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Shadows from the Hell
Si yo no estoy en casa, lo demás puede pudrirse, esa es la filosofía de Gerard. Todo huele asqueroso, como si alguien hubiese muerto aquí. Arrugo la nariz, pero sé que la pestilencia no desaparecerá con esta acción.
Y claro, como era de esperar, encuentro al tipo tirado en el sofá, sin camisa y con su obesidad al descubierto. Sostiene una botella de alcohol con fuerza, aferrándose a ella.
Como me encantaría poder sacarlo a golpes de aquí.
No me quedó más opción que venir después de mi situación con el drogadicto y Veneno. Un muchacho de lo más extraño, por supuesto, pero no le doy vueltas al asunto, tengo cosas más importantes en las cuales pensar, como en cocinar, intentar arreglar mi uniforme y prepararme para ir al trabajo antes de que el maldito flojo despierte.
Dejo mi mochila en la vieja cama que me corresponde. Todo este espacio cerrado que detesto llamar hogar es un desastre. La pintura está descarapelada, la madera cruje y el piso suele estar sucio la mayor parte del tiempo, aunque me esfuerzo en limpiarlo cuantas veces puedo. Incluso parece que el techo se caerá en cualquier momento, como si no fuera suficiente. Sólo espero que cuando eso suceda, sea en la cabeza de Gerard.
La verdadera razón por la que llevé otra ropa al colegio fue porque él apagó su cigarrillo en mi falda y vomitó encima de la blusa. ¿Cómo se suponía que reparara eso? No tengo dinero para comprar otro uniforme, además los profesores son demasiado cerrados en sí mismos como para comprender mis motivos.
A veces creo que mi vida es un asco, y probablemente sea así. Muy a pesar de todo, nunca he llegado a considerar el suicidarme, o si quiera cortarme, debo ser fuerte por mi madre, ya lo he dejado claro. Trabaja horas y horas, se mata por darle de comer al cabrón, cuando ni siquiera la aprecia cómo lo merece, porque es una mujer maravillosa, aunque tengo sentimientos contradictorios hacia ella. Pero vamos, joder, su esposo murió un mes después de que se casaron ¡dieciséis años y con una niña que alimentar! Se cegó por las falsas promesas de este imbécil y ahora paga las consecuencias.
He ido a la policía para reportar lo que sucede en mi casa, los golpes y maltratos, pero me ignoran. Mi mamá lo niega y Gerard también, es obvio.
El refrigerador está casi vacío, apenas puedo cocinar algo con lo poco que queda dentro. Unos simple sándwiches que me encargo de dejar dentro, para que no se pongan malos.
Es bastante para una persona tan asquerosa.
—¿Qué hiciste? —Me pregunta, desde el umbral de la puerta. Pego un brinco de sorpresa, pero ni siquiera me vuelvo para mirarlo.
—Algo que más te vale comer.
—Quiero carne. —Ordena. Siento el increíble impulso de abrirle la garganta con el cuchillo que tengo entre mis manos. Me muerdo el labio con fuerza, para distraerme.
—No hay.
—Pues consigue.
—¿Por qué no lo haces tú? Existe el trabajo, una actividad hecha para las personas que no dependen de otras. Pero ahora que lo recuerdo, estamos hablando de ti, un hombre que ni siquiera es capaz de lavar su ropa interior, no debería juzgarte tan duro…
—¡Cállate, maldita! —Me grita. Está rojo de la rabia, ardiendo de furia, parece que de un momento a otro se lanzará hacia mí para arañar mi rostro y dejarme irreconocible.
Cristo, no tengo cinco años. Puedo defenderme sola, ya lo he hecho antes, así que necesitará usar algo más que unos simples golpes para llegar a asustarme.
—Sólo estoy diciendo la verdad, Gerard.
—Gata endemoniada. ¿Con qué ya no me soportas, eh? —Dice, acercándoseme peligrosamente—. Bueno, eso debieron pensarlo tú y la zorra de tu madre antes de meterse conmigo.
—No me pondré a discutir eso con alguien irracional y estúpido, cuando sabemos que fuiste tú quién utilizó artimañas para convencerla de darte asilo, o si no te quedarías en la calle, ahogándote con tu propio vomito y…
No me deja terminar la frase, me da una bofetada que me voltea el rostro, seguida de otras más que dejan mis mejillas doliendo.
Pero no soportaré otro golpe.
—Ya es suficiente. —Murmuro, sacando el cuchillo y poniéndolo sobre su cuello. La filosa y helada superficie sobre su piel hace que un escalofrío se le escape. Sonrío al verlo, indefenso—. ¿Crees que puedes hacer de mí lo que te plazca? Estás completamente equivocado, yo no soy un juguete para romper. Tócanos un cabello, a mí o a Lizette y juro que será lo último que hagas. ¿Entiendes?
Asiente con la cabeza. Aún con el cuchillo en mano, tomo mis cosas y salgo de la casa, dando un portazo.
No soy valiente en lo absoluto, pero al menos sé defenderme de idiotas como él.
—Oh, Candy. Tu cara ha quedado roja —me dice la Señorita Pony, mi jefa en el restaurante donde trabajo. Es una mujer regordeta y con un corazón enorme. Yo jamás tendría la paciencia que posee, o aquella capacidad para perdonar a cuanto la manipula.
—Estoy bien.
—Sabes que no, cariño. Te arde, pero pronto se mejorará. Deberías ir a descansar. Annie podría suplantarte —me ofrece, sonriendo.
—No puedo. De verdad que me encuentro perfectamente, no necesitas tomarte estas molestias.
Me levanto de la silla, sosteniendo una bolsa de hielo contra mi mejilla. Me gusta estar dentro de la cocina, es mejor que cualquier otra cosa.
Los clientes llegan a borbotones y pronto acabará el turno del cocinero. Tengo que tomar mi lugar para evitar un puto desastre.
—Mira, hoy tú serás mesera. Atiende a las personas, toma su orden y te vas rápido de aquí. Todavía tienes que ir al bar. —Comenta, tristemente. Ella siempre está al día con mi vida, es la única persona en la que confío.
—¿Estás bien con eso?
—Claro, traviesa. —Me empuja suavemente.
La tarde pasa de manera extraña, casi como un pestañeo. No me doy cuenta de lo que sucede, soy consciente de la gente haciendo pedidos y yo llevándoselos a Annie para que prepare la comida.
Con maestría cargo incluso un plato en mi cabeza y dos en las palmas de mis manos, sin que se me caigan. Ese es un reto interesante que gracias al cielo he logrado cumplir.
Me limpio el sudor de la frente cuando la mayoría de los comensales se han ido.
A pesar de todo, estoy cansada y he recibido fuertes impresiones en menos de veinticuatro horas.
—Oh, llegó alguien más. —Annie suelta un exagerado suspiro, regresando a la cocina.
Cojo la pequeña libretita y la lapicera. Con paso decidido me acerco hasta él e intento poner la voz más amable y fingida que puedo hacer.
—Buenas tardes, señor. Bienvenido a El pozo sin fondo. ¿Qué desea comer?
La risa que escucho me parece impersonal dado lo que estoy haciendo. Pero al mismo tiempo me resulta vagamente familiar.
Cuando reacciono, caigo en la cuenta de quién es.
—¡Tú! —Grito. De seguro la Señorita Pony se estará dando contra una pared por la estupidez que estoy cometiendo. Mierda, ¿a qué empleada se le ocurre hablarle así a alguien que consumirá lo que vendemos?
—Soy yo, pecosa—sonríe, mostrándome su sonrisa destellante. Arqueo una ceja. Se ve demasiado atractivo, con el cabello despeinado, los ojos brillantes y su lengua delineando el labio inferior. ¡Fabuloso! Me alegra ser inmune a los galanes que padecen Síndrome de la idiotez crónica— de nuevo. ¿No te alegra verme?
—Diría que sí, pero no acostumbro a mentir.
—Yo tampoco, por eso créeme cuando digo que con ese uniforme luces más sexy de lo que eres.
Aunque parece algo imposible, consigo controlar el sonrojo que amenazaba con llegar. De que me preocupo, estoy bastante colorada de por sí con las bofetadas de Gerard.
—Como sea, ¿Qué quieres?
—Te quiero a ti.
Abro la boca, indignada, pero ningún sonido sale de ahí. ¿Qué está diciendo este hijo de puta? No, mejor aún, ¿quién se cree?
Resisto el impulso de caerle a patadas, aunque le estoy eternamente agradecida por haberme salvado del drogado.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco. —Dice. Luego de pensárselo unos segundos más, agrega en un tono confidencial—: Ven conmigo.
—¿Adónde?
—Con Shadows from the Hell
? ゚フᄌ?
Hola, aquí me reporto con un nuevo capítulo. Ya saben, si les gusta, dejen un hermoso review.
-Fati
