3

La mansión de Grandchester

—Buenos días, Candy.

Pongo los ojos en blanco en cuanto escucho la maldita voz. Durante la noche me deshice de él, argumentando llamar a la policía si no me dejaba en paz.

Ahora, antes de poner si quiera un pie dentro del colegio, lo encuentro recargado contra la puerta de su reluciente automóvil negro. No me molesto en intentar averiguar el modelo, porque simplemente me es indiferente.

Sonríe con facilidad, como burlándose de mi expresión estupefacta.

—¿¡Qué diantres estás haciendo aquí?! —Le grito. La mayoría de mis compañeros se detienen a mirar el espectáculo. Candice, la deprimida, está platicando/discutiendo con un chico guapísimo por quien todas babean.

—Sólo quería verte, pecosa. Mi princesa favorita.

—No digas estupideces, ahora mismo tengo clase y no estoy de humor.

Examina mi cuerpo sin temor cuando se acerca lentamente. Debo admitir que me siento algo avergonzada, mi aspecto no es el mejor y la ropa que llevo puesta es un asco real. Patty, una compañera del trabajo en el bar me ha prestado un uniforme que le pertenecía a su hermana menor, pero me queda grande y está deslavado, en malas condiciones. Aún así aprecio este gesto, es mejor que nada.

—Estoy hablando enserio. Anoche me dejaste con ganas de… —sonríe de manera pícara, como lo más normal del mundo— conocerte a fondo.

—Pues te quedarás con la duda de cómo soy, porque no pienso trabar amistad contigo.

—Vamos, deja de hacerte la difícil. ¿No quieres ir a dar una vuelta por ahí? —Me pregunta.

—No. A diferencia de ti, sí me importa la escuela y no faltar con ella, así que gracias por el inteligente ofrecimiento, pero no es necesario.

—Ahora estoy de vacaciones en la universidad, tengo todo el día libre y pensé que podríamos pasarlo juntos.

—Pues no podemos —replico, cansada. Esta conversación no va a ningún lado y él lo sabe, pero disfruta haciéndome sentir como una mierda.

Antes de entrar, me sujeta de mi brazo fuertemente, haciéndome estrellar contra su duro pecho. Las respiraciones que suelta son lentas, regulares, en comparación a mí, que estoy agitada. Suelta una risita corta, disfrutando mi expresión de gato asustado.

No me gusta que me toquen, ni siquiera mamá.

—Terry, suéltala —dice una voz femenina a nuestras espaldas.

De inmediato el muchacho me deja ir, sus ojos tornándose alegres. Reconozco a esta chica, es Karen Claise.

Toda una leyenda, la única que les grita sus defectos a los profesores, aquella a la que no le interesa vivir en detención y es feliz con eso.

¿Qué si me agrada? Muchísimo, me encantaría ser fresca y despreocupada como ella.

—La fugitiva. ¿Hace cuanto que no nos vemos? ¿Un año? —Pregunta Terry, al parecer el verdadero nombre de Veneno es ese.

—Más o menos, galán. Sigues atormentando niñas inocentes, como puedo ver.

—Yo no diría eso. Más bien le estoy presentando la oportunidad de su vida, ser la afortunada que disfrute de mi magnifica compañía… y quizás algo más —contesta.

No sé que estoy haciendo en medio de dos amigos que acaban de reencontrarse. Al final, Terry me sujeta con firmeza de la mano y me es imposible escapar.

—Me compadezco de ti, cariño. —Dice Karen, volteándose hacia mí.

—Yo también, tuve la desgracia de toparme con él. —Comento, intentando sonar casual. Ella me da la razón—. Los dejaré solos, para que se pongan al día.

—No, quédate aquí. —Interviene el castaño, apretándome más. Estoy cavilando entre morderlo o darle un buen pisotón para que me deje libre—. Todavía no terminamos de hablar, Candy.

—Sí, pero Candy tiene que ir a clase. Vamos —ahora es ella quién tira de mí. Gracias a dios, Terry libera mi mano—. Te veré luego, idiota. Las chicas tenemos muchísimo que conversar.

—No. ¡Espera! —Le grita—. ¡Ella y yo estábamos en medio de una propuesta de vida o muerte!

—Pues te jodiste —murmura, aunque ya no puede escucharnos.

Una vez estando adentro, la chica me suelta, sonriendo con satisfacción por haber sacado de nuestra vista a Terry.

—Es tan molesto —se queja, sacudiendo la cabeza—. Aunque no puedo negar que tiene sus puntos fuertes.

—Ustedes dos son… ¿amigos? —Pregunto.

—Algo así. Lo conocí hace tiempo, es sexy lo veas por dónde lo veas. Éramos amantes —comenta, encogiéndose de hombros. Sólo soy capaz de abrir la boca, hasta el punto de que podría entrarme una mosca. Karen me mira con curiosidad, incluso confundida—. ¿Por qué pones esa cara? Es la verdad.

—Lo siento. Es que normalmente no es algo que la gente gritaría a los cuatro vientos.

—No serás tan inocente. Creí que las chicas hablaban de sexo y sus ex novios.

—Bueno, no todas.

—Nunca lo has hecho —afirma con orgullo por su deducción. Mis mejillas arden ante lo que está diciendo, pero me quedo callada mientras se burla de mí—. Esto es el fin del mundo. ¿Qué chica hoy en día no ha tenido relaciones?

—Yo.

—Sí, me doy cuenta. —Dice, cuando se calma de su reciente ataque de risa. La odio, pero me gusta al mismo tiempo. Soy un manojo de sentimientos encontrados.

—¿Perdiste tu virginidad con él?

—Terrence fue el tercero. El primero era un compañero de mi curso, lo hicimos cuando tenía dieciséis. —Explica.

—Entonces ustedes se acostaban. ¿Desde hace cuanto?

—El año pasado. Es un gran amante, todo un dios en la cama pero… decidimos parar. Me enamoré de un tipo mayor que yo —pone los ojos en blanco, con claro fastidio—. No daré muchos detalles de eso. El caso es que entre Veneno y yo no existe absolutamente nada. Es igual a mí, ambos somos unos hijos de puta.

—¿Qué hay de Shadows from the Hell? —Pregunto, al tiempo que seguimos caminando—. Ayer me invitó a conocerlos.

—Joder, él estaba bromeando. Esa pandilla lo odia, Candy, por razones que no puedo decirte por fidelidad al idiota. Tal vez quería llevarte a la cama y sólo intentaba engatusarte.

—Da igual. No me atrae.

—A la mierda, no intentes fingir ser como esas estúpidas que se hacen las difíciles. Absolutamente todas las mujeres sienten la tentación de meterse con Terry, incluso yo he caído, cuando es casi mi hermano.

—Soy virgen, ¿lo olvidas? No pienso dejar de serlo con ese ninfómano —comento, medio en broma y medio enserio.

—Deja de replicar lo obvio. ¿Cómo lo conociste?

—Un accidente imprevisto, desgraciadamente.

—¿No quieres tirártelo? Porque él sí, te tiene en la mira, lo he visto. La única forma en que puede dejarte en paz es dándole lo que quiere.

—Si está tan desesperado por follar, hay un sinfín de burdeles por todo el estado. Que se busque a una prostituta, porque yo no lo soy. Y si le pegan el SIDA, no es mi problema.

—Tienes carácter, supongo que eso le gustó de ti. ¿Quieres venir a fumar hierba conmigo después de clase? —El súbito cambio de tema me hace mirarla mal. La verdad tampoco me he drogado antes, pero para todo hay una primera vez. Hoy es mi día libre, en ambos trabajos y no quiero ver a Gerard. Mi madre volverá mañana, así que no tengo nada que perder.

Probemos nuevas experiencias.

—Claro, estará bien.

—Genial, te veo en el almuerzo —antes de agregar otra cosa por mi parte, se retira.

Tomo apuntes de las materias con una caligrafía envidiable. Puedo parecer una perra desentendida, pero mis calificaciones son casi perfectas. Está bien, soy pobre y aplastada, pero no dejo que eso me afecte en la escuela.

Las horas pasan iguales de lentas y aburridas, yo toda bloqueada y sin dejar de pensar en Terry. Es un acosador de primera.

Por eso, cuando lo encuentro fuera del colegio a la hora de la salida, no me sorprendo en lo absoluto. Debe ser algo normal para él, seguir a las chicas hasta que accedan a tener sexo. No funcionará conmigo.

—¿Lista para irnos, pecosa?

—A dónde sea que quieras llevarme, la respuesta es no.

—Sólo visitaremos a unos viejos amigos, junto con Karen. Dijo que querías drogarte. —Murmura, señalando con la cabeza a la aludida, que aparece detrás de mí.

—No puedo creer que lo llamaste.

—Lo siento, pero era necesario. Ya es hora de que rompan la tensión, no sé, en la parte trasera del coche.

—Deja de decir eso, que la Señorita Delicadeza podría ofenderse —interviene Terry, en un intento por hacerme sentir mal.

—Jodete, hijo de la gran puta. ¿Nos vamos o qué?

—Así es como me gusta. Sube.

No tengo idea de cómo le hiso este imbécil, pero el auto que abordamos no es el mismo que trajo en la mañana. Este es un Porsche, estoy cien por ciento segura de ello.

—Mi padre me lo compró cuando cumplí diecisiete —parece haber leído mis pensamientos. Acaricio la suave tapicería de cuero, es obvio que su familia tiene dinero. Puede hacer lo que quiera con su vida, viajar, estudiar en Europa. En lugar de eso permanece aquí, en Nueva York, siguiéndome.

—¿La zorra de tu madrastra ya lo abandonó? —Inquiere Karen, observando sus uñas. Espero a que Terry le reclame por dirigirse de esa manera a su familia, pero en lugar de eso suelta una larga carcajada.

—Lo más seguro es que en estos momentos se esté revolcando con su amante. No me sorprende, papá también se folla a la enfermera de la familia. Estoy convencido de que uno y otro se llevan como veinte años. —Ríe, contemplándome por el espejo retrovisor cuando nos ponemos en marcha hacia no sé qué lugar. ¿Ha sido buena idea subir a este maldito coche? Al carajo, ya estoy arriba—. Tranquila, Candy. Esa es la típica vida que llevo, ¿qué hay de la tuya?

—No son datos que me gustan compartir con personas que apenas conocí. Ni siquiera con Karen.

—Buen punto. La gente jamás comprende que la confianza es una debilidad —dice ella, con voz neutra—, porque si le abres tu mente a alguien, terminas con el corazón roto.

—Sí, claro. Díselo a mi madre y sus cincuenta relaciones fallidas —las palabras salen de mi boca antes de poder censurarlas. Sin querer he revelado algo importante.

—Oh, ¿así que tu padre no vive con ustedes? —Veo como Terry arquea una perfecta ceja.

—No. Se fugó con la golfa de mi tía, y ahora ambos estarán en un asilo para desvalidos, porque ella tenía sífilis. No lo conozco, si es lo que te preguntas.

—Y tú ¿no sientes remordimiento? Es tu padre sobre todas las cosas.

—¿Por qué debería hacerlo, Karen? Él no pensó en mí cuando decidió dejarnos. No es nada, no me conoce más que yo misma.

—Lo odias. —Asevera Veneno. En su voz delata la manera en cómo se identifica con mi situación.

—Si así fuera le daría a entender que lo añoro, que me importa. Que tengo un sentimiento hacia su persona, eso sería bastante para el egoísta mundo que tiene. Más bien digamos que ignoro su existencia, está muerto para mí. —Otra persona en mi lugar estaría quebrada, desde la primera palabra. Pero soy yo, Candy White, esa que tiene el apellido de su madre, la que hace lo humanamente posible por defenderla. No tengo tiempo para sentimentalismos hacia los progenitores.

Después de mi largo argumento, guardamos silencio. Nos desviamos hacia un camino que no había visto antes desde que tengo uso de razón. Me acomodo mi cabello rubio, cepillándolo con los dedos para disimular la incomodidad.

Árboles, es lo que veo. Verdura y vegetación, un camino lleno de piedras en el que el auto se desliza sin dificultad alguna. La vía es estrecha, hasta cierto punto largo, pero ignoro todo.

—Ya me estoy asustando. ¿Esto es un secuestro?

—La familia nos espera, Candy. Ansiosos por conocerte —dice Karen. No ha despejado mis dudas en lo absoluto.

—Creo que mejor me voy. —Contesto.

—Si te atreves a bajar del auto, te perseguiré hasta donde vayas y luego te violaré salvajemente —advierte Terry, con seriedad. No cumplirá esa promesa, ¿o sí? Tentar mi buena suerte no será la decisión más inteligente, eso es cierto.

Me cruzo de brazos en silencio hasta que disminuye la velocidad. Miro a través de la ventanilla, encontrándome con una visión sorprendente.

Nunca había visto un lugar parecido, tan costoso. La mansión se alza imponente, parecida a un castillo de ensueño, con un aspecto moderno y rodeada de flores de distintos colores.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Acaso pertenecen a la mafia? —Mi boca está abierta, no puedo creerlo aún.

—Es mía. Herencia adelantada de mi maravilloso padre. ¿Acaso no es genial?

—Esa palabra le queda corta. No sabía que eras millonario.

—Sí, este hijo de puta tiene todo su futuro arreglado. —Asiente Karen, a quién no parece afectarle esta enorme residencia como para mil familias.

Bastante apartada de la sociedad, tal como me gusta. Tiene un aire frío, como si aquí no existiera el calor de una familia. Mi interior se ríe de mi misma, ¿qué sé yo sobre eso?

Terry es quién me ayuda a bajar, ofreciendo su mano para que me apoye. Aunque me hubiera gustado rechazarlo de una patada, se está portando bastante caballeroso hasta ahora.

—Sigo sin saber que estoy haciendo aquí. —Escupo, furiosa.

—Como dijo Karen, te presentaré a mis amigos. —No suelta mi mano cuando nos encaminamos hacia la entrada de la casa. Introduce la llave en la cerradura y gira el objeto con lentitud.

—No hay nadie aquí.

—Apenas los llamó. Llegarán en cinco minutos más o menos —explica la chica. No soy capaz de describir todo lo que tengo a mi alrededor, la variedad de lujos que ni en mil años podría poseer. Todo costó un órgano, puedo jurar. Acaricio lo que encuentro, los objetos renacentistas, superficies lisas y telas.

Finalmente llegamos a una especie de sala con las paredes pintadas de blanco. De hecho la habitación entera tiene ese color puro, incluidos los muebles. La única cosa que destaca por ser diferente, es el puñado de manzanas que se encuentran en la mesita de centro. Rojas como la sangre.

—Me gusta venir aquí —dice Terry, dejándose caer en un sofá, seguido de Karen que se sienta frente a él—, refleja tranquilidad, calma a los chicos.

—Sí, aunque parece extraño, tiene un efecto sedante en ellos —secunda la morena, sonriéndome—. Aquí estamos en confianza, Candy. No mordemos.

—Eso aún no lo sé.

Como estoy exhausta, dejo de lado mi orgullo y descanso al lado de Terry, quién está relajado y tranquilo al encender el televisor en un canal de música. Comienzo a mover la cabeza al ritmo de Paramore, para concentrarme en otra cosa.

Los dos inician una conversación sobre películas, pero dejo de escucharlos a pesar de que tratan de meterme en su plática. No quiero hablar, sinceramente

A los pocos segundos se escucha el timbre de la puerta, y en un instante ésta se abre con fuerza, dejando entrar a unos muchachos escandalosamente salvajes.

—¡Ya llegamos! —Grita uno.

Frente a mí aparecen tres chicos, cada uno más diferente que el otro. El primero, un pelinegro sexy que sostiene una lata de cerveza entre sus manos, con los ojos oscuros igual que el carbón y gafas. Tiene porte atractivo y facciones exóticas. Me gusta.

El segundo es alto, con el cabello claro y los ojos melados. Parece ser bromista, pero al mismo tiempo oscuro.

Cuando veo a quién le sigue, el corazón se me detiene al instante. Rubio, con una sonrisa malévola y jodidamente guapo. Sólo puede ser una persona.

Quisiera que no fuera él.

Daría lo que tengo para que no se tratara de Anthony Brown

Pero cuando me mira de manera confundida, sé que no puede ser otro.

—¿La conoces? —Pregunta Terry, al notar cómo nos inspeccionamos de pies a cabeza.

—Sí. —Veo como Anthony traga saliva, repentinamente pálido y nervioso—. Es Candy. Mi ex novia.

? ゚フᄎ? ゚フᄎ

Uhh, ya llegó el güerito sexy. ¿Qué problemas traerá?