Disclaimer: El Origen de los Guardianes no me pertenece y esta historia está hecha sin ningún fin de lucro.

N/A: Muchas gracias por todos los que comentan, siguen y/o dan a favoritos a esta historia. Espero disfruten este capítulo.


"La caja de Pandora"

Capítulo 3: Bajo la piel humana

Era tal su estupor que fue incapaz de reaccionar durante todo el trayecto hasta el dichoso laboratorio. Apenas la puerta se abrió, tuvo que cerrar los ojos con fuerza; la luz era incandescente y él había pasado demasiado tiempo en las sombras. A sus oídos llegaron las voces de personas extrañas y el ruido de metal chocando contra metal, desatando su gran imaginación la cual lo llevó hasta los peores escenarios extraídos de las más horrendas películas de terror que había visto. Ahora, en retrospectiva, se arrepentía de haber sido en su momento un fanático del género de horror. Había alimentado mucho a su mente de manera retorcida y ahora le estaba jugando una mala pasada.

— ¿Dónde lo dejamos?

— Allá por favor. Ajusten bien las correas —Jack abrió los ojos espantados ante tal afirmación.

— ¡¿CORREAS?!

Muy tarde. Además de ahora ver un montón de puntos de colores sobre imágenes borrosas, se vio de espaldas contra una pared donde los hombres se apresuraron a atarle las muñecas y los tobillos con unas gruesas correas de cuero que le impedían moverse. Por supuesto, estaba dispuesto a probar aquella teoría. Comenzó a moverse de manera frenética y más pronto de lo esperado sus poderes se desataron. Una tormenta de nieve a escala azotó al lugar y sus manos comenzaron a echar hielo en forma de estaca de una manera explosiva e inesperada para el mismo adolescente. No obstante, todos sus esfuerzos resultaron fútiles. Cuando su vista comenzó a volverse nítida, notó que los hombres que lo habían aprisionado ya no se encontraban junto a él y que una serie de nuevas personas en bata y con cara de doctores (o científicos) lo observaban con ojos agudos detrás de la seguridad de un cristal que, al parecer, era lo suficientemente grueso e indestructible como para no verse afectado ni por las estacas de hielo ni por la fiera tormenta.

— Inicio de las pruebas, espécimen número siete —oyó la voz por altoparlante de alguno de los de bata. Eso sólo logró embravecer más su ya alterado ánimo.

— ¡SÁQUENME DE AQUÍ! —gritó, sabiendo que era inútil—. ¡QUÉ QUIEREN DE MÍ! ¡SUÉLTENME! ¡AUXILIOOOO!

La tormenta comenzó a descontrolarse, incluso bajo los parámetros de Jack. Los científicos, previendo la explosión de poder del adolescente, se dedicaron a analizar los resultados que arrojaban sus modernas máquinas, maravillándose por lo que leían. El poder de Jack parecía crecer exponencialmente y no tenía pinta de detenerse pronto. Empero, por mucho que quisieran llevar al chico a su límite, ver qué tanto poder podía albergar un cuerpo tan joven, debían detenerse. Podían tener equipo de última generación, pero lo que habían dispuesto en aquel momento era meramente por un tema de seguridad. El equipamiento para llevar al límite del frío a Jack no era ese y si el muchacho lograba llegar a valores cercanos al cero absoluto, no podrían contenerlo y perderían millones en equipo y en tiempo.

Una científica, una de las más jóvenes, se acercó hasta el micrófono que se conectaba con el altoparlante de la cámara de Jack y le habló con voz calmada intentando tranquilizar al atormentado muchacho.

— Jack, cariño, tranquilo —le hablaba—. Esto es por tu bien. Necesitamos hacerte estos análisis para evitar que suceda lo que ahora mismo está sucediendo —pero sus palabras, falsas palabras de consuelo, caían en oídos sordos. Una pequeña sonrisa afloró de sus labios y decidió usar su carta de triunfo—. Jack, si no hacemos esto, tu familia podría salir perjudicada por el descontrol de tus poderes. ¿Acaso quieres que Pippa sufra por tu culpa?

El efecto fue instantáneo. La fiera tormenta comenzó a mermar y Jack, quien no había dejado de intentar liberarse, quedó completamente inmóvil con una mirada que reflejaba tanto sorpresa como miedo. Definitivamente había sido una jugada sucia, pero él no estaba en condiciones de darse cuenta. No cuando involucraban a su hermanita y su seguridad.

— Pippa… —susurró.

— Sí, Jack. Nosotros sólo hicimos lo mejor para ella y para tus padres. ¿Qué crees que hubiera sucedido si tú permanecías libre, jugando con tus poderes como lo hacías hasta ahora? Podrías haber matado a alguien por accidente y ninguno de los dos quiere eso, ¿o sí? —cualquiera hubiera podido notar la cobardía de su persona al utilizar tales tretas, pero Jack estaba hecho un lío emocional y mental que lo incapacitaba de pensar como era debido.

Mientras la mujer intercambiaba palabras con Jack, los otros aprovechaban el descuido del adolescente para preparar debidamente la cámara y, sin que él se hubiera dado cuenta, la tormenta había muerto completamente y la temperatura de la cámara estaba ascendiendo lenta, pero continuamente. No fue hasta que el sudor comenzó a resbalar por sus poros que Jack cayó en cuenta de lo que estaba sucediendo. Lamentablemente, ya era demasiado tarde y el calor comenzó a hacer mella en su constantemente frío cuerpo. Intentó forcejear como antes, pero sus brazos no respondían con el mismo ahínco y sentía sus piernas temblar como gelatina.

— Veinte grados Celsius y ascendiendo a cinco grados por minuto —informó uno de los científicos, viendo con atención el termómetro digital que registraba la temperatura de la cámara.

— Bien. Cuando lleguen a treinta y cinco renueven reporte —ordenó quien parecía estar a cargo del personal en bata. Asintieron silenciosamente y continuaron sus observaciones.

Bajo la atenta mirada de los científicos, Jack aún intentaba inútilmente por liberarse. El sudor rápidamente se iba haciendo más notorio sobre su blanca piel y los temblores se volvían más pronunciados a medida que los segundos pasaban. Sentía la garganta seca y la nariz caliente, volviéndosele complicado el simple hecho de respirar. Mientras jadeaba como perro en verano, sus ojos –los cuales luchaban por no cerrarse ante la debilidad de sus párpados– intentaban enfocar con más claridad la imagen de aquellos inmundos seres que lo mantenían captivo bajo aquel sol artificial y les enviaba miradas de odio que los susodichos ignoraban.

¿Qué había hecho para merecer eso? ¿Por qué él? No recordaba ser excepcional en nada además de causar desorden. Sí, quizás no era ni el alumno, ni el hijo, ni el hermano ejemplar, pero no merecía un castigo de tamaña magnitud, ¿no? Él era alguien normal… dentro de lo posible, pues su accidente de hace un año lo había cambiado, ¡pero nada grave! Nada para tenerlo encerrado allí como si fuera una rata de laboratorio. ¿Qué tenía de especial? Sí, su cuerpo se mantenía a una temperatura que para todos sería hipotermia; sí, la nieve solía salir de sus dedos; sí, podía montar al viento y planear por los aires…

Ahora que lo pensaba, ¿cómo se le ocurrió pensar que era normal?

¡Pero no es mi culpa! ¡Yo no pedí esto!

— Treinta grados.

El encargado se acercó hasta un teléfono y apenas levantando el auricular, sin discar ningún número, comenzó a hablar.

— Traigan al número dos —y colgó el teléfono.

Jack se sentía en un estado febril. Sentía que se derretía y temía que fuera de una manera muy literal. Ni siquiera cuando era "normal" había tenido que soportar calores tan sofocantes como al que lo sometían ahora. Su ciudad, Burgess, solía reconocerse por tener inviernos un poco más largos que los demás y, en verano, no ser abrumadoramente calurosos como otras ciudades estadounidenses. Para él, humano o fenómeno, este calor era anormal y su cuerpo no estaba preparado para soportarlo; mucho menos ahora.

Me estoy derritiendo… me voy a derretir…

Escuchó una puerta abrirse y algo parecido a cadenas arrastrándose en el suelo. Levantó débilmente la mirada y reconoció con sorpresa al pequeño hombre dorado que había visto anteriormente siendo guiado hasta una cámara contigua a la suya propia. Pudo distinguir una expresión triste que, por algún motivo, le pareció inapropiada para el rostro de aquel hombrecito y notó las cadenas que aprisionaban sus piernas y brazos. Llevaba una especie de collar negro puesto en el cuello, pero el calor le impedía pensar en qué podría ser aquello.

— Dos. Tus órdenes son simples —dijo el militar que había traído a Sandy—. Evita que Siete se quede dormido todo lo que puedas. Si no obedeces, ya sabes las consecuencias.

Jack, en su debilidad, intento entender el diálogo, pero era demasiado difícil. Estaba demasiado cansado, demasiado acalorado… le habían robado todas sus fuerzas.

— Atención, número siete —la voz en el altoparlante lo exaltó y volteó el rostro hacia el frente, buscando a quien le hablaba. Era aquel científico que ostentaba, al parecer, el título de jefe en ese laboratorio—. ¿Sabes por qué estás aquí?

Jack no se sentía con fuerzas para responder, pero el otro no le dio oportunidad para descansar—. ¡Responde, número siete! —el grito resonó en sus oídos y apretó los dientes por el dolor de cabeza que emergió.

— No… —musitó apenas con voz. Al abrir la boca para responder pudo saborear su propio sudor; no era salado como antes.

— ¡Por supuesto que no! ¡Eres un niño irresponsable e insolente! ¿Cómo podrías saberlo? —un breve silencio y una llamada telefónica que Jack no captó antes que la voz volviera a hablarle—. Sin embargo, sabes que no eres normal. ¿Quieres que te diga que eres especial? ¿Lo quieres, cierto?

Jack no respondió. Sentía el enojo y el odio hacia aquella persona subir por su garganta, nublándole la mente con pensamientos negativos que involucraban cerrarle el hocico a patadas a cierto individuo de bata. El susodicho pudo percibir claramente las intenciones asesinas del adolescente, pero simplemente rió con sorna ante su reacción. Eso sólo alimentó la ira de Jack.

— Especial… ¡Já! Especiales son los niños superdotados que pueden hacer un bien al mundo. Tú… tú no eres especial —decía con burla, con una hiriente ironía hacia el decadente chico—. Tú eres un fenómeno que sólo sabe causar desastres por donde va, congelando todo lo que toca. Pero no te preocupes, has caído en buenas manos —de estar en condiciones, Jack se hubiera reído en su cara por el sarcasmo. ¿Buenas manos? Claro, tan buenas que lo meten a un horno cuando tenían más que claro que no le causarían ningún bien.

Lamentablemente, su estado estaba empeorando. No pudo oír cuando uno de los del laboratorio indicó los cuarenta grados, pero él sentía la cabeza darle vueltas y la consciencia luchar por permanecer. Sus jadeos iban volviéndose más lentos y le costaba enfocar la mirada, pero aún así pudo oír claramente nuevas cadenas chocando contra el suelo y con toda la fuerza que pudo juntar alzó la cabeza y observó a los recién llegados. Eran Toothiana, Aster y North, todos encadenados y observándolo con una expresión muy parecida a la indignación y al llanto. No pudo leer sus labios, pero notó claramente la expresión de congoja de la mujer y algo parecido a un improperio de los labios del más alto al tiempo que los llevaban a la misma habitación donde estaba Sandy encadenado.

Un sonido parecido a un ¡pip! y la pared donde estaba Jack giró en noventa grados, dejándolo en la posición precisa para que, en lugar de ver el cristal tras el que se protegían los científicos, viera le cristal que los separaba a él de los otros cuatro. Estaba demasiado débil como para hablar, pero aún entre su vista nublada podía contemplar sus rostros y la tensión de sus cuerpos.

— Para tu fortuna, Jack —había una nota de repulsión al momento en que pronunció su nombre—, no estás solo. Verás, estos de acá son tan fenómenos como tú y podrás aprender mucho de ellos en lo que te mantengamos en observación. ¡Mira las asombrosas capacidades de cada uno! ¡Son tan únicos, tan útiles!

Parecía ser la entrada para algo más, pero ninguno de los cuatro hizo movimiento alguno. Ninguno observaba a Jack ni a los científicos, pero quien supervisaba no estaba para juegos. Chasqueó la lengua, harto del comportamiento "infantil" de sus queridísimos especímenes, y tomó con rudeza un control que yacía sobre un monitor y pulsó el botón con rabia. Jack vio, horrorizado dentro de lo que su debilitado estado le permitía, los resultados de aquella simple acción. Los cuerpos de Aster, Toothiana y North comenzaron a convulsionar mientras éstos intentaban inútilmente llevar sus manos hacia el collar electrizado y Sandy, aunque tenía un ataque menos violento, realizaba la misma acción guiando sus pequeñas manos hasta el collar del cual emergían unos puntos negros que, de estar en todas sus facultades mentales, Jack hubiera reconocido como arena.

La tortura no duró siquiera un minuto, pero fue lo suficiente como para dejarlos sin aliento. Cayeron de rodillas, todos juntos por las cadenas que los unían, jadeando y aspirando grandes bocanadas de aire mientras sus cuerpos temblaban por el dolor sufrido. Jack no podía hacer nada; él mismo estaba quizás peor que ellos en ese preciso momento.

— Segunda oportunidad. Número dos y cinco, comiencen ustedes —ordenó con voz fría y calculadora.

Aún sin recuperarse por completo, doblegados por la autoridad del científico y sus mortíferas armas, los cuatro se pusieron de pie con debilidad y observaron con ojos lastimeros a Jack. No querían que eso lo viera de aquella manera, pero si querían ayudar al albino debían estar lo más sanos posibles.

Sandy estiró un brazo, permitiendo que de él se desprendieron pequeños granos de arena dorada que flotó en el aire, acumulándose y formando una mariposa de arena que comenzó a volar grácilmente a su alrededor. Rápidamente, antes que una nueva descarga cayera dolorosamente sobre sus cuerpos, guió a la mariposa hacia las grandes y callosas manos de North, quien con un simple toque de su dedo convirtió a la mariposa de arena en una mariposa de cristal. La atrapó con su palma izquierda antes que volviera a emprender vuelo hacia Jack, chocando contra el vidrio que los separaba y se rompiera en miles de pedazos.

Hubo un silencio. Ni Toothiana ni Aster hacían nada.

— ¡Cuatro, Seis! —gritó con exasperación el hombre, pero ellos no hacían nada.

Una nueva descarga de electricidad hacia sus cuerpos volvió a llevarlos al suelo, Aster apenas teniendo la fuerza para evitar que Toothiana cayera de bruces al piso. La atajó con uno de sus brazos, apretando los dientes para no gemir de dolor, y la ayudó a levantarse. Ya de pie, Toothiana permitió que unas pocas lágrimas cayeran de sus ojos.

— Tooth, tenemos que —le susurró Aster.

— ¡No! —exclamó ella, llevándose las manos al collar—. Jack no lo soportará. Es demasiado para él, para cualquiera. ¡Lo vamos a aterrar!

— En algún momento tenía que verlo —intentó ayudar North, pero la mujer negaba con la cabeza frenéticamente.

— ¡No así!

El científico, harto de los lloriqueos de la asiática, decidió cambiar de estrategia.

— Suban la temperatura otros cinco grados —dijo lo suficientemente fuerte como para que todos los prisioneros lo oyeran. Sandy jadeó insonoramente, llevándose ambas manos a la boca y volteó a ver a Jack, quien parecía tan aterrado como ellos, pero sin tener fuerzas como para demostrarlo más allá de sus ojos. North y Aster parecían fúricos, pero también asustados por el bienestar del adolescente.

Toothiana no pudo más.

— ¡NO! —exclamó con desesperación—. ¡NO POR FAVOR! ¡LO HARÉ! ¡SÓLO…! Sólo no dañen más a Jack —pidió en un sollozo, no pudiendo soportar ver la imagen actual de Jack. Parecía un helado derritiéndose bajo el sol, apenas consciente, luchando por mantenerse fuerte. ¡Un niño como él no debía estar en su situación! ¡Mejor ella que él!

Satisfecho, el hombre alzó una mano para detener las acciones del encargado del termostato de la cámara.

Jack, concentrado todas sus fuerzas en ver a Toothiana, pudo leer un mudo perdón en sus ojos y entonces, algo que lo dejó mudo del shock ocurrió.

Si no fuera por la insistencia de ella por no dejar que esto ocurriera y el perdón que sus ojos le gritaban, Jack hubiera pensado que aquello era producto de la fatiga que, a causa del calor, lo llevaban a alucinar. De hecho, intentó pensar así, pero su mente nublada y débil le gritaba que era la verdad por mucho que él no quisiera. Y siendo incapaz de desviar la vista, contempló como del cuerpo de aquella pequeña bailarina de facciones exóticas comenzaron a emerger plumas de variados colores y desde la espalda, la piel se rompía para dar paso a un par de alas que comenzaron a revolotear a gran velocidad, elevándola un par de centímetros del suelo. Su rostro perdió algo del color bronce, volviéndose más pálido, y fue enmarcado por las plumas que reemplazaron a su cabello, resaltando una de ellas que estaba justo sobre su frente, dorada y suave a la vista.

Jack sintió que el mundo daba vueltas y, si eso no hubiera sido suficiente para atormentar a su confundida mente, al intentar desviar la mirada de aquel bizarro espectáculo, sus ojos se toparon con uno similar. Sin embargo, no eran plumas las que emergían de los poros de Aster, sino un pelo gris como su cabello que cubría cada parte de su cuerpo, envolviéndolo en un pelaje grisáceo que aún conservaba los tatuajes que había visto antes. Lo más impactante fue definitivamente el ver cómo unas largas orejas de conejo emergían de su cabeza y allí, de pie, había literalmente un conejo gigante (tanto que podía pasar por canguro) que le esquivaba la mirada tristemente.

— Jack… —oyó a la lejanía la voz de Toothiana—. ¡JACK!

Y la voz de Toothiana comenzaba a transfigurarse en la de Pippa mientras Jack se hiperventilaba, sintiéndose agitado y, para qué mentir, aterrado por aquellos fenómenos que habían abandonado su forma humana para ser humanoides animales. Iba cayendo en la inconsciencia, siendo abrazado por la oscuridad de ésta que se le antojaba menos aterradora que la realidad, oyendo cómo gritaban su nombre a la lejanía mientras él se dejaba absorber por el terror de la noche que, a esas alturas, era su única amiga.

Continuará~