CAPÍTULO LXI

Yūji puso al tanto a Getō sobre lo ocurrido sin ahondar en detalles; comentó haber tenido una rencilla con Gojō en la que éste último terminó inconsciente y con la necesidad de atención médica.

Getō hizo un par de preguntas de rigor para asegurarse de que su sobrino se encontraba bien y tras obtener varias afirmaciones, le dijo que enviaría a alguien y que mantuviera la calma.

Al cabo de un rato, sobre la acera que daba hacia la entrada de la casa, apareció Shōko en una camioneta. Ambos se sorprendieron al verse, mas no dijeron nada durante el trayecto.

Llegaron a una clínica un poco oculta y bien equipada rumbo a las afueras de la ciudad. Nadie hizo preguntas ni se estableció un registro, tan solo comenzaron a seguir las órdenes de la mujer, quien le indicó al muchacho dónde podía esperar sentado.

Pasaban de las doce de la noche cuando Shōko regresó, vistiendo una filipina gris oscuro con zapatos a juego y una bata blanca que le llegaba casi a la rodilla. Cargaba dos latas de café y le pasó una al chico mientras se sentaba a su lado.

—Gracias —dijo Yūji, con unos ojos y voz somnolientos.

—Se encuentra bien —añadió ella, sin despegar la mirada del muchacho, quien ya se había limpiado los restos de sangre seca del rostro y las manos, no así de la ropa—, algo magullado, pero bien. —Suspiró, cansada—. Honestamente, no creí que hubiera alguien capaz de dejar a Satoru en ese estado. Es decir, se lo merece, pero acostumbraba decírselo en broma.

Yūji no contó con el ánimo necesario para continuar la charla. Se limitó a destapar la lata, antes de caer en cuenta de que el pasillo se encontraba desolado en cualquier dirección en la que se mirase.

Shōko extrajo un cigarrillo y un encendedor de uno de los bolsillos.

—Podría meterse en problemas, Ieiri-sensei —advirtió, sin girar el rostro, dejándose llevar por el sonido del encendedor y el olor característico del tabaco.

—Estamos en un lugar clandestino, chico. Eso a nadie le importa. Al menos en lo que a los pasillos respecta. Camillas y quirófanos son un tema aparte.

Yūji dio un sorbo al café.

Shōko analizó la cara opuesta, notándolo taciturno, apagado y afligido; ninguno de esos adjetivos iban con él.

—Ieiri-sensei…

—Itadori…

Hablaron al unísono, interrumpiendo las palabras del otro.

—Tú primero —animó Shōko.

Yūji no tuvo de otra más que responder, pues una persona de mayor edad le estaba cediendo la palabra y debía tomarla por cortesía.

—¿Qué pasó con Gojō-sensei? Me preocupó un poco que se desmayara de repente. ¿Acaso perdió mucha sangre?

—Para nada. Sólo tuvo una leve concusión cerebral y necesitó una cirugía de nariz —empleó el lenguaje menos técnico que le fuera posible—. Hay que esperar a que despierte para hacerle algunos exámenes y cerciorarnos de que todo anda bien en su cabeza, aunque, bueno, mientras no vomite o vuelva a perder la consciencia apenas abra los ojos, podemos decir que todo está bien.

«Tal vez se me pasó la mano». Yūji mordió el interior de una de sus mejillas con culpa.

—¿Puedo verlo ahora?

Shōko dio una calada al cigarro. Miró al techo y exhaló el humo con lentitud.

Tenía muchas preguntas para el chico. ¿Qué relación tenía con todo eso? ¿Cómo es que estaba tan calmado en un lugar clandestino? ¿No debería preocuparse por volver a casa?

Para la mayoría de cuestiones había intuido una respuesta, mas no había mejor forma de cerciorarse que de la boca del mismo Yūji.

Primero le dejaría ver a Gojō, quizá eso le ayudaría a relajarse. Además, ella sabía que una persona cansada y con sueño tiende a ocultar menos cosas dado el esfuerzo mental que supone.

Pasaron al cuarto de recuperación. Gojō respiraba mediante una cánula nasal de alto flujo, fijada con una correa y conectada a una mascarilla, pues a causa de la cirugía no se podía presionar demasiado la nariz.

El ojo hinchado y amoratado de momentos atrás, se percibía del mismo color pero sin inflamación, al igual que el labio inferior.

Yūji experimentó una debilidad muscular generalizada, en especial en las piernas. A paso lento avanzó hacia los pies de la camilla y tomó asiento.

Recordó a su abuelo en sus últimos momentos sobre una cama de hospital. Le aterraba experimentar lo mismo con su pareja, pese a que sabía que eran especulaciones demasiado negativas y radicales.

Seguro que Gojō despertaría por la mañana, haría un par de bromas absurdas y no vomitaría ni se desmayaría. Todo estaría bien y volverían a casa. O eso esperaba.

Shōko suspiró, haciéndose notar y llamando la atención de Yūji con éxito.

—Escucha, no me metería si supiera qué está ocurriendo, pero tampoco puedo fingir que no pasó nada (en especial porque yo operé a Satoru y estoy cansada). Dime una cosa, ¿sabes quién es Suguru Getō? —Fue la persona que la contactó y le dijo a dónde acudir, así que lo mejor sería abordar rápido el asunto.

Yūji asintió.

—¿Y puedo tomar esa afirmación como que también sabes a lo que se dedica Satoru?

Yūji volvió a asentir.

—De casualidad, ¿tú y tu hermano están involucrados en esto?

—¿Con… esto? —inclinó la cabeza, confundido. Podía significar cualquier cosa y no quería meterse en problemas.

—La yakuza.

Yūji no fingió sorpresa ni se sintió intimidado por la seriedad con la que la mujer pronunció aquella palabra.

Por anécdotas de terceros, sabía que Shōko era de confianza, aunque desconocía si ser sobrino de un capo en automático lo vinculaba con la organización; jamás había incurrido en actividades delictivas o ilícitas y Sukuna hasta en peleas clandestinas había participado.

—No sabría decir si estoy involucrado o no con todo esto, Ieiri-sensei. De hecho, no lo había pensado bien hasta ahora que lo menciona. Creo que Getō, Gojō-sensei o Nanamin podrían responder a eso mejor que yo.

Shōko no detectó mentira alguna en aquellas palabras, así que lo dejaría pasar y, en efecto, pediría una explicación a alguno de esos tres.

—¿Necesitas que te lleve a casa?

—Me quedaré aquí.

—Como gustes —dijo, encaminándose hacia la salida y agitando débilmente una mano en el aire—. El botón rojo en la pared llama al cuerpo de enfermería. Intenta descansar. Volveré por la mañana.

—A-ah, sí. ¡Muchas gracias! Descanse.

Al hallarse disperso no logró hablar con la elocuencia de costumbre. Sin duda, después le entregaría un detalle como agradecimiento por llevarlos a esa clínica.

Ante la falta de asientos, se acostó a los pies de la camilla, acomodándose en posición fetal para intentar conciliar el sueño. Quien entrara en ese momento podría compararlo con un gato gigantesco.

Las horas transcurrieron sin eventualidad. El primero en despertar fue Yūji. Casi al instante notó una vibración en el bolsillo del pantalón.

Estiró la pierna para extraer su celular y el de Gojō. En éste último había un par de llamadas perdidas de Megumi y unos mensajes de dos minutos atrás, los cuales, podía visualizar sin desbloquear la pantalla.

Fushiguro Megumi

No llegó a la casa ayer, ¿cierto?

¿Debo asumir que no va a pasar por mí para ir a la escuela?

¿Se encuentra bien?

El cerebro entumecido de Yūji alcanzó a razonar que era una mala idea intentar despertar a su profesor para que respondiera aquello, así que se tomó la libertad de hacerlo.

Gojō Satoru

Hey, Fushiguro

Soy Yūji ( • ▽ • ; )

Fushiguro Megumi

Gojō Satoru

Pasé la noche con Gojō-sensei

Fushiguro Megumi

No quiero saber los detalles.

¿Los espero?

Gojō Satoru

No creo q vayamos a pasar ( ● ´ ⌓ ` ● )

Fushiguro Megumi

Ok.

A todo esto, ¿por qué respondes su teléfono?

Gojō Satoru

Está dormido

Fushiguro Megumi

Gojō Satoru

Y seguro q planeabas saltarte la escuela si esperabas a q te respondiera para decidir si ibas por tu cuenta o no

( ̄︿ ̄)

Fushiguro Megumi

¿Crees que usaría semejante pretexto para ser irresponsable?

Gojō Satoru

Has asumido varias conductas d Sukuna, sabes…

No me sorprendería algo así…

┐ ( ´ ー ` ) ┌

Fushiguro Megumi

Como sea.

¿Piensan faltar a clases?

Gojō Satoru

Tal vez

No creo q alguien lo note

No es la primera vez q falto ᕕ( ᐛ )ᕗ

Fushiguro Megumi

Pero Gojō-sensei es el profesor.

Gojō Satoru

ª ( ・ ∀ ・ )

Pensarán q enfermó

Tal vez

(・・ ) ?

Fushiguro Megumi

Ustedes saben lo que hacen.

Nos vemos.

Gojō Satoru

Bye~ (≧ ▽ ≦ ) つ

A Yūji le dio flojera guardar el móvil, así que miró la pantalla con la esperanza de que se apagara; no obstante, lo único que notó fue que Megumi seguía en línea.

A los pocos minutos recibió otro mensaje.

Fushiguro Megumi

Sukuna sigue en cama, ¿cierto?

Gojō Satoru

Sip

Tiene permiso d faltar un tiempo

Quieres ir a la casa?

Fushiguro Megumi

No creo que abra la puerta en ese estado.

Menos a esta hora.

Gojō Satoru

A un lado d la puerta d la entrada hay un adorno con forma d sol en la pared

No necesitas quitarlo

Solo levántalo d abajo y caerá una llave

Es la de repuesto

Abre con eso y la vuelves a meter en el sol por una d las rendijas q tiene

( ╹ ▽ ╹ )

Fushiguro Megumi

Ok.

Yūji bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la cama. Cerró los ojos para tomar otra siesta, con la esperanza de que Gojō hubiese levantado los párpados para ese momento.

Sin embargo, la siguiente vez que abrió los ojos fue para buscar un baño. Su cuerpo debía sacar el café que bebió la noche anterior.

Sintió que un gran peso abandonaba sus hombros cuando regresó a la habitación y encontró despierto a la fuente de su preocupación.

—¡Gojō-sensei! —Fue directo a sentarse al borde de la cama y procedió a tomar la mano de su pareja.

—Estás helado.

—Me acabo de lavar las manos.

Gojō se fijó a detalle en los alrededores apenas recobró la lucidez. Se hacía una vaga idea de dónde se hallaba, pero debía corroborar.

—Yūji, estamos en… —animó al otro a continuar.

—Ah, una clínica (aparentemente clandestina). Ieiri-sensei nos trajo. Ella también fue quien lo operó de la nariz y dijo que llegó con una… —¿Qué palabra fue la que le había dicho?—, protrusión cerebral (o algo así).

Gojō abrió los ojos más de la cuenta. Dolió, así que tuvo que relajar las facciones.

Por el tiempo que Yūji pensó el término médico, tal vez se había equivocado —lo más probable—, por lo que preguntaría a Shōko los detalles apenas la viera; dudaba tener una hernia en el cerebro.

Pareciera haberla invocado con el pensamiento, puesto que no tardó mucho en cruzar la puerta.

—Por todos estos años de amistad —inició Gojō—, dime la verdad, ¿cuántos días me quedan de vida?

—Por desgracia, muchos —contestó, sin empatía aparente—. Hierba mala nunca muere. Hola, chico —se dirigió a Yūji—, te lo voy a quitar un momento.

Acto seguido, la mano que el muchacho sostenía, la tomó Shōko por la muñeca, para colocar un pequeño aparato sobre uno de los dedos.

Shōko esperó a que el oxímetro arrojara la primera lectura. Al ver un número arriba de noventa supo que podía retirar la mascarilla.

Después, se dirigió al control de la camilla para enderezar la parte superior y que Gojō terminara sentado.

—Vengo de la escuela —dijo, en lo que el respaldo llegaba a la posición deseada—. Le dejé a Nanami tu reporte médico. Se te autorizó un descanso de dos semanas. Él va a dar tus clases y tú vas a depositar quinientos mil yenes a mi cuenta. De nada.

—Ya decía yo que tanta amabilidad de tu parte era demasiado buena para ser verdad.

—Y agradece que no te cobré mis honorarios.

—¡¿Entonces eso de qué fue?!

—Por hacer tu papeleo. Sabes que detesto esas cosas.

—Pude haber mandado a Megumi.

—¿Y perder la oportunidad de sacarte dinero? Alguien debe hacer lo que tu novio no.

—Así que ya lo sabes —agregó Gojō, mientras Yūji se ruborizaba ante la sorpresa de escuchar aquello.

—Nanami me puso al tanto de unos cuantos detalles. —Cruzó los brazos.

—Entonces, ¿puedo asumir que estás de mi parte? No luces igual de enfadada que Suguru y Nanami.

—Porque no tiene sentido enojarse contigo. A fin de cuentas, haces lo que quieres. Además, en el fondo siempre supe que terminarías buscando a alguien mucho más joven que tú, porque no puedes con la gente de tu edad.

—Eso no es ci…

—Así que —interrumpió—, más te vale apreciar a esta pobre criatura —puso una mano sobre la cabeza del chico—, que por alguna razón mística parece quererte y soportarte. Hubieras visto la cara que tenía ayer. Muy lindo él. Lástima que se enredara con alguien como tú.

—¿No crees que estás siendo algo dura?

—Estoy siendo justa. Créeme que también venía decidida a golpearte, pero tengo una cédula de médico cirujano y tú, como paciente, eres protegido por un juramento hipocrático que evita que te mate en este momento.

Yūji y Gojō se miraron entre sí durante varios segundos. Parecían estar de acuerdo en que Shōko daba bastante miedo y hubiesen preferido escuchar sus palabras entre ira y gritos, en lugar de la frialdad y la claridad con la que fueron pronunciadas.

—Itadori.

—¡S-sí! —Se tensó más de la cuenta, a la espera de algo similar a una amenaza.

—No te pongas nervioso. ¿Qué puedo hacerte yo? Eres, básicamente, mi jefe.

—¿E-eh?

—Presta mucha atención. Incluso si no eres parte de las actividades regulares de la yakuza, eres pariente directo de Suguru. Eso, en automático, te brinda la autoridad suficiente para ordenar a cualquier miembro de la familia Kamo, incluyendo a Nanami y a mí, y a Satoru, por supuesto. Así que, sin importar el tipo de relación que tengan, él no puede hacer nada que no le autorices, ¿comprendes lo que quiero decir?

—Eso creo.

—Puede que Satoru sea más grande que tú —continuó, buscando explicar mejor la situación para que el muchacho no tuviera ninguna duda—, y puede que en la escuela tenga algo de autoridad por ser tu profesor, pero en términos de jerarquía, él no tiene permitido desafiar ninguna de tus órdenes y tampoco puede intentar obligarte a hacer algo que no quieras, mucho menos chantajearte o humillarte.

Yūji no lo sabía, pero esa había sido la razón de que Nanami suspendiera su pelea con Gojō. Por su condición física y su experiencia en combate, Nanami hubiera podido sacar del camino a Yūji, incluso noquearlo habría sido sencillo, mas no lo hizo; por un lado, no quería ponerle un dedo encima a su ahijado y, por el otro, se trataba de su superior directo.

—Entiendo. Por cierto, Ieiri-sensei…

—Puedes decirme Shōko.

—Shōko-sensei, ¿no dijo que revisaría a Gojō-sensei apenas despertara? —Esperaba no haber hecho un cambio de tema abrupto.

Ahora entendía a la perfección cómo funcionaban sus superpoderes yakuza, pero eso no le quitaba la preocupación acerca del estado de su pareja.

Shōko enarcó una ceja. Le dio la confianza para que la llamara por su nombre, ¿por qué agregaba el «sensei» si ya no era necesario?

Volvió la mirada a Gojō.

—Él… ¿Significa que no te llama «Gojō-sensei» para mantener las apariencias?

—Lindo, ¿no? Pretendía esperar hasta después de la graduación a ver si lo modificaba por su cuenta.

—En todo caso, el chico tiene razón —cambió de tema sin darle mayor relevancia—. Necesito revisarte. Tu viste una conmoción cerebral, así que debo examinarte para determinar su gravedad real.

Tras una serie de pruebas, que en su mayoría consistió en poner a Gojō a leer y preguntar por síntomas específicos, entre los que destacó la jaqueca, Shōko agradeció que no hubiera empeorado su condición mental.

—Si todo sigue en orden por las próximas seis horas, podrás ir a casa sin problemas. Te llevaré, así que no te preocupes; después hablamos de mis honorarios como taxista. Por cierto, ¿cómo terminaste así?

Un silencio incómodo comenzó a inundar la habitación. Yūji, sentado a los pies de la camilla, bajó la mirada. Gojō no necesitó verlo para intuir que debía sentirse incómodo.

—No me digas que fue Nanami —siguió Shōko—, porque sí, sé que te golpeó, pero pudiste salir casi ileso y caminando sin problemas gracias a que Itadori se interpuso. ¿Qué pasó después? ¿Te atropellaron acaso? ¿O te golpeaste contra un señalamiento peatonal corriendo a ochenta kilómetros por hora?

Una risa lacónica escapó de los labios opuestos, a sabiendas de que no le creería ninguna excusa.

—Ya sabes que mi estatura no es muy Japan friendly que digamos, así que...

—Yo lo hice —dijo Yūji, la voz firme y sin titubeos, mientras apretaba el puño de una mano con la otra—. Yo fui quien…

—Fue un accidente —interrumpió, un tono más grave de lo habitual—. Cosas que pasan. —Encogió los hombros, el rostro apacible.

Si Shōko no hubiera presenciado el extraño cambio de actitud de su amigo en ocasiones anteriores, ese pico de severidad podría ser considerado efecto de la conmoción cerebral.

Lo que en verdad llamó su atención fue presenciar los ojos llenos de culpa que Yūji no se molestaba en disimular; parecía estar a punto de llorar, a la par de lucir molesto consigo mismo.

Si hilaba bien los puntos y asumía que quien decía la verdad era el muchacho, una de las escenas que le cruzaban por la cabeza consistía en ese par teniendo una discusión que derivó en golpes, seguida de una reconciliación anormal. Lo que explicaría porqué los dos no parecían experimentar un proceso de ruptura y el porqué Gojō se mostraba indulgente y sumiso ante las decisiones opuestas.

No deseaba indagar más en lo ocurrido, así que lo resumiría en un: Gojō tuvo la culpa. Casi siempre esa era la conclusión más acertada.

Se pasó una mano por el cabello antes de hablar.

—Por si las dudas, sugeriré que a los profesores también se les pase ese cuestionario de violencia en el noviazgo que los alumnos tienen que hacer cada año. Ahora, debo volver a la escuela. Estaré de regreso por la tarde para dar de alta a Satoru si todo sigue bien.

No era psicóloga ni planeaba dar terapia de pareja. Lo mejor que podía hacer era salir de allí y dejar que ese par compartiera tiempo de calidad.

Por otro lado, era la primera vez que veía a Gojō con un extraño entusiasmo y docilidad en una relación; como su amiga, no sabía si sentirse feliz por él o preocuparse por el inusual comportamiento. ¿Sería una señal de mejoría de su trastornada psique?


Shōko cumplió su palabra. Al cabo de unas horas regresó para sacar a Gojō de la clínica y llevarlo a casa con novio incluido.

—Es extraño —dijo Gojō, notando el genkan carente de calzado—. Los zapatos de Megumi deberían estar aquí.

—Está en mi casa —respondió Yūji, ayudando al otro a sacarse los zapatos para que no se tuviera que agachar—. Con Sukuna.

—¿Por eso no querías que te dejáramos? ¡Y yo pensando que querías cuidar de mí! —Fingió llorar de forma dramática, cubriéndose el rostro con una mano y sorbiendo mocos imaginarios.

—¿Qué esperabas? Tengo que ver por mí mismo también y no quiero añadir más traumas a la lista. Gracias.

—¡Qué cruel! ¡Al menos haz el intento de negarlo!

Por primera vez, Yūji logró sonreír con genuina diversión. Los últimos días habían sido de tensión continua. El hecho de ser capaz de llenarse de felicidad al estar a un lado de Gojō debía ser una señal inequívoca de que había hecho lo correcto.

—¿Qué le parece tomar un baño, sensei?

Gojō levantó un brazo, haciendo lo posible por percibir su propio aroma.

—¿Tanto apesto?

—¿Acaso planeaba no bañarse hasta apestar?

—Tengo éstas cosas en la cara. —Señaló la férula nasal y los apósitos cercanos a uno de sus ojos—. No quiero que se mojen. Da picazón esperar a que sequen.

—Sólo lávese el cuerpo y métase al ofuro. Yo puedo lavarle el cabello.

—Mira nada más —insinuó con una tonalidad coqueta y juguetona—. ¿Este fue tu plan todo el tiempo? ¿Verme desnudo en una habitación caliente y humeante?

—No se emocione, viejo cochino. —Entrecerró los ojos. Extrañaba esas ridículas charlas subidas de tono.

—¡Yūji!

Gojō tomó la sugerencia de su chico, mientras se relajaba en agua caliente, éste último bajó a preparar la cena con lo que encontró en la cocina, culminando en sopa de miso y albóndigas.

Pese a que Yūji se aseguró de que Gojō terminara su comida en el hospital —a base de chantajes—, le sorprendió el apetito que tuvo esa noche; le dio gusto, pues se trataba de uno de los contados momentos en los que podía hacer algo por Gojō, dado que la mayor parte del tiempo era a la inversa.

Idealizaba una relación de dar y recibir; le era incómodo sólo recibir y vivir a expensas de otra persona.

Mandó a Gojō a descansar al sofá mientras lavaba los platos y, quizá fue por el sonido del agua cayendo del grifo o la frescura que ésta transmitía, pero meditó muchísimas cosas en poco tiempo.

Si lo analizaba bien, Gojō daba miedo. El tipo nunca tuvo ni parecía tener planes de experimentar remordimiento por lo que le hizo a Megumi, Sukuna u otras personas que nunca conoció. Sin embargo, con él era distinto, era como si Gojō comenzara a sufrir por primera vez el temor de perder a alguien. Tal vez por eso se mostró dócil. Tal vez por eso le había contado sobre su pasado. Tal vez por eso buscaba cambiar de alguna manera. Tal vez, con el tiempo, intentaría enmendar sus errores. Eso era lo que hacía ahora, ¿no?

Gojō tenía nervios de acero y era ridículamente astuto, pero su inteligencia emocional era casi nula y errática; lo entendía porque Sukuna era igual y también comprendía la diferencia entre ambos. Uno era un maldito psicópata enfermo con una extraña fijación física y emocional hacia su pareja; el otro, su profesor de matemáticas.

Si ponía a su hermano y a su novio en una balanza, Sukuna era un caso perdido; por Gojō aún podía hacer algo. Sólo él era capaz de ayudarlo.

Sí, Gojō tenía a Nanami, Shōko y Getō, que sabían de su condición, aunque ninguno parecía estar de su lado en su totalidad.

No era un experto en psicología pero, ¿qué tal que Gojō era así porque no tenía nadie con quién contar? Yūji quizá era la primera persona en quien depositaba su fe y, si le daba la espalda, tal vez Gojō alcanzaría un punto de no retorno.

No podía dejar que eso pasara.

Incluso con la diferencia de edad, debía demostrar que estaba a la altura, que con él a su lado, Gojō jamás estaría solo y qué mejor si en el proceso podía encaminarlo a ser una mejor persona.

Tras concluir su labor en la cocina, se dirigió hacia donde el otro reposaba.

Gojō lo recibió con los brazos abiertos y, al hallarse sentado, recargó la cabeza contra el pecho del muchacho.

Él también tuvo una especie de duelo durante varios minutos.

—Yūji, respecto a lo de ayer… —No tenía palabras—. No volverá a pasar. Te lo juro. Lo mantendré bajo control.

—No hace falta, sensei. —Le colocó una mano sobre la cabeza—. En realidad, venía a decirle que estoy bien teniendo dos novios.

Los músculos de Gojō se congelaron. Algo en su interior hizo un corto circuito por duplicado.

—¿A-a qué te refieres?

—Ya sabe, a Gojō-sensei y a Gojō-no-tan-sensei —explicó con calma, como si estuvieran hablando de la película que verían la próxima semana.

Gojō levantó el rostro, incrédulo ante lo que acababa de escuchar.

—Pero…, antes dijiste que no querías volver a verlo.

—Sí, realmente no quiero volver a verlo… así. O sea, si quiere estar conmigo tiene que comportarse, de lo contrario… —Hizo puño la mano. Las palabras sobraron.

Gojō tragó saliva, percibiendo cómo se deslizaba con trabajo a través de su garganta. Algo (o alguien) en su interior experimentó unos tétricos escalofríos.

—Así que haga lo posible por mantenerlo a raya si quiere hacer algo indebido, sensei. Tiene que aprender a que no puede vivir causando un caos sólo porque le viene en gana. Hay ciertas normas que debe obedecer. ¿Entendido?

—Entendido, Y-Yūji.

Por primera vez, a Gojō le dio miedo una sonrisa de Yūji. Era el mismo gesto cálido y brillante que calmaba sus peores deseos, pero, por alguna razón, persistía la necesidad de ponerse de rodillas y agachar la cabeza.

«En el futuro, ¿querrá casarse conmigo?».