Con delicadeza, Louis vertió el agua caliente en la tetera, traspasando la criba repleta de las hierbas que con tanto esmero había seleccionado.
Desde niño, siempre había tenido talento para los aromas y los sabores, hasta el punto de que podía distinguir fácilmente las variedades de menta y lavanda que su jardinero les traía desde los más lejanos puntos del mundo. Por eso, pronto empezó a experimentar combinando unas hojas con otras, agregando alguna semilla molida y quizás una vaina de vainilla. El objetivo de todos estos intentos, claro, era crear el mejor té para su querido hermano, uno que no pudiera conseguir en ningún otro lugar y que le resultara tan delicioso que pudiera estar a la altura de su amor por él.
William, en efecto, le había repetido hasta el cansancio que sus infusiones eran sus favoritas y que a menudo no necesitaba más que eso para olvidar el agotamiento y las tensiones del día. Compartir un momento en torno a las humeantes tazas se convirtió en un ritual, el mayor tesoro de la rutina de Louis.
Tal era así que incluso ahora, cuando el príncipe era requerido en todas partes y apenas si contaba con unas horas para dormir, nunca olvidaba reservarse al menos veinte minutos diarios para su precioso té.
Pasados los cinco minutos indispensables, Louis alzó la tetera y derramó su dulce líquido en tres pequeñas y delicadas tazas. En esta ocasión, como en muchas otras, los acompañaba el coronel Moran, pues además de guardia personal se había convertido en amigo de ambos.
Tras tomar su correspondiente taza y dar el primer sorbo, Moran retomó la conversación que tenían desde hacía un buen rato.
—No puedo trabajar con ese Bond, no me gusta. Hace comentarios inapropiados y nunca intenta detener a Holmes cuando este planea alguna acción arriesgada. Nuestra misión como guardias es proteger a nuestro señor, aunque sea de sí mismo, y Holmes siempre necesita que lo protejan de sí mismo. Ese Bond es un entrometido y un arribista, ha salido de la nada y de pronto se pavonea alrededor del príncipe como si hubiese atendido en la casa real desde que era un bebé.
El hombre apenas era consciente de que había largado sus quejas en un chorro continuado, como lava escupida por un volcán. Ante eso, William se cubrió con la mano para disimular una risita infantil, que no hablaba de burla sino simplemente del cariño casi paternal que sentía por su empleado.
—Así que esa es tu opinión, querido Moran… —dijo luego de un momento—. La tendré en cuenta, como siempre tengo en cuenta todo lo que dices. Sin embargo, como sin dudas comprenderás, tengo mis motivos para haberlo elegido y me gustaría que confiaras en mi criterio.
—Tal vez sea valiente y fuerte, cualidades indispensables en un guardia —concedió Louis, sentándose en uno de los sillones con su propia taza—, pero Moran tiene razón en que es un entrometido y no cuida lo que dice. Cuando lo conocimos, en aquel baile que dio el conde de Derby, fue bastante atrevido con nosotros.
—¿Ah, sí? ¿Qué hizo el pobre Bond que fue tan terrible? —preguntó el príncipe con fingida curiosidad.
Entonces, Louis se calló por un momento. En verdad, esa vez él y Moran estaban juzgando a Holmes y esa parte de los hechos no los dejaba muy bien parados. Con vergüenza, debió reformular la charla en su mente para encontrar un modo decente de compartirla.
—Nos mandó a enamorarnos, como esas muchachas que creen que todo se solucionará cuando se casen. Y encima aclaró que el amor estaba "muy cerca", como culpándonos por no haberlo encontrado ya.
Esta vez, el príncipe rio con mucha más claridad.
—Bond puede haber sido algo atrevido, como dices, hermanito, pero sus palabras podrían encerrar más sabiduría de lo que piensas.
—No lo creo, habla puras tonterías ese chico —insistió Moran, incómodo.
En cambio, Louis reflexionó unos instantes sobre la reacción de William. Él siempre tenía buenas razones para decir lo que decía.
—De todos modos… —murmuró, por fin—, no creo si quiera que pudiera reconocer si me enamorara alguna vez. No me ha pasado nunca ni es un tema al que suela prestar atención.
Eso sorprendió un poco al príncipe.
—Bueno, eso es otro asunto… si crees que no podrías reconocerlo, es cuestión de aprender a hacerlo. Amar no es obligatorio, pero sería muy triste si te enamoraras y no pudieras disfrutarlo por no saber de qué se trata.
—Y tú… ¿cómo supiste que sentías algo por Holmes?
—Hay muchos elementos a tener en cuenta. En ocasiones, uno tan solo lo sabe, ve a la persona y lo sabe. Pero es posible analizar la situación para comprenderla racionalmente. Lo primero que puede hacerse es identificar características e intereses en común… Veamos, ¿cuáles son sus intereses?
Sin pensarlo, tanto Louis como Morán respondieron a la vez:
—Tú.
De inmediato, se miraron, sonrojados por la absurda coincidencia. William sonrió, negando suave con la cabeza.
—Traten de pensar en quién les hace sentir bien, con quién sienten que podrían pasar años sin aburrirse… —Y, al ver que ambos lo miraban con firmeza, agregó—: además de mí.
Un golpe a la puerta los distrajo. Un mayordomo venía a dar aviso de que el coche que el príncipe había solicitado ya estaba listo, por lo que podrían partir cuando lo desease. Esa era la señal de que el breve recreo tomando té había terminado. William debía atender a reuniones, inaugurar una escuela —una de las tantas construidas por la familia Holmes— y recibir una comitiva extranjera. Incluso aunque saliera corriendo inmediatamente, era difícil imaginar cómo podría resolver todo eso en un solo día. Aun así, Louis hubiera querido retenerlo al menos unos minutos más. A pesar de que la conversación había derivado en temas que le resultaban tan ajenos y embarazosos, escuchar a su hermano siempre iluminaba hasta las cuestiones más triviales y estaba seguro de que pasaría días dándole vueltas a sus consejos.
En efecto, cuando ya había pasado una semana entera desde aquello, Louis se encontraba nuevamente dedicándole un pensamiento a la posibilidad de enamorarse. Estaba en su cuarto, cuidando sus plantas de interior, mientras trataba de armar una lista mental con los que consideraba sus principales intereses y valores: la justicia, la valentía, el esfuerzo… sí, le gustaba la naturaleza y le gustaba preparar té y otras cosas similares, pero a William le gustaba vestir bien y amaba a Holmes, quien al parecer no sabía cerrarse el botón superior de la camisa y nunca había oído el concepto "corbata"; lo que ellos compartían eran sus valores y su visión de mundo, su deseo de mejorar esta sociedad y su disposición a luchar para conseguirlo. Y eso es lo que también Louis buscaría en un compañero o compañera de vida, alguien que fuera capaz de sacrificarse por un bien mayor y que diera cada uno de sus pasos en la dirección de sus sueños.
Recordó el modo en que Moran y él habían respondido a un tiempo la pregunta de William. Ahh… ¡se sentía confundido! Era evidente que tenía mucho en común con Moran, en verdad tenían las mismas aspiraciones y la misma convicción. Y se encontraba muy cómodo en su presencia, muy a gusto… pero eso ¡no quería decir nada! ¿O sí?
Lo cierto era que él siempre había sospechado que Moran podría estar enamorado de su hermano. Él era el representante máximo de la justicia, la valentía y el esfuerzo. Sí, sería lo esperable que Moran, pasando tanto tiempo con él, se hubiera enamorado. Porque, ¿quién podría enamorarse de Louis mientras existiera una luz tan poderosa como lo era William?
Atormentado por estas ideas, caminó en círculos, intentado aclararse. Un ruido proveniente del exterior lo sacó de estas cavilaciones. Se aproximó a la ventana para descubrir de qué se trataba.
Al parecer, acababa de llegar al palacio el discreto carruaje que William y Holmes solían utilizar para dar sus paseos dominicales. Lo más probable era que ahora se dirigieran a la biblioteca real, no solo porque el amor de ambos por la lectura era uno de esos gustos que los unía a los que se había referido su hermano, sino también porque allí había unos cuantos ejemplares antiguos, únicos y a menudo prohibidos, por lo que Holmes se estaba dando un festín al tener por fin acceso a ellos.
Detrás de los jóvenes, Louis identificó a sus respectivos guardias, Moran y Bond. Caminaban tranquilos, vigilantes pero también con cierto gesto de familiaridad, como si se sintieran en buena compañía. Además, estaban bastante cerca uno del otro, mucho más de lo que Louis consideraba necesario. Sin dudas, se trataba de la mala influencia del rubio, que desconcentraba a Moran y lo inclinaba a relajarse cuando en realidad deberían estar muy atentos en sus funciones.
Entonces, una idea atravesó súbitamente su mente. ¿Acaso no había sido Bond quien estaba "cerca" cuando dijo aquello sobre buscar el amor sin ir demasiado lejos? ¿No habría estado… refiriéndose a él mismo? Se llevó una mano al rostro, avergonzado. ¿Cómo no lo había visto? Nada de esa charla había sido sobre él… Bond solo quería ligar con Moran, que, por otro lado, era un hombre apuesto, fuerte e inteligente, por lo que no tenía nada de raro que el recién llegado se hubiera interesado en él. Sí, ahora lo veía claro por fin. Esos dos debían de estar coqueteándose.
Cerró un puño, enfadado.
"Un momento, estoy…", pensó, sorprendido, "¿estoy celoso?".
Este descubrimiento solo profundizó su ya de por sí terrible pesar.
Notas: gracias a quienes siguen esta historia y dejan comentarios, ¡los aprecio muchísimo!
