Dance of the Sugar Plum Fairy

Personaje: Afrodita de Piscis
Canción: "Dance of the Sugar Plum Fairy", dentro de "The Nutcracker" (El Cascanueces) de Tchaikovsky.

Bajo el manto oscuro de una noche sin luna, unas delicadas y finas manos acariciaron el capullo de la flor que pronto se abriría al mundo, perfumando con su exquisita fragancia aquellos jardines que eran el orgullo de su dueño.

Los pétalos, fuertemente enclaustrados, guardaban aquel secreto que la rosa protegía celosamente.

Igual que esos pétalos, los labios del caballero permanecieron sellados tras una leve sonrisa de satisfacción mientras seguía repasando el resto de rosas abiertas.

Los párpados ocultaron a la oscuridad los centelleantes iris celestes, testigos hacía apenas unos minutos, de la verdad oculta en el Santuario.

Moviéndose como un fantasma entre las ramas espinosas de sus rosas, recordó.

Recordó cómo sus pies se habían deslizado escaleras arriba hasta el templo del Patriarca.

Todas las noches, Afrodita contemplaba el suave fulgor de una antorcha proyectando quimeras en las paredes internas de una habitación, en la que el poderoso hombre permanecía encerrado durante horas, de madrugada.

Había algo en esas siluetas que no encajaban con el recuerdo del hombre que le invistió caballero de Piscis.

Y subió las escaleras. Un impulso desaforado, de creciente excitación por conocer el secreto que ocultaban los muros de mármol y piedra.

Silenciosamente, serpenteó por la sala principal, cuya alfombra amortiguaba aún más el sonido que pudiera hacer.

Y su sentido del oído percibió algo. Intuyendo de qué se trataba, apuró el paso, sintiendo el bombeo de la sangre en sus sienes y su entrepierna— qué le iba a hacer— junto a la sequedad en la boca al respirar agitadamente por ella.

Más cerca.

Cerró la boca y repasó los labios con la lengua, quedando éstos ensalivados, brillantes y húmedos, haciendo juego a los ojos azules y al pequeño recorrido que una gota de sudor perfilaba en su piel por la nuca.

Y al fin localizó la guarida.

La tenue luz se filtraba por detrás de la pesada cortina de terciopelo granate.

Volvió a escucharlo.
Esas manos, de dedos largos y habilidosos, apartaron aquella puerta de tela para revelar el secreto mejor guardado.

Y Afrodita no pudo sino que ahogar un gemido, mezcla de sorpresa y éxtasis sexual.

El Sacerdote se giró lentamente en aquella piscina cuyas aguas apenas cubrían más allá de las rodillas.

El sueco sonrió al reconocerle.

No.

Aquél no era el viejo lemuriano de cabellos grises que en su niñez le entregara la armadura de Piscis.

—Saga de Géminis…qué placer da volver a verte…sobre todo en estas circunstancias…

Las palabras de Afrodita escaparon como un reclamo sugerente, pero el aludido simplemente las ignoró, con esa sonrisa que hacía que cualquier ser, humano o divino, cayera de rodillas frente a él.

Mordiéndose el labio inferior, el caballero de Piscis cortó el capullo que había estado contemplando.

Lo acarició suavemente y depositó un delicado beso sobre él. Repitió las mismas palabras que le había dedicado al Patriarca tras serle revelada la verdad y haber tomado la decisión de unirse a su justa causa.

—Tu secreto estará guardado conmigo.