Descargo de responsabilidad, todos los derechos pertenecen a R. R Martin

Capítulo 3: El camino real.

Los maestres y las septas que los criaron les enseñaron a leer utilizando la Estrella de Siete Puntas, Porthos les narró partes de la historia de su Dios, Máximo y Eivor les enseñaron quienes eran sus dioses y su papel en la historia del mundo.

Sin embargo, ni Argella ni su hermano crían en ninguna deidad, suponían que, si los dioses existían, ya habría pasado mucho tiempo desde que hubieran arreglado, o destruido el mundo.

Su interés en la religión era meramente por puro oportunismo, sabía que muchos hombres se refugiaban en la fe y en el fanatismo para soportar sus vidas, para poder excusar sus crímenes o para encontrar un propósito, todo lo que le importaba a Argella era que podía manipular a la gente con la fe.

Su hermano, por otro lado, estudió todas las culturas del mundo que pudo, analizando sus religiones para obtener respuestas a las muchas preguntas que asaltaban su mente inquieta.

Ahora, una semana después de que Bran se callera desde la torre rota y entrara en coma, mientras su tío Ned se refugiaba junto al árbol de los rostros y su esposa se sentaba junto a la cama de su hijo, rezándole a los Siete para que lo salvaran de morir, su hermano mellizo solo podía extraer una conclusión de sus estudios.

"Si los Dioses, independientemente de cuales sean, fueran tan buenos como nos enseñaron, no son todopoderosos. Y si son todopoderosos como nos dijeron, no son del todo buenos". Estaban en el Gran salón de la fortaleza, sentados en una mesa uno enfrente del otro, Orus con una jarra de cerveza y ella con una copa de vino, sus bebidas favoritas.

Más tarde aquel día comenzarían su regreso a la Capital, acompañados de su tío como nueva Mano del Rey, y de sus primas. Todo estaba preparado para el viaje, y como les sobraba algo de tiempo, decidieron tener una pequeña charla antes de que su hermano montara al frente de la columna y ella se viera obligada a viajar de nuevo con la reina.

"Si sigues hablando como un maestre, te acabarás convirtiendo en uno, hermanito" fue la ingeniosa respuesta de Argella ante la amargura de su hermano. "Simplemente intento entender qué creen que le pasará a Bran solo por rezar a los Dioses. Luwin le ha tratado, ahora está durmiendo, y solo su propia fuerza lo podrá ayudar" se volvió a lamentar Orus.

La había prometido a Bran que lo acompañaría a explorar la fortaleza de sus ancestros, pero el rey había insistido en organizar una cacería y Orus, como príncipe heredero, estaba obligado a asistir.

"Sabes que lo que le pasó a Bran no fue culpa tuya, pero tienes razón, tampoco fue cosa del azar". Argella era muy observadora, había escuchado a prácticamente todos los habitantes de Invernalia elogiar la habilidad de su primo para la escalada, que se callera en un día particularmente seco (según los estándares del Norte) era del todo inusual.

"En cualquier caso no debes preocuparte, tú mismo lo has dicho, ahora todo depende de Bran. Por suerte es un Stark, y los Stark son tercos incluso para morir" ese comentario pareció animar a su hermano, que ahora sonreía mientras apuraba el fondo de su jarra y se levantaba, ofreciéndole un brazo para escoltarla hasta el carruaje real.

"Dioses, esto es vida" celebró el rey mientras se giraba hacia la mesa en la que se sentaban su viejo amigo y sus hijos mayores. "Estoy por dejarlos a todos atrás y continuar, ¿qué opináis, muchachos? ¿Una escapada, lejos de los aduladores y de la perra de mi esposa?".

"Desde luego sería una mejor inversión de nuestro tiempo" le respondió su hijo, fumando en una pipa; una costumbre que sin duda le habían pegado durante su tiempo en Essos.

"Si, eso es lo que quería oír. Stark y Baratheon, cabalgando por el Camino Real, con las espadas en el cinto y con un par de putas tabernarias y algún mozo para calentar nuestras camas". Robert era un bruto, no tenía control sobre lo que decía, pero al menos era lo suficientemente considerado para incluir a su hija en la conversación, aunque fuera a su manera.

"Deberías haberlo preguntado hace 20 años". Suspiró Ned, con tono y mirada distante. "Había guerras que pelear y mujeres para casarse, no tuvimos tiempo de ser jóvenes" ahora era el rey el que se lamentaba.

"Recuerdo alguna ocasión" fue el comentario de Ned, provocando una gran carcajada del rey, que se contagió a todos alrededor.

El tiempo pasó rápido, ambos amigos hablaron y rieron con historias de su juventud en el Valle, mencionaron a Bessie, una sirviente del Nido de Águilas que Robert embarazó y con la que tuvo a su primera hija, la mayor de todos, Mya.

Orus la había conocido durante su viaje por los Siete Reinos, una muchacha fuerte, con el cabello oscuro y los ojos azules de su padre, vivía en la Puerta Sangrienta, y trabajaba como guía para todo el que la cruzara.

Argella, por otro lado, nunca la conoció en persona, pero se intercambió muchas cartas con ella, y forjaron una fuerte amistad.

"Créeme, eso no es lo peor" sonó la voz de su padre, con un tono más bajo y siniestro que el había usado hasta entonces, mientras le entregaba a Ned una carta.

Por supuesto, los hermanos mellizos ya conocían su contenido, se decía que Varys tenía una red de espías tan impresionante, que era capaz de saber qué desayunarías al día siguiente. Lo que la gente no sabía, es que la red de Argella planeaba todas las comidas de la semana, y solo daba la información que ella quisiera.

"Daenerys Targaryen se ha casado con un caudillo Dothraki, ¿qué hacemos, le mandamos un regalo de boda?" desestimó Ned. "Un cuchillo afilado, y un hombre valiente que lo empuñe" se enfadó Robert.

"Es poco más que una niña" razonó la nueva Mano. "Y pronto, esa niña se abrirá de piernas y empezará a parir", volvió a rebatir el rey.

"Ya hemos tenido esta conversación mil y una veces, padre" por lo general, Orus había aprendido que negar a su padre era como intentar derribar un árbol a cabezazos, era infructuoso y te dejaba con dolor de cabeza. Pero sabía las consecuencias que traerían los actos de Robert si tenía éxito.

"Lo que su padre le hizo a tu familia fue innombrable. Y más lo que Rhaegar Targaryen le hizo a tu hermana, la mujer que amaba, vuestra madre" terminó, mirando directamente a sus hijos preferidos. "Mataré a todo Targaryen al que le eche mano".

"Pero no puedes echarle mano a esta, ¿verdad?" Argella no solía inmiscuirse en los asuntos de su padre, o en las conversaciones, dicho sea de paso, prefería quedarse al margen y escuchar lo que otros tenían que decir; hablaba cuando se le hablaban, respetaba el protocolo y no hacía nada que estuviera fuera de lugar. Pero estaba entre familia, verdadera familia, y se permitió hablar libremente.

"Hmm" masculló Robert, "Este Khal Drogo, dicen que dirige una horda de cien mil hombres" intentó razonar el rey. "Ni un millón de dothraki son una amenaza mientras permanezcan al otro lado del Mar Angosto, ¡no tienen barcos, Robert!" se enfureció Ned, cansado de la obsesión de su amigo por destruir la casa del dragón.

"Todavía hay aquellos en los reinos que me llaman Usurpador, si Viserys Targaryen cruzara el mar con un ejército, la escoria se uniría a él" Robert se estaba cansando de la discusión, su cara estaba roja de ira y casi parecía que le estallarían las venas del cuello si no se calmaba.

"No cruzará, y si lo hace, lo arrojaremos de vuelta al mar. La escoria está demasiado asustada como para hacer algo que pueda considerarse traición" pronunció Orus, intentando convencer a su padre desde una perspectiva militar.

"Se acerca una guerra, no sé cuándo ni quién luchará, pero se acerca" expresó Robert, con expresión seria y tono abatido. "Pase lo que pase, somos tus hijos, estaremos bien" lo consoló Argella, sacando una sonrisa a su angustiado padre.

"Uno, dos, tres, cinco. ¡Muy bien!" se rio Orus, habían continuado su viaje hacia el sur y ahora se encontraban descansando en el Castillo Darry, famoso por gobernar las tierras del vado rubí.

Antes era una simple orilla del Tridente, pero durante la batalla de la rebelión, cuando Robert mató a Rhaegar con su martillo, los rubíes que decoraban la armadura del príncipe de plata se rompieron y cayeron al agua, dándole nombre a aquella parte del río.

Durante años, mucha gente viajaba hasta el vado para buscar los legendarios rubíes, el problema es que la batalla duró algo más de una hora después del combate entre los dos comandantes de sus respectivos ejércitos, y para cuando terminó el combate, los rubíes habían sido pisoteados y enterrados en el suelo, y los que no, fueron recogidos por los supervivientes. Si después de la batalla del Tridente quedó algún rubí que recoger, seguramente alguien habría tenido tiempo de recoger los que quedaban en los casi 20 años que habían pasado desde entonces.

Aún así, Arya encontró que buscar aquellas joyas era un pasatiempo mucho más atractivo que pasar el tiempo con su hermana en las lecciones de la septa Mordane.

Convenció a Mycah, un muchacho pelirrojo que resultó ser el hijo del carnicero local, de acompañarla a buscar los rubíes.

Habían jugado toda la mañana, cuando se aburrieron de buscar joyas decidieron jugar a los caballeros, con un par de palos como espadas, simularon combates legendarios fingiendo ser grandes caballeros del reino como Ser Arthur Dayne o Ser Duncan el Alto a lo largo de la orilla hasta que se toparon con Orus y su hermana.

"No sé qué es peor, tener que viajar en el carruaje o la compañía que tengo dentro" se quejó Argella mientras leía pergaminos enviados por sus agentes desde la capital, que estaba siendo gobernada por el consejo privado en ausencia del rey, la Mano, y el príncipe heredero.

Nunca se había fiado de ninguno de sus miembros, incluso sus tíos eran vigilados. Lord Baelish era un gusano traicionero que solo vivía para sí mismo, y que, de no ser por ella y su hermano, controlaría casi la totalidad de la ciudad capital.

Varys era difícil de entender, estaba segura de que trabajaba para lograr sus intereses, pero nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran, más allá de mantenerse con vida. Orus le había asegurado que el eunuco era probablemente el más digno de confianza de entre los demás consejeros porque su último objetivo era el bienestar del reino, más allá de sus dudosas lealtades.

Pycelle era la marioneta de Twyn Lannister, no haría siquiera un vendaje hasta que el león de Roca Casterly se lo ordenara, por lo que contra menos información se compartiera en su presencia, mejor.

Sus tíos eran totalmente opuestos entre sí, Renly era un hombre alegre y carismático que encandilaba a todos los que estuvieran al alcance, pero era ambicioso, manipulable y se consideraba por encima de casi todos.

Stannis, por otro lado, era serio y frío, con la misma capacidad de expresar emociones que una piedra, un hombre que vivía amargado por los desaires e insultos, ya fueran reales o ficticios. Solo aceptaba su punto de vista, y solo el rey podía hacerle tomar otro camino, cualquier otro, incluidos su hermano y ella misma, eran ignorados.

"Habla con padre, sabes que no le puede negar nada a su querida hija" le respondió su hermano con felicidad mientras comía una manzana. Ambos sabían que ellos eran los hijos predilectos de su padre, pero entre los dos, aunque Orus fuera el varón y simpatizara más con los intereses del rey, Argella era su ojito derecho, Robert nunca le negaría nada a su hija, que le recordaba tanto a su amor perdido.

"Tal vez lo haga, y de paso, aprovecharé para convencerlo de que deberías limpiar las letrinas del campamento, dado que estás actuando más como un niño petulante que como el orgulloso guerrero que él cree que eres" le dijo con algo de arrogancia. "Calma, hermana, te lo ruego. No hace falta recurrir a los insultos, mucho menos cuando es una comparación con nuestro "bien amado" hermano menor". Si había algo que ambos hermanos no soportaban, era al irritante y odioso Joffrey.

A partir de ahí, permanecieron tranquilos en el campo, compartiendo pequeñas charlas en la calma de la naturaleza hasta que dicha paz se vio interrumpida por su entusiasta prima y su amigo.

"Soy Ser Barristan el temerario, y te derrotaré, Maelys el monstruoso" se rió la niña mientras continuaba golpeando el palo que tenía en la mano contra el del hijo del carnicero.

"Bueno, bueno, fíjate en lo que ha arrastrado la corriente hasta nosotros, hermano. Una visión del pasado" se rió Argella con cariño ante la escena, recordando cómo su hermano y ella se escapaban de las lecciones para jugar a los caballeros o explorar la Fortaleza Roja.

"Sin duda es un honor ver la habilidad de Ser Barristan en su juventud" continuó el juego. "Sé que os estáis riendo de nosotros" se quejó Arya, "Padre pone el mismo tono de voz cada vez que me encuentra en el patio con una espada".

"Tal vez sea por tu habilidad, una verdadera norteña debería ser una temida guerrera, ¿no crees, hermano?" sugirió Argella. "Tienes razón, Argella. Como siempre" suspiró alegremente el heredero al trono.

Levantándose se su posición anterior, tumbado en el suelo con la cabeza sobre las piernas de su hermana, se dirigió hacia la bolsa de lona atada en el costado de la silla de montar de Ares, que se encontraba sobre un tronco mientras el caballo descansaba de llevar la carga.

Poniéndola sobre el suelo y abriéndola, descubrió un par de espadas cortas y una espada bastarda romas, les entregó las hojas más pequeñas a los niños, y les instruyó en las posturas y movimientos básicos.

"¡Bien, Mycah!" celebró Arya al ver a su amigo parar los golpes del príncipe. "Más rápido, más rápido" dijo a continuación, mientras su primo se centraba ahora en ella.

Golpes desde arriba, por los lados, estocadas y contraataques, una serie sencilla y ejecutada con lentitud para que su prima aprendiera los conceptos básicos. Todo iba bien hasta que, en un descuido, Orus golpeó el dorso la mano de Arya, causándole dolor.

Fue inmediatamente a disculparse cuando su prima le propinó una patada en la espinilla, quitándole el equilibrio y permitiendo que Arya y Mycah lo tiraran al suelo, haciendo que los tres retozaran y rieran mientras intentaban escapar del abrazo de Orus.

"¡Arya!" sonó el grito proveniente de la prima mayor de los mellizos, interrumpiendo su juego. "¿Vuestra hermana?" preguntó Joffrey con su irritante petulancia que camuflaba con buenos modales.

"¿Y quién eres tú chico?" volvió a preguntar, mirando directamente al niño pelirrojo. "Mycah, mi señor" respondió con nerviosismo.

"Es el hijo del carnicero" añadió Sansa, con una arrogancia que no le sentó bien a ninguno de los presentes, además de Joffrey. "Es mi amigo" corrigió Arya, envalentonada por el enfado.

"El hijo del carnicero quiere ser caballero, ¿verdad?" se burló el príncipe rubio. "Déjalo en paz, Joffrey. Son niños, déjalos jugar". Intervino Orus, todavía en el suelo, recuperándose del ataque de risa proveniente de su juego anterior. Joffrey era cruel por naturaleza, intimidar a un campesino era de las cosas más inofensivas que seguramente podría maquinar.

"Tú metete en tus asuntos. Estabas golpeando al príncipe heredero, ¿lo sabías?". A pesar del odio que sentía hacia Orus por ser el heredero de su padre, su malicia y ansias de crueldad aprovecharon la situación.

"Muy bien, coge tu espada, caballero. Veamos si mi hermano es buen maestro". Dijo Joffrey, desenvainado esa espada suya con el ridículo nombre.

"Joffrey, retrocede. Era un juego que yo instigué. Guarda la espada, vuelve por donde has venido, y disfruta de la tarde con tu prometida". Advirtió Orus a su hermano, viendo cómo la situación se descontrolaba mientras se acercaba con la espada de entrenamiento en la mano.

"Tranquilo, hermano" escupió, "No lo heriré, mucho" sonrió con saña mientras presionaba el filo de la espada contra la mejilla de Mycah, abriendo un corte y sacando sangre.

"Joffrey, basta. ¡Es suficiente!" gruñó Orus, mientras empujaba a su hermano menor y permitía que Mycah corriera lejos.

Enfurecido, Joffrey se abalanzó contra su hermano, olvidando su carente habilidad para la lucha y que estaba usando acero afilado. Por suerte para él, Orus estaba entrenado, sabía controlarse y se limitó a desviar los golpes inexpertos de su hermano hacia los lados, haciéndolo tropezar con cada intento.

Quería calmar su rabieta hasta que se diera por vencido y fuera a quejarse a su madre, el problema fue que Arya tuvo que intervenir. Cogiendo un palo del suelo, lo blandió como un garrote y golpeó al príncipe menor en la espalda, enfureciéndolo aún más.

"¡Te destriparé, zorrilla!" gruñó mientras balanceaba la espada salvajemente. Orus estaba intentando detener a Joffrey antes de que sucediera una desgracia, pero los golpes erráticos del niño con una espada afilada dificultaban la tarea para cualquiera que quisiera conservar sus extremidades.

Al final fue el lobo huargo de Arya, Nymeria, quien acabó la disputa saltando sobre Joffrey y clavándole los colmillos en el brazo, sosteniéndolo en sus fauces hasta que Arya agarró el animal y corrieron hacia el bosque.

"Dioses, esto no puede empeorar aún más. Voy a por la niña, intenta que no se desangre mientras tanto" le dijo Orus a su hermana, mientras corría en la misma dirección en la que se fueron su prima y el animal.

"Ven aquí, veamos cuánto daño ha podido hacerte el mordisco de un animal que podría haberte arrancado la garganta" señaló Argella, subrayando el hecho de que Joffrey no está muerto porque el lobo huargo no lo quiso.

"¡Marchaos, las dos! ¡Iros de aquí!" sollozó Joffrey, con lágrimas de miedo y vergüenza corriendo por sus mejillas.

"¡Arya! ¡Arya!" gritó Ned, llevaban todo el día buscándola y toda la noche buscándola, seguramente ya habría pasado la hora del lobo, pero le daba igual, su hija estaba en algún lugar de este maldito bosque y los hombres de la reina estaban buscándola.

"¡Mi señor! ¡Mi señor! La han encontrado, la han llevado ante el rey" le gritó Jory Cassell, el sobrino de Ser Rodrick y capitán de su guardia. "¿Quién la encontró?" preguntó directamente. "Fueron los Lannister, mi señor". Esto no podría ser peor, malditos sean los Lannister y toda su estirpe. "¡Regresamos!" gritó, marchándose lo más rápido posible.

El salón principal del Castillo Darry estaba abarrotado, con el rey hundido en la silla del señor y la reina de pie, apoyando una mano consoladora sobre el hombro del príncipe rubio. La sala estaba llena de hombres con los colores de los Lannister, intentó encontrar simpatizantes, pero no había nadie más allá de sus sobrinos que pudieran serle de ayuda.

"¡Qué está pasando! ¡Exijo saber por qué no me informaron de que mi hija había sido encontrada!" bramó, hirviendo de ira ante la falta de respeto, mientras consolaba a su hija menor, que sollozaba sobre sus hombros.

"¿Cómo osas hablarle así a tu rey?" Habló la reina, qué ganas tenía de arrancarle la lengua y tirarla a los pies de su arrogante hermano.

"Silencio, mujer" la reprendió Robert. "Lo siento Ned, pero quería solucionar el asunto lo más rápido posible". No dudaba de que Robert solo tenía buenas intenciones, pero la reina era como un parásito, se aprovechaba de cualquier muestra de debilidad para ganar fuerza.

"¿Y qué asunto es ese?". Ya le habían informado de lo ocurrido, su hija no hizo nada malo, más allá de golpear a Joffrey para ayudar a su primo, que estaba sentado en una banqueta, en silencio y observando a todos mientras su hermana susurraba en su oído.

"Lo sabéis muy bien, vuestra hija y el hijo del carnicero atacaron a mi hijo, y esa bestia casi le arranca un brazo" se quejó, mirando el brazo excesivamente vendado del príncipe.

"¡No es verdad!" espetó Arya. "Solo lo mordió un poco, estaba intentando matar a Orus" se encogió, todo el mundo la miraba.

"Joff nos ha contado lo que pasó, tú y el hijo del carnicero le pegasteis con palos, y le azuzasteis el lobo, todo mientras el príncipe heredero se reía" acusó Cercei. Siempre buscaba oportunidades para arrojar una luz poco favorable sobre el hijo mayor de Robert, mostrándolo como la segunda venida del Rey Loco, para que los nobles apoyaran el reclamo de su hijo sobre el de Orus.

"¡No es verdad!" le gritó Arya entre sollozos. "¡Sí es verdad!" se quejó el rubio. "¡Basta ya!" rugió el rey. "Ambos me contareis vuestra versión de los hechos, sabed que mentirle a un rey es un delito muy grave, incluso para un príncipe" gruño la última frase, mirando directamente a su hijo.

Y así lo hicieron, Arya narró su juego con Orus, cómo Joffrey luchó contra su hermano, y cómo tiró la espada del príncipe al río.

A continuación, fue el turno de Joffrey, su versión totalmente opuesta a la de Arya. En ella, Joffrey contó que estaba paseando cuando, sin provocación ni aviso, los niños le lanzaron al lobo para que le mordiera mientras ellos lo golpeaban con palos e el suelo. Además de poco creíble, la historia fue contada con miedo y vergüenza, con la mirada gacha y sin hacer contacto visual con nadie.

"¡Mentiroso!" lo interrumpió Arya. "¡No miento!" le gritó el rubio.

"¡Basta! Ella dice una cosa, él dice otra, zanjemos este asunto y sigamos adelante. Dinos que ocurrió, hijo". Conocía sus hijos mejor de lo que ellos creían, sabía que, si le preguntaba a Argella, les contaría verdades a medias para sacar provecho, la quería, pero este no era el momento. Por suerte le enseñó a su hijo a decirle siempre la verdad.

"Joffrey miente, padre. Arya, Mycah y yo estábamos jugando cuando nos interrumpió, amenazó al muchacho, intentó cortarme con su espada, y Arya me defendió. El lobo solo saltó cuando vio a su ama en peligro".

"Asunto resuelto entonces. Ned, disciplina a tu hija, yo haré lo mismo con esta mierdecilla mentirosa" gruñó, lanzándole miradas sucias a su segundo hijo.

"Lo haré, alteza" y con eso se dispuso a marcharse, estaba cansado y contra más distancia hubiera entre su familia y los Lannister, mejor.

"Aún queda el problema del lobo" pronunció Cercei, ya la habían humillado lo suficiente, haría pagar a Stark por ello.

"¿Qué le pasa al lobo?" suspiró Robert. "Atacó a tu hijo, esa bestia es demasiado peligrosa". Esto estaba volviéndose tedioso. "No hay rastro del animal, padre" le informó Argella, nadie estaba mejor informada que ella. "Ahí lo tienes, asunto resuelto" quería irse, beber y dormirse cuanto antes.

"Hay otro lobo" pronunció la reina con malicia. "¿No se referirá a Dama?" sollozó Sansa, la reina la había llamado para que hablara en favor de su hijo, pero el testimonio de Orus la hizo inútil. "¡Dama no estaba!" defendió Arya al lobo. Ya se había separado de Nymeria, no quería que su hermana pasara por lo mismo. "¡Dama es buena, no le ha hecho daño a nadie!" volvió a suplicar Sansa, provocando una sonrisa satisfecha en Joffrey, que nadie, excepto sus medios hermanos, captaron.

"No hay necesidad de sacrificar a una bestia inocente, padre" pronunció Orus, levantado y apoyando una mano sobre el hombro de las niñas. "Son lobos huargos, la capital no es un lugar adecuado para ellos, devuelve al animal al Norte, que la que ha escapado viva su vida libre y salvaje".

"Bien, que así sea" accedió el rey mientras se disponía a irse. "¿Y ya está? ¿Perdonarás la vida a las bestias que mutilaron a tu hijo? Joffrey llevará esas cicatrices el resto de su vida" insistió la reina. "Mejor, tal vez le enseñen algo" contestó el rey mientras se detenía.

"Daré cien dragones de oro al que me traiga la piel del lobo suelto" declaró la reina Lannister. "Haz lo que te plazca" desestimó el rey, marchándose por fin del condenado salón.

Cuando Ned salió a las almenas para tomar el aire seguido por Arya, se encontraron al príncipe Orus asomado hacia el exterior, mirando hacia el suelo mientras miraba hacia el suelo.

"Parece que el perro de mi hermano ha salido de caza" dijo sombríamente el príncipe, mientras señalaba hacia la figura del suelo.

Era el perro de Joffrey, Sandor Clegane, conduciendo a un burro que cargaba un cadáver pelirrojo. La vista horrorizó a los Stark, Arya huyó llorando hacia su habitación, y Ned se quedó quieto junto a su sobrino, pensando en la clase de hombre con el que había comprometido a su hija.

El viaje desde entonces fue tenso, el tío Ned se quedó en la retaguardia de la columna real, y durante la noche, los guardias mantenían alejado a cualquiera que vistiera de rojo y oro.

Pero por suerte ya habían llegado, Desembarco del Rey, capital de los Siete Reinos. Era una ciudad inmensa, rodeada por gruesos muros al oeste y abierta al mar por el este, la capital era el hogar de medio millón de almas. Estaba dividida por distritos según qué se comerciara en cada uno.

La calle del acero era el distrito de los herreros; la calle de la harina, el de los comerciantes de alimentos y asentamiento del gran mercado. Había muchos otros, como la calle de las hermanas o la de la seda, pero el barrio que más fama tenía era el Lecho de pulgas, la zona de mayor miseria de la capital, y por la que Orus, su hermana, y su grupo de guardias transitaban de camino al palacio.

La mala fama del lecho de pulgas estaba bien ganada, era donde vivían los mendigos y pobres, algunas casas apenas se mantenían en pie, y la mierda y los desechos inundaban las calles.

El motivo por el que cabalgaban por aquel lugar era que Orus convirtió el barrio en su mayor proyecto, reconstruyó las viviendas y los comedores, saneó las calles y reformó el sistema de alcantarillado, y ahora, algunos años después del inicio de la mayor obra pública llevada a cabo desde la construcción del Gran Septo, los habitantes se agolpaban los lados de la calle principal mientras saludaban a sus príncipes.

Los adultos saludaban y gritaban bendiciones, los niños corrían alrededor de los caballos y les daban flores a todos los que podían. A Argella y a su hermano se les llenaban los ojos con lágrimas no derramadas al ver tanta felicidad y gratitud. Nunca pensaron en las consecuencias que tendría reformar la zona, solo querían mejorar la ciudad y la vida de sus habitantes.

"¡Mi señor, mi señor!" se alzó una voz entre la multitud, pertenecía a un hombre de mediana edad, con canas en las sienes y de aspecto humilde y curtido. "Aaron, viejo amigo. Me alegro de verte, estoy seguro de que tienes noticias, mañana convocaré una reunión con los demás y podremos hablar con tranquilidad" le aseguró Orus al hombre.

Como príncipe heredero, tenía muchas responsabilidades, más aún de las que debería, puesto que su padre lo había dejado a cargo de gobernar en su lugar.

Para facilitar sus labores, había seleccionado a las personas más influyentes de cada distrito de la ciudad y había formado un consejo de gobierno, que se encargaría de mantener la ciudad y a sus habitantes en las mejores condiciones posibles.

Normalmente, cuando uno de los representantes de los distritos venía a él, intentaba atenderlo con la mayor urgencia, sin embargo, llevaba viajando más de un mes, estaba cansado, y el dichoso Pycelle consideró oportuno convocar una reunión del consejo.

Nada más llegar a la Fortaleza Roja, dejó a Ares en los establos, se despidió de su hermana, y subió los infinitos escalones que llevaban a la cámara del consejo, en lo alto de la Torre de la Mano.

Ni siquiera se molestó en pasar por sus aposentos para dejar su espada o cambiarse su sudada ropa, por lo que entró en la cámara del consejo privado, lo que se consideraba un gran honor, vestido con cueros de montar raídos y un fuerte olor a caballo.

"Mis señores, disculpad mi tardanza, estoy seguro de que lo entenderéis" ya estaban todos presentes, incluido su tío, que había tomado la ruta más rápida hacia la Fortaleza.

"No hay nada que perdonar, mi príncipe" sonó la voz suave y femenina de Varys. "Solo nos poníamos al día con Lord Stark, hacía muchos años que no lo veíamos" explicó, tomando asiento en la mesa del consejo.

"En ese caso, comencemos lo antes posible. Estoy seguro que mi tío agradecerá tato como yo terminar esta reunión lo antes posible" comentó Orus, ganándose un asentamiento de su tío, que ya se había sentado en la silla a la derecha del asiento principal, donde Orus se estaba sentando.

"¿Qué pasa con el rey? ¿No debemos esperarle?" preguntó Ned, extrañado por la ausencia de su amigo y el asiento que ocupaba su sobrino.

"Se acercará el invierno, pero no puede decirse lo mismo de mi hermano" respondió Renly, hermano menor del rey y consejero de los edictos, con sarcasmo.

"Por desgracia, el rey tiene muchas preocupaciones, a veces nos encomienda encargarnos de algunos asuntillos para que aliviemos su carga" se encogió el eunuco con humildad.

"Somos los señores de los asuntillos, por así decirlo" se burló Meñique. "El problema es que esos asuntillos son finanzas, disputas y tratados, hace años que mi padre nos dejó el gobierno a Jon Arryn y a mí" suspiró Orus, frotándose la frente ante el profundo dolor de cabeza que se avecinaba.

"En cualquier caso, mi hermano puede tener a bien encargarnos tareas personalmente, como esta. El rey nos ordena que organicemos un torneo para celebrar el nombramiento de Lord Stark como Mano del rey". Declaró Renly, pasándole la carta con la orden a Ned.

"¿Cuánto?" preguntó Lord Baelish. "40.000 para el ganador, 20.000 para el finalista y 20.000 para los ganadores del cuerpo a cuerpo y la competición de tiro, más los cocineros, constructores, bufones y materiales".

"¿Pueden las arcas afrontar este gasto?" preguntó el Gran maestre. "Ambos sabemos que no, Gran maestre, habrá que pedírselo a los Lannister, qué son unas cien mil piezas de oro más comparadas con los tres millones que ya les debemos" volvió a hablar meñique, irritando a Orus y a su tío con su arrogancia.

"¿Me estáis diciendo que la corona tiene una deuda de tres millones de dragones de oro?" se escandalizó Ned. "Por desgracia, tío. La corona tiene una deuda de seis millones de piezas de oro, los Lannister son nuestros principales acreedores, también les debemos oro a los Tyrrel, al Banco de Hierro de Bravos y a la Fe" suspiró el príncipe, había trabajado mucho para disminuir la deuda, ya estaba pagándole al Banco de Hierro gracias a una pequeña empresa de comercio entre Poniente y Bravos, cuyos beneficios totales iban directamente a la infame institución. Calculaba que para antes de que finalizara el año, la deuda con el Baco estaría saldada, y ya tenía un plan para lidiar con los Tyrrel.

"¿Cómo pudisteis permitir esto?" le ladró Ned al consejero de la moneda. "El consejero de la moneda busca el dinero, el rey y la Mano lo gastan" simplificó Baelish." Me niego a creer que Jon Arryn y Orus permitieran este derroche" se enfureció Ned, mirando a su sobrino.

"Tanto Jon Arryn como el príncipe le dieron a su majestad buenos consejos financieros, por desgracia el rey nunca tuvo a bien considerarlos" justificó Pycelle "Contar calderilla, lo llama" añadió Renly.

"Hablaré con él mañana, este torneo es una extravagancia que no podemos permitirnos" concluyó Lord Stark. "Muy bien, aun así, debemos comenzar a hacer planes para…" "¡No habrá planes!" interrumpió Ned a Baelish con un tono gélido y furioso en su voz, ya se había cansado de las respuestas ingeniosas de ese gusano. Sabía los rumores que Meñique había esparcido acerca de su esposa y él, de no ser porque no era demostrable que él era el origen de los rumore, ya le habría sacado la lengua.

"Perdonadme, mis señores. Ha sido un largo viaje" se excusó Lord Eddard por su arrebato. "No tenemos nada que perdonar, mi señor. Sois la Mano del rey, nuestra función es serviros" simpatizó el eunuco de forma sincera.

Y mientras en una cámara iluminada por la luz del sol, los hombres más importantes del reino discutían su gobierno; en la oscuridad de las mazmorras, una figura encapuchada veía como uno de sus más leales hombres mantenía la cabeza de otro hombre sumergida en un barreño con agua hirviendo.

"Sácalo" ordenó el encapuchado. El hombre hizo lo que se le dijo, levantado de un fuerte tirón al otro hombre, lo sujetó del cuello mientras lo obligaba a ponerse de pie y mirar a su señor.

"Se me está acabando la paciencia, y con ella mi amabilidad. ¿De dónde sale tanto dinero? Un grupo de imbéciles como vosotros no podría hacer un trabajo de falsificación tan bueno".

Llevaba tiempo investigando por qué las arcas de la corona estaban siempre vacías, había deudas, por supuesto, pero una parte de los impuestos debería ir hacia el tesoro real. El problema es que esa parte desaparecía de los libros de contabilidad, había descubierto que el oro era fundido y reacuñado en Essos para regresar a Poniente sin ninguna forma de rastrearlo.

Por suerte llevaba mucho tiempo investigándolo, sus espías le informaron que uno de los controladores del puerto había sido visto en uno de los mejores burdeles de la ciudad, uno que era mucho más caro de lo que un hombre de su oficio podría permitirse. Y ahora, después de arrancarle las uñas, sacarle los dientes y someterlo al estrés del ahogamiento continuo, por fin estaba recibiendo respuestas.

"N…no lo sé. Por favor, os lo suplico, deteneos" o puede que no. "Como queráis, Igor, trae el cuchillo de trinchar" le dijo a su subordinado "¿Sabías que Igor es capaz de despellejar a un cerdo entero sin que muera? Estoy deseando ver si es capaz de hacer lo mismo con las personas" le dijo a su prisionero la persona enmascarada.

"¡NO, POR FAVOR! ¡NO LO HAGAIS!" se desesperó el hombre, viendo como Igor se acercaba con el cuchillo. "¡VALE, ESTÁ BIEN! Os lo diré todo" sollozó "Hay un barco, la bailarina. Un hombre me paga para que le deje pasar el control de aduanas, no sé qué transporta" reveló, asustado. "Todo eso ya lo sé, ¿por qué crees que estás aquí? Lo que quiero es el nombre de tu jefe".

"No sé quién es, cada vez que pasa, un niño me da el dinero y me dice la fecha exacta de su llegada. Pero una vez oí al capitán del barco, llegaron dos días más tarde de lo planeado y dijo que "el pequeño ruiseñor" no estaría contento".

"Hmmm" por fin algo útil. Gracias a esta nueva información tenía a un nuevo sospechoso, por supuesto lo mantendría en secreto y no se lo comunicaría a su hermano hasta que estuviera segura. "Muy bien, os agradezco vuestra colaboración. Igor, deshazte de él cuando termines".

Con eso, Argella se marchó para darse un baño relajante, dejando atrás a su mudo subordinado con su nueva fuente de gritos.