Disclaimer: Los personajes de Masashi Kishimoto no me pertenecen, tan sólo forman parte de esta historia con un objeto meramente lúdico.
Advertencia: Este capítulo contiene escenas de violencia y contenido sexual que podrían afectar la sensibilidad del lector. Favor de leer con discreción.
Capítulo 3: Confianza
"La lealtad es el camino más corto entre dos corazones." — José Ortega y Gasset
La delicada manicura color bermejo pasó nuevamente por las tres mismas líneas del presupuesto de egresos con sórdida impaciencia. Debía ratificarlo a la brevedad y enviárselo a la Asamblea General para una revisión concluyente de cada partida antes de ser finalmente admitido y enviado a la Oficina Feudal; y aunque ya se encontraba retrasada en la entrega desde hacía dos días, por más que intentaba enfocarse, sus pensamientos se perdían en las primeras palabras del pomposo escrito, incapaz de concentrarse.
Habían pasado once meses desde la presunta desaparición de su alumna, y a pesar de los extraordinarios esfuerzos realizados por el equipo élite de rastreo, aún no existían indicios certeros de su paradero, las condiciones anímicas de la chica o de los motivos mismos de su violenta abducción. Más aún, considerando el trabajo invertido en desenmarañar la investigación, resultaba amargamente irrisorio sólo contar con el punto de extracción, aquel del que se esperaría recibir alguna señal sobre la identidad del secuestrador y la dirección de su partida, si no fuera porque la lluvia y las infaustas condiciones de la intemperie habían eliminado todo posible rastro remarcable al cual encauzar sus indagaciones. Ella misma había liderado las operaciones de búsqueda y coordinando el registro de la zona hasta el cansancio, disponiendo incluso de las mentes más brillantes para su causa. Había recorrido aquella cumbre escarpada y boscosa tantas veces, que la cúspide había pasado de ser el seno de sus demonios internos a paulatinamente convertirse en un celoso refugio para las noches de insomnio, cuando la culpa y la impotencia mesaban asfixiando su mente, y se hacía dolorosamente evidente el lento escurrir de las estaciones a través de la piel.
En ocasiones, oculta en la absoluta soledad del peñasco, frente a las luces dispares que iluminaban el pueblo a sus pies, le gustaba imaginar cómo debió desenvolverse la batalla. Visualizaba el vigor de los ataques en los remanentes de la piedra desmembrada, la elegante ejecución y la velocidad de los movimientos en la profundidad herida del terreno. Y al observar la dimensión abisal de las fisuras, los despojos de la volátil cruzada expuestos en la tierra, se permitía sonreír débilmente. No importaba quién fuera su captor, sabía que su pupila había luchado hasta la agonía por su libertad. Ella misma se había encargado de fortalecerla, de capacitarla en todos los ámbitos disponibles a su mano para garantizarle la supervivencia en aquella profesión, naturalmente injusta, dura e inclemente. Pero a pesar de sus enseñanzas, y de la fortaleza innata de su pupila, aquellas herramientas habían probado ser desoladoramente insuficientes, y aquella noción le esfumaba el orgullo tan pronto como la realidad de su ausencia golpeaba de regreso, devastándola. Entonces, ni el calor del alcohol podía animarla.
¡Cuánto extrañaba al idiota de Jiraya en esas ocasiones! ¡Maldito fuera él, que no regresaba de su extenso viaje! Él sí que podría alegrarla, o al menos, adormecer el peso de sus faltas, los pecados que la engullían despacio, alternándola entre las limitaciones de su propia demencia. Sabía que él la haría reír con sus ridículas historias de infructuosas conquistas y deprimentes coqueteos, y luego calmaría su cólera hundiéndose interminablemente en ella, ambos furiosamente ansiosos, y sin embargo sumidos en la discreción más absoluta. Quizá, se decía cautiva en la nostalgia, cuando volviera le daría una oportunidad. No los encuentros breves y acalorados con los que se recibían furtivamente, nerviosos, terminando revueltos bajo las sábanas o cualquier superficie sólo para retomar su distancia una vez que el éxtasis remitiera, envolviéndose nuevamente en el dolor y el miedo a las ardides del futuro; sino un verdadero espacio para compartir lo más insondable de sí mismos, aquellos sentimientos confusos que se retenían celosamente sin razón, y que, con los años se tornaban intolerables, incluso absurdos. Una cita, se atrevió a divagar, aventurando su imaginación en los pormenores de semejante evento: una sonrisa indiscreta, la risa ronca brotando libre de tensiones mientras el licor desnudaba la última de sus reservas y la noche culminaba en la humedad de las carnes unidas, en la implosión exquisita del cuerpo. Podría ser, se convenció. Pese a todo, el hombre era un romántico incorregible que se bebía su cinismo ante la vida como si fuera ambrosía, y ella en cambio encontraba calma bajo la hosquedad de su tacto, en la virilidad de su presencia.
Dios, lo necesitaba. Cuánto.
Con un pesado suspiro, los estilizados dedos frotaron su frente crispada por el constante agotamiento y estrés de las últimas semanas, abstrayéndola de su fantasía para devolverla a los papeles esparcidos en el escritorio. Y fue contemplarlos, reparar nuevamente en ellos, el detonante para el estallido de furia que brotó de sí misma, oprimiéndola en la más lacerante impotencia, la reacción volátil de sus manos dispersando los documentos con un golpe antes de dejar caer su rostro contra sus palmas con un lamento de frustración y derrota. ¡Claro que él no iba a regresar! Ella misma se lo había pedido previendo la reacción de Naruto, pensando en su seguridad y en el bienestar de una aldea que aún no terminaba de recuperarse de su último atentado. No se atrevería a enfrentar al rubio sin una respuesta de consuelo para darle, sin un posible curso al cual encauzar la infructuosa investigación de su compañera. Pero aún no había nada, y al igual que con aquel infame reporte, reconocía que estaba librando una batalla estéril contra el tiempo. Aquel viejo Sannin ya no podía mantener al chico lejos por demasiado sin levantar sospechas, y conociendo el carácter impetuoso de su pupilo, seguro ya estaba comenzando a impacientarse de sólo recibir vanas evasivas. De seguir así, no tardaría en enfrentarse a la dolorosa realidad.
¿Le recriminaría él también su incapacidad para dar resultados?
Con una mueca, evocó las formas seniles de los miembros del Consejo Interno. Aquel trío de ancianos que ya nada aportaban en favor del bienestar del pueblo, y que en cambio imponían insidiosas quejas y limitaciones ante toda proposición de progreso porque sencillamente ya no conocían a su gente, ni tenían el menor interés en comprender las necesidades apremiantes de la época actual. Encima, tenían tan poca confianza en ella, en la representación de su cargo público, que imposibilitaban en la medida de sus capacidades cualquier uso de su autoridad como regente sin la más mínima valoración de los costos implícitos que aquella actitud trasladaba en los habitantes. ¡Que se jodieran ellos, antes que ella! Ahora debía soportar sus constantes reproches por la atención que el caso de Haruno Sakura tenía en su despacho, por los elementos que absorbía, y los nulos avances que la investigación revelaba. ¡Cómo si no fuera ya consciente de ello! Era ella quien delegaba las misiones, los recursos, quien gestionaba el personal. Sólo ella dimensionaba la presión constante de saber que, bajo su fortaleza y responsabilidad, se amparaban las generaciones actuales, los principios e ideales de sus raíces. Jamás podría pretender ignorar las limitaciones de su corporación y sus capacidades, ni mucho menos forzarlas, pero tampoco estaba dispuesta a cortejar el concepto de que la joven no era más que un espectro difuso en los colaterales de una guerra sin nombre. Y le reventaba que ellos lo hicieran.
—Tsunade-Sama. —Resonó la voz monótona de Shizune, asomando su espesa melena negra tras las pesadas puertas de roble que custodiaban su oficina. —El Kazekage y sus hermanos esperan en la sala principal. ¿Se encuentra bien?
—Perfectamente. —Masculló entre dientes, sin esforzarse en ocultar su fastidio. —Enseguida los atiendo.
Resoplando, se incorporó con pesadez de su asiento, tanto o más cansada que cuando se dispuso a leer tan tedioso oficio por enésima ocasión. Se reconocía agotada, física y mentalmente, y si era sincera consigo misma, profundamente deprimida también. Hastiada de cruzar la mirada con las lóbregas facciones de los Señores Haruno, que con el paso de las estaciones se hundían más y más en la desesperación y certeza de que su hija no volvería. Harta, de responder a los cuestionamientos de Yamanaka Ino en cada ocasión en que se acercaba buscando una nula resolución al desarrollo insuficiente de la averiguación, sólo para terminar escuchando sus ánimos rotos ante la dura evidencia, mientras ella misma se consumía en el resquemor propio. Se sentía exhausta de tomar el trayecto más largo hacia su departamento buscando eludir sin frutos el pánico que le provocaba la vista del balcón siempre oscuro lindante a la antigua habitación de su alumna. Furiosa, de intentar componer la permanente mortificación en su expresión ante el desdén y lástima de los demás, entretanto debía lidiar con las críticas, reclamos imprudentes, y desaires insolentes del Consejo reprochándole su interés en la chica a la menor oportunidad, uno que cada vez les parecía menos justificable. Pero, sobre todo, le enfermaba el recuerdo vacío de Sakura, su mayor promesa, su heredera.
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Deslizó el azadón sobre el último tramo de tierra removida con metódica paciencia, cuidando la proporción paralela de los surcos que tan laboriosamente había definido durante la mañana, bajo el calor inclemente del sol que se cernía besando los rincones descubiertos de su piel. Las manos, ahora ásperas por el trabajo labrado, se afianzaron con fuerza sobre el mango de madera, descansando llanamente su peso en él, y con una amplia sonrisa de satisfacción, dejó que los guantes de cuero se pasearan por su cuello húmedo y caliente, mientras la vista desnudaba la extensión del vigoroso prado verde frente a ella, perfilando el angosto límite entre el recelo del espeso bosque envolviendo la extensión de la hierba y el reducido huerto sobre el que sembraban.
En el linde de la parcela, donde comenzaba a crecer desordenadamente el pastizal, tras la modesta división que enraizaba con avidez la longitud de la última plantación de tomate de la temporada, advirtió la figura centrada de Itachi encogida contra las ramas alargadas del arbusto. Se encontraba dándole la espalda, agazapado en la meticulosa labor de cortar las hojas ligeramente amarillas cercanas a las bayas rojizas en plena maduración; detallando y moldeando las fibras esmeraldas en un minucioso escrutinio del que no parecía ser capaz de absolverse. Desde la cautelosa protección que le otorgaba su posición, ella se permitió perderse en la lenta observación de su cuerpo, apreciando el movimiento rítmico de los antebrazos tensándose elegantemente ante el efecto de cada incisión, en las ondulaciones ásperas de su espalda; y al verlo girarse parcialmente, revelando la absoluta concentración dispuesta en su orgulloso semblante, no pudo parecerle menos fascinante. A diferencia de ella, el rostro masculino y debidamente proporcionado no revelaba signo alguno de fatiga o insolación, e incluso, bajo la aparente calma de sus facciones relajadas, desde la distancia, lo reconoció infinitamente peligroso.
Absorta en las formas de la luz moldeando sus rasgos, contempló aquella mirada oscura y profunda desviarse brevemente hacia la fuente de las estridentes blasfemias y alaridos provenientes de la estructura de madera adjunta; donde Kisame renegaba incansablemente sobre la suciedad del estrecho gallinero, blandiendo enérgicamente el cepillo de cerdas contra las territoriales aves, que parecían renuentemente indispuestas a permitirle concluir sus quehaceres en paz. En respuesta, el tiburón gruñía y arremetía enfurecido, viéndose una y otra vez rodeado por el revoloteo de plumas, heces y cacareos que parecían removerse y burlarse de él en equivalente medida, sin darle descanso. Tal era la dimensión de su indignación que, en la distracción de uno de sus múltiples arrebatos de cólera, no reparó en la gallina vengativa y furiosa agitándose lo suficiente para sobrevolar su cara, y que se atrevió a asestar un picotazo sobre la frente fruncida.
Divertida por el grito rabioso del imponente guerrero y la valentía temeraria del pájaro enardecido, se obligó a contraer una mueca, suprimiendo una carcajada por la risita indulgente que en cambio llenó sus mejillas, dispuesta a dejarlo ser; pero fue escuchar la tenue risa enronquecida del Uchiha, la calidez explícita en el gesto de sus orbes abiertos, y un suspiro de franca satisfacción escapó de sus labios.
Aquel día se sentía especialmente plena, y la verdad sea dicha, aquella era una emoción que reconocía deliciosamente prolongada a través de los últimos meses. Le gustaba el indomable dinamismo que su vida había adquirido en compañía de los dos hombres, incluso a pesar de sus personalidades dispares y frecuentes choques de poder. Disfrutaba en demasía de la nula condescendencia con la que la incitaban tácitamente a cooperar en las labores cotidianas, donde jamás se le ofrecía la posibilidad de quedar rezagada; tanto así como de la noción imperante del sacrificio personal en favor de un objetivo en común. Le abrumaba el respeto inherente que percibía ir ganando ante el abismo de los ojos oscuros con el paso de los días, y sin ser capaz de racionalizarlo a consciencia, se encontró a sí misma tan importante como la suma de los esfuerzos continuos, revelándose más desarrollada, más sabia. Tan fuerte y necesaria como sus irrefrenables progresos en las artes de la guerra y que, naturalmente permutaban en el empuje absoluto de su confianza y autoestima, en la vitalidad inextinguible de su capacidad. Y aquel fundamento, tan embriagante como lo conocía, la urgía en el éxtasis cuando el golpe de la adrenalina, de la anticipación por el siguiente obstáculo, se revelaba misteriosamente complejo y excitante. Tanto, como la noción avasallante de ser observada con insistencia por el moreno.
Bajo la tutela del Uchiha, usualmente entrenaba hasta el cansancio, alargando constantemente las sesiones hasta que el crepúsculo se desplegaba en el suave apogeo de la luminiscencia violeta, azul y anaranjada que devoraba sus cuerpos. Y aún en pie, ignorando el avance indefinible de las horas, sus figuras se encontraban demasiado ensimismadas en la violencia de sus impulsos; en las zancadas ávidas del otro como para asumir el más leve síntoma de fatiga. En esos momentos el concepto del agotamiento no existía, y en cambio las miradas se reconocían, enfrentándose apasionadamente una y otra vez, y otra; hasta que ella eventualmente trastabillaba, ya incapaz de equiparar el ritmo, y él, pese a sus vehementes protestas, concluía la lección.
En ocasiones, dependiendo de su humor y de la tirantez de su aburrimiento, Kisame se les unía, retando a la pequeña mujer a derribarlo con aquella fuerza bruta impropia para su delgada constitución. Y ella siempre aceptaba el desafío sin vacilar, bregando enérgicamente contra él hasta el límite de sus impulsos, atendiendo la más ínfima variación posible para no perder la virilidad de sus agresiones. Entonces, Itachi contemplaría con ojo crítico sus acometidas, el cauce y la intención de sus pasos hasta que finalmente decidiera volver a escena y concluir el asalto. Obligándola a hacerle frente no a uno, sino a dos de los mejores shinobi que la historia alguna vez hubiera visto.
Con sorpresa, durante las últimas semanas se había descubierto bastante hábil en el manejo de herramientas y la ejecución de actividades manuales si recurría a la suficiente paciencia y planeación de sus proyectos. Por lo que, cuando no se ejercitaba, se entretenía ayudando en los quehaceres diarios de la fortaleza, arando la tierra y cuidando diligentemente los cultivos de las plagas y el mal tiempo, o simplemente ordenando algunas de las habitaciones colmadas de muros derruidos y escombros hasta proyectarlos en los vestigios de lo que alguna vez fueron. La enfermería, anteriormente saqueada y desvencijada, se había reformado hasta convertirse en un modesto laboratorio donde se dedicaba profusamente a analizar los hallazgos y métodos de los especialistas anteriores que habían dirigido el caso de Itachi; y donde, tras sus últimas adecuaciones, enfocaba sus esfuerzos en examinar muestras sanguíneas extraídas del pelinegro, preparar soluciones de usos diversos como medicamentos o venenos, y donde documentaba sus infinitas anotaciones sobre el avance de su investigación ocular.
Recientemente había encontrado lesiones significativas en el tejido celular de los fotorreceptores de la retina y el nervio óptico, y gracias a ello, había conseguido obtener breves resultados en mejorar la capacidad visual de su mentor con tratamientos regenerativos. Sin embargo, aún no tenía forma de relacionar el despertar el Mangekyou Sharingan con el deterioro del sistema nervioso, y encima, poco después de comenzar a tratarlo, encontró severas laceraciones en la carne de los pulmones, e incluso daño renal. Aquello explicaba la aparición de síntomas como fatiga, náuseas e incluso el cuadro de arritmia que había detectado desde su primera observación; pero aún le era discordante con la pérdida de la vista. Encima, sabía que no contaba con el equipo adecuado para realizar un correcto seguimiento de la misteriosa enfermedad y que además la información desconocida aún era, cuando menos, vasta; especialmente la relacionada a la línea sanguínea de los Uchiha. Pronto, excursionar el pro de la investigación se volvería imprescindible, pero considerando que aquello implicaría realizar una visita a las ruinas del asentamiento del clan, aún retenía nerviosamente el tema para sí, insegura de su reacción, y últimamente, de su condición junto a él.
Entretanto, esperando encontrar algún dato remarcable sobre las habilidades de la prestigiosa familia entre los vastos archivos de la antigua biblioteca, se había dedicado a renovar aquel estrecho depósito, dedicando tardes enteras tras las pesadas puertas de encino a organizar e inventariar la variada colección de libros, pergaminos, escritos, e incluso correspondencia militar que anteriormente se apilaba en las esquinas, vulnerable al cruel ascenso de los años. Incluso rememorando el estado original de la estancia, revuelta entre los muebles astillados arrojados al vacío, el polvo y los vestigios fracturados de la piedra, aún le horrorizaba la desmedida imprudencia con la que se habían manejado tan valiosos textos, especialmente aquellos documentos de índole bélica y que, frecuentemente, tras la derrota de un grupo, eran los primeros impresos en destruirse por temor a ser incautados por el enemigo, y aprovechados como evidencia explícita y detallada; imputable como fuente de innumerables crímenes de guerra. Y si bien semejante descuido siempre la sorprendía, en ocasiones se permitía imaginar cómo se desarrolló la forzosa retirada de Iwagakure en la región, el caos que antaño habría abrumado la extensión de los corredores, ahora oscuros senderos inanimados.
Algunos días, en el alba fría colmada de nebulosa palidez, amanecía bajo el eco estridente de un silencio desgarrador. Un instante tan lánguido que la hundía contra las sábanas, un aislamiento tan marcado que asfixiaba por su fuerza. Al principio, la sensación de abandono se sentía tan pesada que percibía el tránsito de las semanas con especial sensibilidad, con excesivo detenimiento, hasta que el dolor que nacía en ella se retraía, difuminándose lo suficiente para otorgarle un atisbo de raciocinio y recordarle severamente su posición. Y con esa áspera consciencia llegaba el entumecimiento de su persona, de la rutina adormecida dentro de la fortaleza. No había una nota, un mensaje o una advertencia siquiera, y no era él sino su ausencia lo que los muros indolentes suspiraban: se habían ido.
La primera vez que ocurrió, realmente pensó que no volverían, y durante semanas permaneció como autómata, actuando por mera monotonía con la única certeza de que no tenía derecho alguno a esperar nada de los dos hombres con los que había llegado a considerarse protegida, incluso apreciada. Con todo, nunca consideró realmente la posibilidad de huir, ni siquiera en las noches más duras, cuando la soledad e incertidumbre abrazaban con mayor ahínco. En cambio, esperaba dócilmente, relegándose a la penosa actitud de ser el animal domesticado que espera con mansedumbre por el día en que aparezca aquel dueño que apenas lo alimenta.
Quizá, se decía en los espacios de autorreflexión, en el fondo ya no se reconocía como un miembro digno de pertenecer a su antiguo hogar, y su limitación y resistencia al retorno se cernía en el terror de enfrentarse al escarnio de regresar incompleta, habiendo sido incapaz de cumplir el objetivo último de proteger a su mejor amigo, a su aldea; de recuperar al amor de su vida y, aún más sustancial, de encontrarse a sí misma. Y si bien reconocía aquella como una razón de peso incalculable, en el fondo también era capaz de identificar un motivo subyacente tan poderoso como para eclipsar cualquier otra justificación que pudiera darse: se negaba a perder aquel vínculo estrecho y obtuso que había forjado. A olvidarse de la fría amabilidad del moreno que con sólo un pestañeo incineraba sus sentidos, y del carisma tétrico que caracterizaba al escualo, y del que comenzaba a ser entusiasta. La sola idea de alejarse, de enfrentarlos en el futuro incluso, le parecía una visión insoportable.
Ya había perdido la cuenta crepuscular en el momento en que el viento gélido del norte le entregó un lóbrego sabor a invierno, prometiendo una estación implacable. Atendiendo proactivamente el presagio, aquella tarde se encontraba agazapada contra las hortalizas, extendiendo escrupulosamente un cúmulo de hojas secas, ramas y hierbas marchitas en las ranuras del huerto para fungir como aislante de las bajas temperaturas; cuando en la periferia alcanzó a distinguir un par de sombras descendiendo suavemente por el valle en el centro, sus figuras apenas condensándose entre la espesa bruma vesperal. Eran ellos, cruzando el denso follaje con la calma infinita que antecede a un encuentro premeditado, como reconociendo los dominios propios.
Absorta en una emoción indefinible, sofocó un gemido conmocionado, incapaz de definir si era llanto o una risa ahogada lo que raspó impreciso en su garganta, pero sin serle posible racionalizarlo siquiera, casi sin notarlo, se encontró corriendo con el peso desesperado de su anhelo. Apenas escuchó el suave crujido de la hojarasca crepitando bajo sus pies o percibió las gotas frías del agua escurriendo a través de sus piernas desnudas cuando cruzó sin refreno la superficie blanda del arroyo, y las formas de la vegetación se transformaron en alargados nubarrones esmeralda, tan deformes e incoherentes como el nudo entre la razón y sus deseos expuestos al final, hasta el punto donde alcanzaba la vista. No había nada más allá de la consciencia de los guerreros abriéndose paso bajo la densidad de los árboles o el bombeo acrecentado, casi expulsado, contra su pecho. Nada más allá del prado que los separaba, eterno en su extensión, de pronto inalcanzable en la dimensión de su otro extremo.
Incapaz de meditarlo, aceleró su tormentoso avance, viviendo los segundos que le tomaba caer en cada zancada como si fueran años; embargada por la necesidad necia de acercarse, de sentir aquella energía olvidada orbitando a su alrededor; y con una agilidad que rayó en la furia, casi idílica, llegó a ellos.
Nerviosa, azorada y sucia, reparó en lo inferior que se sintió una vez que estuvo frente a la expresión lacónica que ambos le dieron, y aunque sus inseguridades eran ponderantes, los semblantes ante sí no reflejaron emoción alguna; y ahí, bajo las gruesas ramificaciones entretejidas de los abetos, simplemente se miraron, los tres. Las capas oscuras, roídas por el fuego de alguna batalla, ondeaban con la brisa austera que los recibía mientras el olor a sangre opacaba todo aroma, calando incluso en las heridas propias, en la cólera interna. No contaba con una motivación definida, pero súbitamente su cuerpo la urgía en la violencia de sus gritos, ansiado lastimarlos, violentarlos hasta abandonar los espectros lóbregos que la engullían en su ausencia mientras esperaba una respuesta severa y se desahogaba en la lentitud de sus reclamos; preparándose para la dolorosa resolución. La rabia, su burla, incluso el lacerante desdén que antecede la mordacidad de su indiferencia. Pero nadie dijo nada, y en cambio, Kisame se irguió de pronto con una risa abierta, alejándose tranquilamente con la destrozada vestimenta en mano. Y se quedaron ellos, los ojos negros, antes rojos, también sonriendo.
No se expresó palabra alguna en relación a su abandono o las razones mismas de su partida, pero después de aquello, el par jamás se marchó sin despedirse. Nunca le mencionaban por cuánto tiempo viajarían, su destino, o los detalles sombríos de sus actividades al exterior de la fortaleza; y aun así, desprovista de toda garante de su regreso como estaba, percibía en sus gestos la presencia de una promesa implícita. Un lazo irreprimible revelado en la intensidad de su mirada a partir de aquel día. Y Sakura se permitía aferrarse a esa certeza, al hecho único de que, sin ellos, se encontraba irrevocablemente perdida.
—¡Sakura! —El pesado brazo de Kisame colgándose de su cuello fue capaz de abstraerla de sus pensamientos, sorprendiéndola con un gritito sofocado por los aromas del sudor y el polvo impresos en la humedad de la piel garza. —¿Es que piensas quedarte fantaseando todo el día?
Ruborizada, se alejó de su tosco abrazo con un empujón, esperando recuperar su espacio personal y, con ello, la compostura perdida; pero él apenas se movió lo suficiente para permitirle respirar con naturalidad, aunque no sin proferir un quejido.
—¡Por supuesto que no, ya he terminado! —Rezongó entre forcejeos. —A diferencia de ti, que te falta la mitad del gallinero.
—¡Claro que no, preciosa! —Alardeó a través de su sonrisa ladina, finalmente soltándola. —Mientras tú soñabas en esa cabecita hueca que tienes, yo también concluí mis deberes. Revisa las tablas si no me crees, encontrarás que están relucientes.
—Sin duda lo hiciste mal. —Refunfuñó entre dientes, incapaz de ocultar el tono risueño oculto entre sus labios mientras su visión perfilaba la longitud del huerto. —Itachi ya no está, seguro en algo te aprovechaste. ¿Qué has hecho?
—La astucia es un don, cariño. Lamento que no lo tengas.
—En absoluto. —Replicó con desinterés, alcanzando las herramientas esparcidas en el suelo en un ánimo por dar por concluida la jornada y deslizarse al calor de un prolongado baño y las delicias de un libro esperándola ante el descenso de la tarde. Sin embargo, pese a sus anhelos, Kisame no la siguió como usualmente era la costumbre, y al darse cuenta se detuvo, retomando su sermón. —¿Qué hiciste? Llevabas toda la mañana en ello.
Al ver que tenía nuevamente su atención, él se encogió de hombros con evidente satisfacción, y su dentadura aserrada se estiró en una sonrisa colmada de orgulloso cinismo. Tan tétrica como la severidad de las malformaciones en su rostro, pero que en ella ya no causaban mayor efecto que una complaciente curiosidad. —Es natural que las aves le teman al agua: hay predadores cerca.
Y fue mirarlo, asimilar la expresión de suficiencia llenando sus facciones, el estímulo suficiente para entenderlo.
—¡Kisame! ¡Si continúas asustándolas no podrán poner huevos! —Regañó con ficticia seriedad, a pesar de que en el fondo se encontraba íntimamente divertida con su infantil ocurrencia y el vigoroso despliegue de sus fauces. —¡Realmente eres imposible!
—Sí, sí. —Masculló el tiburón, dándole un ligero empujón con la cadera. —Cállate y ayúdame a cargar la hortaliza en la carreta, aún debemos llevarlas al almacén.
Súbitamente, su buen humor se esfumó en la dolorosa pausa que recorrió sobre su cuerpo, la implicación de sus palabras enredándose en su vientre mientras los músculos se retorcían en una tensión apenas rota por la aspiración de su ser, por la imagen cautiva de los burdos movimientos de sus miembros estirándose mecánicamente contra la nada; encorvándose hacia la proximidad imposible de la tierra y los frutos del huerto conforme sus ojos se hundían tras las sombras de su cabello. A su lado, para él la vacilación fue tan evidente que lo obligó a fruncir la frente y mirarla con franca curiosidad, antes de elevar cuidadosamente su dedo y alzar suavemente el mentón oculto, sólo para sonreírle con paciencia. Avergonzada y herida, ella trató de alejarse, pero la rigidez en su torso ascendió insoportable y sorpresivamente decidió que cualquier impulso de sus nervios requeriría el más absoluto de los esfuerzos.
—¿Tan pronto se irán? —Graznó a medias, apresando su mirada, pero él no respondió, y enseguida lamentó la nota agónica que aulló en su voz. Ya había fallado vergonzosamente en suprimir los polémicos sentimientos que embargaban su pecho al verlos a ellos, al reconocerlos como algo latente en sus pensamientos. Y ahora, insatisfecha, exponía su vulnerabilidad a la bestia indolente que había asumido como compañero, desnudando la magnitud de sus emociones y la importancia que tenían para ella, anteponiendo incluso sus más sombríos deseos sin detenerse y dimensionar siquiera la noción de sus más viejas alianzas y el futuro inminente encerrándose silencioso sobre una única verdad: en el largo plazo serían enemigos; y sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, debía recordárselo.
Pese a ello, y rememorando con ansiedad las experiencias pasadas, sabía que una vez partiendo a la venta de la hortaliza, ellos se embarcarían en alguna misión propia de su reputación, tan discreta y peligrosa como los orígenes de su oscuro gremio. Permanecería sola en la inmensidad muda de la fortaleza, sin conocimiento alguno de su regreso durante semanas mientras el paso de las horas la adormecía y su concepción del tiempo partía en la contemplación de sus interrogantes, dejándola con las dudas expuestas a las viejas heridas, a la gravedad de su partida.
Mirándolo finalmente, de pronto le pareció identificar algo similar a la preocupación desdibujando la mueca perenne del tiburón, pero rápidamente comprendió la imposibilidad del gesto y recobró la cordura, deshaciéndose con hosquedad de su toque solo para componer una cauta distancia entre ellos, un espacio lo suficientemente amplio para centrarla en la monótona acción de cortar y remover el excedente de tierra de las horas esmeraldas, mientras en el hermetismo se protegía de sí misma.
—Quiero decir…—Tanteó bajo una pobre representación de indiferencia, plenamente consciente de la sombra aún quieta a su espalda. —Creí que esperarían un par de días más, cuando el lote entero estuviese listo para el corte.
Tras el lento silabeo, el silencio bombeó entre ellos con una dolorosa paciencia, esperando una respuesta que no llegaba y cuya ansiedad por la misma ascendía cruda en la garganta, avergonzándole en equivalente medida.
—Itachi quiere adelantarse al tiempo. —Replicó él finalmente, cerniendo su pesada mano contra la curva de su cabeza, llenándola de tierra. —Como sea, nos viene bien. Creo que esta temporada lloverá antes, y quizá no volvamos en un par de meses.
—Ya veo. Entonces, ¿partirán mañana? —Musitó con apatía, ignorando totalmente su travesura en la búsqueda infructuosa de mantener una modulación plana, pero sus dedos traicioneros temblaban, y nuevamente se obligó a ocultar el espasmo en la metódica limpieza de las fibras llenando sus palmas.
—Al amanecer. —Recitó lacónico, acercándose furtivamente contra la suavidad de su mejilla. —Será mejor que estés lista, pequeñaja.
Sorprendida y azorada, boqueó ligeramente, asimilando apenas el cálido efecto de la invitación descendiendo a través de su columna, recorriendo su torso con un feroz estremecimiento a medida que el significado de la frase cobraba vida y levitaba intenso, imposible en las palpitaciones de su mente. Sin advertirlo, una presencia ajena se materializó reconocible a su lado, y súbitamente un calor profundo e inquietante se derramó a través de sus miembros conforme la imagen orgullosa del moreno eclipsando su pequeña figura se volvía tan nítida como el cielo y la envolvía sin reservas.
—¿Cómo…?
—Ya es hora de que te dé un poco el sol, Sakura. —Susurró su mentor, la voz grave acariciándola con deliciosa pausa. Su sonrisa tan abierta, tan sincera, que casi pudo visualizar el espectro completo de la luz solar reflejándose a través de las espesas pestañas. En su iris, el obsidiana reflejaba la misteriosa oscuridad de su persona, y sin embargo, aún presa de las fauces de aquella dualidad, apreció el tono poderosamente cándido en su centro.
—Además, el pueblo ha organizado un festival por el final del verano. —Convino Kisame, divertido con su reacción, mientras sus toscas manazas se colaban con placidez sobre los estrechos hombros femeninos en un acercamiento íntimo y firme, inspirando una familiaridad inusitada para las condiciones absurdas de su relación. —Decidimos que valdría la pena llevarte, aún sin considerar el bajo rendimiento que has tenido en el huerto.
—Te lo has ganado. —Concedió Itachi, siempre mirándola.
Embargada por una sensación inconmensurable, alzó la vista, sobrecogida en la devoción infinita que escuchó en los labios masculinos, en la dulce cadencia del habla mientras enaltecía su trabajo; y cuando lo miró nuevamente, lo que encontró en los irresistibles ojos negros le provocó una emoción desbordante, una impresión catalizadora de la tenue desnudez surgiendo en su rostro, la inhibición de todo sentido.
—G-gracias. —Balbuceó.
—¡Eh! ¡No agradezcas aún preciosa, que no has terminado de llevar la carga! ¡No hagas que me arrepienta!
La risa ronca del tiburón rebotó a través del espacio, llenándola de un sentimiento incontenible que iluminó a través de su mirada esmeralda, y que la envolvió en la urgente necesidad de retribuirles de alguna forma; pero no tenía ya voz para expresar la profundidad de la gratitud propia, y en cambio, les sonrió con franca alegría. Aquella sería la primera vez que saldría de la fortaleza, y si bien ansiaba revivir la intensidad del exterior, en el fondo, también se sentía abrumada por un sosiego voraz e indescriptible. Confiaban en ella, en lo que ofrecía a su vínculo, y ahora, abiertamente, ella podía confesarse a sí misma cuánto creía en ellos.
En él.
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Tras un suspiro nervioso, se ajustó la capa de lana oscura a la altura del cuello, mientras los dedos se perdían deslizando su cabello tras las orejas en un gesto inquieto y repetitivo. Ansiosa, obvió su reflejo al salir, demasiado ensimismada en sus cavilaciones para prestarle interés a algo tan vano; un hábito que antaño, sin embargo, le hubiera parecido imprescindible, y que ahora desechó sin más en cuanto abrió la pesada puerta y recibió con sumisión la rigidez del frío sobre su piel.
Afuera, las colores nebulosos y opacos del amanecer auguraron la humedad y el clima gélido de las primeras lluvias de estío, inminentes. En las aberturas de las hojas, ya se alcanzaban a vislumbrar las delicadas gotas del rocío colmando el denso follaje, y el contraste esmeralda de los helechos anidados en el grueso de los troncos cubiertos de liquen. Pese a la baja sensación térmica, un agradable olor a petricor inundaba el páramo, rodeándolo de un estimulante aroma por el que cualquiera desearía disfrutar en cama, colmado de libros y notas junto a una humeante taza de té o café dispuesta al pie de las sábanas. Sin embargo, a pesar de su modesta fantasía, donde aún se encontraba ligeramente adormilada por los sonidos del bosque, le era imposible ocultar la sonrisa perenne que esgrimía ante la nueva perspectiva de una jornada completa dedicada a satisfacer brevemente sus deseos de reconocimiento; sorprendiéndose ante la súbita desesperación de contemplar la magnificente amplitud del exterior más allá de las murallas, su absorbente belleza en la calma aparente de un verano que comenzaba a desvanecerse.
Sin darse cuenta, conforme el paso de los meses, había aprendido a adormecer su necesidad de libertad, suprimiendo todo pensamiento relacionado con la única excusa de centrarse en la optimización de sus sacrificios, en el alcance de sus propósitos; y si bien se aferraba a esa máxima con cada palpitación de su cuerpo, en el fondo, ya no podía obviar el anhelo creciente que le arrancaba la más ínfima posibilidad de salir. Así, con el corazón bombeando en cada zancada por la excitación, atravesó las densas entrañas del sotobosque siendo incapaz de asociar la percepción de sus sentidos con el movimiento mecánico de sus miembros. Adormecida en la expectativa de los eventos para atender mayor estímulo que el razonamiento propio; y sin ser consciente, enseguida se encontró con el límite de la vegetación acariciando sus piernas. Adelante, sólo el terreno partido y disforme que se inclinaba en torno al flujo del río.
En medio de la bruma matutina, cruzando la extensión del prado disminuido en sus tonos garzos, oscuros y oliváceos, distinguió las figuras severas del par de guerreros esperándola. Permanecían erguidos, observándose el uno al otro con expresión serena mientras discutían en voz baja, sus labios moviéndose de forma lánguida e indolente en un dominio que aparentaría apatía natural si no reconociera la modesta arruga oscureciendo la frente del moreno, o la manera en la que el mentón del tiburón se distendía levemente ante la más sutil irritación. Ya había visto aquellas facciones endurecidas con anterioridad, generalmente enfocadas en ella cuando su carácter salía a relucir y se enfrentaba al temple del par, y si bien la experiencia acumulada le sugería mantener una distancia prudente que le permitiera disminuir las consecuencias de sus altercados, en esta ocasión, considerando la importancia que aquel día tenía para ella, decidió que lo más sensato sería hacerles notar su presencia sin parecer impertinente o verse involucrada. Se acercó entonces con cautela, apenas blandiendo un modesto asentimiento a modo de saludo cuando cruzó su campo de visión, y los ojos negros entraron en contacto con los suyos, evocando los cuestionamientos que su curiosidad ansiaba satisfacer, pero que reprimía apelando a su mejor razonamiento. En cualquier caso, nunca le compartían sus asuntos profesionales a un nivel más allá de lo indispensable, y ella había aprendido a no involucrarse en sus operaciones, temerosa de lo que pudiera desatar si se enfrentaba directamente a la oscuridad profunda que habitaba en ellos, en el gremio, en la densidad de sus pensamientos. Así que prefería ser cautelosa, escudriñando desde las sombras cómo cada tanto sus demonios renacían sigilosos, enterrando sus fauces en la carne blanda de su propia utopía, siempre manifiestos en la elegante longitud de los abrigos envolviendo sus cuerpos. El amanecer, Akatsuki.
Plenamente consciente del escrutinio lacerante contra su espalda, pasó de los hombres, inclinándose sobre el río que discurría a su costado para humedecer su frente en un ánimo por evadir la tensión en sus músculos, tanto como el espeso silencio asentado entre ellos. En el fondo, por mucho que intentara mantener una actitud indiferente ante sus disputas, cuando ocurrían, las sentía tan personales y duras que a momentos se veía apresada en la necesidad de entenderlas, de interponerse a pesar del sinsentido que aquello suponía; hasta que finalmente reconocía que su papel en sus vidas no era mayor al de una intrusa, abriéndose paso en la cotidianeidad de dos seres complejísimos en la extensión de su conocimiento, y que no estaban ahí para hacer migas.
—¿Todo bien? —Recitó, profundamente alerta de la indeseada atención que de pronto recibía, y del pujante nerviosismo corriendo a través de sus venas.
—Mn.
Los segundos transcurrieron pesados y turbios conforme la pausa acrecentaba la severidad en el ambiente y el reflejo del arroyo revelaba la imagen áspera de los semblantes aun enfrentándose discretamente, ahora casi sin reserva. Y al observar los rasgos endurecidos del moreno, la mueca de sus labios curvada en un peligroso desafío, fue evidente que una decisión se argumentaba y se exigía tras de sí, manteniéndola dolorosamente al margen.
Súbitamente, el sonido del agua corriendo se tornó en el único elemento de fondo, y la distensión del paréntesis se alargó con voracidad, comprimiendo su garganta en un nudo intolerante que se contrajo en cuanto advirtió el brillo sagaz en los orbes del tiburón, casi divertidos, y el rostro de Itachi se deformó, descompuesto por una rabia que nunca antes había mostrado.
—¿Estás lista, pequeñaja? —El aliento abandonó sus pulmones cuando una palma robusta y densa golpeó sobre su hombro, apretando quizá con demasiada fuerza en búsqueda de una reacción afirmativa; pero ella sólo podía observar el reflejo de la furiosa mirada rubí encauzándose en su pequeña figura con apremio, y en el gesto pudo reconocer con tristeza que la naturaleza de la discusión no se debía a más que al replanteamiento de su partida, la controversia entre si deberían confiar en ella o no.
Tuvo que parpadear varias veces antes de volver la vista hacia la expresión impaciente del escualo, de pronto sometida bajo la renovaba presión en su músculo, y que la urgía en la necesidad de formular una respuesta que ahora, ante el brillante carmesí del Uchiha, parecía más que insensata.
—¿Eh? Sí. Claro.
Recibió el vacío en el escarlata con una sensación amarga, incapaz de definir el sentimiento de desazón ahondado en su pecho cuando percibió el reproche decepcionado en las facciones masculinas justo antes de que él le diera la espalda y comenzara a andar.
—¿Nos vamos?
El timbre severo y mordaz que empleó, aunado al rechazo que expresó al mirarla a los ojos la confundió tanto como la molestó, e irritada, se irguió en toda su estatura con la única disposición de confrontar su voluble actitud con un par de merecidos insultos; pero en cuanto se propuso a alcanzarlo, la forma adusta de Kisame apareció bloqueando su impulso; sus orbes negros advirtiéndole sin humor alguno, que en esta ocasión haría bien en dejarlo pasar, y contra sus más primarios instintos, ésta vez confió en su criterio.
La longitud del río serpenteaba en contrasentido natural, en dirección al norte, y se alargaba conforme el mutismo se cernía sobre sus cuerpos, apenas atravesado por el exquisito rumor del agua en movimiento y el suave crepitar de la vida silvestre. Con cada paso, la bolsa de yute colgada sobre su omóplato golpeaba dócilmente su piel, balanceando las hortalizas en una marcha constante y delicada que evocó los últimos vestigios de su infancia, cuando no eran vegetales sino armas lo que pesaban sobre sus hombros, mientras recorría sin prisa los caminos arbolados hacia sus orígenes, rodeada de la calidez de quienes aún consideraba como su hogar, incluso si ahora permanecía en la incertidumbre de si se encontrarían en el futuro, con la explícita posibilidad de presentarse una vez más, ahora como enemigos.
Inmersa en la nostalgia, imaginó el discurso exagerado y efusivo manando de unos labios fruncidos en una mueca disgustada y quejumbrosa, que rápidamente resplandecía asombrada ante la más mínima nimiedad; llenándose de un vigorizante optimismo que era capaz de irradiar incluso a través de la sonrisa lánguida y sutil de un rostro tan atractivo como permanentemente sombrío, y que ahora veía a diario en las facciones de otro. Aquellos, sus hermanos. Luego, finalmente pensaba en él, la columna vertebral del equipo, la mano amiga que mantenía las piezas medianamente unidas por el trabajo en equipo. El misterioso cuadro de un hombre enigmático y tranquilo, demasiado despreocupado para atender la puntualidad incluso en los eventos más relevantes, pero siempre presente al final de las horas, con su vergonzoso libro naranja en mano, y una expresión eternamente adormecida en su mirada.
Recordó que alguna vez lo descubrió entrenando en la periferia del pueblo; absorto en el entumecimiento de una soledad enérgica como nunca revelaba estando con ellos. Absorbido por la protección del follaje, no quedaba nada de la imagen desgarbada y simplona que conocía; sino un guerrero práctico, poderoso, y excesivamente letal. Entonces, admiró la fuerza y el cauce de sus maniobras al desplegarse en una rebelión inconteniblemente violenta y feroz. Nada quedaba de la placidez perpetua de lo que ahora se le revelaba como una vorágine cruda y siniestra de lo que un verdadero asesino podía ser capaz. Y en medio de aquel caos en sus recuerdos, revivió la flexión impecable del brazo derecho; la marca que lo acusaba como un elemento peligroso: el tatuaje alargado rezando "Élite".
Frente a ella, la silueta grácil de Itachi mantenía un avance firme y sereno, manifestando el garbo inquebrantable que sólo podía reconocer en alguien de su casta, y con una risita boba recordó el mismo grabado orgulloso que alguna vez descubrió sobre el hombro del joven, tras arrancarle la manga uno de sus entrenamientos; preguntándose si sus mentores se habrían conocido en algún momento, bajo la recia impresión de dos soldados, camaradas, ambos antiguos miembros de Raíz.
"Seguramente no se habrían agradado." Pensó con ironía. "Son tan diferentes…"
Hubiera disfrutado un poco más al reírse discretamente a su costa, pero la expresión fastidiada del moreno volviéndose hacia ella le recordó el ánimo insufrible con el que habría de lidiar aquel día, y enseguida resolvió que sería mejor simplemente callar e ignorarlo.
Enfadada, desvió la vista del Uchiha, pareciéndole de pronto sumamente interesante la formación rocosa que se estiraba hasta el cielo delante de ellos, al menos cuatrocientas varas por encima de sus cabezas. Ahí, bajo la nebulosa claridad matutina que alcanzaba a permear a través de las ramas de los árboles, el arroyo culminaba bajo el velo taciturno de una cascada perlada por la iluminación solar; su longitud tan vasta que a cada tanto las ráfagas de viento agitaban las pequeñas esquirlas del manto, revelando la espesa vegetación tras la cual se ocultaba exitosamente la entrada a una caverna por la que fluía continua la corporación de agua.
Uno tras otro, se internaron en la estrecha abertura, desafiando perezosamente la tensión superficial del agua conforme su andar sobre el flujo resonaba en la concavidad de la gruta. Tras algunos minutos, se encontraron con la bifurcación de dos amplios túneles estirados hacia una oscuridad infinita, un pasaje donde la luz del exterior ya no alcanzaba a permear y donde la ausencia de todos los sonidos se focalizaba en el movimiento interno. Sin vacilar, sus adláteres tomaron el camino izquierdo, guiándola inermes ante la profunda oscuridad envolviendo las celosas entrañas del muro, mientras ella, sin embargo, permanecía absorta en el eco abandonado de sus pasos, en el sigilo que los había arropado bajo el débil murmullo del río bajo sus piernas, de pronto, casi omiso.
Había demasiado silencio, reconoció, y aquella consciente afonía del espacio no hizo sino estremecerla por su anti naturalidad, apelando a toda la implosión de sus sentidos. Extrañamente ansiosa ante ese descubrimiento, alzó cautelosamente su palma, proyectando débilmente una concentración de energía suficiente para iluminar el entorno encrudecido por los años y la humedad. Tras la longitud de su brazo, el suave resplandor aguamarina bañó el contorno de las formas rodeándola, lamiendo con avidez los fragmentos de piedra y estalactita envueltos en la densa penumbra, y proyectando sombras disformes contra las dimensiones del pasillo formado por la roca, como si emularan las fauces de un animal hosco y salvaje.
Embelesada, sus ojos recorrieron pausadamente a las criaturas turbias desplazándose con ella a través del mineral, y movida por la curiosidad, extendió el fulgor en sus manos hasta la punta de sus dedos, perfilando su alrededor hacia sus pies con la inocente intención de confirmar la cadencia de la corriente fluyendo bajo sus cuerpos; pero rápidamente su emoción se transformó en un grito contenido cuando la luz se perdió en un vacío denso e insondable, y bajo sus piernas se dimensionaba la longitud de cientos de metros de caída, donde nada la sostenía y donde su única referencia de la profundidad de la fosa era el torrente apenas visible al fondo, extendido como un hilo plateado cruzando el corazón del averno.
—¿Genjutsu? —Jadeó aturdida, sin atreverse a despegar la mirada de inmensidad de la caída, entretanto su mente se forzaba desesperada por encontrar una explicación razonable a la impresión de encontrarse prácticamente levitando.
—No. —Respondió Kisame con gravedad, atendiendo la rigidez de su inacción mientras se acercaba lentamente a ella. —Lo que estás viendo es lo que es.
Ante la parca respuesta, Sakura entornó el gesto con aprehensión, apenas registrando la conflictiva noción de permanecer suspendida en el aire, con el ridículo pensamiento de que parecía flotar contra la absoluta nulidad.
—¿Cómo es posible? —Susurró en un hilo de voz, de pronto plenamente consciente de su frágil equilibrio y del vértigo peligrosamente encauzando su respiración.
Al frente, guiando la dirección de su avance, el semblante duro del moreno se volvió con desdén, perfilando el pánico expuesto en sus rasgos con apatía, como si fuera el despliegue de una rabieta molesta e innecesaria que simplemente obstruyera en la conclusión del viaje.
—Si tanto te aterra, deja de mirar. —Respondió mordaz.
Dolida, Sakura se obligó a ocultar su creciente ansiedad desviando la vista hacia Kisame, que permanecía a su lado mirando reprobatoriamente al Uchiha, y pese al temblor que circulaba a través de sus miembros, se esforzó por tranquilizarse, aferrándose a todo el ímpetu de su carácter, aquel elemento de su personalidad que la mantenía racional incluso en los contextos más adversos, aquellos instantes donde la muerte y el sufrimiento entumecían la razón y el único soporte recaía en el temple propio.
—No es nada. Estoy bien. Yo solo… quería entender. —Repuso con voz tensa, complacida por la dicción plana en su tono. — ¿Seguimos?
—Será lo mejor. —Convino Kisame con inflexión, impulsando condescendientemente a la chica por la espalda. —Andando.
Itachi observó intensamente el punto de contacto entre los cuerpos durante unos segundos, su rostro recrudecido por la rabia a momentos, volátil; y sin embargo, deteniéndose en la expresión consternada de su aprendiz, que permanecía quieta, enfrentándolo en silencio pese a la mano que la instaba a seguir.
—Espera… Esto es importante. —Ordenó finalmente, tras un pesado suspiro, y a Sakura le pareció percibir un atisbo de culpabilidad en la dureza de sus facciones. —Como sabes, hace años, tras la derrota y retirada forzosa de Iwagakure en la región, se abandonó una gran base de información sobre la Aldea. Entre ella, documentación clave relacionada a las actividades bélicas desarrolladas durante La Gran Guerra que, incluso ahora, resultarían en una invaluable ventaja en caso de un posible nuevo enfrentamiento, y por las que cualquier adversario pagaría una considerable suma. —Explicó sin mirarla, su modulación monocromática hinchándose entre los muros. —Para protegerla, y quizá como medida desperada ante el inminente avance enemigo, la fortaleza se bloqueó permanentemente por todos sus accesos, y se mantuvo así, oculta mediante el uso de sellos. En el exterior, no había acceso o registros de la montaña, y aunque en otras zonas más cercanas a la frontera se encontraron cuarteles abandonados con distribuciones similares, debido a la inestabilidad política que permeaba entonces, y a las dolorosas secuelas del conflicto, la población local ni siquiera parecía ser consciente de su origen, ni mucho menos mantuvo un verdadero interés por explorar la tierra.
Analizando su respuesta, Sakura perfiló las líneas húmedas de la piedra con renovada curiosidad, admirando el goteo paulatino que permeaba sobre su capa hasta detenerse en la visión del vacío extendido bajo su peso. Incluso ahora, consciente de la compleja historia del bastión olvidado, le parecía imposible dimensionar cómo semejante estructura había pasado desapercibida durante tanto tiempo.
—Fuimos nosotros quienes la encontramos. Casi por suerte. —Admitió el moreno. —Pese al cierre de las rutas terrestres, existe la posibilidad de que, tras nuestra victoria con la destrucción de Puente Kannabi, la huida de Iwa hubiera sido tan apresurada que no consideraron un riesgo la conexión interna de los mantos acuíferos, y por ello este camino quedara libre. Lo cierto es que, con Konoha rastreando rápidamente los límites de la cordillera, ellos no podían arriesgarse y perder tiempo eliminando sus vestigios, mucho menos llamar la atención. Así, lo único que quedó fue esto: un acantilado formado por la erosión constante y la humedad suficiente para crear un puente.
—¿Un puente? —Repitió con incredulidad, poco convencida de aquello invisible que, aparentemente, la sostenía.
—Presta atención, Sakura. —Continuó con impaciencia, acercándose a ella con brusquedad hasta apretar su torso contra el fulgor berilio que aún brillaba incandescente entre las yemas; la severidad expresa en la madurez de sus rasgos mientras una sonrisa oscura se estiraba larga, llena de ausencia. —Pequeñas partículas de agua ondean en el corazón de este lugar, y su concentración es tan alta que basta un control decente de chakra para unir sus piezas sin mayor esfuerzo. ¿Es que ni siquiera notaste el cambio?
—Y-yo…
—¡Basta Itachi! —Gruñó Kisame, mostrando la longitud de sus dientes entretanto se anteponía a la pequeña mujer que temblaba nerviosa. —Aquí no es el lugar.
—Tranquilo, le haré una breve demostración. —Río el Uchiha, pero el gesto fue amargo y la repulsión que observó en él le revolvió el estómago. —¿Lista?
Pero ella no entendía nada, y como una sucesión de imágenes inconexas, apenas registró la ira explícita en la mirada carmesí, el doloroso recuerdo de su cansancio confeso girando en la dilución de los ojos, antes de comprender la implicación de sus palabras, la proyección de los brazos hacia el abismo. Súbitamente aterrada, su mente revivió aceleradamente lo expuesto meses antes, cuando él le confió su necesidad de rendirse, de olvidarse de sí mismo hasta la extensión irrelevante de su persona. Un hartazgo tan familiar en su haber que era perceptible en la proporción de sus facciones, en el matiz cenizo de su tez; en la furia suspendida del cuerpo que se arrojó flácido a la nada.
Jadeó llena de angustia, sintiéndose torpe y vulnerable a medida que la sombra masculina se disolvía en el elegante descenso y ella se quedaba quieta, incapaz de detenerlo, mientras la velocidad de su caída consumía los resquicios del aliento contenido y todo pensamiento se pulverizaba en el grito del viento alcanzando sus tímpanos. Sin embargo, él era un genio, se recordó, un guerrero consumado que bien podría detener la fuerza de los elementos a voluntad si tan sólo quisiera; pero los segundos pasaban, intolerables, mientras ella permanecía estática con el silencio de Kisame a su lado, y todo lo que podía formular era la súplica de que el hombre se detuviera por fin, que se elevara, que la estúpida e incongruente lección terminara; pero todo lo que veía era la emoción vacua del tono rojizo extinguiéndose, y con cada respiración, él caía inerme.
El avance del tiempo se sentía volátil, incontenible, y fue verlo en el fin del abismo el estallido que rebotó en la abertura espesa de sus palmas impotentes, anticipando la violencia de su declive, del suspiro subsecuente de su pronta y absurda muerte. Y a través de la histeria, del pánico, sus labios desgarraron el nombre, buscándolo, y la angustiosa pausa finalmente se hizo presente en el suave hálito de la piel morena.
De pronto, la forma joven se detuvo, levitando pacíficamente apenas a un palmo de la superficie del río mientras una estela pálida lo cubría y se extendía en el centro marchito de su pecho; una incandescencia pura y magnificente que ofrecía el alivio de sostenerlo y elevarlo, la obstinación rebelde del hombre desafiando la naturaleza abismal con nada sino la fuerza de su propia energía.
Entonces los orbes turbios, más intensos que nunca, la envolvieron desde el núcleo abisal, abrazándola con todos los sentimientos contenidos dentro de la oscuridad de sus pupilas. Rabia, angustia, y una franca tristeza instalada en las líneas del iris escarlata se reflejaron en una bruma que no pudo comprender ni interpretar, sino que las absorbió como propias, internalizando todo el dolor que ya reconocía, sólo que en otro rostro, en otra vida.
"Itachi…"
Creyó haber silabeado el apelativo en su mente, pero era en la garganta donde escocía cada letra, y aturdida, alargó su mano temblorosa hacia él, extendiéndose hasta el límite de sus miembros con el deseo de gritarle por ser tan egoísta, de retenerlo, de fundirse con él en aquel suplicio que lo asfixiaba y hundía en partes iguales, haciéndolo inalcanzable, inalterable, insalvable.
"Itachi…" Repitió desde el corazón, adormeciendo sus rodillas ante la mera posibilidad de la pérdida. Ahí estaba él, tendido en el abismo, mirándola con todo el peso de sus reservas, desnudando los demonios de su pasado en un instante cargado de significado, un espacio que sólo compartiría una vez, quizá, si se dejaba ir con él…
—¡¿Qué estás haciendo?! —El alarido áspero de Kisame perforó la paz de su entumecimiento. Su agarre tan firme en la muñeca que a través de su estupor imaginó las marcas inclementes de sus dedos ceñidas en la carne blanda.
Sobresaltada, boqueó repetidamente, esforzándose por racionalizar la gravedad del contexto impreso con rabia en las facciones del tiburón, pero sólo encontró consuelo en la proximidad del moreno, en el terso desplazamiento que realizó, casi volando, hasta llegar a ellos. Con todo, aquel gran alivio se disipó en cuanto apreció el semblante furioso del pelinegro endureciendo nuevamente sus rasgos, sólo para destinar su cólera específicamente a ella. Aún confundida y temblando de ansiedad, siguió con aprehensión la línea oscura de su mirada, sorprendiéndose cuando finalmente volcó su atención sobre sus extremidades y fue consciente de la longitud de sus piernas colgando laxas, miembros estirados sin vida hacia el vacío.
Asustada, reprimió un gemido, forcejeando sin éxito y lógica contra la fuerza bruta de Kisame, su único sostén, mientras se martirizaba analizando el momento indefinido en el que dejó de percibir toda noción de su ser cayendo al precipicio. Y sin ninguna conclusión racional para darse, de pronto se sintió tan ingenua e indefensa como hacía cuatro años, cuando recién se integraba al Equipo Siete y no podía sino de depender de cualquiera excepto de sí misma. La familiar sensación le dio náuseas, asfixiándola, pero fue su vanidad lo que la mantuvo erguida, urgiéndole redirigir su vergüenza.
—Suéltame. —Siseó, las palabras punzando en la lengua.
—Ni de broma. ¿Es que acaso eres estúpida? ¿O simplemente te ha dado por suicidarte? —Ladró el escualo con impaciencia, su rostro tan cercano que podía medir la frecuencia acelerada de sus latidos por la palpitación pujante de las branquias.
—¡He dicho que me sueltes, maldita sea! —Aulló enardecida, enfrentándolo con la intensidad del propio desprecio conforme bregaba contra su afiance, pero el tiburón no se inmutó.
—¡Por mí puedes decir una mierda, Sakura, me da igual! ¡De ahora en adelante, irás sobre mi espalda así no te plazca! —Sentenció, tirando hoscamente del torso femenino hasta colgarlo sin gracia sobre su hombro.
Enfurecida principalmente consigo, Sakura gritó, retorciéndose colérica contra la constricción en su cintura, que sólo apretaba con mayor ahínco a cada movimiento; reduciéndola a poco menos que una chiquilla necia enfurruñada en una rabieta, y haciéndola sentir excesivamente avergonzada. Bajo la protección de sus brazos, una vez más se sintió pequeña y vulnerable, y aquella agónica emoción estrellándose contra su mancillado orgullo fue tan fuerte que no pudo sino resistirse hasta los dientes.
—¡Suéltame, imbécil! ¡Perdí un poco la concentración, es todo! —Ladró, y agobiada hasta el borde de las lágrimas. Justo lo que necesitaba. —¡Soy perfectamente capaz de caminar por mi cuenta con la misma habilidad que cualquiera de ustedes…!
—En absoluto, Sakura. —La voz sedosa del Uchiha atravesó el eco de sus alaridos con el efecto equivalente a un trueno, endureciendo la suavidad de su tono a medida que se acercaba a ella y la decepción aparecía innegable en sus ojos. —El rocío apenas es un elemento tangible en relación a nuestra masa, y así como es moldeable, naturalmente es mucho más inestable que cualquier fluido. Creí que al enseñarte dónde estabas serías más cauta, que entenderías que aquí no hay lugar para distracciones ni errores. —Escupió con desdén, repasando la mueca aturdida en la joven. —Es evidente que me equivoqué.
—Pero yo no…
—Andando. —Cortó él con aspereza y finalmente, sofocada por las humillantes gotas que se desbordaron silenciosas por sus mejillas, atinó apenas a bajar la vista, incapaz de replicar. ¿En qué pensaba? Se cuestionó con rabia, aún herida por su abyección, y pese a todas las contradicciones en sus sentimientos, la respuesta le vino enseguida, tan franca como la más corta palpitación.
"En ti, en lo intolerable de tu muerte."
Tras unos minutos, el llanto afónico remitió por fin y absorta en el infinito silencio de la cueva, se dejó llevar por sus pensamientos mientras se mecía en la cadencia del tiburón, hundiéndose pesadamente en la tórrida noción que le recorrió la piel momentos antes, obnubilando todo juicio. Aún percibía el miedo recorriendo la tirantez de sus nervios al evocar la expresión mortificada en los ojos rojos, los colores de su dolor expresos en su mirada. Yacía tan solícito, tan perdido y sometido a toda máxima gravitacional que el corazón aún le ardía ante la reminiscencia de su cabello negro y espeso flotando contra el estímulo del viento besando su rostro y ella, impotente, observaba a la caída devorarlo con avidez, engullendo la simetría de sus facciones hasta exprimirle todo atisbo de consciencia. Para él, para ella; y la secuencia natural de las ideas se partía, inyectando una única noción en la soledad de su mente: su muerte le parecía insoportable, indecible. El agravio último para llegar al límite de la demencia. Ya no le era posible negar que había emociones severas acogidas en su interior, en el espacio oculto y difuso que había prometido reservar exclusivamente para una persona, y aquella dolorosa revelación fue capaz de estremecerla. ¿Qué haría ahora? Con sus sentimientos impresos en cada una de sus fibras más sensibles afuera, expuestos a la interpretación de cualquiera que tuviera la diligencia de analizar el más irrelevante de sus gestos.
Se reprendió por ser tan necia y evidente, más cuando ya había sufrido anteriormente a manos de la misma sangre. Y es que nuevamente se aferraba a un sinsentido, manteniéndose sujeta a un afecto unilateral que lejos de traerle bien, le era un imposible. Al final, aquel era un criminal, alguien que la desestimaba y valoraba en la misma medida, dejándola entrar apenas veía que podía lastimarla. Qué tonta había sido.
Fuera de sí misma, los tres viajaban reservados en su completa afonía, sumidos en la ausencia momentánea del otro y de cualquier sonido distinto al suave compás de sus respiraciones.A su costado, el pulso sereno anidado en la garganta de Kisame golpeaba débilmente contra su cadera, un bombeo tan duro y paciente como la certeza del tiempo, un suave martilleo que le permitió distraerse de su tumultuoso razonamiento, así como del entumecimiento que comenzaba a sentir en sus miembros. En realidad, lejos del conflicto sentimental irresoluto, a cuestas como estaba, y asumiendo el rol explícito de una carga, aquello que más le molestaba y le dolía en la misma medida era el recuerdo de la marcada decepción que habían mostrado ambos hombres ante su falta de juicio, e incluso ella también se lo reprochaba. Había sido tan ciega, tan inconsciente al arriesgarse irreflexivamente al vacío a costa de nada que casi le parecía irrisoria la idea de protegerlo, a él, que no necesitaba de nadie. En consecuencia, lo único que había logrado era destrozar toda la confianza y crecimiento que ellos pudieron haber anticipado en ella durante los últimos meses y relegarse nuevamente a ser aquel lastre que había que mantener a salvo porque había hecho evidente que no podía ni atenderse a sí misma. Estaba irritada, con él por presionarla constantemente desde aquella mañana como si directamente buscara generar un enfrentamiento en concreto; y consigo por permitirse reaccionar con tanta inestabilidad ante cada una de sus provocaciones. Por fortuna para su buen humor, tras una angustiosa espera, finalmente las vacuas pisadas eventualmente se tornaron en golpes sigilosos que retumbaban oscilantes en la concavidad de la caverna, y que la alertaron del arribo a un terreno seguro; sólo así su ganapán accedió a bajarla.
El alivio tembló a través de sus extremidades adoloridas al sentir el suelo firme materializarse bajo la suela de su calzado, degustando el agradable granito sosteniendo su cuerpo. Al enderezarse, se tambaleó ligeramente, buscando librarse del estupor que hormigueaba en sus piernas, y al sentirse sostenida, se irguió hacia ellos con una pesada sonrisa que rápidamente se perdió al no recibir respuesta. En cambio, la inspección que los guerreros le dieron fue lacónica, una mueca distante, carente de toda emoción, pero grave en significado. No se dijo nada, ni hubo manifestación alguna de su criterio, y en cambio se volvieron, aun marcando la ruta a seguir en el agónico sigilo de sus voces, la severidad de su mutismo reverberando en cada una de las aristas.
La imponente montaña quedó atrás al cruzar una poderosa barrera de sellos, una película nebulosa y convulsa que se diluía en el nacimiento de la piedra y escurría lentamente hacia el cielo con el cauce de una tormenta que emerge y asciende desde la tierra, buscando los lindes del infinito. Aquella membrana era tan alta que Sakura tuvo que estrechar la vista para apreciar su estructura obnubilar las tonalidades opacas del alba con sus finas transparencias, difuminando las formas tersas de las nubes y el brillo disminuido del sol. Desde el exterior, sin embargo, aquella estela se tornaba imperceptible a los sentidos. Ya no era posible reconocer la delicada ascensión del flujo colmando los rincones húmedos, ni era posible escuchar los sonidos suaves de las ondulaciones evaporándose en la distancia. Más aún, a los sentidos ajenos, la escenografía que se partía hacia el frente resultaba enteramente distinta a las imágenes dejadas atrás, donde al volverse, lo que encontró fue el borde de un profundo peñasco, y no la impresionante estructura de piedra que custodiaba una infinidad de secretos. En cambio, el único recuerdo que permanecía al atravesar la muralla era el efímero cosquilleo que quedaba apresado en la columna, demasiado breve para revivirlo, y a su vez tan natural como el estremecimiento de piel contra el vaho matutino.
Estando fuera, por un momento se sintió expuesta, desnuda; perdida en la inmensidad del paisaje que resultaba ser un elemento estático, un bosque solitario y dormido que a cada tanto emanaba un débil suspiro resignado, sólo para ocasionalmente permitirse la invasión de los quejidos del viento manifestándose en el crujido de sus troncos; en el golpeteo suave de las hojas cediendo al paso casual y desprevenido de la brisa indiscreta. Sin embargo, pronto la impresión de saberse libre de limitaciones físicas la embargó de franca curiosidad, brindándole una carga de energía que la hizo sonreír casi por desconcierto.
Llenándose del exterior, los orbes verdes cobijaron el perfil de las coníferas con avidez, absorbiendo los brotes de luminiscencia que atravesaban las ramas con sus delgadas agujas doradas con el ansia de quien no quiere perderse aquella exhalación de libertad ficticia; y tras una cauta vacilación, cuando el impulso de los segundos pareció desvanecerse, se atrevió a ver más allá; a sopesar la densidad del sotobosque, dimensionando el espacio disponible en el horizonte mientras su atención se derramaba en los detalles: en la sucesión de un tronco enredado contra el otro, hasta hilvanar minuciosamente un espeso muro de abetos cubiertos de polipodios, musgo, y la tierna palidez del liquen abrazándose al grueso de la madera. Incluso en la consistencia de su silencio, fue capaz de reconocer la belleza taciturna abriéndose paso, revelando intenciones sutiles a los sentidos que distraían y provocaban en equivalente medida, inhibiendo todo deseo de dirección. Observándolo todo con la circunspección de su profesión, le resultó evidente la posición estratégica de la fortaleza y el éxito mismo de su discreción, con sus serenos alrededores tan elevados y escarpados que carecerían de practicidad o interés para el trabajo del hombre, y con sus coníferas tan vastas y saturadas que costaría imaginar las fronteras de la reserva.
A pesar de ello, conforme inspeccionaba el paraje, comenzó a divisar pequeñas variaciones en el terreno, cambios diminutos, esporádicos, que poco a poco se sumaban y deconstruían al todo cada que volvía a mirar. Al principio eran detalles sutiles, la súbita aparición de flores blancas, la contracción de los helechos, pero luego giraba y los objetos pulsaban desordenadamente, jugando con la delgada línea entre la realidad y la ficción; alterándose y destrozándose incansablemente a la menor distracción. Rápidamente, la fascinación que había encontrado se corrompió en un doloroso sinsentido, y la dilatación absurda del entorno comenzó a marearla, a hacerla sentir que se deformaba ella también, doblegándose a aquel efecto que sentía, pero no podía ver. Sofocada, su garganta comenzó a escocer y las manos rasgaron su cuello buscando alcanzar bocanadas que no llegaban a sus pulmones. Boqueando, viró hacia los hombres pidiendo auxilio, pero no veía nada más allá de los ojos rojos esperándola; las aspas girando con furia mientras el aliento finalmente fallaba y el corazón se encogía en su pecho. Temblando, sus piernas cedieron, y todo lo que su rostro encontró fue el entumecimiento crudo del suelo, el frío acechándola mientras el oxígeno abandonaba su cuerpo, y el llanto de la muerte la desarmaba.
—Sakura.
Aturdida, Sakura boqueó repetidamente, ansiando colmarse del hálito que de pronto henchía sus pulmones, pero su respiración era pausada y su ritmo cardiaco se encontraba tan ralentizado que bien podría haber estado durmiendo. No había estado agonizando, como su cerebro le advertía, sino de pie, enfocada en algún punto indefinido del horizonte mientras el caos en su mente fragmentaba todo lo racional.
Inquieta, parpadeó un par de veces tratando de serenarse, y al hacerlo, despertó el calor de las lágrimas rodando por sus mejillas. Débil, torpe y avergonzada, se enjugó casi desconociéndose, y encaró a los dos guerreros que la miraban atentos, vacíos, como si no hubieran tomado en cuenta el episodio que acabara de sufrir.
Aferrándose a la lógica de su profesión, se dijo que había experimentado un ataque de pánico, que la impresión del abismo engullendo su cuerpo había sido demasiado tangible para interpretarla con pausa y que ahora su psique revivía las secuelas anhelando consuelo. Sin embargo, fue verlo a él, a los orbes escarlata desentrañándola brevemente desde la distancia apenas el instante justo para continuar, y entender que aquello era la fuente de una cruel amenaza; la premonición absoluta de lo que le haría si intentaba rebelarse. No era necesario, se río, pero la suya era una mueca apagada y lóbrega que manifestaba el peso de la propia idiotez, porque bien sabía que no le sería posible alejarse incluso si se lo pidiera, y esa noción la destrozaba; quizá, porque en ella residía la imposibilidad de la montaña, aquel refugio que la resguardaba y apresaba en equivalente medida.
Con rabia, entonces enseguida comprendió que Itachi no mentía, y sin embargo, su orgullo también le reclamó que era insincero. Lo había sido desde el principio, prometiéndole un mutuo acuerdo que culminara en un éxito equitativo para ambas partes; y con oprobio, Sakura tuvo que enfrentarse a la noción de que había sobreestimado su capacidad de negociación en la misma medida que se había permitido seducir por la posibilidad de serle alguien significativo, de representar algo valioso para él aun cuando se hacía evidente que para el hombre su persona no tenía ningún mérito, ni el más simple interés. Cuán necia había sido, tan ciega en su recién descubierto afecto, que ahora se anclaba a la nada, ausente de opciones. ¿Qué garantía real tenía de que Itachi protegería a su mejor amigo llegada la ocasión? ¿De que no le habría fallado incluso desde la primera noche? La había hecho más fuerte, sí. Con él había adquirido herramientas que nunca habría soñado con poseer, y que en cambio ahora le parecían fundamentales para la tarea que llevaba a cuestas; sin embargo, esos logros habían surgido a costa de su retorcida diversión; manipulándola de la misma manera en que había ejercido presión con su hermano años atrás. ¿Y qué había recibido ella a cambio, sino el mendigar las piezas rotas de aquel a quien no conocía? ¿Cuál era el beneficio a fin de cuentas? Si había abandonado todo, incluso a sí misma.
Mirando a la soledad del páramo con renovado pesar, la complejidad de sus tonalidades le pareció más intensa que nunca, y la presencia del moreno en los detalles, especialmente innombrable. De pronto, se le ocurrió que nadie lograría encontrarla a menos que él permitiera el acceso, a menos que las restricciones cedieran y abriera su corazón a su confianza; pero eso no sucedería, y con vergüenza, casi incrédula, tuvo que admitir que se perderían. Incluso empleando al mejor equipo de rastreo, aun reclutando a los mejores elementos del Clan Hyuga e Inuzuka en conjunto, nadie lograría dar con su paradero si no era conveniente para el Uchiha, si no encontraba algún provecho en el gesto. No sería el caso, él no lo permitiría; y casi enseguida se encontró ansiando su rescate, sólo porque el hecho la libraría de tener que elegir lo que no podría.
En ese momento, sus comisuras se deformaron en un mohín contrariado, sintiendo de pronto que aquella caravana era la escolta de una prisionera sometida al cautiverio; y consternada, tuvo que morderse el labio para no revelar cuán doloroso le resultaba enfrentarse a su recelo, cuán angustiante le era la disyuntiva de la elección. Podría intentar huir, se dijo, pero en el fondo era capaz de reconocer que no deseaba hacerlo. Apresada en la inquietud absurda de sus sentimientos, era lo suficientemente valiente o estúpida para admitir que lo último que deseaba era alejarse de ellos. Sin importar cuán herida y vulnerada se sentía, aún los consideraba tan suyos como en los últimos días, cuando eran las expresiones cariñosas y las risas abiertas lo que compartían en languidez de la rutina y la única emoción presente era tan natural, tan genuina. Encima, ahora que la traición se abría marcha hacia la superficie, le resultaba aún más apremiante esforzarse; absorber todo lo que pudiera de ellos en el ánimo de proteger aquello que sí era preciado en su vida: su verdadera familia. Por ello, aún resentida, pero con la densidad de su resolución mesando sobre sus acciones, respiró profundamente y se afianzó al grueso de su capa con fuerza, permeándose de todo menos de sí misma, pero resuelta a defender los lazos que la unían al pasado.
Inmersos en la afonía del bosque, las tres figuras descendieron la cumbre con una perezosa cautela, enmudecidos en la humedad abierta bajo sus pies y el aire gélido orbitando contra el rostro en un beso constante. Ante su avance, el follaje despertaba dócilmente, derramando su brillo espectral en los lugares donde la densidad de las ramificaciones obstruía el paso de toda luz y los helechos se henchían, exaltados, contra las piernas. Al frente, en el punto donde el terreno se nivelaba a una inclinación razonable, una mezcla de pedruscos y raíces se aferraban al suelo, creando brechas estables que les permitieron desplazarse con mayor facilidad, eludiendo las hendiduras fangosas y traicioneras en las que, en un par de ocasiones, ella estuvo a punto de caer.
Tras el recuerdo latente de un par de dolorosos tropiezos, agradeció cuando finalmente alcanzaron un tramo firme y estrecho que serpenteaba a través de los árboles en una misma dirección, extendiéndose moderadamente por el relieve desigual en un hilo tenaz que se prolongaba hasta los declives menos precipitados. Mientras lo cruzaban, a los costados reconoció la hojarasca y la tierra recientemente removida por algún tipo de carga, y con algo de aprehensión, calculó que el pueblo ya se encontraba cerca.
No se equivocó. Disimulados tras las vastas copas de las coníferas y la neblina que comenzaba a levantarse, se podían apreciar los conjuntos de teja oscura asomándose sutilmente entre el denso boscaje; encubriendo sus colores pardos apenas diferenciados de la vegetación tan sólo por las suaves estelas de humo blanco que recogían los turbios olores de la civilización, y que se perdían en las débiles ondulaciones del viento. La austera entrada, erguida desde el extremo de un amplio puente de madera sólida bajo el que cruzaba un arroyo, constaba únicamente de un alto marco de piedra moteada, con sus gruesas columnas eclipsadas por escamosas enredaderas de tonalidades jade y esmeralda dispersas a lo largo de la estructura. Pese a que el paso del tiempo era evidente en los detalles raídos del asentamiento, en la cima de la robusta edificación no había un nombre o símbolo que denominara a la comunidad o hiciera referencia a alguna de sus alianzas, y si bien decidió no pensar demasiado en ello, Sakura sabía que en aquella época el anonimato era un rasgo atípico, frecuentemente consecuencia de una tragedia o del recelo de sus pobladores.
Dentro, sus ojos recorrieron con nostalgia las pequeñas casas de tonos terrosos y sombríos, algunas tan apretujadas unas contra otras que incluso hubo que preguntarse si los habitantes conocerían el concepto de la privacidad, que en aquel lugar evidentemente aparentaba ser un lujo. Eran espacios humildes, decorados con madera vieja y descolorida en sus fachadas, pero que conservaban el encanto hogareño de las comunidades rurales, donde la calidez y tranquilidad cotidiana se mantenían eternamente presentes, tan lejanas al bullicio habitual al que alguna vez estuvo acostumbrada. En sus callejones, sin embargo, los olores a té verde, alcohol y sangre se mezclaban uniformemente, detallando un cuadro opaco y disonante, donde el cuero curtido y el estiércol convivían sobre las costumbres de la misma forma que el enebro y el incienso.
Aún era temprano cuando Itachi los guió al centro del poblado, una pequeña plaza improvisada a base de cantera, tela y madera trozada, donde un modesto pero enérgico mercado comenzaba a montarse con metódica rapidez. A su alrededor, las carpas de diversos matices se mecían con impaciencia, agitándose a medida que las alzaban en un rezo implícito que buscaba ahuyentar a la lluvia, y conforme el vaivén ordinario del entorno aumentaba, se escuchaba también el clamor de los martilleos, las suelas y la armonía vibrante bajo la que el comercio convivía y se desarrollaba. Fibras, frutos, especias, miel, hierbas y semillas desfilaron entre la diversa mercancía que ella alcanzó a contar en su corta caminata, de pronto aliviada ante la sucesión de expresiones enrojecidas por el esfuerzo, pero que le dedicaban una sonrisa paciente y gentil antes de perderse en la muchedumbre. A cada tanto, Sakura los observaría absorta, visualizando cómo los gestos de los lugareños se borraban entretejidos en el ajetreo matutino, y luego, furtivamente, en alguna oportunidad de descanso, volvían con curiosidad. Miradas abiertas, tan indiscretas que resultarían ofensivas incluso, pero tan fugaces que aparecían en el tejido poroso de los toldos, en la piel morena y mancillada por el sol; estacas que se clavaban con fuerza contra la sien.
—Kisame, ayuda a Sakura a instalar un segundo tablón.
El timbre autoritario en la voz fue lo suficientemente alto para abstraerla de su vacilación, una exigencia que recibió gustosa sólo para despojarla de sus inquietudes; sin embargo, incluso inmersa en el presente del trabajo arduo, la persistente inspección de la gente se sentía intensa y desconcertante; tan directa que penetraba en cada uno de sus movimientos sin la menor reserva, haciéndola sentir casi un objeto de su entretenimiento. Más aún, acostumbrada a mantenerse alerta ante los elementos más bajos de su entorno, no ignoraba la indiferencia con la que se cortejaba al resto de los extranjeros comerciando en el bazar, como para engañarse y asumir que aquel era un trato indistinto. A su criterio, eran ellos los únicos que parecían provocar tanto interés entre los habitantes, y si bien en el mercado no abundaban los bienes que vendían, dudaba enteramente que el objeto de su indiscreción proviniera de un simple tenderete de hortalizas más que de los dos hombres que lo armaban pacientemente, completamente insensibles ante la que, al parecer, les resultaba una familiar atención.
Con todo, era posible que alguien en el pueblo hubiera sido capaz de reconocerlos como miembros de Akatsuki, incluso a pesar de la extrema prudencia en su apariencia. Las capas sepia que reemplazaban los trajes bordados de corte recto, y la ropa oscura de algodón raído no podían cubrir los rasgos animales de Kisame ni el garbo natural impreso en las facciones del Uchiha. Un dúo que ya de por sí había adquirido cierta fama entre la comunidad internacional. Sin embargo, si fuera un hecho y alguien los hubiera detectado, ciertamente curiosidad era la última emoción que esperaba despertar.
Incómoda con el asunto, y con los eventos previos, tomó un martillo de la colección de herramientas que habían rentado en la administración de la explanada y comenzó a clavar su frustración hasta que la muñeca le molestó lo suficiente para arrojar el utensilio a un costado y dejarse caer desastrosamente junto a ella. A su espalda, Itachi le dedicó una expresión irritada, casi resentida, pero para su placer personal, en ese momento no le importaba parecer infantil a su costa sólo si con ello conseguía molestarlo. Kisame, en cambio, la ignoró con alarmante tranquilidad, anudando el tendal con una cuerda de yute, tan larga y rígida como para entretenerse en su labor.
—¿Por qué nos observan tanto? —Cuestionó con cautela, concentrada en las manos recias del hombre manipulando un extremo de la soga.
Kisame se encogió de hombros con apatía, ensimismado en la firmeza de su trabajo como para dedicarle la menor consideración. Ella no dijo nada al respecto, pero su mirada insistente seguía presionando con necesidad ante la continua inspección de los locales, y con éxito, finalmente él resopló. —No le des importancia, Sakura.
—¿Por qué no debería? Estoy aquí como idiota adivinando lo que sucede y ustedes no me dicen nada.
—Y no es nada. —Gruñó, enfatizando su hermetismo en el nudo estéril bajo su afiance. — La gente de aquí no suele recibir visitas, es todo.
—No me parece que sea así. —Respondió con desdén, perfilando a la indolencia con la que el pueblo se estremecía entre el caos cotidiano, convulsionando entre la nube de polvo que levitaba sobre los cuerpos revueltos, sudorosos, antes de estrecharse excesivamente en el húmedo y reducido espacio.
Casi aburrida, se enderezó contra la altura del tablón y contempló ausente el vaivén del comercio durante un prolongado lapso de tiempo, como el animal que adormilado sigue con la vista a sus dueños sin entender el contexto de la escena; demasiado perezoso para hacer poco más que estirarse frente a la más sutil variación de los acontecimientos. Entonces, mientras rozaba con decadente nulidad el flujo de la acelerada multitud, a unas varas desde donde se encontraba sentada, divisó a una figura menuda y desencajada contra la agitación de la plaza. Tras el avance lento y encorvado de sus pasos, el tejido celeste que llevaba por falda se arrastraba por el suelo con languidez, llenando el dobladillo de un tono fangoso y espeso, semejante sólo a los matices pardos de la canasta de duraznos colgando sobre su muñeca. Su rostro se mantenía parcialmente cubierto por una pañoleta de un rosa descolorido, de la que sobresalía la longitud de una trenza nívea a medio hacer. No había nada particularmente interesante en su aspecto, ningún detalle remarcable en la persona que se hundía débilmente entre la vorágine de individuos, pero había una pausa en la cadencia de su andar, en el ritmo desigual de su respiración, que inmediatamente captó su atención.
Se irguió enseguida por instinto, atravesando la masa convulsa de mercaderes, clientes y trovadores que se arremolinaban contra los bienes, mientras empujaba y eludía más de un tropiezo e insulto; pero siempre mirándola. Tras de sí, entre el jaleo olvidado de la aglomeración, los gritos de Kisame ya habían empezado a adquirir un volumen importante, pero se encontraba demasiado ensimismada en el personaje como para atenderle a pesar de su cólera. Rápidamente, el ambiente se tornó errático y disforme, y la urgencia de acercarse, de apreciar la estabilidad de la silueta senil comenzó a corroerla.
Súbitamente, un gemido atravesó la extensión del mercado, extinguiendo todo sonido. La nota agónica se prolongó tan eterna y cruda que partió la celeridad del tiempo y el sentido de la dinámica común se tornó incoherente cuando, en el intervalo siguiente, el cuerpo se proyectó flácido sobre la inmundicia. La lentitud de los eventos rápidamente se aceleró, reanimando los gritos, los jadeos asfixiados que se engullían en un solo punto, y con desesperación, la imagen de la mujer se oprimió imposible tras las espaldas de los espectadores nerviosos, que sólo se apretujaban nerviosos e inútiles ante las circunstancias.
Anticipándose a la situación, endureció su avance a base de envites y forcejeos hasta encontrarse con varios ojos vidriosos, turbados, que la guiaron consternados hacia la figura inerte, colapsando sin pulso en el último hálito de vida, y fue al notarlo, que ella actuó enseguida. Ignorando eficientemente a su audiencia, comenzó a bombear enérgicamente contra su pecho en explosiones controladas, temporizadas en una sincronización perfecta que sólo logra la práctica y la experiencia; pero los segundos pasaban, crujiendo indolentes contra sus dedos mientras las costillas sólo se rompían sin resultado y la calma comenzaba a agotarse.
Entonces, decidió arriesgarse.
Rasgó la parte superior del vestido sin vacilar, exponiendo la piel pálida y ceniza ausente de reservas, y pidió alcohol, un cubo con agua y un trozo de tela. Alguien se los dio, pero no se tomó la molestia de identificar quién. En cambio, con parca agilidad, vertió sobre sí misma lo que parecía ser whiskey hasta que el licor escurrió ardiendo por sus antebrazos y una vez esterilizada, junto las palmas con fuerza, logrando que un haz de energía aguamarina se extendiera por sus yemas. Tras el efecto de la estela, los músculos visibles de sus brazos se tensaron agresivamente, hinchando la sangre en sus venas, endureciéndolas, y pese a la rigidez en sus extremidades, dirigió su atención al recipiente con agua. Con una velocidad y control impactante, manipuló el líquido fuera y lo elevó a la altura del esternón de la anciana con la misma facilidad con la que se domarían las oscilaciones de una burbuja, humedeciendo de manera superficial el torso mientras moldeaba el elemento a su antojo, desmembrándolo en una forma plana, tan fina como una película de hielo.
Manipuló la frágil membrana lentamente, tratando de detectar actividad eléctrica antes de proceder a una desfibrilación, y pese a la precisión que el movimiento requería, sabía que con cada segundo que transcurría, las posibilidades de sobrevivir se reducían a décimas. Si se trataba de una taquicardia ventricular ausente de pulso, podría salvarla: incluso si no contaba con el equipo médico necesario, podría replicar el electrochoque empleando su chakra; pero si su paciente presentaba asistolia, aquello sería en vano. Requeriría una inyección de epinefrina, y en aquellas condiciones, le sería imposible reanimarla.
—¡Ahí está! —Exclamó, presa de la excitación que recorrió su columna en cuanto percibió el espasmo en el miocardio.
Sus manos firmes deformaron magistralmente el fluido bajo su tacto, presionando constantemente el filme sobre el pecho desnudo mientras cuidadosamente separaba el líquido y dos esferas se condensaban bajo sus palmas, abriéndose en alturas opuestas al corazón: contra el costado izquierdo, casi entre las costillas, y por encima del seno derecho. A lo largo de su carrera como médico, nunca se había visto en la necesidad de imitar el impacto eléctrico de un desfibrilador, pues en los hospitales donde había ejercido, esta era una herramienta que siempre se mantenía al alcance; y en campo, generalmente era un especialista en Raiton quien ejecutaba la operación. Con todo, pese a su inexperiencia, la importancia de mantener la corriente fluyendo y estimulando el órgano lastimado sobresalía demasiado evidente para obviarla, para no intentar reanimarla; y sin embargo, su mayor preocupación resultaba ser también, la frecuencia de las ondas de energía que debería irradiar al intentarlo. El elemento del rayo nunca había sido su fuerte, y aunque había presenciado en más de una oportunidad el procedimiento y comprendía los cimientos de la manipulación eléctrica gracias a las ocasiones en que había visto a su antiguo maestro emplearlo, sabía que este era un compuesto volátil y errático que requería un gran autocontrol y precisión. Y si no era cuidadosa, bien podría matarla ella misma.
Tras sopesar los riesgos, inhaló profundamente, tomando consciencia del paso del tiempo a través del aire que se deslizaba de pronto helado en sus pulmones. A su alrededor, el murmullo de los espectadores se había detenido, conteniendo el aliento con la misma intensidad que ella, incapaces de quebrar el instante por miedo a fracturar el breve hálito del momento, el preludio a su siguiente fracaso o éxito. Y exhaló.
—¡Despejen! —Una carga de iones se expandió voraz entre las fibras de sus músculos y atravesó la figura entumecida, contorsionando la rigidez en los miembros y provocando un escalofrío uniforme entre los presentes. En respuesta, la mujer convulsionó brevemente, encorvada por la bruta estimulación que ceñía sus partes, pero apenas levitó una facción de segundo cuando volvió a caer laxa, sumida en la inconsciencia.
—¡Despejen! —Repitió una vez más, el tono agudo en su voz oscilando en el esfuerzo. Las venas en su sien se resaltaron, tornándose blancas a medida que el líquido se turbaba y la corriente hacia refracción, rebotando en los nervios propios. Bajo las esferas de agua, la anciana se retorcía dolorosamente sin voluntad; un objeto inanimado que se aferraba neciamente a la nulidad más absoluta, ausente de todo gesto mientras la estela color berilio la arropaba y todo lo que una vez fue se desvanecía en el anonimato.
—¡Despejen! ¡Despejen! —Siguió presionando incansablemente, pero con cada pulsación, la monotonía de la escena se volvía agónica, angustiante; un quejido que permanecía frenético conforme los minutos caían incontenibles, privando de oxígeno al flujo sanguíneo de quien ya comenzaba a perder el calor en su piel. Aquel sería su último intento, decidió. De seguir invariable, moriría en sus brazos.
—¡Despejen!
Sofocando el sentimiento de derrota que comenzaba a desnudarla, contempló la imagen del cuerpo inerte sin palabras, con la mente disuelta en un espacio inocuo, distante; donde la sucesión de eventos transcurría bajo un espectro denso e irrompible. Inmersa en sí misma, en la pérdida, un atisbo de consciencia le advirtió que no era la primera vez que un paciente fallecía bajo su cargo, que en la vida había sucesos donde incluso luchar demasiado podía llegar a ser desgastante e insensato; mas la constante noción de la muerte en su profesión no la hacía invulnerable al vacío en sus dedos cada vez que ocurría, y el escozor lacerante en los ojos le recordó que, a pesar de todo lo que pudiera decirse, aún era una persona.
Rodeándola, la multitud permanecía estática, esperando un veredicto que de pronto parecía absurdo por su evidencia, tan redundante como el cadáver esparcido en la inmundicia del suelo. ¿Qué decir? ¿Cómo hacerlo? Su vista recorrió con oprobio los rostros atónitos, nerviosos, e inevitablemente se preguntó si alguno de ellos reconocía a la señora. Quién había sido, cuál era su nombre. No lo sabía, y con vergüenza, descubrió que ni siquiera eso podría darle.
Pese a su estupor, entre la multitud alcanzó a distinguir un destello carmesí profundo e implacable, y en la dureza de los orbes malditos reconoció la expresión lacónica de Itachi, una máscara de apatía e indiferencia que le devolvió el recuerdo insípido de Sasuke con la fuerza de una bofetada. ¿Qué pensaría él de ella? La dura mueca de desdén que exhalaba acusaba tanto como la forma marchita aún inmóvil junto a sus piernas, agobiándola con reclamos silentes que revivían en ella la impotencia hormigueando en sus yemas, aquella pesadez de la que buscaba desesperadamente huir.
Ignorando aquel sentimiento, se armó de valor, forzándose a encarar a la audiencia que comenzaba a murmurar nerviosamente; pero cuando quiso hablar de sus labios apenas salió un graznido y bajo el peso de la expectativa, de la frustración, tuvo que recordarse que había hecho todo lo posible, incluso más. Intentó una vez más, haciendo acopio de todos los elementos que daban solidez a su carácter, pero la mandíbula tembló, renuente, y requirió de un pesado apretón contra su hombro para devolverla al presente, para regresarla al encuentro del semblante compasivo de Kisame; un aspecto sensible y dócil como nunca creyó llegar a verle, pero que fue suficiente para obligarla a encontrar sus palabras, a identificar que en sus manos se mantenía aún el flujo de chakra y que todavía no deshacía la técnica. Avergonzada, dejó que el agua escurriera por la piel blanquecina del torso desnudo, desbordando lentamente las esferas hasta el instante en que identificó una tenue vibración en el fluido. Un latido.
—¡Está viva! —Susurró, conteniendo el aliento. Rápidamente, e ignorando la sensación que le alivió los miembros una vez que encontró una reacción positiva, dispuso de la tela que le habían conseguido y cubrió pecho expuesto, secándolo profusamente mientras revisaba los signos vitales en busca del sonido claro y liviano de los pulmones, que le indicaría la ausencia de retención de líquidos tras el infarto. Una vez más, sin el equipo adecuado le era difícil identificar correctamente la sintomatología del organismo, pero durante su estancia como médico en el Hospital de Konoha, había aprendido algunas artes sensoriales desarrolladas para emplearse en la intemperie en caso de ser necesarias. Dada su naturaleza y nivel de exigencia, eran procedimientos complejos y sumamente extenuantes que requerían no sólo precisión en el control de energía sino una visión holística del torrente de iones viajando a través de un ente ajeno. Se debía tener tanto conocimiento de las ciencias médicas a un nivel elevado como considerar las variaciones neuronales del individuo en cuestión, mientras se discurría a través de sus conexiones nerviosas escaneando los daños potenciales del siniestro, por lo que el desgaste mental resultante en la aplicación del método frecuentemente era equiparado a la tortura psicológica. De ahí la importancia de mantenerse en control de las emociones propias, de la inestabilidad de sus pensamientos.
Tras una profunda inhalación que buscaba serenarla, le tomó apenas un segundo sumirse en un estado catártico, una condición tan poderosa que era capaz de inhibir todo estímulo externo, reduciendo las voces, los olores, la sensación de la tierra húmeda bajo sus piernas, hasta deformarlas en un murmullo lejano e inconstante; un cúmulo de expresiones que se mezclaban sin orden, espectros alterados que culminaban en la nada. Para sus sentidos, sólo quedaba la percepción de aquello en lo que encauzara su atención, y en consecuencia, empleó toda su esencia en la búsqueda de los sonidos internos, los espasmos que sacudían el cuerpo latiendo por sobrevivir.
La respiración armónica y constante fluyendo libre a través de los alvéolos, así como la actividad cerebral extendida pacíficamente en todas las terminaciones nerviosas fueron una señal positiva entre el mareo que comenzaba a ascender convulso desde la boca de su estómago. Y mientras cerraba los ojos, focalizada en la dimensión de las vibraciones corporales, tratando de disociarlas de las propias, sonrió levemente ante el despliegue natural de un sistema con la vitalidad suficiente para irradiar y trasmitir semejante esquema de luces a través de dos elementos, de la extensión que en ese momento era ella, incluso a pesar de las circunstancias. Sin embargo, entre la marejada de estímulos que logró interpretar alentadoramente, descubrió que el corazón permanecía herido, severamente necrosado tras la falta de oxigenación.
Sopesando la gravedad de la laceración, estimó una función ventricular al cuarenta por ciento de su capacidad normal a medida que deslizó la palma hacia el esternón de la anciana y comenzó a emanar una descarga nívea a lo largo del debilitado órgano. Si bien, aquel era un jutsu nuevo que apenas comenzaba a desarrollar, había tenido oportunidad de probar su capacidad regenerativa en elementos complejos como muestras animales y estructuras variables a nivel celular, y esperaba que la explosión de energía incrementara la capacidad funcional del músculo a medida que fortaleciera las unidades moribundas del tejido. No se hacía ilusiones, sin embargo, pues bien sabía que aquel tratamiento por sí mismo no sería suficiente, ya que no podría reanimar las partes muertas, pero al menos, así disminuiría las probabilidades de presentar mayores complicaciones en el largo plazo, y quizá, con suerte, la necesidad de requerir un marcapasos.
—¿Alguien conoce a esta mujer? —Pidió, volviendo la vista hacia la aglomeración a su alrededor sin permitirse interrumpir su labor. Aún sin perder la concentración, observó a los rostros revolverse entre ellos con inseguridad, delineándose unos a otros hasta que lentamente las miradas convergieron dudosas sobre una pequeña figura estática, oculta entre la turbación general. Los mechones de cabello cobrizo sobre su frente poco lograban disimular el tono rojizo resaltado en la palidez de su piel a causa del llanto, y en cambio, enmarcaban la expresión aterrorizada en unos enigmáticos orbes azules, ahora inquietos. Al verla, reconoció en ellos el estado alterado del shock penetrando en su razonamiento, y a través del peso de los recuerdos propios, sintió verdadera compasión por ella.
—¿La conoces? —Preguntó con calma, aún enfocada en el delicado flujo de energía irradiando de sus manos.
La joven hipó nerviosa, esforzándose sin éxito por elaborar una respuesta que pareciera sensata, coherente siquiera, pero temblaba demasiado para emitir su voz a través de los labios de manera coordinada, y finalmente, presa de la ansiedad, optó por asentir cautelosamente.
—Tranquila, ella está a salvo. — Apaciguó con una sonrisa gentil, ocultando con ella el cansancio y la tensión que comenzaban a hacer mella contra sí misma.
El azul zafiro se quedó pasmado contra sus palabras, incapaz de racionalizarlas, y Sakura vio la nulidad surcando su semblante hasta deformarlo en un estado de profunda preocupación. Un entendimiento que culminó explícito contra su garganta como un gemido agudo y angustiante a medida que ella corría, hincándose contra la que, entre lágrimas, llamaría su madre. Y enseguida, tras la desinhibida muestra de desesperación colmando los gritos de la mujer, la médico se vio asfixiada por un murmullo ensordecedor, la convulsión de sonidos tronando de forma ascendente por la plaza hasta convertirse en estallidos de júbilo, aplausos que colmaron de orgullo su pecho con la misma intensidad con la que sintió el renovado apretón de Kisame contra su hombro; la alegría irradiando franca en sus ojos.
—Bien hecho, pequeñaja.
Sonrió suavemente, de pronto consciente de la realidad. La había salvado, se dijo lejanamente extrañada, y la sensación le supo insípida, agotadora. Envuelta en el caos, trató de girar el cuerpo hacia su paciente, aún tendida en el suelo en brazos de su hija, pero sólo encontró un turbio entumecimiento de los eventos, de su persona.
—¡Sakura!
.
..
…
..
.
Había una sensación extraña en el ambiente desentendido, una luz diferente en el espacio callado con sus opacos colores esparcidos. Sus pasos, tenues y perezosos, abarcaban con parsimonia la calidez que colmaba las esquinas adormiladas, las piezas disueltas del escritorio corrido, abundando en la pizarra manchada de un espectro diferente y, sin embargo, tan familiar como las notas de ayer. Tan distinto, y no por ello menos presente, los recuerdos ajenos resaltaban francos en las comisuras viejas del sector, en las pequeñas fracturas, apenas alteradas por el cruce de las generaciones.
En medio de aquella sinfonía de silencios, en el resoplido discreto de la mañana, cruzó su camino como de costumbre, pasando por alto los detalles irrelevantes del momento, el suave desliz de la puerta, la soledad del ambiente haciendo eco contra el aire difuminado en la ventana abierta. En calma, hasta que una brusca exhalación rompió la quietud con el impacto equivalente a la caída de sus pensamientos y el peso de melancolía se aferró catártico en su piel. Al fondo, cubierto apenas entre la maraña de sus mechones negros, reconoció la figura hundida del menor de los Uchiha. El último.
Tras días ausente después de la masacre, no sólo resaltaba su pulcra puntualidad en el aula, sino el hecho de su presencia siquiera. Entre la conmoción de la caída del clan más importante de la Villa, y de los detalles lúgubres de su exterminio, la interrogante del paradero de su único sobreviviente había sido divulgada desproporcionadamente, dando pie a todo, incluso a las conclusiones más absurdas. No es que a ella le fuera relevante, por supuesto, pero la resolución estaba ahí, expuesta y encogida; materializada en el joven solitario y ausente que se refugiaba en el único lugar que permanecería intacto de su anterior vida: La Academia.
Dudosa ante la imagen, observó con ojo crítico el contraste de su habitual ropa oscura con la palidez en sus manos, el tinte verdoso de las venas marcadas sobre los nudillos y el tono cárdeno en la piel herida de sus piernas. Incluso a cierta distancia, la dualidad de matices violáceos y rojizos delataban severamente sus lesiones, revelándole por un instante, la inquietud de si las habría recibido aquella noche, el día en que lo perdió todo.
Pese a la indiscreción en su escrutinio, él permaneció tendido, con el rostro reclinado contra el pupitre incluso cuando el azulejo replicó el eco de su avance. Se aproximó indecisa, sopesando la medida de sus palabras en la lengua, mientras su palma se estiraba débilmente, pero nunca lo tocaba.
¿Qué decirle? Realmente no lo conocía, y hasta los últimos días de su familia, no lo había tenido en gran consideración. Era apático, orgulloso, con un temple frecuentemente inclinado hacia el desdén y una actitud constante de autosuficiencia que repelía incluso el más bondadoso de los tactos; pero también era sólo niño y, a fin de cuentas, ahora no tenía a nadie
Con una mueca insegura, le tomó suavemente uno de sus dedos, sorprendiéndose por la sensación fría del roce bajo sus yemas, pero tan pronto lo tocó, se enfrentó a unos ojos rojos, tan brillantes y amenazadores que era palpable la rabia y el dolor inyectados en su implacable escarlata. Asustada, trastabilló nerviosamente hasta golpearse contra una silla a su espalda, pero no dejó de enfrentarse a la violencia de su iris. Sabía lo que veía, el aspa del Sharingan circulando letal era demasiado famosa incluso para que alguien de su edad ignorara su relevancia o sus capacidades inherentes, pero el conocimiento de aquel poder difícilmente la pudo preparar para aquella impresión, y con un nudo en la garganta, tuvo que arreglárselas para enfrentarse a su furia.
—¡Mi nombre es Haruno Sakura! —Farfulló avergonzada, extendiendo torpemente su palma hacia él. Por un segundo, Sasuke le clavo la mirada con gesto estupefacto, incluso incrédulo, probablemente obviando el hecho de que ambos eran compañeros de clase; pero luego, al ver que ella no se movía, simplemente desdeñó el ademán apartándolo de un golpe, y volvió la vista, como si no estuviera ahí.
—Lárgate. —Gruñó.
La presión en la tráquea femenina se intensificó a medida que la indignación ardió humillante en sus facciones, pero eludiendo su grosería y buscando ser la mejor persona, se irguió como pudo, recogiendo su maltrecho orgullo para pasar de él, sentándose a su lado en el espacio contiguo. Casi enseguida lamentó haberle expresado compasión, haber intentado consolarlo al decirle que estaba ahí, que no estaba sólo. Casi.
—Te dije que te fueras.
—Este es mi lugar, Sasuke. —Puntualizó con sorna, negándose a mirarlo. Era una mentira, por supuesto, pero estaba segura de que él, en su vanidad innata, no le había prestado la suficiente atención como para desmentirla.
Satisfecha, absorbió el semblante turbio del moreno ensombrecerse tras el flequillo, y aún nerviosa, esperó pacientemente a que el resto del alumnado llegara y cortara el silencio crudo que se había gestado entre ambos. Pero la medida de los segundos fue alargándose desdeñosa en cada movimiento, en cada línea de la postura rígida de su compañero, entonces haberlo enfrentado ya le parecía menos sensato, mucho más humillante. Él en cambio, se había retraído en la privacidad de sus antebrazos, oculto tras las espesas hebras color ébano que enmarcaban su tez y la acidez viperina de su humor lúgubre. Mientras, ella pasaría el hilo del tiempo contando con necesidad, pensando en el peso de su intercambio sin entender siquiera dónde se encontraba el objeto de su cólera cuando todo lo que sentía por él era pena, frustración y lástima.
El sonido de la puerta corrediza fue un alivio para sus nervios acelerados, pero al divisar la figura menuda y desgarbada de Hinata no pudo sino bufar. Sumisa, esclava de sus propias cavilaciones, poco le importó el regreso de Sasuke, si lo notó siquiera. Afortunada ella, que no tuvo la magnífica cortesía de acercarse a animar a un altanero frígido e insoportable.
La segunda intromisión brindó a Sakura la misma desilusión, e incluso más. Al entrar, Aburame Shino los vio inerme, enarcó una de sus finísimas cejas, y se sentó lejos, tan lejos como para no distraerla de la presencia a su lado.
En seguida, conforme el resto de sus compañeros se presentaba perezosamente, comenzó a sentir que había una emoción peor a la incomodidad generada por el Uchiha sofocando el aula, asfixiando el ambiente. Atenta al marco de madera, observó cómo las personas entraban dispersas, sus expresiones vagando en los remanentes olvidados del sueño; pero tan proto notaban la imagen árida del moreno al fondo, su curiosidad se repelía, inexpresiva, casi fundida en la más sórdida indiferencia. Así fue con todos.
En algún momento, entre el barullo natural que empezó a formarse, Sakura distinguió la mirada cristalina de Ino en su dirección. Su rostro era un contraste de tonalidades frías y desencajadas, una colección que nunca había visto, y con la incomodidad explícita en su ceño fruncido repasaba lentamente el cuerpo del Sasuke. Probablemente, dedujo, al igual que a ella, no le gustó el aspecto macilento del chico, y enseguida pensó en llamarla e invitarla a sentarse. Así, quizá tendría a alguien con quien pasar el rato alejada de la acritud insípida del joven a su lado, pero en cuanto sus ojos se encontraron, la rubia desvió la vista con una mueca.
Si bien le pareció extraña la actitud de su amiga, lo atribuyó a la conmoción que el genocidio causó entre el pueblo, especialmente entre la población Shinobi. Afuera, la gente llevaba días murmurando acusaciones, especulaciones y todo tipo de historias absurdas relacionadas con el caos que dejó la masacre. Ella aún no lo entendía completamente, pero era un secreto a voces que la familia Uchiha se había vuelto muy impopular en años recientes, y semejante reputación era el catalizador de todo tipo de escándalos. Encima, estaban vulnerables: el clan más importante de la aldea había caído en una sola noche, presuntamente a manos de un único individuo; lo que exponía un flanco estéril en el que era el eje militar de la región. No la había vivido, y sin embargo sabía que la Tercer Gran Guerra permanecía aún demasiado presente en los corazones de los mayores como para ignorar el duelo y el miedo crispando sus frentes. Con todo, aún le sorprendía lo susceptibles que podían ser sus compañeros ante la voz popular. Claro que, ella era la única de su clase cuya ascendencia no pertenecía a las fuerzas bélicas, y probablemente ni sus padres comprendieran las implicaciones de todo aquello que se estaba gestando.
Cuando el reloj marcó las ocho en punto, finalmente soltó un gruñido derrotado, arrepentida de sus buenas intenciones. Iruka-Sensei entró enseguida, con un libro en mano y una expresión tan seria en sus facciones que la enorme cicatriz resaltaba explícita sobre la nariz. Inmediatamente reparó en Sasuke.
Durante ese breve instante, como si alguna orden no manifiesta se hubiera proclamado, todos callaron, presas de la expectación, con los latidos enredados en la garganta, como si las siguientes frases fueran el empuje necesario para dar rienda suelta al tiempo, ése que se detuvo.
—Bienvenido, Sasuke. —Masculló, pero el tono era circunspecto.
Enseguida, una sucesión de espectadores giró en su dirección, apuntalando con gestos dispares a la figura estática del abandono con una indiscreción que rayaba en la apatía, incluso el desdén. A su altura, junto a él, Sakura percibió el cúmulo de vergonzosos comentarios, rumores ignorantes clavados en las mentes filosas e infantiles, y entonces, de pronto testigo, toda riña contra el chico desapareció en un hálito confuso, transmutado por nada sino la única necesidad de protegerlo, de ocultarlo de todas las caras mordaces, capaces de desmembrarlo con el golpe de sus indolentes preguntas.
—Ya. —Musitó Sasuke, para desconcierto de todos. Un monosílabo concreto e insensible que parecía proyectar un egocentrismo tan insultante como su carácter habitual; pero en esta ocasión, ella pudo ver a través del aire impertérrito que dentro se derrumbaba, que la palidez en su faz no era sino la manifestación de un dolor más agudo que los hematomas y cortes en su piel; y que había algo profundo, abierto, punzando bajo la mueca ausente.
Adelante, Iruka-Sensei pareció tan insatisfecho con su respuesta como el resto del aula, pero sólo hizo unas breves anotaciones en la minuciosa agenda que llevaba consigo antes de elevar la voz y proseguir garabateando en el pizarrón la lección del día.
Diligentemente, Sakura tomó su cuaderno y comenzó a hacer lo propio, sin ser capaz de concentrarse lo suficiente para entender de qué iba realmente la clase. La imagen taciturna del moreno a su lado la absorbía con una fuerza abrumadora, abstrayéndola hacia el espacio oscuro en que su pena era tangible. Ahí, paladeando su tristeza entre los sonidos hilvanados del aula, incluso sin mirarlo, sólo pudo reaccionar a su necesidad de una sola forma.
—Lo siento mucho, Sasuke-Kun.
El silencio se extendió sobre ambos como una manta tibia y pesada, dejando caer el peso de las circunstancias sobre sus cuerpos. Incómoda y avergonzada por la violencia de sus impulsos, por su necesidad explícita de acompañarlo, se removió en su asiento, y pese a su pena se obligó a dirigir la vista a su costado y encarar el rechazo de su impertinencia. No sucedió, en cambio, se encontró con una expresión vulnerable y partida: cobijado en la protección de la inopia, Sasuke lloraba. Esta vez, sin embargo, los ojos negros la miraban fijamente, incapaces de contener el llanto, sin hacer un esfuerzo siquiera.
Presa de sus emociones, tomó su mano suavemente, sorprendiéndose por el frío atenazando su tez, pero apretándola lo suficiente para transmitirle todo aquello que quería expresarle desde el momento en que lo vio solo, recluido en sí mismo al fondo del salón. Y para su impresión, él se lo permitió. Se hundió en su pequeño hombro, sollozando quedamente hasta que su respiración se convirtió en un espasmo incontenible. Ella lo sostuvo solemnemente, ausente de palabras, pero tan presente que su desconsuelo vivía en ella, mesando en los rincones más estrechos de su garganta; y sólo cuando el temblor de sus miembros desapareció, entonces se atrevió a soltarlo.
No se miraron, demasiado conmocionados con esa intimidad que quedaría eternamente acariciándoles la piel, pero cuando se dispuso a retomar sus apuntes y atender lo que quedaba de la clase, él le tomó de la manga.
—Sakura… Gracias.
Aquel fue el primer día que ella experimentó un calor sofocante en el pecho, un escalofrío constante anidado en la boca del estómago tan sólo al verlo. Entonces no lo sabía, pero esa sensación permanecería impresa en ella, siempre.
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…
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El color esmeralda se abrió lentamente, comprometido con el acto religioso de enfocarse en los detalles sutiles a la vista de quien va reconociendo lo poco que entiende del mundo en aquel estado de franca inconsciencia. El girar ralentizado del universo, de las cuerdas disueltas en la reminiscencia de otra época. La madera opaca expuesta en la altura del techo, la oscuridad diurna permeando a través de los huecos abiertos de los muros, la brisa fresca zumbando a través de su cabello, y el olor a jabón en su piel la abrazaron delicadamente, dándole la bienvenida a un presente armonioso, sólo familiar entre los destellos de una infancia corta; tan distantes, que sus fugaces retazos parecían sucesos perdidos, espectros arrancados de otra historia, de la vida de otra persona.
Se revolvió en la cama con pesadez, disfrutando de la tensión en los músculos y del delicioso crepitar de las articulaciones en movimiento, incapaz de dimensionar el andar del tiempo desde que se había permitido descansar así; y bajo aquella noción, una sonrisa lánguida amenazó con abrirse paso entre sus labios, un gesto pleno y gratificante que nunca llegó, vaporizado violentamente ante la imagen mortecina que súbitamente penetró su mente, reverberando en ella todos los acontecimientos previos en su último hálito de lucidez. El rostro inerte de una mujer demacrada, tendida en el lodazal mientras el pecho expuesto se exhibía inmarcesible ante una multitud ansiosa, y tan impotente como ella misma.
Se irguió enseguida, buscando algún elemento conocido en el estrecho espacio ajeno, y apenas contuvo el alivio que le atravesó la piel al encontrar sus sandalias de cuero teñido bajo la cama, y la capa de lana colgando cuidadosamente desde el respaldo de una silla. No pudo sorprenderse, sin embargo, por aquella ropa que no le pertenecía: la remera gris que se deslizaba laxa hasta caer sobre sus piernas era basta en comparación al trozo de tela pálido y raído que había usado habitualmente durante los últimos meses, y las vendas que antaño cubrían rígidas su intimidad hasta anudarse a medio muslo habían sido reemplazadas por una calza ceniza mucho más discreta. Se recordó enseguida que aquel no era el momento de abstraerse en la profanación de su cuerpo, y demasiado lenta para sus nervios, se dirigió a la puerta corrediza con pasos agigantados, evocando en su mente los recuerdos desorganizados de su memoria con un solo reclamo sobresaliendo en sus pensamientos: el haberse permitido aquella pérdida de consciencia.
Furiosa consigo misma, tomó la manija al extremo y deslizó con apremio, pero tan pronto como abrió se detuvo abruptamente, bloqueada por un par de orbes carmín tan familiares como, en aquel instante, indeseados.
—Itachi.
El momentáneo sosiego que la invadió al ver una cara familiar se extinguió tan pronto interpretó el semblante turbio encauzado en sí misma, la sombra de su ira propuesta a nada sino a mantenerla dentro de aquella pequeña habitación con todo el peso de su rabia. Aquello no fue un saludo entonces, sino la locución reprimida de su urgencia, una alerta clara para que se quitara de su camino. No lo hizo. Se mantuvo inclinado hacia ella en una actitud desafiante que no revelaba nada sino una poderosa irritación, tan grave que incluso resultaba excesiva dadas las circunstancias. Conocía bien esa expresión adusta, la curva impenetrable de su cólera aguardando la implosión bajo una única advertencia silente, la de sus ojos. Se hubiera inhibido, por supuesto, si no estuviera ella en las mismas condiciones.
—Muévete. —Urgió, impaciente.
—Necesitas descansar. —La voz áspera y masculina se apretó contra su menuda figura en un ánimo por hacerla retroceder, pero ella, impulsada por el orgullo se mantuvo firme, encarándolo con la misma violencia férrea irradiando en su mirada.
—No lo sabes, no eres médico. —Retrucó, las palabras expulsadas con una acidez viperina que calentó la lengua. —¿Dónde está?
—Sakura, entra ya.
—No Itachi. Si pretendes que me quede quieta, estás perdiendo tu tiempo, y más importante, el mío también. —Sentenció. El tono efervescente provocándolo conforme se acercaba y su pecho rozaba valientemente la base superior del estómago firme, pero él no se movía. —Apártate.
—No lo diré de nuevo.
Ella le dedicó una inspección larga y severa, el esmeralda ahondando hacia el iris rubí con una necesidad que pocas veces fluía tan clara, tan vehemente; pero que estaba ahí presente en la inmovilidad de ambos. En una circunstancia ordinaria, sería ella quien trataría de refrenar la volatilidad de su carácter explosivo, siempre cediendo a la naturaleza exigente del Uchiha, pero esta ocasión era demasiado relevante para ella, excesivamente vital; y cuando se hizo evidente que ninguna de las partes cedería, cargó furiosamente contra la corpulencia del hombre.
—¡Maldita sea, Sakura! ¡No seas testaruda! —Las manos viajaron unas sobre otras, afianzándose con vesania en una imposición inclemente que no culminaba en ninguna victoria, porque entre más se tocaban más se exponía tácito el daño que se hacían; y entretanto las viejas heridas del día anterior se reabrían, el caos se reanimaba incontenible, volviéndola necia a sus impulsos hasta que finalmente uno de los dos, el moreno, demostraba un dominio superior y la detenía; sus dedos rígidos grabando la presión ejercida sobre los brazos. —¿Por qué te esfuerzas tanto en complicarlo todo?
—¿Y tú por qué tienes que comportarte como un imbécil? —Estalló, escondiendo la punzada de dolor que atravesaba su corazón tras la fría tesitura de sus palabras. —Sabes que puede morir y aun así te niegas a decirme dónde está. ¡Serás escoria!
—Ella está bien. —Bramó con exasperación, el escarlata eclipsado por una sombra mortecina mientras el temperamento en sus labios se blandía gélido y mordaz.
—No has respondido a mi pregunta. —Masculló entre dientes, imitando su actitud, y el distanciamiento entre ellos le pareció tan amargo como necesario.
El moreno la fulminó desde su diferencia de estatura con su complexión hercúlea aún prensada contra ella. Su mueca hundida en una severidad inaccesible, probablemente dimensionando los diferentes métodos con los que podría lograr retenerla, y a través de la forma incisiva en que la miraba, Sakura reconoció en ese momento que ninguno estaría dispuesto a realizar concesiones. Entonces, plenamente consciente del entorno, se preguntó cuánto tardaría en alcanzarla si lograba derribarlo con un pulso de energía, y resolvió que lo último que podía permitirse era doblegarse ante él. Sin embargo, Itachi previó el cauce de su razonamiento, y antes de que pudiera ejecutar cualquier escape, él deslizó su agarre hasta sus muñecas, apretándola contra sí mientras pulsaba contra los puntos de supresión de chakra y Sakura se convertía en una silueta distendida, apenas soportada por la gravedad de una voluntad inalterable, y el poderoso afiance del Uchiha.
—¡Eres un…!
—¡Basta! ¡Han sido unas horas, Sakura! ¡Ella está bien! —Vociferó enardecido, forcejeando contra los golpes y puntapiés que ella propinaba, casi sin fuerza. —¡Entra ya, maldita sea!
—¡No! ¿Qué no lo entiendes? ¡Necesito verla! — Aulló furiosa, bregando contra su corpulencia en un acto de burda indignación, y desesperada, buscó emplear el peso masculino contra él mismo para librarse de su toque, pero sólo logró replegarse contra su vientre una vez más, quedando vergonzosamente ceñida entre el muro y su cuerpo.
—¡Dios, jamás debí traerte! ¿Es que sólo ocasionas problemas?
—¡Mi único problema eres tú, maldito egoísta! — La humillación se manifestó expresa a través del escozor palpitante en el verde enrojecido de ella, y aún enardecida, contempló con tristeza la dureza en la expresión varonil sin dar crédito al lacerante giro de los acontecimientos. ¿En qué punto lo había disgustado tanto? El día anterior la había mirado con tanta satisfacción, con tanta calidez y ternura llenando de luz sus facciones que le era imposible concebir cómo aquella promesa tan exquisita en su mirada había resultado ser tan frágil, tan insípida como para revelar sin congruencia una profunda falta de estima, de respeto. Tan vacua, que sólo manifestaba la revelación de que era un estorbo para su causa, una molestia, y aquella evidencia era suficiente para romperla, para retraerla y escudarse en la modulación hiriente de su lengua. —¡¿Qué entiendes tú de medicina?! ¡Suéltame!
—¿Uchiha-Sama?
El suave apelativo atravesó el tórrido enfrentamiento con el efecto equivalente a la colisión del cristal reventando contra el suelo; y encendidos, ambos rostros se giraron, impetuosos, frenéticos, contraídos por las lacerantes emociones que exponían contra el otro para apuñalar visualmente a la figura inerme, hundida en el centro de la estancia. Una joven de rasgos delicados y aspecto noble, con su tersa piel nívea enmarcada por los matices cobrizos de un cabello brillante a la altura de los hombros, y unos dóciles orbes azules, tan cálidos como su carácter.
—¿Uchiha-Sama? ¿Se encuentra todo en orden?
La dura inspección que Sakura le dio no pudo haber sido más grosera si se lo hubiera propuesto, y en consecuencia, poco se esforzó en disimular la repulsión que la abordó al escuchar el respetuoso honorífico manando de la tierna boca sonrojada, ni el rencor que sintió al reconocer la calma súbita irradiando en el tacto de Itachi, que aunque era firme, se había suavizado.
—Por supuesto. —Tranquilizó él, pero el matiz sedoso en su voz no alcanzó la emoción cortante en sus ojos. —La Señorita Sakura se desorientó, pero ya me aseguro yo de que entienda su lugar.
—Te odio. —Silabeó, exigiendo una autoridad que de pronto le resultaba ajena, y vulnerable, tuvo que desviar la vista, ahogándose con el dolor inadvertido de observarlos. La rabia ascendente que pulsaba y calaba angustiante conforme se perdía en la visión suave del carmesí eclipsando la forma femenina y sumisa en la sala; y la distancia en sus reacciones con una y otra se evidenciaba tangible, porque todo lo que parecía recibir de él comenzaba a resumirse en desdén. A su ausencia y desinterés incluso en la presencia, y nuevamente esa dura realidad la obligó a cuestionarse qué había hecho tan mal para merecer aquel trato, pero sólo encontró una respuesta vacua en el centro de la habitación; una nulidad que fue capaz de llenarla de una aversión irracional enfocada sólo hacia el objeto femenino de su atención. ¿A qué se debía semejante formalidad? ¿Y por qué esa mujer parecía mucho más, más que ella, simplemente perfecta? ¿De dónde surgía esa hambre absurda de competencia?
Obtusa, reparó una vez más en la noble reacción de Itachi. Su gesto cándido y su ceño laxo contra el zafiro intenso de la castaña, y su breve encuentro, cargado de entendimiento, la desarmó. Herida, traicionada, no pudo reaccionar de otra manera sino recurriendo a la familiar violencia. No quería sentirlo, verlo, y estaba resuelta a alejarlo de sí incluso si para ello debía lastimarlo en consecuencia. Así que, aprovechando su distracción, y empleando todo remanente de sí misma, se replegó contra el muro tras de sí, ejerciendo tal fuerza en su abdomen que fue su espalda la que la sostuvo mientras los pies se elevaban y empujaban con fuerza, arrojando el torso masculino al vacío apenas el intervalo suficiente para lograr liberarse de su afiance.
Libre, corrió frenética en busca de una salida, dirigiéndose hacia la asustada imagen de la chica con el único objetivo de localizar a la anciana, pero en la fracción de segundo en que iba a tomarla del hombro, una mano firme la sostuvo por el tobillo, derribándola con un golpe sordo que reverberó en todos sus sentidos.
Itachi se encontró sobre ella antes de advertirlo, jadeando furioso mientras se apretaba contra su cuerpo buscando domarla sin éxito. Forcejearon enardecidos, bregando entre gruñidos e insultos incoherentes entre tanto los dedos se perdían aguerridos en la proyección de sus habilidades en las artes marciales. Dominando, sometiendo, girando irrefrenables en su lucha sobre el otro, tan incapaces de atender a la razón de la misma forma en que los alaridos de la joven se perdían irrelevantes en su revuelta. Finalmente, Itachi consiguió contenerla, apresándola en un nudo férreo entre sus piernas mientras sus brazos se aprisionaban rígidos contra ella, elevando los propios a la altura de su cabeza.
Sakura gritó, desesperada, restregándose contra su prisión en una pugna que resultaba inaccesible, inalterable, pero prohibiéndose asumir la derrota.
—¡Basta! — Itachi increpó, pero su voz era famélica, apenas una súplica expresa en su frente unida contra la de ella. Un acto de repentino consuelo, lamiendo esos ojos verdes en las profundidades escarlata con una intensidad dolorosa, una sinceridad lacerante. —Por favor, Sakura, déjalo…
Inerme, el iris esmeralda lo enfrentó apenas, cerrando los párpados en cuanto el escozor en sus facciones permutó en una lágrima silente. ¿Cómo podía pedirle aquello? ¿Cómo podrá ella siquiera pensar en dárselo? Negó con el rostro, destrozada ante la indiferencia del semblante endurecido del hombre prensado contra ella, sin poder entender aún de qué iba esa tosca necesidad de retenerla, y aquella incomprensión le devolvió el enfado.
—No puedo.
—¡Maldita sea, Sakura! No te lo pediré una vez más.
—No lo hagas, entonces. —Retó, agradeciendo enseguida la expresión estoica que se mantuvo en sus rasgos cuando él golpeó la duela a su lado, astillando la rigidez prolija del material ahora fracturado bajo su puño.
—Te obligaré así tenga que amordazarte. — Amenazó, y sus músculos se calentaron ante la expectativa, tensos, ansiosos en la respuesta equivalente que desataría su próxima guerra.
Su boca se abrió incisiva, dispuesta, saboreando el pérfido rencor que enervaría su reacción al instante subsecuente e inflamaría todo sentido, pero fue interrumpida.
—Como sigas van a destrozar el lugar, Itachi. Y se darán cuenta.
Los dos se volvieron con furioso hermetismo, aún inmersos en el conflicto que ahora parecía extenderse irresoluto en el escozor de sus venas, hasta que el reconocimiento de aquel tono ameno y varonil que provino desde el centro de la habitación los instó a detenerse, a la pausa de las manos ceñidas sobre la piel ajena mientras la figura de Kisame los observaba entretenido, de pie junto a la nerviosa castaña. Su gesto despreocupado, casi aburrido, contemplaba con burla las siluetas desgarbadas de ambos, los orgullosos guerreros revueltos en el suelo. Y descalzo, cubierto por una remera delgada de algodón blanco y un pantalón del mismo material, lucía tan relajado e informal que su imagen holgada le recordó a su actitud ligera entre los muros de la fortaleza, en aquel íntimo espacio donde había aprendido a reconocerlos a ambos a pesar de sus prejuicios, o al menos eso creía. Más aún, al verlo tan próximo a la mujer, comprendió con incomodidad que la única persona fuera de contexto seguía siendo ella.
—¿Qué haces aquí? —La demanda de Itachi se expuso con su habitual altanería mientras se incorporaba, alejándose de ella con una sutil reticencia, perfectamente oculta bajo una aparente calma que no se encubría en el peso de sus ojos, el carmesí oscurecido por una peligrosa exigencia.
—¿No es obvio? Están haciendo un desastre. Los dos. —Señaló Kisame con apatía, pero en su voz, la inflexión era tan dura que bien valdría haber sido una afrenta. —He venido a controlar los daños.
—No es necesario, ya lo hago yo.
—Lo tengo claro. Te está funcionando, ¿no? —Se burló el tiburón mostrando los dientes, impaciente. —Déjame manejarlo.
—No me jodas. —Gruñó Itachi, desprovisto de todo humor. —¿Y qué vas a hacer tú?
—Hablar con ella. —Replicó encogiéndose de hombros, pero incapaz de contener la aspereza en sus facciones. —Sakura, ven conmigo.
Su piel se erizó atendiendo el temple duro en la orden, y la anticipación creció angustiante en su vientre conforme las tres figuras clavaron su atención en ella, insistentes, expectantes por la más leve alusión a una respuesta. Aun así, a pesar de su aprehensión y de la indignación que sentía al saber que su voluntad estaba siendo terminantemente ignorada, agradeció que la intromisión del majarro al menos la encaminara a alguna dirección, y al observar la determinación airada en los diminutos orbes negros, resolvió que Kisame sería el mejor aliado para su causa, y sin pensarlo se acercó a él.
—¡Y una mierda! —Rugió Itachi, perdiendo toda la neutralidad de su semblante cuando avanzó hacia ella, rodeándola posesivamente con su cuerpo. —¡Lárgate!
—Sakura, ¿tú qué quieres? —Presionó Kisame, obviando el riesgo que representaba el shinobi agazapado hacia él.
—¡Déjala en paz, Kisame! —Estalló, adelantándose irascible hasta la silueta recia del escualo, un choque de miradas oscuras que se proyectó crudo e indefinible, el hombre enfrentando a la bestia.
—Iré contigo. —Sentenció ella enseguida, el esmeralda impreso con decisión ante la cólera escarlata, desprovisto de toda vacilación. Tensa, su atención se irguió sobre él, apreciando el pestañeo incrédulo del Uchiha antes de que este desviara la vista con cautela cuando la pequeña joven se aproximó junto a él, tocando con disimulada intimidad el brazo derecho del hombre mientras le susurraba en el oído y él, de mala gana, cedía.
Ofuscada ante su actitud, y sintiéndose súbitamente traicionada, Sakura se volvió con pesadez, trastabillando contra el torso robusto que la sostuvo cuando el cansancio por la ausencia de chakra se hizo presente en sus piernas. Frente a ella, Itachi la miró con algo contradictoriamente similar a la preocupación eclipsando su enojo, y su ceño se frunció contenido en un silencio significativo, que no lo abandonó incluso cuando ella le aseguró que se encontraba bien.
—La mujer, ¿dónde está? —Repitió lánguida, e incluso así, buscando una réplica que se encontraba nublada, inefable en los rasgos animales.
—Sakura-San... — A su lado, la suave irrupción de la fémina se escuchó irritante, divisoria, y pese al malestar que sentía, se las arregló para mirarla con intenso desdén, proyectando en ella sus frustraciones hasta callarla. Ella se removió con timidez, vulnerable, minúscula, y sin embargo algo en su aspecto de pronto le pareció tan familiar que sintió la urgencia de reconocerla, sólo que se encontraba demasiado mareada para recordar el qué. En cambio, dejándola de lado miró con impaciencia hacia el majarro, que atendía su propia ira contra la expresión endurecida del moreno mientras sus yemas se deslizaban hacia los puntos suprimidos en su piel pálida, y poco a poco percibía el retorno de sus fuerzas.
—Andando. —Suspiró Kisame, tomándola firmemente del codo para adentrarse con prisa en los estrechos corredores de lo que parecía ser una antigua casa oriental, cuyos pasillos se entrecruzaban unos con otros en los colores turbios de la estera descuidada por el paso de los años, y los jirones oscuros, perdidos, de los paneles roídos por la intemperie. Avanzaron afónicos, recorriendo lo que reconoció como el ala este de la residencia, un complejo de habitaciones lóbrego y solitario que rodeaba el jardín central por el costado hasta terminar en lo que intuyó, era la parte principal de la casa.
Al fondo, un último salón reducido y austero los recibió con un juego de té de limón y un par de cuencos con arroz dispuestos sobre una mesa de baja altura, que consistía, junto con sus descoloridos cojines zabuton, en el único mobiliario de la estancia. En el suelo, el tatami también parecía haber olvidado sus tonalidades pasteles, apareciendo como una pieza terrosa y demacrada a sus pies. Sin embargo, a pesar de su estado decadente, el espacio se encontraba limpio, y los olores del bosque adyacente asomado desde la puerta corrediza penetraban con sus vigorizantes y frescas esencias, haciendo el sitio agradable y luminoso incluso a través de la luz nocturna.
—¿Dónde está la mujer? —Insistió, poseída por una seriedad absoluta a la que él no respondió.
A su espalda, en medio de la noche, el sonido estridente de la madera recorriéndose por la duela reverberó en las esquinas adormiladas, convirtiéndose en una mustia contestación fortalecida conforme el entendimiento en el gesto le entregaba un sabor amargo, llenando su paladar al reconocerse nuevamente encerrada, y tanto o más ingenua al esperar un al esperar un trato distinto por su parte. Tonta, al creer que el desafío entre los dos guerreros le indicaría alguna claridad sobre la situación en la que se encontraban, y su papel en ella, en lugar de aquella aplastante reserva. Pero aquel era un escenario en exceso diferente del que imaginó, por lo que cuando se volvió para encararlo e identificó la pérfida indiferencia en los ojos negros, el peso de la expectativa la desnudó de forma tan dolorosa que casi ansió no haberle conocido.
—Deberías comer. —Indicó él de pronto, y la irrelevancia y apatía de su conversación recrudeció su furia.
Indignada, contempló al Akatsuki pasar de ella con evidente desinterés para sentarse sin gracia contra el marco del ventanal que lindaba con el flujo diurno del follaje silvestre, lento e indolente a la marginación que perpetuaba. Herida, ella se mantuvo quieta en un extremo de la sala, furiosa y llena de rencor, observando a la bestia reclinada contra el borde que la veía sin apenas observarla, casi retándola a intentar huir. No lo hizo, permaneció estoica esperando impaciente aquello que no entendía, y tras un exasperante y prolongado silencio, él simplemente dejó de vigilarla, demasiado concentrado en presentarle el primer vicio que ella le reconocería desde el comienzo de su improbable amistad. Tras hurgar momentáneamente, de uno de los bolsillos del pantalón extrajo una delgada pipa tallada a mano, una pieza gastada y sobria que rellenó con metódica delicadeza del tabaco seco que llevaba dentro de un paño gastado.
Desconcertada por la intimidad del acto, y vergonzosamente curiosa a pesar de su enojo, descubrió que nunca había identificado el aroma de la hierba en su ropa, y enseguida concluyó que quizá aquel era un hábito que sólo desempeñaba durante la labor de campo. Un desvío breve que se brindaba a sí mismo como consuelo, tal vez sabiendo que la muerte le llegaría un día de improvisto. No era algo extraño, durante las misiones, muchos shinobis recurrían a algún tipo de costumbre decadente con el ánimo de ignorar la sombra lóbrega que los acecha cada jornada; e incluso también, para olvidar aquello de lo que eran capaces si la vida los ponía a prueba. Para ellos, el pasado era un enemigo silencioso y brutal, un miedo compartido que ahogaba en culpa a cualquiera, independientemente del bando o sus manifestaciones; y ella, por experiencia, podía empatizar con ello, incluso al grado de amainar ligeramente su resentimiento. Por encima de todo, además, a él en particular no le atribuía una personalidad ordenada, mesurada siquiera, y en consecuencia, el procedimiento impecable con el que manipulaba las diminutas herramientas le pareció parcialmente humano, menos tosco, y por tanto, incluso chocante.
Enfrascada en la densidad de su análisis, tardó varios segundos en advertir el par de ojos negros perfilándola con detenimiento, apenas obnubilados por el valor de la primera calada, que ya se expulsaba entre los labios heridos y la carne abierta de las branquias. Por un instante, entre la oscuridad que permeaba profunda en la habitación, la imagen que tuvo frente a sí fue la de un imponente dragón mostrando sus fauces, dientes largos y punzantes que relucían en una mueca engañosa y siniestra. Un gesto frío y cortante que la urgía, pese a su desconfianza, a unírsele bajo el abrigo de la luna.
—¿No me reclamarás el daño a mi salud? —Inquirió él con voz ronca, expirando distraídamente el placer del narcótico.
La pregunta permaneció sin respuesta por demasiado tiempo, flotando lacónica contra la barrera de sus pensamientos mientras todas sus reservas fluían pesadas por su mente. No le gustaba aquel nuevo misticismo en su actitud, ahora misteriosa y distante. Prefería la relación franca y agresiva que usualmente tenían, libre de prejuicios y suposiciones; demasiado sincera para ser cómoda, pero tan directa que per sé, causaba efecto en el humor ligero y vigorizante que jamás esperaría desarrollar, ni recibir en otro. Se sentía herida y engañada ante su recelo, demasiado vulnerable aún para levantar su guardia, pero sabía que no llegaría a ningún lado cuando no lo había hecho ya, y al final, por respeto al cariño que se había ganado en ella, terminó accediendo y se le unió a regañadientes.
—¿No? —Presionó. —Creí que eras buena en tu trabajo.
—Ella está aquí. ¿No es cierto? —Cuestionó sin rodeos, aspirando furtivamente el humo dulce, como en una pequeña travesura. —¿Por qué no me dejan verla?
El hombre inhaló con avidez, su mirada oscura ensimismada en la caricia taciturna del viento venciendo las partes más nobles de los árboles mientras el fuego entre sus dedos se avivaba, proyectando pequeñas chispas de luz anaranjada. En su rostro, no había ninguna emoción más allá de la calma, pero para ella fue evidente la vacilación en su réplica. —Está bajo el cuidado de otro médico. No me preocuparía.
—¿Y eso qué? —Sakura lo miró con incredulidad, su mandíbula temblando de impotencia. —Lo que hice fue un procedimiento delicado que requiere tener un seguimiento urgente.
—No es necesario que la atiendan dos, mujer. —Respondió, indolente.
—¡En absoluto! ¡Es mi responsabilidad! —Estalló, irguiéndose presa de la frustración colmando su cuerpo, la indignación y la impaciencia evidenciándose en cada uno de sus movimientos conforme su tono se alzaba exasperado, y la desesperación y opresión se añadían a la súplica implícita en su arrebato. —No espero que lo entiendas, pero hoy corrí un gran riesgo para salvarla, y esa decisión aún puede tener consecuencias fatales, incluso peores a la muerte. No podré preverlas si no la reviso yo misma… Por favor, realmente necesito saber.
Kisame la miró con una expresión reflexiva pesando en sus facciones, y a pesar del semblante adusto, descubrió una franca empatía transmitida a su manera en las diminutas rendijas de sus orbes negros. Él, a quien nunca le importaba nada, le demostraba el reconocimiento obtuso de las circunstancias mesando en su decisión; del respeto que ella tenía a su profesión y a las vidas que caían bajo su asistencia incluso si aquello era algo que él no valoraba. Por ello, y a pesar de compartir ese nivel de entendimiento, fue aún más dolorosa la muda negativa que recibió de su parte.
—No lo entiendo. —Masculló en un hilo de voz, esforzándose por ocultar el dolor impreso en sus rasgos, la confusión y la tristeza ahondando en la tonalidad del esmeralda traicionado. —Hemos… He estado con ustedes durante meses, siempre; y sin embargo aún sigo siendo poco menos que un objeto de su recelo. ¿Por qué? ¿Por qué nunca me dicen nada? ¿Por qué no confían en mí?
El silencio se alargó entre ellos, extendiendo la aflicción de las palabras no expresadas, volviéndose denso, asfixiante. Entretanto, la interrogante se mantenía apresada entre los muros del tapiz polvoriento, mientras el tiempo, implacable, devoraba la noche.
—Yo confío en ti. — Confesó él, de pronto, y entre la franqueza que ofrecía el vaho, agregó. —Pero el segundo médico es de Konoha.
Hubo una pausa escondida en la cadencia de sus respiraciones, en la tensión expuesta de ambos a través del aroma suave del tabaco penetrando en la sala; y ante la afonía colmada de reservas, Sakura se permitió hundirse de nuevo a su lado, ocultando sus reacciones en las sombras nocturnas con miedo de todo, especialmente de sí misma.
—Había demasiada gente en la plaza cuando te desmayaste —Prosiguió él, aun cuando ella no le había pedido explicación alguna, y continuó así, casi inmerso en la dirección de sus recuerdos mientras las ondulaciones místicas del vapor circulaban sus inhibiciones, y un aura de profunda intimidad iba elevándose suavemente. —La multitud se había cerrado sobre nosotros y apenas nos permitían avanzar. Al principio, pensamos que era parte de la conmoción general que comenzaba a absorberse luego del infarto, pero entonces, en algún punto comenzaron a escucharse disturbios, y enseguida se armó un escándalo alrededor del mercado. Verás, alguien advirtió la presencia de Konoha y, aunque al parecer están de paso, lo cierto es que aquí no son recibidos. Tuvimos que dejarla, a tu paciente, para ocultarte a ti. —Explicó, y la forma de sus branquias se dilató con la ironía mesando en cada frase. —No me mires así, Itachi iba a volver por ella y su hija, pero cuando quiso alcanzarlas, ellos ya estaban atendiéndolas y fue imprescindible huir. Les ayudaron, a fin de cuentas, y sólo por ello les han permitido quedarse, pero están hospedados aquí, en el extremo principal de la casa. En realidad, tuvimos bastante suerte de no ser vistos.
Vacilante, Sakura contuvo sus pensamientos en el abrazo en que se envolvió a sí, trémula e indefensa, y conforme la oscilación turbia del humo henchía los aromas de la brisa nocturna, advirtió la densidad de la mirada negra, expectante por una respuesta. Él no añadió nada más, sin embargo, y permanecieron inmóviles, ausentes en los impulsos aletargados del otro el viento rozaba sus cuerpos, apresando el intervalo de sus dudas, el momento en que el raciocinio se digería a sí mismo y una única idea se exploraba en la convulsión de sus reflexiones.
—Ya veo. — Suspiró finalmente, y tras un encogimiento de hombros volvió la vista hacia él. Su sonrisa ligera y tranquila distendida en el color de su piel. —Siendo así, tendremos que ser cuidadosos.
La satisfacción que refractó en las facciones del hombre le sobrevino con burda sorpresa, casi arrancándole una débil risa en cuanto su habitual autosuficiencia reapareció, calentando el dulce hálito casi tanto como los latidos de su pecho.
—Mm. —Gruñó con placidez. —Sería una lástima haber tenido que matarte, pequeñaja.
La amenaza implícita en su característico humor negro no inhibió el gesto amistoso curvándose franco contra sus mejillas; y aquella cruda honestidad, en lugar de repelerle, le pareció tan embriagante como necesaria.
—No te dejaría, de cualquier manera. —Retó sofocando una risa abierta, aspirando con emoción los olores silvestres de aquel mundo lleno de posibilidades. Quizá, sólo quizá, realmente confiaba en ella.
Sin embargo, después de aquella necesaria revelación, el ébano en los diminutos ojos negros la observó nuevamente reflexivo, colmado por una mueca que, pese a su apariencia, en realidad no alcanzaba a expresar total alegría. —Pensé que la noticia te causaría más impacto. —Comentó después de unos segundos, dando una dramática calada a su pipa que sólo endureció su reserva.
—Y lo hizo. —Confesó, encogiéndose de hombros tras meditar brevemente su réplica. — Supongo que mi sitio ahora es con ustedes; y siendo sincera, por ahora mi único interés es asegurarme de que mi paciente esté a salvo. Sé que los médicos de Konoha son más que competentes en su ramo, y eso ya es más de lo que puedo pedir, dadas las circunstancias; pero aun así, quiero revisarla.
—No estoy seguro de cuán conveniente sea, Sakura. —Musitó, perdido en los sabores amargos de la hierba humeante.
—¿Lo dices por Itachi o por ti?
—Por ambos. —Gruñó, el vaho bailando entre sus dientes bajo el compás de su respiración expresa a través de las branquias. —No siempre coincido con todo lo que él hace, especialmente cuando se trata de ti; pero en este caso, ambos sabemos que no es inteligente permanecer en el pueblo por más tiempo. Ellos están aquí Sakura, en esta misma casa. Justo ahora están bebiendo té apenas cruzando el jardín.
—Lo entiendo, en verdad, pero no puedo ser indiferente. —Objetó con pesar, y sin embargo, enfrentándolo con firmeza. —A lo largo de mi carrera he aprendido que existen peores consecuencias que la muerte, y no podría perdonarme el haber causado un daño mayor sólo por el capricho de salvarla. La metodología que he empleado tiene sus riesgos Kisame, y es mi obligación asegurarme de que el precio no ha sido excesivamente alto.
El rostro del majarro se endureció con recelo, la inquietud explícita en la aspereza garza de sus facciones, entretanto, la pesada mano mesaba el cabello índigo con tirantez, como si en su espalda llevara el peso del mundo.
—De acuerdo, ya veré cómo manejar a Itachi. —Masculló al fin, la modulación lóbrega en sus labios amoratados. —Pero escúchame bien. Tomará sólo un error para que nos descubran, y si llega a ello, ninguno de los dos vacilará para sacarte de aquí. ¿Queda claro?
—No podría esperar otra cosa, Cromañón. —Repuso altiva, sin embargo, el agradecimiento brillaba tímidamente en las tonalidades mentoladas de su iris.
Kisame enarcó una ceja ante el cariñoso apelativo con diversión, retomando el recién descubierto vicio con una placidez que resultaba deliciosamente familiar. Y con aquella cercanía, Sakura rápidamente reevaluó la profundidad de su relación, congratulando su amistad por aquella capacidad para distender cualquier roce desarrollado entre ambos con una naturalidad tan sincera como espontánea; una convivencia tan franca que sólo podría compartir con él pese a cualquier circunstancia. Y con esa nueva apreciación, descubrió que le agradaba en extremo el dinamismo y la sencillez con la que parecía haberse acoplado a su carácter tétrico, la naturalidad con la que se había incorporado a su volátil estilo de vida, el de ambos, y con sorpresa reconoció que aquel aprecio también la hacía redefinirse a sí misma constantemente, convirtiéndola en una versión de sí que no vivía de las expectativas, que era libre de discernir, de equivocarse, y en ocasiones, esa persona llegaba a gustarle más.
¿Extrañaba a Konoha? Por supuesto. Con cada día, la ausencia de sus seres queridos resonaba en ella, blandiendo una culpa sofocante que la acechaba a momentos con el reproche de mantenerse anónima, ajena, desaparecida para quienes ya eran su familia; perdiéndolo todo en busca de una ambición que a cada tanto le parecía un poco más irrisoria, y con todo, no por ello menos importante. Y a pesar de que ansiaba más que nada volver a recorrer las bulliciosas calles bañadas del sol de su hogar, de disfrutar las tardes templadas en la cercanía y calidez de sus seres queridos; en más de una ocasión se sorprendía fantaseando con la posibilidad de que volvieran con ella, aquellos, sus enemigos. De involucrarlos en esa realidad olvidada que tanto le prometía en sueños y que, al amanecer, por más atrayente que fuera, jamás podría ser. Había demasiado daño de por medio. Agravios inefables, irredimibles, lesiones hacia su pueblo cuyo perdón ni ella podría justificar.
—Deberías disculparte con Nairi-San. — La voz burlona de Kisame atravesó sus pensamientos con una profundidad que la estremeció, devolviéndola al apacible presente. —Has sido sumamente descortés.
—Nairi-San, ¿eh? —Indagó, de pronto estimando el sinsabor en el nombre.
—Es buena chica. —Esbozó él, sonriente.
Sin contenerse, nuevamente se hundió contra sí misma, indignada con la sensación turbia que apresaba su garganta mientras su cuerpo se ocultaba entre sus piernas y su mentón se oprimía contra las rodillas con confusión, vergüenza y cólera, un enfado pujante instalándose entre sus dientes. ¿Qué era aquel espasmo enfermizo que se enroscaba en la boca del estómago? ¿Por qué le molestaba tanto? Súbitamente, la memoria nítida de la mirada carmesí de Itachi suavizándose contra el azul zafiro de la pequeña mujer plantada en el centro de la estancia la hostigó con la fuerza de una bofetada. El tono cobrizo de su cabello enalteciendo sus delicados rasgos femeninos mientras la tez pálida se enrojecía discretamente y el tacto del moreno se moderaba exquisitamente contra su piel mientras la sostenía, un gesto que no era para ella, que no la miraba a ella.
—Supongo. Parece que se conocen bastante. —Comentó con desdén, apreciando de pronto el humor insípido y desagradable que se había instalado entre ellos.
—No lo suficiente. —Se burló Kisame.
—Eres un idiota. —Refunfuñó, tan sonrojada que no pudo definir si la aversión o su indecencia eran lo que más la encolerizaba.
—Y tú podrías ser más amable con ella. —Debatió. —Pobrecilla, pudiste asesinarla sólo por la manera en que la miraste.
—Fue ella quien nos interrumpió. —Se defendió, cruzando los brazos infantilmente mientras saboreaba nuevamente la expresión aterrada en las suaves facciones femeninas. —Pudo haberse ahorrado la molestia.
—Tienes razón, por supuesto. —Convino él con su desdeñosa sonrisa, y en el movimiento tirante de las comisuras ella pudo valorar una malicia explícita en su semblante, un efecto tétrico enfatizado por el aliento cenizo siendo expulsado con gozo entre la carne abierta de sus mejillas. —Claro que discutían sobre su madre, a fin de cuentas.
—¿Qué? —Graznó, avergonzada. Enseguida sus recuerdos se enredaron en la sucesión de imágenes del día anterior, evocando nebulosamente las proporciones constipadas de una joven, casi una niña, aferrada entre sollozos a la forma inerte de la anciana marchita a sus pies. Y como en una insospechada inspiración de lucidez, sin el ruido que causaban el cabello revuelto y la hinchazón en la cara a causa del llanto, el rostro redondeado y enrojecido de antaño de pronto se reveló mucho más maduro, armoniosamente equilibrado, y naturalmente, mucho más atractivo que el propio. —¿Por qué no lo dijiste?
—Porque yo se lo pedí.
Sobresaltada a pesar de la baja modulación que empleó, Sakura observó el cuerpo recio del Uchiha enfrentándolos desde el marco del acceso. Su postura era relajada, casi indiferente, pero en su iris el carmesí brillaba furioso y desafiante, enfocándose en la figura impávida a su lado. En una sigilosa respuesta, Kisame se irguió lentamente, aún disfrutando de los remanentes del tabaco casi totalmente consumido mientras obviaba la furia que poco a poco iba penetrando el aspecto cincelado del moreno. Ahí, circunspectos, los ojos se retaban, implacables, lejanos; apuntalando en la intensidad del otro con una discordia que rayaba en la rabia mimetizada en los colores del gremio. Rojo y negro, confrontados en el duelo afónico de los egos, hasta que la paciencia escasa de Sakura se partía, estallando en los resquicios de su voz, en la inquina de ser ignorada alzándose sobre cualquier limitante con la necesidad irrefrenable de encararlo.
—¿Se puede saber por qué? —Siseó enardecida, las estacas verdes clavadas en la incandescencia del rubí.
—Tenías que ser discreta, Sakura. No creí necesario aclararte este punto cuando te permití salir. —Respondió entre dientes. —En cambio vas, y montas un espectáculo en el centro de un maldito mercado.
—¿Y qué esperabas? —Bramó amenazante, e inconscientemente las siluetas se adelantaron, agazapándose hacia el otro, expectantes. —¡Iba a morir Itachi, incluso tú podrías empatizar con ello!
—No cuando hay un interés mayor de por medio. —Gruñó. El escarlata nublado contra ella, con el mismo tono incisivo de su reserva, y nuevamente no había nadie salvo ellos dos.
—¡No tenías derecho! —Rugió indignada, avanzando y renegando de su desdén hasta encontrarse con su pecho. —¡Es una vida, hijo de puta! ¡Tú no tienes nada que ver en ello!
—No me cuestiones, Sakura…
—¡No! ¡Que tú no reconozcas el valor de una persona no quiere decir que todos tengamos que dejarnos guiar por tu maldita moral de mierda! —Ladró, abalanzándose contra él en un impulso furioso y deshinbido que resultó en sus torsos presionados contra el otro, sus brazos trepando, arañando, y terminando dolorosamente inmovilizados contra las manos firmes del guerrero sólo para enardecerla aún más, si era posible. — ¡Se estaba muriendo, puñetero egocentrista! ¡¿Qué es más importante que eso?!
—¡Tú, maldita sea!
Sakura boqueó tan pálida como las facciones tensas del hombre que la acariciaba con su aliento, y por un instante, ambos se miraron, absorbidos por el calor eufórico del momento, del tenso silencio que de pronto los absorbía con la misma frágil atención que el gigante sosegado les dedicó en el extremo de la sala.
—Quiero decir… —Repuso Itachi antes de soltarla, nervioso, y su reacción pareció tan torpe, tan avergonzada y primitiva, que por un segundo una profunda curiosidad oscureció la volatilidad de su enojo. —Necesito mantenerte segura.
Ella lo miró detenidamente, apreciando sus palabras, la armonía de los labios curvándose mientras las rezaba, el frío que las acompañaba y se extendía indefinible, inconcluso sobre sus miembros.
—No tienes por qué. —Susurró, bajando la mirada. —Sé que Konoha está aquí, pero puedes…
—No, no debías saberlo. —Atajó él con aspereza, encarando a la forma adusta de Kisame que los contemplaba desde la distancia con reproche silente.
—Eso no cambia nada. Sé que no confías en mí, y que crees que huiré a la menor oportunidad, pero yo decidí quedarme aquí. No por ti o porque me lo impusieras, lo hago por mí. —Presionó irritada, ignorando los resquicios del sentimiento anterior, y sin embargo puntualizando su urgencia. —Puedes vigilarme, si precisas, pero debo verla. Necesito saber que está bien, que las secuelas por la falta de oxigenación no serán demasiado graves y que he hecho lo correcto al no dejarla morir.
—Ellos ya llevan a su médico. —Aseveró. —No creo necesario, ni conveniente que estés con ella.
—Estuvo muerta durante casi seis minutos, Itachi. Sin oxígeno, los órganos, las células, todo en el organismo muere y la posibilidad de un daño cerebral se vuelve bastante relevante. —Argumentó con firmeza. —Por favor, no te lo pediría si no fuera importante.
—Es muy alto el riesgo, Sakura. —Objetó con impaciencia. —La única razón por la que aún permanecemos aquí es porque desde que llegaron, Konoha no ha abandonado la casa, por no decir a la señora. ¿Cómo podrías acercarte a ella sin ser vista?
—¿Uchiha-Sama?
Furiosos el uno con el otro, y tan inestables como la violencia de las emociones que escalaban atropelladamente entre sus cuerpos, el par de guerreros volcó agresivamente su atención hacia la complexión menuda de Nairi y su sonrojo discreto asomado en el marco de la entrada con temblorosa reticencia. Desde el umbral, lucía tan pálida y aterrada como la primera vez que Sakura la miró a consciencia, sin embargo, había una determinación en el iris azul que permaneció intensa a pesar de la tensión y por la que finalmente se ganó su respeto.
—Si me lo permite, —Comenzó, tragando torpemente su nerviosismo. — me parece que yo pudiera ayudarle a la Señorita.
Curiosa, Sakura enarcó una ceja con interés, obviando por demás el esfuerzo que le resultaba parecer indiferente a su presencia cuando era evidente que el semblante del Uchiha se suavizaba ante ella. Ansiosa, sin embargo, iba a preguntarle a qué se refería cuando Itachi la frenó.
—No es necesario, Nairi. Ya hemos terminado.
—Tú no tomas las decisiones por mí, Itachi. —Cortó con aprehensión, alejándose de él. —Por favor, explícate.
Nerviosa, la chica inspeccionó a su audiencia con timidez, atendiendo el enojo expreso en las facciones del moreno para finalmente asentir disciplinadamente hacia ella. Había recelo en el gesto, y a pesar de ello, Sakura reconoció sinceridad y e iniciativa en su intervención y le sonrió débilmente.
—Mi hermana mayor, Akane, ha conseguido que los shinobis salieran durante la celebración del festival en el centro del pueblo. —Detalló atropelladamente, retorciendo sus dedos contra la tela de su falda. —Justo ahora van camino hacia allá acompañados de su esposo, Suyen. Él se encargará de alertarnos en cuanto regresen. Mientras tanto, seguro estarán fuera por lo menos un par de horas. No creo que podamos entretenerlos por más tiempo pero, ¿cree que será suficiente? Para revisarla, quiero decir.
—Lo será. —Aseveró, dedicando a Itachi una mirada incisiva. —Ahora, si es posible, por favor, llévame con ella.
—¡Sí! —Expresó con una profunda inclinación, tan marcada y displicente como el agradecimiento tácito en los orbes abiertos, angustiados, y tras aquel modesto ademán, mientras se disponía a alcanzarla, se permitió sentir una profunda compasión por la joven.
—Voy contigo. —Sentenció Itachi, adelantándose hasta bloquearle la salida.
Cansada, Sakura ni siquiera se molestó en mirarlo, sino que rodó los ojos con franca impaciencia, buscando obtener nada sino acelerar finalmente el encuentro con su paciente. Sorprendentemente, sin embargo, esta vez fue la castaña quien vehemente se opuso.
—Uchiha-Sama, Hoshigaki-Sama. —Enunció con sedosa cautela, interponiéndose entre la figura pasmada de la médico y la sombra felina del escarlata endureciéndose amenazadoramente contra ella. Para su sorpresa y satisfacción, la joven no se inhibió. —No deseo ser descortés, pero me parece que entre menos personas se movilicen podremos ser más discretas y concluir cuanto antes. Por favor, dispongan de esta sección de la casa durante el tiempo que deseen. Les garantizo que seremos tan breves como sea posible.
Dicho esto, la pequeña mujer les otorgó una suave reverencia antes de girarse una vez más hacia el marco de madera, recorriendo la mampara hasta dejar un espacio apenas lo suficientemente amplio para que sólo la doctora avanzase.
—Por favor, sígame.
Agradecida, Sakura sonrió con tímida diligencia antes de acercarse, pero cuando estaban por cruzar el umbral, Itachi la detuvo bruscamente, sus dedos indolentes afianzándola por el codo.
—¿Cómo sabré que puedo confiar en ti? —Siseó.
Furiosa e impaciente, Sakura alzó el mentón con altivez, su rabia brotando en la intensidad del esmeralda. —No lo sabes. —Replicó, librándose de su tacto. —De eso se trata la confianza.
Una vez fuera de la estancia, Nairi dio una última cortesía hacia los guerreros, para finalmente aliviar su cólera con el sonido armónico de la puerta deslizándose por la duela. Si bien, el gesto en realidad no era un verdadero impedimento para que los hombres la siguieran, sí era un hincapié silencioso en la firme necesidad de darle privacidad a su empresa. Escéptica, Sakura dio sus primeros pasos con recelo, aguardando cualquier nuevo obstáculo que pudiera ocurrírsele al moreno; pero conforme se adentraban en la vivienda, con sus sobrios ornamentos apostados alrededor, el respeto a la petición se hizo evidente, dándole por fin una oportunidad de relajarse.
—Eh, Nairi-San… —Musitó de pronto, ocultando su incomodidad en la inspección de la arquitectura nipona que perduraba exquisita aún en los rincones olvidados de la residencia. —Quería agradecerte por lo que has hecho allá atrás y… También decirte que lo siento. Sé que no he sido particularmente amable contigo, y quisiera disculparme.
A su lado, percibió la vacilación efímera en el andar de la castaña, y con vergüenza, tuvo que aceptar el débil asentimiento que recibió como única respuesta, siempre esquivo de su mirada. Si era honesta consigo misma, le avergonzaba la manera irascible y desdeñosa con la que la había tratado anteriormente pese a que ella no le había dado ninguna razón para ser tan hostil; y si bien aún le molestaba en demasía el recuerdo de las facciones masculinas suavizándose con cualquier nula provocación de la ojiazul, era capaz de reconocer que aquel no era un asunto de su incumbencia, y que encima, no debería provocarle ningún interés.
Y sin embargo, lo hacía.
Ofuscada consigo, decidió enfocarse en los delicados detalles de la casa que ahora se abría con una atmósfera diferente, recibiéndola con una calidez que empapaba el tapiz ligeramente descolorido, las formas sutiles de la duela torcida por el paso del tiempo, y que se arqueaba aún más conforme se aproximaban al jardín; un terreno ubicado en el centro de la residencia acorde a la tradición japonesa. El área verde, aunque amplia y agradable, se encontraba descuidada y absorbida por la hierba que se abrazaba férrea a las esculturas talladas en la piedra, eclipsando los elementos pictóricos y religiosos que ya habían perdido el rostro y la expresión a causa de la lluvia y la intemperie. Al fondo, contra un muro divisor, el reclamo del bosque se había hecho evidente, encorvándose paulatinamente contra la roca hasta penetrar en sus cimientos con sus aguerridas raíces. En algunos años, pensó, la estructura finalmente cedería.
En un extremo de la reserva, la linterna de granito iluminaba parcialmente el lugar, proyectando sus siluetas a través del pasillo contiguo y adentrándose en la zona principal de la residencia. En su interior, la estancia central gozaba de una decoración sobria, y sin embargo, mucho más llamativa que la facción lateral de la casona, aquella donde se encontraban. Los tonos anaranjados del fuego consumiéndose en las velas brillaban insistentes a través de los muebles de madera de bambú y en los colores pardos de los cojines zabuton extendidos en el piso. En las esquinas, algunos helechos apostados en sus bases de cerámica adornaban el cuadro opaco, carente de personalidad, con su intenso verde; difuminando la palidez que colmaban los rincones del tapiz, mientras las notas del té verde permanecían frescas en el aroma de una pieza ya vacía.
Casi sonríe ante la imagen de lo que reconoció como un espacio familiar, la descripción visual de lo que era un verdadero hogar acogiéndola; pero el gesto rápidamente se evaporó, desarmándose al distinguir los orgullosos emblemas de La Hoja y las herramientas de combate apiladas ordenadamente sobre una mesa visible a través de la conexión a la cocina antigua. Imaginó que las habrían resguardado en la residencia previendo provocar cualquier altercado en el festival, aunque francamente le parecía difícil que consiguieran pasar inadvertidos en una comunidad tan cerrada, especialmente considerando la atención que ellos mismos, sólo con su paso, habían causado en el mercado apenas unas horas atrás. Momentos antes de todo.
El resonar de la mampara deslizándose la abstrajo de sus pensamientos. Ante un muro lateral, Nairi esperaba pacientemente al pie de un amplio corredor del que, dedujo, se ingresaba directamente a las habitaciones. Adentro, se bordeaba el último tramo del área botánica, una sección donde el entorno se encrudecía, asolado por las sombras de los años. Avanzaron por la galería en silencio, apreciando las sobras de la exquisitez y opulencia que antaño habrían revestido las paredes de la finca, y que ahora se expresaban como mustios retazos de una historia colmada de miseria y decadencia, culminando en los tintes lóbregos de la puerta apostada al final del recorrido.
Con una seña, la joven le indicó que esperara mientras comprobaba que el dormitorio se encontraba vacío. Inquieta, Sakura aceptó la orden a regañadientes, mordiendo ansiosamente su impaciencia, aunque profundamente agradecida por la previsión. Desconocía quiénes se encontraban hospedados en la casona, pero sabía que la anterior amenaza de Kisame no debía ser tomada a la ligera. Si los descubrían, irremediablemente se desataría un enfrentamiento en el que tendría que tomar partido, una desagradable y dolorosa situación en la que fácilmente podría salir lastimada, y con grave potencial de terminar en una tragedia. Ellos no se arriesgarían a perderla, Itachi se lo había dicho en incontables ocasiones, y ella simplemente no soportaría cargar con el derramamiento de sangre.
—Está libre. —Susurró al regresar, otorgándole acceso. —Estaré vigilando aquí afuera, si me necesita.
—De acuerdo. Seré lo más breve posible. —Garantizó con gravedad, brindándole una mirada cargada de significado, justo antes de entrar.
Dentro, la amplitud de la recámara parecía disminuida ante la escasa luz que atravesaba el ventanal y las llamas de los cirios a punto de consumirse en las aristas. El tatami y la tapicería del cuarto estaban revestidas en tonalidades cetrinas, matices envejecidos de lo que anteriormente debió ser un impecable blanco impoluto, pero que ahora contrastaba con el viso inmaculado del futón extendido sobre el suelo. Entre sus telas, la forma taciturna de la mujer se veía encogida, vulnerable, con una mejoría apenas evidente en el tinte sonrosado de unas mejillas inexpresivas, en los párpados aún hundidos.
Se acercó con cautela, valorando la respiración pausada y profunda de la anciana mientras sus dedos buscaban el pulso presente en su muñeca y brazo. La presión arterial, así como la frecuencia cardiaca se encontraban oscilando en rangos estables, pero bien sabía que aquello no era ninguna indicación clara de la severidad de sus lesiones. Buscando una visión más objetiva, decidió entonces concentrar una espiral de energía en el centro de sus yemas, condensándola en un haz de luz que rápidamente cubrió sus palmas con su calidez. Comprendía la gravedad y el riesgo que estaba asumiendo en su persona al replicar aquella técnica sensorial en un intervalo tan reducido de tiempo cuando aún no terminaba de desarrollarla, pero sabía que sólo así podría descartar la presencia de cualquier secuela sin la necesidad de requerir el equipo médico más fundamental.
Con un jadeo, reprimió el latigazo agudo que se instaló desde su nuca, forzándose a focalizar su atención en la carne reaccionando bajo su mano. El ritmo dinámico de los órganos ejerciendo su función mientras la columna propia ardía en la tensión de ser consciente de dos cuerpos a la par. El tejido pulsando errático bajo sus manos, quemándole sin arder, entretanto las células irradiaban en la histeria, descomponiendo su lectura en cada partícula, en cada átomo, en el propio elemento de su constitución. Gimió adolorida cuando su concentración se volcó en el corazón; aquel músculo endurecido desde sus partes muertas que palpitaba en la irrefrenable necesidad de vivir. Había un daño irreparable sin duda, y aunque se esforzó en estimular las áreas que habían sido menos afectadas, entendía que aún tomaría de rigurosos cuidados y de una inspección recurrente el que la Señora Naede pudiera alcanzar una cierta calidad de vida, incluso la esperanza de disfrutar de muchos años más por delante. En realidad, mucho dependía enteramente de ella, y por más que se aferrara al cuidado de sus pacientes, sabía que a cada tanto le sería imposible prevenir una pérdida.
Con los nervios entumecidos ante la tirantez que apresaba sus miembros, viró su atención desde el vaivén natural de los pulmones lozanos hasta la delicada actividad cerebral. Una telaraña de estelas violetas y tonalidades vaporosas que estallaban frenéticas en diferentes puntos, iluminándose fugazmente como si algún tipo de milagro se gestara bajo su toque y de pronto una imagen completa del celebro se consolidara, luciendo sano, intacto, libre de cualquier coágulo. Ella estaría bien, se dijo con optimismo, y aquella noción fue suficiente para adormecerla con un alivio paralizante, arrancándole una sonrisa.
Temblando por el esfuerzo, la masa de energía se agitó entre sus palmas, aturdiéndola momentáneamente al recuperar la entera consciencia sobre sí misma, de los compuestos que nuevamente se reducían exclusivamente a ella, al espacio volátil que ocupaban las moléculas propias. Entonces, respirando pesadamente, contempló el aspecto medianamente rejuvenecido de la anciana extendida sobre las mantas y se repitió a sí misma que viviría, llenándose de la satisfacción de ese hecho lo necesario para forzarse a proseguir. Pese al agotamiento que ahondaba en sus extremidades, se dedicó sin pausa a extraer los resquicios de cualquier posible hematoma, utilizando su capacidad para moldear la materia y revitalizar las zonas aletargadas del núcleo cardiaco; aquellas unidades de las válvulas que no se encontraban completamente necrosadas.
Al terminar, miró cuidadosamente su labor, sintiéndose orgullosa no del éxito del procedimiento sino del profesional que la había atendido profusamente antes que ella. Su paciente había estado bien asistida en su ausencia, y si no hubiera sido por él, quizá su triunfo sería significativamente más insípido, incluso nulo. Complacida, Sakura sonrió débilmente, recorriendo el sudor de su frente con placidez antes de recomponer mecánicamente su semblante consumido. Extrañaba su labor, anhelando el valor que el servicio le otorgaba a su vida con la misma nostalgia con la que anhelaba la calidez de su hogar, la rutina de su vocación; y si bien aquel era sólo un breve recuerdo más de lo que perdió al elegir aquel nuevo camino, también era una revelación de sus capacidades, de lo que podía hacer por los demás más allá de las fronteras de su aldea. Y ese pensamiento le daba fuerzas para seguir, para superarse a sí misma.
—Nairi-San. —Canturreó suavemente al salir, enternecida ante el respingo angustiado de la castaña adormilada junto a la puerta. —Tu madre se encuentra bien. El médico de Konoha ha realizado un gran trabajo.
—¿En serio? ¡Oh, Señorita! —Farfulló, apenas conteniendo la emoción en el gran abrazo que le dio. — ¡Gracias! ¡Gracias! ¿P-Puedo verla?
—En realidad, creo que lo mejor sería dejarla descansar, al menos hasta mañana. —Suspiró con amabilidad, dándole un ligero apretón en el hombro. —Además, me parece que no es la única que lo necesita. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
—¿Dormir? —Preguntó conmocionada, acentuando la fatiga impresa en sus facciones desde lo que parecía extenderse hasta las últimas horas. Incluso a través de su pesada sonrisa, la rigidez en sus movimientos, el tono rojizo delineando sus párpados, y las sombras expresas en el marco de sus ojos poco se disimulaban por más que se esforzara en reponer su expresión. Estaba exhausta, probablemente más que ella. —No creo que pueda. Después de hoy, yo…
—Debes hacerlo. Tu madre aún está débil y requerirá de mucho reposo antes de recuperarse por completo del infarto que sufrió. No puedes darte el lujo de enfermar tú también. —Insistió con metódica severidad. —Al amanecer, te daré algunas instrucciones que le ayudarán a sobreponerse rápidamente, y que seguro mejorarán notablemente su salud si se siguen a pie. Por ahora, me temo que no hay más que puedas hacer.
—Entiendo. —Musitó avergonzada. —En verdad agradezco todo lo que ha hecho por mi madre.
—No es nada.
—Se equivoca. —Afirmó solemne. —Para mí, ha sido todo. A pesar del respeto y la estima en la que tengo a los Señores, jamás alguien había sido tan leal con mi familia ni nos había defendido con tal persistencia, incluso a pesar de sus circunstancias y de los riesgos que esto le conlleva. Si no fuera por usted y su sentido de rectitud profesional, mi madre ahora estaría muerta en medio de la estera, y no estaríamos teniendo esta conversación. Desconozco su situación personal y las razones por las que se mantiene oculta, pero si Uchiha-Sama está tan desesperado por protegerla que antepone hasta sus propios principios, estoy segura de que es por un motivo importante. —Hizo una breve pausa, tomándole la mano con suavidad, y Sakura, pensando en lo último dicho, tuvo que abstenerse de retirarla con acritud. —Usted es una mujer valiosa, Señorita. De eso no hay duda. Haremos lo que sea necesario para defenderla, incluso si ello implica saltarse un sueño o dos.
—Seguro que no lo será. —Resolvió, apartándose con incomodidad ante el invasivo pensamiento de que, si ella realmente fuera capaz de percibir el fundamento de su empresa y las motivaciones oscuras bajo las que se regían, sus acciones sin duda serían catalogadas como todo, salvo nobles. Ella no era ninguna heroína como antes se había esforzado en probar, era una simple cobarde que buscaba redimir los agravios del pasado que aún le atormentaban a costa de sus seres queridos, no más. Encima, la inquietud que le causo su anterior discurso, donde Nairi confirmaba la existencia de un estrecho vínculo entre ella y los ninjas no hizo sino enardecerla, furiosa porque Nairi parecía comprender un carácter que ella, aún con el pasar de los meses y la eterna convivencia, no había siquiera comenzado a dilucidar; incluso en los mejores momentos de su relación. Itachi era un asesino, a fin de cuentas, un enemigo con quien compartía un único objetivo en común. Pero si así era entonces, ¿quién de las dos convivía con una mentira? Ambas habían visto de primera mano su naturaleza volátil, la violencia expresa con la que se había esforzado en mermar sus intentos por salvar a su madre y, aun así, Nairi lo disculpaba bajo la excusa de Konohagakure, como si con su aparición se exculpara el hecho de que él hubiera desestimado una vida con la misma indiferencia con la que se cuenta el avance de los días.
Dolida, hizo una mueca, intentando controlar los impulsos que la acometían mientras era guiada nuevamente hacia el interior lateral de la casa por el gesto dócil de la morena, sintiendo de pronto que, de alguna forma, levitaba en la cadencia de sus pasos, apenas audibles.
Él era un asesino a sangre fría, se repitió, e incluso si realmente estuviera tratando de protegerla, ¿realmente su persona justificaba la extinción de otra? Sinceramente, no lo creía. La única valía que ella tenía para él recaía en su habilidad para sanarlo y atenderlo, nada más; y ni siquiera creía que él se tuviera tanta estima a sí mismo. Con ella o sin ella, hasta el momento seguía siendo un desahuciado, apenas sobreviviendo de los ínfimos instantes en que reconocía una mejora en su cuerpo exiguo; segundos en los que aquella coraza se desvanecía, permitiéndole observar a un hombre en exceso distante de aquel en quien se esforzaba en pretender ser.
No. Su actitud desdeñosa e intolerable no podía deberse a nada sino a la verdadera esencia de su temple, y por más que él se esforzara en justificar sus actos con una absurda lógica, bien sabía que él no era ningún caballero encantador dispuesto a protegerla, ni ella lo requería. La privación, el dolor, la rabia, todo venía de la mutua necesidad en la que ambos se contenían, partiendo sólo de un acuerdo en común. Uno que La Hoja, con su presencia, exponía.
—Nairi-San. —Llamó con voz trémula, aspirando furtivamente los aromas de la casa cuando la observó detenerse y volverse, inspeccionándola con sus diligentes orbes celestes, dispuestos a su menor capricho. Había algo en aquella sumisión taciturna que le molestaba en un sentido importante, como si captara el despliegue de un comportamiento mecánico y represivo que no representara las verdaderas intenciones de la chica. Con todo, tan contrariada como estaba, decidió reservar esos pensamientos y en cambio miró brevemente la extensión del jardín, apreciando el murmullo sosegado del bosque penetrando en la residencia con la imponencia y recelo de sus entrañas, un eco lleno de vida que se sobreponía a cualquier sonido, y que, en esa ocasión, las abrazaba con su poderosa intimidad, resguardando las inquietudes que palpitaban tibias en la lengua, ávidas por declararse. Una vez más perfiló el semblante suave y gentil de la mujer que la miraba con paciente interés, esperando, inspirando, y ante la franca curiosidad que dilucidó en su rostro, se forzó a continuar. —Antes, mencionaste a Konoha, tú… ¿Sabes por qué están aquí? Quiero decir, ¿tú crees…? ¿Crees que ellos estén buscándome?
Un brillo sagaz resplandeció severo en la profundidad de los ojos azules, estirando aquella sonrisa armoniosa y abierta en un gesto aún indulgente, pero cubierto por un espectro diferente, una sombra gélida que perturbaba la luz en su iris.
—No estoy segura. —Respondió con cautela, perfilando los colores dorados y anaranjados emergiendo en la linterna de piedra. —Han sido cuidadosos en no mencionar sus asuntos frente a nosotras, pero no se preocupe, Señorita Sakura, sé que no se quedarán más tiempo.
—¿Cómo lo sabes? —Indagó, quizá con demasiada urgencia.
Esta vez, Nairi desvió la mirada, descomponiendo sus facciones en una mueca inexpresiva, apenas visible tras los mechones cobrizos que se colaban sobre su frente y mejillas, contrastando con el tono níveo de su tez. A su lado, Sakura observó la indecisión obnubilando sus rasgos, y mientras los matices ambarinos bailaban perezosamente sobre su perfil, proyectando un juego de claroscuros, le pareció que la había ofendido de alguna manera y, ligeramente decepcionada, se contuvo de seguir indagando.
Hubo una dolorosa pausa en la que ambas se dedicaron a nada sino a contemplar la noche, deduciendo los sonidos del boscaje que cobraba vida en la opacidad del entorno, y tras un penoso silencio en el que pensó que no se diría nada más, Sakura suspiró, dispuesta a volver al resguardo del ala lateral de la casona, sin embargo, la voz pausada de Nairi la detuvo.
—En realidad, ellos no son bien recibidos en el pueblo. —Señaló indiferente, pero Sakura pudo identificar la modulación endurecida en los labios, la forma sutilmente contraída de la boca enunciando una calma que a momentos se evidenciaba ausente. —Nadie los quiere. Sólo les ofrecimos nuestra casa porque tuvieron la cortesía de atender a mi madre; pero lo cierto es que, incluso así, venir aquí es pedir demasiado.
—No entiendo. —Insistió, frunciendo el ceño. —¿Qué han hecho?
—¡Nada! ¡Eso es lo que han hecho! —Siseó con hermetismo, deformando sus rasgos hasta alcanzar una expresión rabiosa e incontenible que implosionó bajo la misma furia con la que apareció, tornándose apenas un gemido trémulo, un llanto expresado a medias. —Somos un pueblo joven, Señorita. Uno que no pidió tomar parte en ningún conflicto y que aun así se vio envuelto en él. Todos aquí venimos de tierras distintas; con costumbres, tradiciones y culturas tan diferentes que bien podríamos parecer completos extraños, pero con un doloroso origen en común: hemos sido atormentados una y otra vez por disputas que nunca han tenido nada que ver con nosotros y que, sin embargo, padecimos más que cualquiera.
Encogida en sus recuerdos, los orbes celestes la miraron con ira encrudecida, incapaces de refrenar las emociones que comenzaban a agolparse violentas en sus mejillas, y que revelaban todo el dolor impregnado en su interior; en la intensidad de los hechos que ya se alzaban como columnas inalterables en la historia propia, la de ambas,
—Muchos somos civiles exiliados de nuestras villas porque nos negamos a luchar cuando iniciaron las revueltas; a cambio, nuestras propiedades, nuestros conocidos, desaparecieron. —Continuó. —Algunos incluso fuimos forzados a prestar armas, y de igual manera, nuestros familiares y amigos quedaron olvidados ante sus naciones cuando estas perdieron contra el País del Fuego. Los dejaron ahí, como carnaza para que los esclavizaran como prisioneros o los inculparan y asesinaran en favor de resolver crímenes de guerra inconclusos. Buscando sobrevivir, todos nos volvimos refugiados y huimos al norte, pero al final, cuando pensamos que habíamos alcanzado consuelo en una nueva vida apartada de todo, nos masacraron, nos deshonraron, y finalmente, nos olvidaron…
—¿Konoha hizo eso?
—No, por supuesto que no. —Gruñó, limpiándose furiosamente las lágrimas. —Fueron los otros. Los mercenarios que dejaron súbitamente sin ingresos en cuanto los enfrentamientos cesaron, y que no se molestaron en controlar. Ellos, y sus enemigos. Konoha y las grandes aldeas sólo nos ignoraron aun sabiendo lo que sufríamos por su inacción, por absorber las consecuencias de su Guerra. Para ellos, no fuimos más que un daño colateral, una casualidad que bien podría contarse como un precio razonable ante todos los problemas que el nuevo orden bélico acarreaba, y que sin duda les parecieron mucho más importantes, porque a pesar de que morimos una y otra vez a costa de sus intereses, resultó que no teníamos cabida en él.
Abrazándose a sí misma, cohibida en la crudeza de sus memorias, la castaña eludió su mirada una vez más, refugiándose en la visión tranquila de la luna permeándolo todo, aquella luz central que alejaba a sus demonios cuando sus miedos volvían, esperando devorarla, hundirla en dolorosa ansiedad del pasado. E inmersa en la afonía que mesaba sobre la noche, Sakura fue capaz de compartir su indignación como si fuera propia; la rabia y la tristeza desbordante que obnubilaba y estremecía lacerante en sus miembros, y en la que irremediablemente encontró una incómoda sensación de culpabilidad; pues si bien ella no había lastimado directamente a esas personas, finalmente fue el seno de sus raíces, la institución a la que ella había jurado proteger, el causante de todo aquel sufrimiento. Y fue mirarla descontrolada, furiosa y abierta, que inexorablemente Sakura reconoció la fortaleza oculta del pueblo, el orgullo de sus supervivientes y la vergüenza de propia su gente.
—Mi madre en realidad no es mi madre, ¿sabe? Biológica al menos. —Musitó de pronto, conforme su rostro nuevamente se humedecía y una sonrisa rota cruzaba sus labios. —A la mía, la empalaron en un asedio desde la entrepierna hasta la altura del pecho. Todo, por la vanidad de protegernos. Mamá, la Señora Naede, nos acogió a mis hermanas y a mí mientras huíamos de la escena, y desde entonces estamos juntas. Llegamos aquí casi por fortuna, siguiendo una caravana de migrantes que terminó asentándose en este lugar abandonado, más por anonimato que por las comodidades que la montaña ofrece. Quizá pueda parecerle que nos hemos revictimizado renegando de nuestro destino, que seguimos estancados en un pasado que no nos trae nada sino miseria, pero creo que tenemos derecho a odiarlos, ¿no cree? A ellos, a las grandes aldeas.
Ofuscada, Sakura sólo pudo mirarla intensamente, incapaz de encontrar la voz que se apretaba en su garganta, carente de consuelo alguno. Y enseguida entendió que ni eso podría darle. Ella también conocía los estragos y la crueldad de la profesión ninja; la indiferencia tácita de los altos mandos ante las constantes inclemencias que las castas bajas sufrían a su costa. Ellos eran un frecuente sacrificio al que se accedía con gusto anteponiendo todo deber; pero a diferencia de ella, Nairi no había elegido esa vida y de igual forma desde niña la había padecido.
—Lo lamento. Algo así nunca debió suceder. —Atinó a decir, de pronto sintiéndose asfixiada. —Lo que les han hecho es inhumano, pero no te mentiré Nairi. Yo alguna vez pertenecí a ellos, Kisame e Itachi también.
—Lo sé. Y sin embargo nadie nos ha ayudado más que ellos. —Espetó con firmeza, elevando orgullosamente el mentón mientras el celeste la apuntalaba con una expresión equivalente al reproche, pero todo lo que encontró en el esmeralda que la escuchaba fue compasión. —Lo siento. Supongo que merece oír el resto de la historia.
—Sí me gustaría, por favor.
Al asentir, los ojos azules se removieron nerviosos, inquietos; retorciendo las heridas de un pasado que seguía estando presente en la rigidez de sus miembros. Historias demasiado abiertas para contarlas, pero tan dolorosas que era necesario revelarlas, dejarlas expuestas a las impresiones ajenas.
—Fue hace algunos años. —Susurró apenas, pero a medida que las palabras hervían su tono se endurecía, matizado por el rencor. —Un grupo criminal se enteró de nuestra ubicación y comenzó a acosarnos. Al principio eran cosas pequeñas, robaban parte del ganado y de vez en cuando causaban algunos disturbios en el mercado. Entonces, pensábamos que eran un montón de ladrones de poca monta, y que eventualmente, cuando vieran que no teníamos más que ofrecer, se marcharían. Nadie quería problemas, así que no hicimos gran esfuerzo por controlarlos. Sin embargo, tras pocos meses, llegó Raito, su líder, y aquello se volvió un infierno. En cuestión de días se llevaron a nuestros hombres y niños a un campo minero en el País del Bosque, amenazando a nuestros ancianos mientras nosotras, las mujeres, éramos violadas repetidamente.
Hizo una pausa, reteniendo el aliento con tirantez, forzándose a sí misma a proseguir pese al dolor que le embargaba el evocar aquellos turbios recuerdos. Aún altiva, intentó mirarla, pero el resentimiento mesando en los años, sobre los hechos, la obligó una vez más a apartar la vista, reconociéndose vulnerable; y sin embargo, las lágrimas se negaban a desbordarse.
—Yo aún era muy joven, demasiado para ser de su interés. —Continuó con amargura, apretando los labios. —Mi hermana Akane no tuvo tanta suerte. La tomaban una y otra vez hasta que quedó embarazada, y cuando esos bastardos se enteraron, se dedicaron a compartirla con más ahínco durante meses, sabiendo que podría ser de cualquiera. Sólo la dejaron cuando se aburrieron, y ella no fue la única. —El desdén cruzó sus rasgos con furia contenida, mientras el llanto finalmente bajaba vergonzosamente por sus mejillas y se perdía en el mohín que elevaba el mentón. —Akane se sentía tan miserable que estuvo a punto de suicidarse en dos ocasiones y… yo… Yo creí que fue un milagro que lo perdiera, así no tendríamos nada que ver con ellos y nos dejarían en paz, pero…. Cuando esos malditos hijos de puta se dieron cuenta, simplemente les pareció divertido volver a forzarla para resarcir su gran obra.
Inmóvil, Sakura asimilaba el relato con cautela, resguardando las emociones que se tensaban turbias en su pecho, como las fibras de una cuerda a punto de romperse. Sus facciones no mostraban ningún pensamiento, la más nimia impresión, pero conforme la mirada celeste tomaba coraje y se volvía contra ella, curvándose en el reproche, fue consciente del temblor apresando sus dedos.
—Konoha…
—¡Oh! Los buscamos, pero nadie respondió. Ninguna aldea. ¿Por qué habrían de hacerlo? Incluso años después, no había motivo para esperar nada de ellos.
Tenía razón. Bien sabía Sakura que el Consejo nunca movería un dedo en favor de intereses ajenos a menos que de ello sacara provecho. No era una cuestión de empatía o de honor, era mera política; y en aquel pueblo anónimo y austero, oculto en la densidad de la montaña, pocos eran los beneficios que pudieran obtenerse, tan mínimos como los riesgos de un escándalo internacional, uno que teñía las banderas de cada gran nación.
—Como sea, —Prosiguió con aspereza, enjugándose las gotas traicioneras que aún seguían resbalando por su piel. —Acordaron retomar su retorcido juego una noche de luna llena, bromeando con que el evento les daría poderes sobrenaturales si lo hacían bajo las estrellas, con la comunidad de testigo. Estaban locos, iban a hacerlo… Esos hijos de puta… —Escupió. —Nos reunieron a todos en la plaza para que viéramos el espectáculo. Los niños, permanecíamos en el regazo de sus clones, con una navaja presionada contra el cuello mientras los ancianos, amordazados en un extremo, eran obligados a tragarse su impotencia. Incluso ahora, sin importar los años, aún puedo verla en el centro, encogida, sometida, tan completamente perdida en sí misma que se mantenía inmóvil mientras esperaba que lo que ellos llamaban "El Juicio" sucediera. Entonces, otra chica gritó, y los imbéciles comenzaron a golpearla…
La voz se entrecortó en un débil quejido, temblando del esfuerzo que suponía reanimar los sombríos acontecimientos que la atormentaban, y junto a ella, Sakura sopesó el sentimiento de insuficiencia que comenzaba a desarmarla, sabiéndose incapaz siquiera de consolarla porque su infancia había estado colmada de una paz que era robada; una ficción donde todo el dolor y la rabia permanecían contenidos, relegados a la vergüenza del celoso secreto de unos cuantos.
—Yo… Yo esperaba que muriera. Al menos, si la mataban antes, ella ya no sufriría… No vería lo que le harían… —Sollozó, desbordada en el cruel resurgimiento de sus memorias, y al ver su pena, al paladearla en el resquemor propio, Sakura no pudo sino tomarle la mano con fuerza, recibiendo a cambio un apretón que viajó rígido en un sobrio agradecimiento, pero que le ayudó a serenarse. —No lo recuerdo bien… —Compuso finalmente, de pronto bajo una modulación plana, como si relatara los acontecimientos descritos en una ficción vaga y distante, desasociando los hechos que marcaron su vida por las vanas tesituras de una fantasía. —Sólo que, entre la conmoción, aparecieron dos hombres. Resaltaban entre la gente por los trajes bordados y su porte oscuro, pero parecían tan indiferentes ante lo que sucedía que bien podrían no haber estado allí. Creí que… simplemente buscaban sumarse a la exhibición. Ellos… estaban ahí, quietos, observando cómo esos malditos cobardes se dividían entre forcejeos por quiénes serían los primeros, y... —Sonrió, pero el gesto era hueco y su voz era tan dura como el acero. —Es curioso. Los cuerpos cayeron tan rápido que apenas puedo recordar cómo se veían; sólo el sonido sordo de la caída, de la asfixia de sus gargantas abiertas. Seguían vivos, creo, y sin embargo estaban completamente desmembrados, con los Señores impecables, estoicos a su lado. —Súbitamente, Nairi parpadeó, saliendo de su trance para mirarla. La confusión y la tristeza aún explícitas en su semblante. —Cuando nos liberaron y retrocedieron todos estábamos tan confundidos, tan dolidos y desconfiados que inmediatamente los rechazamos. No sabíamos qué esperar de ellos. Eran forasteros, y peor aún, incluso marcados, llevaban el emblema de sus casas en la frente. Ellos eran todo lo que no queríamos volver a tocar y, sin embargo, a pesar de nuestro repudio, nos cuidaron, nos protegieron durante los meses siguientes, y finalmente, nos ayudaron a darle un sentido de pertenencia al pueblo. —Suspiró, sus profundos zafiros clavándose en el esmeralda con firmeza. —Eventualmente descubrimos que son criminales, pero aquí los consideramos héroes. Jamás dejaremos de agradecerles lo que han hecho, y si alguien tan justo y noble como el Uchiha-Sama la mantiene a su lado, estoy segura de que usted es tan buena como cualquiera de ellos.
Conmovida e inquieta, Sakura dejó que las lágrimas nublaran su vista, dejándose llevar no sólo por el eco de la historia sino por el duro prejuicio y recelo en el que había mantenido al moreno. Él ya una vez le había confesado que el asesinato de su familia lo atormentaba; que había sido el peso de las circunstancias la motivación única del acto y no el placer sádico de probar su propia destreza. Sin embargo, él no pudo decirle por qué, y en esa ocasión ella se había negado a creerle; confiando ciegamente en lo poco o nada que sabía de él, mientras el hombre en cada descubrimiento parecía ser más noble, mucho más justo y valiente. Ahora, con mayor fuerza, se obligó a cuestionarse sus sentimientos hacia él, a preguntarse con el corazón en mano cuánto realmente había pasado por alto mientras mantenía el miedo de ser desnudada y herida una vez más. ¿Sería posible que él fuera más que un asesino? ¿Qué hubiera alguna razón sombría que hubiera guiado sus acciones aquella fatídica noche? Sorprendida, abrazó la idea con un deseo que recorrió hasta la última de sus venas, completamente perdida en la emoción de la posibilidad, en el anhelo del riesgo. ¿Sería cierto? ¿Realmente podría creer en él?
Miró a la mujer a su lado, la mirada franca y despojada del azul enfrentando sus miedos, y fue verla sonreír, aprender de aquella determinación necia, la suave sentencia que le dijo que sí.
¡Hola queridos míos!
Muchas gracias a todos los que se han dado tiempo de seguir esta historia, les agradezco a todas sus lindos comentarios y sus ánimos para seguirla. Les prometo que estoy clavadísima con ella y aunque sé que me he retrasado un poco en la publicación, espero estar subiendo capítulos de forma más recurrente durante los siguientes meses. Originalmente, este capítulo estaba pensado para ser más corto, sin embargo, se ha extendido demasiado la redacción del mismo y tuve que partirlo en dos, tal vez incluso tres. No se preocupen, actualmente la segunda parte ya está en proceso de edición, por lo que espero estar subiéndola relativamente pronto.
Debo decir que hay partes de la historia donde he incluido procesos médicos para darle más realismo y profesionalidad al personaje de Sakura; sin embargo, aunque trato de investigar bastante antes de escribir sobre los procedimientos, lo cierto es que mi formación no es en medicina, por lo que de antemano les pido disculpas si hubiera alguna incongruencia o mala interpretación de mi parte.
También, si tienen alguna duda con la historia, con la narración o con alguna parte del proceso creativo, la pueden dejar en los reviews y con gusto se las responderé ya sea por aquí o en los comentarios finales del capítulo siguiente.
Finalmente, quisiera agradecer a todas las personas han podido leer el fic y dejar un comentario. Son un gran impulso para seguir y siempre agradeceré enormemente sus comentarios en este pequeño proyecto que he empezado. Créanme que leerlos es un incentivo muy bonito, y ver que a tantas personas les gusta la historia me motiva a seguir escribiendo.
Nuevamente, gracias.
PC
