XII. PISCIS

SIDE A

And this time I know it's for real
The feelings that I feel
I know if I put my mind to it
I know that I really can do it

I got my mind set on you
Set on you
I got my mind set on you
Set on you

I got my mind set on you, George Harrison.


Traía muy pegada una canción de los Beatles desde al menos una semana atrás: Yellow submarine, en un silbido la tarareaba por el jardín de Piscis; aspiraba el aroma de las rosas que penetraba hasta la última célula de su cuerpo, se esbozó una breve sonrisa en sus labios y continuó con la importantísima labor de silbar Yellow submarine mientras llevaba en la mano una bolsa con todo lo que necesitaba para arreglar los rosales, para nutrirlos. Ver germinar los frutos de sus muchas horas de dedicación era como… no podía decir que algo excitante, porque ciertamente no sentía el más mínimo atisbo de excitación al respecto, más bien era un placer visual, de lo bello, de lo sublime.

Muy dentro, en la parte más apartada del inmenso jardín, brotaban las rosas blancas, unas medio entintadas en rojo otras no.

La verdad es que no tenía ninguna necesidad de cultivar esas rosas, lo hacía porque… le divertía, no porque lo necesitara…

Desde muy joven había aprendido a la perfección la técnica de Piscis, la dominaba, y su cosmos no era nada despreciable, así que su distracción eran los jardines del doceavo templo y el sendero hacia el templo patriarcal.

Se abrió paso singularmente hasta llegar a su pequeño jardín secreto.

Las rosas medio tintas estaban tomando una coloración interesante en la parte más baja.

Se agachó y dejó de lado lo que llevaba en las manos, algo en la tierra pareció moverse, ligeramente.

—Es impresionante la fuerza física que posees… —comentó sonriente, entre la tierra, a los pies del rosal, un ligero movimiento, alargó la mano para quitar lo que parecía ser una vara de bambú hueca, algo así como un popote, rápidamente retiró con las níveas manos la tierra y descubrió un rostro humano sumamente pálido, que al verse liberado de la tierra pareció respirar—, shhh, con calma, si respiras de esa manera te atragantarás con la tierra…

Con ternura le retiró los castaños cabellos de la frente, los ojos del hombre le miraron aterrados.

—¿No es hermoso el rosal que crece? —inquirió el Arconte de Piscis.

La planta crecía, como brotando, del cuerpo del hombre ahí enterrado y completamente débil, imposibilitado para moverse. No sólo eso, un tallo crecía desde su estómago, otro desde su pecho, uno más en sus piernas.

Afrodita había injertado en el cuerpo humano las rosas blancas, las Rosas Sangrientas, que se nutrían con el cosmos y con la sangre de ese cuerpo, lentamente, poco a poco… había descubierto como crear un jardín viviente con cuerpos humanos.

Los mantenía con vida un buen tiempo, nutridos por un suero que inyectaba y respirando en condiciones precarias, mientras tanto las rosas crecían parasitariamente.

Aquel hombre era un caballero, uno de los aprendices del santo de plata Albiore… y lo tenía ahí por simple casualidad.

Un día había visto a Albiore, cuando fue al recinto sagrado de Atenea, le había llamado poderosamente la atención, pero Albiore parecía embebido en otras cosas y no en él. Llevaba muy mal el rechazo y sobre todo que le ignoraran, porque él, entre todos los caballeros, era el más bello, y que alguien pasara de largo le parecía una ofensa.

Así que por una casualidad se topó con aquel paje que tenía un mensaje para el Patriarca, lo interceptó y después de leer la misiva, que no era para él, acerca del aspirante a la armadura de Andrómeda, decidió quedarse con el jovencito… sólo por tener algo que fuese de Albiore y por saber que era lo que hacían en esa lejana isla pulgosa en donde estaban guarecidos… cuando ya no encontró nada más interesante que hacer, se le ocurrió la genial idea de llevar acabo esa práctica, la de injertar sus rosas en el cuerpo del paje.

—¿Sabes? Pronto voy a viajar hacia tu isla, hacia ese apestoso lugar en donde están, pero no pongas esa cara, estoy seguro de que a tu maestro le dará mucho gusto saber de ti, incluso me llevaré una rosa de estas —tocó los pétalos blanquísimos de una rosa que no estaba tinta en sangre todavía—, resulta que dieron la encomienda de terminar con los rebeldes y con Albiore, a Milo… ese inútil… pero yo voy a seguirle los pasos muy de cerca… ese caballero de plata es mucha pieza para el griego…

Se rio como si acabaran de contarle el último chiste de moda.

—Presentaré mis respetos a los moradores de la isla, ¿acaso no te parece amable? —preguntó acariciando el pálido y aterrado rostro del paje—, me gustaría llenar este jardín de más cuerpos… ¿Te imaginas las rosas tan bellas que crecerían?

Removió un poco la tierra y colocó el abono para las rosas, unos metros más adelante un ligero movimiento ondeo la tierra, era otro cuerpo que estaba injertado, había al menos otros cinco ahí.

Afrodita había descubierto que los cuerpos que mantenían con vida las rosas y les llenaban de mayor esplendor, eran los de los caballeros, porque había probado también con algunos civiles comunes y corrientes, pero estos morían rápidamente y las rosas se secaban.

—Debería enterrar a Milo, seguramente daría una especie de rosas pirañas muy interesantes… incluso debería injertarle el tallo en ese falo del que está tan orgulloso, así permanecería suficientemente duro, como a él le gusta… —acabó por reírse de nueva cuenta por la obscenidad que acababa de decir—, o a Drake, el Arconte de Cáncer… aunque no estoy seguro de que aberración brotaría de su vulgar cuerpo…

Arqueó una ceja y se encogió de hombros.

—Seguro que estaría maldiciendo y lanzando guarradas desde la tierra… —le sonrió con simpatía al jovencito—, todavía te quedan algunos días —pronunció, como si eso fuese un consuelo—, al menos no estás solo, tienes compañía aquí, aunque el que está a tu lado ya está más tieso que la polla de Zeus, en fin…

Colocó de nueva cuenta la vara hueca en sus labios y volvió a cubrir al hombre con la tierra del jardín, después revisó parsimoniosamente los otros cuerpos que mantenían en plenitud las rosas blancas que se tornaban lentamente en carmesí… al ritmo de Yellow submarine, la canción que seguía silbando animadamente en su ardua labor de botánica…


SIDE B

Fire in the ice,
naked to the T-bone is a lover's disguise
hanging on the head drum,
shaking like a mad bull,
She's got the look.
Swaying to the band,
moving like a hammer,
she's a miracle man,
loving is the ocean,
kissing is the wet sand,
she's got the look.

The look, Roxette.

FIN