ropa —invitó Hanako a su hermana pequeña.
—Recién traje tres mantas —dijo Kaori, apuntando a las mantas que estaban tiradas en el suelo.
—Bien, vamos entonces a buscar ropa de abrigo para nosotras.
Las chicas salieron de la habitación, dejando sola a Kyomi. En cuanto las niñas salieron ella se puso a llorar en silencio, dejando caer la máscara de seguridad y confianza que había mostrado a sus hijas.
—Hiroshi, ¿dónde estás ahora? —se preguntó en voz alta, mientras intentaba secarse las lágrimas que se negaban a parar de salir.
Los gritos en el exterior comenzaron a aumentar, sumándose al ruido del viento que no cesaba de silbar entre los árboles. Pasos pesados y apresurados se escucharon en el exterior. La señora Narumi entró de golpe a la habitación, seguida de Ayami. Se arrodilló ante Kyomi sin perder tiempo antes de hablar.
—Kyomi-sama, ¡Hay fuego en el bosque y viene hacia acá!
—¿Hay fuego a la vista?
—No, pero el humo está aumentando, y Jiro llegó corriendo para alertarnos. Dejó a mi esposo con Hiroshi-sama y Keitaro-sama. Dijo que ellos deben venir en camino.
—¿Qué están haciendo los demás?
—Están sacando las cosas de valor al patio, por si el fuego alcanza las construcciones.
—Narumi-san, por favor ayúdeme a preparar a las niñas para dejar el santuario. Deben llevarse al bebé también.
—Mi señora, ¡Usted debe ponerse a salvo!
—Narumi-san, no tengo fuerzas para moverme. Ellas deben irse ahora mismo y ponerse a salvo. Ayúdeme a salvar a mis hijos. Si este es el final, es la última orden que le daré.
Kyomi miró a Ayami, que estaba en silencio detrás de la señora Narumi, apenas conteniendo las lágrimas.
—Ayami, has sido como una hija para mí todos estos años. Por favor tú ve con mis hijas y con mi bebé, y asegúrate de que estén a salvo. Anda a buscarlas, están en la habitación al lado.
—¡Kyomi-sama! Las protegeré con mi vida —dijo Ayami, haciendo una reverencia y saliendo de inmediato.
—Narumi-san, ayúdeme con el bebé, por favor
La señora Narumi tomó al bebé que estaba durmiendo en un futón al lado de su madre. El pequeño Toshiki se puso a llorar cuando fue alzado.
—Pásemelo por favor—rogó Kyomi.
Kyomi acunó al bebé y lo puso en su pecho, lo que lo tranquilizó y comenzó a beber con avidez.
—Eres un bebé fuerte, pero ahora te irás con tus hermanas. Pase lo que pase, mi amor estará contigo. Espero que vuelvas sano y salvo conmigo. ¿Narumi-san?
—Dígame, mi señora.
—Por favor busque el onbuhimo que está guardado en el baúl, para que Hanako pueda llevar al bebé.
—¡Pero el bebé es muy pequeño para ella pueda llevarlo en la espalda!
—No, no en la espalda; acomodémoslo contra su pecho. Así ella podrá verlo y cuidarlo mejor.
La señora Narumi abrió el baúl en forma apresurada, sacando cosas en forma desordenada, hasta encontrar una tela delgada y larga, enrollada.
—Acá está, lo encontré.
En ese instante Hanako y Kaori, escoltadas por Ayami entraron en la habitación. Las tres llevaban kimonos de invierno, más gruesos, y unas gorras blancas similares a las que usaban las campesinas, para proteger su cabello. Ayami había tomado uno de los kimonos de Hanako.
—Estamos listas, Kyomi-sama —dijo Ayami.
—Bien. Hanako, ven aquí y ponte de rodillas para que puedas cargar al bebé.
—¿Cómo? ¿Voy a llevarlo?
—Sí, tienes que hacerlo. Tú has visto a las niñas komori llevar bebés ¿verdad? —explicó Kyomi— Esto es lo mismo, pero tu hermanito es aún demasiado pequeño para sostener su cabeza, y no puedes llevarlo en la espalda. Lo pondremos acunado contra tu pecho. Asegúrate que su cuello esté siempre recto.
Entre Kyomi y Narumi acomodaron al bebé, que comenzó a llorar en cuanto se separó de su madre. Después de un poco de esfuerzo, el bebé estaba asegurado, y se tranquilizó por los movimientos que hacía Hanako.
—¡Esperen! —dijo Kyomi, recordando algo importante.
La mujer se llevó las manos a la cabeza, y desamarró una bella cuerda kumihimo que ordenaba su cabello. Su largo pelo negro cayó sobre sus hombros.
—Toma, Hanako, pon esta cuerda junto al bebé, para que Musubi lo proteja.
La chica tomó la cuerda y la colocó entre la manta que tenía al bebé, que se puso a llorar de nuevo.
—Mamá, ¿Quién te protegerá a ti ahora? —preguntó angustiada Hanako.
—Todo el tiempo nuestro Dios está con nosotros, pase lo que pase. Él las guiará. Ahora ¡Aléjense de aquí! Bajen hacia el lago y pónganse a salvo —rogó Kyomi—. Lleven las mantas para protegerse del humo o del fuego, si es que lo necesitan. Vamos, ¡vayan, váyanse ahora!
—Mamá, vamos a volver contigo, te lo prometo.
Kaori y Hanako se acercaron a su madre, le dieron un beso en la cabeza de despedida, luego abrazaron a la señora Harumi, y finalmente se fueron tomadas de la mano, seguidas de cerca por Ayami.
Cuando las niñas dejaron la habitación y se alejaron lo suficiente. Kyomi no pudo evitar comenzar a sollozar de tristeza y angustia.
—Ahora, Narumi-san… usted también váyase y póngase a salvo.
—¡Jamás! Kyomi-sama, yo juré servir a la familia Miyamizu hasta mi muerte. No voy a abandonarla.
Kyomi estiró la mano y tomó la de la señora Narumi, con una sonrisa de agradecimiento, mientras gruesa lágrimas que ya no necesitaba esconder caían por su rostro.
§
Ayami iba caminando delante de las niñas, guiándolas. En cuanto abrieron la puerta de la casa, una gruesa capa de denso humo negro pasó frente a su cara, lo que hizo que las tres entrecerraran los ojos.
—¡Cúbranse con las mantas e intenten respirar a través de ella! —les gritó a las mujeres Miyamizu.
Hanako cubrió al bebé con la manta para intentar que no respirara el pesado humo.
—¿Hacia dónde caminamos? —gritó Hanako.
—Tenemos que salir del humo y llegar al lago.
Las tres mujeres se pusieron caminar cubiertas por el edificio del fuerte viento. Mientras caminaban escuchaban los gritos de desesperación de la gente del santuario intentando coordinarse para rescatar reliquias y cosas de valor desde los edificios del santuario. De todas direcciones se escuchaba una actividad frenética.
Llegaron al final del pabellón que estaba cercano a las escaleras del santuario y dieron la vuelta hacia la explanada, pero se encontraron que la escalera del santuario estaba tan cubierta de humo que el arco tori casi no se veía.
—¿Bajaremos por ahí? —preguntó con incredulidad Kaori.
—No, ¡Nos sofocaríamos con tanto humo! Tenemos que…
Pero Hanako no alcanzó a terminar la frase. Un súbito brillo proveniente de la escalara las forzó por reflejo a mirar hacia allá.
Antes que alcanzara a decir nada más, el brillo se transformó en una luz brillante ¡Los árboles en torno a la escalera estaban en llamas! Un calor sorprendente comenzó a bañarlas.
—¡Fuego! ¡Es el fuego! —gritó aterrada Kaori.
—¡Vamos hacia atrás, rápido, rápido! —gritó Ayami, empujando a las niñas de vuelta hacia la parte trasera del santuario.
Mientras corrían por el pasillo sentían el calor del fuego que venía de sus espaldas gracias al viento que seguía soplando.
—¿Y si bajamos por el bosque? —preguntó Hanako a Ayami.
—¿Por dónde? —se giró Ayami siguiendo luego la mirada donde Hanako le apuntaba. Pero exhaló un grito de sorpresa al ver que, por el punto que indicaba Hanako, corrían hacia ellas Hiroshi y Keitaro Miyamizu, totalmente exhaustos y sudorosos, y con las caras y ropas ennegrecidas por el tizne.
—¡Kaisho! ¡Papá! —gritaron al unísono las mujeres.
—¡Qué hacen… aún aquí! —gritó Hiroshi entre jadeos.
—Intentamos llegar al lago, Hiroshi-sama —respondió Ayami.
El sonido del llanto del bebé desde el bulto del pecho de Hanako alertó a Hiroshi.
—¿Dónde está… tu madre? —preguntó a Hanako, sin poder parar de jadear.
—Sigue en su habitación ¡Dijo que no puede moverse!
—¡Papá! ¡Sálvala, sálvala! —rogó con ojos llorosos Kaori.
—Yo iré a buscar… a su madre… ustedes… corran al fondo del santuario, hasta la cascada, y… bajen por el curso de agua… ¡rápido! —les indicó Hiroshi, intentando recuperar el aire.
—¡Pero papá!, por el bosque… —intentó retrucar Hanako.
—¡El bosque está en llamas, nosotros apenas si… logramos llegar aquí!
Hiroshi casi tropezó del cansancio, pero se mantuvo en pie dando un par de pasos hacia sus hijas y abrazándolas.
—Iré por su madre… ¡Vayan a la cascada… y escapen! ¡Las amo, tiene que irse… ¡ahora mismo! ¡Vayan, vayan!
Las niñas no querían moverse, pero fueron jaladas por Ayami, hasta que comenzaron a correr nuevamente, dejando atrás a los hombres.
Hiroshi miró un segundo más a sus hijas alejándose, y luego miró a su cuñado.
—Keitaro, salva… el baúl de la biblioteca, yo… yo voy a rescatar a Kyomi —rogó Hiroshi.
—No falles. Por favor… no lo hagas. ¡Salva a mi hermana!
Un súbito aumento del calor los hizo mirar hacia atrás. El bosque por dónde habían llegado estaba comenzando a arder. Al girarse vieron como los árboles más cercanos a la zona de la escalera ya estaban totalmente en llamas. Con espanto se dieron cuenta que cosas del tamaño de un gato, pero hechas de fuego, saltaban de los árboles en llamas hacia los edificios del santuario, incendiándolos, pero esas cosas ¡saltaban en contra del viento!
—¿Q-qué es eso? —preguntó con horror Keitaro.
Hiroshi tomó el antebrazo de su cuñado y lo removió para hacerlo reaccionar.
—¡No sé qué es… pero es momento de actuar! ¡Salvemos lo que podamos del santuario! ¡Ahora, vamos, AHORA!
Ambos hombres asintieron, se dieron un abrazo por un segundo, y entonces se separaron, uno corriendo al edificio de la biblioteca, y el otro al dormitorio donde estaba postrada Kyomi.
Hiroshi corrió al último edificio del fondo del santuario donde estaba su residencia. Desde la entrada miró por última vez a sus hijas, que ya estaban a unos ochenta metros de distancia, ya casi llegando a la cascada.
—Musubi… protégelas —imploró.
Hiroshi entró corriendo a la casa y llegó como una tromba a la habitación de Kyomi.
—¡Kyomi, tenemos que salir!
—¡Hiroshi! —respondió sorprendida Kyomi—. ¡Pudiste llegar! ¿estás bien?
—Sí, estoy bien, pero… tenemos que irnos. Narumi-san, ¡acompáñenos!
Hiroshi se puso de rodillas al lado de su esposa y la tomó por los hombros y las piernas y la alzó. Comenzó a caminar con más dificultad por el peso extra de su mujer, seguida por la señora Narumi.
Cuando salieron al pasillo alcanzaron a dar unos pasos, pero se detuvieron en seco. A la entrada de la casa, donde comenzaba el pasillo, había varias cosas envueltas en llamas, del tamaño de un perro, paradas en la puerta de la casa.
—Hiroshi, ¿qué es eso? —preguntó aterrada Kyomi.
—N-no lo sé, yo… —alcanzó a decir Hiroshi, pero las extrañas cosas de fuego comenzaron a moverse y a avanzar hacia ellos como animales de presa. Las dos mujeres gritaron al unísono por la sorpresa y el miedo.
—¡Vienen hacia nosotros, retrocedamos! —ordenó Hiroshi
Hiroshi vio que el fondo del pasillo detrás de ellos estaba cerrado y por reflejo volvió de regreso a la habitación de Kyomi, cerrando de golpe la puerta tras de él, para bloquear el paso a los malignos seres de fuego.
—E-esos son demonios de fuego —gritó la señora Narumi.
Los tres quedaron de pie, escuchando como esas cosas chocaban contra las puertas, cuyas ventanas de papel de arroz de inmediato prendieron en fuego, comenzando a llenar de humo la habitación.
—¡Estamos atrapados! —exclamó con angustia Hiroshi, girándose desesperado viendo que su única vía de escape estaba ardiendo—. Kyomi, perdóname, no pude llegar antes… y no pude… salvarte. No pude salvarlas ¡Perdónenme!
—Este es el destino que nos esperaba entonces —dijo con tristeza Kyomi, acariciando la cara de su esposo—. Cuando ayer supe que ese muchacho se llamaba Mayugorô, supe que esto vendría. Pero me duele que fuera tan pronto —nuevas lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Kyomi—. Nunca pensé que sería hoy mismo ¡Debí contártelo antes!
—¿Sabías que esto… ocurriría? —preguntó con incredulidad Hiroshi.
—Los dioses me permitieron saber que el nombre de Mayugorô marcaría la historia de la familia Miyamizu. Y que con ese nombre vendría un gran fuego. No sabía que sería hoy, cariño ¡Lo siento tanto!
Hiroshi caminó al fondo de la habitación, al punto más alejado de las puertas, y luego se giró para ver con horror como el fuego las consumía sin control, mostrando a través de la madera de las puertas como el pasillo estaba también siendo abrazado por el fuego.
Hiroshi bajó a Kyomi al piso y la depositó suavemente sobre el tatami, sentándola. Se sentó al lado de ella y la abrazó. Las lágrimas comenzaron a caer por su cara también.
—Esto no debió ocurrir. Si yo hubiera sabido todo esto… —dijo amargamente Hiroshi.
—No hubiéramos podido hacer nada. Este es el destino que ya estaba escrito —intentó consolarlo Kyomi—. Pero nuestras hijas van a sobrevivir. La familia Miyamizu sobrevivirá. De eso tengo certeza.
Kyomi levantó una mano hacia la señora Narumi, que estaba a su lado llorando en silencio con el miedo reflejado en su cara mientras miraba el fuego comenzaba a inundar la habitación. Kyomi la tomó de la mano y la trajo hacia sí, hasta que los tres estuvieron sentados en el suelo, abrazados.
—Gracias, Narumi-san, por estar con nosotros hasta el final —dijo entre lágrimas Kyomi,
—Mi señora, cumpliré mi promesa —respondió la anciana con una sonrisa, pero los ojos hundidos en la pena y el miedo.
—Cariño —pidió Kyomi—, oremos a Shitori-no-Kami para que proteja a nuestros hijos, para que libere su camino.
—Es lo último que haremos, entonces —dijo Hiroshi.
Hiroshi cerró los ojos y comenzó a recitar el canto de una plegaria de protección a Musubi, para la protección de sus hijas y del santuario. Kyomi y Narumi repitieron la plegaria en su mente.
Todos ellos siguieron orando en forma intensa, mientras intentaban no escuchar el crepitar del fuego, intentando ignorar el humo y el calor que comenzaba a invadir cada rincón de la habitación, en forma inexorable, hasta que sus mentes comenzaron a sucumbir, nubladas por el calor y la falta de oxígeno.
Próximo capítulo 6: "Un espíritu del bosque", por publicarse el 1 de junio de 2023.
