Capítulo 6

Sin duda me atribuías una lamentable falta de modales. Puedes sentarte. A mis pies.

GEORGETTE HEYER, Estas viejas persianas

A Candy no le gustaba el aleteo de mariposas que le revolvía el estómago mientras cruzaba el césped húmedo hacia La Novia del Francés. Lamentablemente, ya llegaba una hora tarde. Después de su incómodo viaje por el sendero de los recuerdos la noche pasada, había dormido tan mal que apagó el despertador sin pensar en las consecuencias. Grandchester no estaría contento. Mala suerte. Ella tampoco lo estaba.

Gordon se detuvo para olisquear un trozo de césped y se oyó la llamada de un sinsonte. No tenía intención de entrar furtivamente por la puerta trasera, a pesar de lo que dijera Grandchester, de modo que subió la escalinata frontal pero, cuando llegó al final, vio una nota pegada al picaporte: «Cerrada con llave. Entra por atrás.»

¡Bastardo! El pestillo no se movió y Candy descargó su furia contra el objetivo que tenía más cerca:

- ¿Qué has de decir de tu elección de amigos, eh? Espero que estés orgulloso de ti mismo.

Gordon le dirigió una mirada de desprecio pero no se apartó de su lado mientras ella bajaba furiosa los peldaños; no por lealtad sino porque no le había dado de comer. Candy siguió el sendero empedrado que conducía a la parte posterior de la casa y, de repente, se detuvo en seco.

Una nueva y elegante adición, invisible desde la calle y también desde la cochera, se erguía en el espacio donde solía estar el patio. La adición comprendía un espacioso porche acristalado y un solario anchos y altos ventanales. Una nueva profanación.

Entró por el porche en lo que antaño había sido la a cocina donde reinaba Ellie Myers, la cocinera y ama de llave de Rose. Nada seguía igual. Habían desaparecido paredes, se había elevados los techos, se habían añadido ventanas cenitales, y todo junto suponía una cocina de acuerdo con los últimos dictados de la moda. Candy contempló los armarios de arce que cubrían todas las paredes y los electrodomésticos de acero inoxidable. Una gruesa plancha de vidrio templado colgaba suspendida sobre una sección de la encimera de pizarra natural. Uno de sus extremos se curvaba, formando un saliente escultural que separaba la cocina del solario, decorado al gusto asiático: paredes traslúcidas y muebles lacados en rojo oscuros junto con algunas piezas europeas. Un sofá Adams, tapizado en dorado bruñido salpicado de tachones de latón, se encontraba cerca de una decorativa jaula de madera estilo Victoriano. Varios recipientes bambú lacado y algunas piezas de cerámica cocida contenían una frondosa selección de plantas de interior. El discreto estampado de pagodas del sillón y la otomana combinaba con el vecino arcón chino, sobre el que descansaba una pila de libros y un ordenador portátil al parecer fuera de uso.

La casa de su niñez había desaparecido. Candy necesitó unos momentos para reunir fuerzas y quitarse la chaqueta. Mientras le hacía, vio una lista pulcramente mecanografiada apoyada en la encimera de pizarra. Su mirada se detuvo en el primer artículo: «Desayuno en mi despacho: zumo de naranja natural, crepés de arándano, salchicha, tomates asados y más café.»

Era imposible que Grandchester desayunara así todas las mañanas, no con ese cuerpo delgado que tenía. Candy sabía reconocer una prueba y bajó la mirada hacia Gordon.

- Se cree que no estoy a la altura de su desafío.

La expresión de Gordon indicó que él también tenía sus dudas

Puso manos a la obra. Tardó un poco en encontrar la comida para perros, que vertió en una exquisita fuente Waterford, que puso en el suelo, cerca de las puertas del porche.

- Para ti sólo lo mejor. ¿Verdad, campeón? - Gordon ya tenía la boca llena y no contestó. Candy estaba contemplando la anticuada licuadora cuando oyó sonido de pasos. No le gustó el vuelco que dio su estomago. Estaba acostumbrada a ser ella quien ponía nerviosos a los nombres, no al revés.

Grandchester entró en la cocina a través de una arcada recién construida.

Cuando la recorrió con la mirada, Candy se dio una buena puntuación por su elección de ropa de trabajo.

Se supone que las amas de llaves visten de negro, sí, pero ¿acaso su misión en la vida no era alegrar la vista?

Su ceñida blusa de encaje negro tenía un pronunciado escote en V y sus viejos pantalones negros aún conservaban soltura suficiente para acariciarle las caderas. Grandchester miraba la pequeña mariposa turquesa que colgaba de una cadenita de plata entre sus pechos. Ojalá tuviera una delantera realmente espectacular para mostrarle. Aun así, con el sujetador apropiado todo era posible y, juzgando por el tiempo en que tardó en volver la mirada a su rostro, no lo hacía nada mal. Uniforme, y un cuerno. En contraste con su atavío casi prostibulario, él llevaba pantalones de tono oscuro, una camisa de mangas largas de seda color burdeos y unos elegantes tirantes. ¿Qué hombre viste así para trabajar en casa? Mientras Grandchester la contemplaba desde las alturas de su engreimiento, Candy supo que era un ser atrapado en el siglo equivocado

- Vuelve de su cabalgata matutina por Hyde Park, mi señor?

Esbozó una pequeña reverencia no del todo eficaz, ya que ella se encontraba detrás de la encimera y Grandchester no pudo ver su genuflexión.

Él le dirigió una mirada cortante.

- ¿Sería posible tomar ahora mi desayuno o supondría un gran inconveniente?

- Está prácticamente listo. Él observó la encimera casi vacía.

- Ya veo.

- Me estoy familiarizando con la cocina.

- Llegas una hora tarde.

- ¿Qué quieres decir? Llegué antes de las ocho.

- Se supone que debías entrar a las siete.

- Estoy segura que dijiste a las ocho. ¿Verdad, Gordon?

El maldito chucho estaba demasiado ocupado congraciándose con Grandchester respaldar su versión de la historia.

Candy cogió una naranja del frutero que había sobre el mostrador.

- ¿Es cierto que tus padres eran miembros de la familia real británica?

- A un paso del trono - Grandchester vio el cuenco Waterford camino del solano pero no hizo ningún comentario.

- Embustero. Tu familia era pobre.

- ¿Por qué preguntas si ya lo sabes?

- Para irritarte llamando la atención sobre nuestros diferentes genes. El tuyo, humilde y escuálido. El mío, mimado y privilegiado Y, si quieres zumo natural cada mañana, necesitaré una licuadora automática.

- Tendrás que apañarte.

- Es fácil decirlo. No serás tú quien tenga ampollas en las manos.

Grandchester salió por la misma puerta de arco por la que había entrado, con un libro en la mano. La luz de los altos ventanales trazó una raya luminosa de color caoba en su cabello, ya bastante llamativo.

- Quiero el desayuno en mi despacho dentro de veinte minutos - Y desapareció por el pasillo.

- Con viento fresco -. musitó ella.

- Fingiré no haber oído eso.

Candy rodeó como una flecha el extremo de la encimera y asomó la cabeza al pasillo.

- Esto te divierte, ¿verdad?

La risa queda de Grandchester llegó hasta sus oídos, contenida y diabólica.

- El cuento de la Cenicienta al revés. Ojalá hubiera cenizas en la chimenea, así podría ordenarte que las recogieras. Vamos, Gordon.

Candy observó con repulsa al perro traidor que seguía a Grandcheter hacia su despacho.

Media hora más tarde había conseguido preparar un desayuno semidecente, que consistía en dos huevos escalfados servidos encima una tostada, un bol de cereales de receta tradicional cubiertos con una montaña de azúcar moreno y un vaso pequeño de zumo natural. Por desgracia, ya estaba abriendo la puerta de la vieja biblioteca cuando se le ocurrió que podría escupir en él.

Como el resto de la casa, la biblioteca no se parecía en nada a estancia sobria y revestida con paneles de nogal que ella recordaba

Persianas blancas, típicas de las antiguas plantaciones, se abrían a la extensión de césped del lado occidental del inmueble, dejando entrar la luz. El batiburrillo de antigüedades entre las que había crecido había sido reemplazado por relucientes muebles estilizados de vidrio y granito. Gordon yacía sobre la alfombra de diseño abstracto, no lejos de los pies de Grandchester, entre papeles arrugados que no habían acertado a la papelera. Sugar Candy la mirada de la pantalla de su ordenador y examinó el desayuno a través de unas gafas sin montura a lo Richard Gere.

- Di por supuesto que sabías leer.

Ella ya se estaba hartando de esas insinuaciones que aludían a su estupidez.

- No hay libros de recetas en la cocina, y no recuerdo cómo se hacen lo crepes.

- Los libros están en el estante superior de la despensa - Grandchester examinó los cereales.- Detesto las gachas de avena. ¿Dónde están mis tomates asados?

La altivez de su voz exageraba su acento británico, prestándole un matiz endiabladamente pretencioso.

- Ya sé que tienes la ciudadanía americana pero, si sigues hablando así, acabarán echándote a patadas de Misisipí. ¿A quién se le ocurre pedir tomates en su desayuno? Demonios, ya me es bastante difícil tragármelos con la cena - Señaló el bol .- Y éstos, amigo mío, son los buenos, viejos copos de avena Quaker. Sólo los niños menores de tres años dicen «gachas».

- ¿Has terminado?

- Creo que sí - Candy agarró el bol con los cereales y la cuchara y los llevó al sofá, donde se sentó en uno de los brazos y hundió la cuchara en el azúcar moreno.- Es mejor con pasas pero no he podido encontrarlas. Tampoco los arándanos, así que de todas maneras no habría podido prepararte tus crepés.- Se llevó una cucharada de cereales a la boca y con la lengua saboreó el gluten cálido y reconfortante. Hacía una eternidad que no comía algo decente, porque nunca cocinaba para sí.

Grandchester se quitó las Richard Gere.

- Ve a comprar. ¿No es por eso que estás aquí? Y no recuerdo haberte invitado a sentarte.

Candy se sacó la cuchara de la boca arrastrándola sobre el labio inferior.

- Tenemos que hablar de mi sueldo.

- Ya hemos hablado de ello.

- Quiero un aumento -. Hizo un gesto señalando los huevos escalfados.- Cómelos antes de que se enfríen. La cuestión es que recibes el servicio que corresponde a lo que pagas y, de momento, lo que pagas no da para mucho.

Grandchester miró el vaso de zumo, lleno hasta la mitad.

- Me parece que recibo exactamente lo que vales.

Sólo para ser malvada, Candy se inclinó hacia delante, lo suficiente para ofrecerle una vista generosa de su pronunciado escote

- No tienes la menor idea de lo que valgo.

Él se tomó su tiempo en observarla, arrellanándose en el sillón sin preocuparse por ser sutil. Al final, fue ella quien se sintió incómoda y utilizó los cereales como excusa para volver a enderezarse, cosa que Grandchester encontró tan divertida que sobraban los comentarios.

- Deberías tener cuidado con la exposición de tus mercancía Candy. Podría pensar que deseas ampliar tus servicios.

- No caerá esa breva.

- Quizás éste sea el momento apropiado para decirte que siento debilidad por las mujeres complacientes.

- Pues eso me excluye.

- Precisamente. Con las mujeres complacientes me muestro infinitamente amable. Galante, se podría decir.

- Pero con las furcias como yo te quitas los guantes. ¿Es eso?

- No te llamaría exactamente una furcia. Pero soy de miras amplias.

Candy se reprimió las ganas de vaciarle las «gachas» en el regazo.

Grandchester dirigió su atención a los huevos, dándole la oportunidad de observarle de arriba abajo, un menester nada desagradable. No era un chico guapo, como sus primeros dos maridos. Neil era un seductor y Tom había posado como Mister Enero para el calendario de los extras especiales. Aunque Terry Grandchester tenía algo...

Pómulos letales, labios demasiado carnosos para esa larga cuchilla de nariz. Tenía pies grandes aunque no patosos, porque eran de planta estrecha. Estudió sus manos. Deberían ser delgadas y elegantes

En cambio, parecían hechas para cavar zanjas. Una peligrosa descarga de calor recorrió su cuerpo. Puede que Grandchester fuera el diablo en persona pero también era demasiado sexy para su tranquilidad. Al parecer no se había deshecho de todos sus viejos instintos suicidas en lo que a hombres inadecuados se refería.

Su mirada volvió a esos dedos contundentes y competentes. Parpadeó

- Fuiste tú quien puso la cadena en mi camino de entrada.

- Eso ya lo sabías.

- No; quiero decir que lo hiciste tú en persona. No contrataste a nadie. Tú mismo echaste el cemento y clavaste los postes.

- Tampoco fue cirugía cerebral.

- No estuve fuera más de dos horas. Y cuando te vi a mi regreso, ibas vestido de Armani.

- Creo que era Hugo Boss.

- ¿Realmente sabes realizar trabajos manuales? ,

- ¿Cómo piensas que sobreviví después de perder mi puesto de profesor

- Con tus libros conseguía decirlo convencida, puede que resultara cierto.

- Me temo que mi capacidad de escribir cualquier cosa digna de ser leída quedó en suspenso cuando acabaste de divertirte,

Candy perdió el apetito.

- Mi padre era albañil ó Grandchester.- Irlandés. Y mi madre era inglesa. Es una historia muy divertida. Ella pertenecía a una familia de clase alta, que había gastado los restos de su fortuna menguante en asegurarse que su única hija contrajera un matrimonio ventajoso. En cambio, ella se enamoró de mi padre. Hubo lágrimas y amenazas, la repudiaron. La materia prima de un auténtico gran romance

- ¿Cómo resultó?

- Se odiaban mutuamente antes de terminar el año - Candy sabía cómo era eso.

- Heredé mi amor por la literatura y las artes de mi madre, aunque mi carácter se parece más al de mi padre, un bastardo malicioso y rencoroso. Aun así, me enseñó un oficio útil.

- ¿Trabajaste de albañil cuando volviste a Inglaterra?

- También aquí. La novela que escribí antes de Último apeadero no tuvo el éxito que esperaba. Por suerte, me gusta trabajar con las manos y no tuve problemas para sobrevivir.

No tendría que lograrlo poniendo tochos, sin embargo. A Candy se le bajaron los humos.

- Nunca me perdonarás, ¿verdad?

- Digamos que no tengo prisa en hacerlo ñaló la puerta con un brusco ademán de la mano.- Ve a buscar algo humillante que hacer.

Sonó el teléfono. Él quiso contestar pero Candy se había enfadado de nuevo y se le adelantó:

- Residencia Grandchester.

- Dame el teléfono.

- Es un servicio gratuito susurró ella.

- Quisiera hablar con Terry -. dijo una mujer al otro extremo la línea.

Grandchester tendió la mano para recibir el auricular, seguro de que debía esperar lo peor. Candy tenía algo que demostrar y le dio la espalda.

- El señor Grandchester está trabajando. ¿Desea dejar un mensaje?

- Dígale que ha llamado Madeline - La mujer no se esforzó en disimular su disgusto por verse rechazada.- Estoy segura de que aceptara la llamada.

- ¿Madeline? se volvió de nuevo hacia Grandchester. Él negó enérgicamente con la cabeza. Ella se sentó en el brazo del sofá y recuperó el bol de cereales. Por fin, empezaba a divertirse. Lo siento, tengo órdenes de no interrumpirle.

- No le importará. Se lo aseguro.

- Me ocuparé de transmitirle su mensaje.

- Me temo que no lo entiende. Soy Madeline Farr.

Candy reconoció vagamente el nombre de una dama de la sociedad neoyorquina y exageró más su acento sureño:

- ¿De veras? Dios mío, esto sí que es un honor. No veo la hora de contarles a mis amigos que he hablado con usted en persona. Deme número de teléfono.

Tomó una cucharada de cereales mientras la irritada Madeline dictaba un número que ella no se tomó la molestia de anotar.

- Ya lo tengo cuando la mujer dejó de hablar para recuperar el aliento.

- Es muy importante que Terry me llame antes de la noche.

- Se lo diré en cuanto le vea, aunque todavía tiene mensajes pendientes de la semana pasada y ha estado trabajando tan duro que apenas sale de su despacho, pobre diablo.

Levantó un pulgar hacia mostrándole que era capaz de hablar su jerga, las comisuras de los labios de Grandchesterse curvaron.

- Asegúrate de que reciba mi mensaje ó la mujer.

- Claro que sí. Un placer hablar con usted, señora Farr.

Colgó y miró a Grandchester con satisfacción.

- Toma nota: no le he dicho que se vaya a tomar por saco, aunque es obvio que es una arpía. He sido amable, encantadora, casi. Al mismo tiempo, no te he comprometido en nada. En caso de que no seas suficientemente listo para verlo por ti mismo, tener a una pecadora como yo para contestar el teléfono es una verdadera ventaja. Yo miento y tu conciencia queda tranquila.

Se levantó del sofá.

- En cuanto al aumento de sueldo...

Grandchester bebió un sorbo de café, indiferente a su perorata –

- Dentro de diez días ofreceré una cena de agradecimiento a algunas personas de la universidad que me ayudaron con mi último libro. Mi agente literario y mi editor vendrán en avión. Habrá algunos más, quizás unas treinta personas en total, ya te lo confirmaré. El teléfono del catering está en tu lista. Haz lo que debas para tener la casa a punto. Y por supuesto, tendrás que servirnos. Después hablaremos de lo que vales

- Ya lo creo que hablaremos.

Candy agarró el bol con los cereales y se encaminó hacia la puerta.

Terry se quedó escuchando el taconeo de sus zapatos, ridículamente altos, que se alejaban por el pasillo. Su imaginación de escritor podía ser una ventaja o una maldición y, en esos momentos, le persiguió la imagen de los ceñidos pantalones negros ajustados a sus nalgas y de la pequeña mariposa turquesa que palpitaba entre sus pechos. Tenía que localizar una empresa de uniformes cuanto antes.

Era irónico. Cuando llegó al instituto Lakewood tenía veintidós años y estaba dominado por sus propias descargas hormonales. Tuvo que hacer acopio de todo su autodominio para evitar que su mirada se posara largamente en muchísimas faldas cortas y muchísimos pechos sinuosos. No obstante, Candy, jamás le había tentado. ¿Cómo era posible que ahora, siendo mayor e infinitamente más sensato, se viera bombardeado por fantasías de su cuerpo desnudo tendido en su cama?

Estaba advertido. Su dolorosa experiencia le había enseñado a mantener relaciones sexuales sin complicaciones aunque, a veces todavía tenía que luchar contra ese lado de su carácter que se sentía instintivamente atraído por las mujeres dramáticas. Ésta era, sin lugar a dudas, una de esas ocasiones. La edad, sin embargo, le había enseñado a controlar su vieja debilidad. No tenía por qué preocuparse.

Había heredado su estúpido romanticismo de su madre. Cuando era niño, soñaba despierto con matar dragones y rescatar princesas en apuros demasiadas veces para el gusto de su padre y, tras recibir varias palizas, Terry aprendió a confinar esa parte de sí en el reino de historias que escribía en su cabeza. A pesar de ello, fueron sus cinco años de desastroso matrimonio con una muy neurótica poetisa americana de cabello colorado, piel nívea y ojos atormentados, los que le hicieron comprender que nunca podría volver a expresar aquella parte de sí mismo excepto sobre el papel. Amó a Eliza con desesperación pero no había en el mundo amor suficiente para satisfacer sus necesidades. Una de esas noches lluviosas de Nueva Orleans, nueve años atrás, ella había empotrado el coche en un muro de cemento, poniendo fin a su propia vida y a la de su hijo todavía sin nacer. Aquél había sido el peor período de su vida, un infierno tenebroso que le tragó entero durante casi dos años. Había jurado no volver a someterse a nada parecido nunca más.

Por enésima vez se planteó la sensatez de tener en su casa a una hembra de alta potencia, aunque la oportunidad de buscar venganza había sido demasiado dulce para rechazarla. De todas formas, no le permitiría volver a distraerle. A partir de ahora dedicaría todas sus energías donde correspondía. A su nueva novela.

Oyó el lejano sonido de agua en la cocina. La noche anterior había tardado casi una hora en inventar esa larguísima lista de cosas que Candy debía hacer hoy. La cena se estaba gestando desde hacía un mes de modo que eso fue pura casualidad. Grandchester sonrió e hizo examen de conciencia para ver si se avergonzaba de sí mismo, pero al muchacho romántico que antaño soñaba con matar dragones y rescatar princesas en apuros le había salido un corazón de cínico, y su conciencia no dijo ni mu.

Candy tiró a un lado la lista de Terry mucho antes de leerla hasta el final y se concentró en lo esencial. Tal y como imaginaba, el congelador estaba atestado de cazuelas escarchadas, gentileza de las buenas señoras de Lakewood, pero el resto de la nevera estaba casi tan vacía como la suya propia. Grandchester había dejado en el sofá una pila de ropa para la tintorería, y había que llevar a correos un paquete dirigido a una agencia literaria de Nueva York. También le había dejado una nota sobre unos libros que debía recoger de la librería. Si terminaba las tareas imprescindibles, puede que por la tarde pudiera empezar a registrar la casa.

Apuró su café, dejó el bol de cereales en remojo en el fregadero y agarró las llaves del Lexus. Por supuesto, no iba a gastar la gasolina de su Volvo para hacer los recados de Grandchester. En el último momento, se le ocurrió dejar las llaves del viejo Volvo en la encimera, por si surgía una emergencia. No podía mostrarse más considerada.

El Lexus olía a colonia de diseño y a cartera de acciones. Candy dejó su bolso en el asiento. Dentro llevaba el sobre con los cien dólares que le había dejado Grandchester, junto con una nota en que le advertía que esperaba un recibo por cada centavo gastado. Bastardo receloso

Al salir de la tintorería se topó con Sherry Wilkes, una de sus antiguas compañeras de clase, quien la entretuvo para ofrecerle un informe detallado de todos sus problemas de salud, incluida su acidosis, su eccema y una endometriosis incipiente. Candy pensó que debería de estar agradecida de que una mujer se interesase en hablar con ella, pero ese encuentro no hizo más que agudizar su añoranza de las Sauces del Mar. Hasta el momento no se había encontrado con ninguna aunque esto no podía durar eternamente. No anhelaba, precisamente el momento de enfrentarse a las mujeres cuya amistad había vendido tan barata.

La nueva librería de la ciudad se encontraba en la esquina opuesta de la tienda de antigüedades de Susana. Una serie de animales africanos pintados a mano bordeaba la luna del escaparate, que exhibía los últimos éxitos de ventas, algunas biografías y una amplia selección de novelistas afroamericanos. Un tren eléctrico rodeaba una pila de ejemplares firmados de Último apeadero, con la clara intención de atraer a los turistas. En el centro de la luna estaba impreso el nombre de: la tienda, LIBROS GEMIMA, en letras doradas y contorneadas en negro. Debajo del nombre, una inscripción más pequeña que rezaba " "Bienvenidos sean los de espíritu libre.» El único rótulo que Sugar recordaba de la antigua librería de Lakewood advertía: NI HELADOS NI COMIDA.

Sonaba Glen Gould interpretando las Variaciones Goldl Bach. Dos señoras mayores charlaban delante de los libros de cocina y una madre con su pequeño examinaba la sección dedicada a la crianza de los hijos, con la ayuda de una dependienta de cabello rubio rizado. Candy solía pensar que nada huele mejor que el departamento de perfumería de unos grandes almacenes, pero los libros también olían de maravilla.

Se le acercó una negra bajita, cuya cabeza rapada revelaba la forma elegante de su cráneo. Llevaba un top azafrán de mangas largas ceñido al cuerpo, un collar de cuentas de madera y una falda estrecha hasta media pantorrilla. Tenía cuerpo de bailarina, por menudo que fuera y sonreía mientras ocupaba su puesto detrás de la caja.

- ¿Puedo ayudarla...? Pero bueno... ó las cejas.- vaya.

Aparentaban la misma edad y era muy posible que hubiesen ido juntas al colegio, pero Candy no la reconocía. Los niños blancos no se relacionaban demasiado con los negros, aunque se esperaba que se llevaran bien, gracias a la influencia de la política de contratación que seguía su padre en la fábrica de ventanas. Aunque William Whirte era tradicionalista sureño en muchos aspectos, su ideología social era liberal y había utilizado su poder económico para reforzar sus ideas. La moderna Lakewood, con su comunidad afro americana relativamente próspera y cuarenta años de integración racial, había cosechado los beneficios.

Candy se preparó para lo peor.

- Me temo que no...

- Ya lo veo. Soy Jewel Myers.

- ¿Jewel? _ Candy no pudo creer que esa mujer fuese Jewel Myers, la hija marimacho del ama de llaves de Rose.- Pues... no te había reconocido.

- Me hice mayor mientras estabas fuera ía divertirse.-Me convertí en una feminista lesbiana radical.

- Interesante carrera para una muchacha de Misisipí.

Un cliente las interrumpió para hacer una pregunta, y Candy tuvo tiempo para resituarse antes de que Jewel volviera a dedicarle su atención. La observó de arriba abajo.

- Solía usar tu ropa vieja. Mamá la arreglaba para mí.

- No lo recuerdo.

- Nunca lo mencionaste. Año tras año aparecía en el colegio con ropa vieja, pero ni una vez te reíste de mí.

- No era mala del todo.

- Cariño, eras la arpía más grande del colegio. Si yo hubiese representado una amenaza, como era el caso de Susana, lo habrías publicado en el periódico del instituto. No obstante, he de reconocer que nunca te metiste demasiado con las chicas negras. Al menos, mientras ellas no se metieran contigo. Bien. ¿En qué puedo ayudarla, señorita Candy White?

Candy no pudo reprimir un tono melancólico al mirar alrededor

- Podrías ofrecerme un trabajo. Me encantan las librerías.

Me temo que no necesito a nadie. Además, sólo contrato lesbianas y miembros de otras minorías discriminadas.- Sonrió y observó el top de encaje negro que llevaba Candy - No serás lesbiana, ¿verdad?

- De momento no. Pero no creas que no me lo plantearía para conseguir un buen empleo.

Jewel rió, una risa asombrosamente sonora viniendo de una mujer tan menuda.

- Así que estás buscando trabajo.

- En teoría no. Pero mi jefe actual es un bastardo sin corazón y no dudaría en abandonarlo si encontrara algo mejor.

- A nosotros nos gusta Terry.

- Las noticias vuelan.

- Mucha gente se está partiendo de risa. Hasta yo, una persona ecuánime y sin motivo para odiarte, lo encuentro divertido. ¿Sabes que fue terry quien me ayudó a conseguir una beca universitaria? Los consejeros no me hacían caso.- Es un verdadero santo echó otra mirada contrita por la librería.

- Se supone que he de recoger unos libros que encargó. Dijo que los cargaras a su cuenta. Y, ya que estamos, añade algunas novelas rosa de Georgette Heyer

- No es lo que Terry suele leer

- Está ampliando sus horizontes.

Candy la siguió hasta el pasillo de los best sellers. Libros Gemima era un Jugar acogedor y bien surtido. De los estantes colgaban fichas con los comentarios manuscritos de JeweJ, que recomendaba determinadas lecturas. Sillas cómodas invitaban a sentarse y curiosear.

Sólo la sección infantil parecía descuidada.

- Tienes una gran tienda.

- Soy afortunada. Pese a todos los turistas que atrae la asociación de la comunidad, Lakewood sigue siendo un lugar demasiado pequeño para interesar a las grandes cadenas.

- ¿De dónde viene el nombre de la librería? Libros Gemima

- Jewel significa gema.

- Pero ¿Gemima?

- Me gusta reinterpretar los iconos femeninos afroamericanos. La idea original fue llamarla «Mammi», pero a mi madre le dio un soponcio. A propósito, gracias por la nota que enviaste cuando murió

Charlaron de libros durante un rato. Jewel prefería la ficción de contenido social, pero no se mostraba esnob sobre el tema y Candy habría pasado gustosamente el día entero con ella. Otros clientes entraron en la tienda y Jewel les saludó a todos por su nombre, salvo a los turistas.

Le recomendó a Candy el libro de una autora de origen hispano y una nueva novelista de temática femenina destinada a ser un éxito de ventas. Resultaba tan agradable estar con alguien que no se mostraba hostil, que Candy tuvo que resistir la necesidad de abrazarla y pedirle que fuera su amiga. Cosa que sirve para demostrar hasta qué punto puede llegar a abatirnos la soledad.

JeweJ preparó el pedido y dirigió a Candy una sonrisa traviesa al entregarle el paquete.

- Espero que Terry disfrute de las lecturas de Georgette Heyer

- Se lo diré, de tu parte -. Jugueteó con la correa del bolso, cambió el paquete de mano e intentó sonar natural.- Si alguna vez te aburres y te apetece tomar un café, llámame.

- De acuerdo.

La respuesta de Jewel no fue precisamente entusiasta pero tampoco del todo desfavorable, y Candy había oído decir que a veces ocurren milagros, aunque nunca le ocurrieran a ella.

Volviendo al coche echó un vistazo a su reloj. Tenía que hacer más recados pero se había demorado más de lo necesario. Dejaría el resto para mañana.

Aquélla resultó la decisión apropiada, porque había problemas en la residencia del Duque. Al parecer, su excelencia se había tornado impaciente esperando el regreso de su humilde ama de llaves...

Continuará…