Capítulo 2

Veo que estás temblando -. dijo aquella voz odiosa.- No voy a pegarte si te comportas bien.

georgette heyer, El cachorro del diablo

Tragó saliva y dijo con voz ronca:

¿Señor Grandchester?

Los labios severos y delgados del hombre apenas se movieron.

Exacto Soy el señor Grandchester.

Ella intentó recuperar el aliento. Elroy no le había dicho que quien compró La Novia del Francés había sido él, aunque su tía sólo le comunicaba las noticias que quería que Candy supiera. Los años se esfumaron. Veintidós. Ésa era la edad que él tenía cuando ella arruinó su carrera. Apenas más que un crío.

Tenía un aspecto rarísimo en esa época, con su cuerpo a lo Ichabod demasiado alto, demasiado delgado, el cabello demasiado largo, la nariz demasiado grande, todo él demasiado excéntrico para una ciudad del Sur, su físico, su acento, su actitud. Naturalmente las chicas quedaron deslumbradas. Vestía siempre de negro, por lo general ropa raída, con pañuelos de seda anudados en el cuello, algunos con flecos, uno de cachemira pálida, otro tan largo que le llegaba a las caderas. Empleaba frases como «terriblemente mal» y «no fastidies» Yen una ocasión dijo «veo que estamos un poco debiluchos hoy"

La primera semana de clase le pillaron con una tabaquera de carey. El día que oyó a los chicos murmurar que parecía un marica, les miró por encima de su larga nariz y les dijo que lo consideraba un cumplido ya que muchos de los grandes hombres de la historia habían sido homosexuales. Por desgracia –añadió-, yo he sido condenado a una vida de vulgar heterosexualidad. Sólo espero que algunos de vosotros seáis más afortunados.

Aquello fue carne de reunión de padres-profesores.

El joven profesor que ella recordaba sin embargo no era más que un pálido antecedente del hombre imponente que se erguía ante ella. Grandchester seguía siendo raro aunque de un modo mucho menos inquie tante. Su cuerpo desgarbado había ganado en musculatura y se veía atlético. Era delgado pero ya no enclenque y, por fin, se había conjuntado con su cara, mientras que los pómulos que antes parecían feroces ahora poseían un aire patricio.

Candy conocía el olor del dinero, y le envolvía como una nube. La última vez que le viera, su pelo le llegaba a los hombros. Ahora seguía siendo espeso pero corto y cuidadamente despeinado, como el pelo de las estrellas del cine. No era fácil distinguir si su brillo se debía a algún producto costoso de peluquería masculina o a su buena salud, pero una cosa resultaba obvia: aquel corte no se lo habían hecho en Lakewood, Misisipí.

Llevaba un jersey acanalado de cuello de tortuga que se proclamaba a voces Armani, y pantalones de lanilla negra con finísimas rayas doradas. No sólo Ichabod Grane había crecido sino que había asistido a unos cursos de estilo, antes de comprar la academia y convertirla en franquicia internacional.

Candy casi nunca tenía que levantar la cabeza para mirar a un hombre, especialmente cuando llevaba tacones kilométricos, pero aho ra tuvo que levantarla. Para mirar aquellos ojos de zafiro altivo que tan bien recordaba. Su viejo resentimiento brotó enseguida:

Nadie me dijo que habías vuelto.

¿De veras? Qué divertido -. No había perdido su acento britá nico, aunque ella sabía que los acentos se pueden fingir. El suyo pro pio, por ejemplo, podía ser del Norte o del Sur, según exigiesen las cir cunstancias.- Pasa, por favor -. Grandchester dio un paso atrás para invitarla a entrar en su propia casa.

Tuvo ganas de hacerle un corte de manga y mandarlo al infierno. Pero la huida era uno de esos lujos que ya no se podía permitir, jun to con los berrinches y el abuso de las tarjetas de crédito. El desprecio que contraía las comisuras de los finos labios de Grandchester demostraba que sabía muy bien cuánto dolía su invitación. Saber que él esperaba que ella huyera despavorida le dio la fortaleza necesaria para erguir los hombros y cruzar el umbral de La Novia del Francés.

La había estropeado. Lo vio enseguida. Otra hermosa residencia del Sur arruinada en manos de un invasor extranjero.

La forma redondeada del vestíbulo de la entrada y la gran curva de la escalera permanecían iguales, pero él había destruido los románticos colores apastelados de Rose pintando las paredes curvas de un marrón oscuro y las viejas molduras de roble, de blanco tiza. Un discordante cuadro abstracto colgaba en el lugar de la pintura que antaño dominaba aquel espacio, un retrato de tamaño natural de ella misma a la edad de cinco años, vestida con exquisitos encajes blancos y lazos rosas y acurrucada a los pies elegantemente calzados de su bellísima madre.

Rose había insistido en que el artista añadiera un caniche de peluche a la composición, aunque no tenían un caniche ni ninguna clase de perro, a pesar de las súplicas de Candy. Su madre había declarado que no admitiría en su casa a nadie que acostumbrara lamer sus partes íntimas o las partes íntimas de cualquier otro.

Los desgastados suelos de madera habían sido sustituidos por losas de mármol unidas con bandas de mármol de color gris oscuro. Las antiguas cómodas habían desaparecido, como también el espejo dorado, estilo María Antonieta y el par de sillas tapizadas con brocados dorados. Ahora dominaba el espacio un piano de media cola de reluciente lacado negro. Un piano de media cola en el vestíbulo de entrada de La Novia del Francés… Puede que la abuela de Candy, con sus gustos vanguardistas supiera apreciar la extravagancia, pero sin duda Rose estaba revolviendo en su tumba.

Bueno, bueno... -. El acento de Candy viró al Sur profundo, como hacía siempre que se encontraba en posición desventajosa.- Si no has puesto tu sello personal en las cosas...

Hago lo que me place. La contempló con la arrogancia de un aristócrata que se ve obligado a hablar con la fregona, pero ella se merecía su hostilidad. Por mucho que él le pusiera los pelos de punta, había llegado el momento de enfrentarse a las consecuencias. Ya no se podía evitar, así que Candy dijo:

Te escribí una carta de disculpa.

¿De veras? -. Su expresión no podía ser de mayor desinterés.

Me fue devuelta.

No me digas

Pretendía mantenerla de pie en el vestíbulo. No se merecía un trato mejor pero tampoco iba a arrastrarse, de modo que optó por un término medio entre lo que le debía a él y lo que se debía a sí misma.

Demasiado poco y demasiado tarde, soy consciente de ello. Pero ¿qué demonios? El arrepentimiento es el arrepentimiento.

No sabría decirte. No tengo mucho de lo que arrepentirme.

Entonces presta atención a alguien que sí lo ha tenido y sabe lo que es. A veces, señor Grandchester, un simple «lo siento» es lo mejor que uno puede hacer.

Y a veces lo mejor no basta. ¿No es así?

No pensaba perdonarla, como era de esperar. No obstante, sus dis culpas no habían sonado demasiado sinceras y, puesto que él se merecía esta sinceridad, la integridad de Candy le exigía intentarlo de nue vo. No allí, sin embargo, no mientras estuviera de pie en el vestíbulo como una criada.

¿Te importaría si echo un vistazo? -. No esperó que le diera per miso sino que se adelantó y entró en el salón.

Cómo no. Su voz rezumó sarcasmo.

Las paredes grises hacían juego con las listas de mármol del suelo, mientras los mullidos sillones de cuero y el sofá de diseño repetían el marrón oscuro del vestíbulo. Cuatro fotografías de bustos de már mol en sepia estaban simétricamente dispuestas sobre la chimenea, que no era la misma que ella recordaba. La vieja repisa de roble, con sus marcas de fuego de las veces que Rose había olvidado abrir el hu mero, había sido sustituida por una repisa neoclásica maciza., con una cornisa voluminosa y un pedimento tallado reminiscentes de un templo helénico. En otra casa le habría encantado la atrevida yuxtaposición de lo clásico y lo moderno, pero no en La Novia del Francés.

Se volvió y vio la silueta de él enmarcada en el umbral, la postura de-perfecta arrogancia de un hombre acostumbrado a mandar. Sólo tenía cuatro años más que ella, es decir, unos treinta y siete. Cuando era su profesor, esos cuatro años representaban una brecha insuperable pero ahora no significaban nada. Recordaba que las Sauces del Mar le encontraban muy romántico, pero Candy se negaba a enamorarse de alguien que con tanta terquedad se resistía a sus coquetas insinuaciones

Tenía que reiterar sus disculpas y, en esta ocasión, con el tono apropiado, pero el desprecio con que él la observaba, unido a la profanación de su hogar, se interponía entre ella y su propósito.

Puede que te hiciera un favor. El salario de un profesor jamás podría comprar todo esto. Por cierto, enhorabuena por tu libro,

¿Has leído Último apeadero?

El escéptico arqueo de una ceja elegante le dio rabia a Candy.

Jolines, lo intenté. Pero había tantas palabras difíciles...

Exacto. Nunca has querido preocupar tu mente con nada más exigente que las revistas de moda. ¿Me equivoco?

Oye, si nadie las leyera, habría un montón de mujeres yendo por ahí en ropa de poliéster. Piensa en lo triste que sería eso -. Abrió los ojos mesuradamente.- Vaya... Ahora me vas a detener por vulgar.

El tiempo no había conseguido afinar su sentido del humor, pensó él.

Las detenciones no surten efecto contigo. ¿Verdad, Candy? Tu madre nunca las permitía.

- Desde luego, Rose tenía sus propias opiniones acerca de lo bueno o malo para mí. Ladeó la cabeza lo suficiente para que su melena se apartara de los diamantes falsos.- ¿Sabías que no quiso dejarme competir por el título de Miss Misisipí? Dijo que ganaría con toda seguridad, y ella no iba a permitir que una hija suya se acercara siquiera a una ciudad tan ordinaria como Atlantic City. Tuvimos una gran pelea pero ya sabes cómo era Rose cuando tomaba una decisión.

- Oh sí, me acuerdo.

Claro que se acordaba, pensó ella. Rose había sido quien lograra su despido. Había llegado el momento de dejar de torear e intentar de nuevo la largamente debida disculpa.

Lo siento. De veras. Lo que hice es imperdonable - Devolverle la mirada resultó más difícil de lo que le hubiese gustado, pero esta vez no vaciló .- Le dije a mamá que yo había mentido, pero el daño ya estaba hecho y tú ya te habías ido de la ciudad.

Qué extraño. No recuerdo que Rose tratara de localizarme. Resulta raro que a una mujer inteligente no se le ocurriera telefonear para decirme que todo estaba solucionado, que yo no había... ¿cómo lo dijo aquel día?... traicionado mi posición de autoridad comprometiendo la virtud de su inocente hijita.

Su forma lenta de pronunciar las últimas palabras revelaba que sabía exactamente qué hacían Anthony y ella en el asiento trasero del Camaro Rojo

No, no llamó. Y yo no tuve el valor de confesarle la verdad a mi padre -. William se había enterado, a pesar de todo, cuando estuvo revisando los papeles de Rose pocos meses después de su muerte y descubrió la confesión escrita de Candy.- Debes reconocer que papá te hizo justicia. Prácticamente puso un anuncio en el periódico declarando que yo había mentido.

Había pasado casi un año, ¿no es así? Un poco tarde. Ya me había visto obligado a volver a Inglaterra.

Candy quiso decir que había conseguido regresar a Estados Unidos; en la solapa de su libro ponía que ya era ciudadano estadounidense, pero sólo parecería otro intento de justificarse. Él se apartó de la puerta y se dirigió a un aparador que contenía un pequeño bar. Un bar en la sala de estar de Rose White...

¿Te apetece una copa? -. No era la invitación de un anfitrión educado sino la trampa edulcorada del gato que juega con el ratón.

Ya no bebo.

¿Te has reformado?

Demonios, no. Simplemente ya no bebo - Estaba actuando, trataba de ganarse unas risas. Se estaba humillando.

Él se sirvió unos dedos de lo que parecía una muy cara malta escocesa. Candy había olvidado el tamaño de sus manos. Solía decir a quien quisiera escucharla que era el afeminado más grande de la ciudad, pero, incluso entonces, esas manos voluminosas la desmentían. Seguían sin parecer las manos de alguien que recitaba sonetos de memoria y, en ocasiones, se ataba el pelo con una cinta de terciopelo negro.

Una tarde en que su grupo salió con retraso del instituto, le vieron en el campo contiguo con una pelota de fútbol. El fútbol no tenía adeptos en Lakewood, y nunca antes habían visto algo como aquello. Grandchester pasaba la pelota de una rodilla a la otra, la hacía rebotar en el pie y los muslos; la mantuvo en el aire hasta que perdieron la cuenta. Luego empezó a fintar campo abajo, corriendo a toda velocidad con la pelota entre los pies. Después de aquello, los chicos cambiaron de opinión acerca de él y no pasó mucho tiempo antes de que le invitaran a jugar en la liga local de baloncesto.

¿Tres maridos, Candy? rodeó la copa de cristal tallado con sus dedos de obrero.- Suena un poco exagerado, incluso para ti.

Una cosa nunca cambiará en Lakewood. El cotilleo sigue siendo el pasatiempo favorito de esta ciudad caricia de aire fresco rozó u barriga cuando metió las manos en los bolsillos de la cazadora de cuero y tiró hacia atrás. Su camiseta corta rosa caramelo llevaba la palabra BESTIA estampada con letras brillantes sobre el pecho. Resultaba un poco chillona, pero estaba rebajada a cinco dólares con noventa y ella era capaz de prestar elegancia a casi cualquier prenda.- Te agradecería que retiraras esa cadena de mi camino de entrada.

¿En serio? arrellanó en uno de los sillones de cuero sin invitarla a hacer lo propio.- Tu historial matrimonial es terrible.

¿Te parece?

Las noticias vuelan ó él con voz cansina.- Creo haber oído que a tu esposo número uno le conociste en el colegio.

Neil Leegan, un ídolo americano. Jugó con los Braves durante un tiempo .Esbozó con la mano un hachazo formidable.

Impresionante. Tomó un sorbo de su bebida, la copa prácticamente engullida por la palma de su mano, y la contempló por encima del borde de cristal.- También oí que te dejó por otra mujer. Qué lástima

Se llamaba Samantha. A diferencia de mí, ella consiguió una licenciatura universitaria, aunque no fue su título lo que atrajo a Neil.

Tenía un don natural para las relaciones.

La copa se detuvo a medio camino de los labios de Grandchester.

Ella le dedicó su más exquisita sonrisa sureña, aquella que recorría todos los caminos menos aquel que la acercaría a la sinceridad. Con algunos arreglos, y si Rose no albergara una animadversión tan grande hacia Atlantic City, aquella sonrisa podría haber colocado algo más impresionante que una corona de bienvenida sobre su cabeza.

Supongo que el intelecto no puede llevar a una chica demasiado lejos -.añadió.

Grandchester no teñía intención de permitir que se escabullera.

Al parecer te fuiste a Hollywood con el dinero de la pensión.

Me gané hasta el último dólar de aquel dinero.

No te llovieron las ofertas cinematográficas, sin embargo.

Qué amable de tu parte mostrar tanto interés en mis asuntos.

Seguro que no debí de entender esto bien. ¿Tu segundo marido fue una especie de ángel del infierno?

Eso habría sido más emocionante, pero me temo que Tom no era más que un especialista que doblaba actores en escenas peligrosas. Tenía muchísimo talento, hasta el día que se mató tratando de saltar con su moto desde el muelle de Santa Mónica hasta la cubierta de un yate de lujo. La película trataba de los males del tráfico de drogas, así que pre fiero pensar que murió por una buena causa, aunque yo misma fuma ba algún canuto que otro en aquella época.

Y más de uno en el instituto, según recuerdo.

Protesto, señoría. Creía que sólo eran cigarrillos que olían raro.

Grandchester no sonrió, y ella tampoco lo esperaba de aquel rostro de gra nito.

Había dejado a Tom unos meses antes del fatal accidente. No había mujer en la tierra que igualara su talento para casarse con perdedo res embusteros. Albert había sido una excepción, aunque tenía se tenta años el día de su boda, y la edad aporta sabiduría.

Después de aquello, la gente te perdió la pista por un tiempo él.

Trabajé en una empresa de restauración muy exclusiva.

Había empezado como hostelera de un restaurante decente en Los Ángeles, pero la despidieron por discutir con un cliente. Después tra bajó como camarera en una coctelería. Cuando perdió aquel empleo, sirvió lasaña en un restaurante italiano barato, para acabar en una hamburguesería todavía más barata. Tocó fondo el día que se pilló leyendo los anuncios que pedían chicas para una agencia de acompañantes. Más que nada, aquello la hizo comprender que había llegado el momento de madurar y asumir las responsabilidades de su propia vida.

Después echaste el anzuelo a Albert Andrey.

Y ni siquiera te hizo falta escuchar los cotilleos de Lakewood para enterarte. La sonrisa de Candy ocultó todo rastro de dolor.

La prensa fue bastante informativa. Y entretenida. Una camarera de veintiocho años se convierte en la esposa de un asquerosamente ri co magnate petrolero de Texas, todo un trofeo para sus setenta años.

Un magnate cuyas inversiones se habían ido a pique incluso antes que él enfermara. Albert había sido su amigo del alma, su amante y la persona que la ayudó a completar la tarea de madurar.

Grandchester la apuntó con su copa. Era la viva imagen de un modelo de Gucci, aburrido pero muy varonil,

Mis condolencias por tu pérdida.

El nudo que tenía en la garganta le obstaculizaba ofrecer una res puesta ocurrente, pero lo consiguió:

Te lo agradezco, pero cuando te casas con alguien tan mayor, ya sabes lo que te espera.

Le gustó ver el desprecio en los ojos de Zafiro. El desprecio es mejor que la lástima, sin duda. Lo observó cruzarse de piernas, movimiento inquietante que combinaba la gracia felina con la fuerza masculina.

Solíamos llamarte el Duque a tus espaldas -. Dijo.- ¿Lo sabías?

Por supuesto.

Todos pensábamos que eras afeminado.

¿De veras?

Y estirado.

Lo era. Aún lo soy. Me enorgullezco de ello.

Candy se preguntó si estaría casado. Si no lo estaba, las solteras de Lakewood debían de hacer cola delante de su puerta, con tartas de coco y carne a la cacerola. Se acercó a la chimenea e intentó sonar segura.

- Sin duda te lo has pasado bomba cerrándome el camino de entrada, pero ya te has divertido bastante.

- Resulta que aún me estoy divirtiendo.

No tenía aspecto de saber disfrutar de nada, excepto tal vez la conquista de la India. Contemplando su ropa de corte impecable, Candy se preguntó quién habría hecho el trabajo sucio de clavar los postes de cemento tan rápidamente

- ¿No crees que sería embarazoso tener que llamar a la policía?

- En absoluto. Es mi propiedad.

- Y yo que te consideraba toda una autoridad en temas de Lakewood. Mi padre cedió la cochera a mi tía en los años cincuenta.

- La casa sí. Pero no el camino de entrada. Eso aún forma parte de La Novia del Francés.

Sugar Beth se enderezó bruscamente.

Eso no es cierto.

Mi abogado es muy bueno y se fija en detalles como los límites de una propiedad. Se levantó del sillón.- Puedes leer el informe topográfico tú misma. Te haré llegar una copia.

¿Pudo su padre ser tan estúpido? Claro que sí. William White era meticuloso cuando se trataba de asuntos relacionados con la fábrica de ventanas y notoriamente descuidado en todo lo referente a su hogar y su familia. ¿De cuántos cuidados era capaz un hombre que tenía su esposa y su amante en la misma ciudad?

¿Qué quieres, señor Grandchester? Mis disculpas no, es evidente, de modo que más vale que me lo digas.

Venganza, por supuesto. ¿Qué pensabas que quería?

Sus palabras sedosas le causaron un escalofrío. Evitó dirigir una mirada de anhelo a la copa de whisky que él acababa de depositar en la mesilla; no había probado el alcohol en casi cinco años, no iba a empezar de nuevo esa noche.

Vaya, vaya, esto sí que va a resultar muy divertido. ¿Dónde es peras que aparque, exactamente?

Me trae sin cuidado. Tal vez te ayude alguna de tus viejas amigas.

Ése era el momento apropiado para un berrinche, pero ya no re cordaba cómo se conseguía. Así pues, Candy se encaminó a paso lento hacia él, imprimiendo un contoneo a sus caderas, aunque le pa recía que sus huesos tenían un siglo de edad.

Verás, no estás siendo razonable. Ya he perdido tres maridos y un juego de padres, de modo que, si quieres una auténtica venganza, tendrás que idear algo mejor que cerrarme un caminito de entrada.

Ahora tratamos de inspirar lástima?

A tomar por culo, señor Grandchester. Y a tomar por culo tu lástima.

Ésas fueron exactamente sus palabras, y Candy hubiese queri do morderse la lengua. En cambio, se levantó el cuello de la cazadora y puso rumbo a la puerta.

Apenas había dado tres pasos cuando percibió el aroma de una cos tosa colonia. El corazón le dio un vuelco cuando él la asió del brazo y la obligó a darse la vuelta.

¿Qué te parecería esto, como venganza?

La expresión gélida y tenebrosa de su rostro la hizo recordar la derecha de Neil Leegan en el instante antes de enviarla al reino del olvido, pero Terry Grandchester resultó tener en mente una venganza muy distinta. Antes que ella pudiera reaccionar, inclinó su oscura cabeza y le dio un beso punitivo y brutal en la boca.

Besos… Cuántos había habido en su vida. Los besitos sonoros de adoración que le daba su madre en la mejilla. Los que le daba tía Elroy con sus labios fruncidos y resecos. Los besos adolescentes y empapados de sexualidad que intercambiara con Anthony. Neil había sido un hombre de primera plana y un besador fracasado. Luego vinieron los besos torpes y borrachos de Tom y los que ella le devolvía, impregnados de ginebra. Después los besos de una serie de hombres que apenas recordaba, excepto que todos tenían el sabor de la desesperación. La salvación había llegado bajo la forma de los besos de Albert, amables, necesitados, temerosos y, al final, resignados.

El último beso que había recibido provenía de la hija de Albert, Melany, quien le había rodeado el cuello con los brazos y había dejado reguero de lágrimas en la mejilla. «Te quiero más que a nadie en el mundo, mi Candy.»

Tantos besos, y no podía recordar ni uno que se pareciera a éste. Frío. Calculador. Pensado para humillar.

Grandchester se tomó su tiempo administrando justicia. Le sostenía la barbilla sin hacerle daño aunque obligándola a abrir la boca lo suficiente para atacarla con la lengua. Ella no respondió ni se resistió. A él no le importó.

No la sorprendió cuando él llevó la mano a su pecho. Hasta lo había estado esperando.

Siguió otra exploración clínica, como si no hubiera una persona real debajo de la piel, sólo carne y huesos, sin un alma. Grandchester sostuvo su pecho en una de sus manazas y frotó la curva con el pulgar. Al rozar el pezón, la recorrió una descarga de anhelo. No fue deseo..., estaba demasiado vacía para eso, y aquello no tenía que ver con el sexo sino con venganza. Lo que experimentó fue un profundo anhelo de ternura, irónico en alguien como ella, que tan parca había sido dispensándola.

Durante su matrimonio con el especialista cinematográfico había aprendido mucho sobre peleas callejeras, y le pasó por la mente mor der a Grandchester o encajarle un rodillazo en la entrepierna. Pero eso sería injusto. El hombre tenía derecho a su venganza.

Finalmente, él se apartó y el aroma del whisky que había bebido le acarició la mejilla.

Dijiste que te metí la lengua en la boca y te toqué el pecho ojos de zafiro la laceraban.- ¿No fue ésa la mentira que contaste a tu madre, Candy? ¿No fue así como me cortaste en trocitos y me mandaste al infierno?

Fue exactamente así ó ella con voz queda.

Él se pasó la yema del pulgar por el labio inferior. Viniendo de otro hombre, habría sido un gesto de ternura pero, en este caso, era la huella de un conquistador. Le debía contrición pero lo único que le quedaba era un poco de dignidad, y preferiría morir antes que dejar caer una so la lágrima.

Él bajó el brazo.

Ya no es mentira -. dijo.

Ella rebuscó en sus reservas de fuerza, casi agotadas aunque no del todo, y consiguió sacar la suficiente para acariciarle una mejilla.

En todo este tiempo me odiaba por haber sido una embustera. Gracias, señor Grandchester. Me has quitado un peso de encima.

Grandchester sintió la frescura de su mano contra la mejilla y supo que ella se estaba arrogando la última palabra. Eso lo dejó anonadado. La vic toria debía ser suya. Ambos lo sabían. Pero ella intentaba arrebatársela.

Observó la boca que acababa de someter. No tenía el sabor que él hubiera esperado... Tampoco esperaba algo en concreto, puesto que no había planeado su ataque. Aun así, se había preparado inconscien temente para enfrentarse a la mezquindad, a la astucia y al ego mons truoso que la caracterizaban. Espejito, ¿quién es la más bella? ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! Pero había descubierto algo diferente, un gesto valiente, resuelto e impertinente. Esto último, al menos, resultaba familiar.

Ella bajó la mano y le señaló con el índice, una pistola apuntando directamente a su autoestima. En el instante antes de apretar el gati llo esbozó una sonrisa de sabiduría cortesana.

Ya nos veremos, señor Grandchester.

¡Pum! Y desapareció.

Él permaneció inmóvil. El perfume de Candy, un aroma a es pecias, sexo y obstinación, quedó suspendido en el aire incluso después de que ella cerrara la puerta. Ese horrible beso debía haber puesto pun to final. En cambio, lo había empezado todo de nuevo.

A los dieciocho, era la criatura más hermosa que se hubiera visto jamás en Lakewood. Verla contonearse en la acera que conducía a las puer tas del instituto Lakewood era observar el arte sexual en movimiento: aquellas piernas interminables, el balanceo de sus caderas, el bamboleo de sus pechos, el brillo de su largo cabello rubio.

Los chicos se empujaban para verla pasar, mientras la música de sus transistores tocaba la banda sonora de su vida. Billy Ocean le suplica ba que saliera de sus sueños y entrara en su coche. Bon Jovi caía ren dido a primera vista. Los Cutting Crew estaban más que dispuestos a morir entre sus brazos esa noche. Guns n' Roses, Poison, Whitesnake, todas las grandes bandas melenudas... las había reducido de rodillas, y mendigaban las migajas de su amor.

Candy seguía siendo hermosa. Esos ojos asesinos de color verde claro y esos rasgos perfectamente simétricos se irían con ella a la tumba y esa nube de cabello rubio era para cubrir una almohada de seda en el desplegable central de Playboy. No obstante, su frescor de rocío había desaparecido. Aparentaba más de treinta y tres años y era más dura También más delgada. Grandchester había visto los tendones marcados en la larga curva de su cuello, y sus muñecas parecían casi frágiles.

Sin embargo, su peligrosa sexualidad continuaba ahí. A los dieciocho era nueva e indiscriminada; ahora estaba bien afinada y mucho más letal. Puede que la rosa hubiera perdido el primor, pero sus espinas tenían puntas envenenadas.

Recuperó su copa y se arrellanó de nuevo en el sillón, más depri mido de lo que hubiera querido tras el encuentro. Recorrió con la mirada la lujosa casa que había comprado con su dinero y recordó las mofas de su padre, un albañil irlandés, cuando Terry se vio obligado a volver a Inglaterra después de que le despidieran de su puesto de profesor

"Conque vuelves a casa en desgracia, ¿eh? Este es el resultado de tus ideas y de las fantasías de tu madre, muchacho. Ahora tendrás que hacer un trabajo honrado, como el resto de nosotros.»

Eso sólo bastaba para que Terry no perdonara nunca a Candy White

Alzó la copa, pero ni siquiera el sabor del whisky escocés añejo pudo borrar la determinación desafiante que había visto en los ojos de Candy. A pesar de la ofensiva que él había lanzado en forma de beso, ella seguía considerándose vencedora. Dejó la copa a un lado y empezó a pensar exactamente de qué manera podría despojarla de esa convicción.