Capítulo 3

¿He hecho algo mal? ¡Tantas personas recatadas mirándome como si no pudieran dar crédito a sus ojos!

GEORGETTE HEYER, La, Gran Sophy

Candy se acabó la bolsa de patatas fritas que componía su desayuno y miró a Gordon en el otro extremo de la cocina, agazapado junto a la puerta en actitud hostil.

- ¿Por qué no lo superas de una vez? No es mi culpa que Albert me quisiera más que a ti.

El perro puso a prueba su expresión a lo Christopher Walken des cótico, pero los basset juegan con desventaja cuando se trata de mostrarse amenazantes.

- Eres patético.

Gordon puso cara de ofendido.

- De acuerdo - Candy se levantó de la mesa, cruzó la sala y abrió la puerta.

El perro intentó chocar con ella al pasar al trote, pero Candy que conocía sus trucos y dio un paso a un lado. Después le siguió fuera a la mañana gélida y lluviosa de febrero. Pero estaban en Misisipí, y la temperatura podía subir a los treinta en pocos días. Se lamentó por no haberse ido mucho antes.

Mientras Gordon olisqueaba el suelo, ella echó una mirada a La Novia del Francés. Había intentado no pensar más en su encuentro de anoche con Terry Grandchester. Al menos, no se había desmoronado antes de llegar a la cochera. Las viejas culpas colgaban de su alma como telarañas. Debía haberse esforzado más en la disculpa pero, según parece no había madurado tanto como quería creer.

¿Por qué tuvo que ser él quien comprara La Novia del Francés? Si alguna vez habló con la prensa de su intención de regresar a Lakewood, ella no lo había leído. Además, tenía fama de huir de la publicidad y no había concedido muchas entrevistas. Hasta su foto en la cubierta del libro era distante y granulosa, o ella habría estado mejor preparada para enfrentarse a ese hombre peligroso.

Se dirigió al seto de boj que separaba las dos propiedades y apartó las ramas más bajas.

- Por aquí, demonio de perro.

Por una vez, Gordon no opuso resistencia.

- Haz que mamá esté orgullosa de ti ella. El perro husmeó unos momentos antes de encontrar un lugar satisfactorio donde hacer sus necesidades, en medio del césped.

- Buen perrito.

A pesar de lo que dijera a Grandchester, había leído Último apeadero de la línea a ninguna parte como lo hiciera el resto del país. ¿Cómo no hacer caso de una historia que trataba de personas de las que había oído hablar toda su vida? Las familias de blancos y de negros, de ricos y de pobres, que poblaban Lakewood en los años cuarenta y los cincuenta incluían a sus propios abuelos, a tía Elroy, al tío abuelo de Annie y, por supuesto, a Lincoln Ash.

El apetito del público de crónicas auténticas ambientadas en el Sur había sido estimulado por el enorme éxito de ventas de John Berendt, Medianoche en el jardín del bien y del mal. Pero, mientras que Medianoche trataba de asesinatos y escándalos entre la rica clase aristocrática de la vieja Savannah, Último apeadero había encontrado oro cavando en las vidas provincianas de la gente común. La historia de Terry Grandchester sobre una pequeña ciudad del Misisipí que se recupera de su legado segregacionista estaba llena de los personajes excéntricos y los dramas domésticos que tanto encantan a los lectores, junto con una fuerte dosis de folclore sureño. Otros libros habían intentado hacer lo mismo, pero el afecto que sentía Grandchester por la ciudad, combinado con sus ácidas observaciones de extranjero, habían instalado Último apeadero en una categoría exclusiva.

Vio que Gordon se dirigía al trote hacia la casa, en absoluto intimidado por su grandeza.

- Ven aquí.

Por supuesto, no le hizo caso.

- Hablo en serio, Gordon. Tengo que ir al centro y si no vuelves ahora mismo me iré sin ti.

No estaba segura pero tuvo la impresión de que le hizo la higa.

- Sabes muy bien que intentarás morderme si voy a buscarte

Nunca llegaba al extremo de hacerle realmente daño pero le gustaba mantenerla a raya.

Le vio subir las escaleras de la veranda.

- Perfecto. Hazme un favor: no te molestes en volver a casa Gordon. Contrario a los hábitos propios de su raza, a Gordon no le gustaba vagar. Disfrutaba demasiado torturándola para darse el piro.

Candy volvió a la cochera. ¿Qué se puede decir de una persona a la que hasta su propio perro odia?

Agarró su bolso, se caló un viejo sombrero vaquero de paja y se dispuso a buscar la pintura en la estación de trenes. Cuando llegó a donde había dejado el coche, en el extremo de su camino de entrada, encontró una multa de aparcamiento debajo del limpiaparabrisas. Genial. La guardó en la visera y puso rumbo a la ciudad.

El negocio de recambios automovilísticos de Purlie aún estaba abierto pero una tienda de suministros de oficina ocupaba el lugar de la vieja sombrerería Caprichos de Primavera. Rose la llevaba allí cada año para comprarle un sombrero nuevo por Pascua, hasta que Candy se rebeló al llegar al sexto curso.

A Rose le temblaban las aletas de la nariz como alas de mariposa cuando se sentía contrariada.

- Niña desagradecida. ¿Cómo se supone que nuestro amado Señor sabrá que es el día de la Resurrección si te ve sentada en la iglesia con la cabeza, descubierta, como los paganos? Contéstame a esto, señorita Candy.

Candy la había enfrentado con un temblor de aletas de nariz como respuesta.

- ¿Realmente crees que Jesucristo se quedará en la tumba sólo porque yo no llevo sombrero?

Rose se rió y fue en busca de un cigarrillo.

La añoranza de su madre amorosa e imperfecta la invadió con tanta intensidad que le hizo daño, aunque sus sentimientos hacia su padre eran amargos.

- No es mi verdadero padre, ¿verdad, Rose? Alguien te dejó embarazada y luego papá se casó contigo.

- Candy White, cierra la boca. Que tu padre sea un réprobo no significa que yo también lo sea. No quiero oírte hablar así nunca más.

Suponía que el matrimonio de sus padres había sido inevitable, aunque no podían hacer peor pareja. Rose era la hija extravagantemente hermosa y amante de las diversiones de un tendero local. William era el heredero de la Fábrica de Ventanas White. Bajito, feúcho y de brillante inteligencia, William cayó rendido a los pies de la reina de la belleza de Lakewood, mientras que Rosse despreciaba en secreto a aquel chico al que consideraba «un renacuajo malcarado». Al mismo tiempo, ambicionaba todas las cosas que la unión de ambos podría proporcionarle.

William debía de ser consciente de que Rose sería incapaz de mostrarle la adoración que anhelaba, pero se casó con ella de todas formas para luego, por no amarle, castigarla viviendo abiertamente con otra mujer. Rose contraatacó fingiendo indiferencia. Al final, William empeoró las cosas dando la espalda a la persona que Rose amaba más en el mundo: su hija.

A pesar de sus mutuos sentimientos de odio, jamás consideraron el divorcio. William era el líder financiero de la ciudad; Rose, su líder social y político. Ambos se negaron a renunciar a lo que el otro podía ofrecerle y el matrimonio siguió su curso accidentado, arrastrando a una niña confusa en su estela de destrucción.

Candy pasó por delante de un McDonald's que funcionaba desde sus días del instituto y de una agencia de viajes acicalada con uno de esos toldos marrón y verde que tanto se veían en el centro de la ciudad. Enfiló la calle Valley. Esta calle, que medía una manzana de largo y terminaba en la estación de trenes abandonada, había escapado a los esfuerzos revitalizadores de la ciudad, y Candy aparcó el coche en un parche de asfalto agrietado. Contemplando el deteriorado edificio de ladrillo rojo, vio el lugar donde Terry Grandchester había posado para su borrosa foto de autor.

El viento se había llevado las tablillas del tejado de la estación, y viejos grafitis cubrían las tablas de contrachapado que cubrían las ventanas. Las hierbas que crecían junto a las vías estaban llenas de latas y botellas rotas. ¿Por qué había estimado Elroy importante conservar esta vieja ruina? Su tía, sin embargo, igual que el padre de Candy, estaba obsesionada con la historia local, y obviamente no le había parecido razonable demoler aquel edificio.

Mientras bajaba del coche, Candy recordó la carta arrugada que yacía en el fondo de su bolso:

Querida Candy:

Te dejo la cochera, la estación y, por supuesto, el cuadro, ya que eres mi única pariente viva y, a pesar de tu conducta, la sangre tira. La estación está en mal estado pero, cuando la compré, no tenía ni las energías ni el dinero necesario para las reparaciones. El hecho de que le permitieran llegar a ese estado de deterioro no habla bien de esta ciudad. Sin duda querrás venderla, aunque dudo que encuentres a ningún interesado. Ni siquiera la Asociación Promotora de la Comunidad de Lakewood siente por la historia el respeto que se merece.

La cochera es patrimonio nacional reconocido. Mantén el estudio de Lincoln tal como está. De otro modo, acabaría todo en manos de la universidad. En cuanto al cuadro... lo encontrarás. O no.

Cordialmente,

ELROY WHITE

P.D. A pesar de lo que pudo contarte tu madre, Lincoln Ash me quería.

La insistencia de Elroy en haber sido el gran amor de la vida de Lincoln Ash volvía loca a Rose. Elroy afirmaba que Ash le había prometido volver a Lakewood a buscarla en cuanto terminara su exposición individual en Manhattan, pero lo atropello un autobús el día antes de su clausura. Rose decía a todo el mundo que aquel cuadro era un producto de la imaginación de Elroy, aunque William aseguraba que no. «Claro que existe el cuadro, lo tiene Elroy. Yo lo he visto.» Sin embargo, cuando Rose intentaba averiguar detalles, se reía de ella. Elroy nunca quiso exponer la pintura, alegando que era lo único que le quedaba de Ash y no pensaba compartirlo con los curiosos ni con los pomposos críticos de arte que tanto despreciaba Ash en vida. No harían más que analizarlo hasta matarlo. «El mundo podrá admirar todo lo que quiera cuando haya muerto _ solía decir_ . De momento, lo que es mío, es mío.»

Candy introdujo la llave en la cerradura. La puerta estaba combada y tuvo que hacer fuerza con el hombro para abrirla. En el momento de entrar, algo voló hacia su cabeza. Se agachó soltando un chillido. Cuando su pulso recobró la normalidad, se caló el sombrero más hondo y acabó de franquear el umbral.

Pudo ver lo suficiente para desanimarse. Una capa putrefacta de suciedad y excrementos de pájaro cubría los viejos bancos mellados lo que antaño fuera la pequeña sala de espera de la estación. Regueros de óxido corrían por una pared, un charco fétido cubría el centro del suelo de madera y trozos de muebles rotos yacían diseminados por todas partes, como viejos huesos desparramados. Bajo la ventanilla de billetes una pila de mantas mugrientas, unos viejos periódicos y unas latas vacías indicaban que allí había vivido un mendigo. Su alergia al polvo se despertó y Candy empezó a estornudar. Cuando pudo recuperarse, sacó la linterna que había traído y se puso a buscar el cuadro

Además de la sala de espera, la estación disponía de áreas de almacenamiento, taquillas, un despacho tras la ventanilla de billetes y unos servicios públicos indescriptiblemente sucios, depositarios de tuberías reventadas, accesorios de porcelana rota y manchada, y ominosas pilas de mugre. Candt pasó el par de horas siguientes desenterrando muebles y cajones astillados, archivadores maltrechos, excrementos de ratón y el cadáver de un pájaro que le dio escalofríos. Pero no encontró señal alguna del cuadro

Sucia, alérgica y asqueada, finalmente se dejó caer en un banco. Si Elroy no lo había escondido en la cochera ni en la estación, ¿dónde Lo había metido? Mañana mismo tendría que empezar a interrogar a los miembros supervivientes del club de canasta de Elroy. Se sentirían impulsadas a chasquear la lengua al verla, pero habían sido las amigas más íntimas de su tía y era muy probable que conocieran sus secretos. Saber que sólo le quedaban cincuenta dólares no hacía más que aumentar su desconsuelo. Si quería seguir comiendo, tendría que buscarse un trabajo.

- Un lugar encantador, este que tienes aquí

Candy estornudó y se volvió para descubrir a Terry Grandchester en el umbral de la puerta. Tenía aspecto de venir de un paseo por los pantanos: llevaba botas, pantalones marrón oscuro, una americana de tweed y el cabello elegantemente revuelto. La expresión de frío cálculo de su mirada, sin embargo, hacía pensar más en un cazador furtivo que en un inglés civilizado.

- Si has venido para atacarme de nuevo ó.- , más vale que te ajustes los suspensorios, porque no pienso ser tan comprensiva esta vez.

- La tolerancia de mi cuerpo al veneno es limitada - Metió una patilla de sus gafas de sol de diseño en el cuello abierto de su camisa y avanzó unos pasos - Resulta interesante que ELroy te dejara la estación, aunque no me sorprende, teniendo en cuenta sus sentimientos hacia la familia.

- Te ofrezco un buen precio si quieres comprarla.

- No, gracias.

- Gracias a ella ganaste una fortuna. Podrías ser un poco más agra decido.

- Último apeadero habla de la ciudad. La estación no fue más que una metáfora.

- Creía que Metáfora era la marca de una bebida dietética. ¿Siempre vas tan almidonado?

- Siempre que me sea posible, sí.

- Se te ve ridículo.

- Y tú, por supuesto, eres el árbitro de la moda por excelencia - Echó una mirada de desprecio a sus téjanos mugrientos y su camiseta manchada.

Candy se quitó el sombrero y apartó una telaraña de la mejilla.

- Eras un profesor malísimo.

- Espantoso - Grandchester apartó un trozo de cable con la punta de su bota.

- Se supone que los profesores deben potenciar la autoestima de sus alumnos. Tú nos llamabas renacuajos.

- Sólo cuando estabais delante. Me temo que os llamaba cosas peores a vuestras espaldas.

Había sido realmente un profesor malísimo, sarcástico, impaciente y criticón. De vez en cuando, sin embargo, también se mostraba espléndido. Candy recordó cómo en clase solía leer en voz alta, las palabras brotando de su boca como una umbrosa cascada de música. A veces reinaba en el aula un silencio tan intenso que parecía, medianoche y ella se imaginaba que estaban todos sentados en la oscuridad en una hoguera. Tenía el don de inspirar a los alumnos menos dotados, de modo que los chicos más estúpidos se encontraban leyendo libros, los atletas escribían poemas y los estudiantes más tímidos se atrevían a alzar la voz, aunque sólo fuera para protegerse de la descalificaciones abrasivas del profesor. Un poco tarde recordó que él también le había enseñado a redactar un párrafo que tuviera sentido

Mientras ella se volvía a poner el sombrero, Grandchester contempló con repugnancia el charco de agua estancada en el suelo.

- ¿Es cierto que no fuiste al funeral de tu propio padre? Parece un acto de ignominia, incluso viniendo de ti.

- Estaba muerto. Supongo que no se dio cuenta - Se levantó del banco con esfuerzo .- Sé que te hicieron la foto para tu libro delante de la propiedad. Quiero cobrar derechos. Algunos miles de dólares.

- Demándame.

Ella apartó un trozo de tubería. .

- ¿Qué haces aquí, exactamente?

- Estoy refocilándome, por supuesto. ¿Qué creías?

Tuvo ganas de agarrar la pata rota de una silla para atizarle, pero sin duda él le habría devuelto el golpe. Prefirió mostrarse más práctica.

- ¿Conocías bien a mi tía?

- Todo lo bien que necesitaba - Se acercó a la taquilla para husmear un poco, en absoluto inhibido por la mugre.- Como entusiasta de la historia, era una fuente inapreciable de datos, aunque de miras estrechas. No me caía demasiado bien.

- Seguro que esto le quitaba el sueño.

Grandchester pasó el dedo por uno de los barrotes de hierro, contempló la suciedad recogida y se sacó del bolsillo un pañuelo impecablemente blanco para limpiarse.

- La mayoría de la gente cree que el cuadro no existe.

Ella no se molestó en preguntarle cómo sabía que lo estaba buscando. Ya todos en la ciudad debían de conocer los términos del testamento de Elroy.

- Sí que existe.

- Yo también lo creo. Pero ¿cómo lo sabes?

- No es asunto tuyo -. Señaló una pila de cajones - Hay un pájaro muerto ahí detrás. Haz algo útil y sácalo de aquí

Grandchester inspeccionó los cajones pero no hizo gesto alguno de ocuparse del cuerpo del no delito.

- Tu tía estaba chiflada.

- Ocurre en la familia. Y no esperes que me avergüence de ello. Los yanquis encierran a sus parientes locos pero aquí, en el Sur, los exhibimos en los desfiles y les hacemos marchar muy orgullosos al centro de la ciudad. ¿Estás casado?

- Lo estaba. Soy viudo.

Si Candy no se hubiera convertido en una buena persona habría preguntado si había asesinado a su esposa con su agudo sentido del humor. Al mismo tiempo, sintió curiosidad. ¿Qué mujer había cedido a unirse a un hombre tan insufrible y criticón? Entonces recordó cuántas chicas del instituto suspiraban por él, incluso después de ser zaheridas por alguno de sus comentarios malévolos. Las mujeres y su debilidad por los hombres difíciles. Menos mal que ella había conseguido romper la pauta.

Grandchester abandonó su inspección de la taquilla de billetes.

- Háblame de tu boicot al funeral de tu padre.

- ¿Por qué te interesa?

- Soy escritor. Me fascina el funcionamiento secreto de las mentes narcisistas.

- Ay, Señor, tanto lenguaje culto me deja mareadita.

- Eras muy inteligente examinó una de las viguetas.- Tenías una mente aguda pero no querías utilizarla para nada que valiera la pena.

- Ya estamos otra vez, despreciando las revistas de moda.

- No ir al funeral requería agallas, incluso para ti.

- Tenía hora en la peluquería.

Él esperó pero Candy no tenía intención de hablarle de aquel año terrible.

Había empezado muy bien. Ella era la chica más popular del primer curso del Ole Miss, y tan enfrascada estaba en el torbellino de actividades de la vida en el campus que se olvidó por completo de las Sauces del Mar, no respondía a sus llamadas y las dejó plantadas cuando fueron a visitarla. Entonces, una mañana de enero, William la llamó para comunicarle que Rose había muerto la noche pasada, víctima de una hemorragia cerebral. Candy estaba inconsolable. Pensaba que aquello era lo peor que podía pasarle hasta que, seis semanas después, William le anunció que iba a casarse con su amante de toda la vida. Esperaba que su hija estuviera en un banco de la primera fila durante la ceremonia. Ella le gritó que le odiaba y que jamás volvería a poner los pies en Lakewood, y mantuvo su palabra, a pesar de que su padre amenazó con desheredarla. Pasó el día de la boda en la cama con Neil Leegan, tratando de ahogar su dolor en mal sexo. Poco después de aquello, mientras ordenaba las cosas de Rose, William encontró la confesión de culpabilidad de su hija. En cuestión de días, todo el mundo sabía lo que Candy le había hecho a Terry Grandchester, y aquellas personas a las que antes les caía mal ahora la odiaban. Las Sauces del Mar, ya dolidas por su modo de abandonarlas, nunca volvieron a dirigirle la palabra.

Tampoco tuvo la oportunidad de reconciliarse con su padre. Justo antes de sus exámenes finales, apenas tres meses después de la boda, su padre murió de un ataque de corazón. Sólo entonces supo ella que había cumplido su amenaza de desheredarla. En el lapso de cinco meses había perdido a su madre, a su padre, a sus mejores amigas y La Novia del Francés. Era demasiado joven para sospechar cuántas más pérdidas le esperaban en el camino.

- ¿Es cierto que te casaste tres días después del entierro de William? .preguntó Grandchester sin mostrar excesivo interés en la respuesta.

- En mi descargo debo alegar que lloré a mares durante la ceremonia.

- Conmovedor.

Candy sacó la llave de su bolsillo.

- Ha sido divertidísimo hablar contigo, pero he de cerrar y ocuparme de otros asuntos.

- ¿Masaje y manicura?

- Después. Primero debo encontrar trabajo - Una ceja negra y poblada se arqueó con sorpresa.

- ¿Trabajo? No doy crédito a mis oídos.

- Me aburro cuando no tengo nada que hacer.

- La prensa dijo que Albert Andrey murió en la bancarrota, pero creía que habrías conseguido rescatar algo - Candy pensó en Gordon.

- Oh, y así fue.

Grandchester paseó la mirada por el calamitoso interior de la estación, y luego la enfureció levantando la comisura de los labios en lo que ella supo reconocer como una sonrisa lacerante.

- Estás realmente arruinada, ¿no es así?

- Sólo hasta que encuentre el cuadro.

- Si lo encuentras.

- Lo haré. Puedes contar con ello. Al pasar por su lado para dirigirse a la puerta, tuvo que hacer un esfuerzo para no echar a correr.- Siento que no puedas quedarte un rato más.

Él se tomó su tiempo para seguirla fuera, con la sonrisa siempre colgada de sus labios inflexibles.

- A ver si lo he entendido. ¿Ahora tienes que trabajar para mantenerte?

- Se me da muy bien - Candy sacudió el candado con más fuerza de lo necesario.

- ¿Piensas volver a servir mesas?

- Es un trabajo honrado. Se dirigió al coche tratando de no parecer que se daba a la fuga. En el momento de alcanzarlo, él le habló desde los escalones de la estación:

- Si no consigues encontrar trabajo, ven a verme. Puede que tenga algo.

- Claro, eso es precisamente lo que voy a hacer - Abrió la puerta de un tirón y se volvió para mirarlo - Si no quieres que nuestra batallita vecinal se convierta en una guerra, más vale que quites esa cadena de mi camino antes del anochecer.

Eso divirtió a Grandchester.

- ¿Me estás amenazando, Candy?

- Ya me has oído - Subió al coche y se fue. Por el retrovisor, le vio apoyado en la puerta de su Lexus nuevo y reluciente, una figura elegante, distante y complacida. Bastardo sin alma.

Se detuvo en el drugstore para comprar el periódico y se topó con Cubby Bowmar en la caja. Se estaba metiendo en el bolsillo el cambio de una botella de Gatorade.

- ¿Has visto mi nueva furgoneta en la calle, Candy?

- Me temo que no.

- La limpieza de alfombras es un buen negocio estos días. Muy buen negocio.

Se relamió y la invitó de nuevo a tomar una copa. Candy apenas pudo escapar con los restos de su virtud. De vuelta en el coche, desplegó el periódico sobre el volante y consultó los anuncios de trabajo. No tendría que trabajar por mucho tiempo, se recordó a sí misma, únicamente hasta encontrar el cuadro. Después volvería a Houston.

Nadie buscaba camarera, lo que la alivió, porque la idea de servir hamburguesas a todos aquellos que antaño había avasallado le revolvía el estómago. Trazó un círculo alrededor de tres posibilidades: una panadería, una agencia de seguros y una tienda de anticuario; luego se dirigió a casa a darse una ducha rápida. Una copia del informe topográfico la esperaba delante de la puerta. La abrió y comprobó que El camino de entrada pertenecía a La Novia del Francés

Deprimida, tomó la ducha, se puso rimel y carmín, se recogió el pelo y se vistió con el conjunto más conservador de cuantos tenía, una viejísima falda e estilo Chanel y una camiseta blanca. Añadió una rebeca rosa frambuesa, se puso medias y un par de botas. Salió a la calle. Ya que la agencia de seguros ofrecía el mejor sueldo, decidió empezar por ella. Por desgracia encontró a Laurie Ferguson sentada tras la mesa de contrataciones

Laurie le caía bien cuando iban al instituto y Candy no podía recordar que le hubiese hecho nada especialmente despreciable, pero no tardó en darse cuenta que los recuerdos de Laurie no coincidían con los suyos.

- Candy White. Oí que habías vuelto a la ciudad pero jamás que te vería aquí - Su espeso cabello tenía ahora un color rojo vivo en lugar de castaño, y sus pendientes eran demasiado grandes para sus facciones pequeñas y agudas. Tamborileaba la superficie de la mesa con una uña acrílica que tenía pintada una diminuta bandera Americana.- Estás buscando trabajo. Figúrate una calada a su cigarrillo sin invitar a Candy a sentarse.- Supongo que lo comprenderás. Sólo contratamos a personas seriamente interesadas en hacer carrera.

Para Candy, un puesto de oficinista no cualificado no representaba exactamente una carrera, pero repuso con una sonrisa:

- No esperaría menos.

- Y necesitamos a alguien fijo. ¿Piensas quedarte en Lakewood?

Candy sabía que llegarían a eso y, a pesar de la aversión que sentía por cualquier manipulación de la verdad, se vio obligada a defenderse:

- Habrás oído que ahora tengo una casa aquí

- ¿O sea que te quedas?

El fulgor de malicia en los ojos de Laurie la hizo sospechar que sus indagaciones tenían que ver más con el deseo de Laurie de alimentar el cotilleo local que con su intención de ofrecerle un trabajo. Por otro lado, la idea de ser jefa de la hija de William y Rose White podría ser atractivo suficiente para que Laurie la aceptase, y el paquete casi vacío de pienso para perros que esperaba en la cocina de la cochera impulso a Candy a responder con amabilidad:

- No puedo prometer quedarme hasta que esté muerta y enterrada, pero pienso quedarme por un tiempo - Cuánto, nadie lo sabía

- Entiendo - Laurie revisó unos documentos y luego le dirigió. Una sonrisa engreída.- No te importaría pasar nuestro test de aptitud ¿verdad? Necesito asegurarme de que posees las cualificaciones mínimas en lengua y matemáticas.

Candy ya no pudo contenerse más.

- No me importa en absoluto. Las matemáticas se me dan especialmente bien. Aunque seguro que lo recuerdas, de todas las veces que copiaste mis deberes de álgebra.

Treinta segundos después estaba en la calle.

La panadería La Créme de la Créme se llamaba El Café de Glendora cuando Candy era pequeña. Por desgracia, la nueva propietaria necesitaba a alguien capaz de realizar labores de mantenimiento a la vez que hornear, y la entrevista terminó cuando dio a Candy una llave inglesa para que hiciera una demostración de sus habilidades. Ya todo dependía de la tienda de antigüedades.

El encantador escaparate de Los Tesoros del Ayer incluía un caballito de balancín, un viejo baúl lleno de edredones y una silla provista de ruedas, un cántaro pintado a mano y una palangana. Candy se sintió animada. Qué lugar tan encantador donde trabajar. Quizás el dueño fuera nuevo en Lakewood, como la propietaria de la panadería, y desconociera la reputación de Candy.

La antigua campanilla de la puerta tintineó y las dulces notas de las suites para violoncelo de Bach envolvieron a Candy al entrar. Inhaló un popurrí de aromas picantes y el olor agradablemente mustio del pasado. Juegos de porcelana inglesa y de cristal irlandés relucían sobre mesas antiguas. Los cajones abiertos de una alta cómoda de cerezo exhibían exquisitas telas antiguas de lino. Un raro escritorio de palosanto mostraba una variedad de leontinas, collares y broches. Todo lo que había en la tienda era de máxima calidad, dispuesto a la perfección y cuidado con amor.

Una voz de mujer dijo desde la trastienda:

- Enseguida estoy con usted.

- No hay prisa.

Candy estaba admirando un alegre cuadro de sombrereras victorianas, violetas de seda y canastas de junco hechas a mano y llenas de huevos pardos moteados cuando una mujer emergió de la trastienda. Su cabello rubio caía en una melena sofisticada que terminaba justo a la altura del mentón. Vestía elegantemente unos pantalones grises un jersey a juego y un sencillo collar de perlas exquisitamente conjuntadas en el cuello….

Un dedo gélido acarició la columna dorsal de Candy. Esas perlas….

La mujer sonrió.

- Hola. ¿Qué puedo...?

Y calló. Se detuvo en seco debajo de la araña francesa, un pie torpemente delante del otro, la sonrisa congelada en los labios.

Candy habría reconocido aquellos ojos en cualquier parte.

Eran del mismo tono azul oscuro de los ojos de su padre.

Los ojos de su otra hija.

Continuará…