Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling. La historia es de Inadaze22

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Capítulo veinticuatro: Todos somos iguales de la cabeza a los pies

Primera parte: Café

23 de marzo

La lluvia caía sobre los ocho asistentes al entierro de Lucius Malfoy y, para Draco, el tiempo pareció ralentizarse y luego detener todo a su alrededor.

Cuando muera

Llora un poco por mí

Piensa en mí a veces

Pero no demasiado

Mientras el oficiante continuaba leyendo el poema, Draco miró fijamente el ataúd de su padre.

Una extraña sensación lo estaba sofocando mientras, empujaba todo, tanto externo como interno. Esa sensación siempre lo encontraba, lo rodeaba, lo envolvía y lo atrapaba. Al principio siempre luchaba contra ella, pero luego se rendía.

Cambió.

Su vida estaba cambiando y antes de que pudiera evitarlo, comprenderlo o incluso intentar resistirlo; estaba allí. Sus pensamientos daban vueltas y vueltas; lo desconcertaban y lo agitaban; lo sofocaban y lo ataban a la realidad… A lo externo. Draco, en ese momento, no quería nada más que escapar. No importaba que su interior estuviera confuso. De todos modos, todo era confuso; demasiado para que él se orientara.

¿Y qué demonios se suponía que debía hacer? Qué podía… Draco cerró los ojos al sentir otra punzada de incomodidad en su pecho mientras la lluvia caía. Estaban empeorando a medida que su cuerpo se familiarizaba con ellos. Los dolores de la pérdida. De la culpa. De la ira. Realización. El despertar. Dolía. Simplemente todo dolía. Y dolía cambiar. Cómo diablos Granger había vivido así, no lo sabía.

Pero luego, se acabó. Sus músculos se relajaron, sus dedos se aflojaron y pudo respirar de nuevo.

Y así lo hizo, pero sabía que nada duraba para siempre.

Draco abrió los ojos y miró fijamente.

Piensa en mí de vez en cuando

Como fui en vida

En los momentos agradables recordar

Pero no por mucho

Y luego volvió y lo golpeó con fuerza. No podía respirar, no podía hablar.

Era bueno para ocultar, fingir y engañar al mundo. Pero todo lo que estaba haciendo era engañarse a sí mismo. Era un gran actor, y por eso siempre estaba cansado y nunca dormía. Siempre alerta. Nunca distraído. Su boca se movía sin que sus oídos escucharan. Sus ojos buscaban sin que su mente viera. Draco estaba mareado y listo para salir del escenario porque lo estaba enfermando.

Esa parte de su vida terminó porque él había cambiado.

Draco entendía que la vida podía verse afectada por los vivos, pero lo que estaba empezando a comprender era que la vida también podía verse afectada por los muertos. No sabía exactamente cómo afrontarlo. Tampoco había tenido tiempo para manejarlo.

Cuando se supo la noticia de la muerte de su Lucius Malfoy a las 6:14 am del 19 de marzo, Draco estaba mirando por la ventana mientras una multitud de búhos descendía sobre su casa. La mano de Granger estaba firmemente apretada en la suya. Ella murmuró algo, lo apartó de la ventana y lo condujo a la cocina, donde lo aguardaba una creciente pila de cartas. Granger, aturdida, sacó golosinas para los búhos mientras Draco miraba sin comprender las cartas que cubrían la mesa y el piso de su cocina.

En ese momento, se había dado cuenta de que, de nuevo, no había estado tan preparado para los medios, la cámara o la fanfarria psicótica, como alguna vez pensó.

Y su mundo había sido gris desde entonces.

La noticia de la muerte de su padre fue recibida con sentimientos encontrados. Parecía que un segmento del mundo mágico solo lo había visto como un ex Mortífago y, en consecuencia, estaban contentos de que se hubiera convertido en "comida de gusanos". Habían enviado vociferadores y correo basura a los Malfoy restantes. A otra parte, simplemente no le importó y no enviaron nada. Pero muchos lo habían visto como un hombre que había pagado su deuda con la sociedad. Por ello habían enviado sus condolencias a la esposa y al hijo que había dejado atrás.

Déjame en paz

Y te dejo en paz

Y mientras vivas

Deja que tus pensamientos estén con los vivos...

Draco volvió a abrir los ojos.

El dolor comenzó de nuevo tan pronto como el oficiante pronunció la última palabra. Vivos.

El oficiante agitó su varita y envió rayos de lo que parecían ser luces blancas al cielo gris para simbolizar la muerte. Draco estaba extrañamente consciente de todo lo que lo rodeaba: los suaves sollozos de su madre desde su izquierda, los estornudos del tío Arcturus desde atrás, los murmullos aburridos de sus otros dos tíos, las palabras duras, pero tranquilas de Blaise hacia sus tíos, los susurros tranquilizadores de Pansy para su madre, los pies de Granger moviéndose y la fuerte lluvia que lo golpeaba porque el hechizo de protección estaba defectuoso.

Todos habían puesto sus propios hechizos de protección para mantenerse secos, pero Draco no se había molestado.

Granger tampoco.

"Te iras a casa esta noche, al que será tu hogar de invierno, de otoño, de primavera y de verano; te vas a casa esta noche, al que será tu hogar duradero, a tu lecho eterno, a tu sueño profundo..."

El oficiante tenía su varita apuntando al ataúd que levitaba y este comenzó a descender lentamente hacia el suelo. Su madre dejó escapar un sollozo porque sabía lo que significaban esas palabras. Había comenzado a decir las "Bendiciones para la Liberación del Alma" y Draco lo miró fijamente. Estaban enterrando a su padre, y ese sería el final. El cambio estaría completo.

¿Y a dónde iría desde allí?

Mientras pronunciaban las palabras, por primera vez en cuatro días, su mundo gris se volvió de repente una mancha de colores. No duró. Los colores, en cambio, se derritieron como pintura; simplemente se deslizaron; sin fricción y sin resistencia. Su mundo, que alguna vez fue colorido, ahora era de varios tonos de gris y eso a Draco no parecía importarle mientras metía las manos en los bolsillos de su larga capa.

Desde la distancia, era como una escena de una vieja película en blanco y negro. Era una escena de entierro estereotipada con una viuda llorando, un hijo en conflicto, amigos y familiares inquietos, algunos de los cuales se alegraron de ver el final. Mientras el oficiante bendecía, la tormenta se intensificó. Lo que había comenzado como una lluvia suave se había convertido en una tormenta. Draco sintió la magia en el aire, la sintió fluir a través de él, pero hizo poco por calmarlo.

Nubes oscuras se alzaban en el cielo, moviéndose con tanta ferocidad que hizo que sus tíos miraran nerviosos hacia arriba. Un rayo iluminó el cielo, pero Draco mantuvo los ojos fijos en la escena frente a él.

"... Un sueño de siete alegrías sobre ti, querido. Un sueño de siete durmientes sobre ti, querido. Duerme, oh, duerme en silencio y quietud, duerme, oh, duerme en el camino, duerme, oh, duerme en el amor de todos..."

La lluvia caía cada vez más fuerte, cada gota se deslizaba por el blanquecino rostro de Draco. No importaba. El ataúd estaba ahora fuera de su vista y sintió otra punzada en el pecho.

"... Has sido llamado desde el lugar que será tu morada; después de tanto tiempo, de los deberes, de las separaciones. Que los benditos preceptores del alma te guíen, que los espíritus de ayuda te guíen, que el Recolector de Almas te llame, que el camino de regreso a casa se eleve bajo tus pies y te lleve alegre a su casa..."

Se apretó la capa alrededor de su cuello, tratando de evitar que el calor se escapara de su cuerpo. Sus manos, ahora fuera de los bolsillos, descansaban a su lado, frías e inmóviles. Casi miró a la izquierda, pero la imagen de su madre era demasiado. Primero miró a Blaise, luego a Pansy. Los colores no estaban. Ella dijo algo, pero él no comprendió. Sus ojos volvieron a lo que tenía ante él. Gris. La vida era gris. Y no importa lo fuerte que lloviera; nada podría limpiarlo.

Unos dedos rozaron los suyos tan ligeramente que pensó que había sido producto de su imaginación, pero no lo fue. Regresaron, vacilantes, pero no se fueron. No apartó los ojos del suelo para ver al culpable. Él ya lo sabía. Conocía sus manos. No entrelazó sus dedos ni se movió; ella solo proporcionó el contacto inicial. Palma contra palma, sus dedos mojados se alinearon. Sus manos eran mucho más pequeñas que las de él, pero no la apartó, sin importar cuántas veces había considerado la idea.

Estaba demasiado cansado para luchar contra esos dedos, manos o brazos. Estaba demasiado cansado para luchar contra ella.

Cuando ella entrelazó sus dedos y los apretó, Draco se acercó a Granger.

Para su confusión inicial, encontró sus ojos cafés, mirándolo fijamente. Café.

Su mundo había sido gris durante cuatro días, ella había sido gris, pero ahora…

No había tenido la intención de decir tanto como dijo. Como todos los días desde que se conoció la noticia de la muerte de su padre, había sido un día gris y agotador. Sus tíos habían sido implacables en su misión de convertir su vida en un infierno desde la lectura del testamento, su madre era un desastre lloroso, Blaise estaba demasiado callado, Pansy casi se había mudado a la Mansión Malfoy para cuidar de su madre y Granger no había salido de su casa desde esa noche excepto para alimentar a su gato.

Acababa de lidiar con la locura del funeral de su padre el día anterior, que se había convertido en un espectáculo público. Durante casi una hora, vio cómo extraños y familiares, que nunca antes había visto, mentían y hablaban sobre lo grandioso que fue su padre y cuanto lo extrañarían. Draco sabía con certeza que su padre no fue un buen hombre y que nadie más que su madre lo extrañaría.

Estaba atrapado en medio de una amarga batalla entre su cabeza y su corazón.

Padre había cometido muchos errores y tuvo terribles defectos, pero ¿no eran todos así? Él era humano. Se había dado cuenta de sus faltas e intento rectificarlas antes de ir a Azkaban, pero a veces las disculpas en cartas no eran suficientes. Pero fueron un buen comienzo... Y fue todo lo que tuvo para dominar su ira.

Una parte de él no quería asistir al entierro después del circo que había sido el funeral. Pero, entonces, Granger apareció poco después y le preguntó que cuándo estaría listo para irse. Ya había sido difícil asistir al funeral el día anterior, ¿y ahora ella quería que él se vistiera para el entierro?

No hizo falta decirlo. No fue difícil. Ni había hecho falta mucho para empujarlo al límite.

Y se fue.

Lo único que había demostrado al gritarle a Granger fue que no podía seguir como estaba. Hubo momentos en que Draco ni siquiera sabía quién era o qué representaba. Había estado atrapado en esa fachada durante tanto tiempo que había olvidado cómo era ser honesto con alguien.

La puerta de su dormitorio se abrió lentamente y Granger se paró en el umbral.

Pensé que te había dicho que te marcharas.

Bueno, estoy de vuelta.

¿Cómo pasaste las barreras de mi dormitorio? —sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco una vez que se dio cuenta de la respuesta a su propia pregunta—. Oh, cierto, eres Hermione Granger. Puedes hacer cualquier cosa.

Ella guardó la varita en su bolsillo.

Si estás tratando de empezar una discusión conmigo, haznos un favor y no lo hagas. Sé por lo que estás pasando.

Volvió la cabeza cuando ella se sentó a su lado.

Puede ser vital que uses esa máscara hasta que termine este lío con tus tíos, pero no tienes que usarla conmigo. Te he visto. De verdad te he visto... Y tú me has visto a mí. No tenemos nada que esconder el uno del otro.

Draco sabía exactamente lo que ella había querido decir. Esa mañana, cuando sus paredes se derrumbaron y se sorprendió al descubrir que en realidad se había equivocado con respecto a su padre… Ella había estado allí con él. No la miró cuando se levantó de la cama, se paró junto a la ventana y vio ese mundo gris. Draco estaba demasiado ocupado en su confusión como para notar que ella se había unido a él frente a la ventana.

Eso fue hasta que ella habló.

A Pansy le tomó cuatro horas sacarme del baño la mañana del funeral de Matthew. Fue absolutamente horrible. Ella pensó que estaba volviéndome loca, y tenía razón, pero no importaba. No tenía control sobre la realidad, ni siquiera veía a color.

Draco se quedó meditando esa última frase, pero no dijo nada.

El mundo era blanco y negro, ella me gritaba que saliera. Y me negué. Quiero decir, ¿cómo podía hacerlo? —hizo una pausa y él contempló su vida gris. Permaneció en silencio mientras ella hablaba—. Pansy terminó entrando y arrastrándome de los brazos. No hablamos de esa mañana.

¿Por qué no querías ir? —se escuchó preguntando, pero se sintió como si estuviera a un millón de millas de distancia.

No creí que pudiera manejarlo. Significaba que realmente se había ido, que no volvería y no podía aceptar eso —respiró hondo y continuó, su voz era ronca—. Se supone que los padres no deben sobrevivir a sus hijos. Simplemente, no lo está bien.

Parece que nos pasan cosas que no se supone que sucedan, ¿no, Granger?

Supongo que sí, pero quizás, al final, seremos mejores personas debido a los desafíos que hemos enfrentado y superado. Seguro que no se siente así ahora, pero... Tal vez.

La palabra se quedó en el aire. Tal vez.

Granger la había usado como una palabra de esperanza; de incertidumbre. Su vida estaba llena de tal vez. La mujer a su lado era definitivamente uno de esos, de una manera singular que él no quería reconocer.

Sé que es agotador.

Finalmente, la miró.

¿Qué cosa?

Utilizar esa máscara...

—¿Draco?

Y ella tenía razón. Era agotador. También le resultaba difícil mirarse en el espejo sin sentirse abrumado. La mañana en que se supo la noticia de la muerte de su padre, él le había admitido a Hermione, mientras estaban en el baño, que no se miraba al espejo. Se había olvidado admitir que no podía soportar, mirarse en el espejo y no verse a sí mismo. Solo veía a un extraño, alguien a quien conoció solo de pasada. Y odiaba el sentimiento de vacío, incertidumbre y confusión que le evocaba tal visión.

—¿Draco?

—¿Qué? —se tomó un momento para mirarla. Hermione estaba mojada por la lluvia y el mensaje fue claro como el día, incluso en su neblina.

—Está listo —con una mirada en dirección al ataúd, se dio cuenta de que, efectivamente, estaba hecho. El cambio estaba completo, pero él no se sentía diferente… O tal vez sí.

La lluvia había cesado, la tormenta se había calmado y la magia se había desintegrado en la atmósfera. Su mundo todavía tenía varios tonos de gris, pero el café le había dado la esperanza suficiente para saber que el gris no duraría. El oficiante se guardó la varita en el bolsillo, había aparecido un gran montón de tierra y sus dos tíos se fueron rápidamente a la mansión para preparar la cena y la reunión que Draco había estado temiendo.

Solo Arcturus se quedó atrás.

Asintió levemente hacia su sobrino.

Luego vio como su tío se acercaba a su madre y le daba una palmadita en el hombro, lo cual era una gran muestra de afecto en la familia Malfoy. Él susurró algo a lo que ella asintió y desapareció.

—Nos estamos preparando para volver a la mansión. La cena es en tres horas y todos quieren descansar un poco antes —Blaise les dijo.

Granger se le adelantó.

—Estaremos allí pronto, ¿de acuerdo?

Draco abrazó a su temblorosa madre, por lo que pareció una eternidad antes de que ella finalmente se alejara. No importaba que ella estuviera seca y él mojado. Ella fue un desastre durante el primer día, pero durante el tercer día, se calmó. Ella había hecho las paces con su realidad, y aunque le dolía, Draco sabía que ella estaría bien.

¿Lo haría él también?

Habían pasado cuatro días y todavía no estaba seguro de esa respuesta. Aún le quedaba mucho por descubrir. Narcissa besó la mejilla de su hijo, le dijo que lo amaba y volvió a besarle la mejilla. Vio cómo ella abrazaba a Granger. Luego Blaise tomó a Narcissa del brazo y los apareció a ambos en la mansión.

Pansy exhaló un gran suspiro y miró a su mejor amiga. Hubo un entendimiento entre ellas que lo dejó confundido hasta que Hermione miró a su alrededor… Y asintió. E incluso en su neblina gris, lo supo. Este fue el primer funeral al que Granger asistió desde el de su hijo. Sabía que ella no había querido ir al cementerio de la familia Malfoy, pero no había dicho una palabra.

Pansy agitó la mano frente a su rostro.

—¿Estás bien?

Solo asintió porque eso era todo lo que podía hacer.

Pronto, él y Granger estuvieron solos. Draco se dio cuenta de que él y Hermione todavía estaban tomados de la mano, luego ella lo soltó y le dio la espalda. Confundido, la vio acercarse al borde de la tumba. Ella no se acercó demasiado. Vacilante, Draco la siguió, curioso por lo que iba a hacer. Estaba a punto de hablar cuando ella abrió la mano y le mostró el puñado de tierra. Café.

Draco parpadeó dos veces, el color no cambió. Café. La miró a los ojos. Café. Él miró su cabello mojado. Café. Miró al cielo. Gris.

Suspiró internamente.

Ella dejó caer el puñado de tierra en la tumba, lo que lo confundió.

—¿Qué estás haciendo?

—Es una tradición funeraria muggle —respondió Hermione mientras se quitaba el polvo de las manos—. Es un símbolo de cierre. Tengo que admitir que, si bien es doloroso, quizás en última instancia proporcione una cura.

Granger le había dicho que el primer paso para la curación, según su terapeuta, era dejarlo ir. ¿Pero podría hacerlo? ¿Podía dejarlo todo? Bueno, aparentemente tenía que hacerlo, porque no quedaba nadie con quien estar enojado, aparte de él mismo. Y Draco estaba cansado de estar enojado consigo mismo, de ser muchas cosas y estaba agotado de estar cansado, así que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario… Draco volvió la cabeza cuando escuchó los crujidos de la aparición.

Los enterradores habían llegado para hacer su trabajo.

—Señor, si usted está…

Entierra tu resentimiento cuando me entierres.

—No —dijo en un susurro desorientado.

—¿Qué? —todos, incluida Hermione, corearon.

La voz de Draco fue fuerte y firme.

—Pueden irse todos.

—Pero —Hermione trató de razonar mientras los hombres estaban allí, boquiabiertos—. Están aquí para hacer su trabajo. Están aquí para enterrar...

—Sé, para lo que están aquí —estaba concentrado.

—Quizás si nos dieran algo de tiempo...

—Necesito que salgan de mi propiedad.

Entierra tu resentimiento cuando me entierres.

Los hombres confundidos se volvieron y todo lo que se escuchó fueron los pequeños sonidos de la aparición. Hermione estaba sorprendida por el arrebato, pero no dijo nada cuando Draco se quitó la capa de los hombros y se arremangó la camisa. Granger lo había convencido para que hiciera muchas cosas, pero no había palabras que pudiera usar para disuadirlo de sus planes.

Era lo único que podía hacer para comenzar el proceso de dejar ir todo lo que tenía atascado. Tenía una mirada de determinación en sus ojos mientras se giraba y caminaba hacia la montaña de tierra. Necesitaba hacer esto y no iba a utilizar magia. Eso sería demasiado fácil. No había otra opción, pero, ¿cómo podría? ¿Qué necesitaría?

—Necesitas una pala.

El cuello de Draco se movió bruscamente en su dirección, y allí estaba ella, con los dedos envueltos alrededor de una pala que era casi tan alta como ella. Después de evaluar la herramienta muggle, le quitó el extraño instrumento. Luego asintió más para sí mismo que para ella, caminó lentamente hacia el montículo de tierra junto a la tumba de su padre y el instinto se hizo cargo.

Hermione no le ofreció ayuda; ella simplemente se hizo a un lado y le permitió hacer lo que tenía que hacer en silencio. Draco se encontraba en conflicto; dividido entre pedirle que se quedara y decirle que se fuera. Pero su guerra mental con Granger tenía que quedar en un segundo plano.

Y ella se quedó.

Se sentó en la hierba, a solo dos metros de distancia. Ella no habló, no le preguntó si necesitaba ayuda y ni siquiera lo miró. Ella solo se quedó. Hubiera preferido caminar sobre brasas a admitir que su estancia había marcado la diferencia para él.

Durante más de una hora, Draco puso todo su empeño en enterrar su resentimiento, ira, dolor y disgusto; lo puso todo en llenar la tumba de su padre. Cuando metió la pala por primera vez en el montículo de tierra que había sido hechizada para permanecer seca, Draco puso tanta fuerza en el acto que la tierra café voló al cielo gris. Se detuvo, miró alrededor de su mundo gris, luego a la tierra café y continuó. Sus primeras paladas de tierra fueron desordenadas. Nubes de tierra se formaban en el aire cuando arrojaba al azar la tierra en la tumba.

Pero siguió adelante.

Era más duro de lo que parecía y pronto el sudor le corría por el rostro.

Entierra tu resentimiento cuando me entierres.

Quería odiar a su padre. Odiarlo por todo lo que le había escrito en esa carta y por todo lo que había hecho. Quería maldecirlo y agradecerle por decirle la verdad, incluso cuando fue demasiado tarde para que Draco hiciera algo para rectificar su comportamiento.

Draco agarró la pala con fuerza y la clavó en la ahora más pequeña pila de tierra. Se tomó un momento para limpiarse la frente con la manga de su camisa antes de continuar trabajando. Más que nada, quería resentir a Lucius por ser un mal padre, pero sabía que no sería el hombre que era hoy si no hubiera sido por él. Quería estar enojado con él por haberlos hecho pasar mal como familia, pero eso los había hecho más fuertes. Draco quería odiarlo por dejar esa inmensa presión sobre sus hombros en un momento de su vida en el que solo quería descubrir su lugar en el mundo, pero la responsabilidad lo había convertido en un hombre. Un hombre de verdad. Quería odiarlo por morir y hacerle experimentar el epítome de la melancolía, pero su tristeza lo hacía real.

Entierra tu resentimiento cuando me entierres.

Trabajó duro y con diligencia, tanto que le dolían los músculos y su mente gritaba que se detuviera, pero no lo hizo. Él tenía que hacerlo. Incluso si moría en el intento, estaba decidido a llenar el agujero, no solo el que estaba en el suelo, sino el agujero en su pecho… El que no se había dado cuenta de que estaba allí hasta ese momento.

Y, honestamente, no sabía si alguna vez estaría satisfecho con el papel que tuvo su padre en su pasado. Draco no sabía si alguna vez llegaría al punto en que pudiera aceptar que, al enseñarle todas las lecciones incorrectas, su padre le había enseñado también las cosas correctas.

Draco arrojó más tierra en el agujero.

Pero... Ahora tenía una visión diferente, algo de comprensión y un poco de perspicacia. Y ese era un buen comienzo. Y en eso él tenía el control. Su mundo había cambiado tanto en los últimos cuatro días que cualquier noción de control que pudiera lograr sobre sí mismo sería bienvenida. No podía cambiar su pasado, ni su presente, pero tal vez podría tener algún control sobre su futuro.

Draco empujó la pala hacia la pequeña pila de tierra.

Podía dejarlo ir, aceptarlo, lidiar con el cambio, liberarse de todo el resentimiento y la ira. Podía escuchar a su padre y enterrarlo. Realmente enterrar todo, porque podía decir muchas cosas, pero avanzar siempre había sido difícil para él. Aunque ahora podía hacerlo.

Se detuvo con la pala llena de tierra sobre la tumba, que ya estaba llena en tres cuartas partes. Volcó la pala, se secó el sudor de la frente y tomó una decisión.

Pasó otra media hora antes de que Draco se encontrara mirando la tumba lista de su padre, sintiéndose… No bien, pero tampoco mal. Estaba sudoroso y lleno de suciedad, sus manos estaban ampolladas, su cabeza palpitaba, su corazón golpeaba tan fuerte en su pecho que dolía, pero… Draco se sentía bien.

—¿Estás bien?

Miró a Granger, cuyas manos estaban agarrando el dobladillo de su túnica. Se veía completamente salvaje; su cabello estaba alborotado, estaba sonrojada y lo miraba con preocupación. Café. No podía apartar los ojos porque seguramente se estaba volviendo loco. Habían estado ahí durante horas; bien podría ser por el calor.

Draco cerró los ojos y volvió a abrirlos. Miró a su alrededor.

La pala cayó al suelo.

Todo seguía siendo gris… Y Hermione Granger estaba a color.

—¿Draco? —ella entrecerró los ojos.

—Estoy bien —dejó entrever su enfado, pero negó con la cabeza. No tenía ninguna razón para estar molesto con ella. No era culpa suya que ella estuviera a color. Culpó a su mente—. Necesito ir a casa y cambiarme antes de la reunión con mis tíos.

Con eso, agarró su capa y comenzó a alejarse de ella.

Necesitaba aclarar su mente. Tal vez, si él se alejaba de ella, pronto pasaría a segundo plano.

Pero Granger lo siguió. Escuchaba sus pasos apresurados mientras caminaba rápidamente por el cementerio privado de su familia. Sabía que podría haberse aparecido, pero no lo hizo. En cambio, caminó. Su paso era presuroso, pero caminar era mejor que responder las preguntas que atormentaban por su ya confundida mente.

Draco escuchaba sus pequeños jadeos, se detuvo a medio paso y se dio la vuelta. Granger no estaba preparada para su repentina parada y chocó contra su pecho. Al caer ella se hubiera roto la cabeza con una lápida, pero él la agarró por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo. Torpemente, Hermione se estrelló contra su pecho. Inmediatamente, Draco se sintió extraño y la soltó antes de que se estabilizara, por lo que cayó hacia atrás y aterrizo sobre su trasero.

—¡Ay! —ella gritó—. ¡Eso duele! ¿Por qué me dejaste caer?

Draco no tenía una respuesta, así que le ofreció la mano y la puso de pie.

—¿Qué te pasa? Me estás mirando como tuviera algún tipo de enfermedad.

—Estoy bien —gritó, mirando hacia el cielo gris.

—Entonces mírame.

Se sentía como un niño petulante. No quería mirarla. No quería que se lo recordaran. Este no era el momento para eso. Draco acababa de terminar de enterrar a su padre. En cambio, buscó su varita, murmuró algo que ni siquiera él pudo discernir y la dejó sola en el cementerio.

Por un momento, Draco quiso que todo volviera a ser gris. Así era más fácil.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Segunda parte: Para tu madre

Lo primero que hizo Draco cuando aterrizó en su casa fue darse una ducha caliente.

Mientras el vapor se elevaba detrás de la puerta de vidrio de la ducha, Draco inhaló y se quitó los zapatos embarrados, los calcetines mojados, los pantalones sucios y la camisa maloliente. Olía terrible, pero eso era lo último en su mente. Su padre estaba muerto, enterrado, ido, todo era gris, su madre estaba de duelo, Granger estaba a color, sus tíos lo estaban esperando, olía horrible, él… Draco abrió el grifo y se salpicó el rostro con agua tibia del fregadero.

Realmente lo necesitaba.

Minutos después, se paró debajo de la ducha, dejando que el agua caliente cayera sobre él.

El agua relajó sus doloridos músculos y calmó su cansada mente. Se sumergió en el rocío durante más de unos minutos antes de agarrar el jabón y un paño. Mientras se enjuagaba la espuma de la piel y el cabello, disfrutó de la sensación de purificación. Sin embargo, no importaba cuánto lo intentara, no podía borrarlo todo.

Se quedó en la ducha hasta que el agua comenzó a salir más fría y se sintió sediento.

Después de envolver una toalla alrededor de su cintura, Draco decidió saciar su sed antes de vestirse. Bajó las escaleras, estaba a mitad de camino cuando vio a Granger, sentada en su otomana. Casi maldijo en voz alta, pero no quería que ella lo notara.

Ella todavía estaba a color.

Draco pensó en darse la vuelta y volver a subir las escaleras, pero no lo hizo. Esta era su casa, maldita sea. Después de todo, él seguía siendo Draco Malfoy. Entonces, iba a hacer lo que quería, y sí… Se distrajo momentáneamente cuando ella se pellizcó el puente de la nariz, cerró los ojos y tomó unas cuantas respiraciones para calmarse.

Bueno, distraído estaba... Oh, demonios, estaba distraído.

Todavía tenía esa aura rodeándola; la que había notado cuando entró a ese restaurante meses atrás. Era más fuerte y brillante, tal vez porque ella era la única cosa a color, pero había algo diferente, algo diferente en ella, que iba más allá de sus diferencias físicas.

—¿Qué estás haciendo aquí? —solo estaba vistiendo una toalla húmeda.

Hermione casi saltó de la silla cuando lo vio y luego abrió mucho los ojos.

—¡Oh! Yo...

¿Se estaba sonrojando? Sí, se estaba sonrojando. Draco hubiera sonreído, pero no lo hizo, lo cual era extraño, porque él solía regocijarse del malestar de ella. Era casi tragicómico que Hermione Granger, que no era exactamente inocente, se sonrojara como una mojigata al verlo en toalla.

—¿Tú qué?

—Y-yo… Estaba —Hermione había logrado moverse a la mitad de la habitación—. ¿Por qué no estás vestido?

—Es mi casa —Draco estaba un poco molesto por la conversación y también tenía frío.

—P-podrías al menos ponerte algo de ropa.

—No estaba esperando compañía.

Ella abrió la boca, luego la cerró y lo miró fijamente.

Draco nunca, nunca había estado tan tenso e incómodo con una persona como con Hermione. Nunca. Era extraño para él y lo odiaba. Él también la hubiera odiado, porque ella era fuente, pero no podía odiarla. El odio era algo estúpido, después de todo.

—¿Por qué me estás mirando? —se cruzó de brazos. Su cuerpo estaba seco, pero todavía tenía frío y se negaba a ser el primero en retirarse.

—Deberías vestirte —su voz sonó extraña mientras apartaba la mirada—. Iré a buscar un poco de vino...

Y ella se fue. Prácticamente, había salido corriendo de la habitación, como si los mortífagos la persiguieran. Draco iba a decirle algo a la obviamente agotada Granger, pero todo lo que pudo hacer fue negar con la cabeza. Era un hecho bien conocido que ya no bebía mucho. Se quedó allí durante un minuto y escuchó cómo traqueteaban los platos en su cocina.

Ella maldijo dos veces y se escucharon cristales rotos mientras él subía las escaleras.

Mujeres.

Y con esa palabra, siguieron sucesivamente pensamientos sobre sexo y relaciones.

Las relaciones y el sexo habían sido abundantes a lo largo de su vida, tanto así, que sentía que había tenido suficiente de ambas, bueno, tal vez no suficiente sexo; después de todo, era un hombre. Pero las relaciones estaban sobrevaloradas. Bien, eso no era verdad. La enfermedad mental de su padre ciertamente había jugado un papel importante en no permitirle saber cómo era una relación real... O fueron las mujeres las que lo mantenían ignorante.

Probablemente, era eso último, o alguna extraña mezclan entre ambas razones.

Draco se abrochó la camisa y metió los bordes perfectamente dentro de sus pantalones negros. Convocó una corbata.

Solo había salido con un tipo de mujer: hermosas y absolutamente estúpidas. Pero, sinceramente, eran perfectas para su vida, la presión que sentía era enorme, por lo que no necesitaba que nadie le hiciera preguntas. Las mujeres tontas nunca leían entre líneas, no pensaban en hacerle preguntas y tampoco se preocupaban por nada, excepto por sus galeones. Eran fáciles de complacer y de descartar.

Pero ahora no las necesitaba.

Con la muerte de su padre no solo vino el dolor, sino la liberación. Draco era libre para encontrar a alguien a quien no tuviera que mentirle u ocultarle cosas. Podría ser honesto… O no. Quizás no era tan buena idea. Si tenía que ser honesto sobre su presente, entonces tendría que ser honesto sobre su pasado; y eso era algo que prefería dejar justo donde estaba... En el pasado.

Sin embargo, Granger… Draco se congeló. ¿De dónde diablos salió su nombre? No estaban juntos, sin importar lo que se rumoreara. Ni siquiera podía pensar en la idea de salir con ella porque sería… No sabía qué, pero no sería algo normal.

Draco se sentó, se puso los calcetines y los zapatos y se aseguró de que su túnica estuviera impecable. Después de arreglarse el cabello, Draco quedo satisfecho con su apariencia y bajó las escaleras. Granger estaba frente a su chimenea, paseándose. No estaba bebiendo, pero claramente, no había recuperado la cordura. Había una copa de vino de elfo esperándolo. Se sentó, recogió la copa y bebió el contenido antes de que ella lo viera.

—Oh, estás vestido.

—Obviamente —Draco arrastró las palabras—. ¿Qué quieres, Granger? —soltó, pero le faltaba su tono burlesco habitual.

Ella lo miró; sus mejillas todavía estaban ligeramente rojas.

—Necesito que vengas conmigo.

Para su asombro, no se negó.

—¿A dónde?

—Para buscar algo para tu madre.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Tercera parte: Amigo de la familia

Hermione apretó su varita con fuerza mientras caminaba por un largo pasillo de la Mansión Malfoy.

Claro, no había amenazas acechando en las sombras y ella todavía estaba sobre sus pies, pero el recuerdo de la última vez que había caminado sola por la gran casa fue suficiente para mantenerla nerviosa.

Ella no estaba disfrutando del silencio.

¿Dónde estaban todos?

Se habían perdido la cena, pero Narcissa siempre se sentaba en su salón o en la sala de estar después de las comidas; no había esperado que todo el mundo simplemente desapareciera, no con los tíos de Draco alrededor. No solo protegieron ciertas habitaciones para mantenerlos fuera, sino que Blaise y sus confiables Aurores los habían estado vigilando desde que llegaron al país.

El salón al que había entrado por la red flú estaba vacío, y eso la había hecho tener que buscar. Después de entrar en una habitación vacía tras otra vacía, su paso se ralentizó y su mente, aunque vigilante, vagó a través de lo sucedido en los últimos días.

Hermione había estado en piloto automático desde que dejó a Ron en la sala de estar.

No había tenido un momento para pensar. Probablemente, no era lo más saludable, pero se había dedicado a ayudar a Narcissa y a Draco, tanto que a menudo regresaba tarde a casa para encontrar a un Apolo molesto, al que tendría que mimar mucho para volver a estar en buenos términos. Había vivido en una burbuja de soledad autoimpuesta durante tanto tiempo. Ahora, sin embargo, odiaba estar sola. A Hermione no le gustaban los pensamientos de auto desprecio que la atormentaban cuando estaba sola, los mismos que tenía de que no merecía tener tan buenos amigos.

Amigos.

Esa palabra empezaba a ser cada vez más fácil de pronunciar. Ella tenía amigos. Personas que se preocupaban de su bienestar y querían estar ahí para ella; siempre los había tenido, pero antes no había estado en un buen lugar como para verlos o apreciarlos. Bien, ya no más. Los valoraría, confiaría en ellos y los ayudaría si alguna vez lo necesitaban.

Y a Draco le había pasado precisamente eso. La necesitaba. Y mucho. Estaba atravesando por una especie de tristeza que no esperó. Ella había esperado que él discutiera y le dijera que se fuera, pero había obtenido algo diferente.

Atrás quedaron las pretensiones, las máscaras, la indiferencia y la distancia entre ellos.

Cuando las cosas cambiaron y el mundo de Malfoy colapsó, todo cambió tan abruptamente que Hermione quedo tambaleándose. Blaise había sido el primero en decirle que verificara a Malfoy, pero ella ya estaba a medio camino de la red flú antes de que él pudiera pronunciar la oración. No esperaba encontrarlo destrozado, pero ahí estaba, en medio de los escombros de su antigua vida, con los ojos vacíos y perdidos. Y cuando leyó la carta, su corazón se partió y dolió por él. Draco, el verdadero Draco, se había aferrado a ella con tanta fuerza, llorando y lamentándose.

Una vez que él cayó en un sueño inquieto con la cabeza en su regazo horas después de que las lechuzas descendieran sobre su casa, Hermione obtuvo una nueva apreciación por Pansy. Era increíblemente doloroso y difícil ver a alguien perder el control; y fue peor ver sus paredes derrumbándose.

Y Pansy lo había hecho dos veces, por ella.

Hermione abrió otra puerta y encontró otra habitación vacía. Frunció el ceño, cerró la pesada puerta y continuó por el pasillo. La mansión Malfoy era un laberinto de habitaciones y pasillos, y se recordó a sí misma que esta sería la última vez que se aventuraría por la mansión.

De verdad creía que, al igual que Narciss, Malfoy estaría bien. Solo tenía algunos obstáculos que conquistar y la carta fue el comienzo. Enterrar a su padre y todo lo relacionado con él, había sido otro gran salto que había dado. Ella no sabía lo que Draco estaba pensando, pero estuvo absorto en sus pensamientos mientras llenaba la tumba de Lucius y de vez en cuando murmuraba en voz baja.

Cuando terminó, parecía como si acabara de escalar el Monte Everest. Aunque la había mirado con confusión y conmoción, por alguna razón desconocida, había algo más en sus ojos.

Alivio.

Había saltado un obstáculo; el primero de muchos, al parecer.

¿Pero no todos tenían cosas que debían superar? Ella todavía luchaba con sus demonios, aún estaba preocupada y sentía una increíble cantidad de autodesprecio y dolor, un dolor que recientemente parecía haberse multiplicado. Pero eso estaba bien. El dolor se había convertido en parte de ella; en su base, algo a lo que podía aferrarse cuando todo se iba al infierno. Su dolor se había convertido en el símbolo de su corazón roto, de las decepciones que había enfrentado, las situaciones que había superado, las lecciones que había aprendido y las pérdidas que había sufrido.

Pero sin darse cuenta, también había abierto las puertas de su vida y de su corazón, y había permitido la entrada de otros. Y aunque era aterrador, Hermione sabía que no podía vivir una vida significativa sin algo tan profundo como el amor. Ella había amado tanto; había entregado su corazón a tanta gente en el pasado. Lo había arriesgado todo. Hermione había sido ingenua sobre el amor y la intimidad. Pero, en el camino hacia la recuperación, obtuvo sabiduría.

Ella pondría límites.

Se lo tomaría con calma.

Además, ella tomaría mejores decisiones.

Hermione se preparó para doblar otra esquina del tenuemente iluminado pasillo de la Mansión Malfoy. Sin embargo, los sonidos de una voz enojada y otra voz tranquila la detuvieron.

—Es imposible que ese maldito mocoso dirija los negocios familiares. Es...

—Déjalo hacer lo que le plazca; siempre hay formas de controlar y forzar su mano. Tiene mucho de su madre en él. Se preocupa demasiado.

Dio unos pasos hacia atrás, pero era tarde para meterse en otra habitación. Le tomó un milisegundo a Hermione reunir su ingenio y compostura, cuadrar los hombros y poner una mirada en blanco en su rostro antes de que los dos tíos de Draco aparecieran por la esquina.

Parte de ella pensó que ignorarían porque ella era escoria, en opinión de ellos. Pero ella se equivocó, porque los dos hombres se detuvieron al ver a la bruja nacida de muggles... Sola. Tal como a ellos les gustaba. Los observó con una expresión perfectamente tranquila y en blanco, mientras las sonrisas en los rostros de Emil y Hesper Malfoy se transformaban en algo mucho más siniestro.

Aun así, ella no vaciló. En cambio, los miró a los ojos con valentía.

Emil Malfoy era el más joven de los hermanos Malfoy y también el más iracundo. Hermione reconoció que tenía todo el derecho a estar enojado. Probablemente, había tenido que vivir en las sombras toda su vida. Seguramente, usó esa ira para recordarle a él y a su hermano que ellos existían. Por supuesto, fue el primero en hablar.

—Mira por dónde vas, sangre sucia.

Hermione se negó a dejarse amedrentar.

Perdón.

—¿Perdón? ¡Esta pequeña chica ha perdido la cabeza! ¿Sabes quiénes somos?

—Sí, lo sé.

—Estás en la Mansión Malfoy, inmunda sangre sucia. Muestra respeto.

Ella se quedó ahí, desafiante, con la varita a su lado.

El burlón Emil Malfoy era un hombre bajito, pálido y rechoncho, con ojos grises y una línea de cabello en retroceso. Emil tenía brazos largos y piernas cortas que no se ajustaban a su tipo de cuerpo y lo hacían lucir terriblemente extraño. Parecía que una característica de los Malfoy varones era la falta de vello corporal. Emil era claramente la excepción con su abundante barba.

—¿No tienes nada que decir, sangre sucia? —se burló.

Esa era la única característica Malfoy que al parecer sí poseía.

Draco le había dicho una vez que Emil le recordaba a Peter Pettigrew, menos los lloriqueos y la mano plateada. Y en ese momento, Hermione estuvo de acuerdo. Parecía como si le hubieran permitido ser de la familia Malfoy por un tecnicismo.

—Si me pudieran indicar la dirección del salón en donde están todos, eso sería...

—No soy un maldito elfo doméstico... Oh, espera, sabes lo que es un elfo doméstico, ¿verdad? O tú también...

—Te aconsejo que no termines esa declaración, Emil —le dijo Hermione con firmeza.

—¡Te atreves a decir mi nombre! —cuando Hermione se limitó a mirarlo como si tuviera problemas mentales, el mago regordete, miró a su hermano—. Bueno, ¿viste eso, Hesper? Aquí hay un pedacito de inmundicia que necesita aprender una lección de modales —e incluso mientras la amenazaba, pudo ver que miraba a su hermano mayor en busca de su aprobación.

Hermione casi se rio ante la patética exhibición que tenía ante ella.

Este era el hombre que tenía el descaro de despotricar sobre cómo Draco Malfoy no era parte de la familia cada vez que estaban en la misma habitación. Era curioso, él era el bicho raro tanto en apariencia como en logros. Era el único de los hermanos que no ganaba su propio dinero. Y dependía de la aprobación de su hermano para burlarse de ella y hacerle daño, Emil también dependía de las acciones de las empresas familiares para sus ingresos.

—Ahora, Emil, no hay necesidad de ser grosero —finalmente llegó la fría voz de Hesper Malfoy, el hermano mayor—. Ella es, después de todo, una amiga de la familia.

Emil refunfuñó.

—Inmunda…

Hesper lo interrumpió mordazmente.

Suficiente.

Y así, el hombre regordete se calló.

Hesper Malfoy le recordaba mucho a Lucius en su apogeo. De hecho, se parecía tanto al mago recién fallecido que Hermione lo miró dos veces cuando lo conoció. Lo único que distinguía a los hermanos eran el color de los ojos, los de Hesper eran azules, en lugar de grises. Otra diferencia era que Hesper Malfoy era un sociópata. No tenía absolutamente ningún problema en matar a alguien y alejarse como si nada hubiera ocurrido. Draco le había confesado que Hesper le aterraba cuando era un niño; fue antes de que se diera cuenta de que su tío no lo mataría porque eran familia.

No había mucho que le impidiera matar a Hermione, solo el Voto Inquebrantable que había realizado.

Y el hecho de que no tenía una varita.

—Señorita Granger, ¿qué es lo que podemos hacer por usted? —le preguntó con flagrante encanto. Pero la expresión de su rostro le enfriaba la sangre. La caballerosidad de su voz era notoria, pero la hostilidad que escondía detrás de las palabras era inquietante.

—Estoy buscando a los demás —tenía que mantener la confianza. Ellos podían oler el miedo.

Él lo amaba y lo ansiaba su aprobación, pero Hesper era implacable. Según Draco, era por eso que él y Emil eran tan cercanos; el hermano menor le temía y cumpliría sus órdenes. Hesper era perfecto para explotar a las personas, conseguir lo que quería y descartarlas cuando terminaba. Vendió sus acciones cuando era más joven y amasó su fortuna seduciendo a herederas ricas, casándose con ellas y matándolas, aunque la parte de los asesinatos no había sido comprobada porque no habían encontrado los cuerpos.

Afortunadamente, ahora estaba soltero.

—Bueno —dijo Hesper arrastrando las palabras—, están al final del pasillo.

Estaba mintiendo y eso era algo que ella encontraba inquietante. Cuando Hesper mentía se veía tranquilo. Pero un mentiroso siempre podía reconocer una mentira, aunque le había llevado unos segundos darse cuenta de aquello. Él era bueno. Todos decían mentiras. Draco se agotó de decirlas, Pansy nunca la miraba a los ojos cuando las decía y Blaise… Bueno… Él no le había mentido tanto como su mejor amigo. Hermione pensó que Malfoy tenía sus razones, pero confiaba en que no era un sociópata.

Todo lo que sabía, en ese momento, era que no iba a entrar en esa habitación.

—¿Quieres que te acompañemos? —Hesper sonrió con suavidad.

—No, gracias.

—Pero insistimos —hizo hincapié en la última palabra para ocultar la amenaza subyacente.

—¿Lo hacemos? —Emil pareció estupefacto.

—Por supuesto, no quisiéramos que le pasara algo a nuestra… —escogió sabiamente sus palabras—. Nacida de muggle.

Hermione estaba lejos de estar convencida.

—Soy perfectamente capaz de encontrar mi propio camino.

—No hay necesidad de ser terca, señorita Granger.

—Pero hay razones para ser cautelosa.

—¿Cautelosa? —parecía un poco ofendido, pero había un brillo maligno en sus ojos azules—. No tengo varita e hice un voto de no hacerte daño.

—Entonces déjame pasar.

—Te llevaremos con ellos.

—No soy estúpida.

—No, no lo eres. He escuchado sobre ti, Hermione Granger. La bruja más brillante de tu generación. Primera Orden de Merlín. Héroe de guerra. Con honores como esos, ¿cómo podría alguien pensar que eres estúpida? —fue una afirmación más que una pregunta—. Veo por qué mi sobrino está tan apegado. No creo que él sepa que tú serás su perdición.

Hermione entrecerró los ojos.

—Y la arrogancia será la tuya.

Algo chisporroteó detrás de los ojos de Hesper Malfoy. La encantadora sonrisa se transformó en un ceño fruncido y su comportamiento cambió abruptamente. Las cortesías habían terminado, él lo sabía, ella también y Emil era el único que parecía confundido. Hermione se obligó a no estremecerse cuando una mano casi la alcanzó, pero se detuvo antes de agarrarla del cuello, ella se relajó un poco. Él no podía lastimarla; ni tocarla, pero eso no significaba que no fuera peligroso. Sus dedos se esforzaban por agarrarla, herirla y arrastrarla a su retorcido juego. Él podía estirar su brazo y los dedos tanto como quisiera, pero el poder del Voto Inquebrantable no cedería. El frustrado mago dejó caer su mano, frunciendo el ceño.

—No puedo tocarte... —luego sonrió. Y eso era extraño. Miró a su hermano menor—. Pero tú sí puedes, ven Emil.

Los ojos grises del mago rechoncho se agrandaron.

—¿Quieres probar? —preguntó Hesper—. La mejor manera de controlarlo es con el miedo.

Ella puso su varita en el cuello del hombre.

—Ni siquiera lo pienses —su voz era baja y amenazante—. Sé veintisiete hechizos que separarán tu cabeza de tu cuerpo de un solo golpe. ¿Quieres una demostración?

Hesper todavía estaba tranquilo.

—Ella es demasiado buena para esto.

—Dicen que si usas la maldición asesina una vez, puedes hacerlo de nuevo...

Emil tragó saliva.

Hermione le dio un golpecito en la barbilla con la punta de su varita, desafiándolo.

Emil estaba enojado, sudaba y maldecía. No le gustaba su situación actual. Atrapado entre una sangre sucia y su insensible hermano, una cosa casi imposible. Sus labios se crisparon.

—Pequeña sangre suc...

—Si yo fuera tú, no terminaría esa oración —dijo la alegre voz de Pansy Parkinson—. Esa no es una palabra que se emplee en una conversación civilizada.

El sonrojado rostro del mago gordo palideció de repente.

—¿Estás bien, Hermione? —preguntó su amiga.

—Sí. ¿Dónde está tu varita?

—En medio de su espalda, lista para joderle la columna si dice algo mal.

Hesper se volvió hacia la mujer.

—¿Proteges a esta inmundicia? —se le marcaban las venas de la frente.

—Con mi vida —respondió Pansy con ferocidad, rodeó a Emil y en ese momento, Hermione estaba segura de que había tomado la decisión correcta al llamar a Pansy su amiga. Ella era lo mejor que tenía y se lo había probado una y otra vez. Hermione tomó la mano de su mejor amiga y caminó lentamente alrededor del mago rechoncho, que se burlaba de ellas. La varita de Hermione todavía lo estaba apuntando, por si acaso.

—¡No eres más que una traidora a la sangre!

—Supongo que sí —se burló Pansy mientras retrocedía lentamente, preparándose para una apresurada salida—. Pero estoy muy orgullosa de eso —paso tras paso se abrieron camino hacia la dirección opuesta de la que habían venido los hermanos—. Oh, y para tu información —Pansy levantó su varita en el momento en que Hermione estuvo a salvo detrás de la esquina—. Tu reunión con Draco tendrá lugar en la antigua oficina de Lucius en aproximadamente treinta minutos. Asegúrate de no quedarte deambulando. No quiero que llegues tarde.

Y se fueron.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Cuarta parte: Lo que ella necesitaba

Antes de entrar en la sala de estar que albergaba a Narcissa, Pansy abrazó a Hermione y fue entonces cuando Hermione se permitió tambalearse y temblar por el incidente.

—Estás bien. Ellos no…

—No, gracias al Voto Inquebrantable y al lento de Emil, no me pusieron las manos encima. ¿Cómo supiste que...?

—Las protecciones alertaron a Narcissa de tu llegada y cuando te tardaste demasiado tiempo en aparecer, ella me envió a buscarte. Blaise se fue después de la cena, para prepararse. ¿Dónde está Draco? Tiene una reunión...

—Estará aquí en breve. Se puso un poco difícil.

Pansy no cuestionó el paradero del mago, pero sí cuestionó la cordura de Hermione.

—¿Estás segura de que estás bien?

—Estoy bien. No le menciones esto a Narcissa, no quiero preocuparla.

Ella se resignó a suspirar.

—De acuerdo, pero…

—Estoy un poco conmocionada, eso es todo.

—No sonabas conmocionado antes.

—Hesper huele el miedo.

—Como un maldito perro. Cómo lo… ¿Draco te lo dijo?

Ella asintió.

—Esa noche te hablé de...

—Cuando Potter le contó a Ginny Weasley sobre Matthew. Esperaba que… —Hermione le dio una mirada severa. Pansy se suavizó un poco—. Se merecía una buena maldición, Hermione.

—Pansy…

—O un hechizo.

—Eso no es mejor.

—¿Al menos puedo patearlo?

Hermione negó con la cabeza.

—Han estado tranquilos. Parece que lo han hablado. Quizás todo haya terminado. Es un secreto a voces ahora y, con suerte, podremos seguir adelante.

Pero ella no bajaría la guardia.

Pansy no parecía convencida, pero no dijo nada cuando Hermione abrió la puerta de la gran sala donde Narcissa se encontraba sentada en el sofá, realizando su último pasatiempo: el tejido mágico. Lucius, al parecer, estaba preparado para su muerte, eso era inquietantemente. Había dejado cartas a su esposa e hijo con mucha anticipación como para que fuese una mera coincidencia.

Y aunque había leído la carta de Draco, su madre había sido reservada sobre la suya. Pero Hermione tenía una idea sobre las instrucciones que le dejo. Lucius Malfoy le había dicho a Draco que se deshiciera de sus resentimientos hacia él y se liberara; así que tenía sentido que le hubiera dicho a su esposa algo como: "Encuentra la felicidad, intenta cosas nuevas, no llores para siempre, sigue adelante, cultiva una nueva habilidad y reconéctate con tus viejas amistades".

Narcissa tenía toda la intención de seguir las últimas órdenes de su marido. Había muchas cosas que Hermione admiraba de la madre de Draco, pero sobre todo su resistencia. Hermione no sabía si era algo innato o aprendido, pero Narcissa poseía la habilidad de recuperarse de casi cualquier cosa. Era una viuda afligida, pero a través de su angustia, había logrado recuperar su compostura, su fuerza y su aplomo. Pero había momentos en los que podía ver el dolor acechándola.

—Pido disculpas por no ir a la cena. Nos detuvieron.

Sorprendida, Narcissa se volvió, vio a Hermione parada cerca de la puerta con Pansy y se levantó para abrazarla.

—No necesitas disculparte —algo hizo que sus ojos se iluminaran—. Draco está aquí —frunció el ceño—, con dos invitados que los residentes de la mansión no conocen, probablemente los abogados para la reunión —hubo un momento de silencio antes de que Narcissa se encogiera de hombros y llevara a Hermione al sofá donde se sentó en medio de las dos brujas.

Pansy apoyó la cabeza en el hombro de Hermione.

—¿Cómo estás?

Narcissa sonrió débilmente.

—Haciendo lo mejor que puedo.

—Vas a estar bien —Pansy le dijo, levantando la cabeza para mirar a la mujer que era lo más parecido a una madre que había tenido—. Y vamos a estar aquí para ti.

Narcissa se levantó de su lugar en el sofá y detuvo su tejido. Ella estaba de espaldas, mirando una pintura en movimiento de un ángel que estaba sobre la chimenea.

—Pero ustedes dos tienen vidas y no puedo acapararlas. Necesito tiempo, eso es todo. Tiempo y diversión. He estado cuidando de Lucius durante años, con la esperanza de que se mejore y… respiró hondo—. Y necesito llenar el vacío que ha dejado.

Hermione escuchó que la puerta de la sala se abría lentamente, miró hacia atrás y asintió.

—Quizás eso no es todo lo que necesitas.

Pansy, que había seguido sus ojos cuando miró hacia atrás, contuvo un pequeño grito ahogado.

—¿Qué quieres decir? —Narcissa seguía mirando la hermosa pintura.

—Quizás necesites a alguien, como tu familia.

La bruja mayor resopló con cierta ligereza. Al menos sabía de dónde lo había sacado Draco.

—Tengo una familia. Tengo a Draco. Las tengo a ustedes dos y…

—Pero ¿qué pasa con una hermana? —preguntó otra voz.

Narcissa se congeló instantáneamente.

Hermione no podía ver su rostro, pero de repente se había quedado muy quieta. Lo primero que movió fue su cabeza; tembló ligeramente como si ella no quisiera, no, no pudiera creer que había oído esa voz.

Esto podría salir muy mal y abrir muchas heridas, o ser lo mejor del mundo para ella. Mientras observaba la reacción de Narcissa, Hermione esperaba sinceramente que pasara lo último. Por una vez, les rezó a todas las deidades en las que creía y en las que no, para que algo en la vida de alguien saliera bien.

—No podría... No.

Narcissa estaba temblando visiblemente cuando vio a su hermana, Andrómeda, parada en la puerta con Draco y un pequeño de cabello azul, Teddy, quien tímidamente enterraba el rostro en la túnica de su abuela.

—Soy yo, Cissy —tenía lágrimas en los ojos cuando dio el primer paso. El niño se quedó atrás y miró a Draco con los ojos cómicamente abiertos. Su cabello se volvió del mismo tono que el de Draco, el hombre miró hacia abajo y reprimió una sonrisa. Se agachó junto a Teddy para que estuvieran a la misma altura y le susurró algo al oído que hizo que su cabello se volviera púrpura; algo que le hizo mirar directamente a Hermione.

Las piernas de Narcissa parecían estar congeladas.

Por lo que le habían dicho a Hermione, ellas no se habían visto desde las vacaciones de Navidad durante el sexto año en Hogwarts de Narcissa. Andromeda tenía dieciocho años y huyó para casarse con el amor de su vida, nacido de muggles. Narcissa fue la única de la que se despidió. Bellatrix se volvía cada vez más peligrosa con el pasar de los meses, pero Narcissa era diferente.

Aunque creyó en el elitismo de los sangre pura, el derramamiento de sangre de Voldemort la desanimó. Ella había llorado y se había negado a tomar el anillo de los Black que Andrómeda le dio de buena gana. Narcissa le rogó que no se fuera y cuando no pudieron convencer a Andrómeda de que se quedara, la más joven de las Black puso en secreto una pequeña bolsa con galeones en el equipaje de su hermana. Si se hubieran dado cuenta de que ayuso a su hermana, la hubieran condenado al ostracismo, pero no le importó.

Hermione no sabía por qué no habían reabierto las líneas de comunicación después de la guerra, las razones no le habían sido explicadas, tal vez ambas hicieron suposiciones. Quizás también por miedo.

—Pero, ¿cómo?

Andrómeda y Hermione se miraron a los ojos.

—Me comuniqué con Hermione, esta mañana. Y ella vino con Draco… —lanzó una mirada afectuosa al sobrino que acababa de conocer.

Draco dudo cuando Hermione le dijo a dónde iban, pero se quedó, a pesar de que estaba incómodo. Incluso había respondido algunas preguntas sobre su madre y las circunstancias que rodeaban la muerte de su padre. No fue mucho, pero era más de lo que Hermione había esperado. Probablemente, nunca volverían a ser cercanas, pero eran familia y Draco respetaba eso.

Hermione le dio a Draco una pequeña sonrisa y por un momento, él la miró sin comprender, pero luego asintió en respuesta. Y salió de la habitación para reunirse con sus tíos.

Silenciosamente, Hermione le deseó suerte.

Andrómeda dio pasos cautelosos hacia su hermana.

—Pero, ¿por qué?

Andrómeda se detuvo.

—Recibí algo de Lucius.

Hermione no sabía quién jadeó con más fuerza, si Narcissa o Pansy.

—Un búho lo entregó hace cuatro días, pero yo... —su voz se quebró—. No sabía qué hacer con eso.

Narcissa acortó ansiosamente la distancia entre ella y su hermana.

—Qué... ¿Qué decía?

Andrómeda se parecía más a Bellatrix de lo que Hermione quería admitir, pero su rostro era más suave. Andrómeda metió la mano en el bolsillo de su túnica y recuperó el anillo que le había mostrado a Hermione apenas unas horas antes. El antiguo anillo familiar de los Black. El anillo que Lucius había sacado del joyero de su esposa y devolvió a su legítima dueña.

La acción no solo le había mostrado a Draco otro lado de su padre, sino que también había hecho que Hermione pensara en el hombre. Las cosas no siempre eran lo que parecían. No había sido un buen hombre, pero no era malvado. Había cometido muchos errores, algunos que eventualmente destruyeron su vida y la de aquellos que le importaban, pero ella también los cometió.

Estaba asombrada del poder que los pecados tenían sobre las personas. Esa era una palabra que se podía decir a la ligera o una acción que se podía cometer en un momento, pero una vez que se decía o se hacía, uno podía tardar años en deshacer las repercusiones. Lucius Malfoy había cometido pecados en nombre del prejuicio y porque creía que estaba haciendo lo correcto.

Hermione había asumido, como todos los demás, que había sido una mala persona.

Algunas personas dijeron que merecía morir.

Merecía.

Pero ella también había cometido pecados porque pensaba que el fin justifica los medios. ¿Se merecía lo que le había sucedido? Cuanto más pensaba en eso, menos lo sabía. Una mejor pregunta era: ¿Lucius se merecía lo que le había sucedido en Azkaban? La respuesta era fácil, no. Y quizás esa era la respuesta a su primera pregunta. Hermione no era diferente de él y Lucius no era diferente a cualquier otro humano.

El pecado era pecado. Ambos los habían cometido. Los seres humanos eran inherentemente imperfectos y, a veces, tomaban malas decisiones; por lo que nadie tenía derecho de juzgarlos. Y se preguntaba si alguien realmente podría juzgar a Lucius Malfoy; después de todo, nadie conocía al hombre. Todos lo habían malinterpretado, Draco, sobre todo, pero no era como si Lucius hubiera permitido que alguien lo conociera correctamente.

Pero Lucius parecía haber hecho algo que Hermione no.

Se había perdonado a sí mismo.

Y si él podía perdonarse a sí mismo, tal vez algún día ella también pudiera.

Narcissa tomó el anillo de la mano de su hermana y lo miró con lágrimas en los ojos.

—También había una carta —le dijo Andromeda en voz baja después de ordenarle al pequeño Teddy que se sentara junto a Hermione.

—¿Qué decía? ¿Qué dijo él…? —su voz sonó estrangulada.

—Tu hermana te necesita...

Narcissa hundió el rostro en el hueco del cuello de su hermana y lloró.

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Notas: A nuestro Draquito sí que le pego fuerte la muerte de Lucius, no que muy preparado estabas cabrón. Casi tenemos un incidente aquí, pobre Hermione, lo que tiene que pasar por culpa de los Malfoy idiotas que aún existen. Espero les haya gustado el capítulo.

Link original: www . fanfiction s/ 4172243 /1/ Broken

Naoko Ichigo