Capítulo 4
«¡Si tuviera una hija como tú me avergonzaría de ser: su padre!»
GEORGETTE HEYER, La Gran Sophy
La vieja amargura se revolvió en las entrañas de Candy. Los hombres inteligentes mantienen a sus hijos legítimos separados de los ilegítimos, pero William White no. Las tenía a ambas en la misma ciudad, a apenas tres millas de distancia y, en su total egocentrismo, se negó a reconocer cuán difícil resultaría para Candy y Susana ir al mismo colegio.
Había dejado a sus dos mujeres embarazadas en menos de un año, primero a Rose y después a Sabrina Marlowe. Rose mantuvo la cabeza en alto, esperando que él superara su pasión por una mujer a la que ella consideraba una don nadie melindrosa. Cuando vio que no la superaba, optó por mostrarse filosófica. «Las grandes mujeres aprenden a elevarse por encima de las circunstancias, Candy. Que él tenga su escoria. Yo tengo La Novia del Francés.»
Siempre que Candy rabiaba por tener que ir al colegio con Susana, Rose se tornaba inusualmente dura. «No hay nada peor que la gente te tenga lástima. Mantén la espalda erguida y recuerda que, algún día, todo lo que él posee será tuyo.»
Rose estaba equivocada. Al final, William había cambiado su testamento y lo había dejado todo a Sabrina y Susana Marlowe.
La mujer elegante que tenía delante poco se parecía a la réproba introvertida que tropezaba con sus propios pies cada vez que alguien le dirigía la palabra. La vieja sensación de impotencia invadió a Candy. De niña no había sido capaz de controlar el comportamiento de los que formaban parte de su vida, de modo que ejercía su poder de la única manera que sabía: sobre la hija ilegítima de su padre. :
Susana permanecía inmóvil junto a una vieja caja para tartas.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
Jamás podría decirle que venía a buscar trabajo.
- Pues... vi la tienda. No sabía que era tuya,
Susana fue la primera en recuperar la compostura, ¿Te interesa algo en especial?
¿De dónde sacaba aquella pose? La Susana Marlowe que Candy recordaba se ruborizaba cuando alguien le hablaba.
- N..no. Sólo estoy mirando - Percibió el tartamudeo de su voz y por el brillo de satisfacción en los ojos de Susana, supo que ella también ella lo había percibido.
- Acabo de recibir nuevos artículos de Atlanta. Hay unos preciosos frascos de perfume antiguos - Cerró los dedos sobre la ristra de perlas perfectamente conjuntadas que llevaba al cuello, Candy las miraba fijamente. Le resultaban tan...
- Me encantan los frascos de perfume. ¿A ti no?
La sangre se le fue de la cabeza. Susana llevaba puestas las perlas de Rose…
- Cada vez que veo un viejo frasco de perfume, me pregunto cómo sería la mujer que lo llevaba. Sus dedos acariciaron el collar en gesto liberado. Cruel.
Candy no lo soportaba. No podía quedarse allí mirando las perlas Rose en el cuello de Susana Marlowe.
Se volvió hacia la puerta en un movimiento tan rápido que chocó contra una mesa, igual que Susana solía chocar contra los pupitres en el colegio. Un candelabro de latón se tambaleó, cayó y rodó hasta el borde de la mesa. Candy no se detuvo para recogerlo.
- La cena será terrible esta noche, y no sólo porque hay filete, que me niego a probar por culpa del calentamiento del planeta, etcétera, sino por culpa de ella. ¿Por qué no puede parecerse más a la madre de Chelsea, en lugar de ir tan estirada como si llevara un palo metido en el culo? Yo no soy como ella, a pesar de lo que diga la yaya Sabrina. Y tampoco soy una zorra con pasta. Odio a Kelli Willman.
- Gigi, la cena está lista
Cuando su madre llamó desde el pie de la escalera, Gigi cerró de mala gana la libreta en espiral que contenía su diario secreto, el que llevaba desde el año pasado, cuando iba séptimo curso. Lo guardó debajo de la almohada y bajó de la cama sus piernas enfundadas en bombachos de pana. Detestaba su dormitorio, decorado con las mierdas de Laura Ashley que tanto en-can-ta-ban a su madre. Gigi preferiría pintar la habitación de negro o púrpura y cambiar sus antigüedades prehistóricas por los muebles fantásticos que había visto en Muelle Uno. Ya que Susana no se lo permitía, Gigi había pegado carteles de rock por todas partes, cuanto más provocadores, mejor.
A ella le correspondía poner la mesa pero, cuando llegó a la cocina, vio que su madre ya lo había hecho.
- ¿Te has lavado las manos?
- No, mamá, las he ido arrastrando por el polvo mientras bajaba - Su madre apretó los labios
- Remueve la ensalada, ¿quieres?
La madre de Chelsea llevaba pantalones de cintura baja, pero la de Gigi seguía con los sosos pantalones y el jersey grises que había llevado en el trabajo. Quería que Gigi siguiera vistiendo como el año pasado, en séptimo, con las mierdas del catálogo de Bloomingdale's. Su madre no entendía cómo era tener a todos llamándote Señorita Zorra Rica a tus espaldas. Aunque Gigi se había ocupado de eso. Desde septiembre pasado no se había puesto nada que no proviniera de la tienda de rebajas del Ejército de Salvación. Eso volvía loca a Susana. Gigi también había dejado de comportarse como una inútil en el colegio. Y había hecho amigas nuevas muy guai, como Chelsea.
- La señorita Kimble llamó para hablarme de tu examen de historia. Te puso un suficiente.
- Un suficiente está bien. No soy tan lista como tú.
Su madre suspiró porque sabía que no era cierto y, por un momento, compuso una expresión tan triste que Gigi quiso decirle que sentía mostrarse tan desagradable y que volvería a trabajar a pleno potencial, pero desistió. Su madre nunca entendía nada.
Gigi odiaba tener trece años.
Susana puso el último plato de ensalada en la mesa. Esta noche usaban la vajilla china decorada con hojas de té, probablemente porque su padre cenaba en casa, para variar. La mesa-velador de roble no Era tan bonita, ni mucho menos, como aquella fabulosa mesa rústica que Susana había vendido delante de sus mismísimas narices aunque a Gigi la encantaba y no necesitaban el dinero. Gigi deseaba que su madre cerrara la tienda o, cuando menos, contratara a más personas para ayudarla, así podrían cenar algo decente de vez en cuando en lugar de esa basura congelada. Su madre le dijo que si el asunto la preocupaba tanto, podía cocinar ella misma. A todas luces, no entendía nada
La ensaladera de teca contenía una de esas ensaladas de bolsa que tienen lechuga y unos trozos de zanahoria seca. En los viejos tiempos a pesar de sus eternas reuniones de junta, su madre solía preparar ensaladas de tomate, queso suizo y orzo, que era como granos de arroz grueso aunque en realidad era pasta. Hasta hacía picatostes de cualquier cosa, con mucho ajo, que a Gigi le encantaba, a pesar del mal aliento.
- Quiero también orzo -. Se quejó Gigi.
- No he tenido tiempo - Su madre fue a la puerta de atrás y asomó la cabeza.- Anthony, ¿ya están los filetes?
- Marchando.
Su padre asaba la carne en el patio en todas las épocas del año. No le gustaba mucho asar, pero su madre insistía en que así la carne tenía mejor sabor, y él se sentía culpable porque la mitad de las veces no iba a cenar a casa. Era jefe de operaciones de WWF, un puesto de gran responsabilidad. Su abuela Sabrina era propietaria de la fábrica de ventanas, aunque la dirigía la junta directiva, y su padre había empezado trabajando desde abajo, como todo el mundo, sólo que Gigi había oído a su madre decir a la yaya que trabajaba más que la mayoría, porque siempre le parecía que tenía que demostrar su valía. La abuela vivía en una mansión muy guai de la calle Pintoresca, en el Paso del Cristiano, en el Golfo, que, según su padre, casi estaba suficientemente lejos de todo. Las finanzas de la familia eran complicadas. Algunas cosas, como la fábrica de ventanas, pertenecían a la yaya, pero La Novia del Francés había sido de su madre. Ella, no obstante, no quería vivir allí, y la casa permaneció cerrada hasta que la compró Terry. A Gigi la encantaba Terry, incluso cuando se ponía sarcástico porque ella no había leído rollos como Guerra y Paz. Hacía dos años se había ofrecido como entrenador voluntario del equipo de fútbol del instituto, y el año pasado habían llegado a jugar en la liga estatal.
Gigi dejó caer la ensaladera sobre la mesa.
- No pienso cenar filete. Ya te lo he dicho.
- Gigi, ha sido un día muy largo. No me lo compliques
- Allá vamos - Su padre cruzó la puerta con los filetes de las bandejas chinas que, aunque a Gigi le gustaran, cosa que cedía, no se habría permitido cogerles cariño, porque su madre las vendería delante de sus mismísimas narices, como hizo con la mesa. A su madre le chiflaba la historia, razón por la que le gustaba tanto la tienda de antigüedades.
Su padre le guiñó un ojo en el momento de depositar la bandeja sobre el salvamanteles de latón. Tenía treinta y tres años, mientras Susana tenía treinta y dos. La mayoría de los padres de sus amigos eran mucho mayores, pero Gigi había nacido mientras sus padres todavía estaban en la universidad. «Prematura», ya, ja-ja, cualquiera lo creía.
El olor de la carne le hizo la boca agua y se obligó a pensar en los eructos de las vacas, que destruían la capa de ozono y provocaba el calentamiento del planeta. Hacía dos semanas, cuando decidió ser vegetariana, trató de explicarlo a la hora de la comida, pero Chels le dijo que dejara de hablar como una imbécil. La rara de Gwen Lu la habia oído, sin embargo, y quiso entablar una gran conversación inteligente sobre el tema. Como si la reputación de Gigi pudiera permitirse que la vieran charlando con Gwen Lu.
- ¿Tomamos vino esta noche o no? -. Preguntó el padre de Gigi
- Por supuesto - Su madre sacó del horno unas asquerosas patatas fritas de la tienda de congelados y las sirvió en una fuente.
Su padre cogió una botella del portavinos.
En séptimo, cuando Gigi aún era amiga de Kelli y todas las demás. Kelli había dicho que el padre de Gigi se parecía a Brad Pitt, cosa que era una mentira podrida. Para empezar, Brad Pitt era encorvado y viejo, y tenía los ojos muy juntos. Además, ¿quién en sus cabales podría imaginarse a su padre yendo por ahí todo el día con el pelo revuelto y con aspecto de no afeitarse nunca? La indignaba que algunas chicas dijeran que su padre era un bombón.
Gigi se parecía más a su padre, especialmente en la boca y la forma de la cara. Su pelo, en cambio, era castaño oscuro en lugar de rubio, y no tenía sus ojos celestes. Los suyos se parecían a los ojos de su madre de un azul oscuro y un poco espeluznante Ojalá fueran celestes como los de su padre. Dijera lo que dijese la yaya Sabrina, Gigi se parecía más a su padre que a su madre.
Ojalá su padre no tuviera que trabajar tanto. Entonces quizá su no habría abierto la tienda. Desde luego no les hacía falta el dinero. Su madre había dicho que con Gigi en el colegio y Anthony haciendo jornadas tan largas se aburría sin nada que hacer, a pesar de todos sus comités. En opinión de Gigi, podría quedarse en casa y preparar ensaladas decentes.
Su padre llevó las copas de vino a la mesa y se sentaron. Su madre dijo la oración y Anthony pasó la bandeja con los filetes.
- Bueno, Gi, ¿qué tal el colegio?
- Aburrido.
Sus padres intercambiaron una mirada que la hizo desear haber mantenido su boquita cerrada. Ellos pensaban que una de las razones por las que sacaba notas cada vez peores era el pobre estímulo intelectual que recibía en clase, cosa que era cierta, aunque nada tenía que ver con sus notas. Últimamente le había entrado miedo de que la enviaran a un internado para niños superdotados, como habían hecho los padres de Colby Sneed, y eso que Colby no era ni la mitad de inteligente que ella.
- Sobre todo por culpa de los chicos apresuró a añadir.- Esta semana las clases han sido muy interesantes, y mis profesores son excelentes.
Su madre arqueó una ceja y su padre meneó la cabeza. Una cosa tenía que decir de sus padres: no eran estúpidos.
El echó sal a sus patatas fritas.
- Qué raro, con unas clases tan interesantes no has podido sacar más que un suficiente en tu examen de historia.
Gigi sabía que estaba en la cuerda floja. Ser el cerebro de la clase con excepción de esa ñoña de Gwen Lu y encima la chica más rica de la ciudad hacía que todos la odiaran, pero, si permitía que sus notas bajaran demasiado, podría acabar en un internado, y entonces tendría que suicidarse.
- Me dolía el estómago. Seguro que me irá mejor la próxima vez - Los ojos de su padre asumieron esa expresión preocupada que tantas veces le veía últimamente.
- ¿Por qué no vienes a la fábrica conmigo el sábado por la mañana? No estaremos mucho rato, y podrás jugar con los ordenadores.
Gigi levantó la mirada al techo. Cuando era pequeña le encantaba ir al trabajo con él, pero ahora le parecía aburrido.
- No, gracias. Yo y Chelsea iremos a casa de Shannon.
- Chelsea y yo -. La corrigió su madre.
- ¿También tú irás a casa de Shannon?
- Ya basta, Gi ó su padre.- Deja de hacerte la listilla.
Puso cara larga pero no tenía el valor de contestar a su padre como contestaba a su madre, porque él se enfadaba, y justo acababa de recuperar el privilegio de usar el teléfono.
Su madre apenas habló durante el resto de la cena, cosa bastante extraña porque cuando su padre cenaba en casa, trataba de mostrarse particularmente divertida, charlaba animadamente e incluso proponía temas estimulantes de conversación. Esa noche, sin embargo, ni siquiera parecía prestar atención, y Gigi se preguntó si su mutismo tenía q ver con el regreso a la ciudad de aquella cuyo-nombre-no-debe-pronunciarse.
El que aún no hubieran tocado el tema la ponía furiosa. Gigi había tenido que enterarse por Chelsea, quien lo sabía por su madre. Los padres de Gigi se comportaban como si ella fuese todavía una niña, pero todo el mundo sabía que la yaya Sabrina no se había casado con el padre de mamá, William White, hasta que mamá estaba en el último curso del instituto, y que él tenía esa otra familia, pero ¿a quién le importan eso? Aunque Gigi tenía que reconocer que sentía mucha curiosidad. Sonó el teléfono y ella corrió a contestar, porque sabía que era Chelsea.
- ¿Puedo irme?
Esperaba que su madre dijera «no», como hacía siempre, pero no fue así. Gigi agarró el teléfono y subió corriendo a su habitación. Esa noche todo resultaba muy extraño.
Susana siguió a Gigi con la mirada y se preguntó qué le había pasado a la niña pequeña que era feliz sólo de estar con ella. El año pasado, por esas mismas fechas, Gigi volvía del colegio tan ansiosa por contarle las noticias del día que las palabras le salían entrecortadas.
Anthony miró la puerta.
- Preferiría que no le permitieras salir tanto con Chelsea. Esa niña parece salida de un anuncio de pornografía infantil.
Susana apretó el puño en su regazo pero mantuvo la voz tranquila.
- ¿Cómo piensas que podría impedírselo, exactamente?
Él suspiró.
- Lo siento. Es pura frustración. Siempre pienso que superará esta etapa y recuperaremos a nuestra hija.
Ella y Anthony no solían intercambiar palabras duras. Tenían sus desacuerdos pero, en más de trece años de matrimonio, nunca habían ido más allá de atrincherarse en unos fríos silencios. Susana no entendía cómo podían soportarlo matrimonios como el de Patty y Stear. Durante una de sus peleas, Stear había abierto un agujero en la pared de un puñetazo, y se lo habían contado a la gente. «Bueno, no podía golpearla a ella», dijo Stear, y Patty se había reído. Susana Se creía incapaz de soportar ese tipo de tensión. Anthony se reclinó en la silla.
- Parece una niña de la calle con esa ropa.
Otra cosa que era culpa suya. Hoy Gigi se había puesto esa horrible camisa que había insistido en comprar en la tienda de rebajas del Ejército de Salvación. Susana sabía que la ropa cara de su hija la convertía en blanco de las envidias y no se opuso, pero como quería que Gigi se sintiera bien en su piel había esperado demasiado tiempo para permitirle vestir con desparpajo.
Susana lanzó su servilleta sobre la mesa.
- Esta vez tendrás que hablar tú con ella. A mí ya me odia bastante
¿Cómo habían llegado a eso?, se preguntaba Susana. Quería ser para Gigi el tipo de madre que tanto le hubiese gustado tener cuando era joven. Susana suponía que Sabrina había hecho lo mejor que podía, pero la supervivencia económica de su madre dependía de la buena voluntad de William White, y Sabrina había dedicado todas sus energías a hacerle sentir bien y no reservó nada para su hija emocionalmente necesitada. Sabrina odiaba apasionadamente a Rose White, y le atormentaba saber que Rose había traído al mundo a la deslumbrante Candy, mientras que ella había parido a una niña tan poco agraciada. Ni siquiera podía calmar su ansiedad el hecho de que William adoraba a Susana. Sabrina conocía la naturaleza sin escrúpulos de su amante y siempre esperaba el momento en que transferiría sus afectos a su hija legítima. Sin embargo, eso nunca había ocurrido, y Susana todavía echaba de menos a su padre.
- Gigi no te odia Anthony.- Sólo se comporta como una adolescente.
- Es más que eso. Me hubiera gustado abofetear a todas esas niñas por volverse en contra de ella el verano pasado. No fueron más que celos.
- Gigi les siguió el juego. Ya lo resolverá - A pesar de sus palabras, Susana sabía que él estaba tan preocupado como ella. Se levantó para llevar los platos al fregadero.
- De postre sólo hay helado.
- Más tarde, quizá - Anthony no era quisquilloso con la comida. La mitad de las veces ni siquiera se acordaba de comer, razón por la que estaba tan delgado, mientras que ella tenía que vigilar siempre lo que comía.
Necesitaba hablarle de la aparición de Candy en la tienda. Si no lo hiciera, le estaría dando demasiada importancia. Mientras trataba de encontrar la mejor manera de decirlo, la copa de vino que estaba lavando se le escurrió entre los dedos y se rompió en el fregadero.
- ¿Estás bien? - Anthony se le acercó. Susana deseaba que la rodeara con los brazos pero él se limitó a examinar el destrozo.
- Muy bien. ¿Por qué no preparas un poco de café mientras recojo esto?
Tirando los fragmentos más grandes de vidrio a la basura, se preguntó por qué no se sentía más satisfecha de la experiencia del día. Los años habían dejado su huella en Candy y, por primera vez en la vida, Susana había salido vencedora.
Empezó a florecer en el último curso del instituto, cuando Candy y Anthony ya se habían ido a la universidad. Dejó de comer en exceso y reunió el valor de cortarse el pelo. Puede que en su interior siguiera siendo la adolescente desmañada de siempre pero exteriormente empezó a comportarse con una seguridad recién hallada, que sólo aumentó cuando William y Sabrina se casaron. De repente, ella era la chica rica que vivía en La Novia del Francés.
Los dedos de Susana treparon hasta las perlas que llevaba al cuello. La expresión de asombro de Candy era la culminación de cualquier fantasía revanchista que pudo albergar jamás. Debió disfrutar más de ella.
El pasado se abrió camino entre el sonido de la caldera que se encendía y el olor al café que molía Anthony. Volvía a tener dieciséis años. Había cogido un atajo a través del gimnasio cuando tropezó y su libreta de álgebra cayó abierta a los pies de Candy.
¡Devuélvemela! voz de Susana, fuerte y chillona, había rebotado en el techo del gimnasio. Sin embargo, Candy no hizo más que subir a las gradas más altas con la libreta de álgebra abierta en las manos. Alta y estilizada, rubia y hermosa, Candy era mala hasta el fondo de su alma.
- Escuchad todos. Susana ha hecho mucho más que resolver problemas de álgebra avanzada.
Las Sauces del Mar interrumpieron su charla. El corazón de Susana latía con tanta fuerza que temió que reventaría.
- Candy, te lo advierto...
Pero ésta sonrió y subió una grada más. Susana quiso seguirla pero se le enganchó la zapatilla en un asiento. Tropezó con una mueca de dolor.
- Dámela.
Candy sonrió con afectación.
- No sé por qué te pones así. Aquí sólo hay chicas - Flammy tocó la cruz dorada en su cuello.
- Quizá no deberías leerlo, si Susana no quiere - Sugar Beth no le hizo caso.
- No os vais a creer esto.
Susana parpadeaba furiosamente para contener las lágrimas. Deseaba poder defenderse, aunque sólo fuera por una vez, pero Candy a era demasiado poderosa.
- Eso es personal. Devuélvemelo ahora mismo.
- Venga, no seas tan inmadura - Los aros de oro resplandecieron en las orejas de Candy cuando agitó su perfecta cabellera. Luego empezó a leer : «Él miró mis pezones desnudos...» Las chicas rieron, incluso Flammy, aunque se llevó de nuevo la mano a la cruz. El sudor humedeció las axilas de Susana bajo la blusa. Había empezado a escribir sus fantasías hacía unos meses, en una libreta especial que ocultaba en el fondo de su taquilla, pero hoy se había descuidado en la sala de estudio.
- Basta, Candy.
- ¡No, continúa! -. Annie se roció el flequillo con el Aqua Net que llevaba en el bolso sin apartar la mirada de Candy.
Ésta apoyó uno de sus zapatos planos de color metal da superior.
- «Después deslizó su mano ancha y fuerte dentro de mis braguitas de encaje - El énfasis que puso en la palabra "braguitas como un no tan sutil recordatorio de que las bragas de Susana no eran tan pequeñas - Yo me abrí más de piernas.»
Susana jamás podría volver al instituto Lakewood.
- «Deslizó la otra mano por el interior de mi muslo... - Los ojos verdes de Candy se abrieron desmesuradamente afectando sorpresa - Pero bueno, Susana Marlowe, esto es pornografía.
- A mí me gusta - Annie hizo petar un globo de chicle.
Candy volvió la página.
- «Te quiero, Susana, con toda mi pasión imperecedera.» - Se detuvo y recorrió el texto con la mirada en busca de más munición para destruir a Susana. No tardó en encontrarla - . Oh, Dios mío, escuchad esto. «Me abrí aún más de piernas cuando sus dedos empezaron juguetear. Jadeé su nombre...»
Los oídos de Susana zumbaban y el gimnasio empezó a girar. Emtió un suave gemido de impotencia.
- «Oh, mi amor, mi amor...» ¡Anthony! - A Susana se le heló la sangre.
- Hola, Candy. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Anthony Brower se acercaba desde el fondo del gimnasio, acompañado de Deke Jasper y Bobby Jarrow, los tres con sus chaquetas con la inicial del equipo, porque aquella noche se jugaba un partido. Susana sólo vio a Anthony, alto, rubio y dorado, el objeto de todas sus fantasías
Horrorizada, vio que empezaba a subir las gradas.
- Eh, Candy, pensaba que tenías una reunión.
- Voy de camino. Estaba leyendo algo que ha escrito Susana. Es realmente muy bueno.
- ¿Ah, sí? - Anthony le dio un beso, pasando por alto las normas de la moral pública del instituto, y luego miró a Susana y le dedicó las migajas de su sonrisa - Yo también quiero oírlo.
Susana tenía que huir de Lakewood para siempre. Al dar un paso atrás, sin embargo, su pie resbaló en las gradas y cayó redonda, quedando sus caderas atrapadas entre las filas de asientos.
- Ya basta - Dijo Flammy, aunque, igual que las demás, le tenía un poco de miedo a Candy y no habló con demasiada autoridad.
- No; sigue leyendo. Quiero oír más.- Annie hizo petar otro globo.
Los ojos de Candy se fijaron en Susana y luego retornaron a la página de la libreta.
- ¿Vuelvo a los pezones desnudos o a las braguitas?
Anthony rió y rodeó los hombros de Candy con un brazo posesivo:
- Oye, esto promete.
Candy miró a Susana y dijo con voz empalagosa de tanta mala intención:
- ¿O sería mejor empezar por donde pronuncia el nombre de su amante?
Susana estaba a punto de vomitar.
- Sí, ¿por qué no? «Oh, mi amor...»
- Es más que suficiente, Candy.
Todos se volvieron de golpe al brusco acento británico. Susana logro ponerse en pie y siguió con la mirada al señor Grandchester, su profesor favorito, que se acercaba a las gradas. Ese día llevaba un chaleco a rayas grises y blancas por encima de su viejo jersey negro de cuello alto y el largo pelo recogido en una coleta.
Aunque era el profesor más joven del instituto, casi todos le tenían miedo, porque podía mostrarse muy sarcástico, pero también lo respetaban. No pasaba películas en clase y esperaba que todos trabajaran duro. Susana le adoraba. Nunca se mostraba sarcástico con ella y hasta le prestaba algunos de sus propios libros para leer, porque pensaba que necesitaba ampliar sus horizontes.
Candy no parecía nerviosa ni preocupada, como lo habría estado cualquier otro chico o chica en su lugar. Bien al contrario, lo miró directamente a los ojos:
- Hola, señor Grandchester. Sólo nos estamos divirtiendo. ¿No es verdad, Susana?
Ésta no consiguió mover los labios, incapaz de cualquier reacción.
- Venid conmigo, las dos.
- Ahora tengo una reunión, señor Grandchester Candy destilando dulzura y amabilidad.- Del comité de bienvenida. ¿Estará en su despacho dentro de una hora? - Sonaba exactamente como Rose, famosa por organizar las reuniones de la junta escolar según los horarios de emisión de sus programas favoritos de televisión.
Los demás profesores no se oponían nunca a Candy, porque no querían estar a malas con Rose, pero el señor Grandchester todavía no había descubierto la gran importancia de Rose para el instituto
- No me interesan tus reuniones.
Candy se encogió de hombros y pasó la libreta a Anthony.
- Yo llevaré eso ó el señor Grandchester. El corazón de Susana se le subió a la garganta cuando Anthony devolvió la libreta a Candy. Primero, la habían humillado delante de sus compañeras de clase, y ahora incluso el señor Grandchester sabría que era una pervertida. En cuanto a Anthony... nunca más podría mirarle a la cara.
Candy bajó las gradas con la libreta en la mano. Susana no pudo ni tragar saliva cuando vio sus escritos cambiar de manos.
Las paredes amarillentas se le caían encima mientras iban desde el gimnasio hasta el aula del señor Grandchester. Cany charlaba despreocupadamente, sin importarle que él no contestara. Susana les seguía arrastrando los pies.
Cuando llegaron a la puerta del aula, el profesor se detuvo. Susana fijó la mirada en las feas baldosas marrones del suelo. Él llevaba viejos mocasines negros, tan lustrados como siempre.
- Creo que esto te pertenece, Susana.
Ella le miró a través de los velos de su desdicha y vio la altivez familiar de sus ojos, junto con una bondad que nadie parecía percibir nunca excepto ella. El señor Grandchester le tendió la libreta. No se podía creer que se la estaba devolviendo y la recibió con mano temblorosa
- G... gracias.
Candy soltó una risita.
- Señor Grandchester, antes debería leer lo que ha escrito Susana. Todo el mundo sabe que es muy inteligente, pero apuesto que ni usted imagina cuan creativa puede ser.
- Te veré mañana en clase, Susana _ dijo él sin mirar siquiera a Candy - Y espero que tengas algo brillante que presentar sobre el pesado de Hester Prynne.
Susana asintió torpemente y apretó la libreta contra el pecho. En el instante de darse la vuelta vio de pasada la expresión de Candy. El viejo odio familiar iluminaba sus ojos. Susana sabía exactamente por qué estaba allí. Por qué nunca desaparecería de su vida. Aunque Candy tenía todo lo que le faltaba a Susana -belleza, popularidad, seguridad en sí misma y a Anthony Brower- ésta tenía la única cosa que la otra deseaba con desesperación.
El amor de su padre.
Susana tiró a la basura el último trozo de la copa rota. Su pensamiento saltó al otro recuerdo señalado de aquel año, un recuerdo infinitamente más doloroso que la exposición pública de sus fantasías sexuales, tan doloroso que, aun transcurrido tanto tiempo, todavía no podía afrontarlo. Dirigió la mirada a Anthony, ya un hombre adulto. Se había arremangado la camisa azul claro que llevaba al trabajo. A Susana le gustaban mucho sus muñecas, la estructura de sus huesos, su fuerza
Fue su novia de rebote, la que estuvo allí para consolarle aquel verano en que Candy le abandonó para casarse con Neil Leegan. Aunque Susana no se había transformado en un cisne mientras él estaba en la universidad, tampoco era ya el patito feo, y Anthony se dio cuenta
El sexo formaba parte del plan de ella, no de él, y Anthony casi se sintió perplejo la tarde en que se encontró en la cama con ella, mientras sus padres estaban en el trabajo. Cuando Susana descubrió que estaba embarazada tuvo miedo de contárselo, pero él puso cara de póquer y se casó con ella. Hasta llegó a decirle que la quería, y ella fingió creérselo. No obstante, entonces sabía, como ahora, que su amor por ella no era más que una pálida imitación del que había sentido por Candy. Hasta el día de hoy, ni una vez la había mirado como solía mirar a su hermanastra.
Sacó dos tazones de cerámica del armario y los dejó sobre el mostrador.
- ¿Te acuerdas de... de cuando Candy encontró mi libreta en gimnasio y quiso leerla delante de todos? - Anthony metió la cabeza en la nevera.
- ¿No queda leche semidesnatada?
- Detrás del zumo de naranja. Yo había escrito una fantasía sexual sobre nosotros dos.
- Ah, ¿sí? Anthony se enderezó con el cartón de leche en la mano y le sonrió.- ¿Qué clase de fantasía sexual?
- ¿No te lo explicó?
- Diablos, no lo sé - Su sonrisa desapareció.- Aquello ocurrió hace años. Estás demasiado colgada de lo que pasó en el instituto. Cerró la puerta de la nevera con fuerza suficiente para hacer temblar la caja de té del siglo XVIII que había sobre ella - No entiendo por qué te sigue preocupando tanto. Al final todo fue tuyo. La Novia del Francés y unos cuantos millones en depósito. Hasta la fábrica será tuya algún día. ¿Por qué perder el tiempo recordando las cosas del instituto?
- No lo hago ó. Su vida entera de adulta estaba influida por aquellos años difíciles: su intelecto, su atención escrupulosa a su aspecto, hasta su conciencia social.
La cafetera emitió su último eructo y Anthony retiró la jarra llenaba los tazones, Susana supo que ya no podía seguir evitando el tema
- Candy vino a la tienda hoy.
Sólo una esposa podría haberse fijado en el pequeño tic de su barbilla.
Anthony llenó los tazones, volvió a colocar la jarra en su sitio y se apoyó contra el borde del mostrador.
- ¿Qué quería?
- Sólo curioseaba, imagino. No creo que supiera que la tienda es mía.
A Anthony le gustaba el café con leche semidesnatada pero bebió un sorbo sin abrir el cartón.
- Lakewood es una ciudad pequeña. Tarde o temprano te cruzarías con ella.
Susana empezó a enjuagar los platos bajo el grifo.
- Llevaba un jersey barato. Se la veía cansada. Ya puesta, podría colgar un rótulo proclamando sus propias inseguridades.- Pero hermosa. Delgada, como siempre.
Anthony se encogió de hombros como si el asunto no le interesa: aunque seguía tomando su café solo. Susana quería cambiar de tema pero no se le ocurría nada más que decir. Puede que él sintiera lo mismo, porque dejó el tazón y dirigió la mirada hacia ella.
- Háblame de aquella fantasía sexual – Susana cerró el grifo y se obligó a sonreír.
- Sólo tenía dieciséis años, era bastante inocente. Aunque podrías persuadirme para ingeniar algo mejor cuando Gigi se haya dormido.
Él se cruzó de brazos y la comisura de su hermosa boca se torció.
- ¿De veras?
La encantaba su sonrisa pero se sentía cansada, vapuleada, y lo que realmente le apetecía era tomar un baño caliente y meterse en la cama a leer. En cambio, recorrió la distancia que les separaba y deslizó una mano en la entrepierna de Anthony.
- Por supuesto.
- Él le acarició el pecho.
Ahora mismo me gustaría no tener una adolescente en casa,
Ella retiró la mano y dijo afectando sensualidad:
- No dejes que olvide dónde lo dejamos, ¿vale?
- Créeme, no lo permitiré. Le dio un beso furtivo.- Entretanto más vale que le recuerde a su alteza que le toca limpiar la cocina.
- Gracias.
Una vez a solas, Susana envolvió el filete sobrante y lo guardó en la nevera antes de que Gigi lo tirara a la basura. Después cogió su de tazón e café y fue a su estudio. Tenía que ocuparse de algunos documentos de la Asociación Promotora de la Comunidad y hacer algunas llamadas para el concierto. En cambio, se acercó a la ventana.
Solo tenía treinta y dos años, era demasiado joven para perder la libido. Debería comentarlo con su médico, pero Paul y Anthony habían sido compañeros de equipo en el instituto. «¿Desde cuándo tienes este problema de falta de deseo, Susana?» «Desde hace algún tiempo.» ¿Podrías ser más precisa?» Podría mentir y decir un año. No sonaba como tres años o, incluso, cuatro. Cinco, tirando largo. «¿Lo has comentado con Anthony?»
¿Cómo puede una mujer confesarle al hombre que ama que ha estado fingiendo en la cama? Anthony no sólo se sentiría dolido sino también estupefacto. Era un amante amable y considerado, pero habían empezado mal. Susana, que no quería ser la segundona detrás de Candy, lo había hecho todo antes de estar realmente preparada. Aunque Anthony era el más experto de los dos, ella había asumido el papel de la parte que toma la iniciativa y, por alguna razón, nunca habían roto ese esquema. Susana estaba siempre disponible, siempre tenía ganas, Jamás alegaba dolor de cabeza, nunca obligaba a Anthony a esforzarse para estimularla. Ella era la perseguidora; Anthony, el perseguido. Y, por mucho que lo amase, le guardaba resentimiento también por eso.
No demasiado. No siempre. Sólo de vez en cuando.
Continuará…
