Armando tenía dos razones de peso para no quitarse el saco: la primera, por pura galantería, y la segunda, más importante aún, porque estaba seguro que debajo de esa prenda, dos aureolas grandes de sudor marcaban las axilas de su camisa. Sí, Bogotá parecía ser el centro de proyección de todos los rayos solares, y sí, se estaba asando de calor debajo de toda esa ropa, pero no estaba dispuesto a permitir que sus empleados lo vieran con aquellas pintas de obrero de la construcción.
«Excepto Betty», pensó. Alguien que no se molestaba por depilarse el bigote, no se escandalizaría ante una camisa sudada.
—Aura María, buenos días —saludó, entrando como un bólido a la empresa, y notando con desagrado, que la temperatura allí dentro estaba peor.
—¡Buenos días, doctor! —respondió la recepcionista, levantándose de su asiento como un resorte.
—¿Pudo cancelar todas las citas, todas las visitas a la planta? ¿alguna novedad? —preguntó de corrido, y Aura María abrió la boca, pero Armando la detuvo—. No, olvídelo. Betty me pondrá al tanto —respondió, y llevado por la rutina, se dirigió a las puertas del ascensor, presionando el botón.
—Doctor, recuerde que estamos solo con el generador y los elevadores no…
Armando revoleó los ojos.
—Sí, sí, ¡todo junto, todo hoy, maldita sea! —maldijo, rechinando los dientes, y se puso en marcha hacia las escaleras, con destino al piso dos, donde se encontraba el sector de Stock y almacenamiento. Las subió con toda la energía que le daba su cuerpo de tres décadas. Sus rodillas se quejaron un poco, e hizo una nota mental de, entre toda la locura que implicaba ser presidente de una empresa, tratar de buscar el tiempo para ejercitarse.
Iba subiendo las escaleras de dos en dos, cuando se topó con la menuda figura de su asistente, quien venía descendiendo con una lentitud extraña en ella. En principio, no le dio importancia.
—¡Betty! —llamó, sin dejar de subir las escaleras y sin anteponer ninguna clase de saludo: su asistente sabía lo que era una agenda apretada, y lo conocía lo suficiente para saber que él no se detenía en nimiedades—, ¿ya tiene el reporte de maquinaria del gerente de mantenimiento? —preguntó, deteniéndose en el descanso de la escalera. Sin embargo, su asistente no lo imitó: ella siguió descendiendo, con la mirada hacia el suelo, como si no hubiese reparado en su presencia. Armando la detuvo, tomándola por el codo. Recién allí, ella viró el rostro hacia él. Algo no andaba bien.
—Sí, a la orden —respondió, con el tono mecánico de empleada de comida rápida. Sí, ella dirigía su mirada hacia él, así como su rostro, su cuello, y todo su cuerpo. Pero Beatriz parecía no estar allí.
—Betty, ¿qué le pasa? —preguntó, y pasó a tomarla por los antebrazos, dejando la maleta en el suelo. No era algo raro en su asistente: Beatriz cada tanto quedaba colgada de una nebulosa, detenida en algún pensamiento o ensoñación que vaya a saber de qué se trataba—. ¿Vio un fantasma o qué? ¡hey! —llamó, chasqueando los dedos frente a ella. Solo allí, mirándola a los ojos, Beatriz pareció salir del trance en el que estaba.
Ella parpadeó, y quedó boquiabierta, mostrando su hilera de dientes platinados, de unos brackets metálicos baratos, pero bien cuidados. Sacudió la cabeza y armó una sonrisa.
—Doctor, ¡disculpe! Es que estoy, hace… —titubeó—. Es que hace demasiado calor —respondió, riendo con ese graznido de pato afónico, que últimamente había dejado de molestarle, más bien, todo lo contrario.
Armando le soltó los brazos, con cierta desconfianza que se evidenciaba en su entrecejo fruncido. Esa clase de reacciones, Beatriz las tenía luego de una sesión de insultos gratuitos de Marcela, o alguna clase de humillación por parte de Hugo Lombardi. Y Armando sabía que ninguno de ellos estaba en el edificio, pero también la conocía lo suficiente, como para saber que Beatriz no acusaba a nadie por sí sola, y solo buscaba su ayuda como último recurso.
—Bueno —respondió, dubitativo. Tomó la maleta que había dejado en el suelo, y consultó su reloj—. Beatriz, iré a Producción para ver cómo está todo.
—¡Sí, Doctor! ¡No hay nada por lo que deba preocuparse! —respondió ella de inmediato, con la misma energía de siempre—. El área productiva está dedicada a Nomadic Collector. Todo está todo bajo control.
—¿Cómo es eso de una inspección?
—Ah, eso —contestó—. Son de la Inspección General del Trabajo. Están en la sala de juntas Don Armando, yo estuve hasta hace un momento en el subsuelo, seleccionando la documentación que necesitaban.
Armando cabeceó sin hacer más comentarios, y le entregó la maleta a Beatriz, quien la tomó sin más. Armando retomó su ascenso, y cuando estaba por agarrar la curva de la escalera, asomó la cabeza por la baranda.
—Betty —llamó, y ella echó el cuello hacia atrás, para verlo. Desde esa altura, la cabeza de su asistente, todo su cuerpo menudo, podía confundirse con el de una colegiala—. En el primer cajón de mi escritorio hay un blíster de paracetamol. Tómese uno, hoy la necesito bien despierta, Betty.
Armando continuó su camino, por lo que solo alcanzó a oír:
—¡Como ordene, Don Armando!
…
—Armando, tienes dos horas, escúchame bien, solo dos horas para hacer lo que tengas que hacer en Ecomoda, y venir aquí, ¿me estás escuchando?
Si Armando utilizaba los métodos estadísticos de su asistente favorita, para explicar su situación actual, podía decir que su atención estaba distribuida como en un gráfico de torta: el noventa por ciento estaba puesta en la explicación del coordinador de logística, y el diez por ciento restantes, en los reclamos que le hacía su prometida a través del teléfono.
—Claro que te estoy oyendo amor —respondió, automáticamente. Después de todo, los reclamos de Marcela siempre rondaban en más o menos lo mismo: "lo quiero ahora, lo quiero ya". El coordinador le hizo un gesto de dejarlo solo, pero Armando negó con la cabeza, y lo incitó a continuar mostrando el estado del almacén—. Pero ya te dije, no puedo pedirle al personal trabajar el doble, con horas extras, e irme a tomar el té en la casa del embajador —explicó, intentando ser conciliador.
«A ver cuánto me dura», pensó.
—Armando, no vas a dejarme plantada allí sola, como un cactus. Todas van a ir con sus maridos, sus parejas o…
—Entonces, este es el primer envío con el nuevo operador logístico, ¿verdad? —preguntó al encargado, e inmediatamente, el tono más agudo de su prometida procedió a romperle el tímpano.
—¡Armando!
Tanto presidente como empleado, dieron un respingo y se alejaron del teléfono. Armando rodó los ojos y le pidió a su empleado que lo esperara. Se alejó de él, dispuesto a terminar esa llamada telefónica.
—Marcela —dijo, y respiro fuertemente, llamándose a la paciencia—. Ahora mismo, me iré a dar una vuelta por toda la planta, y en cuanto sepa que todo está bien encaminado, y si no surge nada más importante, saldré primero para la casita, a cambiarme la ropita —explicó, entonando con furia cada palabra diminutiva. Si no podía mandar al demonio a Marcela, por lo menos podía permitirse el sarcasmo—. Y recién ahí, iré para el bendito cóctel…
—Afternoon tea.
—¡Como sea que se llame, maldita sea!
Su grito hizo eco en todo el almacén, y el personal volteó a verlo brevemente. Armando se masajeó la frente: realmente, había intentado mantener la calma. Lo había intentado.
—Mas te vale que no me dejes plantada Armando —respondieron del otro lado de la línea—. Mas te vale —subrayó, y cortó.
Sin una opción para desquitarse más que con su celular, Armando cerró la tapa del aparato con toda la fuerza. Tomó un poco de aire, y usando la buena caja torácica que sus papás y la naturaleza le habían regalado, procedió a dar algunas palabras de agradecimiento al personal que había allí, por todo el esfuerzo realizado. Había visto a su padre hacerlo muchísimas veces. Solo le faltaba pasar por el resto de los sectores de la planta, para ir a cumplir con su compromiso.
«O, mejor dicho, el compromiso de Marcela», chistó.
…
Había dejado el sector de planchado en último lugar. Sentía algo de culpa por pedir al personal de esa área que trabajara horas extras en un clima como aquel, abofeteados por el calor y la humedad. Estar allí, en el día en que el infierno parecía abrir una sucursal en Bogotá, le parecía una injusticia.
Pensando en las palabras que diría, giró hacia la derecha, comenzando a escuchar las voces de las operarias, que siempre hablaban a los gritos, intentando ganarle al ruido de las máquinas.
—¡Que sí, que esta vez se metió con la feíta de Presidencia! ¡con Betty!
Los mocasines de Armando casi chillan, del frenado que hicieron. Su reacción instintiva fue esconderse detrás de un perchero, con una hilera de sacos perfectamente planchados y alineados.
—¡Yo les dije que eso iba a pasar! ¿por qué no se los aposté? ¡estaba cantado!
Armando abrió la boca, y tratando de escuchar más, metió la cabeza entre las prendas.
—Esa chica era presa fácil para Méndez.
«¿Esa chica?», repitió, en su mente. ¿Estaban hablando de la misma Betty? ¿de su Betty? «Y sí imbécil, que otra feíta de Presidencia conoces, ¿ah?», dialogó, consigo mismo. Volteó, y caminó acercándose sigilosamente a donde estaban las operarias, apoyando la espalda contra los sacos, para poder estirar más el cuello y oír mejor. Una de ellas había dicho algo que no alcanzó a oír, sin embargo, una de las planchadoras más veteranas, respondió:
—La tenía aprisionada contra la estantería, ¡y le estaba metiendo una mano debajo de la falda, y la otra, ve tú a saber por dónde!
Todas hicieron un sonido de sorpresa e indignación, y Armando exhaló, incrédulo.
«Imposible», se convenció. No podía ser ella, conocía a su asistente, sabía lo tímida que era. Tenía que haber un error, después de todo, había muchas Beatrices en la empresa:
«Beatriz Vargas de Sistemas, Beatriz Marín de Corte… o la nueva de Calidad, ¡eso! Beatriz Osorio, que dicen que es peor que Aura María…», enumeró «… ¡pero no mi Betty!».
La Beatriz que él conocía no era capaz de entrar al taller de Hugo cuando había un montón de modelos semidesnudos pululando aquí y allá. No sin taparse los ojos, llevándose puesto todo el mobiliario de camino. Podía asegurar que jamás, nunca, había sido tocada por un hombre. ¿Y se supone que ahora estaba echándose mano, en lugares escondidos de la empresa? No, tenía que ser otra Beatriz. No su asistente, no ella.
«Y tú, ¿qué tanto la conoces? ¿ah?», le susurró una segunda voz en su mente, que se parecía demasiado a la de Mario. De pronto, sintió una ira endurecer sus mandíbulas, pero antes de siquiera descifrar su molestia, alguien preguntó:
—Y qué si le estaba gustando, ¿ah? Y estos tontos hermosos fueron a interrumpirlos.
—¿Gustarle? —respondió, haciendo una risa entre sarcástica y despectiva—. Salió echa un alma en pena del subsuelo. Me contó que la pobre Betty estaba temblando de miedo, que estaba blanca, como una hoja de papel.
—¿Se imaginan lo que hubiese ocurrido, si no llegaban a tiempo?
Ninguna respondió, y el ruido del vapor saliendo de las planchas, fue suficiente respuesta. Armando giró sobre sus talones, y se retiró de allí, con un destino muy específico. Lo hizo sin percatarse de aquellas mujeres que, para seguir la dirección de sus pasos, abandonaron brevemente sus calurosos puestos de trabajo.
El plan de Bertha de González, había sido todo un éxito.
…
—Usted se está equivocando hermano, ¡usted se está equivocando!
Freddy se consideraba uno más del cartel, y por extensión, amigo de Beatriz Pinzón. Sin embargo, su cariño por ella no llegaba hasta el punto de medir fuerzas con ese hombre, para defender el honor de la muchacha. Este medía al menos una cabeza más que él, y aunque tenía en estima a la asistente de Presidencia, más tenía en estima a su propia mandíbula, la que dudaba que saldría entera si se ponía a pelear con él. Sería, casi tanto, como pelear con el mismísimo Armando Mendoza.
Carlos se río, sacudiendo la cabeza, y devolviendo una de las cajas a los estantes.
—Qué, ¿va a denunciarme? ¿en base a qué? —se rio, y Freddy sintió el mismo asco que sentía hacia Gutiérrez, cuando este miraba a su "reinita", con lascivia y deseo.
—Usted —repitió, moviendo el dedo índice, como un maestro aleccionador—, Betty es la mano derecha de Don Armando, usted no sabe con quién se está metiendo.
El empleado de Librería finalmente le puso atención, y apoyó la espalda contra una de las columnas de depósito, cruzando los brazos.
—Sí que lo sé, y ahora más que nunca —sonrió. Con Wilson se la pasaban deleitándose con las modelos que desfilaban a toda hora por la empresa, pero la sonrisa lasciva que hizo ese sujeto, lo llenó de asco y repulsión—. Ustedes sigan ahí, intentando que una de esas modelitos los mire siquiera. O usted Freddy, con esa Aura María, que solo le para bolas cuando necesita algo de usted.
Freddy abrió la boca para decir algo, pero se quedó pasmado cuando notó unos mocasines, demasiado elegantes y brillantes para ese depósito oscuro, y con olor a humedad, descendiendo por las escaleras. Su instinto de supervivencia quiso decirle a Carlos que se callara, pero este, de espaldas y concentrado en su propio discurso, no notó su desesperación, ni la causa de esta, la cual iba hacia ellos.
El mensajero vio a su jefe, al presidente de la empresa de donde trabajaban, bajar con el sigilo y la lentitud de un asesino de una película de terror. Freddy quiso abrir la boca, pero con solo una mirada de su jefe, entendió que debía cerrarla. Armando Mendoza, aun sobre las escaleras, apoyó la espalda contra la pared y se cruzó se brazos. Se llevó el dedo índice a la boca, indicándole a Freddy, que debía guardar silencio.
Mientras, Carlos Méndez continuaba hablando, totalmente ajeno a lo que ocurría a sus espaldas.
—Hace mucho vengo observando a esa nenita —confesó, haciendo cierta entonación sobre esa última palabra, y Freddy notó la contracción en el ceño del presidente. Sus labios apretados, apenas evidenciaban la gravedad de lo que estaba escuchando, pero Freddy conocía esa mandíbula. Conocía esa quijada de hierro, la había visto cada vez que presenciaba el encuentro entre el presidente y su gran enemigo, Daniel Valencia. Conocía los intríngulis de esa familia y sabía que, con su futuro cuñado, Armando Mendoza estaba obligado a guardar las formas, aunque se moría de ganas por molerlo a puñetazos. Y a cuanto más hablaba su compañero de trabajo, más Freddy era capaz de ver los gestos que auguraban el desastre: los ojos marrones del presidente se hacían aún más oscuros, y aunque tenía los brazos cruzados sobre el pecho, los puños se contraían, latían, como si estuviese sosteniendo la correa de un bul terrier iracundo.
—¿Observar a quién?, ¿a la feíta? —preguntó, haciendo una risa nerviosa, tratando de ver si la broma desviaba la conversación. Pero solo la condimentó.
—¿Feíta? —se rio, sacudiendo la cabeza—. ¿Sabe cuál es el problema con usted? Que lo eclipsan las minifaldas, el maquillaje y el lápiz labial. Pero no saben distinguir un diamante en bruto —explicó, y Freddy no supo ya más qué decir, para cambiar el hilo de la conversación. Ni se animaba a mirar a su jefe, solo miraba la frente de su compañero—. Es tan tentadora así, toda tímida, sumisa y calladita… pero estos dedos, tocaron lo que esconde debajo de toda esa ropa y… ¡ay hermano! —confesó con deleite, restregándose las manos, como si estuviese describiendo el sabor de un plato que acababa de comer—. Freddy, usted no sabe lo que es apretar ese culito.
«Cállese, cállese, cállese». Armando Mendoza había reiniciado su sigiloso descenso, y Freddy agradeció no haber bebido demasiado líquido por la mañana, de lo contrario, no solo de sudor estaría mojada su ropa.
—Si ustedes no hubiesen interrumpido —se quejó, chistando irónicamente—. Ya hubiese probado esa boquita gruesa que tiene.
—Cómo peludita también, ¿no? —intentó una broma, por última vez, al ver la sombra de Armando Mendoza acercándose a él, como el lobo nocturno que acecha silencioso, a su próxima víctima.
«Padre nuestro, que estás en los cielos, ruega por nosotros pecadores…».
…
Su jefe le había recordado una y mil veces que las tareas de servir cafés y bebidas no estaban dentro de su descripción de puesto, pero, aun así, cuando Gutiérrez le pidió que llamara a Aura María para comprar bebidas y galletas, Beatriz se ofreció a hacerlo ella misma. Necesitaba respirar aire, aunque fuera uno húmedo y caluroso. Despejar la mente, intentar apartar esa sensación en su cuerpo, como el rastro pegajoso que deja una babosa, o el cosquilleo desagradable de una cucaracha subiendo por el cuerpo.
Necesitaba imperiosamente darse una ducha, y meter toda su ropa en la lavadora.
—¡Betty, venga que la ayudo a subir eso!
Aura María corrió hasta ella cuando la vio entrar con varias bolsas de gaseosas, jugos, y algún que otro comestible. Por el corte de luz había caminado varios metros, hasta encontrar un lugar que vendiera bebidas frías.
—Gracias Aura María —agradeció. Entre las dos, llevaron toda la mercadería, subiendo las escaleras, con la recepcionista echando una mirada de soslayo a su compañera, de tanto en tanto.
—Betty, amiga, usted no tiene buena cara…
Beatriz obligó a su pecho a hacer una risa, una que sonara, por lo menos, despreocupada.
—Aura María, ningún bogotano puede tener buena cara con este calor, y todos estos cortes de luz.
—¡Sabe que no me refiero a eso! —respondió—. Ese tipo intentó aprovecharse de usted, ¡no sea tan terca!
—Aura María —Beatriz bajó la voz. Estaban cerca de la sala de juntas, y desde allí llegaba el rumor de las conversaciones entre el vicepresidente y los inspectores. Habían dejado la puerta abierta, para que circulara un aire que no existía—. Eso fue una broma pesada del señor Méndez, una apuesta quizás. Créame, yo sé lo que le digo.
«Miguel», susurró una voz en su mente, y Beatriz se esforzó por ignorarla.
—¿Doctora Pinzón? —La cabeza de Gutiérrez asomó desde la sala de juntas, y Beatriz echó una última mirada de tranquilidad a su amiga, para unirse en la reunión. Allí continuaban los inspectores, con un gesto de impaciencia, que aumentaba el nerviosismo del vicepresidente—. Doctora Pinzón, ¿qué ocurrió con toda la documentación? Charles aún no ha subido nada, y no podemos permitirnos malgastar el valioso tiempo de los doctores.
—¿Cómo así…? ¿Intentó llamar al directo?
—Da ocupado Betty, —Inés Ramírez entró trayendo una bandeja plena de tazas, vasos y platos—. Parece como si la línea estuviera desconectada, mijita—explicó, quitando de las manos de ambas, las bolsas con la mercadería. Sin que nadie se lo pidiera, sirvió a los inspectores vasos con gaseosa y agua. Estos agradecieron con una sonrisa sincera: la presencia benévola y maternal de aquella señora, siempre ponía paños fríos a cualquier situación embarazosa—. Inés Ramírez, para servirles —se presentó, con una sonrisa en el rostro, y platos con galletas en las manos.
—¿Y por qué no lo llama a su radio? Carlos Méndez tiene uno —recordó Aura María, y Gutiérrez se apresuró a quitarse el suyo de la cintura, e irguiendo la espalda y en actitud de mando, llamó el nombre del empleado de Librería, en voz alta. Beatriz tragó saliva, sintiendo a su intestino retorcerse, de saber que tendría que volver a escuchar esa voz.
—¿A-aló? —respondieron de la otra línea.
Beatriz y Aura María intercambiaron miradas: era Freddy. Gutiérrez volvió a presionar el intercomunicador de la radio.
—¿Freddy, es usted? Estamos esperando que el señor Méndez suba toda la documentación requerida —preguntó, y soltó el botón.
—A-afirmativo, doctor —respondió Freddy, sin más. Gutiérrez suspiró cansinamente, y volvió a apretar la radio.
—Freddy, dígale al señor Méndez que lo necesitamos here, ¡right know! ¡quiero hablar con él! —exigió, y luego le dirigió una sonrisa a la rubia inspectora, a quien poco le importaba, entretenida como estaba charlando con Inés. El pitido del intercomunicador volvió a sonar, pero esta vez, no fue Freddy quien respondió.
—Gutiérrez, habla Armando Mendoza —La voz grave del jefe de todos, hizo eco en la sala de juntas. Beatriz dio un respingo, y se llevó las manos a la boca. Miró a Aura María con los ojos tan grandes, tan alarmados, que la recepcionista tuvo que bajar la cabeza, culposa, y clavar la atención en las puntas de sus zapatos—. Estamos dirimiendo algunas… —explicó, y se tomó unos segundos, antes de proseguir—. Algunas cuestiones importantes. Cuando acabemos, Méndez y Freddy subirán toda la documentación.
El tono del vicepresidente cambió por completo, al apretar nuevamente el comunicador.
—¡Claro que sí, Doctor Mendoza! Aquí estaremos esperando, ¡thank you very much! —finalizó, sin recibir ya ningún tipo de contestación.
—Yo, yo —tartamudeó Aura María, comenzando la huida— ¡Yo bajo a recepción! —informó, y a Inés le llamó la atención esas ansias de la muchacha por volver a su puesto. Generalmente, siempre buscaba alguna excusa válida para permanecer allí.
Mientras la atractiva inspectora continuaba hablando, plácida y entretenida, sobre colorimetría, zapatos y carteras, Inés alcanzó a ver, por encima del hombro de esta, a la más pequeña del cuartel. La más joven era Aura María, sin embargo, para ella, la inocencia, jovialidad y "falta de mundo", de la asistente de presidencia, la convertían en la más niña del grupo.
La vio arrastrar los pies, y prácticamente echarse en una de las sillas en la esquina. Su mirada inquieta, y la forma en que se mordía insistentemente el pulgar, le decían que la muchacha se encontraba en aprietos.
…
Como todo niño que creció en los setenta, Freddy había sido un fiel televidente del programa argentino de lucha libre, "Titanes en el ring". Su luchador preferido, como el de la mayoría, era Martin Karadajian, y siempre había lamentado que sus padres no hayan podido llevarlo a presenciar una de sus luchas, cuando hicieron la gira por Colombia. Jamás pensó que la vida le compensaría esa falta, en su propio trabajo, y de la mano de su mismísimo jefe.
Freddy se echó para atrás, cuando vio la montaña de traje negro llamada Armando Mendoza, saltar de los últimos peldaños, directo a su propio empleado. Carlos Méndez apenas alcanzó a reaccionar: un puñetazo le reubicó la quijada, y Freddy se arrojó a un lado a tiempo, antes que ese macizo cuerpo aterrizara encima de él. Sin llegar a entender qué estaba ocurriendo, Carlos Méndez fue levantado de la mesa donde había caído, y puesto de espaldas, vio el rostro de su jefe. Antes de siquiera alcanzar a horrorizarse, una trompada le hundió la mejilla, y su cabeza rebotó como una pelota contra la superficie.
—¡Doc-doctor! —llamó Freddy, intentando invocar a la cordura, pero Armando Mendoza parecía un perro rabioso con las fauces abiertas. No echaba espuma por la boca, pero sus dientes a la vista, y la saliva entre ellos, cumplían el cometido. Sin respiro, vio como su jefe volteaba esa masa de cuerpo fornida, como si no pesara nada, lo apresaba por los brazos, y le estampaba la cara contra la mesa. Freddy fue testigo directo de los ojos aterrorizados de su compañero de trabajo. El rostro ensangrentado, estaba aplastado contra una pila de documentación amarillenta.
—La-la documentación, los pa-papelitos, doctor —tartamudeó, pero fue como si no escuchara. No quería mirar: la cara de su presidente era la de un loco escapado de un psiquiátrico.
—Y cuénteme señor Méndez —arrastró las palabras, mostrando los dientes y escupiendo saliva—, ¿qué es lo que hubiese pasado si nadie los hubiese interrumpido, ah? —lo sacudió nuevamente, y la cabeza hizo un golpe seco al golpear contra la mesa. Freddy alcanzó a notar el rastro sanguinolento que comenzó a salir de la boca de Méndez—, ¿por qué no habla? ¿ah? ¡hable ahora! ¡quiero escucharlo!
—Doctor, doctor —Freddy sacudía los brazos, pidiendo una clemencia sin palabras—. ¡Póngale cuidado mi doctor, que, si sigue así, lo va a dejar hablando en ruso!
Armando levantó la cabeza para mirarlo, colérico, y Freddy dio un grito que sonó demasiado agudo para vergüenza de su propia hombría. Cuando estaba a punto de pedir piedad por él mismo, el sonido lluvioso de una radio lo interrumpió.
—Charles, ¿me copia? ¡Charles! —La voz de Gutiérrez vibró entre los hombres, poniendo fin al primer round— ¡Charles, responda immediately!
—Mi… —Aún con la boca casi enterrada entre los papeles, Carlos Méndez alcanzó a balbucear en un español enrevesado de saliva y poca respiración—. Ef fi gadio doctog.
—Es su radio, Doctor —tradujo el mensajero.
—Entendí idiota —respondió su jefe, y le hizo un gesto con la cabeza, para que lo agarrara de la cintura donde lo llevaba colgado. Freddy se apuró a quitárselo del cinturón, y aunque casi se le cae de las manos, le mostró orgulloso el aparato, como si festejara el haber logrado una gran hazaña.
—¿Y ahora qué, Don Armando?
—¡Conteste imbécil!
—¿A-aló? —No estaba acostumbrado a usar esos aparatos, y probó presionando uno de los botones al azar. Se sentía como en esas películas yanquis, donde el protagonista tiene que decidir entre cortar el cable rojo o el azul, para evitar que explote la bomba llamada Armando Mendoza. Con un suspiro de alivio, la respuesta llegó pronto.
—¿Freddy, es usted? Estamos esperando que el señor Méndez suba toda la documentación requerida.
Freddy miró a su jefe, esperando más instrucciones. Este no desistía de mantener al "pobre Méndez" (porque no pudo evitar sentir algo de compasión), arreciado contra la mesa llena de papeles, con los brazos maniatados por la simple fuerza del presidente.
—A-afirmativo, doctor —contestó, solo por no levantar suspicacias.
—Freddy, dígale al señor Méndez que lo necesitamos here, ¡right know! ¡quiero hablar con él!
El Doctor Mendoza le hizo un gesto con la cabeza, para que acercara el aparato a su boca.
—Gutiérrez, habla Armando Mendoza. Estamos dirimiendo algunas… —Bajó la cabeza para echar una mirada al ser que tenía apresado contra la mesa. Mucha de la documentación estaba arruinada por manchas de sangre. Fue reduciendo de a poco la fuerza ejercida. Sin embargo, Carlos Méndez no se animó a moverse—. Algunas cuestiones importantes. Cuando acabemos, Méndez y Freddy subirán toda la documentación.
Gutiérrez respondió, pero ninguno de los tres presentes, prestó atención. Armando se separó del agresor de su asistente. Este no se atrevió a moverse.
—Levántese —ordenó, y a pesar de tener la cara partida de dolor, el encargado de librería, hizo tal como se lo ordenaron. Se puso de pie frente a su jefe, pero sin atreverse a levantar el rostro del suelo—. Freddy, ¿tiene un pañuelo?
El susodicho rebuscó apresurado entre sus bolsillos. Un caballero bien vestido, de finos modales, aunque sin un peso en la cuenta bancaria, siempre contaba con un fino pañuelo para una bella dama. Lo malo fue que su jefe se lo quitó de las manos, y le dio un destino completamente diferente.
—Límpiese con esto —ordenó, arrojándole el pañuelo, que Carlos Méndez atrapó en el aire. Este se limpió como pudo—. Está despedido.
—¡No! —gritó, y cayó de rodillas, poniendo ambas manos sobre su frente—. Perdóneme doctor, no volverá a ocurrir, ¡lo juro! Tengo a mi esposa enferma, a mis hijos, ¡todos ellos dependen de mi sueldo!
Todo el personal de Ecomoda, sabían de la delicada situación familiar de ese hombre. Su jefe, quien había comenzado su retirada, volvió hacia él, y apoyó una rodilla en el suelo, poniéndose a su nivel. Lo tomó del mentón, sacudiendo despectivamente su cabeza, como un muñeco, de un lado a otro.
—Si por mi fuera, llamaría a mi asistente, para que lo vea así... —habló, riéndose, mientras le daba varias palmadas sin fuerza, sobre la mejilla sana—, para que lo recuerde así… insignificante y miserable.
Freddy no se atrevió siquiera a respirar en ese momento.
—Perdóneme doctor, perdóneme… —repitió, con una voz quebrada, que le decía que estaba a punto de llorar.
—No llore hombre —respondió, dándole palmadas en el hombro, y volviendo a ponerse en pie—. Su esposa y sus hijos no tienen la culpa de depender de una alimaña como usted. Freddy, ayúdelo a sentarse —El mensajero se apuró a agarrar a su compañero de los hombros, y a pesar de los nervios, la adrenalina hizo que tomarlo de las axilas y sentarlo en una de las sillas, fuera un esfuerzo de todos los días. El doctor Mendoza, se sentó en la silla justo frente a la de él—. Haremos lo siguiente.
«Ay caray, le falta acariciar un gato, y tenemos a nuestro Don Corleone colombiano», dialogó el mensajero, con su mente.
—Le daré tres meses para encontrar otro trabajo, tendrá todo el tiempo disponible para asistir a todas las entrevistas necesarias. Incluso, ¡yo mismo lo recomendaré con algunos contactos! —se rio, abriendo los brazos, como si estuviese comportándose como un gran dador. Había una demostración de poder, que Freddy sabía que su jefe sabía usar muy bien—. Pero usted va a tener que acatar ciertas cosas.
—Las que usted diga, Don Armando. Como usted ordene —respondió, mirando sus rodillas.
—No se acercará a Beatriz Pinzón Solano, ni aquí, ni en ninguna otra parte del mundo, jamás —empezó, y Carlos asintió con la cabeza repetidamente—. Usted no vuelve a dirigirle la palabra a Betty, no vuelve a mirarla, ¡siquiera! —resaltó—, siquiera vuelve a respirar cerca de ella.
—No, doctor, se lo juro que…
—No termine de hablar.
—Sí, discúlpeme doctor.
—Si se la cruza en la calle, se cambia a la acera de enfrente, y sí —entonó—, si existe la más remota posibilidad de que deba dirigirse a ella, lo hará conmigo presente, ¿entendió?
Carlos Méndez asintió varias veces, y ahora sí, Armando Mendoza se levantó de la silla, y retomó su camino. Mientras iba subiendo la escalera, ordenó:
—Freddy, ayúdalo a subir toda la documentación. Pero que Betty no lo vea.
—¡Cómo usted ordene, Don Armando!
…
"Mírate, pareces un joven de esos que aparecen en las noticias, un pandillero más. ¿Cuándo vas a aprender a resolver tus problemas, sin tener que recurrir a la violencia?"
Armando se miraba al espejo, mientras la voz aleccionadora de su padre daba vueltas alrededor de sus oídos. Regresaba a su cabeza con la misma severidad de antaño, con la misma vergüenza impregnada en su boca, en sus ojos, cada vez que su hijo adolescente volvía a decepcionarlo. Abrió la canilla y metió la cabeza directamente debajo del chorro de agua. Cerró los ojos, tratando de aplacar la ira que parecía estar a punto de saltarle del pecho, la que le decía que aún no había terminado el trabajo, que el sujeto que se había atrevido a manosear a Beatriz, aun respiraba en ese subsuelo.
"Freddy, usted no sabe lo que es apretar ese culito."
—Maldito hijo de puta —susurró. Sacó la cabeza del agua y cerró la canilla, secándose con una toalla que, afortunadamente, estaba limpia y seca. Mientras trataba de componer su aspecto, su mente insistía en reconstruir memorias de la adolescencia. De su padre en la rectoría del colegio, hablando con el director, pidiendo disculpas por el comportamiento del "inmaduro de mi hijo".
«Se llega a enterar de esta, y me quita la presidencia a patadas», pensó, peinándose con los dedos, mirándose al espejo, pero sin ver más allá de sus propios pensamientos. Le diría que ese accionar no es digno de un presidente de Ecomoda, que lo que correspondía era despedirlo con causa, y darle la posibilidad a la víctima de realizar la correspondiente denuncia. Que ya era un hombre adulto, que no podía comportarse así, en "su empresa". Armando no sabía que temía más: que su padre se enterara, o que Marcela lo hiciera. Su padre solo tenía que soportarlo algunas semanas al año, pero a Marcela…
Ya había pasado más de una década desde la última vez que se había dejado llevar así. No entendía lo que había ocurrido. Carlos Méndez hablaba, y a Armando llegaban las imágenes de Beatriz, su menudo cuerpo temblando de miedo, atrapada y manoseada por ese tipo… Cuando se dio cuenta, lo tenía apresado, pintando de sangre los papeles de la inspección.
Alguien tiró la cadena, y un empleado salió desde uno de los baños. Armando se irguió, tratando de recobrar la compostura.
—Buenos días, Doctor Mendoza —Lo saludaron, y Armando cabeceó sin contestar—. ¿Doctor, se siente bien?
Armando bajó la cabeza en dirección donde él estaba mirando: su mano derecha. Sus nudillos estaban morados, y su puño en general, manchado de sangre ajena. Abrió la canilla nuevamente y tomó el jabón, mientras sonreía para aligerar la situación.
—Intenté arreglar una pérdida de agua en la cocina —explicó, enjabonándose las manos—. Pero la fontanería no es lo mío —dijo, haciendo una risa nerviosa, al ver que su empleado no parecía tragarse el cuento—. Bueno Jorge, nos estamos viendo —saludó, secándose rápidamente, y saliendo de allí casi a las corridas.
«Al menos ni Bertha ni Sofía están hoy». Si Jorge le contaba a alguien de su mano ensangrentada, y alguien veía como le había dejado la cara a Carlos Méndez, esas dos chismosas no tardarían en recibir la información con sus receptáculos, sumar uno más uno, y extender la comidilla por toda Ecomoda.
Mientras se dirigía a Presidencia, el celular sonó en el bolsillo del pantalón: debía ser Marcela. Ignoró la llamada, tenía asuntos inmediatos que atender.
…
—Claro que sí Doctora, voy a dejar esto y vuelto enseguida —Inés salió de la sala de juntas revoleando los ojos, aliviada de haberse librado de la inspectora, quien no había dejado de asediarla a preguntas desde que le había contado que era la asistente de Hugo Lombardi. Con la excusa de hacer limpieza en la mesa, había levantado todos los trastos, y se había ido rampante de la sala, cargada con una bandeja repleta de tazas y vasos—. Virgen niña, ¡parlotea más que Don Hugo!
Caminando con cuidado hacia la cafetería, notó una figura oscura viniendo hacia ella. Su jefe, Don Armando, caminaba lentamente, mirando hacia el suelo y mesándose la barbilla. Inés lo conocía desde niño, y sabía que ese lenguaje corporal implicaba una palabra: preocupación. Él pasó a su lado, sin siquiera percatarse de su presencia.
—Buenos días, Don Armando —saludó, y lo vio detenerse de golpe. Su jefe volteó hacía ella, extrañado.
—Inesita, ¿qué hace acá? —preguntó, acercándose a ella. Tenía el mismo tono de voz que usaban todos los empleados de Ecomoda, cuando la aconsejaban retirarse y descansar—. Hugo no está, ¿por qué no está en su casa?
—En mi casa tampoco tengo electricidad Don Armando, además, creo que necesitan ayuda —explicó, moviendo la bandeja y sonriendo.
—¿Qué hace con eso? A ver, venga para acá —dijo, y sin esperar queja, le quitó la bandeja de las manos—. Esto es tarea de las muchachas de cafetería Inesita, no de usted.
—Es que las muchachas están dando una mano en Producción, Don Armando —explicó, siguiendo a su jefe, quien había enfilado para la cocina. Inés sabía que su jefe tenía muchos defectos: era neurótico, gritón, y poco dado a la paciencia, pero también, se preocupaba por sus empleados. Inés Ramírez no criticaría en voz alta a sus anteriores jefes, pero sabía que ni Don Roberto ni Doña Margarita, se habrían preocupado por las circunstancias incómodas de asistir a trabajar en tales condiciones.
Inés siguió en silencio a su jefe, y cuando pensó que él dejaría la bandeja y se retiraría, su jefe se quitó el saco, se subió las mangas de su camisa, y comenzó a lavar las tazas. Inés estaba a punto de decir algo, pero, a pesar de la poca luz, alcanzó a ver la mano derecha de él. Tenía los nudillos amoratados. Esa era una imagen muy normal, de cuando él era adolescente, al igual que el ceño fruncido que llevaba en la cara, mientras pasaba la esponja a los vasos.
—Don Armando —comenzó, y su jefe hizo un murmullo, de que estaba oyéndola—. Lo noto preocupado, ¿usted se encuentra bien?
Él hizo una sonrisa cansada y levantó una ceja. Cuando terminó de lavar todo, tomó un paño, se secó las manos, y se recostó contra el lavadero. Cruzado de brazos, suspiró.
—Inesita —empezó, dubitativo—. ¿qué sabe usted de Carlos Méndez?
Inés no pudo evitar que la cara se le transformara: torció la boca y sacudió la cabeza.
—Don Armando, usted sabe que a mí no me gustan los chismes…
—Inesita, cuénteme lo que sabe por favor.
Inés suspiró y se sentó a descansar en una de las sillas que había allí. Los años no venían solos.
—Usted se imagina como se almuerza en el Corrientazo, ¿verdad?, una bandeja paisa, condimentada con un poco de chisme —Su jefe se rio, e Inés le gustó poder sacarle una sonrisa. Desde que se había vuelto presidente de Ecomoda, casi no se le veían esos simpáticos hoyuelos—. Hace muchísimo ya que no escuchaba ese nombre en la boca de las muchachas, pero sí, escuché mucho de él Don Armando, y.… usted sabe cómo son los hombres.
Su jefe se alineó la camisa, y se sentó en la silla frente a la suya. Apoyó los codos en la estrecha mesa, mientras se masticaba el dedo meñique, ansioso.
—Explíquese más Inesita.
—Dicen que tiene una… —Inesita pensó en cómo usar la palabra correcta—. Una preferencia, por las muchachas temerosas, calladas, muy jovencitas. Que las busca, que las acosa, y quien sabe qué más. Dos niñas, una de planchado, y otra de corte, renunciaron a pesar de ser muy buenas en sus puestos. Y dicen que fue por culpa de este señor Méndez.
El Doctor Mendoza cerró el puño y golpeó la mesa, endureciendo la mandíbula y mirando hacia un costado, indignado.
—Maldita sea.
—Don Armando, no quiero ser entrometida, pero ¿cómo se enteró? —Inés tenía un presentimiento funesto acerca de todo esto, y no estaba segura de continuar indagando. Sin embargo, lo hizo—, ¿quién fue esta vez?
Su jefe la miró de reojo, con el puño magullado sobre su boca, como si no estuviese seguro de soltar la respuesta. Abrió los dedos y entrecruzó las manos.
—Betty.
—¡Ay, Jesús bendito! —Inés se persignó varias veces. De pronto, empezó a sentir con más persistencia el calor, y tuvo que servirse un vaso con agua. Le sirvió otro a su jefe, y ambos tomaron un trago largo. A Inés, la empezó a perseguir un acuciante dolor de cabeza, con sentimiento de culpa—. Doctor, yo les dije a las muchachas que dejaran de alimentar esos chismes. Que tiene una esposa muy enferma, que no podemos poner en riesgo su puesto de trabajo. Me negaba a pensar que fuera tan distinto a su padre, tan correcto, y respetuoso. ¡Es mi culpa doctor, es mi culpa!
—No, Inesita, no es así. Si hay alguien responsable, ese soy yo —Su jefe la tomó de una de las manos y le dio palmadas tranquilizadoras, hablándole con suavidad—. De cualquier manera, ese hombre no va a molestar más.
Inés bajó la mirada hacía su puño morado, y abrió la boca, entendiendo todo. Armando movió esa mano, y se encogió de hombros, como si no hubiese podido evitarlo.
—No se preocupe Don Armando —respondió ella—. No estoy a favor de la violencia, pero es que a algunos hombres… A veces no los detiene otra cosa. ¿Lo despidió?
—¡Ese es mi problema Inesita! —respondió, poniéndose de pie nuevamente—. No puedo despedirlo sabiendo la situación de su familia, de su esposa. Le di tres meses para buscar un nuevo trabajo, y le ordené que no se acercara a ella, ¿pero mientras tanto qué? ¿qué hago con Betty? Ella no va a estar tranquila, sabiendo que ese tipo anda dando vueltas por la empresa.
Inés recordó que, cuando Freddy comenzó a entrar con las cajas para la inspección, Beatriz se había puesto pálida, y se había tropezado con todo el mobiliario, al levantarse para prácticamente huir al hueco de su oficina. A pesar de no tener luz, la había escuchado cerrar la puerta. Ahora entendía por qué ella había estado restregándose las manos, mirando con ojos ansiosos la puerta de la sala de juntas. Esperando que apareciera, en cualquier momento, su abusador.
—Don Armando, creo que lo mejor sería, que usted le cuente todo a Betty.
—¿Qué? —Su jefe se pasó una malo por el pelo, despeinándolo y volviéndolo a peinar. Realmente, esa situación lo estaba sacándolo del eje—. No Inesita, Beatriz nunca me cuenta de las trastadas que le hace la peliteñida, a no ser que yo la obligue. La conozco, se va a morir de la vergüenza si se entera que sé todo.
—Doctor, hasta que ese hombre se marche de aquí, el único que puede darle tranquilidad y seguridad a Betty, es usted.
Su jefe la miró como si hubiese dicho algo nuevo. En realidad, no era ni nuevo: desde que esa muchacha había entrado a la empresa, toda su personalidad había crecido bajo la égida de ese buen hombre que le enseñaba y la protegía.
—Tiene razón Inesita —respondió, cruzándose de brazos y mascándose un dedo, pensando para sí, pero en voz alta—. Pobrecita, ahora entiendo porque parecía un zombi cuando me la cruce esta mañana. No puedo dejarla así…
Inés lo miró sin poder evitar una sonrisa afectuosa en su rostro. A Inés no le gustaba ni el chisme, ni las suposiciones, pero eso no implicaba que no observara: había relaciones de jefe y empleados, conflictivas y frías, o afectuosas y filiales, como la de ella misma con Hugo. Y había otras, de naturaleza incierta… Su jefe, luego de unos segundos de ensimismamiento, volvió en sí, pestañeando y retomando su postura regia y seria.
—Es una gran empleada —aseveró, retomando su formalidad—. Ecomoda no puede perderla.
—Claro que sí, Don Armando —Inés sonrió—. Claro que sí.
El celular de su jefe comenzó a sonar, y él pareció aliviado porque algo nuevo rompiera ese momento indescifrable. Lo atendió rápido:
—Marcela, mi amor, ¿cómo estás?
—¿Cómo crees? —La voz de Marcela aguantaba, claramente, una furia entre los dientes, aplacada por el sonido ambiental que Armando escuchaba desde el teléfono: plática cordial y música en vivo. Ella ya estaba en el evento, y él, su pasaporte, su entrada triunfal a ese mundo de gente selecta, no estaba allí—, ¿en dónde estás?
Armando rodó los ojos, y respondió.
—En la empresa, Marce. Debo resolver algunos temas importantes —se defendió, utilizando el tono de voz que usaba cuando su prometida estaba en sus peores humores.
—No me vengas con excusas Armando Mendoza, yo misma acabo de hablar con producción, y me dijeron que todo "marcha sobre ruedas", ¿con quién estás?
Armando quedó boquiabierto: no terminaba de acostumbrarse a las capacidades inquisitivas de ella. Mantuvo la compostura, solo por respeto a la señora mayor que se sentaba con él. Sin apartar la boca del teléfono, le preguntó:
—Inesita, ¿podría saludar a mi novia, para despejarla de toda duda?
—Buenos días doña Marcela —saludó ella, cuando le acercaron el teléfono—. Espero que se encuentre muy bien, señora.
Armando volvió el teléfono a él. Volvió a sentarse, para recuperar la serenidad, pero movía el pie incesantemente.
—¿Más tranquila?
—¡No! No hasta que estes aquí.
—Marcela, tengo temas importantes por resolver.
—¿Qué es eso tan importante? —La voz de Marcela era audible para cualquiera. Armando vio a Inés levantarse, y retirarse sigilosamente— ¿Qué es más importante que estar aquí conmigo? ¿con tu prometida?
La imagen de una menuda mujer, desalineada, poco agraciada, y con la mirada perdida, vino a su mente.
…
El ventiluz de su oficina daba al estacionamiento de la empresa, en la zona de carga y descarga de mercadería, por lo que la luz natural no era algo despreciable en días soleados. Aunque era pequeño, y todavía persistía cierto olor a humedad, Beatriz se sentía segura en ese diminuto recinto que era su oficina. Prendió una vela que siempre guardaba en el escritorio, y con su luz, sintió que la calma volvía a su cuerpo. Estuvo tentada de ponerle seguro a la puerta, pero eso ya le parecía una medida demasiado exagerada.
Sin poder trabajar con su computador, no le restaba más tarea que poner en orden el archivo y toda la documentación retrasada. Beatriz se apoyó contra su escritorio, mirando hacia la estantería adosada a la pared. Ya había pasado la hora de almuerzo y ella no había podido comer nada aún. Por reflejo, apoyó su mano en el vientre.
"¿Puedo ver lo que hay aquí debajo, ah?"
—Beatriz, ¡no más! —se reprendió a sí misma. Aunque intentaba apartar el recuerdo, olvidarlo, su olor a sudor, lo escalofriante de su voz, se imprimía en ella. Y se hacía aún peor, sabiendo que él estaba allí, a apenas unos metros de distancia, subiendo y bajando toda la documentación. Pudiendo entrar, en cualquier momento.
Escuchó un sonido, ¿unas pisadas? Con un clic, el pestillo de la puerta se abrió, y Beatriz saltó de su escritorio, tirando lapiceros y calculadoras al suelo. Volteó, con el corazón en la garganta, los ojos abiertos, y la mano aferrada a una tijera, dispuesta a defenderse de la figura recortada en la penumbra.
…
Notas del autor:
Y finalmente terminarán siendo tres partes, o más. Quien sabe.
Lamento la demora en subir una actualización, pero bueno, ya saben, es la vida y el nulo tiempo libre que nos queda.
Muchas gracias por leer, espero que les haya gustado. Me encantaría leer sus comentarios, ¡hasta el próximo capítulo!
