Dance of the knights
Personaje: Aioria de Leo
Canción: "Dance of the knights", de Sergei Prokofiev.
—¡Tú! ¡Maldito embustero! ¡Traidor! ¡Atentaste contra la vida de Atenea y asesinaste a mi hermano!
La flamígera presencia de Aioria sorprendió al Patriarca, quien se hallaba en su trono, al final de la larga alfombra.
Movió lentamente entre sus dedos la copa de vino tinto que hasta ese momento estuvo degustando. Un placer amargado por el inconveniente, pero previsible comportamiento del caballero de Leo.
Media sonrisa se esbozó en sus labios. Percatándose de ese gesto, Aioria apretó los dientes y avanzó con paso decidido hacia el trono.
—¡Impostor! ¡Cómo te has atrevido! ¡Trece años haciéndonos creer que Atenea estaba entre nosotros, cuando estaba a salvo en Japón! ¡Trece miserables años en los que he estado engañado pensando que mi hermano era un sucio y vil traidor!
El Patriarca se incorporó rápidamente. Nada podría hacerle cambiar de opinión y no estaba dispuesto a caer ante la furia de ese caballero.
—Qué listo eres Aioria, caballero de oro de Leo. Pero no te conviene enfrentarte a mi y lo sabes.
El griego retrocedió instintivamente al ver al Patriarca dirigiendo sus manos hacia él. Por alguna misteriosa fuerza, detuvo su retroceso, quedándose de pie en actitud defensiva.
El Patriarca alargó los brazos hasta rodear con sus palmas el rostro de Aioria, que en aquellos momentos se estremeció de terror. Su habitual temperamento fogoso quedó escarchado por la certeza de saber que aquel quien tenía enfrente, no era sino un ser diabólico.
Una gota de sudor se escurrió por su sien derecha y desvió los ojos esmeraldas hacia los mechones de pelo que asomaban como serpientes por debajo del casco, tomando una coloración oscura.
Ese degradado de rubio que tornó a negro fue acompañado de un relampagueo en el fondo de la oscuridad del casco. Las pupilas de Aioria se contrajeron ante el resplandor y por unos segundos le pareció vislumbrar un rostro, esculpido de juventud y lozanía. Nada que ver con el aspecto ajado y arrugado del verdadero Patriarca.
—Vamos, tú y yo sabemos que no puedes luchar contra mí. Soy mucho más poderoso que tú— murmuró aquella voz, de tintes metálicos.
Al fin reaccionó. Liberado de las garras de aquel impostor, el caballero de Leo se deshizo de la insinuante caricia del Patriarca. Retiró las manos de su rostro, sintiendo un líquido caliente recorrer sus mejillas.
—¡Bastardo! ¡Acabaré con tu patriarcado ahora mismo!
Sus ganas de golpear quedaron bloqueadas súbitamente. Un cosmos conocido le paró en seco.
—Patriarca, no ensucie su reputación rebajándose a combatir contra un traidor. Permíteme tomar su lugar.
Shaka.
El hombre más cercano a un dios apareció de la nada, conformando su etérea presencia interponiéndose entre los dos.
El Patriarca, complacido ante tal ofrecimiento, se retiró unos pasos y permitió que ambos adoptaran la postura de una guerra sin fin.
Los dos caballeros de oro peleando por él. Entusiasmado por tal deleite para sus ojos, quiso tomar ventaja de aquello.
Y en un momento del combate, el Patriarca ejecutó su soberanía sobre el caballero de Leo.
Ordenó al caballero de Virgo retirarse a su templo y esperar acontecimientos, mientras él se quedaba a solas un poco más con su marioneta de oro.
—O estás conmigo o estás contra mi— musitó al oído de Aioria—. Bajo mi dominio, ejecutarás a aquellos caballeros de bronce. Puedes regresar a tu templo.
—Sí, mi señor.
