Era una bonita mañana de junio, y el sol ya pegaba fuerte contra las ventanas de los estudiantes que se preparaban para otro agotador día de exámenes. En la casa de los Abadeer, Marshall ya estaba preparando un desayuno para dos: huevos, tostadas con mantequilla, salchichas y café. Mientras asentía con aprobación por su buen trabajo, miró de reojo al reloj integrado del horno. Eran las 7:45. Engulló con prisa su desayuno y se echó la mochila al hombro. Antes de irse, tapó el resto de este con una tapa de cristal y subió a la segunda planta, donde tocó en la puerta del dormitorio de su hermana.
—¡Marceline, yo me voy ya! —Se asomó a la habitación y oyó a su hermana gemela gruñir bajo las sábanas.
—Vale, vale; vete, luego te veo.
—Te recuerdo que tienes examen a las 11. Ni se te ocurra faltar.
—Que síiii, plasta… El único que va a faltar a un examen como pierda un minuto más eres tú…
Marshall le dio la razón y, rezando por que su hermana despertara en un rato y se pusiera a repasar, salió pitando. La pelinegra esperó a oírle cerrar la puerta, se revolvió en la cama y tanteó con la mano en busca de su despertador. Observó que aún tenía por delante casi tres horas para dormir y, con una sonrisa tonta, se entregó de nuevo a los brazos de Morfeo.
—¡O sea, el examen de ciencia ha sido una catástrofe total! Bon, amor, ¿qué contestaste en la 13a?
—¿Esa era la de los gamma-aminoácidos? Que el grupo amino está ubicado en el tercer carbono a continuación del grupo carboxilo.
—¡Ay, madre! ¡¿El tercero?! ¡Yo pensaba que era el segundo! ¡¿Cómo pude confundirlo?!
Ante la dramatización de Lumpy, Bonnibel y las chicas rieron.
—No te confundirías tanto si miraras menos el móvil en clase, PEB. —bromeó Bonnibel, y las otras le dieron su aprobación.
Abandonaron en grupo el aula, uniéndose a la masa de personas que salían de la última clase del curso, directos hacia la libertad.
—¿Os apetece que comamos en el Chips O'Connels? —preguntó Esmeralda.
—Vaya, yo no puedo —se lamentó la pelirrosa—. Ya he quedado con Marshall para comer.
—Venga, va, Bonnie, a Marshall lo verás esta noche en el baile —insistió Frambuesa—. Dile que al menos te deje comer con nosotras.
—¡Yo no voy si no viene mi superamiga Bon! —Lumpy se agarró al brazo de la chica con fuerza y la zarandeó—. ¡Los novios no pueden ver el traje de la novia antes del baile, da mala suerte!
—Oh, PEB, Marshall y yo solo somos amigos. —Bonnibel hizo un gesto con la mano para quitarle importancia, pero el sonrojo era evidente en su cara.
—¡Claro, "amigos" que van juntos a todos lados, incluso al baile de fin de curso!
Salieron andando al jardín principal y se detuvieron junto a su banco favorito, mientras las chicas seguían insistiendo en el tema. Bonnibel se sentó con parsimonia, tomando una decisión.
—Está bien, me iré con vosotras. —Cedió la chica, sacando su móvil para teclearle un mensaje al moreno donde le pedía disculpas.
—¡Qué supergenial, chica! ¡O sea, comer sin ti sería lo más aburrido, y le quitaría glamour! —Se vio envuelta en un abrazo de Lumpy y, lejos de rechazarla, sonrió para sus adentros.
A pesar de que solo llevaba un escaso mes viviendo en Ooo, ya se sentía completamente integrada. Aquel pueblo seguía sin ser comparable a su ciudad natal, pero la gente de allí superaba con creces a la que hubiera podido conocer en la metrópoli. No es que Bonnibel no tuviese amigos en la capital (tenía algunos, con los que seguía manteniendo el contacto), pero la gente de allí era muy agradable, y habían acogido calurosamente a la pelirrosa en el lugar; de hecho, la adoraban. No había necesitado la ayuda de Marshall (que casi se había convertido en su alma gemela) para formar un grupo de amigos con el que hacer planes y salir por ahí: Esmeralda, Frambuesa, Lodo, Fantasma, Salchicha… Todas eran chicas geniales que la habían guiado por el pueblo y habían hecho que se sintiera cómoda allí, haciendo que casi olvidara el resentimiento generado en su primera visita al lugar.
Lumpy era la chica que se llevaba la palma. Todo el mundo la llamaba PEB, y no parecía ser de aquel lugar. Era rematadamente pija, alocada y dramática, además de algo vaga. Parecía conocer a todo el mundo, y era muy respetada en el instituto. También era guapa y se preocupaba mucho por el estilo, algo esencial para ir persiguiendo tíos a todas horas. Solía tener una actitud algo estúpida y hablaba arrastrando las palabras, pero tras eso había una chica muy sincera y de gran corazón. Su perdición era el teléfono móvil, con el cual pasaba horas enganchada y cotilleando. Cuando se enfadaba era temible, pero la mayor parte del tiempo simplemente era una gran quejica.
Desde el primer día, Lumpy había alabado su sentido de la moda y se le había ido acoplando más y más. Siempre tenía tiempo para salir con ella y se había preocupado de que conociera a toda aquella persona que consideraba importante. Le gustó tanto su tinte de pelo que decidió imitarla tiñéndose el suyo propio de un fuerte color morado que no le sentaba nada mal («¡Ahora vamos a juego!» exclamó la mañana que llegó con el pelo así). Aunque su comportamiento a veces se hacía pesado, se habían vuelto inseparables. Era una persona de confianza, y sentía que podría recurrir a ella para cualquier cosa.
—¿Y bien, chica? —Bonnibel salió de su ensimismamiento al instante— ¿Y si vamos saliendo ya? Mi papi me ha dejado su coche, yo os llevo.
—¿El tuyo vuelve a estar en el taller? —preguntó Fantasma.
—Seh, ayer le di un "golpecito" mientras aparcaba.
Bonnibel conocía de sobra los «golpecitos» de Lumpy de sobra. A veces se preguntaba si le había tocado el carné en una tómbola.
—En fin, lo importante es que en el todoterreno cabemos todas, ¡así que andando!
Echaron a andar hacia el aparcamiento bajo el sol abrasador de junio. Cuando llegaron hasta allí, la pelirrosa tenía todos sus pensamientos dirigidos en la sed que tenía y el gran batido de fresa y plátano que pensaba pedir en cuanto llegaran a su restaurante favorito.
—Hey, Marcy, ¿qué tal te fue el examen?
Dejó de fantasear sobre batidos y dirigió la vista hacia la persona a la que se había dirigido PEB. La pelinegra estaba colocándose su reluciente casco rojo, a juego con su scooter. Se tomó su tiempo para levantar la visera y responder.
—No del todo mal; supongo que aprobaré —Se encogió de hombros y miró a Bonnibel; fingiendo no haberla visto hasta ahora, se sobresaltó—. ¡Anda, si es la hipster! ¿Qué tal todo?
La pelirrosa ignoró la pregunta y giró la cabeza, apartando la mirada. Aquella chica la sacaba de quicio, y estaba harta de que se dirigiera a ella con esas confianzas.
—Hola, Marceline. —Acabó respondiendo secamente. La pelinegra puso los ojos en blanco y, volviéndose a encoger de hombros, arrancó la moto y salió de allí.
—¡Adiós, pijitas! —La oyeron despedirse mientras levantaba una mano. Las chicas le dirigieron una mirada de odio; la pelinegra siempre les dedicaba ese «cumplido» desde que habían empezado a juntarse con Bonnibel. Lumpy ignoró las miradas de sus amigas y fue directa a arrancar el coche. Bonnibel se sentó a su lado, y las demás se acomodaron atrás. La pelirrosa se ajustó el cinturón y se cruzó de brazos.
—¿Y esa cara, querida? —Hasta que PEB le preguntó eso, no se percató de que llevaba un rato con el ceño fruncido. En toda respuesta, dijo:
—No sé cómo puedes hablar con esa cosa. —Se notaba un resentimiento en su voz.
—¡Oye! Es cierto que su estilo está muy desfasado, pero no tanto como para llamarla "cosa" —Enfiló la carretera que llevaba hasta el pueblo, mientras se comprobaba el maquillaje en el espejo del conductor. «Qué peligro tiene esta chica» pensó Bonnibel—. Además, no es mala chica, no entiendo por qué le tienes tanta tirria, Bon.
Aunque confiara mucho en Lumpy, Bonnibel no había hablado con nadie (excepto Marshall) de lo pasado el primer día en el pueblo. Tampoco se había filtrado (el director lo había mantenido en secreto), y no era algo que tuviera ganas de divulgar. Quitando el hecho de que si le hubiera contado algo a PEB, en unos cinco minutos todo el instituto estaría enterado de ello.
—Simplemente es que es tan… desagradable —concluyó.
Desde que Bonnibel había llegado al instituto, no había visto más que a una Marceline que no dejaba de provocar problemas. Algunas de sus clases coincidían, así que ahora sabía un poco más sobre ella. Aun así, durante ese mes, pocas veces la había visto en clase, y cuando iba, optaba por sentarse en una de las esquinas de la clase, separada de todos, con los auriculares puestos y escribiendo en un bloc de notas. Nadie en clase hablaba con ella, ya que era el icono del problema en el lugar: no había semana que no apareciera una papelera quemada, una ventana rota, bolsas de basura tiradas por los pasillos o los pupitres de un aula en el jardín. Y, oh, casualidad, cerca del crimen siempre estaba Marceline, indiferente a ser descubierta. A pesar de eso, al nunca haber pruebas demostradas contra ella, no podía recibir más que castigos leves o advertencias por estar fuera de clase en horas lectivas. Bonnibel aún no entendía cómo no la habían expulsado del centro, ni cómo su hermano defendía con tanto ahínco su inocencia.
—Si la conocierais un poco, seguro que os caería bien —continuó PEB cuando las chicas se bajaron del todoterreno en el aparcamiento del restaurante—. Deberíais darle una oportunidad.
«En fin» iba pensando Bonnibel mientras sus amigas iban ordenando lo que iban a tomar «Si quiero tener algo más con Marshall, será indispensable que le dé una».
Suspiró, deseando y temiendo a la vez que llegara ese momento.
—Marceline, ¿has ido a clase?
La pelinegra bufó y giró la cabeza para mirar a su hermano.
—Me has cortado toda la inspiración. —Se quejó la chica, dejando el bajo encima sofá de forma brusca, y espantando del mismo a Hambo, el gato de la familia.
—Te he hecho una pregunta.
—¡Que sí que he ido, joder! ¡Deja de tratarme como una cría!
—Lo haré en cuanto dejes de comportarte como tal —siguió en sus trece él—. No has desayunado.
—¿Esperabas que me comiera tu estúpido y frío desayuno horas después? —razonó la pelinegra—. Me comí una manzana antes de ir al examen, ¡te lo juro! Tu amorcito me vio por allí, ella te lo podrá confirmar… Un momento, ¿tú hoy no comías con ella?
Marshall se sentó a su lado en el sofá, en el que estaba a punto de colocarse el animal. Este le bufó enfadado, y acabó dejándolos a solas.
—Se ha ido a comer con sus amigas —Intentó sonar despreocupado—. Y no la llames así.
—¿Acaso no lo es? —la chica se levantó y fue hasta la cocina, volviendo con un paquete de galletas—. ¿Cuándo lo pensáis hacer oficial? ¿Cuando os coronen rey y reina del baile? —ironizó.
Marshall la golpeó en el hombro y se rió de forma amistosa. ¿Cómo podía siquiera intentar enfadarse con ella? La tensión pasó rápidamente a convertirse en la camaradería que los unía.
—Nah, pero… ¿has pensado que… —reflexionó el chico, sincerándose— si empezara a salir con Bonnie… deberías mejorar tu relación con ella?
—¿Relación? ¿Tenemos de eso? —Marceline golpeó la mano de Marshall, que intentaba robarle una galleta—. ¡Ve tú a por unas! En fin, que me odia. Y no me interesan las relaciones sociales, lo sabes. Aunque salieras con ella, ¿en qué influiría eso en mí? Es tu vida, no la mía.
—Sería tu cuñada y, quién sabe —suspiró—, siento que ella es la definitiva.
—Sí… Siempre todas son la "definitiva" —bromeó la pelinegra.
El moreno protestó mientras su hermana se reincorporaba del sofá, estirazando los brazos.
—Bueno he quedado para comer con Flame —comentó dejando lo que quedaba de las galletas sobre la mesita del café—. Te veré cuando vuelvas del baile.
—¿No vas a ir?
—¿Y pasarme la noche viendo cómo parejitas como tú y la hipster os besuqueáis? —puso los ojos en blanco—. Paso; iré al cine a ver una peli, o algo así.
La pelinegra guardó su bajo en la funda y se lo echó al hombro. Cuando Marshall oyó a su hermana salir por la entrada, se recostó cómodamente en el sofá y agarró el abandonado paquete de galletas. Arrugó la nariz al descubrir que estaba vacío. Lo tiró al suelo con un gesto aburrido y decidió que podría ir a recoger su traje para el baile a la lavandería, pero antes de eso, le dejó la comida preparada a Hambo. Con doble de atún, como disculpa.
«Marceline tiene razón» iba pensando el chico mientras se calzaba de nuevo las deportivas «Tal vez sí… Tal vez hoy sea el mejor para decirle a Bonnibel lo que siento».
Flame estaba sacando del horno las pizzas cuando sonó el timbre de la entrada.
«Es como si tuviese un radar para la comida» pensó la joven, divertida, mientras iba a recibir a su invitada. Allí estaba Marceline, una cabeza y media más alta que ella, saludando con la mano en alto. Flame se echó a su cintura y la abrazó con ganas.
—¡Uoh! Me vas a ahogar —Marceline le revolvió su cabello pelirrojo—. La que insistió en que no quedáramos estas dos últimas semanas fuiste tú.
—Si no lo hubiera hecho, no habrías estudiado nada para los exámenes. —La chica se separó e infló los mofletes. La pelinegra se los palmeó y se auto-invitó a pasar.
—¿Eso que huelo son cuatro quesos? ¡Qué bien me cuidas, Flame!
—Al fin y al cabo, eres como una hermana para mí. —Sonrió ante el cumplido.
Y eso era verdad: Flame y Marceline habían sido vecinas desde el nacimiento de la primera. Exceptuando los dos años que los Abadeer habían pasado viajando por el país, habían vivido puerta con puerta, jugando juntas día tras día, y entablando una verdadera y sincera amistad, capaz de resistir todos los altibajos de la pelinegra. El hecho de que Marceline fuera tres años mayor no impedía que fueran inseparables, ni que la pequeña permitiera mimar con su cocina a la pelinegra.
—También he preparado una carbonara, además de una tarta de manzana.
La pelirroja, que había terminado sus exámenes un día antes, se había pasado toda la mañana en la cocina para que el día fuera perfecto.
—No hacía falta que te esmeraras tanto. No creo que podamos terminarnos el pastel… —Dejó el bajo enfundado junto a la entrada—. ¿O acaso no lo has hecho por mí?
Marceline le dirigió una mirada pícara a una pelirroja cuya cara adquirió el color de su pelo.
—B-Bueno, si sobra, p-podríamos llevarle un poco a Finn y Jake…
Finn y Jake eran los otros vecinos que vivían al lado de la casa de los Abadeer. El pequeño, Finn, contaba con 14 años, mientras que Jake ya tenía 19 y estudiaba fuera, en la universidad de una ciudad cercana. Junto a los hermanos Abadeer y Flame, habían conformado un grupo de amigos de la infancia muy unido que, aunque ya no se juntaran como tal por las diferencias de edad, seguían manteniendo una buena relación.
Qué decir tenía que a Flame siempre le había gustado mucho Finn.
—Pero Jake no vuelve hasta el miércoles que viene, que termina sus exámenes —Se lamentó la pelinegra—. ¿No se pondrá el pastel malo si esperas a que vuelva?
—¡P-Pues se lo daré solo a Finn! —chilló la pelirroja.
A Marceline le encantaba chinchar a Flame. Se carcajeó a su costa mientras le volvía a revolver el pelo. La otra le daba suaves puñetazos en el estómago, irritada.
—¡Mucha suerte, pequeña padawan!
—¿Podéis dejar de gritar, chicas?
Era el padre de Flame, un hombre muy serio y estricto, que se asomaba desde la entrada del salón. Les pidió que subieran al piso superior, ya que intentaba descansar; casi era la hora de la siesta. Ambas asintieron, llevándose consigo las pizzas a la segunda planta, donde estaba la habitación de la pelirroja.
—Y bien, ¿qué tal los exámenes?
Pasaron un rato agradable quejándose de ellos y los profesores, comiendo pizza.
—En fin, seguro que tú apruebas todo. Por poco tiempo que le eches, acabas sacando buenas notas —Se quejó Flame—. En cambio yo…
Sintió un escalofrío recordando la última bronca de su padre. Marceline sonrió y le rodeó el hombro con un brazo.
—Pero tú tampoco eres tonta, seguro que esforzándote un poco, acabas aprobándolas todas. —Tras decir eso, Marceline cayó en el hecho de que tal vez la chica se había negado a quedar con ella por su propio bien, para poder estudiar sin distracciones. La mayor abrazó a la pequeña, a modo de disculpa.
—Perdona que sea tan pesada y te distraiga. —Le ronroneó al oído.
—¡Ay! ¿Qué dices? —La pelirroja la apartó con una risita—. Tú nunca me molestas, pero era importante que las aprobara todas si quería conservar el cuello. —Ambas rieron.
Era cierto que a Marceline le daban igual las relaciones sociales, pero era simplemente porque no le hacían falta más de las que mantenía. Conservaba a un pequeño número de amigos que abastecían sus necesidades sociales y, en caso de que no fuera así, siempre podía refugiarse en la música. Aunque todo el mundo en el instituto la evitara, no se sentía desconectada del mundo mientras le quedara eso. Tal vez un poco sola, pero era algo a lo que estaba acostumbrada. Lo odiaba, pero era un sentimiento que solo conseguía evitar cuando estaba con Flame o tocaba con su grupo. Había aprendido a vivir con ello, y por eso agradecía mucho que la pelirrroja insistiera tanto en quedar con ella.
Cuando las chicas terminaron de comer, pusieron una película en el reproductor. Era la típica comedia romántica aburrida de las que tanto le gustaban a Flame, así que Marceline optó por echarse una siesta en su cama. Juraría que no llevaba ni cinco minutos dormitando cuando la pelirroja la zarandeó.
—¡Despierta! —exclamó la chica—, ¡se nos ha volado la tarde! ¡Falta apenas una hora para el baile!
Marceline gruñó y se abrazó a la almohada.
—No pensaba ir… ¿Acaso tú vas?
—… Este año aún necesitaría un acompañante mayor para ir…
«Claro» pensó Marceline «Flame aún está en octavo».
—Pues no podemos hacer nada, ¿no? En cambio, podríamos ir al cin-…
—¡Tú DEBES de ir!
Marceline se sobresaltó de la sorpresa. Miró con extrañeza a su amiga un momento, y luego sonrió de medio lado.
—Claro, olvidaba el amplio número de pretendientes que llorarán esta noche bajo las sábanas no poder ser mi acompañante. —ironizó.
—¡Aunque vayas sola, será divertido! Yo desearía poder ir, y tú…
—Tú no eres yo. Ni me gustan los bailes, ni las aglomeraciones, ni pasarme la noche viendo parejitas tontear —Inconscientemente, pensó en su hermano y Bonnibel—. Además, nadie se acercaría a mí. Seguramente todos estarían demasiado asustados con que les tirara el ponche encima o algo. —Rio su propio chiste.
—Podrías llamar a Simon —insinuó.
Marceline se quedó callada, mirando a la chica como si no la conociera. Luego, contestó con algo de vergüenza:
—A Simon y a mí no nos va ese rollo.
—Solo como amigos —insistió la pelirroja—. Os lo pasaríais genial. Seguro que un cambio de aires te vendrá bien para inspirarte, además.
Flame le puso ojitos a Marceline. La pelinegra empezaba a exasperarse.
—Ahh, ¿por qué tienes que ser siempre tan cansina? Tampoco tengo traje, y Simon tendrá ya hechos sus propios planes.
—Llámalo —le puso el teléfono inalámbrico en la mano—. Seguro que te dice que sí.
Marceline se resignó. No dejaría de darle la plasta, lo sabía. Últimamente estaba muy pesada con Simon, y la pelinegra empezaba a mosquearse «Ya veo a Simon los fines de semana… No entiendo por qué le importa tanto que me relacione con otros…»
—Bueno, lo llamaré —Flame puso cara de emoción— ¡Pero solo para que te calles! Casi seguro que tendrá planes. —afirmó, deseando que fuera cierto.
Pero el chico no tenía ningún plan, y parecía encantado de poder volver a visitar su antiguo instituto una vez más, así que quedaron en verse en la puerta, media hora después del comienzo del baile; Flame necesitaba su tiempo para preparar a Marceline. «En fin, si voy con Simon, al menos es seguro que no me aburriré» aun así, no conseguía que le entusiasmase la idea de ir por ahí delante de todo el mundo vestida como… como…
—Un momento, ¿y con qué se supone que piensas vestirme? —inquirió la pelinegra—. No esperarás que me quede bien uno de tus pequeños vestidos repipis, ¿verdad?
A Flame se le encendió la cara y apartó la mirada. No estaba muy segura de que Marceline aceptara lo que iba a proponerle.
—Um… Yo había pensado… —respondió casi en un susurro la chica.
—¿Qué?
—Bueno… Podrías ponerte un vestido de… tu madre…
Bonnibel estaba en casa de Lumpy, dando los últimos retoques a su maquillaje. PEB había insistido mucho en que la acompañara a su lujosa y gran casa para vestirse y prepararse juntas.
—Brad vendrá dentro de un rato, después de Marshall —explicó mientras se rizaba el pelo—. ¿Sabes? Hace dos meses me dejó por mi EX mejor amiga Melissa, pero ahora está súper arrepentido y me echa de menos. Por supuesto, yo le dije que sí porque quería ver qué cara se le quedaba a esa —Pronunció una palabra demasiado fuerte para escribirla—, pero seguramente después lo deje. PEB no perdona la traición tan fácil, querida. Aunque, Brad es tan guapo… No sé qué hacer, tía.
Bonnibel se limitó a sonreír y bloquear mentalmente la palabrería de su amiga. Ya sabía cómo se las gastaba Lumpy con sus novios, y estaba más centrada en el próximo encuentro con Marshall. Este vivía solo dos calles debajo de la lujosa urbanización en la que Lumpy tenía su gran chalet (y de hecho, la pelirrosa y ella eran vecinas), así que no debía de quedarle mucho para llegar.
Bonnibel era un manojo de nervios. Marshall y ella solo eran amigos, ¿contaba esto como una cita? ¿O simplemente sería como cualquier tarde que habían pasado charlando juntos? Esas preguntas no abandonaron su cabeza hasta el momento en el que el timbre sonó.
—¡Ya voy yo! —gritó Lumpy a su padre—. ¡Si es Marshall, quiero ver su cara cuando Bon baje!
Bonnibel rió la gracia de PEB, calmándose un poco, y entonces otra pregunta apareció flotando en su mente: ¿Estaba Marshall tan nervioso como se sentía ella?
Aguardó expectante hasta que Lumpy le hizo una señal para que empezara a bajar. Entre temblores, enfiló las escaleras hacia abajo. «Lo único que me faltaría ahora sería tropezar con los escalones».
Y menos mal que no lo hizo. Casi perdió el equilibrio cuando vio allí sentado a Marshall, con un impecable y precioso traje negro con toques satén; con su pelo, normalmente desordenado y salvaje, peinado hacia un lado y reluciente (parecía haber usado algo de gomina); con su brillante sonrisa avergonzada, sus bellos ojos oscuros… Y, lo más impresionante de todo: un gran ramo de rosas, de ese mismo color, que tenía en el regazo.
Marshall también se había quedado atónito ante la nueva apariencia de Bonnibel (no acostumbraba a verla tan maquillada y, aunque vestía bien, esto era otro nivel). En cuanto recordó que tenía piernas, se reincorporó rápidamente.
—Pensé que te gustarían las flores… —murmuró entregándoselas.
Bonnibel enterró la cabeza en el ramo, en parte para aspirar su delicioso aroma, en parte para esconder el rubor de su cara.
—Son preciosas. Muchísimas gracias.
—No hay de qué.
Ambos se quedaron plantados en la entrada, cohibidos, sin saber qué hacer. Hizo falta que PEB carraspeara exageradamente para que uno de los dos reaccionara.
—Bueno… ¿quieres que nos vayamos yendo? —propuso Marshall, y ella lo siguió hasta la puerta.
—¡Pasadlo bien, chicos! —Los despidió Lumpy. En cuanto cerraron la puerta, suspiró encantada: para ella, hacían la súper mejor pareja del mundo.
Los chicos echaron a andar por la acera en silencio. Cuando llegaron a la calle donde vivían los Abadeer, Bonnibel tuvo una idea.
—¿Podemos dejar el ramo en tu casa? No quiero llevarlo toda la noche encima y que se estropee. Mañana puedo pasarme a recogerlo.
—Claro, sin problema. —Le quitó el ramo de los brazos con delicadeza, y lo llevó hasta el interior de la casa. Tardó unos minutos en volver y, cuando lo hizo, llevaba dos rosas en la mano.
—Una para mí —Se la colocó en la solapa de la chaqueta—, y otra para ti.
Con ayuda de un imperdible, Marshall prendió la flor en el traje de Bonnibel. Cuando éste quedó perfectamente disimulado, Marshall asintió con una sonrisa, mirándola de arriba a abajo.
—Estás preciosa.
Y no le faltaba razón. Una semana antes, Bonnibel había ido a pasar el sábado en la ciudad cercana con su mayordomo Peppermint, que le había estado aconsejando hasta encontrar el traje perfecto: un vestido de palabra de honor rosa pálido que llegaba hasta los zapatos. El pelo lo llevaba recogido en un elegante moño sobre la cabeza (Lumpy estaba especialmente orgullosa de él), con un bonito y discreto lazo sujetándolo. Como complementos, llevaba un pequeño bolso de cuentas y unos tacones de tamaño medio de un tono rosa más fuerte, muy parecido al de la flor. En conjunto, estaba espectacular.
Bonnibel le agradeció el cumplido con un movimiento de cabeza, aturullada. Marshall se rascó la nuca y continuó:
—Ya casi es la hora, será mejor que nos demos prisa.
Bonnibel asintió, y salieron hacia el instituto. Anduvieron uno al lado del otro, sin saber muy bien qué decirse. La pelirrosa empezaba a creer que la noche sería una tortura, hasta que sintió la mano de Marshall rozando la suya. La tomó delicadamente y, en lugar de avergonzarse más, de repente se sintió llena de confianza y segura, como si esa unión la protegiese. «Da igual lo que pase» pensó «sigue siendo Marshall».
Y así, de la mano, se dirigieron charlando y riendo hacia el baile.
Cuando llegaron al baile, acababan de abrir las puertas del mismo. Se acercaron a una pequeña recepción improvisada a unos metros del gimnasio para entregar su invitación.
—Qué chulo el traje, tío. —Le comentó a Marshall uno de los chicos que se encargaba de comprobar las invitaciones.
—Gracias, Derek.
Cuando Bonnibel se creyó a una distancia en la que no podían escucharla, preguntó:
—¿Quién es ese chico? Nunca te he visto juntarte con él.
—¿Derek? Ah, es un amigo de tercero. Se pasa mucho por el pub en el que toco.
La pelirrosa asintió. Marshall conocía a mucha gente mayor, y él mismo cursaría su último curso de instituto a partir de septiembre. Comparada con él, Bonnibel a veces se sentía una cría, aunque solo se llevaran un curso.
Llegaron a la puerta del gimnasio y apartaron la cortina que hacía de puerta. Bonnibel estaba bastante impresionada con la decoración del gimnasio. Los de tercero se encargaban de la organización de todo, y habían hecho un gran trabajo.
Habían instalado un escenario en el que había instrumentos (seguramente alguna banda contratada subiría a tocar), y donde ahora mismo un DJ pinchaba música. En uno de los extremos había una gran mesa llena de aperitivos y bebidas, con chicas de tercero encargadas de servirlas, y en el otro extremo había pequeñas mesas circulares y sillas alrededor para que aquellos cansados de bailar se sentaran a descansar y charlar un rato.
—¿Está bastante bien, verdad? —comentó Marshall—. Los del año pasado decidieron que el baile fuera a su vez una fiesta de disfraces. Vaya caos se armó para elegir a los reyes del baile, cuando la gente empezó a quitarse los trajes y luego todos reclamaban ser los ganadores. Algo clásico es mejor para estas ocasiones, ¿no crees?
Bonnibel asintió sin hacerle mucho caso, mirando hacia todos lados buscando la cara de alguna de sus amigas. Solo cuando el chico le zarandeó suavemente el hombro reaccionó.
—¡¿Qué?! ¡Ah, sí! Un baile clásico es muy bonito, ¿no crees?
Marshall empezó a reírse, a lo que la pelirrosa se sonrojó un poco.
—A eso me refería… ¿Quieres bailar, princesa? —propuso, ofreciéndole una mano.
Bonnibel la aceptó y fueron hasta el centro de la pista a bailar. En ese momento sonaba una lenta melodía de vals. Marshall puso una mano en su cintura y ella se agarró a su hombro, y empezaron a dar vueltas en círculos, acompasando sus pasos a la canción.
Bailaron un buen rato, en el que no fueron ajenos a nadie. Él, espectacular y más brillante que nunca; ella, la chica nueva, radiante y bellísima con su vestido. La pelirrosa estaba tan encantada por la música que no veía más allá de Marshall y sus movimientos alrededor de ella, ¿cómo podía ser todo tan perfecto?
De improviso, las canciones lentas dieron paso a ritmos más jóvenes, y ambos acabaron echando un vistazo al reloj suspendido sobre el escenario. Se sorprendieron al ver que ya eran las nueve y media.
—Vaya, sí que llevamos rato dando vueltas… ¿te apetece beber algo?
Hasta que pararon, Bonnibel no fue consciente de lo seca que tenía la garganta, ni de lo que le faltaba el aliento. Habían bailado más de una hora sin descanso, y ella nunca había sido una persona de practicar actividades físicas. Estaba reventada y notaba el sudor en su frente.
—Sí, claro.
Marshall se ofreció a ir a por bebidas para ambos, así que ella se dirigió hasta una mesita vacía y se sentó. Se notaba muy acalorada.
Acababan de subir al escenario un grupo que, por el entusiasmo de los demás estudiantes, parecía tener un nombre por la zona. Empezaron a tocar una canción muy pegadiza, de esas que merecen ser tamborileadas en la mesa aunque desconozcas la letra. Mientras esperaba al chico, algunas de las amigas de Bonnie, aparte de otras que ni siquiera conocía, se le acercaban para felicitarla por su vestido o por su pareja de baile. Muchas de ellas parecían celosas. La pelirrosa no acostumbraba a provocar envidia por nada que no fuera su inteligencia, y esa sensación no le desagradó en absoluto. No pudo evitar componer una sonrisa boba mientras veía acercarse a su chico.
—Perdona que haya tardado tanto, me paré a saludar a un amigo —Le ofreció un vaso de ponche, que Bonnibel casi se bebió de un trago—. Uoh… te morías de sed, ¿eh? Jaja, te entiendo perfectamente —Se bebió el suyo propio del tirón—. Te traeré otro, no tardo.
Se levantó de la silla y volvió a dejar a la pelirrosa sola y avergonzada por sus modales. No quería que Marshall tuviera una mala impresión de ella. Pero no tuvo mucho tiempo para lamentarse, ya que alguien se le abalanzó por detrás para abrazarla.
—¡Habéis estado divinos en la pista, chica!
—¿Tú crees? —Se volvió para observar a Lumpy—. No sé bailar demasiado bien, me he dejado guiar por Marshall.
—¡Fabuloso! ¡Fabuloso! ¡Qué ritmo! ¡Qué desparpajo! ¡Me habéis dejado patidifusa! Brad no sabe bailar así, ¡sois firmes candidatos a reyes del baile!
A continuación, PEB se quejó sobre cómo el maquillaje de la cara se le estaba estropeando por el sudor y empezó a retocársela, pero Bonnibel estaba tan concentrada en esa idea que no se percataba apenas de los arreglos que Lumpy le hacía en el maquillaje.
¿Ella y Marshall, rey y reina del baile? No se le ocurrió nada mejor para coronar la noche.
Para cuando volvió a la realidad, Lumpy llevaba un rato analizando los vestidos de cada una de sus rivales, y Bonnibel la dejó hacer sin escucharla demasiado. Su habilidad para bloquear la charla insulsa de su amiga iba mejorando. Marshall tardó unos cinco minutos más en llegar.
—Había solo una chica atendiendo y bastante gente, siento el retraso. ¿Qué hay de nuevo, PEB?
—Nada, le contaba a Bonnie sobre los mejores modelos del baile. ¿Has visto cómo va tu hermana?
—¿Mi hermana? Dijo que no vendría. —Se extrañó el chico.
—Ya lo creo que si ha venido —De repente, a Bonnibel le interesó la conversación—. Está causando el pánico, ¿sabéis? Ha venido con ese chico… Ese que nunca se le despega…
—¿Ash? —La voz de Marshall adquirió un tono trémulo. A la pelirrosa no le sonaba el nombre, pero no parecía que el chico le guardara ningún aprecio.
—No, ese estúpido no… ¡Ah, Simon! Ese era.
—¿Simon? ¿Ha venido con Simon? —Marshall rió, y la tensión generada hacía un instante desapareció entre sus carcajadas—. Pobrecito, a saber por qué lo ha arrastrado hasta aquí.
—¿Quién es Simon? ¿Y Ash? —preguntó Bonnibel tímidamente.
—Viejos amigos, nada más —dijo el chico con un tono despreocupado.
—En fin, no dejéis de observarles. Apenas han bailado, pero son grandes rivales.
Bonnibel fijó la mirada en su amiga mientras se alejaba: no entendía a qué se refería; no podía ser a la corona, desde luego. No se imaginaba a Marceline llevando algo que no fueran unos viejos vaqueros rotos o una camiseta rockera.
Y, ahora que lo pensaba, aún no le había devuelto la camiseta a la chica. Devolvérsela implicaría tener que hablar con ella, y es algo que llevaba evitando con todas sus fuerzas desde la mudanza, y las opiniones de sus nuevas amigas sobre la pelinegra reforzaban su idea de evitar que llegara el momento. Tal vez podía dársela a Marshall…
¡Marshall! El chico parecía absorto mirando a los adolescentes, que botaban ante una canción especialmente punk que tocaba el grupo en esos momentos. Justo cuando la pelirrosa creía que no podría salvar ese incómodo silencio, el chico habló:
—¿Sabes? "Soul of Demeter"toca en el mismo local que nosotros, pero en días diferentes. El año pasado hicimos una canción de colaboración, para un festival de música.
—¿En serio? —La chica mostró interés.
Agarrándose de la cuerda que Marshall le echaba, la pelirrosa se enganchó a la conversación. Ella nunca había estado demasiado interesada en la música, pero para el moreno era algo muy importante, una de sus pasiones. Podía pasar horas hablando de ella.
Fue fácil entablar conversación a partir de ahí. Compartieron unas risas durante un buen rato, y luego decidieron salir a bailar un rato más, antes de que el grupo bajara del escenario. Bonnibel buscaba inconscientemente con la mirada a Marceline, pero no la localizaba. ¿Por qué estaba haciendo eso? La chica pensó que sería simple curiosidad.
Un par de canciones más tarde, el grupo terminó su concierto y el gimnasio estalló en aplausos y vivas, la pareja entre ellos. Algunos alumnos pedían un bis mientras los chicos saludaban, pero la mayoría empezó a permanecer callada y expectante. Ya eran las once, había llegado la hora: el nombramiento del rey y reina del baile.
Bonnibel estaba bastante nerviosa, ¿qué pasaría si ella y Marshall acabaran subiendo al escenario? ¿Qué diría? ¿Cambiaría algo entre ellos? ¿La gente creería que eran novios? ¿Lo serían de verdad? La chica sacudió la cabeza. No quería pensar en eso, pero… ¿Y si, tras subir, Marshall negaba ante todo el mundo que hubiera o fuera a haber algo más? El solo planteárselo le provocó un incómodo nudo en la garganta.
Notó entonces la mano del moreno sobre la suya, apretándosela con suavidad.
—Tranquila, Bonnibel. —le susurró el chico. Los efectos que creaban en ella las palabras de Marshall eran casi mágicos. La pelirrosa tomó aire y le sonrió, agradecida.
Durante quince minutos que el jurado de tercero estuvo deliberando, se retomaron las conversaciones, y todas ellas trataban sobre quiénes serían los coronados. Lumpy y Brad los localizaron entre aquellos que esperaban en la pista de baile el veredicto, y PEB volvió a su retahíla sobre vestidos, parejas y bailes.
Al fin, una chica subió al escenario, llevando un sobre azul en su mano, y agarró el micrófono que el grupo había usado para cantar sus canciones. Saboreó durante unos segundos el silencio sepulcral que se había producido al subir ella sobre la plataforma y, sin más dilación, anunció:
—La organización se complace en anunciar que, el rey y la reina del baile de fin de curso del año 2012/2013 son… —Abrió el sobre con parsimonia y leyó la tarjeta que contenía—: ¡Marceline Abadeer y Simon Petrikov!
El gimnasio tardó un rato en reaccionar, mientras la chica aplaudía sola efusivamente. ¿Marceline, la alborotadora por excelencia, reina del baile? Para cuando unos cuantos aturdidos alumnos empezaron a aplaudir, había pasado casi un minuto desde el anuncio, y el tímido aplauso murió rápidamente. «¿Marceline?» Bonnibel tampoco entendía nada «¿Cómo?».
—Em… ¿Abadeer, Petrikov? ¿Podéis subir al escenario?
Cuando la pelinegra y su pareja empezaron a encaminarse hasta la plataforma, Bonnibel no se podía creer lo que veía. Y, por lo que parecía, Marshall tampoco.
—¡Está… impresionante! ¿Verdad, Bonnie? —comentó PEB—. No me extraña, no me extraña… Aunque hubiera preferido que ganarais vosotros, ¿sabes? Tienes mi apoyo súper total, colegui.
Impresionante sería quedarse corto. En lo único en que esa chica se parecía a Marceline (hasta había cambiado sus típicas lentillas sanguinolentas por unas grises… ¿o eran sus ojos reales?) era en la larga melena suelta que le caía por los hombros, aunque estaba bastante más peinada.
Llevaba un vestido negro muy largo y con bastante volumen que no dejaba ver los pies de la chica, cuya misma tela formaba un lazo a la altura de la cintura de la chica. El vestido tenía un escote de cuello alto y dejaba parte de la espalda al descubierto. Los pequeños tirantes del vestido estaban decorados con flores violetas, a juego con una cinta violeta que llevaba en el pelo y que caía larga junto con su cabellera. La pelinegra no llevaba ningún bolso, pero sí unos guantes negros que llegaban hasta la altura del codo, decorados con encajes. Parecía una princesa. Algo oscura, pero lo aparentaba.
El chico que parecía ser Simon iba vestido con un traje muy normalito, con una chaqueta negra y una camisa blanca, y parecía encantado de haber sido llamado al escenario. Ella, en cambio, no tenía puestas ninguna de sus dos caras por defecto: la aburrida y la indiferente. Parecía disgustada, fruncía el ceño más que de costumbre, e iba apretando los puños mientras se dirigía con la cabeza gacha hasta el escenario.
—Bien, bien, ya estáis aquí —La gente no parecía darse cuenta de la expresión de la pelinegra—. ¿Qué tal va todo? ¡Enhorabuena!
Subieron tras ellos otras dos chicas, cada una portando con las indumentarias de los reyes: un cetro para la reina, una corona para el rey y dos bandas que anunciaban sus títulos. Cada una se puso al lado de uno de ellos y les colocaron la banda, para luego entregarle los bonitos juguetes que completaban el conjunto. Ahora sí, los aplausos llenaron el gimnasio, seguidos de silbidos, gritos de ánimo y hurras a la pareja. Simon estaba muy avergonzado, pero se le veía feliz. En cambio, Marceline parecía más irritada a cada momento, ¿es que solo Bonnibel podía verlo?
—¡Estupendo, estupendo! —Siguió la muchacha—. ¿Queréis dedicarnos unas palabras? O… —Algunos entre el público chiflaron al oír esto—, ¿Preferís dedicarnos un baile?
Simon asintió con la cabeza y se dirigió a agarrar la mano de la pelinegra, pero esta se la apartó de un suave manotazo. Se alejó un poco del chico y le susurró algo. Él parecía desconcertado, pero se limitó a encogerse de hombros y le dejó hacer. Ella avanzó hasta la presentadora y le quitó de las manos el micrófono.
—No me apetece bailar, pero —declaró— sí que tengo un par cositas que decir.
Se giró hacia el resto de asistentes mostrando un rostro duro, como evaluándolos. De repente, tomó aire y relajó la expresión, mostrando una sonrisa preciosa, adorable.
—Muchas gracias, chicos —empezó—. No hay nada que me haga más feliz que esto. Siempre he querido estar aquí, ser adorada y envidiada por todo el mundo… ¿A quién le importa que la pura hipocresía me ha traído aquí?
El público la observaba con atención. No parecían saber a dónde quería llegar. Marceline empezó a pasearse por el escenario mientras pensaba sus siguientes palabras, aún sonriendo, pero con los ojos entrecerrados.
—Si me pongo un vestido, ¿qué más da que sea una paria? Ah… puedo ver en vuestras caras adoración, envidia, simpatía, celos… Y todo esto, ¿por qué? Soy la muñequita perfecta para vuestra farsa, ¿verdad? —siguió con palabras duras—. Qué ironía; en la vida real, ninguno de vosotros me habría siquiera saludado en la calle. No me habría extrañado nada que os cambiarais de acera para evitarme. ¿Y hoy no? ¿Hoy no me tratáis como siempre…? Me condenáis, me apartáis del grupo; para vosotros solo soy una agitadora, una mala influencia… Pero por una noche decidís que… ¿soy una más? ¿Que no soy tan mala cuando paso por el aro? ¿Que cuando me "adapto" soy una chica normal? ¡Pues, tal vez, no lo soy!
Tiró con rabia el cetro de juguete al suelo y lo pisoteó con unos bonitos tacones negros hasta romperlo. Marshall tuvo el impulso de subir al escenario, pero Bonnibel le retuvo sujetándolo de la mano y negándole con la cabeza. Simon, sobre el escenario, no pareció siquiera que se inmutara. Tal vez ya se esperaba algo así.
—¡No formo parte de vuestro feliz mundo de lucecitas y color! ¡Me echasteis del rebaño, me tachasteis de oveja negra, de caso perdido! ¡Y ahora ¿queréis exhibirme como una atracción?! ¡¿Sabéis qué os digo?! ¡Que os den a todos!
Marceline dejó de gritar, e intentó calmar su agitada respiración. En cuanto se tranquilizó, se despidió por el micrófono con un "¡Pasad un buen verano, becerros!" y lo dejó caer al suelo. Rompió la banda en dos grandes trozos para quitársela, y los lanzó al aire. Tras eso se agarró los bajos del vestido y salió a buen paso del lugar.
En todo el tiempo que pasó desde el final del discurso hasta que la pelinegra salió del gimnasio, nadie se atrevió a decir nada. Y, tampoco, nadie movió un solo músculo para detenerla.
—Ha sido una noche… larga.
Ya eran cerca de las una de la mañana. Bonnibel y Marshall se encontraban sentados en el banco preferido de la pelirrosa, y no hablaban mucho desde hacía rato. La chica había arrancado un puñado de flores de uno de los infinitos arbustos florales del jardín, y llevaba un rato jugueteando con ellas. Levantó la cabeza al oír al moreno hablar.
—Bueno, el discursito de tu hermana no ha dejado a nadie indiferente —Empezó a deshojar una flor—. Dime, ¿odia a la humanidad por algo en especial o nació con ese resentimiento?
—No hables así de ella —le reprochó Marshall—. Hace tiempo que… Ella no lo ha estado pasando demasiado bien. Nadie lo haría en su situación. No me extraña que explotara así.
—¿Y para qué se presenta aquí, tan arreglada, si no quería que la mirasen? —Bonnibel frunció el ceño y le dirigió una mirada exasperada al chico.
—No lo sé, pero ya te he dicho mil veces que ella no es tan mala como la veis todos —La pelirrosa puso los ojos en blanco y Marshall le palmeó la cara para pararla—. ¡En serio! ¡Si es un encanto…! Si intentaras ser amiga suya, lo entenderías…
—Cuando deje de llamarme hipster, o pija, o becerro…
—Mira —El moreno puso cara seria—, siempre dices que es desagradable, pero ¿acaso has intentado ser tú amable con ella?
—¿Yo? Yo siempre soy amable —ahora fue Marshall el que puso los ojos en blanco— ¿Qué? Es cierto. No soy yo. Es culpa suya.
—¿Te has oído alguna vez hablando de ella? ¿O las caras que le pones? Parece que te da asco. Yo creo que mi hermana solo está a la defensiva.
Bonnibel se mordió el labio. Al oír la opinión del chico, empezó a sentirse mal. ¿Era realmente así como lo veía la gente desde fuera? ¿Qué ella era la mala? Sintió que se le humedecían los ojos.
—No quiero hablar de este tema. Vamos a dejarlo.
—¡No! No quiero dejarlo —Marshall le agarró una mano y le sujetó la cara con la otra, obligándola a mirarlo—. Para mí, hablar de esto es importante. No quiero… —El chico se sonrojó un poco—. No quiero que las dos únicas chicas a las que amo no se entiendan entre ellas.
Bonnibel se puso roja hasta el cuello tras oír aquellas palabras. Apenas podía mantenerle la mirada al moreno.
—¿Qué…? ¿Qué acabas de decir…? —Le temblaba la voz.
—Te quiero, Bonnibel. Quiero que salgas conmigo.
Rincón de la autora
¡Buenas de nuevo! Han pasado solo diez días desde que subí el primer capítulo pero, como ya tenía gran parte de este escrito, he acabado bastante rápido con él. No os esperéis que este sea el ritmo normal, que aunque ahora vengan vacaciones tengo bastantes cosas que hacer para la uni. xD
Muchas gracias a todos los que dejaron una review en el primer capítulo, realmente ayudan mucho a aumentarme la poca moral que tengo para que siga escribiendo. :D (En especial la de "UnaFocaPariendo". Casi me meo encima de la risa que me dio tu nombre xDDDD).
Como habréis notado (?) este capítulo está escrito en tercera persona. En fin, el primer capítulo fue un poco de experimento, pero tal vez más adelante vuelva a escribir alguno en el que todo sea desde la perspectiva de Bonnibel, o Marceline, o cualquier otro. xD
También, creo que debo haceros una aclaración con los nombres: estoy usándolos tal cual me apetecen usarlos. Las amigas de Bonnibel (que en la Ooo real serían otras princesas) se llaman exactamente como en la serie en castellano. Los personajes de Lump, Flame y Peppermint me sonaban raros llamarlos Bultos o Mayordomo Menta/Mentita, así que decidí que, como iba a tener que tratar con ellos a menudo, se quedarían con sus nombres en inglés. Espero que no os haya supuesto algún problema de comprensión. xD
Y por último... una sección que no esperaba que fuera a existir. (?) ¡Preguntas y respuestas! (siempre que se puedan contestar xD)
"Maquina De Fuegopreguntó:
¿Eres de México? Algunas de las variantes utilizadas de suenan."
Pues no, soy española, sin parientes latinoamericanos conocidos. xD Tal vez se deba a que intento hacer el texto ameno con un vocabulario variado, o tal vez a que intento tener cuidado al escribir, porque soy consciente de que hay expresiones propias españolas que ustedes no entenderían, o palabras que allá son consideradas malsonantes. Como sea, me temo que me encuentro en el otro lado del globo. xD
¡Pues nada, que me enrollo como las persianas! Hasta aquí el capítulo de hoy. Espero que les haya gustado (podéis dejarme reviews y preguntitas, yo encantada) y que estén atentos para cuando salga el capítulo 3. :) Seguramente, esté listo para poco después de Navidad. Y por si no nos vemos antes, ¡felices fiestas!
