Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 7

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


Las Reliquias de la Muerte

CAPÍTULO 23 Malfoy Manor

—Papá —reclamó Lilu al terminar Lee con el capítulo—, ¿cómo se te pudo olvidar que nombrarlo era tabú?

—Me emocioné —dijo Harry, encogiendo los hombros—. Oírlos me hizo emocionarme y no pensé en el tabú.

—Ahora habrá que ver cómo salieron de ese entuerto —comentó el profesor Dumbledore—, porque lógicamente lo lograron.

—Exacto —dijo Hermione, algo afectada—, claro que logramos escapar.

Draco suspiró con decepción cuando notó que tenía al frente el atril con el capítulo a leer a continuación.

La Mansión Malfoy —dijo con voz monótona, aunque un ligero sonrojo se notó en su piel. Scorpius volteó a ver a su padre y preguntó:

—¿La casa del abuelo?

—Sí —contestó Draco, aún atonalmente—, la casa de mis padres.

—Parece que no te gustara hablar mucho de ella —dijo Astoria.

—No puedo decir que pasara muy buenos momentos allí —aclaró Draco, pasando su mano por la frente—, especialmente en estos tiempos que se narran en este libro. Comienzo.

Con una firmeza renovada, inició la lectura del capítulo.

Harry se giró y miró a sus dos amigos, meras siluetas en la oscuridad. Hermione lo apuntaba a la cara con la varita, en vez de dirigirla contra los intrusos.

Varios miraron a Hermione con interés y preocupación, pero no interrumpieron la lectura.

Hubo un estallido, un destello de luz blanca, y el muchacho se dobló por la cintura, dolorido y cegado. Al llevarse las manos a la cara, notó que ésta se le hinchaba rápidamente, al mismo tiempo que unos pasos pesados lo rodeaban.

¡Levántate, desgraciado!

Unas manos lo arrastraron con rudeza por el suelo y, antes de que pudiera defenderse, alguien le registró los bolsillos y le quitó la varita de endrino. Harry se tapaba la dolorida cara con las manos y la notaba irreconocible al tacto: tensa, hinchada y abultada como si hubiera sufrido alguna virulenta reacción alérgica. Los ojos se le habían reducido a dos rendijas por las que apenas lograba ver, y como las gafas se le habían caído cuando lo sacaron a empujones de la tienda, lo único que distinguía era las borrosas siluetas de cuatro o cinco personas que arrastraban también a la fuerza a Ron y Hermione.

—Buena idea, Hermione —dijo Padma—, una maldición urticante.

—No entendí —intervino Al confundido.

—Para que no reconocieran a tío Harry a la primera —aclaró Molls, lo que hizo asentir a varios en la Sala.

¡Suéltela! —gritó Ron. Y de inmediato se oyó el sonido de un puñetazo; Ron gruñó de dolor y Hermione chilló:

¡No! ¡Déjenlo! ¡Déjenlo!

A tu novio le va a pasar algo mucho peor si está en mi lista —le advirtió aquella voz bronca, horriblemente familiar—. Vaya muchacha tan deliciosa… Qué maravilla… Me encanta la piel tan suave…

Remus se puso tenso al instante. Sabía de quién se trataba.

A Harry se le revolvió el estómago.

Había reconocido la voz: era la de Fenrir Greyback, el hombre lobo al que permitían llevar la túnica de los mortífagos a cambio de sus feroces servicios.

—Miserable —gruñó Parvati, tomando la mano de Lavender.

¡Registren la tienda! —ordenó otra voz.

Tiraron a Harry al suelo, boca abajo. El muchacho oyó un ruido sordo y dedujo que Ron había caído a su lado. Se oyeron pasos y golpes; los hombres registraban la tienda, revolviéndolo todo y volcando las sillas.

Y ahora, veamos a quién hemos pillado —se regodeó Greyback, y le dio la vuelta a Harry. Una varita mágica le iluminó la cara, y Greyback se carcajeó y bromeó—: Voy a necesitar cerveza de mantequilla para tragarme a éste… ¿Qué te ha pasado, patito feo? —Harry no contestó—. Te he hecho una pregunta —espetó Greyback, y le dio un golpe en el estómago que le hizo doblarse de dolor.

—¿Greyback se come a sus víctimas? —preguntó Alisu, impresionada.

—No —dijo Remus con calma—, normalmente los mordía, puede que incluso le quitase algún trozo de piel, pero lo que prefería era que vivieran convertidos en licántropos. Matar era su última opción, el decía que la raza de hombres lobo debía crecer, y mientras más jóvenes mejor, para poderlos criar más salvajes.

—Sí, así lo comentó cuando se habló por primera vez de él —reconoció Rose, pero le hizo señas a Draco para que siguiera leyendo.

Me han picado unos insectos —masculló Harry.

Sí, eso parece —dijo otra voz.

¿Cómo te llamas? —gruñó el hombre lobo.

Dudley —contestó Harry.

¿Y tu nombre de pila?

Vernon. Vernon Dudley.

Busca en la lista, Scabior —ordenó Greyback, y se movió para examinar a Ron—. ¿Y tú quién eres, pelirrojo?

Stan Shunpike.

¡Y un cuerno! —protestó Scabior—. Conocemos a Stan; ha hecho algún que otro trabajito para nosotros.

—Especialmente por estar bajo la maldición Imperius —masculló Neville.

—Sí —dijo Seamus—, porque no creo que haya sido por su cuenta.

Se oyó otro puñetazo.

Me llamo Bardy —balbuceó Ron, y Harry dedujo que tenía la boca ensangrentada—. Bardy Weasley.

Ajá, ¿un Weasley? —se sorprendió Greyback—. Entonces, aunque no seas un sangre sucia, estás emparentado con traidores a la sangre. Bien, por último, veamos a nuestra preciosa cautiva… —El gusto con que lo dijo hizo que a Harry se le pusieran los pelos de punta.

Tranquilo, Greyback —le advirtió Scabior mientras los otros reían.

No te preocupes, todavía no voy a hincarle el diente. Comprobemos si es más ágil que Barny para recordar su nombre. ¿Cómo te llamas, monada?

Penélope Clearwater —contestó Hermione. Lo dijo con miedo pero sonó convincente.

Percy volteó a ver a Hermione con la sorpresa pintada en su rostro. Ella lo notó y se lo hizo saber:

—Lo siento, Percy, fue lo que se ocurrió al momento, no pude pensar en otro nombre.

¿Qué Estatus de Sangre tienes?

Sangre mestiza.

Será fácil comprobarlo —opinó Scabior—. Pero los tres parecen tener edad de estar todavía en Hogwarts.

Nos hemos escapado —soltó Ron.

¿Que se han escapado, pelirrojo? —masculló Scabior—. ¿Para qué, para ir de acampada? Y no se les ocurrió nada mejor que hacer, para reírse un poco, que utilizar el nombre del Señor Tenebroso, ¿no?

No nos estábamos riendo —se defendió Ron—. Fue un accidente.

¿Un accidente, pelirrojo? —Más risas y burlas.

—Creo que no fue una respuesta adecuada —comentó Sirius—, pero entiendo que fue la única que tenías a la mano.

¿Sabes a quiénes les gustaba utilizar el nombre del Señor Tenebroso, Weasley? —gruñó Greyback—. A los de la Orden del Fénix. ¿Te suena de algo?

No.

Pues bien, como no le muestran el respeto debido al Señor Tenebroso, hemos prohibido pronunciar su nombre, y de esa forma hemos descubierto a algunos miembros de la Orden. Bien, ya veremos. ¡Átenlos con los otros dos prisioneros!

—Ya tenían a otros dos —comentó Amelia, con voz preocupada.

Alguien levantó a Harry del suelo tirándole del pelo, lo arrastró un corto trecho, lo sentó y lo ató de espaldas a otras personas. El chico apenas distinguía nada entre los hinchados párpados. Cuando el que los había atado se apartó de ellos, Harry les susurró a los otros prisioneros:

¿Alguien conserva su varita?

No —respondieron Ron y Hermione, uno a cada lado de él.

Ha sido culpa mía. He pronunciado el nombre. Lo siento…

Eh, ¿eres Harry?

Esa otra voz era conocida y provenía justo de detrás de Harry, de la persona que habían atado a la izquierda de Hermione.

¡No me digas que eres Dean!

¡Hola, amigo! ¡Si descubren a quién han atrapado…! Son Carroñeros y sólo buscan a alumnos que han hecho novillos para cobrar la recompensa.

—Una plaga peor que la de los mortífagos, si me preguntan —comentó Remus con desprecio.

No está nada mal el botín, para una sola noche, ¿eh? —iba diciendo Greyback; alguien calzado con botas tachonadas pasó cerca de Harry y luego se oyeron más golpes en el interior de la tienda—. Un sangre sucia, un duende fugitivo y tres novilleros. ¿Has buscado ya sus nombres en la lista, Scabior?

Sí. Aquí no aparece ningún Vernon Dudley.

Interesante —dijo el hombre lobo—. Muy interesante.

Y se agachó al lado de Harry, que distinguió, a través de las finísimas rendijas que separaban sus hinchados párpados, una cara cubierta de enmarañado pelo gris, con bigotes, afilados dientes marrones y llagas en las comisuras de la boca. Greyback olía igual que en lo alto de la torre donde murió Dumbledore: a mugre, sudor y sangre.

—Un olor que aún recuerdo —dijo Lavender—, no sé si fue ese olor o el dolor que hizo que me desmayara.

—No te adelantes —recomendó Harry, al ver a varios de los más jóvenes mirar con interés a Lavender, quien se acomodaba coquetamente su bufanda.

Así que no te buscan, ¿eh, Vernon? ¿O figuras en esa lista con otro nombre? ¿En qué casa de Hogwarts estabas?

En Slytherin —contestó Harry sin vacilar.

Qué curioso. Todos creen que eso es lo que queremos oír —se burló Scabior desde la oscuridad—. Pero nadie es capaz de decirnos dónde está la sala común.

Se halla en las mazmorras y se entra por la pared —dijo Harry—. Está llena de cráneos y cosas así, y como queda debajo del lago, la luz tiene un tono verdoso.

Hubo un súbito silencio.

—Los dejaste pensando, papá —comentó Lilu con orgullo, mientras Draco suspiraba molesto.

Vaya, vaya, parece que esta vez hemos capturado a un verdadero Slytherin —dijo Scabior al fin—. Bien hecho, Vernon, porque no hay muchos sangre sucia en esa casa. ¿Quién es tu padre?

Trabaja en el ministerio —mintió Harry. Sabía que la historia que se estaba inventando se derrumbaría a la mínima investigación, pero sólo disponía de tiempo hasta que su cara recuperara el aspecto normal, porque entonces acabaría el juego. Así que añadió—: En el Departamento de Accidentes y Catástrofes en el Mundo de la Magia.

¿Sabes qué, Greyback? —murmuró Scabior—. Me parece que es verdad que ahí trabaja un tal Dudley.

Harry apenas podía respirar. ¿Saldría del atolladero de pura chiripa?

—Es que a Harry se le alinean las estrellas todo el tiempo —comentó Parvati.

Vaya, vaya —dijo el hombre lobo. Harry detectó un minúsculo deje de temor en esa voz insensible, y comprendió que Greyback estaba preguntándose si sería verdad que había atrapado al hijo de un funcionario del ministerio. El corazón del chico latía a cien contra las cuerdas que le aprisionaban el pecho; no le habría sorprendido que Greyback se hubiera percatado de ello—. Si nos estás diciendo la verdad, patito feo, no te importará que te llevemos al ministerio, ¿verdad? Espero que tu padre nos recompense por haberte recogido.

Pero si usted nos deja… —balbuceó Harry con la boca seca.

¡Eh! —gritó alguien dentro de la tienda—. ¡Mira esto, Greyback!

Una oscura silueta se acercó rápidamente hacia ellos, y Harry vio un destello plateado a la luz de las varitas. Habían encontrado la espada de Gryffindor.

—¡Lo que faltaba! —exclamó Hugo.

—¡Cierto que tía Hermione la estaba limpiando cuando encontraron la transmisión! —recordó Molls.

¡Muuuuy bonita! —dijo Greyback con admiración, y la cogió de las manos de su compañero—. Ya lo creo, bonita de verdad. Parece obra de duendes. ¿De dónde han sacado esto?

Es de mi padre —continuó mintiendo Harry, y confió, contra todo pronóstico, en que estuviera demasiado oscuro para que Greyback viera el nombre grabado justo debajo de la empuñadura—. La cogimos prestada para cortar leña.

—Esa sí que es la peor mentira que habías inventado —dijo Lily, mirando a Harry.

—Ya no sabía que más decirles —reconoció Harry.

¡Un momento, Greyback! —exclamó Scabior—. ¡Mira qué dice aquí, en El Profeta!

La cicatriz de Harry, muy tensa en la dilatada frente, le ardió con furia y el muchacho vio, con mayor claridad que lo que estaba pasando alrededor, un edificio altísimo, una lúgubre e imponente fortaleza negra como el azabache, y de pronto los pensamientos de Voldemort recuperaron la nitidez: se deslizaba hacia ese gigantesco edificio con determinación y euforia contenida…

Tan cerca… tan cerca ya…

Haciendo un esfuerzo monumental, Harry cerró la mente a los pensamientos de Voldemort y trató de concentrarse en que estaba allí, atado a Ron, Hermione, Dean y Griphook en la oscuridad, escuchando a Greyback y Scabior.

—Un esfuerzo casi que imposible —admitió Harry—, no sé si porque ya no tenía la varita de endrino que tantos problemas me estuvo dando.

«Hermione Granger —iba leyendo este último—, la sangre sucia que según todos los indicios viaja con Harry Potter.»

Hubo un momento de silencio. A Harry le punzaba la cicatriz, pero se empeñó en mantenerse en el presente y no entrar en la mente de Voldemort. Oyó el crujido de las botas de Greyback cuando éste se agachó frente a Hermione.

¿Sabes qué, muchachita? La chica de esta fotografía se parece mucho a ti.

¡No soy yo! ¡No lo soy! —El aterrado chillido de Hermione equivalió a una confesión.

Varios bufaron, más para contener las risas que por alguna expresión de molestia.

«… que según todos los indicios viaja con Harry Potter» —repitió Greyback con calma.

Una extraña quietud se apoderó de la escena. Pese a que su cicatriz estaba alcanzando cotas de dolor insospechadas, Harry luchó con denuedo contra la atracción de los pensamientos de Voldemort; nunca había sido tan importante que se mantuviera absolutamente consciente.

Bueno, esto cambia las cosas, ¿no? —susurró Greyback. Todos callaron. Harry percibió cómo los Carroñeros, inmóviles, los observaban, y notó también el temblor del brazo de Hermione contra el suyo. Greyback se enderezó, dio un par de pasos hacia Harry, volvió a agacharse y examinó minuciosamente sus deformes facciones.

¿Qué tienes en la frente, Vernon? —preguntó en voz baja, y presionó con un mugriento dedo la tensa cicatriz. Harry olió su fétido aliento.

¡No me toque! —gritó, porque creyó que no soportaría el dolor.

Creía que llevabas gafas, Potter —dijo Greyback.

—Ya te estaban descubriendo, papá —comentó JS con seriedad. Los demás nuevos merodeadores asintieron en silencio.

—Sí —reconoció Harry—, ya se estaba escapando de mis manos.

¡Las he encontrado! —alardeó un Carroñero que estaba un poco más lejos—. Había unas gafas en la tienda, Greyback. Espera…

Y unos segundos más tarde se las colocaron a Harry. Los Carroñeros se acercaron y lo observaron atentamente.

¡Es él! —bramó Greyback—. ¡Hemos atrapado a Potter!

Atónitos y sin dar crédito a lo que habían logrado, los miembros de la banda retrocedieron unos pasos. Harry, que seguía esforzándose por mantenerse consciente pese al insoportable dolor de cabeza, no supo qué decir; mientras tanto, unas visiones fragmentadas le atravesaban la mente…

—Lo que faltaba —dijo Lilu con tono de angustia.

—Cuando necesitas estar más concentrado en el momento presente —mencionó Lily.

—Ambas situaciones estaban pasando al mismo tiempo —dijo Harry con firmeza—, por eso mi lucha por mantenerme enfocado en ayudar a Ron, Hermione, Dean, Griphook y a mí mismo.

se deslizaba alrededor de los altos muros de la fortaleza…

No, él era Harry, estaba atado y sin varita, y corría un grave peligro…

miraba hacia arriba, hacia la ventana más alta, hacia la torre más alta…

Él era Harry, y los Carroñeros cuchicheaban intentando decidir qué hacían con él…

había llegado el momento de volar…

¿… al ministerio?

¡Al cuerno con el ministerio! —gruñó Greyback—. Se pondrán ellos la medalla y a nosotros no nos reconocerán ningún mérito. Propongo que se lo llevemos directamente a Quien-ustedes-saben.

¿Qué pretendes hacer? ¿Le avisarás, o lo harás venir aquí? —preguntó Scabior, muerto de miedo.

No, yo no tengo… Dicen que utiliza la casa de los Malfoy como cuartel general. Lo llevaremos allí.

Harry creía saber por qué Greyback no podía avisar a Voldemort, pues, aunque al hombre lobo le permitían llevar túnica de mortífago cuando a ellos les interesaba, tan sólo los componentes del círculo más allegado a Voldemort tenían grabada la Marca Tenebrosa para comunicarse entre ellos. Pero a Greyback no le habían concedido ese honor.

—Exactamente —confirmó Frank—, esa era la información que manejábamos en aquellos días, que no todos los seguidores de Voldemort tenían la Marca Tenebrosa, sólo los más allegados.

La cicatriz de Harry seguía pulsando dolorosamente…

y se elevó en la oscuridad, y voló derecho hacia la ventana más alta de la torre…

¿… completamente seguro de que es él? Porque si no lo es, Greyback, estamos acabados.

¿Quién manda aquí? —rugió Greyback para disimular su ineptitud—. He dicho que es Potter, y él más su varita significan doscientos mil galeones. Pero si alguno de ustedes es demasiado cobarde para acompañarme, que no lo haga. Me lo llevaré yo, y con un poco de suerte me regalarán a la chica.

la ventana no era más que una hendidura en la negra roca, demasiado estrecha para atravesarla… Por esa grieta se veía una figura esquelética, ovillada bajo una manta… ¿Estaba muerta o dormida?

¡De acuerdo! —decidió Scabior—. ¡De acuerdo, iremos contigo! ¿Y los demás qué, Greyback? ¿Qué hacemos con ellos?

Podríamos llevárnoslos a todos. Hay dos sangre sucia; eso significa diez galeones más. Y dame también la espada; si eso son rubíes, ganaremos una pequeña fortuna.

—Ojalá no se les ocurra destruirla —dijo Paula.

—No creo que pudieran —comentó Alice—, porque es una espada hecha por duendes, no es fácil de destruir por todo el poder mágico que la alimentaba.

Mientras forzaban a los prisioneros a ponerse en pie, Harry oyó la agitada respiración de la asustada Hermione.

Tómenlos fuerte y no los suelten. Yo me encargo de Potter —ordenó Greyback agarrando a Harry por el pelo; el muchacho notó cómo las largas y amarillentas uñas del hombre lobo le arañaban el cuero cabelludo—. ¡Voy a contar hasta tres! Uno… dos… ¡tres!

Se desaparecieron llevándose a los prisioneros. Harry forcejeó para soltarse de la mano del hombre lobo, pero fue inútil porque Ron y Hermione iban pegados a él, uno a cada lado, y no podía separarse del grupo; cuando se quedó sin aire, la cicatriz le dolió aún más…

se coló por aquella ventana que no era más que una rendija, como habría hecho una serpiente, y se posó, ligero como el vapor, en el suelo de una especie de celda…

—¿Una celda? No entiendo —dijo Kevin, para aclarar ante las miradas de varios—. Sé que es Voldemort entrando a un castillo, pero ¿a una celda?

—Es posible que sea Nurmengard —aclaró Rose—, el castillo que construyó Grindelwald para encerrar a sus enemigos y que terminó siendo su prisión después que el profesor Dumbledore lo derrotara.

—Exactamente —reconoció Dumbledore, suspirando después.

Los prisioneros entrechocaron al tomar tierra en un sendero rural. Harry tardó un poco en acostumbrar la vista porque todavía tenía los ojos hinchados; cuando lo consiguió, vio una verja de hierro forjado que daba entrada a lo que parecía un largo camino. Sintió sólo un ligero alivio. Lo peor todavía no había pasado: él sabía, porque estaba luchando por rechazar esa visión, que Voldemort no se encontraba ahí, sino en una especie de fortaleza, en lo alto de una torre. Otra cuestión era cuánto tardaría el Señor Tenebroso en regresar cuando se enterara de que Harry se hallaba en ese lugar.

Uno de los Carroñeros se aproximó a la verja y la sacudió.

¿Cómo entramos ahora? La verja está cerrada, Greyback, no puedo… ¡Maldita sea!

Apartó las manos con rapidez, asustado, pues el hierro empezó a contorsionarse y retorcerse, y sus intrincadas curvas y espirales compusieron un rostro horrendo que habló con una voz resonante y metálica:

¡Manifiesta tus intenciones!

—¿Eso estaba en la casa de los abuelos? —preguntó Scorpius con indignación.

—Un mecanismo de alerta algo rudo, pero efectivo —comentó Sirius—. Así había uno en la casa de Grimmauld Place, pero después que regresé, lo eliminé. Por eso ustedes no lo encontraron —le señaló a Harry, Ron y Hermione.

¡Tenemos a Potter! —gritó Greyback, triunfante—. ¡Hemos capturado a Harry Potter!

La verja se abrió.

¡Vamos! —les dijo a sus hombres, que traspusieron la verja y empujaron a los prisioneros por el camino, flanqueado por altos setos que amortiguaban el ruido de sus pasos.

Harry entrevió una fantasmagórica silueta en lo alto del seto, y se percató de que era un pavo real albino. Tropezó, y Greyback lo agarró para levantarlo; el muchacho avanzaba dando traspiés, de lado, atado de espaldas a los otros cuatro prisioneros. Cerró los ojos y permitió que el dolor de la cicatriz lo invadiera un instante, ansioso por saber qué estaba haciendo Voldemort y si ya sabía que lo habían capturado…

—No era buena idea —dijo Lily.

—No podía hacer más nada hasta que llegáramos a la casa —replicó Harry, encogiéndose de hombros.

la escuálida figura se rebulló bajo la delgada manta, se dio la vuelta hacia él y abrió los ojos… El frágil individuo, de rostro descarnado, se incorporó y clavó los grandes y hundidos ojos en él, en Voldemort, y sonrió. Estaba casi desdentado…

¡Ah, por fin has venido! Ya imaginaba que lo harías algún día. Pero tu viaje ha sido en vano: yo nunca la tuve.

¡Mientes!

La ira de Voldemort latía con fuerza en el fuero interno de Harry. El muchacho obligó a su mente a regresar al cuerpo, porque la cicatriz amenazaba con reventar, y luchó por mantenerse consciente mientras los Carroñeros los empujaban por el camino de grava. De pronto una luz los iluminó a todos.

¿Qué quieren? —preguntó una inexpresiva voz de mujer.

—Seguramente es la prima Cissy —comentó Sirius con desprecio, ganándose una dura mirada de parte de Draco.

¡Hemos venido a ver a El-que-no-debe-ser-nombrado! —anunció Greyback.

¿Quién eres tú?

¡Usted ya me conoce! —Había resentimiento en la voz del hombre lobo—. ¡Soy Fenrir Greyback, y hemos capturado a Harry Potter!

Agarró a Harry y le dio la vuelta para que la cara le quedara iluminada, obligando a los otros prisioneros a volverse también.

¡Ya sé que está hinchado, señora, pero es él! —intervino Scabior—. Si se fija bien, le verá la cicatriz. Y esta chica es la sangre sucia que viajaba con él, señora. ¡No hay duda de que es él, y también tenemos su varita! ¡Mire, señora!

Harry soportó que Narcisa Malfoy le escudriñara el rostro mientras Scabior le entregaba la varita de endrino; la bruja arqueó las cejas.

Llévenlos adentro —ordenó.

A fuerza de empujones y patadas, los obligaron a subir los anchos escalones de la entrada, que daban acceso a un vestíbulo guarnecido de retratos en las paredes.

Síganme —indicó Narcisa guiándolos por el vestíbulo—. Mi hijo Draco está pasando las vacaciones de Pascua en casa. Él nos confirmará si es Harry Potter.

—Estamos hablando que eso es en finales de marzo o principios de abril —reflexionó Violet, a lo que Daisy asintió, aprobando lo dicho por su hermana.

La luz del salón resultaba deslumbrante comparada con la oscuridad del exterior; pese a que tenía los ojos entrecerrados, Harry apreció las grandes dimensiones de la estancia, la araña de luces que colgaba del techo y los retratos que había en las paredes, de color morado oscuro. Cuando los Carroñeros hicieron entrar a los prisioneros, dos personas se levantaron de sendas butacas colocadas ante una ornamentada chimenea de mármol.

¿Qué significa esto?

Harry reconoció al instante la voz de Lucius Malfoy: aquel hablar arrastrando las palabras era inconfundible.

Draco miró a Harry con interés, pero siguió leyendo sin ser interrumpido.

Empezaba a asustarse de verdad, porque no veía cómo iban a salir de allí, y a medida que su miedo aumentaba, le resultaba más fácil bloquear los pensamientos de Voldemort, aunque seguía doliéndole la cicatriz.

Dicen que han capturado a Potter —explicó Narcisa sin emoción alguna—. Ven aquí, Draco.

Aunque no se atrevió a mirar a Draco directamente, Harry vio de refilón cómo una figura un poco más alta que él se le aproximaba; reconoció su rostro, pálido y anguloso, aunque era tan sólo un manchón enmarcado por un cabello rubio claro.

Greyback obligó a los prisioneros a darse otra vez la vuelta para colocar a Harry justo debajo de la araña de luces.

¿Y bien? ¿Qué me dices, chico? —preguntó el hombre lobo.

—Estaba desesperado —comentó Tonks, sonriendo maliciosamente.

—¡Claro! —exclamó Remus—, imagínate que no lo confirman, se meten en tamaño problema. Sobre todo él.

Harry se hallaba enfrente de la chimenea, sobre la que habían colgado un lujoso espejo de marco adornado con intrincadas volutas; de esa forma, a través de las ranuras que formaban sus párpados, vio su propio reflejo por primera vez desde que saliera de Grimmauld Place.

Tenía la cara enorme, brillante y rosada; el embrujo de Hermione le había deformado todas las facciones; el pelo negro le llegaba por los hombros, y una barba rala le cubría el mentón. De no haber sabido que era él mismo quien se contemplaba, se habría preguntado quién se había puesto sus gafas. Decidió no decir nada, porque sin duda su voz lo delataría, y siguió evitando mirar a Draco a los ojos.

—Tenías una cara terrible, Potter —se interrumpió Draco antes de retomar la lectura, impidiendo una interrupción más larga.

¿Y bien, Draco? —preguntó Lucius Malfoy con avidez—. ¿Lo es? ¿Es Harry Potter?

No sé… No estoy seguro —respondió Draco. Mantenía la distancia con Greyback, y parecía darle tanto miedo mirar a Harry como a éste se lo daba mirarlo a él.

¡Pues fíjate bien! ¡Acércate más! —Harry nunca había visto tan ansioso a Lucius Malfoy—. Escucha, Draco, si se lo entregamos al Señor Tenebroso nos perdonará todo lo…

Bueno, espero que no olvidemos quién lo ha capturado, ¿verdad, señor Malfoy? —terció el hombre lobo, amenazador.

¡Por supuesto que no! ¡Por supuesto! —replicó Lucius con impaciencia. Se acercó tanto a Harry que el muchacho, a pesar de la hinchazón de los ojos, vio con todo detalle aquel rostro, desprovisto de la palidez y la languidez habituales. Debido a su deformidad, igual que una especie de máscara, era como si Harry mirara entre los barrotes de una jaula.

—No sé quién estaba más desesperado, si Lucius o Greyback —comentó Arthur, ganándose otra dura mirada de parte de Draco.

¿Qué le han hecho? —le preguntó Lucius a Greyback—. ¿Qué le ha pasado en la cara?

No hemos sido nosotros.

Yo creo que le han hecho un embrujo punzante —especuló Lucius, y a continuación examinó con sus grises ojos la frente de Harry—. Sí, aquí tiene algo —susurró—. Podría ser la cicatriz, tensada… ¡Ven aquí, Draco, y mira bien! ¿Qué opinas?

Harry vio la cara de Draco muy cerca, junto a la de su padre. Se parecían muchísimo, pero mientras que el padre estaba fuera de sí de emoción, la expresión de Draco era de reticencia, casi de temor.

—Reconozco que tenías razón, Potter —aceptó Draco.

—¿En que se parecen o en la actitud de cada uno? —intervino Seamus.

—Un poco de ambos —replicó Draco, para seguir leyendo.

No lo sé —insistió el chico, y se retiró hacia la chimenea, desde donde su madre contemplaba la escena.

Será mejor que nos aseguremos, Lucius —le dijo Narcisa a su esposo—. Hemos de estar completamente seguros de que es Potter antes de llamar al Señor Tenebroso. Dicen que esta varita es suya —añadió, examinando la varita de endrino—, pero no responde a la descripción de Ollivander. Si nos equivocamos y hacemos venir al Señor Tenebroso para nada… ¿Te acuerdas de lo que les hizo a Rowle y Dolohov?

¿Y la sangre sucia qué? —gruñó Greyback.

Harry estuvo a punto de caerse al suelo cuando los Carroñeros obligaron a los prisioneros a darse otra vez la vuelta, para que la luz cayera en esta ocasión sobre la cara de Hermione.

Espera —dijo de pronto Narcisa—. ¡Sí! ¡Sí, estaba en la tienda de Madame Malkin con Potter! ¡Y vi su fotografía en El Profeta! ¡Mira, Draco! ¿No es esa tal Granger?

Pues… no sé. Sí, podría ser.

¡Pues entonces, ese otro tiene que ser el hijo de los Weasley! —gritó Lucius, y rodeó a los prisioneros para colocarse enfrente de Ron—. ¡Son ellos, los amigos de Potter! Míralo, Draco. ¿No es el hijo de Arthur Weasley? ¿Cómo se llama?

No sé —repitió Draco, sin mirar a los prisioneros—. Podría ser.

—Momento —pidió Neville, sorprendiendo a varios—. No entiendo tu actitud en ese momento, Draco. ¿Estabas protegiéndolos o evitando encontrarte con Voldemort?

—Dejaré que piensen lo que prefieran —dijo Draco con tono desafiante.

—No seas así, Draco —reclamó Astoria—. Como siempre dicen, ya eso pasó.

—Es verdad —aceptó Draco, un poco más sereno—. Sí, Longbottom, tienes razón. Los protegía tanto como a mi familia.

De pronto se abrió la puerta del salón. Harry estaba de espaldas, y al oír esa voz de mujer su miedo se incrementó aún más.

¿Qué significa esto? ¿Qué ha pasado, Cissy?

Bellatrix Lestrange, de párpados gruesos, se paseó lentamente alrededor de los prisioneros y se detuvo a la derecha de Harry, mirando fijamente a Hermione.

—La que faltaba —gruñó Sirius—, la querida primita Bella.

¡Vaya! —dijo con serenidad—. ¡Pero si es la sangre sucia! ¡Esa Granger!

¡Sí, sí, es Granger! —exclamó Lucius—. ¡Y creemos que quien está a su lado es Potter! ¡Son Potter y sus amigos! ¡Por fin hemos dado con ellos!

¿Potter, Harry Potter? —farfulló Bellatrix con voz chillona, y retrocedió un poco para estudiarlo—. ¿Estás seguro? ¡En ese caso, hay que informar de inmediato al Señor Tenebroso! —Y se retiró la manga del brazo izquierdo. Al ver la Marca Tenebrosa grabada con fuego en la piel, Harry supo que la bruja se disponía a tocarla para llamar a su amado señor…

¡Ahora mismo iba a llamarlo! —dijo Lucius, y sujetó la muñeca de Bellatrix, impidiéndole que se tocara la Marca—. Yo lo llamaré, Bella. Han traído a Potter a mi casa, y por tanto tengo autoridad para…

¿Autoridad, tú? —se burló Bellatrix e intentó liberar la mano—. ¡Se te acabó la autoridad cuando perdiste tu varita, Lucius! ¿Cómo te atreves? ¡Quítame las manos de encima!

Tú no tienes nada que ver con esto. Tú no has capturado al chico, ni…

—¿Discusión en la casa? —preguntó Frank con sorna.

—Las cuñadas siempre son complicadas —dijo Fred, ganándose duras miradas de Fleur, Audrey, Angelina y Hermione.

—Nunca se ponen de acuerdo —remató George, provocando risitas en la Sala.

—A mí no me parece —comentó Charlie.

—Porque tú vives en Rumania, hermano —insistió George—, y no convives con nuestras cuñadas.

—Se nota que no conoces a la hermana de Allison —replicó Charlie, haciendo sonreir a Nadia—, es una excelente persona con nosotros.

—Imagino que eso será para que no la conviertas en comida de dragón —dijo Fred.

—¡Para nada, tío! —exclamó Nadia, ya sin poder contenerse—, la tía Sofía es un amor de persona, y siempre ha estado pendiente de nosotros.

—Como debe ser —remató Molly, dando fin a la conversación.

Disculpe, señor Malfoy —intervino Greyback—, pero somos nosotros quienes capturamos a Potter, y el dinero de la recompensa…

¡El dinero! —exclamó Bellatrix y soltó una risotada; aún forcejaba con su cuñado y con la mano libre buscaba su varita en el bolsillo—. Quédate con el dinero, desgraciado, ¿para qué lo quiero yo? Yo sólo busco el honor de… de…

En ese momento reparó en algo que Harry no alcanzaba a ver y se detuvo en seco. Satisfecho con la capitulación de Bellatrix, Lucius le soltó la muñeca y se arremangó.

¡Quieto! —chilló Bellatrix—. ¡No la toques! ¡Si el Señor Tenebroso viene ahora nos matará a todos!

—¡Madre! —exclamó Alisu.

—Imagino que Bella sabía las diligencias que estaba haciendo Voldemort —reflexionó James—, lo que no sabían los Malfoy.

Lucius se quedó paralizado, con el dedo índice suspendido sobre la Marca Tenebrosa de su brazo. Bellatrix salió del limitado campo visual de Harry.

¿Qué es esto? —le oyó decir el muchacho.

Una espada —contestó un Carroñero.

¡Dámela!

Esta espada no es suya, señora; es mía. La encontré yo.

Se produjeron un estallido y un destello de luz roja, y Harry dedujo que el Carroñero había recibido un hechizo aturdidor. Sus compañeros se pusieron furiosos y Scabior sacó su varita mágica.

¿A qué se cree que está jugando, señora?

¡Desmaius! —gritó Bellatrix—. ¡Desmaius!

Los Carroñeros no podían competir con ella pese a su ventaja numérica: cuatro contra una. Harry sabía que Bellatrix era una bruja sin escrúpulos y de prodigiosa habilidad. De modo que todos los hombres cayeron al suelo, excepto Greyback, a quien obligaron a arrodillarse con los brazos extendidos.

—Me imagino —comentó Alice con desprecio en la voz. Harry asintió en silencio, sabiendo por qué lo decía.

Con el rabillo del ojo, Harry vio cómo la mujer, pálida como la cera, se acercaba al hombre lobo empuñando la espada de Gryffindor.

¿De dónde has sacado esta espada? —le susurró a Greyback al mismo tiempo que le quitaba la varita de la mano sin que él opusiera resistencia.

¿Cómo se atreve? —gruñó él; la boca era lo único que podía mover, y se veía obligado a mirar a la bruja. Enseñó los afilados dientes—. ¡Suélteme ahora mismo!

¿Dónde has encontrado esta espada? —repitió ella blandiéndola ante el hombre lobo—. ¡Snape la envió a mi cámara de Gringotts!

Varios miraron a Snape, pero éste, inmutable, sólo veía a Draco leer.

Estaba en la tienda de campaña de esos chicos —contestó Greyback—. ¡Le he dicho que me suelte!

Bellatrix agitó la varita y el hombre lobo se puso en pie, pero no se atrevió a acercarse a la bruja. Así que se puso a rondar detrás de un sillón, apretando el respaldo con sus curvadas y sucias uñas.

Llévate a esa escoria fuera, Draco —mandó Bellatrix señalando a los Carroñeros inconscientes—. Si no tienes agallas para liquidarlos, déjalos en el patio y ya me encargaré yo de ellos.

No te atrevas a hablarle a Draco como si… —intervino Narcisa, furiosa, pero Bellatrix gritó:

¡Cállate! ¡La situación es más delicada de lo que imaginas, Cissy! ¡Tenemos un problema muy grave!

—Ahora fui yo la que se perdió —reconoció Molls levantando las manos.

—El hecho que Bellatrix supiera que la espada debía llegar a su cámara en Gringotts y se hubiera hallado en manos de los muchachos implicaba dos cosas —reflexionó Bill—, o que alguien hizo el cambio y colocó una espada falsa en la bóveda, lo que ya sabemos por lo que Griphookle comentó a Tonks, Dean y Cresswell, o que alguien entró en la cámara y la sacó, lo que sería terrible para ella y para los Malfoy.

—En ambos casos sería terrible —reconoció Lily.

—¿Y si en esa cámara estaba otro de los horrocruxes? —aventuró Dom—, quizás el relacionado a Hufflepuff.

—Oye, Dommie —exclamó Lucy, impresionada—, eso sí que no lo había pensado.

—Pues dejemos que Draco siga leyendo —Harry detuvo las deducciones, muy a pesar de las chicas—, a ver que más ocurre.

Se levantó jadeando y examinó la empuñadura de la espada. Luego se dio la vuelta y miró a los silenciosos prisioneros.

Si de verdad es Potter, no hay que hacerle daño —masculló como para sí—. El Señor Tenebroso quiere deshacerse de él personalmente. Pero si se entera… Tengo… tengo que saber… —Se giró de nuevo hacia su hermana y ordenó—: ¡Lleven a los prisioneros al sótano mientras pienso qué podemos hacer!

Ésta es mi casa, Bella. No consiento que nos des órdenes en…

¡Haz lo que te digo! ¡No tienes ni idea del peligro que corremos! —chilló Bellatrix. Daba miedo verla de lo enloquecida que parecía; un hilillo de fuego salió de su varita e hizo un agujero en la alfombra.

Narcisa vaciló un instante y luego ordenó al hombre lobo:

Llévate al sótano a estos prisioneros, Greyback.

Un momento —saltó Bellatrix—. A todos excepto… excepto a la sangre sucia.

—¡Qué manía de usar ese insulto! —exclamó Daisy, molesta.

—Es la forma en que ellos se referían a quienes los confrontaban, con insultos y vejámenes —reconoció Dumbledore con pesar.

Greyback soltó un gruñido de placer.

¡No! —gritó Ron—. ¡Ella no! ¡Cójanme a mí!

Bellatrix le dio una bofetada que resonó en la sala.

Si muere durante el interrogatorio, tú serás el siguiente —lo amenazó la bruja—. En mi escalafón, los traidores a la sangre van después de los sangre sucia. Llévalos abajo, Greyback, y asegúrate de que están bien atados, pero no les hagas nada… de momento.

Le devolvió la varita al hombre lobo, y a continuación sacó un puñal de plata de la túnica y cortó las cuerdas que ataban a Hermione. Tras separarla de los otros prisioneros, la llevó hasta el centro de la habitación arrastrándola por el cabello.

—La muy perra me haló con fuerza —dijo Hermione con desprecio, espantando a sus hijos.

—¡Mamá! —exclamó Hugo, tan sorprendido como Rose.

—Es lo mínimo que puedo decir de ella —remató Hermione, mientras Alice, Frank y Neville asentían en silencio.

—Y se lo merece —confirmó Sirius.

Entretanto, Greyback obligó a los demás a salir por otra puerta que daba a un oscuro pasillo; iba con la varita en alto, ejerciendo con ella una fuerza invisible e irresistible.

¿Creen que me dejará a la chica cuando haya terminado con ella? —preguntó Greyback con voz melosa mientras los obligaba a avanzar por el pasillo—. Yo diría que al menos podré darle un par de mordiscos, ¿no, pelirrojo?

Harry notaba los temblores de Ron.

Los obligaron a bajar por una empinada escalera, todavía atados, de modo que corrían el peligro de resbalar y partirse el cuello. Al pie de la escalera había una gruesa puerta que Greyback abrió con un golpecito de su varita; forzó a los prisioneros a entrar en una húmeda y fría estancia y los dejó allí, a oscuras. El eco que produjo la puerta del sótano al cerrarse de golpe todavía no se había apagado cuando oyeron un largo y desgarrador grito proveniente del piso superior.

—¡Mamá! —exclamó Rose.

—Tranquila, mi niña —dijo Ron, sonriendo levemente—, eso es pasado. Ya ves que a tu mamá no le quedaron marcas.

—Al menos no visibles —dijo Hermione, haciendo señas a Draco para que siguiera leyendo.

¡Hermione! —chilló Ron, y empezó a retorcerse y forcejear con las cuerdas que los sujetaban, haciendo que Harry se tambaleara—. ¡Hermione!

¡Cállate! —le ordenó éste—. ¡Cállate, Ron! Tenemos que encontrar la forma de salir de…

¡Hermione! ¡Hermione!

Necesitamos un plan, deja ya de gritar. Hemos de librarnos de estas cuerdas…

¿Harry? —se oyó susurrar en la oscuridad—. ¿Ron? ¿Son ustedes?

Ron paró de gritar. Notaron un movimiento cerca de ellos, y entonces Harry vio que se acercaba alguien.

Eh, ¿son Harry y Ron?

¿Luna?, Luna, ¿eres tú?

¡Sí, soy yo! ¡Oh, no! ¡Confiaba en que no los capturarían!

—Tía Luna —dijo Lilu, sonriendo ampliamente.

—A ver cómo los puede ayudar —replicó Freddie, ganándose una dura mirada de parte de Lilu.

¿Puedes ayudarnos a soltar estas cuerdas, Luna? —pidió Harry.

Sí, claro, supongo que sí… Por aquí hay un clavo viejo que usamos cuando necesitamos romper algo… Esperen un momento…

Hermione volvió a gritar en el piso superior, y los chicos oyeron gritar también a Bellatrix, pero no entendieron lo que decía, porque Ron reanudó sus berridos:

¡Hermione! ¡Hermione!

Señor Ollivander… —le oyó decir Harry a Luna—. Señor Ollivander, ¿tiene usted el clavo? Si no le importa apartarse un poquito… Me parece que estaba junto a la jarra de agua… —La muchacha regresó al cabo de unos segundos—. Tendrán que estar quietos.

Harry notó cómo Luna hincaba el clavo en las duras fibras de la cuerda para deshacer los nudos. En ese momento volvieron a oír la voz de Bellatrix:

¡Te lo preguntaré una vez más! ¿De dónde sacaron esta espada? ¿De dónde?

La encontramos… la encontramos… ¡Oh, por favor! —Hermione soltó un alarido.

Ron se retorció de nuevo, y el herrumbroso clavo estuvo a punto de perforar la muñeca de Harry.

—Pero, tío Ron, ¿no podías quedarte tranquilo? —exclamó Lilu, al borde de la desesperación.

¡Haz el favor de estarte quieto, Ron! —susurró Luna—. No veo lo que hago…

—Lilu está de acuerdo con tía Luna —comentó Al, provocando algunas risitas dentro de la tensión general que se vivía en la Sala.

¡Busca en mi bolsillo! —urgió Ron—. ¡Llevo un desiluminador, y está cargado de luz!

Unos segundos más tarde se oyó un chasquido, y las esferas de luz que el desiluminador había absorbido de las lámparas de la tienda iluminaron el sótano, pero al no poder volver a su fuente, se quedaron allí suspendidas, como pequeños soles, inundando de luz la celda subterránea. Harry vio entonces a Luna, pálida y de ojos desorbitados, y al inmóvil Ollivander, el fabricante de varitas, acurrucado en el suelo, en un rincón; luego giró la cabeza y observó a sus dos compañeros de cautiverio: Dean y Griphook, el duende, que parecía semiinconsciente y se mantenía en pie gracias a las cuerdas que lo ataban a los humanos.

Así resulta mucho más fácil. Gracias, Ron —dijo Luna mientras terminaba de cortar las ataduras—. ¡Hola, Dean!

La voz de Bellatrix volvió a llegar desde arriba:

¡Mientes, asquerosa sangre sucia, y yo lo sé! ¡Has entrado en mi cámara de Gringotts! ¡Di la verdad! ¡Confiesa!

Otro grito estremecedor…

¡Hermione!

¿Qué más se llevaron de allí? ¿Qué más tienen? ¡Dime la verdad o te juro que te atravieso con este puñal!

—Lo que dijiste, papá —dijo Louis, haciendo sonreir y asentir a Bill—, ella debía estar guardando algo más en la cámara.

¡Ya está!

Harry notó cómo las cuerdas se soltaban; se dio la vuelta frotándose las muñecas y vio que Ron ya se afanaba por el sótano, mirando el techo en busca de una trampilla. Dean, con la cara magullada y ensangrentada, le dio las gracias a Luna y se levantó tembloroso; pero Griphook, cuya tez morena estaba cubierta de cardenales, se desplomó en el suelo; parecía desorientado y semidesmayado.

Ron intentaba desaparecerse sin varita mágica.

No hay ninguna salida, Ron —indicó Luna contemplando los infructuosos esfuerzos del chico—. Este sótano está hecho a prueba de fugas; al principio yo también lo intenté. El señor Ollivander lleva aquí mucho tiempo, y también lo ha probado todo.

—Normalmente —comentó Sirius—, las grandes casas de los 28 sagrados tienen ese tipo de adiciones: cuartos secretos, mazmorras o sótanos para prisioneros, barreras antimuggles y demás exquisiteses.

Hermione seguía chillando; el sonido de sus gritos recorría a Harry como un dolor físico. Apenas consciente del intenso dolor que le producía la cicatriz, él también se puso a dar vueltas por el sótano, palpando las paredes en busca de no sabía qué, aun consciente de que era inútil.

¿Qué más se llevaron? ¿Qué más? ¡Contéstame! ¡Crucio!

Los lamentos de Hermione resonaban en el piso de arriba; Ron sollozaba mientras golpeaba las paredes con los puños, y Harry, desesperado, cogió el monedero de Hagrid que le colgaba del cuello y sacó la snitch de Dumbledore. La agitó, esperando tal vez un milagro, pero no ocurrió nada. Luego agitó también la rota varita de fénix, pero había quedado completamente inservible; entonces el fragmento de espejo cayó al suelo y Harry vio un intenso destello azul…

El ojo de Dumbledore lo miraba desde el espejo.

Varios miraron al profesor Dumbledore, quien a su vez veía a Draco leer.

¡Ayúdanos! —le suplicó, abrumado—. ¡Estamos en el sótano de la Mansión Malfoy! ¡Ayúdanos!

El ojo parpadeó, pero enseguida desapareció.

Harry ni siquiera estaba seguro de haberlo visto. Inclinó el fragmento de espejo hacia un lado y otro, pero sólo vio el reflejo de las paredes y el techo del sótano; arriba, Hermione gritaba cada vez más fuerte, y a su lado Ron no paraba de bramar: «¡Hermione! ¡Hermione!»

¿Cómo entraron en mi cámara? —preguntó Bellatrix—. ¿Les ayudó ese desgraciado duende que está en el sótano?

¡Lo hemos conocido esta noche! —gimoteó Hermione—. Nunca hemos estado en su cámara. ¡Esta no es la espada verdadera! ¡Es una copia, sólo una copia!

¿Una copia? —repitió Bellatrix con voz estridente—. ¡Mentirosa!

¡Podemos comprobarlo fácilmente! —exclamó Lucius—. ¡Ve a buscar al duende, Draco; él sabrá decirnos si la espada es auténtica o no!

—El tema es que quiera colaborar con ella y dejarlos a merced de Voldemort —comentó sombríamente Bill—, o protejerlos y mentirle a Bellatrix. Habrá que ver que decidió.

Harry se acercó presuroso a Griphook, acurrucado en el suelo.

Griphook —le susurró acercando los labios a su puntiaguda oreja—, debes decirles que esa espada es una falsificación; no deben saber que es la auténtica. Por favor, Griphook…

El muchacho oyó pasos en la escalera que conducía al sótano y, un momento más tarde, la temblorosa voz de Draco bramó detrás de la puerta:

Draco se interrumpió por un segundo, el suficiente para ver a Harry, levantar una ceja y seguir.

¡Apártense y pónganse en fila en la pared del fondo! ¡No intenten hacer nada, o morirán!

—¡Vamos, Draco! —exclamó Seamus—, tú no matas ni una mosca.

—Señor Finnigan, por favor —reclamó la directora McGonagall, por lo que Draco sólo bufó antes de seguir.

Los prisioneros obedecieron.

Cuando la llave giró en la cerradura, Ron accionó el desiluminador y las luces fueron absorbidas por éste, dejando el sótano a oscuras. Entonces la puerta se abrió de golpe; Malfoy, pálido pero decidido, entró con la varita en alto, agarró al menudo duende por un brazo y lo sacó a rastras. Cerró de nuevo la puerta y en ese preciso instante un fuerte «¡crac!» resonó en el sótano.

—¿Una aparición? —preguntó Molls—, ¿en el sótano, donde se supone que nadie puede aparecerse?

—Quizás sea un elfo doméstico —aventuró Frankie.

—La pregunta sería quién —replicó Louis.

—Esperemos que nos lo diga la lectura —indicó Dumbledore, dando paso a que Draco siguiera leyendo.

Ron volvió a accionar el desiluminador y salieron tres esferas de luz que se quedaron suspendidas en el aire, revelando a Dobby, el elfo doméstico, que acababa de aparecerse en medio de los prisioneros.

¡Dob…!

Harry cogió a Ron por el brazo para que no gritara, y éste puso cara de susto al darse cuenta del error que habría cometido. A través del techo oyeron pasos en el piso de arriba, sin duda Draco conduciendo a Griphook ante Bellatrix.

Dobby tenía muy abiertos sus enormes ojos con forma de pelotas de tenis, y temblaba desde los pies hasta la punta de las orejas: había regresado a la casa de sus antiguos amos y era evidente que estaba muerto de miedo.

En la Sala, Harry, Ron y Hermione habían cambiado su mirada expectante a una de tristeza, mientras Draco había endurecido levemente su voz al nombrar al antiguo elfo doméstico de la familia Malfoy.

Harry Potter —dijo con un hilo de voz—, Dobby ha venido a rescatarte.

Pero ¿cómo has…?

Un alarido espeluznante ahogó las palabras de Harry: estaban torturando otra vez a Hermione, así que el chico decidió ir al gramo:

¿Puedes desaparecerte de este sótano, Dobby? —El elfo asintió agitando las orejas—. ¿Y puedes llevarte a humanos contigo? —Volvió a asentir—. Muy bien. Pues quiero que cojas a Luna, Dean y el señor Ollivander y los lleves a… a…

A casa de Bill y Fleur —dijo Ron—. ¡A Shell Cottage, en las afueras de Tinworth!

El elfo asintió una vez más.

Y luego quiero que vuelvas aquí —añadió Harry—. ¿Podrás hacerlo, Dobby?

Dobby es un elfo muy valiente —comentó Alisu, sonriendo, aunque apagó su sonrisa al ver la tristeza en el rostro de Harry.

Claro, Harry Potter —susurró el pequeño elfo. Se aproximó rápidamente al señor Ollivander, que estaba semiinconsciente, lo cogió de la mano y luego tendió la otra mano a Luna y Dean, pero ninguno de los dos se movió.

¡Queremos ayudarte, Harry! —susurró Luna.

No podemos dejarte aquí —dijo Dean.

¡Váyanse! ¡Nos veremos en casa de Bill y Fleur!

—¡Mejor que se vayan! —exclamó CJ, angustiado como muchos en la Sala.

Mientras hablaba, a Harry cada vez le dolía más la cicatriz, y al bajar la vista, no vio al fabricante de varitas, sino a otro individuo tan anciano como él e igual de delgado, pero que reía con sorna.

¡Mátame, Voldemort! ¡No me importa morir! Pero con mi muerte no conseguirás lo que buscas. Hay tantas cosas que no entiendes…

Harry sintió la furia de Voldemort, pero en ese momento Hermione volvió a gritar; el muchacho ahuyentó de su mente toda emoción ajena y se concentró en el sótano y los peligros que lo amenazaban.

¡Vayan! —suplicó Harry a Luna y Dean—. ¡Vayan! ¡Nosotros les seguiremos, pero márchense ya!

Los chicos se agarraron a los dedos del elfo. Se oyó otro fuerte «¡crac!» y Dobby, Luna, Dean y Ollivander se esfumaron.

¿Qué ha sido eso? —gritó Lucius Malfoy en el piso de arriba—. ¿Lo han oído? ¡Ese ruido en el sótano! —Harry y Ron intercambiaron una mirada—. ¡Draco! ¡No, llama a Colagusano! ¡Que vaya él a ver qué pasa!

—Traidor —masculló Sirius. James y Lily miraron al animago, pero no comentaron nada.

Oyeron pasos en el salón y luego un silencio sepulcral. Harry dedujo que arriba estaban muy atentos a cualquier ruido proveniente del sótano.

Tendremos que derribarlo e inmovilizarlo —le susurró Harry a Ron.

No tenían alternativa: si alguien comprobaba que faltaban tres prisioneros estarían perdidos—. Deja las luces encendidas —añadió.

Entonces oyeron que alguien bajaba por la escalera y se arrimaron contra la pared, uno a cada lado de la puerta.

—No sabe lo que le espera —dijo James con orgullo paterno.

—Definitivamente —confirmó Sirius.

¡Retírense! —ordenó Colagusano—. Apártense de la puerta. Voy a entrar.

La puerta se abrió de golpe y Colagusano escudriñó rápidamente el sótano, iluminado por los tres diminutos soles flotantes y en apariencia vacío. Y al punto Harry y Ron se abalanzaron sobre él. Ron le agarró la mano con que sostenía la varita y le levantó el brazo, y Harry le tapó la boca con una mano para que no gritara. Pelearon en silencio; la varita de Colagusano lanzaba chispas y su mano de plata se cerró alrededor del cuello de Harry.

¿Qué pasa, Colagusano? —dijo Lucius Malfoy desde el piso superior.

¡Nada! —contestó Ron en una pasable imitación de la jadeante voz de Colagusano—. ¡No pasa nada!

—La verdad es que a mí me engañó —reconoció Draco antes de seguir leyendo.

Harry apenas podía respirar.

¿Vas a matarme? —logró decir el muchacho intentando soltarle los dedos metálicos—. ¡Te salvé la vida! ¡Me debes una, Colagusano!

—Cierto —reconoció Rose—, cuando estaba a punto de que el señor Sirius y el señor Remus lo asesinaran en la Casa de los Gritos. Tío Harry dijo que su papá no hubiera aprobado que sus dos amigos se volvieran asesinos.

—Y aún lo sostengo —dijo James, mirando sucesivamente a Sirius y Remus.

Los dedos de plata se aflojaron y Harry, que no se lo esperaba, quedó libre, pero, aun presa del asombro, no le quitó la mano de la boca a Colagusano, que, asustado, abrió mucho los ojos —pequeños y vidriosos, como de rata—, al parecer tan extrañado como Harry de lo que acababa de hacer su mano, del brevísimo impulso de clemencia que aquel gesto había delatado. Entonces siguió peleando con más vigor, como para compensar ese momento de debilidad.

Y esto nos lo quedamos —dijo Ron en voz baja, arrancándole la varita a Colagusano.

Una vez despojado de su varita, Pettigrew se vio impotente y el miedo le dilató las pupilas. Y en vez de mirar a Harry a la cara, desvió la vista hacia otro lugar, al mismo tiempo que sus dedos de plata se acercaban inexorablemente a su propio cuello.

No…

Instintivamente, Harry trató de retenerle la mano, pero no había manera de detenerla. La herramienta de plata con que Voldemort había provisto al más cobarde de sus vasallos se había vuelto contra su desarmado e inhabilitado dueño: Pettigrew estaba cosechando los frutos de su vacilación, de aquel breve instante de piedad, y su propia mano lo estrangulaba.

—Pobrecito —dijo Alisu, aunque sin mucho ímpetu.

—Se lo merecía —bufó Sirius—, por traidor.

—Recuerda que antes de eso, Peter fue nuestro amigo —intentó conciliar Lily.

—Esa amistad murió cuando los entregó a Voldemort —indicó Remus—, y causó que Sirius pasara 12 años en Azkaban.

¡No!

Ron también había soltado a Colagusano, y ambos amigos intentaron separarle los dedos metálicos del cuello, pero sus esfuerzos eran inútiles: Pettigrew se estaba poniendo morado.

¡Relashio! —dijo Ron apuntando a la mano de plata con la varita, pero no consiguió nada.

Pettigrew cayó de rodillas, y en ese instante Hermione lanzó un grito desgarrador en el piso de arriba. Colagusano, completamente amoratado, puso los ojos en blanco, tuvo un último espasmo y se quedó inmóvil.

—Y así se lee como se muere un traidor —insistió Sirius, aunque con monotonía en la voz.

—Aunque Colagusano sabía que tenía esa deuda de vida con Harry —aceptó Remus—, lo que le hizo dudar.

—Y me imagino que eso estaba imbuído en la magia con la que Voldemort creó esa mano de plata —reflexionó James—, que no le perdonaría la primera duda, no sobreviviría a ella.

Harry y Ron se miraron. De inmediato abandonaron el cadáver de Colagusano en el suelo, subieron corriendo la escalera y se encaminaron hacia el oscuro pasillo que conducía al salón. Avanzaron con sigilo hasta llegar a la puerta entreabierta. Desde allí vieron claramente a Bellatrix y Griphook, que sujetaba la espada de Gryffindor con sus manos de largos dedos; Hermione, tendida a los pies de Bellatrix, apenas se movía.

¿Y bien? —le dijo Bellatrix al duende—. ¿Es la espada auténtica?

Harry esperó, conteniendo la respiración y combatiendo el dolor de la cicatriz.

No —dijo Griphook—. Es una falsificación.

¿Estás… seguro? —insistió Bellatrix con voz entrecortada—. ¿Completamente seguro?

Sí —afirmó el duende.

—Al menos Griphook no traicionó a Harry —dijo Bill, impactado como muchos en la Sala.

El alivio iluminó la cara de la bruja, de la que desapareció toda señal de tensión.

Bien —dijo, y con un somero golpe de la varita le hizo otro profundo corte en la cara al duende, que se derrumbó gritando de dolor a los pies de Bellatrix. Ella lo apartó de una patada—. Y ahora —dijo con voz triunfal—, llamaremos al Señor Tenebroso.

Se retiró la manga y tocó la Marca Tenebrosa con el dedo índice.

—¡Miserable! —exclamó Neville.

—¿Qué podías esperar de ella, hijo? —comentó Frank.

Harry sintió como si su cicatriz volviera a abrirse y dejó de ver su entorno. Ahora él era Voldemort y el esquelético mago que se hallaba ante él reía mostrando una boca desdentada; aquel llamamiento lo había enfurecido: ya se lo había advertido, les había dicho que no lo llamaran más, a menos que hubieran capturado a Potter. Si se habían equivocado…

¡Mátame! —dijo el anciano—. ¡No vencerás! ¡No puedes vencer! ¡Esa varita nunca será tuya, jamás!

La ira de Voldemort estalló y un chorro de luz verde inundó la celda de la prisión; el frágil anciano se elevó de su duro camastro y volvió a caer, inerte; entonces Voldemort se acercó a la ventana, sin poder controlar su cólera… Si no tenían una buena razón para hacerlo regresar, recibirían su merecido.

—Pobrecito —dijo Alisu, mientras Dumbledore bajaba la mirada en silencio.

Y creo que podemos prescindir de la sangre sucia —dijo Bellatrix—. Puedes llevártela si quieres, Greyback.

¡Nooooooo!

Cuando Ron irrumpió en el salón, Bellatrix se dio la vuelta sobresaltada y lo apuntó con la varita.

¡Expelliarmus! —gritó el chico apuntándola a su vez con la varita de Colagusano, y la de la bruja saltó por los aires.

—Buen hechizo, Ron —exclamó Charlie, contento.

Harry que había entrado detrás de Ron, la atrapó al vuelo. Lucius, Narcisa, Draco y Greyback también se volvieron.

Harry gritó «¡Desmaius!» y Lucius Malfoy cayó al fuego de la chimenea. De las varitas de Draco, Narcisa y Greyback salieron chorros de luz, pero Harry se lanzó al suelo y rodó detrás de un sofá para esquivarlos.

¡Deténganse o la mato!

Jadeando, Harry asomó la cabeza.

Bellatrix tenía agarrada a Hermione, que parecía inconsciente, y amenazaba con clavarle el puñal en el cuello.

—Estaba muy adolorida, pero no inconsciente —indicó Hermione, con voz queda.

Suelten las varitas —espetó la bruja—. ¡Suéltenlas, o comprobaremos lo sucia que tiene la sangre esta desgraciada!

Ron permaneció inmóvil aferrando la varita de Colagusano, pero Harry se incorporó, sin soltar la varita de Bellatrix.

¡He dicho que las suelten! —chilló ella, e hincó la punta del puñal en el cuello de Hermione, del que salieron unas gotas de sangre.

Algunos de los más jóvenes hicieron ruidos de sorpresa, temor o angustia, que no interrumpieron la lectura de Draco, bastante monótona en este punto.

¡Está bien, de acuerdo! —gritó Harry, y dejó caer la varita junto a sus pies. Ron hizo otro tanto y ambos levantaron las manos.

¡Muy bien! —dijo Bellatrix mirándolos con ensañamiento—. ¡Recógelas, Draco! ¡El Señor Tenebroso está a punto de llegar, Harry Potter! ¡Se acerca tu hora!

Harry lo sabía; tenía la impresión de que la cabeza iba a estallarle, y mientras tanto veía a Voldemort surcando el cielo, sobrevolando un mar oscuro y tempestuoso; pronto estaría lo bastante cerca para aparecerse, y a él no se le ocurría ninguna forma de escapar.

Y ahora —añadió Bellatrix en voz baja mientras Draco volvía con las varitas—, Cissy, creo que deberíamos atar de nuevo a estos pequeños héroes, mientras el hombre lobo se encarga de la señorita Sangre Sucia. Estoy segura de que al Señor Tenebroso no le importará que te quedes con la chica, Greyback, después de lo que has hecho esta noche.

Justo cuando Bellatrix pronunció «noche» se oyó un extraño chirrido proveniente del techo. Todos miraron hacia arriba y vieron temblar la araña de cristal; entonces, con un crujido y un amenazador tintineo, ésta se desprendió del techo. Bellatrix, que se hallaba justo debajo, soltó a Hermione dando un chillido y se lanzó hacia un lado. El artefacto cayó encima de Hermione y el duende con un estallido de cadenas y cristal. Relucientes fragmentos de cristal volaron en todas direcciones y Draco se dobló por la cintura, tapándose la ensangrentada cara con las manos.

—Elfo desgraciado —soltó Draco antes de seguir leyendo. Esto provocó risas en la Sala, a pesar de la tensión por lo que se leía.

Ron corrió a rescatar a Hermione de debajo de la lámpara y Harry aprovechó la oportunidad: saltó por encima de una butaca y le arrebató las tres varitas a Draco; apuntó con todas a Greyback y chilló: «¡Desmaius!» Alcanzado por el triple hechizo, el hombre lobo se elevó hasta el techo y luego cayó al suelo.

Auch! —exclamó JS —¡Eso tuvo que doler!

Esto provocó algunas risas en la Sala, aunque no se extendieron porque Draco lo impidió al continuar la lectura.

Mientras Narcisa arrastraba a Draco para ponerlo a cubierto, Bellatrix, con el pelo alborotado, se puso en pie empuñando el puñal de plata. De pronto Narcisa apuntó con su varita al umbral de la puerta.

¡Dobby! —gritó, y hasta Bellatrix se quedó paralizada—. ¡Tú! ¿Has sido tú el que ha soltado la araña de…?

El diminuto elfo entró trotando en la habitación, señalando con un tembloroso dedo a su antigua dueña.

¡No le haga daño a Harry Potter! —chilló.

¡Mátalo, Cissy! —bramó Bellatrix, pero se oyó otro fuerte «¡crac!», y la varita de Narcisa también saltó por los aires y fue a parar al extremo opuesto del salón.

—¿Le quitó la varita a una bruja? —exclamó Violet, impresionada.

—Pues eso es lo que parece —respondió Daisy, igualmente impactada.

¡Maldito payaso! —rugió Bellatrix—. ¿Cómo te atreves a quitarle la varita a una bruja? ¿Cómo te atreves a desafiar a tus amos?

¡Dobby no tiene amos! —replicó el elfo—. ¡Dobby es un elfo libre, y Dobby ha venido a salvar a Harry Potter y sus amigos!

Harry apenas veía de dolor. Sabía, intuía, que sólo disponían de unos segundos antes de que llegara Voldemort.

—Tenían que irse lo antes posible —comentó Lily, angustiada como muchos en ese momento.

¡Cógela, Ron! ¡Y vámonos! —Le lanzó una varita y se agachó para sacar a Griphook de debajo de la lámpara. Levantó al duende, que todavía no había soltado la espada, y se lo cargó al hombro; a continuación, le dio la mano a Dobby, giró sobre sí mismo y se desapareció.

Mientras se sumía en la oscuridad, vio el salón por última vez: las pálidas e inmóviles figuras de Narcisa y Draco, el rastro rojizo del cabello de Ron, la borrosa línea plateada del puñal de Bellatrix, que cruzaba la habitación hacia el sitio de donde el muchacho estaba esfumándose…

«La casa de Bill y Fleur… Shell Cottage… La casa de Bill y Fleur…», se dijo.

Se había desaparecido hacia lo desconocido; lo único que podía hacer era repetir el nombre de su destino y confiar en que eso bastara para llegar hasta allí. El dolor de la frente lo traspasaba, acusaba el peso del duende y notaba la hoja de la espada rebotándole contra la espalda. Dobby le tiraba de la mano y Harry se preguntó si el elfo estaría intentando tomar las riendas y conducirlos en la dirección correcta; le apretó los dedos para darle a entender que a él le parecía bien…

De pronto tocaron tierra firme y olieron a aire salado. Harry cayó de rodillas, soltó la mano de Dobby e intentó depositar suavemente a Griphook en el suelo.

¿Estás bien? —preguntó al ver que el duende se movía, pero Griphook se limitó a gimotear.

Harry escudriñó los oscuros alrededores. Creyó distinguir una casita a escasa distancia, bajo un amplio y estrellado cielo, y le pareció que había gente en ella.

¿Es Shell Cottage, Dobby? —preguntó en voz baja, aferrando las dos varitas que se había llevado de la casa de los Malfoy, preparado para defenderse si era necesario—. ¿Hemos venido a donde queríamos, Dobby?…

—Por lo del aire salado y la casita bajo un amplio y estrellado cielo —dijo Vic—, me parece que sí, lograron llegar a nuestra casa, o al menos cerca.

Miró alrededor. El pequeño elfo estaba a sólo unos palmos de él.

¡Dobby!

El elfo se tambaleó un poco; las estrellas se reflejaban en sus enormes y brillantes ojos. Ambos bajaron la mirada hacia la empuñadura del puñal que, clavado en el pecho de Dobby, subía y bajaba al compás de su respiración.

—¡Nooo! —exclamaron a coro Alisu, las mellizas Dursley, Molls, Christina y CJ, mientras que otros sólo reflejaron su pesar tapándose los labios con los dedos.

¡Dobby! ¡No! ¡Que alguien me ayude! —gritó Harry mirando hacia la casa, a través de cuyas ventanas se veía gente moviéndose—. ¡Que alguien me ayude!

No sabía ni le importaba si eran magos o muggles, amigos o enemigos; lo único que le preocupaba era la mancha oscura que se extendía por el pecho de Dobby y la mirada suplicante del elfo, que le tendía los delgados brazos. El muchacho lo cogió y lo tumbó de lado sobre la fría hierba.

No, Dobby. No te mueras… No te mueras…

Los ojos del elfo lo enfocaron, y los labios le temblaron al articular sus últimas palabras:

Harry… Potter…

Dobby se estremeció un poco y se quedó inmóvil, y sus ojos se convirtieron en dos enormes y vidriosas esferas salpicadas del resplandor de las estrellas que ya no podían ver.

—Noooo —volvió a exclamar Alisu, rompiendo a llorar como varios de los más jóvenes en la Sala.

—Nadie es eterno —dijo gravemente Dumbledore—, y eso es una ley de vida, pero la partida de algunos duele más que la de otros, y lo hemos visto en la lectura de este capítulo.

—¡Pero es que Dobby quería mucho a tío Harry! —dijo Alisu, secándose los lagrimones que caían de sus ojos.

—Y yo también lo quería —comentó Harry, mientras Draco, suspirando, dejaba el pergamino en el atril—. Dobby se dejaba querer. Que otros no lo reconocieran, escapa de mis manos.

Draco encogió los hombros, pero no comentó nada. Quien sonrió, extrañada, fue Hannah, al ver que ella había sido seleccionada para leer el nuevo capítulo.


Buenos días del martes desde San Diego, Venezuela! Estos dos días han sido una locura absoluta debido a que, justo el domingo cuando comencé a editar el capítulo acá en el Doc Manager de ffn, se cayó la conexión, y no regresó hasta ayer en la tarde, tarde, y tan fluctuante que no me dejaba ni siquiera cargar un video en Youtube (por si les interesa, allá estoy como " ", y publico videos donde hablo "De Todo como en Botica"), así que me tocó terminar de cargarlo hoy martes en la mañana. Dejaré los comentarios para este domingo, pero no dejaré nunca de agradecerles su compañía con sus visitas, marcas de alerta activadas, marcas de favoritos y comentarios! Saludos y bendiciones!