Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Novaviis y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 35
Cuando el gran demonio perro blanco aterrizó, de la montaña se alzó un griterío. Hordas de demonios acampados por los acantilados, en las cuevas y por los anchos bosques alzaron todos sus cabezas hacia el cielo, las voces rugieron con frenesí mientras ella descendía. Su coro sonó por los valles, resonando en las laderas de las montañas.
Shippo había estado en el nicho que a menudo había compartido con Inuyasha durante su estancia allí cuando vio el perro blanco cayendo a través de la gruesa cubierta de nubes. El hueco estaba en la parte delantera de la cueva, ofreciendo una vista más descubierta de la cordillera circundante mientras permanecía protegida de los elementos. Inuyasha y él se habían pasado horas allí arriba durmiendo, o hablando, o haciendo farolillos o haciendo nada en absoluto. En su ansiosa espera por el regreso de su amigo, Shippo se había posado en el alto hueco en compañía del maestro Kenta. Se había pasado el último día hablándole a su profesor de sus viajes desde que había dejado el Monasterio de los Demonios Zorro, mostrándole técnicas que había dominado y, por lo demás, intentando sencillamente mantenerse entretenido. Kenta, siempre paciente, se limitó a escuchar y permitió que el niño hiciera lo que necesitaba para mantenerse ocupado.
Lo había sentido en la piedra antes de oírlo en el aire. Toda la montaña pareció temblar cuando cada demonio acampado en la ladera rugió con asombro en dirección al cielo. Palpitó por la montaña, bajando hasta las cavernas donde había líderes de demonios reunidos. Los demonios de dentro empezaron a emerger poco a poco a través de cada entrada de cueva de la montaña, saliendo como un nido de avispas. Al sentir la energía, estática en el aire como un rayo, Shippo había sido uno de los primeros en bajar a toda prisa al suelo de la cueva y salir corriendo fuera, con Kenta pisándole los talones, para fijar la mirada en el demonio blanco que descendía hacia ellos. Los líderes pronto se reunieron detrás de él, todos observando con gran recelo… todos excepto Sesshomaru, quien observaba con una mirada entrecerrada y pose orgullosa.
Shippo fue corriendo hacia él, sus dos colas revolotearon con nerviosismo tras él mientras pasaba la mirada entre el señor de los inu youkai y el perro inolvidablemente familiar que descendía sobre la montaña.
—¿Qué pasa? —preguntó apurado.
Sesshomaru sólo le dirigió una mirada de irritación antes de devolver toda su atención a la recién llegada.
Cuando el perro cayó grácilmente hacia la montaña, su enorme forma se disolvió en una única bola de luz. Tomando tierra en la boca de una enorme cueva, la luz empezó lentamente a desvanecerse y a desaparecer, dejando atrás la forma humana de la señora Shimonami y dos humanos a su lado: uno, un desconcertado sacerdote, y la otra, una consternada joven. La mirada fría de la señora Shimonami pasó sobre la horda, frunciendo los labios mientras acariciaba con la mano la cabeza de la niña.
—Ah, yo tenía razón —dijo con aire de informal decepción—. Sí que todavía vivís en cuevas.
La niña al lado de Shimonami no pareció consternada porque se la hubiera llevado un sabueso demoníaco del tamaño de una montaña. No, en su lugar, se aferraba a la ropa de la noble con un consuelo familiar. Mientras miraba hacia la multitud agrupada de demonios, sus ojos pasaron entre los rostros en gesto de búsqueda en lugar de miedo. Finalmente, cuando Sesshomaru avanzó, se le empezaron a aguar los ojos. Soltó el traje de la señora Shimonami, trastabillando mientras se lanzaba hacia él. El sacerdote que estaba al lado de Shimonami se estiró como si fuera a intentar detenerla, sus ojos llenos de preocupación inspeccionaron la horda de demonios que estaba ante ellos… pero a la niña no pareció importarle.
Rin cerró los puños en la tela del hakama de Sesshomaru, aferrándose a él mientras enterraba el rostro contra su costado.
—¡Señor Sesshomaru! —sollozó. Todo lo que intentó decir después fue incoherente, su balbuceo fue ahogado por la armadura de Sesshomaru.
Sin tomar en consideración las miradas de extrañeza que recibía de los demás líderes de los demonios, Sesshomaru sencillamente apoyó la mano en el hombro de Rin. La empujó hacia atrás con sorprendente gentileza, sosteniéndola a distancia para poder verla completamente. Su expresión era vacía, aparentemente la misma que su habitual fría mirada amenazadora, pero para cualquiera que lo conociera, había un tinte de calidez alrededor de sus ojos. La mirada de Sesshomaru viajó sobre ella, buscando heridas y no encontrando ninguna, salvo por los evidentes cortes y rasguños en sus antebrazos y pantorrillas.
—Rin —dijo con un bajo tono imponente—. Dime, ¿qué pasó?
Rin dio un paso atrás sin oponer resistencia cuando Sesshomaru la guio para que lo hiciera, sosteniendo la manga en alto contra su rostro para secarse las lágrimas. No parecía poder formar las palabras, mucho menos calmarse lo suficiente como para hablar.
Sesshomaru levantó la cabeza, mirando hacia la boca de la cueva, afilando la mirada.
—Madre.
La señora Shimonami descartó la mirada de furia de su hijo, avanzando con paso elegante.
—Encontré a tu niña perdida en el bosque, Sesshomaru. En serio, tienes que controlar mejor tus cosas —amonestó con una sonrisa sarcástica, toqueteando el colgante del Meido que pendía alrededor de su cuello—. Estaba armando mucho escándalo, además. La oí desde bastante lejos.
Sesshomaru apretó la mandíbula, muy claramente no complacido con el habitual tono frívolo de su madre, mas no obstante, pareció agradecido de que le hubiera estado echando un ojo a Rin a través de su conexión con el colgante. Shimonami nunca les había tenido demasiado cariño a los humanos más allá de un interés pasajero, pero siempre había encontrado encantadora a la niña. Aun así, la danza verbal de Shimonami alrededor del tema sólo sirvió para ponerle a Sesshomaru los nervios de punta.
—Explícate —ordenó.
Shimonami se limitó a volver a encogerse de hombros, gesticulando con un delicado arco de su mano hacia Rin.
Bajándose la manga de la cara, Rin se enderezó, con la espalda lo más recta y fuerte posible, incluso mientras sus ojos todavía se aguaban y le temblaban los labios.
—S-Son Inuyasha y Kagome —dijo entre un ataque de hipo, intentando desesperadamente recuperar la compostura—. Los atraparon los soldados de Masao. A Inuyasha le dispararon y lo capturaron, van a matarlo por la mañana. Por favor, señor Sesshomaru, ¡tiene que detenerles!
Sesshomaru tensó los hombros. Con una fuerte exhalación y curvando su labio superior, miró hacia la boca de la cueva.
—Ese tonto —dijo entre dientes—. Le advertí que era una trampa.
Un murmullo ondeó entre la multitud.
—Bueno, ¿a qué diablos estamos esperando? —Shippo se dispuso a avanzar, pero la mano de Kenta pesó en su hombro—. ¡Vamos, tenemos que detenerles!
—Shippo… —dijo Kenta a modo de advertencia.
Negando con la cabeza, el joven kitsune levantó la mirada hacia su anciano.
—¡Rin dijo que le van a matar por la mañana! Si no nos vamos ahora, no vamos a llegar a ti…
Kenta apretó la mano sobre su hombro.
—Shippo. —Su voz era ahora más baja pero fuerte.
Los yokai que los rodeaban estaban empezando a revolverse y a moverse con nerviosismo. La tensión que irradiaba por el ambiente fue suficiente para atarle los pulmones. Pero aun así, Shippo no hizo caso. Liberó el hombro del agarre de su maestro, con los puños apretados a los costados mientras se ponía delante de la horda. Mirándolos con furia, a los demonios más poderosos de Japón congregados en un único lugar, Shippo se mantuvo firme.
—¿Qué? ¡¿Ya está?! ¡¿No vais a hacer nada?!
La princesa tengu lo miró desde lo alto con desdén.
—Inuyasha es el único culpable. Se negó a hacer caso de nuestras advertencias cuando se fue y ahora está pagando el precio de su propia estupidez. ¿Por qué deberíamos arriesgar nuestras vidas para salvarle?
—¡Inuyasha se marchó porque él fue el único lo suficientemente valiente como para actuar cuando importaba! —contrarrestó Shippo, todo el miedo que le daban ella y los otros líderes cayó ladera abajo.
Desde detrás de la princesa, el jefe de los demonios jabalí le gruñó.
—Cuando buscamos actuar contra Masao —resopló, curvando los labios sobre sus colmillos—, ¡fuisteis Inuyasha y tú quienes nos reprendisteis!
Shippo avanzó un paso.
—¡Eso fue porque no luchabais por nada más que por vosotros mismos! —gritó, señalando con un dedo acusador a los líderes reunidos—. ¡Cobardes, eso es lo que sois! Sólo lucháis cuando podéis obtener poder. Sólo os ponéis en peligro cuando os conviene. Durante meses, habéis peleado por mapas y estrategias, pero ahora que el final está justo delante de vosotros, ¡tenéis demasiado miedo como para alcanzarlo!
—Hemos perdido a miles de nuestros guerreros —siseó el líder Hebi—. No nos sermonees sobre la guerra, chico.
—¡Vi cómo asesinaban a mi escuela! —gritó Shippo. El agudo tono quebradizo de su voz rebotó contra las paredes de la cueva. Franco de dolor y con las lágrimas ardiéndole en los ojos, Shippo se negó a reducir la fuerza de sus emociones. Sentiría y lo sentiría todo sin reservas delante de los yokai que estaban intentando ningunearlo. Shippo apretó los dientes—. Vi cómo todo un monasterio de estudiantes inocentes, mis amigos, eran acribillados a balazos y asesinados sin piedad. No me sermoneéis vosotros a mí sobre el sacrificio. Esos kitsune no fueron sacrificados por ninguna causa. Ellos no escogieron pelear. ¡Nosotros fuimos atacados por ninguna otra razón que por existir! ¡No me digáis que no entiendo lo que significa esta guerra! ¡Sois todos vosotros quienes no lo entendéis y nunca lo habéis hecho!
—Entonces cuál —soltó la elegante cuerva con las plumas erizadas en sus antebrazos y espalda mientras avanzaba y se cernía sobre el kitsune—, ruego nos digas, ¿cuál es el significado de esta guerra? ¿Qué es lo que podrías entender tú? Eres un niño. —Girándose hacia la horda, la princesa tengu desplegó a su espalda sus alas negras como la tinta—. Los humanos se están volviendo audaces y hay que volver a ponerlos en su sitio. Se atreven a amenazar a un poder mayor del que han conocido nunca. ¡Es hora de que sientan las consecuencias!
La horda de demonios hizo temblar la montaña con su rugido de respuesta. Gotas de agua se sacudieron de las estalactitas en el techo de la cueva, cayendo sobre la multitud en una niebla inquietante. Titiló cada antorcha que colgaba de las paredes y cada fogata de los nichos elevados. La luz ambarina entre la niebla destelló y desapareció, iluminando las siluetas de los demonios. Al lado de Shimonami, Takuya inhaló bruscamente, dándose cuenta por primera vez de cuántos demonios se habían reunido en respuesta a la conquista de Masao. Parecían llenar toda la boca de la cueva, emergiendo de la piedra, cerniéndose unos sobre otros en una enorme muralla de criaturas horripilantes. Sin embargo, Shippo permaneció resuelto, incluso mientras temblaba de ira y miedo.
—¡Esto nunca se trató de las consecuencias! —contestó Shippo cuando el rugido disminuyó. Aun así, su voz no pudo perforar entre el bajo estruendo de voces estrepitosas—. ¡Inuyasha sólo quería irse a casa! Él sólo… —Era inútil. Ya no le estaban prestando atención a Shippo, ni siquiera podían oír al niño sobre sus propias voces. Sintiendo él mismo que perdía su atención, Shippo ensanchó los ojos, rojos y húmedos con lágrimas mientras lo que quedaba de esperanza empezaba a drenarse de él.
Solamente una voz atravesó el coro. Shimonami se adelantó, ese único y grácil movimiento fue suficiente para silenciar a la horda.
—Bueno —dijo, su tono claro como el único tañido de una campana—, eso significa que lucharéis, ¿no?
La princesa tengu se dio la vuelta para mirar a su colega yokai de la realeza, bajando las alas a sus costados mientras bajaba la cabeza y entrecerraba los ojos.
—Lucharemos cuando así lo escojamos. No a disposición de un hanyou cualquiera.
De nuevo, la multitud rugió su acuerdo. Rin se enderezó al lado de Sesshomaru, secándose la última de sus lágrimas con la manga. Con la mandíbula tensa y la cabeza en alto, marchó ante la horda y se puso al lado de Shippo. Durante un prolongado momento, simplemente le devolvió la mirada al niño. Era la primera vez, se dio cuenta Shippo, que se habían visto en el último año… la primera vez que se veían al mismo nivel, a la misma altura, ya que él había abandonado su forma más pequeña. En los días antes de que comenzara esta guerra, cuando Rin vivía con Kaede en la aldea y Shippo regresaba de vez en cuando de sus estudios para hacer una visita, siempre se habían llevado bien. Habían jugado juntos. Todo aquello parecía que había sido hacía toda una vida. Ambos habían crecido.
La chica humana le dio la mano al joven demonio y se giró para mirar con furia a la horda.
—De acuerdo, entonces —declaró, levantando la barbilla—. Si vosotros no hacéis nada, lo haremos nosotros. —Tirando de la mano del ligeramente desconcertado Shippo, Rin les dio la espalda a los demonios y caminó hacia el borde de la cueva, completamente preparada para dejar atrás a los demonios y encarar a Masao los dos solos si era necesario.
Shimonami observó el intercambio y levantó una ceja delicadamente arqueada, la absoluta imagen de la calma indiferente mientras miraba a los líderes.
—¿Y vosotros? —dijo—. ¿No vais a luchar por vuestro general?
—Inuyasha nunca fue nuestro general —resopló el jefe jabalí—. Nunca quiso ni siquiera luchar en esta guerra.
—Bueno, por supuesto que es vuestro general —replicó Shimonami con los brazos cruzados en las largas mangas de su kimono bordeado de pelo—. Parece ser el único de aquí que buscó un final definitivo.
Otro murmullo onduló entre la horda. Fue entonces que el líder de los demonios oso se alzó en toda su altura, cerniéndose sobre la asamblea mientras se acercaba a la inu yokai.
—Señora Shimonami —dijo monótonamente, el tono de su voz fue lo suficientemente grave como para resonar en el ambiente como un tambor—, esta guerra es mayor que un híbrido y su sacerdotisa humana. Esta es una batalla por el futuro de todos los yokai. Nuestra mismísima existencia está en juego.
Shimonami miró al oso durante un largo momento. Su mirada crítica viajó sobre su figura decorada con armadura y pieles. De todo lo que podía hacer, se rio. Su sonido cristalino puso en guardia a todo demonio presente. Una onda de asombro, confusión y ofensa se desplazó por la multitud en cuerpos moviéndose, el ruido metálico de armadura y murmullos bajos. Shimonami sonrió, la expresión fue de algún modo más fría y más cortante que cualquier gruñido o mirada de furia podría serlo nunca.
—¡Oh! Qué pintoresco —dijo riéndose por lo bajo, llevándose la manga a su boca—. De verdad creéis que cualquiera de vuestras vidas importa.
Silencio. Con esa única afirmación, la horda se quedó completamente callada. Shimonami tenía toda su atención. La ráfaga de viento fluyendo por los pasos de montaña, las cigarras en los árboles distantes y el silencioso goteo del agua desde las paredes de la cueva fueron los únicos sonidos que penetraron el silencio.
Shimonami bajó las manos a sus costados, fijando la vista en la horda con una mirada plana.
—Oh, por favor. No os engañéis. Esta no es una gran causa por el futuro de todos los demonios. Matadnos a todos mañana y un millón más ocuparán nuestro lugar al día siguiente —dijo con un gesto frívolo de su mano—. No importa si salen del suelo, o del cielo, o de un humano moribundo en busca de una mezquina venganza. Siempre habrá demonios. Esto no se trata de nuestra especie, esto se trata de supervivencia… que está genial, pero no lo hagáis ver como algo que no es. Este desengañado caudillo intentando jugar a ser Dios no tiene ni idea de lo que está intentando lograr y de lo imposible que es. Pero —dijo con una sonrisa casi burlona mientras ladeaba la cabeza—, es descarado y tiene poder. Poder suficiente para mataros a todos. Sé todo sobre vuestra peleíta contra sus soldados. Estabais tan locos por la batalla, que fuisteis a las carreras sin pensároslo dos veces. Por primera vez, os visteis enfrentados con vuestra propia mortandad… y os asustasteis. —Shimonami dejó salir un largo suspiro, dándoles la espalda a los demonios con un estilo dramático—. Sin duda es una pena ver a los grandes clanes que una vez se congregaron bajo la bandera de mi difunto marido reducidos a un estado tan patético.
Un chillido encolerizado resonó desde detrás de ella, seguido del sonido de una hoja desenvainada. Shimonami puso los ojos en blanco, mascullando un «por el amor de Dios» por lo bajo cuando la princesa tengu se abalanzó sobre ella, espada en mano. En un refinado flujo de movimiento, Shimonami se dio la vuelta, agachándose bajo el golpe de la hoja. Cuando se levantó, sus brazos se alzaron con ella en un arco, su antebrazo bloqueó el brazo de su atacante mientras su otra mano subía hacia arriba, dándole en la muñeca de la cuerva con un golpe preciso y apoderándose de las armas. Sus movimientos fueron fluidos e imposiblemente rápidos, un torbellino de seda y pelaje. Antes de que nadie tuviera tiempo para reaccionar, Shimonami tenía la propia espada de la princesa tengu apuntando hacia su cuello.
Cada demonio cuervo chilló y graznó con furia ante la demostración, batiendo las alas en un aleteo ensordecedor que empujó ráfagas de viento por la caverna. Shimonami no se inmutó en lo más mínimo ante su amenaza. Miró fijamente a la princesa antes de poner los ojos en blanco de nuevo y bajar la espada.
—No me graznéis —dijo mientras se enderezaba—. Es poco digno.
Los demonios cuervo todavía se estaban preparando para una revuelta mientras su princesa se recuperaba, pero se quedaron callados en cuanto ella movió la mano por el aire. Le devolvió la mirada de furia a Shimonami, pero sabía que no debía dejar que la ira la traicionara de nuevo. Shimonami la miró durante solamente otro instante antes de dar la espalda de nuevo y alejarse con la espada todavía en la mano.
Sesshomaru había permanecido quieto, observando cómo atacaban a su madre y aparentemente indiferente a ello… pero sabía mejor que nadie de allí que la señora de los inu yokai podía valerse perfectamente por sí misma. En cualquier caso, tenía tendencia a cabrearse cuando Sesshomaru interfería por ella. Shimonami ocupó su lugar de nuevo en la boca de la cueva. Sin embargo, cuando se detuvo y la energía que ondulaba entre la multitud empezó a calmarse, fue Takuya quien intervino finalmente. El sacerdote había estado en silencio durante toda la dura experiencia, observando a los demonios con asombro. Ahora, mientras avanzaba, no era sin vacilación o miedo, mas con una persistencia a hablar de todos modos. Los demonios lo observaron cuidadosamente, desconfiando del hombre sagrado y tal vez con razón.
Pero cuando se detuvo ante ellos, fue con reverencia. No el odio o la ira justificada que podrían haber esperado. Takuya hizo una profunda inclinación. La muestra de respeto obtuvo su atención. Cuando Takuya se irguió, levantó la mirada hacia la horda, los miles de ojos demoníacos lo observaban, con una mirada implorante.
—Grandes yokai… —empezó—. Estoy seguro de que no le haréis caso a un viejo, pero por favor, escuchadme. —Como no se quedó muerto en el sitio, se imaginó que esa era toda la invitación a continuar que iba a recibir—. Sé que, como sacerdote sintoísta, podéis creer que albergo un profundo odio hacia vuestra especie. He desterrado y purificado demonios en el pasado, y lo haría otra vez. Sin embargo, entiendo que esos demonios eran aquellos que mataban y buscaban el caos sin razón, tomando más que lo que necesitaban por diversión. Como sacerdote sintoísta, es mi deber purificar por el bien del equilibrio. Eso es todo. Yo, de todos, comprendo que no hay vida sin destrucción. Luz sin oscuridad. La retirada de los muertos deja paso a los vivos. Una flor dejada demasiado tiempo al sol se marchitará y morirá, al igual que nunca crecerá si está cubierta por la noche… —Takuya bajó la mirada a sus manos, avejentadas y bronceadas tras sus años de trabajar con la tierra… como si todo lo hubiera conducido a este momento—. Hay… equilibrio en todo. La luz no significa pureza, al igual que la oscuridad no significa maldad.
Sesshomaru se puso rígido. Fue sólo un mínimo ápice de un cambio en su comportamiento, un ligero ensanchamiento de sus ojos. Miró a Shimonami, quien le sonrió en respuesta en silenciosa comprensión: ambos habían oído eso con anterioridad.
Takuya cerró los dedos contra sus palmas, bajando los brazos a sus costados mientras levantaba la mirada hacia los demonios, receloso hasta los huesos.
—No os pido que peleéis por Inuyasha. O por Kagome. Sólo pido que uséis vuestros poderes de destrucción para restaurar ese equilibrio.
—Y, en cualquier caso —metió baza Shimonami, moviéndose para ponerse al lado del sacerdote—, Inuyasha era lo único que se interponía entre vosotros y esa Piedra Divina que os pone a todos tan nerviosos. ¿Qué vais a hacer si muere? —Ladeó la cabeza—. ¿Encontrar otro hanyou? ¿Obligarlo a canalizar su yoki en el cristal? Supongo que entonces tendréis que esconderos detrás de esa persona cada vez que Masao os amenace con su roquita. Si me preguntáis, lo que, por supuesto, ninguno de vosotros ha sido lo bastante inteligente para hacer, sería mucho menos problemático aprovechar sencillamente esta oportunidad para ponerle fin a esto.
Shippo, todavía agarrándose a la mano de Rin, intervino:
—Inuyasha dijo que, si seguís esperando al momento adecuado, nunca llegará… No creo que quisiera decir en ningún momento que debiéramos lanzarnos de cabeza a la batalla. Sabía lo que había en juego… pero también sabía qué era lo que valía la pena el riesgo.
Shimonami asintió en dirección a Shippo.
—Bueno —continuó ella, deslizándose hacia delante—, podéis esconderos en vuestra montaña si eso es lo que deseáis. Pero si vais a hacer la guerra, entonces, desde ya… —Tendió la espada de la princesa tengu, empujando el lado romo de la hoja contra la placa de su pecho con una mirada penetrante—. Haced la guerra.
La horda de demonios observó con anticipación. Encontrando la mirada de Shimonami a su altura, la princesa rodeó la hoja con su mano y se la cogió a la señora de los inu yokai. Shimonami asintió, dando un paso atrás y girando la mirada hacia su hijo. Pero Sesshomaru no la estaba mirando a ella. Su concentración estaba fija únicamente en los valles que se extendían más allá de la montaña. Estuvo claro, en ese momento, que él ya había tomado su decisión. La había tomado en el momento en que Rin le contó lo que había pasado. Sesshomaru se apartó de la horda en dirección al borde de la cueva. Koga, que había estado igual de en silencio y resuelto, se puso detrás de él, con el Goraishi tintineando en su mano.
Sesshomaru le dirigió una única mirada a su aliado antes de dirigirse de nuevo hacia el mundo que se abría más abajo.
—Seguidme si así lo escogéis —dijo—. No me supone ninguna diferencia.
No había ventanas en esta celda. Las paredes de piedra estaban frías y húmedas, formando charcos en el suelo en ásperos huecos. La única luz de la estancia era la de las antorchas de la pared de fuera de la celda e incluso esa llegaba a través de un pequeño agujero con rejas hecho en la puerta. Encadenado a la pared, Inuyasha se desplomó contra la piedra, temblando por el frío y la pérdida de sangre. Ya se le estaban empezando a cerrar las heridas, formando costras sobre docenas de pequeños agujeros. Su cuerpo había rechazado las balas que no lo habían perforado por completo. Cada una se había salido de su cuerpo, agonizantemente despacio, y había repiqueteado contra el suelo. El enfermizo tintineo del plomo cayendo contra el suelo de piedra había acentuado el silencio durante toda la noche.
La prisión estaba en silencio, en cualquier caso. Aparte de los soldados ocasionales que pasaban por allí para asegurarse de que su prisionero estaba subyugado, Inuyasha movió la oreja hacia los distantes sonidos a lo largo de la noche. Martillos contra acero en una armería al otro lado del fuerte, hojas afilándose y órdenes ladradas. Se estaban preparando para una guerra. Inuyasha no estaba muy seguro de si iban a obtener una, pero estaba claro que estaban esperando que todo llegase a su punto crítico para cuando el sol se hubiera alzado por la mañana. Era molesto pero tolerable. Podía, hasta cierto punto, retirar sus sentidos en la opresiva y oscura quietud de su celda… pero eso fue, por supuesto, sólo hasta ese punto.
Los pasos resonaron contra la piedra desde el otro extremo de la fila de celdas, haciéndose más fuertes a medida que se acercaban. Inuyasha vio la sombra en la pared contraria antes de ver al hombre, sólo un rostro mirándolo con furia a través de la estrecha ventana. Inuyasha enseñó los dientes, gruñendo en gesto de advertencia para que lo dejaran en paz. Cuando el soldado se limitó a desdeñarlo y a reírse, Inuyasha tiró violentamente de sus cadenas. El soldado se encogió de miedo. Inuyasha apretó los dientes, conteniendo el dolor hasta que el soldado se hubo ido sólo para poder reír el último. Hizo una mueca mientras se volvía a desplomar contra la fría y mojada pared. Una gota de agua cayó del techo sobre su rostro. Era un pequeño consuelo en comparación con la agonía que estaba destruyendo su cuerpo.
Había sobrevivido a la ráfaga de disparos, pero era una curación lenta, especialmente para él. Si hubiera estado en su mejor momento, ya habría estado saliendo de allí, arrancando las balas ensangrentadas de su piel y lanzándolas a la hierba. Nada más que un fastidio. Pero el tema era que no lo estaba. Puede que Inuyasha se hubiera vuelto más fuerte en el tiempo en que había estado fuera, pero eso conllevaba un precio. Aunque lo habría pagado otras mil veces más. En aquellos pocos y tensos segundos antes de que hubiera empujado su Piedra Divina en las manos de Kagome y la hubiera tirado por la cascada, se había dado cuenta de tres cosas:
De que lo iban a capturar. En ese momento, había sido o salvar a Kagome y recibir la bala, o intentar prevenir lo inevitable hasta que se los llevaran a los dos, y esa sencillamente no era una opción.
De que no podía permitir que Masao supiera lo de su Piedra Divina. Si el caudillo averiguaba cómo había conseguido Inuyasha resistir su poder, ¿quién sabía lo que haría? Inuyasha no podía arriesgarse a que él contrarrestase la única medida de defensa que tenía.
Y, por último…
Inuyasha levantó la cabeza de golpe de nuevo hacia la puerta de la celda. Otro par de pisadas, más pesadas que las últimas, se encaminaban hacia él a paso rápido. Se detuvieron abruptamente justo ante su puerta. El ligero tintineo metálico de llaves precedió el enérgico giro de la cerradura. Inuyasha giró la cabeza cuando la intensa luz de las antorchas inundó la estancia, sus ojos se esforzaron por ajustarse al repentino cambio. Cuando su visión se aclaró finalmente, la puerta casi se había cerrado del todo, permitiendo que un ápice de luz se derramase por los bordes. El capitán Yorino estaba de pie sobre él, justo fuera del alcance del límite de las cadenas. Inuyasha encontró sus labios curvándose involuntariamente sobre sus colmillos ante la visión del hombre engreído que lo miraba con furia por encima de su nariz. Ambos sabían que habían estado en esta misma posición sólo meses atrás.
Yorino no dijo nada mientras lo evaluaba, como un cazador determinando el valor de su presa. Inuyasha todavía tenía un corte en la barbilla de la hoja del hombre en la plaza de la aldea. Un fino goteo de sangre seca bajaba por su yugular. En el ardiente caos del asedio de la aldea, Yorino no había parecido distinto de uno de los demonios de la horda. Incluso ahora, con la luz de las antorchas a su espalda, sus ojos rasgados albergaban un brillo sobrenatural y las escamas que subían por su brazo y cuello brillaron. Yorino curvó su labio con desagrado ante Inuyasha, su lengua bífida pasó rápidamente entre sus dientes. Con un brusco tirón, Yorino se estiró, arrancó el cristal de su armadura y lo sostuvo delante de él.
Una intensa luz azul estalló desde dentro del cristal. Inuyasha se tragó un grito como si fuera gravilla en su garganta, hundiéndose lo más lejos posible de la cegadora luz sagrada. Un rugido tembló a través de los cimientos de la estancia, tan alto que Inuyasha aplanó las orejas contra su cráneo. De dentro del cristal, el fantasma de un dragón azul salió en espiral, casi demasiado grande como para contenerlo entre cuatro paredes. El dragón dio golpes mientras rodeaba la sala, hasta que sus vacíos ojos negros se entrecerraron mientras miraban a Inuyasha. El hanyou miró con furia al dragón, incluso mientras él mismo se sentía atacado hasta su centro por su apabullante energía. Con otro rugido que podría partirle la cabeza, el fantasma mutó y se condensó.
Cuando la luz desapareció, el señor Masao estaba de pie en la estancia. Corpóreo y real como las cadenas que ataban a Inuyasha a la pared. Parecía ocupar toda la sala con su presencia, cerniéndose sobre la figura de Inuyasha en el suelo con armadura completa. A su lado, tenía la geoda original de la Piedra Divina metida bajo el brazo, abierta y reluciendo en fractales donde habían sacado cristales pieza a pieza. Mirando fijamente a Inuyasha, liberó una brusca exhalación por la nariz.
—Entonces… es verdad.
Desde detrás de él, Yorino torció los labios en una sonrisa.
—Ahora lo ve, mi señor. Yo…
—Salga, capitán —le interrumpió Masao con una brusca orden.
Yorino titubeó. La expresión desapareció de su cara, reemplazada al instante con desesperanza y desesperación.
—Pero, mi señor…
Una ráfaga de viento y luz estalló de Masao, la cabeza del dragón se materializó encima de él y soltó un rugido ensordecedor. Masao permaneció impasible ante la fuerza de su propio alarde, quedándose mortalmente quieto mientras la bestia divina atronaba su furia.
—Sal-ga —dijo furioso.
Sin apartar los ojos del dragón, Yorino se limitó a asentir. Retrocedió lentamente de la estancia, casi tropezando con las cadenas de Inuyasha en su prisa por escapar. Se deslizó por la puerta, cerrándola de golpe tras él. Inuyasha tenía que admitir que era bastante satisfactorio ver al orgulloso samurái reducido a temblar acobardado mientras se escabullía. Sin embargo, no quedaba mucho en él en ese momento para sacar nada de alegría de ello. Con el dragón todavía flotando sobre su cabeza, translúcido y etéreo, Masao envainó su espada y se giró para mirar a Inuyasha. El completo silencio inundó la pequeña celda. Incluso cuando Inuyasha sintió el poder de la Piedra Divina mordiendo su propia energía, desangrando su yoki hasta dejarlo seco, se negó a apartar la mirada. Inuyasha le devolvió la mirada con furia al caudillo bajo su flequillo de ensangrentado pelo plateado.
Masao se enderezó, encontrando la mirada de ira de Inuyasha directamente.
—Fantasma blanco —dijo como si le estuviera saludando por primera vez.
Inuyasha no dijo nada. Sonrió, ladeando la cabeza con un encogimiento de hombros que agitó sus cadenas.
Los labios de Masao se retiraron en un gruñido.
—Entonces, eras tú, ¿verdad? Quien debilitaba mis territorios. Quien atacaba a mis hombres. Quien estuvo vivo todo este tiempo… No quería creerlo —dijo entre dientes. El dragón azotó la cola en respuesta a sus emociones, su largo cuerpo reptó por el aire—. ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo sobreviviste?
De nuevo, Inuyasha permaneció en silencio con la mandíbula fuertemente apretada mientras miraba fijamente al maníaco señor.
Su silencio sólo alimentó la ira de Masao.
—Fue la señorita Kagome, ¿no? La engañaste, la sedujiste para que te ayudase y, en cuanto ya no sirvió para tus propósitos, ¡la mataste! —gritó mientras el gruñido atronador del dragón resonaba por las paredes—. Bueno, hanyou… aunque no deseaba creer que hubieras sobrevivido, me he estado preparando. —Masao metió la mano en un pequeño morral atado a su cinturón, al lado del estuche de su munición. Del morral sacó una pequeña esfera, ni siquiera del tamaño de su palma. Estaba pulida hasta quedar lisa, pero el patrón de facetas brillando como espejos de dentro revelaba su procedencia: una Piedra Divina. Masao estiró la mano hacia el otro lado y sacó una pistola de marfil con llave de mecha. Con una sonrisa demente, desatándosele el pelo de su amarre y cayendo en mechones despeinados sobre su rostro, Masao soltó la esfera en la boca de la pistola. Cayó hasta el fondo del cañón, el sonido fue como de piedra chocando contra arena.
Una bala preparada con un único propósito.
—Ahora lo ves, ¿no? —dijo Masao, su voz era casi un ronroneo mientras inspeccionaba la pistola—. Siempre fuiste tú, Inuyasha. Desde el principio, siempre has sido tú. Tú has sido lo único que se interponía en mi camino tras todos estos años. Desde el día en que conociste a la hermana de Kaede y la llevaste a la ruina, has sido un heraldo de muerte e infortunio. Y ahora le voy a poner fin a eso. Ruego que tus ejércitos vengan mañana en tu rescate. Los míos estarán allí para recibirlos y yo al fin seré libre para limpiar este país. —Como Inuyasha de nuevo no respondió, Masao gruñó, arrodillándose a su nivel e inclinándose hacia su cara—. ¿Y bien? ¿No tienes nada que decir?
Inuyasha le escupió en la cara. Masao retrocedió con asco, limpiándose la sangrienta saliva de la mejilla con la manga antes de atacar con un rugido y aporrear a Inuyasha en la sien con el borde de la pistola. Tragándose un gruñido de dolor, Inuyasha se recuperó, sólo para descubrir la fría boca de la pistola apretada bajo su barbilla. El dedo de Masao se cernió sobre el gatillo. Un disparo y era el fin, pero lo único que podía hacer Inuyasha era intimidar a Masao con la mirada. Una sonrisa sangró lentamente en su rostro mientras la sangre goteaba desde su frente. Los ojos de Masao destellaron con la fría luz azul que centelleaba desde el cañón de la pistola. Los de Inuyasha reflejaban la luz de las antorchas que brillaban a través de la ventana de la celda.
El espejismo del dragón azul se desvaneció. Masao apartó de golpe el arma de la barbilla de Inuyasha. Poniéndose de pie, le dio una patada en el pecho para asegurarse, observando con satisfacción cómo el aire salía rápidamente de los pulmones de Inuyasha. Inuyasha se dobló sobre sí mismo, tosiendo y aferrándose el pecho. Girando sobre sus talones, Masao salió por la puerta de la celda. Evidentemente, había decidido que no valía la pena matarlo sin público. Inuyasha, con una suerte de humor amargo, no podía decidir si debía sentirse halagado u ofendido.
Mientras recuperaba lentamente el aliento, Inuyasha se incorporó y retomó su posición, recostado contra la pared de la celda. La oscuridad regresó y, con ella, el silencio. Le quedaban horas hasta su ejecución al alba. Inuyasha dejó caer la cabeza hacia atrás, encontrando una forma de alivio para su martilleante cabeza contra la fría piedra. Probablemente debería haber estado más ansioso de lo que estaba. Sin embargo, no era realmente capaz de sentir miedo. Ya había fijado su destino en cuanto empujó a Kagome por aquella cascada… el momento en que se había dado cuenta de tres cosas:
De que lo iban a capturar.
De que no podía permitir que Masao supiera lo de su Piedra Divina.
Y, por último, de que Kagome no iba a abandonarlo.
Entendería su plan, eso era seguro. Aquella mujer era más inteligente que nada y lo bastante astuta como para ver a través de su argucia. Y, aunque no lo hiciera… o incluso si lo entendía, pero no podía hacerlo, tendría su Piedra Divina. Estaría a salvo. Y con solamente ese consuelo, Inuyasha se contentó con esperar al alba.
El brillo de la barrera guio a Kagome a través del bosque como un faro. Cuando había emergido de la cueva, su luz había sido apenas un destello entre los árboles. Incluso si Takuya no le hubiera dicho que fuera a casa de Miroku y Sango para ponerse a salvo, puede que hubiera sido capaz de encontrar el camino solamente por su luz. Con Jun y Kei siguiéndola a cada lado, Kagome avanzó por el oscuro bosque hasta que hubo llegado al pequeño claro en el borde del bosque. El acogedor hogar estaba situado en lo alto de su pequeña colina con las vistas a la aldea de más abajo interrumpidas por algunos árboles. Los talismanes brillaban en los árboles que rodeaban la casa, proyectando una barrera violeta alrededor del claro. Había algunas pruebas de que soldados habían intentado forzar la entrada: pisadas en el suelo en la hierba dividida, trozos de barro y los árboles donde habían lanzado espadas y habían rebotado, pero para cuando llegó Kagome, estaba siniestramente en silencio.
Docenas y docenas de aldeanos estaban aglomerados dentro de la barrera. Ocupaban la casa, esparciéndose por la hierba que la rodeaba hasta que habían ocupado prácticamente todo el claro. Algunos estaban heridos; muchos, consternados y lamentándose por los seres queridos perdidos y la destrucción de sus hogares. Aquellos en el borde de la barrera se encogieron de miedo cuando ella se acercó, recelosos de la recién llegada. Fue sólo cuando salió de la sombra del bosque que la reconocieron. Sus voces estaban amortiguadas por la barrera, pero al menos pudo discernir que estaban diciendo su nombre con claro asombro y alivio.
Kagome juntó las cejas mientras miraba por encima de la barrera. Levantó la mano, no muy segura de si funcionaría, pero moviéndose por instinto, y la presionó contra la barrera. Cerrando los ojos, vertió su concentración en su mano. Una pequeña zona de la barrera empezó a flaquear, su luz disminuyó sólo ligeramente. Kagome la atravesó con facilidad y la barrera se cerró una vez más tras ella.
—¡Señorita Kagome! ¡Pensamos que la habían matado! —gritó una mujer a su lado.
Kagome no supo cómo responder. Su mirada viajó por los aldeanos. Refugiados de una guerra a la que al principio le habían dado la bienvenida en la puerta de sus casas. Ahora estaban apiñados por seguridad, aferrando con fuerza a sus familias. Kagome bajó la mirada a la mujer y ofreció una débil sonrisa antes de continuar hacia la casa. Apenas había sitio para estar de pie, pero los aldeanos se desplazaron y se movieron para abrirle un camino, los perros la siguieron trotando por detrás. Subió al porche que rodeaba la casa e hizo a un lado la puerta shoji. Habían apoyado su arco sagrado y su carcaj con flechas contra ella, y cayeron cuando la puerta se movió. Kagome se detuvo, fijando la vista en sus armas por un momento antes de levantar la mirada. Le llevó un momento distinguirlos entre la multitud, pero en cuanto entró, localizó a Sango levantándose sobre el resto. Había estado sentada con Miroku y los niños lo más cerca posible del fuego de la habitación principal. Miroku detuvo su plegaria y levantó la vista hacia Kagome con desbordante alivio.
Sango casi tropezó en su prisa por llegar hasta Kagome, aferrando a Hinata con fuerza contra su pecho. Pasando sobre los aldeanos resguardados en su hogar, lanzó su brazo libre alrededor de su amiga, abrazando a su hija a su costado.
—¡Kagome! —gritó—. Gracias a los Dioses que estás a salvo. ¿Dónde están Rin y Takuya? Fueron a buscart…
—Rin huyó —dijo Kagome—. Takuya fue tras ella, están bien… —Incluso su voz no sonaba como la suya propia, baja y suave. Kagome casi sintió que no le pertenecía, como si estuviera caminando en un cuerpo prestado. Apartó la idea de su cabeza.
Miroku se puso lentamente en pie, gruñendo mientras enderezaba la espalda. Todavía le dolía, sus latigazos formaban costras y cicatrices a lo largo de cada centímetro de piel que bajaba por su columna. Aun así, a pesar de que se movió con cuidado, se unió a ellas en la entrada y le dio un abrazo a Kagome.
—Solucionaremos esto, Kagome —prometió—. Te lo juro, no dejaremos que le pase nada a Inuyasha.
Aunque Kagome había correspondido al abrazo, sus brazos cayeron a sus costados ante las palabras del monje. Su mirada fue rápidamente hacia Hinata, que dormía pacíficamente en la tensa noche, antes de dirigirla hacia Mamoru y las gemelas junto al fuego.
—Lo sé… —murmuró—. Pero… yo no dejaré que le pase nada a él. No puedo dejar que los dos arriesguéis vuestras vidas en esto cuando hay tanto en juego.
Miroku y Sango intercambiaron una intensa mirada.
—Kagome… —empezó Miroku.
Kagome negó con la cabeza. Encorvándose hacia el suelo, recogió su arco y flechas del suelo. Cuando se incorporó, se colgó el carcaj del hombro. Toda la aldea tenía sus ojos sobre ella, desde aquellos reunidos dentro de la casa, a todos los que estaban fuera en el claro, bañados por una luz violeta. Kagome cerró los ojos, tomando una completa inhalación.
—Lo siento… —dijo, proyectando la voz lo suficientemente alto para que la oyeran todos. Kagome se giró y salió al porche—. Les he fallado. —Su concentración se enfocó en la aldea de más allá, donde una vez estuvo el templo detrás de su hogar. La luz de la luna, descolorida tras las nubes reunidas, apenas destelló contra las dos lápidas que allí había. Kagome cuadró los hombros y empezó a alejarse—. Pero ahora hay algo que tengo que hacer.
De nuevo, los aldeanos le abrieron paso, y Jun y Kei caminaron pisándole los talones.
Miroku salió corriendo al porche tras ella, tropezando y haciendo muecas por el dolor.
—¡Espera, Kagome! —llamó—. No deberías volver allí, es demasiado pel…
Kagome atravesó la barrera, su brillo se movió y se reformó a su alrededor.
Llovía cuando Kagome llegó a la aldea. Se habían apagado todos los incendios, dejando el ambiente enfermizamente dulce y pesado con humo y carbón. Cabañas en ruinas se alineaban en su camino, aquellas que seguían en pie estaban llenas de aldeanos que habían sido perdonados… y aquellos que no habían sido tan afortunados. Kagome caminó entre la destrucción, sintiéndose ella misma más como un fantasma mientras seguía el sinuoso camino. Jun y Kei andaban por delante de ella, desapareciendo entre casas y cruzando el sendero por delante, olfateando el camino y manteniéndose en guardia por si había peligro. Cuando Kagome pasó por la plaza de la aldea, sus ojos se vieron atraídos hacia un trozo de pergamino que habían clavado a un poste colocado en el centro.
Por orden del señor Masao del clan Takeda, se le dará muerte al hanyou Inuyasha al alba.
Kagome apenas pudo leer el papel. La lluvia estaba empapando el pergamino y haciendo que se corriese la tinta. En instantes, fue demasiado pesado como para mantenerse alzado y se rasgó por el medio desde el clavo y cayó al suelo. Kagome pisó el papel mientras seguía por su camino.
La lluvia había aumentado a una caída constante para cuando Kagome había subido los peldaños hasta los restos del templo. La propia pagoda del templo se había alzado hasta el suelo, sus contenidos saqueados y destruidos. Dos tumbas, no obstante, permanecían indemnes. Kagome se deslizó el carcaj de su hombro y dejó el arco en el suelo. Se tomó su tiempo con sus movimientos, pausada por la lluvia. Ya había empapado completamente su ropa, su pelo, reluciendo en sus mejillas.
Descendiendo al suelo, Kagome se sentó de rodillas ante la tumba de Kikyo y dejó que la lluvia cayese en cascada sobre ella. Con las manos relajadas en su regazo, inclinó la cabeza y cerró los ojos. El golpeteo de la lluvia en la piedra y el bajo estruendo distante del trueno resonó a su alrededor. Lentamente, las voces de cien mujeres cantando todas en diferentes melodías sin palabras, pero todas armonizando a la misma inquietante canción, resonaron en la cabeza de Kagome. No era un sonido físico, pero podía sentirlas. Podía sentir a cada una de ellas, todas las vidas que había vivido y las que todavía no habían nacido. Cientos de mujeres y podía sentirlas a todas en su alma, tan reales como la fría gota de lluvia que se deslizaba por su nuca.
—Kagome, Kagome. Un pájaro enjaulado que nunca podrá salir…
Las palabras fueron y vinieron, desapareciendo en el mar de voces y melodías en contraste. Kagome levantó la cabeza y abrió los ojos. En el reflejo de la pulida lápida, Kikyo le devolvía la mirada. La difunta sacerdotisa estaba sentada en la misma posición y, en un momento de pasada, Kagome podría haberla confundido con su propio reflejo… en ciertos sentidos, se dio cuenta, lo era. Sin embargo, estaba aquella profunda tristeza en sus ojos irradiando desde dentro del espejo que Kagome reconoció al instante.
—Bueno —empezó Kikyo—. Ahora lo entiendes.
Kagome exhaló.
—Sí, eso creo.
Desde dentro del reflejo, Kikyo negó con la cabeza.
—Farolillos parpadeantes… —se burló—. Sólo era una niña cuando inventé esa canción. Nunca le di mayor importancia, sólo eran palabras, no significaba nada. Nunca pensé que Kaede fuera a recordarla, pero siempre le gustaron las canciones de amor como esa… No tenía ni idea de lo que llegaría a significar. —Cuando mencionó la canción, el silencioso coro se combinó en la melodía y volvió a apagarse del mismo modo.
—Creo… —Kagome se mordió el labio inferior—. Creo que había una parte de nosotras que lo sabía. Estábamos intentando dejar un mensaje para nosotras mismas. Simplemente me llevó demasiado tiempo darme cuenta.
Las dos sacerdotisas, reflejos la una de la otra, se quedaron sentadas en silencio mientras la lluvia seguía cayendo.
—Sabes que vas a morir —murmuró Kikyo.
Kagome suspiró, hundiendo los hombros. La lluvia aplastaba la tela de su kimono contra su piel.
—Todo el mundo muere —contestó—. No sé cómo, o cuándo, pero… sí, lo sé. Supongo que esto siempre ha sido inevitable…
El rostro de Kikyo se torció con dolor, una recelosa agonía que se hundió más hacia dentro de lo que podría alcanzar su tristeza.
—¡No es justo! —soltó.
Kagome se dio cuenta de algo en ese momento. Fue una única idea, pero una que le llegó al centro. Ahora era más mayor de lo que nunca lo fue Kikyo. En todos los sentidos, ella era el alma más vieja, pero aquí en esta vida, en este cuerpo físico… Kikyo era la chica más joven. Era rencorosa y estaba herida y molesta con la mano que les habían repartido. Kagome no quería nada más que alcanzarla a través del pasado, consolarla. Pero, tal como estaba, no podía. Kagome se tomó su ira con calma, incluso mientras ella la sentía emitida desde algún lugar profundo dentro de su propia alma. Levantó la cabeza hacia el cielo. Aunque no podía ver la luna, Kagome sabía que estaba allí, en algún lugar detrás del velo de nubes negras. La luna estaba allí, siempre cambiando, pero siempre volviendo igualmente en un ciclo infinito.
—No —suspiró Kagome con una sonrisa afligida mientras le devolvía la mirada a su reflejo—. No, realmente no lo es. Pero ambas sabemos que lo haremos mil veces más si eso significa que conseguiremos verle a él otra vez. Y ese es todo el tema, ¿no?
Kikyo no respondió. No lo necesitaba. Ambas ya conocían la respuesta. Cuando su imagen desapareció y se transformó, el propio reflejo auténtico de Kagome empezó a ocupar su lugar, su imaginación tiró de ella de vuelta a la realidad. Sin embargo, cuando el coro de voces empezó a desaparecer junto con él, quedó una melodía.
—La grulla y la tortuga tropiezan sin fin…
En el reflejo de la lápida, la imagen de una pequeña con un parche tapándole el ojo apareció justo unos metros por detrás.
—¿Quién está detrás de ti…?
Kagome dio un grito de asombro, girando la cabeza para buscar a la niña. No había nadie allí.
Nota de la traductora: El capítulo llega un poco más tarde de lo que me gustaría, pero aquí está. Ah, y probablemente la semana que viene también actualice el lunes. Espero que no os importe mucho.
En otro orden de cosas, si os gustó Ni se imaginan, acabo de empezar a publicar un minific de tres capítulos de la misma autora que se titula Influencia, por si le queréis dar también una oportunidad.
Mil gracias por los comentarios, en serio. Sin ellos, estoy plenamente segura de que no habríamos llegado hasta aquí tan rápido.
¡Hasta pronto!
