Capítulo 5
Conque eres obstinado, ¿eh? Ya te dominaré Vidal y se puso de pie.
GEORGETTE HEYER, El cachorro del diablo
Candy cambió de mano las bolsas del supermercado, pero las dos pesaban lo mismo y el cambio no ayudó demasiado. Recorría la calle Jefferson en dirección al pasaje Mockingbird tratando de relajar los músculos de los hombros. Los pocos alimentos que había comprado, junto con una caja de comida para perros y otro pack de Coca-Colas, le habían pesado menos en la tienda.
No hacer caso a sus multas de aparcamiento no había contribuido a hacerlas desaparecer, y esa mañana se había visto obligada a recurrir a su arsenal de armas de mujer para librarse del joven cachas que conducía la grúa encargada de llevarse su Volvo embargado. Después de aquello, tuvo la precaución de aparcar en la parcela de Arby, a medio kilómetro de distancia. Sería un paseo agradable, si no lo hubiera hecho ya dos veces en un día, y ahora, además, cargada con las compras. Consiguió distraerse un poco imaginando terribles venganzas contra Terry Grandchester, aunque ya había estado allí, ya lo había hecho, y eso quitaba interés a sus fantasías.
Su suerte no había mejorado durante la semana transcurrida desde su desastrosa visita a la tienda de antigüedades de Susana. No había podido encontrar trabajo y tampoco el cuadro, y en su monedero no quedaban más que polillas. Al menos había conseguido localizar a los miembros supervivientes del club de canasta de Elroy, aunque sólo Sissy Tooms afirmaba haber visto el cuadro. Por desgracia, también afirmó estar de camino a Las Vegas, donde iba a cenar con Frank Sinatra.
El teléfono móvil sonó en su bolso. En el momento de dejar las bolsas en la acera, se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que le cortaran la línea.
- ¡Soy yo! _ canturreó una voz suave cuando Candy contesto
- Hola, pequeña _ sonrió ella.
- ¡Yo! -. Repitió Melany, como si Candy pudiera no reconocer la voz de la única hija de Albert.
- ¿Cómo está mi niña preferida?
- ¡Genial! Ayer pintamos. Y Meesie dijo que hoy podía llamarte - Sugar Beth había olvidado que era miércoles, el día en que habitualmente charlaba con Melany.
- ¿Cómo está tu resfriado? ¿Mejor?
- Tomo jarabe para la tos cada noche. Me ayuda mucho. Y he pintado algo para ti.
Candy dio la espalda al frío viento y clavó el tacón de una bota en la acera. El día anterior había sido cálido pero hoy volvía a hacer fresco, y su cazadora de cuero imitación no estaba a la altura.
- ¿Qué has pintado para mí?
Melany empezó a describirle la imagen del océano que había pintado y luego le habló del nuevo angelote del acuario. Cuando, al fin, llegó el momento de colgar, Melany se despidió como siempre:
- Te quiero, Candy mía. Y tú también me quieres, ¿verdad? - A Candy le escocieron los ojos. Costará lo que costase, iba a proteger a esa criatura dulce y frágil.
- Te quiero un montón.
- Ya lo sabía.
Su confianza hizo sonreír a Candy.
Mientras metía el móvil en el bolso, sintió aflorar la vieja ira contra Albert. ¿Cómo pudo ser tan negligente y no ocuparse del futuro de Melany?
«Hice provisiones económicas para ella _ le había dicho cuando hablaron del tema_ . Pero cuando las cosas empezaron a ir mal, tuve que tomar dinero prestado de aquel fondo. Nunca me lo perdonaré.»
Sugar Beth recordó la primera visita que hizo a Melany en Brookdale, la institución privada de lujo donde había pasado la mayor parte de su vida de adulta. Se habían caído bien una a la otra a primera vista. La madre de Melany había muerto pocos años antes de que Candy conociera a Albert, y Melany la echaba en falta desesperadamente. Para gran sorpresa de Candy, la hija de Albert había transferido sus afectos a su nueva madrastra. Melany era una persona dulce, divertida y muy, muy vulnerable: una mujer de cincuenta años con una mente de niña de once. A ambas les gustaban las cosas chicas, la ropa, el maquillaje, las reposiciones de Friends y Pixie Candy le había leído casi todos los libros de Judy Blume, La bruja del estanque del mirlo y las aventuras de Mary-Kate y Ashley. Cuchicheaban acerca de Leonardo DiCaprio, a quien Melany adoraba, jugaban al Cluedo y salían a dar paseos cogidas de la mano.
Si no fuera por Melany, Candy no se habría visto obligada a volver a Lakewood, pero se había terminado el dinero destinado a la institución. Candy no podría mantener a su hijastra en Brookdale si no encontraba el cuadro de Ash. A pesar de ello, no sentía lástima por sí misma. El amor incondicional es un regalo de valor incalculable y Candy sabía reconocer las bendiciones cuando las veía.
Mientras recogía las bolsas de la compra, un familiar Lexus berlina color coñac se detuvo a su lado. La ventanilla del conductor bajó apareció el rostro del Duque del Infierno en persona, sonrisa burlona incluida.
- Pareces una vagabunda.
Candy supuso que lo decía por las bolsas, no por sus tejanos o su cazadora de motera.
- Gracias, que tengas un buen día tú también.
Él la contempló a través de unas gafas sin montura.
- ¿Quieres que te lleve?
- ¿Dejas subir plebeyos a tu carruaje?
- Hoy me siento benevolente.
- Es mi día de suerte.
La hizo esperar mientras quitaba lentamente los seguros de las puertas. Candy abrió la puerta trasera y dejó las bolsas detrás del asiento del pasajero. Después, ya que el orgullo tiene cierto peso, se sentó en el asiento trasero y cerró la puerta.
- Adelante.
Él rodeó el respaldo del otro asiento con el brazo y la miró por encima del hombro.
Candy le devolvió una mirada de altivez.
- No tengo todo el día.
- Quizá sea mejor que vayas andando.
- Es malo para el vecindario. Tener a una vagabunda por sus calles - La complació ver que él pisaba el acelerador con más ímpetu del necesario y que su tono de voz se tornaba mordaz.
- Por favor, si puedo hacer algo más por ti, no dudes en decírmelo.
Ella contempló sus anchos hombros.
- Podrías quitar esa estúpida cadenita de mi camino de entrada.
- Pero si me divierte mucho! coche enfiló el pasaje Mockingbird.- Esta mañana vi una grúa junto a tu coche. De veras que lo siento.
- Oh, no hace falta. La conducía un muchacho encantador, muy razonable, por no hablar de su atractivo.
- ¿De modo que lograste persuadirle de que no se te llevara el coche?
- No corras tanto. Las damas del Sur no hablan de los besos que dispensan
Esperaba que le contestara que ella no era una dama, pero él estaba por encima de los comentarios obvios e inició una escaramuza más
- ¿Cómo progresa tu búsqueda de trabajo?
Ella consiguió esbozar un gesto desdeñoso con la mano.
- Las decisiones profesionales me estresan, y voy poco a poco.
- Puedes dejarme aquí mismo.
Él no le hizo caso y entró en el camino que conducía a La Novia del Frances.
- Hay mucho donde elegir, ¿no es así?
- Toneladas de ofertas.
- Eso había oído. La ciudad está que bulle.
- Qué te apuestas.
Grandchester aparcó cerca de la casa y apagó el motor.
- Se rumorea que incluso Louis Higgins se negó a contratarte en el Mercarrápido, y eso que él contrata a cualquiera capaz de chapucear dos frases seguidas en inglés.
- Por desgracia, yo fui la promotora de un rumor algo malicioso acerca de su hermana cuando íbamos a noveno. No pareció importarle que el rumor fuera cierto.
- Si escupes al cielo, en la cara te caerá, ¿no es así?
- Con el peso de un proverbio - Candy abrió la puerta y empezó a bajar las bolsas. Justo en ese momento Grandchester acabó de rodear el coche y a ella casi se le cayó el paquete de Coca-Colas, porque vio que llevaba un auténtico sobretodo de gamuza negra, que, con su pelo corto y despeinado, le daba un aspecto demasiado atractivo.
- Permíteme que lleve las bolsas hasta la cochera, es lo menos que puedo hacer.
Candy estaba demasiado asombrada con la prenda para protestar. Y eso que estaban en Misisipí.
- Suponía que la obstrucción del camino de entrada no causaría demasiados inconvenientes. Por desgracia, estaba equivocado.
- No te preocupes ella, por fin recuperada.- Con el ejercicio extra, he podido despedir a mi entrenador particular.
Al parecer Gordon había estado escondido en la veranda, porque apareció trotando a través del patio. Grandchester la asombró con su expresión de contento. Cargó todas las bolsas en una mano para tener libre, se agachó y rascó al perro detrás de las orejas.
- De modo que no te has escapado.
- Bonito perro _ Gruñó Candy.
- Apareció hace unos días. Está perdido.
- Podría tener la rabia. En tu lugar, llamaría a la perrera.
- No tiene la rabia. Grandchester pareció más irritado de lo habitual.- Y sabes muy bien qué le harían en la perrera.
- Le meterían en la cámara de gas - Y fulminó con la mirada a Gordon, que podía oler un tonto a un kilómetro de distancia. En lugar de gruñirle como tenía por costumbre, el perrucho actuó para su nuevo público bajando la cabeza, dejando caer sus largas orejas y emitiendo un discreto gañido, el vivo retrato de un chucho patético.
- Ese comentario es demasiado insensible, incluso viniendo de ti - Repuso Grandchester secamente.
- Sí, bueno, éste es un mundo de perros - Gordon trotó de vuelta a la veranda, muy satisfecho de sí mismo. Candy observó que avanzaba con un contoneo especial - ¿No le habrás estado alimentando? Se lo ve gordo.
- ¿Ya ti qué te importa si le he estado alimentando o no? - Ella suspiró.
Llegaron a la cochera. En el momento de abrir la puerta, Grandchester volvió a mostrarse crítico:
- ¿Por qué no cierras con llave?
- Esto es Lakewood, ¿recuerdas?
- Aquí hay delincuencia, como en cualquier otro sitio. A partir de ahora, cierra con llave.
- Como si eso fuera a detenerte. Te bastaría con darle una buena patada y...
- No para protegerte de mí, boba.
- Odio ser yo quien te dé la mala noticia pero, en caso de que se encontrase mi cuerpo sin vida, tú eres quien más rencor me guarda.
- No es posible mantener una conversación racional contigo.
Observó la sala con disgusto, a pesar de que ella lo había limpiado, de arriba abajo_ . ¿Tu tía nunca tiraba nada?
- En realidad no. Si ves algo que te gusta, no dudes en hacerme una oferta
- No apostaría por ello - Se dirigió a la cocina, el sobretodo ondeando a cada paso.
Candy se quitó la cazadora con movimientos bruscos de los hombros, dejó caer su bolso en una silla, y le siguió a la cocina.
- Yo sí apostaría a que sacarías el billetero por el cuadro de Ash.
- Me temo que sería demasiado, incluso para mis finanzas - Dejó las bolsas sobre la encimera, llenando el pequeño espacio con su corpulencia
Candy sacó un paquete de galletas Fudge.
- Tú hablaste con Elroy, Crees que el cuadro existe, ¿no es así?
- Creo que existía.
- Espero que ésta sea tu particular manera británica de decir: «Sí, »-... – Sï Sugar Beth, claro que existe.»
Grandchester se apoyó contra la vieja nevera y cruzó los tobillos.
- Creo muy probable que tu tía lo haya destruido.
- Imposible. Era su posesión más valiosa. ¿Por qué iba a destruirla?
- Nunca quiso compartirla mientras vivía. ¿Por qué querría hacerlo después de muerta? Y para no andarnos con remilgos: ¿por qué iba a compartirla con una sobrina a la que consideraba un poco ramera?
- Porque creía en la familia.
Grandchester recogió la caja de comida para perros que ella acababa de tirar.
- ¿Qué es esto?
- Soy pobre, y es nutritiva - Se la arrebató de las manos e intentó no rozarse con él mientras guardaba las Coca-Colas en la nevera.
- Que me aspen. Ese perro apareció al mismo tiempo que tú. Es tuyo, ¿verdad?
- No es motivo de orgullo, créeme. _ Las dejó en el primer estante.
- Me sugeriste que llamara a la perrera.
La complació detectar cierta nota de indignación en su voz.
- Todos tenemos derecho a nuestras fantasías.
- ¿Por qué lo tienes, si tanto te molesta?
Candy se arrodilló para guardar el pienso debajo del fregadero
- Porque Gordon pertenecía a Albert y nadie más le quería, intenté buscarle un nuevo dueño, pero sufre un trastorno de la personalidad.
- Tonterías. Es un perro magnífico.
- Te hace la pelota.
Aparentemente, Grandchester decidió que ella ya se había divertido bastante a su costa, porque empezó a pasearse por la cocina, inspeccionando los armarios con puerta de vidrio y los viejos electrodomésticos. El pomo de porcelana de la vieja panera se le quedó en la mano, y sonrió mientras lo examinaba:
- Es una pena que te cueste tanto encontrar trabajo.
- Bueno, no hace falta que tu arrogante cabezota se preocupe pon eso. Su top de punto subió cuando se estiró para guardar una bolsa de patatas fritas en el estante superior. Supo que Grandchester lo advirtió porque tardó un segundo de más en retomar el hilo.
- Casi siento lástima por ti - dijo - Tienes un perro que no te gusta, nadie te da trabajo y estás sin blanca.
- Pero todavía conservo mi encanto.
Grandchester apoyó un hombro contra la pared y empezó a pasarse el pomo de una mano a la otra.
- Creo haber mencionado que podría tener un trabajo para ti. ¿Estás ya lo bastante desesperada?
Ella casi se ahogó con su propia saliva.
- Pensé que te estabas cachondeando.
- Estoy bastante seguro de no haberme «cachondeado» nunca de nadie.
- ¿El trabajo implica dejar que me cachees otra vez?
- ¿Te gustaría? _ Su manera de entrecerrar los ojos le indicó que ella no era la única que sabía jugar.
- Me preocuparía el riesgo de congelación - La curiosidad pudo más que su deseo de remover la basura.
- ¿En qué habías pensado?
Grandchester inspeccionó la panera y luego se dedicó a enroscar de nuevo lentamente el pomo en su sitio, mientras ella contenía la respiración. Cuando por fin terminó, se volvió hacia Candy con ojos perspicaces
- Necesito un ama de llaves.
- ¡Un ama de llaves!
- Alguien que cuide de la casa.
- Sé lo que significa. ¿Por qué me ofreces el puesto a mí?
- Me resulta muy tentador. La hija adorada de La Novia del Frances, obligada a fregar los suelos y a servir de rodillas al hombre que intentó destruir. Los Hermanos Grimm en versión de Terry Grandchester. ¿No te parece delicioso?
- Espera que encuentre el cuchillo de trinchar de Elroy y estarás muerto. _ Abrió de un tirón el cajón más cercano. Grandchester no se dio prisa en alejarse de su alcance yendo a la sala.
- Pero veamos el lado práctico... El mantenimiento de La Novia del Francés es casi un trabajo a jornada completa, y me quita demasiado tiempo de la escritura. Serían seis días a la semana, desde las siete de la mañana hasta después de la cena. Una jornada larga y, dicho sea paso, lo más ardua posible.
- ¿Dónde demonios está el cuchillo?
- Contestarás al teléfono, te ocuparás de las compras y la preparación de las comidas sencillas, aunque supongo que esto es demasiado para ti. Hay que organizar las facturas, ordenar el correo y hacer colada. Quiero una casa que funcione a la perfección, sin esfuerzo alguno de mi parte. ¿Te consideras capaz de hacerlo?
No intentó ocultar un tono de desprecio altivo, y ella pensó que todavía no estaba tan desesperada. Pero lo estaba.
Grandchester mencionó un salario que le levantó los ánimos, y ella corrió a la sala.
- Acepto. Será por cada día de trabajo, ¿me equivoco?
En el otro extremo de la sala, Grandchester vio iluminarse su rostro y supo que debería sentir vergüenza de sí mismo. Pero no la sentía. No se había sentido mejor desde el día de la llegada de Candy.
- No seas tonta. _ La miró despectivo_ . Será tu salario semanal. Ella pareció atragantarse y él no intentó disimular su sonrisa. La idea de ofrecerle un trabajo se le había ocurrido aquel día en la estación. Había tenido tiempo para pensárselo mejor desde entonces y lo había descartado por demasiado problemático, hasta que la vio un rato antes en la acera, con sus téjanos ceñidos y el móvil en el oído, como una prostituta de lujo. Entonces el viento le agitó el cabello rubio y lo hizo ondear como una bandera de publicidad. Candy le pareció tan indemne del mal que había causado, que cambió de opinión en ese mismo instante.
No tenía intención de destruirla aunque, desde luego, se proponía ver alguna sangre o, cuanto menos, algunas lágrimas de sincero arrepentimiento. Hasta la persona más comprensiva reconocería que se merecía más de lo que había recibido hasta el momento. Cercar el camino de la entrada con la cadena había sido como perseguir un elefante con una honda. Esto otro, en cambio, daría mejores resultados.
Candy agarró la silla con más fuerza, todavía anonadada por la ofensiva oferta de salario.
- Ningún ser humano puede valer tan poco.
Grandchester la miró con altivez.
- No olvides que te daré de comer, y que sin duda utilizarás mi teléfono. Y siempre hay que tener en cuenta el despilfarro que uno ha de esperar del servicio ojos verdes de Candy destellaban como baterías antiaéreas.- Y para demostrarte que me atengo a razones quitaré la cadena de tu camino de entrada una pausa inspirada.- Y, por supuesto, pagaré el uniforme.
- ¡El uniforme!
Oh, sí. Verla moverse por su casa con pantalones ceñidos y camisetas seductoras sería demasiada distracción. El simple hecho de verla guardar las compras había puesto a prueba su capacidad de control. Sus largas piernas, los diez centímetros de abdomen que quedaron al des-cubierto cuando se estiró para alcanzar el último estante. Ése era el lado negativo de la masculinidad. Su cuerpo no reconocía el veneno, ni siquiera cuando su mente sabía perfectamente que estaba allí.
- Serás el ama de llaves dijo.- Y por tanto necesitarás un uniforme.
- ¿En pleno siglo veintiuno?
- Concretaremos los detalles en tu primer día de trabajo - Candy apretó sus pequeños y bien formados dientes
- De acuerdo, hijo de perra. Pero la comida de Gordon la compras tú.
- Será un placer. Te espero mañana a las siete - Hizo ademán de marcharse pero aún no estaba del todo satisfecho. Necesitaba cerciorarse por completo de que ella comprendía las condiciones exactas del acuerdo, y pensó detenidamente hasta encontrar el último clavo para su ataúd
- Acuérdate de entrar por la puerta de servicio, ¿quieres?
¡Ama de llaves de Terry Grandchester! Candy recorría la cochera una y otra vez con largas zancadas furiosas, hasta que Gordon se sintió tan molesto que atrapó su tobillo entre las fauces y se negó a soltarlo hasta estar seguro de que ella lo tomaba en serio. Candy se agachó para soltarse el tobillo, pero él estaba empecinado.
- Un día de éstos me dejarás marcas, perro del infierno, y ése será tu último día conmigo.
Gordon levantó una pata y se lamió.
Ella subió al baño, con la esperanza de que un rato en remojo conseguiría calmarla. El cuarto de baño tenía una bañera con patas en forma de garras y una única ventana con un visillo amarillento. Dejó caer la ropa al suelo de baldosas blancas y negras que formaban un anticuado diseño en forma de panal, se recogió el pelo en la coronilla echó al agua sales con aroma a lirio silvestre. Se metió en la bañera e intentó ver el lado positivo de la situación.
Ya había registrado hasta el último centímetro de la estación, la cochera y el estudio, y sólo le quedaba un lugar donde buscar. La Novia el Francés. Elroy no podía haber escondido el cuadro en otro sitio. Aunque, ¿por qué no lo sacó de allí antes de que Grandchester se instalara en su casa? Quizá ya estaba demasiado enferma.
Lincoln Ash llegó a Lakewood en la primavera de 1954. Hasta entonces había vivido en un piso de Manhattan sin agua caliente y frecuentaba, en compañía de un también paupérrimo Jackson Pollock, el Cedar Bar de Greenwich Village. La comunidad artística instituida se mofaba de «los manchados», como les habían apodado, pero el público empezó a fijarse en su trabajo, incluida la abuela de Candy, que se consideraba a sí misma patrona de las vanguardias. Ella se ofreció a proporcionar al artista techo y comida durante tres meses, además de un estudio donde trabajar y un modesto estipendio. A cambio, reclamaba el derecho a jactarse de ser la primera mujer en Misisipí en tener su propio artista residente. William tenía dieciséis años en aquella época, y le encantaba contar a la gente cómo había aprendido a fumar cigarros puros y beber buen whisky del propio Lincoln Ash.
El agua casi rozaba el borde de la bañera y Candy cerró el grifo con el pie. Pensaba en La Novia del Francés, en sus armarios profundos y en los intrincados espacios de sus chiribitiles. Y lo que era más tentador: el armario secreto del desván... Su abuelo había mandado construirlo «para el caso de que los idiotas de Washington decid reinstaurar la Ley Seca». ¿Conocía Grandchester la existencia de ese arma. Elroy ¿Desde luego sí.
La teoría según la cual Elroy pudiera haber destruido el cuadro no le parecía digna de consideración pero, mientras se hundía cada vez más en el agua de la bañera, la asaltó un pensamiento no menos alarmante. Grandchester había comprado la casa.
¿La transacción incluía el contenido? ¿Qué pasaría si él fuera ahora el dueño del cuadro? Candy no conocía los entresijos del derecho de propiedad y tampoco podía permitirse contratar a un abogado. Si consiguiera encontrarlo, sencillamente tendría que sacarlo de la casa sin que él se diera cuenta, una perspectiva muy poco halagüeña. No obstante, estaba dispuesta a correr ese riesgo y muchos otros, porque la venta del cuadro de Ash le proporcionaría, por fin, el dinero necesario para mantener a Melany en Brookdale. En cuanto a su propio sustento, volvería a Houston y trabajaría como camarera hasta conseguir sacar una licencia de agente inmobiliario.
No pudo dormir hasta bien pasada la medianoche, y pronto la despertó una pesadilla. Yació inmóvil por un momento, la piel empapada en sudor, el corazón desbocado, el sueño todavía presente. Normalmente, los ronquidos de Gordon la irritaban, pero ahora el sonido rasposo que llegaba de los pies de la cama constituía un recordatorio consolador de que no estaba totalmente sola en el mundo.
Había vuelto a soñar con Susana. No la mujer sofisticada que vio en la tienda de antigüedades la semana anterior, sino la muchacha insegura que había acechado a sus espaldas hasta conseguir robarle lo que más amaba en el mundo.
«Papá, te comportaste como un auténtico cretino. ¿Lo sabías?»
Nunca podía recordar exactamente cómo llegó a enterarse de la otra familia de su padre. Detalles delatores aquí y allá, retazos de conversaciones, el hecho de ver a su padre en lugares incongruentes. Con el tiempo llegó a comprender la dinámica más sutil de su relación con las dos mujeres de su vida. Rose representaba a su Scarlett O'Hara inalcanzable y voluble; Sabrina, a su amante y reconfortante Melanie. Sus primeros recuerdos, sin embargo, eran sencillamente de su padre dándole la espalda.
- Mira cómo doy una voltereta, papá.
- Ahora no, Candy. Estoy ocupado.
- Vendrás a mi función de danza, ¿verdad?
- No tengo tiempo. He de trabajar para pagar esos zapatos que estás arrastrando por el polvo.
Se le acercaba con un libro en la mano, sólo para verle ponerse de pie antes de que ella tuviera tiempo de trepar a su regazo. Su padre se acordaba de hacer una llamada justo cuando ella aparecía con un dibujo hecho expresamente para complacerle. Sospechaba que el flirteo se le daba tan bien gracias al arsenal de trucos que de niña había tenido que emplear para llamar la atención de su padre.
Ninguno surtió efecto
Estaba en tercero cuando descubrió que no era la única hija de su padre, y todo por su desaprobación de las notas de Candy. «¿Te han puesto un insuficiente en aritmética? Tienes el cerebro de un mosquito, Candy. Otra de las cosas que has heredado de tu madre.»
Él no comprendía el suplicio que representaba el colegio para ella, estar sentada tantas horas, cuando lo único que quería era reírse y bailar, saltar la comba con Annie y jugar a las Barbies con Luisa. Decorar bizcochos con Flammy y cantar canciones de los Bee Gees con Patty. Un día en que su padre la hizo llorar tachándola otra vez de estúpida, Candy llegó a la conclusión de que no la quería por culpa de sus malas notas.
Durante seis largas semanas se esforzó al máximo para cambiar las cosas. Estaba quieta en clase y terminaba sus aburridísimos deberes. Prestaba atención a la maestra en lugar de parlotear, dejó de dibujar caras sonrientes en los libros de texto y, al final, consiguió sobresalientes.
Cuando llevó el boletín de notas a casa aquella tarde de abril, estaba prácticamente enferma de emoción. Rose la recibió con mimos, pero no era la aprobación de Rose lo que anhelaba.
Mientras esperaba el regreso de su padre, se imaginaba cómo le sonreiría al ver sus logros y cómo la levantaría en brazos y se reirían juntos.
«Qué inteligente es mi niña. Estoy muy orgulloso de ti, Candy. Dale a tu papá un besote.»
Estaba demasiado ansiosa para cenar. Se sentó en la veranda a esperar la llegada de su coche. Cuando se hizo de noche y él todavía no había aparecido, Rose le dijo que daba igual y la obligó a irse a la cama
Pero no daba igual. El sábado por la mañana, cuando despertó y descubrió que él ya se había ido, agarró su preciado boletín de notas -el pasaporte mágico al amor de su padre- y salió a escondidas la casa. Todavía recordaba cómo cruzó el patio corriendo hasta su bicicleta con asiento en forma de plátano y cómo echó el boletín en la cesta. Montó de un salto en la bici y se lanzó pasaje Mockingbird abajo, pedaleando con sus zapatillas de deporte y con sus pasadores en el pelo, el corazón gozoso. «¡Por fin, mi papá me querrá!»
Ya no recordaba cómo supo dar con la casa donde su padre dormía a veces con esa otra señora, ni por qué creía que iba a encontrarlo allí esa mañana, aunque sí recordaba el aseado bungaló de ladrillo visto, la distancia que lo separaba de la calle y las cortinas echadas tras las ventanas delanteras. Dejó la bici en el camino de entrada, detrás del coche de su padre, cogió el boletín de notas de la cesta y corrió hacia la puerta.
La detuvo el sonido lejano de su voz, que venía de la parte posterior de la casa. Candy se volvió hacia la empalizada que rodeaba el patio arbolado y se acercó a la puerta parcialmente abierta con el boletín de notas en las manos sudorosas y una sonrisa embelesada en la cara.
Mirando a hurtadillas por la puerta, le vio sentado en una gran tumbona en medio de un patio empedrado. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado, dejando al descubierto el vello negro y sedoso del que nunca, jamás le había permitido tirar. La sonrisa se borró de la cara y la invadió una sensación de hormigueo, como si unas arañas enormes estuvieran trepando por sus piernas. Porque su padre no estaba solo. Una niña de segundo, que se llamaba Susana Marlowe, estaba acurrucada en su regazo y apoyaba la cabeza en su hombro con las piernas colgando, como si se sentara así cada día de su vida. Él le estaba leyendo un libro imitando las voces de los personajes, igual que Rose cuando le leía a ella.
Las arañas ya trepaban por todo su cuerpo, incluso por la barriga, y le entraron ganas de vomitar. Susana se rió con una voz de falsete y él le dio un beso en la cabeza. Sin que ella tuviera que pedírselo.
El boletín mágico se le cayó de la mano. Debió de hacer algún ruido, porque su padre volvió la cabeza bruscamente y la vio. Apartó a Susana y se puso de pie de un brinco. Sus pobladas cejas negras chocaron cuando frunció el entrecejo.
- ¿Qué haces aquí? ó.
Las palabras se le atragantaron a Candy. No le podía hablar del boletín de notas mágico, de lo orgulloso que debía sentirse de ella.
Él se acercó con pasos regios, un hombre paticorto de tórax abultado y actitud de gallito peleón.
- ¿Qué crees que estás haciendo? Vuelve a casa ahora mismo - Pisó el boletín de notas, que yacía en el suelo .- Nunca debes venir aquí, ¿me oyes?-. La agarró del brazo y la llevó a rastras al camino de la entrada.
Susana les siguió y se detuvo junto a la valla. Candy echó a llorar.
- ¿P-por qué estaba sentada en tu regazo?
- Porque es una niña buena, por eso. Porque no se mete donde nadie la llama. Ahora sube a la bici y vete a casa.
- ¿Papá? -Llamó Susana desde la valla.
- Todo va bien, cariño.
A Candy le dolía tanto el estómago que no podía soportarlo. Alzó la mirada hacia su padre a través de un mar de lágrimas.
- ¿Por qué te llama así?
Su padre ni se molestó en mirarla mientras la alejaba todavía más de la casa.
- No te preocupes por eso - Sollozando, se volvió hacia Susana.
- ¡Él no es tu papá! ¡No le llames así!
Recibió un zarandeo brusco que pretendía hacerla callar.
- Ya es suficiente, Candy.
- ¡Dile que no te llame así nunca más!
- Cálmate ahora mismo o recibirás unos azotes.
Entonces ella se soltó y se lanzó camino abajo, dejando atrás su bicicleta rosa con asiento en forma de plátano. Alcanzó la acera, sus zapatillas resonando a cada paso, su pequeño corazón a punto de estallar en su pecho.
Él no la siguió.
Pasaron los años. A veces, Candy veía a William en la ciudad con Susana, haciendo todas esas cosas que nunca tenía tiempo para hacer con ella. Poco a poco, empezó a comprender por qué prefería una niña a la otra. Susana era tranquila. Conseguía buenas notas y le encantaba la historia, igual que a él. Susana no tenía berrinches porque él no la llevaba a la granja Reina ni llegaba a casa custodiada por el jet de policía por estar bebida siendo menor de edad. Y, por supuesto, Susana nunca le provocó un fallo cardíaco en su último año de instituto porque no le venía la regla y pensó que estaba embarazada de Anthony. No, la Susana perfecta había esperado que William muriera para hacerlo. Y lo más importante: Susana no era hija de Rose.
Candy no podía castigar a su padre por no quererla, de modo que se dedicó a castigar a Susana.
Gordon se movió a los pies de la cama. Ella se volvió e intento volver a dormir antes de que los recuerdos la arrastraran por el camino de las tinieblas, pero su mente no quería colaborar.
El último curso. La lectura vespertina de poemas a la que el señor Grandchester requirió que sus alumnos asistieran...
Al final del acto el escenario quedó a oscuras, y dos figuras manchadas con pintura fluorescente amarilla aparecieron bañadas en pálida luz ultravioleta. Stuart Sherman y Susana Grandchester. Candy ya no recordaba qué poema habían dramatizado. Sólo recordaba que algo la hizo volverse hacia la parte posterior del auditorio, donde vio a William de pie bajo el rótulo luminoso de la salida. El padre que el pasado octubre había estado demasiado ocupado como para esperar cinco minutos en la escalinata de los juzgados y verla pasar sentada en el respaldo del asiento trasero del Mustang descapotable de Jimmie Caldwell con la corona de bienvenida en la cabeza, no estaba demasiado ocupado para ir a escuchar a su otra hija recitar poesía. Candy sabía qué tenía que hacer.
Hizo tiempo en el aparcamiento con Anthony y algunos de sus amigos y, transcurrido un buen rato, anunció que iba a buscar el rizador de pestañas que se había olvidado en su taquilla del gimnasio. El sonido de la ducha la recibió al abrirse camino por la zona casi vacía de las taquillas. Susana, con la cara y el cuello manchados de pintura amarilla fluorescente y los brazos y las piernas pintados, era la única participante de la velada que necesitaba ducharse antes de volver a casa. Candy trabajó con rapidez y, en el momento de salir de los vestuarios se imaginó la pintura amarilla yéndose por el desagüe y llevándose consigo a la hija ilegítima de su padre.
- ¿Sabéis qué? - Dijo a los chicos cuando volvió al aparcamiento.- Los vestuarios de las chicas están vacíos. Desde el primer curso habéis amenazado con entrar allí. Esta es vuestra última oportunidad antes de licenciarnos.
No hizo falta esforzarse demasiado para convencerles que la siguieran Deke Jasper, Bobby Jarrow, Woody Newhouse y, por supuesto, el componente más importante de su plan. Woody y Deke se fueron a buscar papelitos para escribir las notas que querían dejar caer dentro de las taquillas de sus novias. Hacían demasiado ruido,
Candy les mandó callar.
- Puede que haya algún profesor cerca.
Todo sucedió tal como se lo había imaginado. Susana estaba desnuda delante de las taquillas cuando ellos entraron, el cabello aplastado en la cabeza, la piel todavía mojada y una expresión de perplejidad al no encontrar la ropa y la toalla que había dejado encima del banco.
Habían desaparecido, escondidos en la taquilla de Candy. Hasta la pila de toallas que solía haber en el rincón había desaparecido, oculta tras el arcón de las herramientas.
Los chicos quedaron petrificados. La sangre abandonó la cara de Susana.
- Mierda - susurró Woody.
Susana pudo haber reído y vuelto corriendo a la ducha y todo habría terminado. Pero no lo hizo. Se quedó allí inmóvil, paralizada por aquella inesperada flecha envenenada.
No tenía el cuerpo estilizado de Candy. Sus brazos y piernas eran cortos y los muslos y caderas, un poco anchos en proporción a los hombros. No era gorda, sólo lo bastante llenita para hacerla parecer ancha de caderas. Una línea blanca atrajo la atención de Candy y algo desagradable se removió en el fondo de su estómago. Un hilo asomaba bajo la mata húmeda de vello púbico en la entrepierna de Susana.
Tenía la regla.
Los ojos de Susana se clavaron en Anthony. Sólo en él. Todos los chicos vieron el hilo pero Anthony era el único que importaba. Fue exactamente como había planeado Candy, aunque ahora se sentía enferma, como si fuera ella la que estaba allí de pie, desnuda y humillada.
Susana emitió un agudo lamento contenido y permaneció inmóvil, los brazos caídos a los costados, el hilo de algodón blanco asomando bajo el vello púbico.
La puerta del vestuario se abrió de golpe y entró el señor Grandchester.
- ¿Qué está pasando...?
Profirió un juramento en voz baja al ver a Susana. Sus manos volaron hacia los botones de su vieja camisa negra. En cuestión de segundos, se la había quitado y envolvía a Susana con ella.
Les dirigió a todos una mirada enfurecida.
- ¡Fuera de aquí! Esperadme en el vestíbulo.
La expresión de sus ojos verdes heló la sangre de Candy. El profesor sabía que no se trataba de un accidente, y sabía también quién era la responsable.
Huyó de los vestuarios y del edificio sintiéndose tan desnuda como Susana, con un calambre en el estómago como si fuera ella quien tuviera la regla.
Anthony la llamó:
- ¡No huyas, Candy! Sólo conseguirás empeorar las cosas - No le hizo caso. Llegó a la carrera hasta su coche pero no acertaba a encontrar las llaves. Cayó de rodillas, abrió el bolso con ambas manos y empezó a rebuscar entre pañuelos de papel, su estuche de maquillaje, bolígrafos y el permiso firmado para participar en la excursión, que se había olvidado de presentar. Un tampón con el envoltorio roto yacía en el fondo. Candy se mordió el labio.
Con el rabillo del ojo vio que el señor Grandchester se acercaba. Con el torso desnudo y el largo cabello negro suelto.
- Vuelve ahora mismo - Los ojos de Anthony suplicaban.
- Ven, Candy. Haz lo que te dice.
Ella forcejeó con el bolso. Intentó pensar en lo que debía hacer. Mentiría, diría que no sabía que Susana estaba allí. El director era amigo de Rose. ¿En qué lío se había metido?
Poco a poco, su corazón se tranquilizó. No tenía por qué estar tan alarmada. Agarró el bolso, volvió a guardar el contenido en su interior y se puso de pie.
- ¿Cuál es el problema? Ha sido un accidente, señor Grandchester. No sabíamos que ella estaba allí.
- Ya lo creo que lo sabíais.
Dios, cómo le odiaba. El primer día que le vio le había parecido guapo; raro, pero tan sofisticado que hasta Anthony parecía inmaduro a su lado. Sin embargo, cuando después de clase se le acercó para coquetear un poco, él se había comportado como un cretino y se había mostrado completamente hostil.
Deke, Bobby y Woody esperaban en el gimnasio, junto a la puerta y
Anthony no la delataría y Deke y Bobby eran duros, pero Woody temía a su padre, de modo que Candy le dirigió una mirada implacable para indicarle que más le valía mantener su bocaza cerrada, o le haría algo diez veces peor que el peor castigo que pudiera idear su padre
- ¿Quién quiere explicarme qué ha pasado? - El torso de Grandchester era delgado y sin su camisa parecía ridículo, aunque esto al parecer no le preocupaba.
Candy se dijo que no había hecho nada tan terrible. Susana debió volver corriendo a la ducha. Dios, qué estúpida era. Debió reírse de todo el asunto. Es lo que habría hecho Candy en su lugar.
Se preguntó si Susana se lo contaría a su padre. En toda su vida, Candy jamás le había oído pronunciar el nombre de su otra hija.
- No sabíamos que ella estaba allí Deke.- Creíamos que el vestuario estaba vacío.
Un pequeño temblor agitó el mentón de Grandchester. Candy se concentró en ello, porque se sentía mejor sabiendo que tenía tics nerviosos.
- ¿Es eso cierto? ó el profesor.
- Sí, señor todos.
La mirada de Grandchester pasó de un rostro al otro en busca del eslabón, y lo encontró en la expresión de Woody.
- ¿Ninguno de vosotros lo sabía?
Woody tragó saliva. Sus ojos se volvieron hacia Candy.
- Ah-ha.
_ Entonces, ¿dónde está su ropa? Nadie tenía una respuesta a eso.- Candy, ven conmigo. El resto podéis iros.
Los chicos se alejaron, menos Anthony, que permaneció junto a Candy.
- Tú también, Brower.
- Si no tiene inconveniente, señor, me quedaré aquí, con ella.
- Sí tengo inconveniente. Quiero hablar a solas con ella.
Anthony asumió una expresión obstinada, que indicaba que iba a quedarse exactamente allí. Pero estaba esperando que le concedieran una beca, y Candy temió que Grandchester tratara de saboteársela. Además, no quería que Grandchester pensara que necesitaba la protección de su novio.
- Vete a Anthony.
Justo en ese momento se abrió la puerta de los vestuarios y apareció Susana. Llevaba una sudadera y la camisa de Grandchester en la mano, el pelo colgaba enredado y goteaba sobre el jersey, con el estampado de un bulldog. No miró a Candy sino a Anthony, con una expresión angustiada que Candy hubiese querido sacudirla. ¿No teñía orgullo?
- No pretendíamos nada mal.- dijo Anthony suavemente.
Susana agachó la cabeza y se alejó hacia la fachada del edificio llevándose la camisa de Grandchester, como si hubiera olvidado que la tenía en la mano.
Anthony miró a Candy con expresión de tal perplejidad que la llenó de vergüenza. No quería que él estuviera allí, no quería que fuera testigo de lo que seguiría. Se alzó de puntillas y le dio un beso.
- Llámame cuando vuelvas a casa del trabajo - Anthony no parecía, contento de marchar pero, al final, se dio la vuelta y puso rumbo al aparcamiento.
Grandchester abrió la puerta de los vestuarios.
- Por aquí.
Candy se dio cuenta de que le tenía un poco de miedo, y le odió aún más por ello.
- Abre tu taquilla-. Dijo el profesor en cuanto hubieron entrado. Mierda. Eso no lo había previsto.
- ¿Mi taquilla?
El esperó.
Candy intentó contraatacar.
- No debería estar aquí, ¿lo sabe? Son los vestuarios de las chicas
- Abre la maldita taquilla o haré que el conserje reviente la cerradura.
Candy pensó en dirigirse a otra taquilla, la de Flammy o la de Annie, pero le pareció que Grandchester se daría cuenta de la treta.
Al infierno. Si él quería hacer de eso un gran problema, era cosa suya. Candy rodeó dos filas de taquillas hasta la suya y marcó la combinación. Sus dedos estaban torpes y necesitó tres intentos para conseguirlo. Finalmente la cerradura cedió, pero ella no abrió la puerta.
El brazo desnudo de Grandchester le rozó el hombro cuando estiró la mano delante de ella. Tiró de la portezuela metálica.
La ropa de Susana yacía revuelta arriba del todo.
Grandchester se limitó a mirarla, y Candy tuvo la terrible sensación de que sus ojos eran capaces de atravesarla.
- ¿Es ésta la clase de persona que quieres ser?-. Candy se sintió pequeña y fea. Tuvo que morderse la lengua para no contarle cuánto querría su padre a Susana y cuan poco a ella, había intentado ser guapa, dulce y especial para llamar su atención sin conseguirlo nunca.- Dile a tu madre que pasaré a verla esta noche.
Sugar Beth sintió alivio. Rose lo cortaría en trocitos. Quiso reírse en su cara pero no logró encontrar la risa en su interior.
Cuando Grandchester llegó a La Novia del Francés aquella noche, Candy ya había hecho su trabajo. No le había acusado de atacarla -pasaría varias semanas antes que se le ocurriera eso- sólo se había quejado de él ante Rose. Cómo la despreciaba en clase, cómo la humillaba delante de sus amigas. Cómo su actitud la había turbado tanto que llegó a hacer algo realmente estúpido, algo que tenía que ver con Susana Marlowe.
Rose no estaba predispuesta a sentir simpatía por la hija ilegítima de su marido y, cuando recibió a Terry Grandchester, una cordialidad de acero cantradijo su rubia belleza etérea.
- No veo la necesidad de montar un escándalo por una travesura. Estoy convencida de que Candy no pretendía nada malo,
Grandchester no era del Sur y no comprendía cuánto poder puede tener una mujer de habla delicada y, a diferencia de muchos, no se sentía intimidado por Rose.
- Sí que pretendía algo malo. Ha estado acosando a Susana Marlowe sistemáticamente desde principios de curso.
Su franqueza irritó a Rose, por no mencionar el hecho de llevar el pelo largo, rasgo que ella desaprobó desde el principio.
- Usted es un educador. Espero que comprenda que las causas más profundas de esta situación embarazosa no yacen en Candy sino en el lamentable estilo de vida bohemio de mi esposo. Mi hija es una unto como esa... chica.
- Lo que ha ocurrido hoy es una crueldad.
- ¿Una crueldad? ámbanos de hielo cayeron de los pétalos de magnolia.- Lo tardío de su visita debe de haberle fatigado señor Grandchester. No se me ocurre otra razón por la que un profesor pueda hablar de un modo tan poco profesional de una de las alumnas selectas que jamás ha tenido el instituto Lakewood.
- Tal vez sea una cuestión cultural, señora White, pero en Inglaterra las jóvenes selectas no someten a las demás a humillaciones.
- Le acompaño a la puerta.
Al final, Candy no recibió más que una leve reprimenda del director, un hombre que debía su cargo a la influencia de Rose.
Susana, entretanto, se dejó el pelo largo y caminaba con la cabeza para ocultarse tras él.
Gordon levantó la cabeza. Candy se levantó y fue al cuarto de baño en busca de un vaso de agua. Susana había cuidado bien de sí misma. Lo mejor del talante de Candy _ aquella parte que creía que cualquiera que luchaba contra las adversidades y salía ganador_ quería alegrarse por ella. Sin embargo, los viejos fantasmas se cernían ominosos y no lo conseguía. Un punto más a añadir a la larga lista de cosas por las que todavía tenía que hacer penitencia.
Volvió al dormitorio con la esperanza de conciliar el sueño. Mañana sería probablemente uno de los peores días de su vida, y necesitaba estar despejada para afrontarlo.
Continuará…
