In the hall of the Mountain King
Personaje: Deathmask
Canción: "In the hall of the Mountain King", de Edvard Grieg.
Acechando en la oscuridad, amparado por los demonios nocturnos que se aliaban en su misión.
Como si de un actor se tratara, el caballero de Cáncer esbozó una sonrisa de satisfacción, al llegar a aquella pequeña aldea perdida.
Se cubrió con aquella capa negra, procurando no mostrar la armadura que vestía debajo. La capucha ocultaba su rostro de la insidiosa luz de aquella farola que alumbraba el letrero de la villa. De entre sus ropajes sacó una carta. Asegurándose que aquel topónimo escrito en el papel coincidía con el del letrero, prosiguió adelante, marcando las huellas en aquel embarrado paraje.
Arrugó la carta entre sus manos y la dejó caer con desdén al suelo.
Mientras caminaba por las calles pobremente iluminadas, escudriñaba cada rincón, en busca de vida. Apenas un centenar de viviendas, ocultando entre sus muros gente de diversa calaña.
Traidores al Santuario. No necesitaba nada más que esas palabras para que el engranaje de su sed de sangre se pusiera en marcha.
Obedeciendo las órdenes del Patriarca, aporreó la puerta de la primera vivienda que le salió al paso. El sonido de la madera golpeada por las férreas manos retumbó en aquella fatídica madrugada.
Escuchó unos pasos lentos. Un hombre, el padre de familia, bajó las escaleras con cautela. No era normal que a esas horas alguien llamara a su humilde morada.
—¿Quién va?
Deathmask percibió el temblor de su voz tras esa pregunta.
—Un peregrino que busca refugio en esta fría noche.
La clave para poder acceder al hogar de una persona era atacando directamente a su piedad. Sobre todo en aquellos lugares donde la desconfianza cerraba puertas.
Al escuchar el ruido de la cancela, el caballero carraspeó, preparándose.
El destino de aquel hombre fue sentenciado en aquel instante, en cuanto Deathmask le atravesó de un solo golpe certero. El cadáver del hombre cayó desplomado con un golpe seco y los ojos del caballero se dirigieron a su próximo destino: una niña con ojos desorbitados, figura de piedra blanca, testigo del asesinato de su padre. Y tan pronto como sus miradas se cruzaron, el pequeño cuerpecillo cerúleo rodó escaleras abajo para reunirse con su padre.
La madre emitió un grito de terror al ver aquello, pero pronto se reuniría con su marido y su hija.
Regodeándose en su propia crueldad, Deathmask mantuvo la mano atravesando el pecho de la mujer sintiendo como su corazón se apagaba.
—Y estoy siendo misericordioso contigo, puesto que debo regresar al Santuario cuanto antes…
Un susurro demoníaco cargado de insolencia, pero que revelaba verdad. O así lo pensó la mujer antes de morir. A saber qué hubiera hecho con ella si hubiera tenido tiempo para entretenerse.
Terminado su trabajo, salió de aquella vivienda y realizó el mismo montaje para la siguiente familia.
Mas aunque se dio la alarma en aquel pueblecito para que los vecinos socorrieran a las víctimas, lo único que hicieron fue formar parte de aquella macabra puesta en escena.
Despojándose de la túnica negra, pesada por los líquidos vitales de sus víctimas, el caballero de Cáncer se presentó ante la multitud congregada como un ángel exterminador, arrasando cada aliento de vida que se interponía en su camino.
No importaba la edad o el género. La masacre estaba servida, de manos de un servidor de la diosa Atenea.
Y es que las órdenes fueron claras: acabar con toda la aldea de traidores al Santuario. Civiles adoradores de la verdadera Atenea que habían osado rebelarse contra el Sumo Sacerdote al declarar su pontificado como corrupto.
