Capítulo 7
- ¡No tienes vergüenza! él con enfado.
- ¡Tonterías! Lo dices sólo porque conduje tus caballos ó ella.
GEORGETTE HEYER, La Gran SIP
- ¿Dónde demonios has estado?
Terry entró en la cocina con Gordon pisándole los talones, en el momento en que Candy dejaba las últimas bolsas sobre la encimera.
- Haciendo sus recados, excrecencia.
- Te llevaste mi coche.
- ¿Preferías que fuera andando?
- Prefería que llevaras el tuyo.
- El tuyo me gusta más.
- No lo dudo se cernía sobre ella.- Como a mí me gustaba el flamante Camaro rojo que conducías cuando ibas al instituto Aun así, no me largué con él, ¿no es así?
- Apuesto a que lo habrías hecho si hubiese tenido la costumbre de dejar las llaves puestas.
Grandchester cogió las llaves del coche de la encimera y las guardó en su bolsillo.
- ¿Dónde está mi comida?
- Creía que los escritores famosos almuerzan alcohol.
- Hoy no. Son las dos de la tarde y sólo he tomado un café y dos huevos escalfados. Fríos.
- No hubieran estado fríos si los hubieses comido enseguida, como te dije.
- Ahórrame el numerito de la sirvienta descarada
- Muy bien - Candy estampó una caja de arroz sobre la encimera - Déjame sola y te serviré la comida en cuanto pueda.
Grandchester le dirigió una mirada gélida.
- ¿Se inician las hostilidades?
- Hostilidad o descaro, esto es lo que hay. Elige lo que prefieras.
- Permíteme recordarte que uno de tus deberes consiste en prepararme la comida, que espero tener servida precisamente a la hora de comer - Le dio la espalda poniendo fin a la discusión pero, en lugar de volver a su despacho, se dirigió al solario, donde se dejó caer cuan largo era en el gran sillón junto a los ventanales, todo hosquedad y elegancia.
Candy le observó mientras guardaba los comestibles. Terry tamborileaba con los dedos en el brazo del sillón, y cruzaba y descruzaba las piernas. Después de guardar las cebollas en la despensa, Candy decidió que le preocupaba algo más que su descaro. Recogió una bolsa de compras que se había caído al suelo y dijo:
- Probablemente no lo sepas pero, además de trabajar como extra, y el difunto y poco talentoso Tom Stevenson se creía compositor de canciones.
- No me digas
- Country malo. Tom era un tipo dulce, incluso cuando estaba borracho que, debo reconocer, era casi siempre. Borracho o sobrio, sin embargo, cuando se bloqueaba y no se le ocurrían las letras, empezaba a gritarme.
- ¿En qué parte de la conversación se supone que debo mostrar interés? - Sonó más presumido que el demonio pero no mostró intención alguna de marcharse. Candy se felicitó de haber adquirido algunos conocimientos de la naturaleza humana.
- Háblame de tu nuevo libro.
- ¿Cuál de ellos?
- El que te hace comportarte como un gilipollas, que Dios te bendiga.
Grandchester apoyó la cabeza en el respaldo y suspiró
- Podría ser cualquiera de ellos, según el momento.
- ¿Cualquiera? ó el envoltorio de celofán de un paquete doble de Twinkies, cogió uno de ellos y entró en el solario.- Conozco Último apeadero, y me dijiste que escribiste una novela hace tiempo ¿Hay más?
- La continuación de Último apeadero. La terminé en julio. Se titula Reflexiones, si quieres saberlo.
Último apeadero llegaba hasta 1960, así que era lógico que en su continuación los padres de Candy figuraran entre los protagonistas. Teniendo en cuenta lo que Grandchester sentía por Rose, debería conseguir un ejemplar cuanto antes.
- ¿Cuándo se pondrá a la venta?
- En un par de meses.
- Por el título imagino que mis padres y la Fábrica de White representarán un papel importante.
- Sin la fábrica, Lakewood habría muerto después de los años sesenta, como tantísimas pequeñas ciudades del Sur. ¿Está ya la comida?
- Casi dio un mordisco al Twinkie y flirteó con el peligro sentándose en el borde de una silla plegable, cerca de Grandchester.
- ¿Qué has hecho desde julio?
- He viajado un poco. Investigando para una novela - Se levantó y se acercó a los ventanales, tapando el sol con el cuerpo.- Una saga familiar. Hace años que la tengo en mente.
Candy recordó las hojas arrugadas dispersas por el suelo de su despacho.
- ¿Cómo va?
- Nunca es fácil empezar un libro.
- No lo dudo.
- Éste se basa, más o menos, en mi familia. Es la historia de tres generaciones de una familia británica de clase alta. Corre paralela a la vida de tres generaciones de una familia irlandesa pobre.
- ¿Y todos se encuentran cuando la hija de la familia rica se enamora del hijo del albañil?
- Algo así.
- Es todo un cambio, escribir una novela.
- Que se me conozca como autor de obras de no ficción no significa que es lo único que sé hacer.
- Por supuesto que no la sorprendió que se pusiera a la defensiva. Había tenido un gran éxito con la crónica de Último apeadero pero su primer intento de ficción había fracasado.- No pareces rebosar confianza.
Grandchester miró el Twinkie que ella tenía en la mano.
- ¿Es eso orgánico?
- Diría que no - Candy removió con la lengua un trozo metido en un diente.
Grandchester permaneció inmóvil, y su manera de observar su boca le reveló a Candy que era sensible a su presencia, le gustara o no. En el pasado las mujeres que no sabían excitar a un hombre constituían un misterio para Candy, que encontraba facilísimo seducirles. Luego, un día descubrió que las mujeres inteligentes usaban su cerebro para valerse en el mundo, no su cuerpo. Y vaya si no se sintió estúpida al darse cuenta
A pesar de todo, a veces has de utilizar lo que Dios ha querido darte, y CAndy continuó el acto de sexo oral con el Twinkie, nada descarado- sería una vulgaridad demasiado grande para comentarla_, sólo unos movimientos lentos y circulares de la lengua para demostrar a ese británica arrogante que no podía intimidarla. No demasiado, al menos
La mirada de Grandchester permanecía fija en su boca.
- ¿Te gustan los juegos, ¿no es así, Candy?
- A nosotras las rameras nos gusta divertirnos.
Él le dirigió una sonrisa enigmática y se apartó del ventanal. Candy pensó que volvería a su despacho, pero Grandchester empezó a inspeccionar las compras que ella no había guardado todavía.
- Veo que no leíste mis instrucciones sobre los alimentos orgánicos
- Vaya hablabas en serio. Creí que era una especie de prueba, para averiguar si puedo pensar por mí misma en lugar de seguir ciegamente indicaciones ridículas.
Otra vez la ceja arqueada. Candy terminó su Twinkie y se acercó a la encimera
- Creo haber mencionado productos frescos orgánicos, si es posible. Cereales integrales, pescado, fruta seca, yogur ó una bolsa de Twizzlers de cereza.- Sigues un régimen abominable.
- Desayuné cereales
- Sin duda tu primera comida decente desde que llegaste a la ciudad, Aunque comiste, sobre todo, el azúcar moreno.
- Necesito energía. Mi jefe es un negrero.
Grandchester descubrió la bolsa de la tienda de Jewel y perdió interés en las compras del supermercado. Por desgracia, el primer libro que sacó de la bolsa era de Georgette Heyer. Candy se lo quitó de las manos.
- Un buen ejemplo del despilfarro de la servidumbre, que mencionaste antes para justificar tu tacañería.
Grandchester consultó la factura.
- Ya lo veo.
Abrió uno de sus nuevos libros de investigación. Ella se lo quedó mirando.
- Si necesitas ayuda con ese capítulo que estás escribiendo, el que te hace estar tan animado, llámame. Tengo muchas ideas.
- Supongo que sí.
Era hora de retirarse, pero Candy aún no había aprendido a controlar su tendencia a los excesos.
- Por ejemplo, estoy convencida de que podría escribir una magnífica escena de sexo.
- Lo tendré en cuenta.
- Piensas incluir varias escenas de sexo, ¿verdad? No puedes vender novelas sin ellas.
Grandchester paseó la mirada de su cuello a sus pechos. Este hombre nunca se perdería en el cuerpo de una mujer.
- Sabes mucho sobre escribir novelas. ¿Me equivoco?
- Pero no ha de ser sexo entre lesbianas. Ya sé que a los hombres os gusta mucho, pero son las mujeres quienes compran más libros en este país, y no es éste el tema que más nos excita -. Recordó a Jewel.- Aunque supongo que no te perjudicaría meterle una.
- ¿Meterle una? Interesante elección de términos.
- Siempre he tenido el don de la palabra ó con la mariposa turquesa.- A mí, personalmente, me gustaría que alguien escribiera una escena con una mujer y dos hombres. Mejor tres.
- Creo que fue por eso que inventaron la pornografía.
- Como si no fueran pornográficas esas escenas lesbianas que quieres escribir.
- Yo no quiero...
- Lo entiendo. Agitó una mano desdeñosa.- Los hombres heterosexuales se sienten amenazados cuando hay otro hombre en la cama. Pero no veo el problema, siempre que la mujer esté en medio de los dos.
- ¿Hablas por experiencia propia?
- Si te lo digo perderá su misterio dedicó su radiante sonrisa de reina de la belleza.- Y ahora vete para que pueda hacer mí trabajo.
Grandchester no mordió el anzuelo. Se sentó en un taburete delante de la encimera y abrió uno de sus libros. Fantasías impúdicas invadieron el pensamiento de Candy, imágenes de sí misma desnuda en la cama con Terry.. Añadió a George Clooney y a Hugh Jackman de propina. Jugueteó un poco con la fantasía, dejó que la película se desarrollara en su cabeza hasta que se dio cuenta de que aquello no funcionaba. En lugar de prestar atención a su cuerpo desnudo, George y Hugh hablaban de fútbol. Intentó reconducir el argumento, pero eran dos auténticos fanáticos del deporte y, al poco, la habían abandonado para jugar una de Chargers. Eso quería decir que ella y Terry estaban solos y desnudos.
Sus pezones se endurecieron. Por suerte, Grandchester estaba abstraído en su lectura y no se fijaba en ella.
Sólo había pasado un año desde que la salud de Albert fallara, y ahí estaba ella, teniendo fantasías sexuales con un hombre que la odiaba. Muy típico. Justo cuando creía haberse vuelto sensata, sus viejos hábitos masoquistas volvían a escena.
"Prométeme, Candy, que no perderás el tiempo llorándome, Has vivido como una monja durante más años de los que quisiera reconocer. Ya es suficiente.» Pero no había sido suficiente. Le recordó postrado en cama durante meses, su cuerpo fuerte consumiéndose, y la invadió el viejo amor cargado de ira. «¿Por qué tuviste que enfermar, viejo chocho? ¿Y, mucho menos, morir? ¿No sabes que te necesito?» Él había sido el amor de su vida, y había días en que no se sentía capaz de resistir el dolor.
Terry se levantó y fue a su despacho. Ella preparó apresuradamente la comida, un sándwich de pan integral con pavo y -como colmo de los castigos- un generoso puñado de brotes de judías orgánicas. Terry estaba escribiendo, de modo que dejó la bandeja en una esquina del escritorio, sin interrumpirle.
Su manual de deberes domésticos establecía que una mujer de la limpieza iba una vez por semana, pero Candy tendría que ocuparse de su entorno personal, es decir, de hacer la cama ducal y limpiar el baño imperial. Puesto que ambos quehaceres le ofrecían una excusa para investigar, subió al primer piso. Gordon, aburrido de la vida literaria, fue tras ella.
Una pintura de color humo había sustituido el diseño floral del empapelado de Rose, y unos modernos candelabros de pared enmarcaban los ventanales del rellano. Cuando alcanzó el primer piso miró a su derecha y vio algunos cambios menores: la pintura y las molduras, una iluminación distinta, una delgada escultura de acero sobre un bloque de cristal esmerilado. A la izquierda, en cambio, todo era diferente. En lugar del pasillo que conducía a los dormitorios separados de Rose y Wiliam, un arco neoclásico enmarcaba una puerta de doble batiente. No se lo pudo creer. ¡La vieja puerta del desván estaba colocada al final de un pasillo que ya no existía!
Entró apresurada en el dormitorio principal, una suite vasta con arcadas, piezas de arte y mobiliario elegante, que incluía una cama enorme con cuatro postes de metal torneado. La puerta más cercana conducía a un baño tamaño catedral. La segunda puerta daba a un lujoso vestidor de dos piezas, perfumado con aroma de cedro y equipado con un banco de teca. Miró por todas partes pero, al no encontrar ningún acceso al desván, se dirigió a la otra ala de la casa.
Su viejo dormitorio y el antiguo cuarto de la costura habían sido reconvertidos en un gimnasio privado completamente equipado. Una de las habitaciones de huéspedes contenía un pequeño estudio revestido de libros, mientras que la otra había sido decorada con todo lujo para recibir compañía. Candy metió la cabeza en los armarios mirando detrás de las cómodas, buscó en todos los lugares imaginables La puerta del desván había desaparecido.
Anthony no concilio el sueño hasta la medianoche y se despertó antes de las cinco. Tenía una reunión importante esa mañana y no quería llegar tarde, aunque últimamente le costaba dormir. Debería hacerlo como un bebé. Su vida era maravillosa, tenía una familia que adoraba. Un trabajo que le inspiraba, una casa hermosa, buenos amigos. Era el hombre más afortunado del mundo.
Susana suspiró suavemente en sueños y se apretó contra él. Olía ligeramente al perfume que se había puesto en la base del cuello antes de volver él a casa la tarde anterior. Siempre hacía cosas así, iba bien peinada y recién maquillada. Otros hombres se quejaban de la dejadez de sus mujeres, pero Susana estaba más guapa cada día. Era perfecta en todos los sentidos: lista, considerada, afectuosa. Muy distinta a Candy, exigente, temperamental, envanecida y malcriada.
Aunque también era maravillosa, una mujer que le mandaba del éxtasis a la desesperación y de vuelta al éxtasis en un abrir y cerrar de ojos. Cuando le había a roto el corazón, pensó que el dolor le mataría. La mirada de adoración de Susana había sido como un bálsamo para sus heridas de juventud.
Susana puso la mano sobre su muslo. Estaba desnuda. Solía dormir así. Dispuesta. Disponible. Anthony aún no se hacía a la idea de la suerte que había tenido. Puede que a veces deseara que ella no se esforzara tanto, pero eso sólo ocurría porque se sentía culpable, sabía que ella aportaba más que él al matrimonio. ¿Qué podría aportar él, sin embargo cuando ella ya lo había previsto todo?
Consciente de que no volvería a dormir, se levantó y el radar de Susana se activó, como siempre.
- ¿Qué pasa?
- Voy a correr un rato - Cubrió el hombro desnudo de Susana con la manta y se puso el chándal. Aún era demasiado temprano para correr. Antes adelantaría un poco de papeleo. Al salir al pasillo vio que Gigi había colocado otro póster en la puerta de su habitación, aunque se suponía que debía colgarlos sólo en el interior. Había empezado a hacer preguntas acerca de Candy. La llamaba aquella-cuyo-nombre-no-debe-pronunciarse, como la malvada Voldemort de los libros de Harry Potter. Listilla.
Nunca habían intentado ocultarle la verdad, y Gigi conocía desde siempre la relación de parentesco que existía entre Susana y Candy aunque las complejidades secretas de aquella relación estaban más allá de la capacidad de comprensión de una niña de trece años, Anthony suponía que era natural que sintiera curiosidad, pero su hija se mostraba tan rebelde últimamente que sus preguntas empezaban a ponerle nervioso.
La creía perfectamente capaz de abordar a Candy por la calle y preguntarle las mismas cosas que le preguntaba a él. , tuvo que prohibirle cualquier contacto con la recién llegada,
Ojalá alguien hiciera lo mismo con él.
Cuando llegó al despacho, Anthony ya volvía a sentirse el de siempre. Le recibió el gran vestíbulo restaurado al estilo modernista, de tres pisos de altura y con anchos ventanales de WWF. Nunca se había hecho del todo a la idea de que, a sus treinta y tres años, era un alto directivo de la empresa donde sus padres habían trabajado toda la vida, su madre como archivadora y su padre como pintor Había alcanzado su posición, junto con el respeto de sus empleados, gracias al duro trabajo y la dedicación que ofrecía a la empresa, y jamás daba su cargo por sentado.
Los productos de la fábrica eran de probada seguridad y la reunión marchaba bien cuando su secretaria le apartó del grupo de visitantes que estaba guiando para informarle que la directora del colegio de Gigi esperaba al teléfono. Eva no lo llamaba nunca, y Anthony se excuso para atender la llamada en la oficina del área de carga y descarga
- Eva, Anthony al habla. ¿Qué ocurre?
- Tengo aquí a Gigi. Es necesario que vengas.
- ¿Se ha hecho daño?
- Ella está bien. Pero Chelsea Kiefer tiene una muñeca rota. Gigi la empujó dentro de una taquilla.
- Gigi jamás empujaría a nadie se apoyó en la esquina del escritorio y contempló el área de carga y descarga por la mampara. Craig Watson, uno de sus vicepresidentes, le sustituía como guía del grupo visitante, pero Craig no estaba al corriente de todas las innovaciones y Anthony tenía que volver.
- Chelsea es la mejor amiga de Gigi. Sin duda ha habido un malentendido. Llama a Susana. Ella se ocupará de esto.
- Se ha ido a Memphis. Tienes que venir tú - Había olvidado que Susana había ido a comprar material. Anthony cambió de posición para ver mejor por la mampara.
- No puedo ir ahora mismo pero uno de nosotros estará allí a las cinco.
Si Susna no había vuelto para entonces, cambiaría su agenda.
No era conveniente pero se las arreglaría.
- Esto no puede esperar tanto. Gigi está beligerante y la madre de Chelsea está furiosa. Dice que presentará una denuncia a la policía
- ¿Una denuncia?
- Sí, Anthony, una denuncia. Ven aquí inmediatamente.
Gigi jamás había visto a su padre tan enfurecido. Sus nudillos blanqueaban de tanto apretar el volante del coche y en la comisura de los labios tenía un persistente tic. Nunca le había pegado, pero ella tampoco había hecho nunca antes algo tan malo, y le pareció que ésta podría ser la primera vez.
No le había dicho ni una palabra desde que salieran del despacho de la directora. En parte prefería que empezara a gritar para terminar cuanto antes, pero en parte deseaba aplazarlo lo máximo posible. En realidad, no había tenido intención de romperle la muñeca a Chelsea
Solo recordarlo le daba dolor de barriga. Chelsea llevaba toda la semana comportándose como una arpía, quizá porque había estado riñendo con su madre, pero eso no justificaba que acusara a Gigi de ser niña estirada y rica. Al final, Gigi se enfadó tanto que la acusó de estar poniéndose gorda, cosa que era verdad. Chelsea respondió gritando que la odiaba, como la odiaban todos, y entonces Gigi la empujó, no para hacerle daño, sólo para zarandearla un poco, pero la puerta de la taquilla estaba abierta y Chelsea se dio contra ella y se rompió la muñeca. Y ahora todo el mundo le echaba la culpa a Gigi.
El trozo de pizza que había comido en la cafetería le subió a la garganta. Aún podía oír el sonido que hizo la muñeca de Chelsea al romperse y su pequeño grito ahogado. Gigi tragó con fuerza para volver a bajar el trozo de pizza.
Cuando su padre entró finalmente en el despacho de la directora, Gigi estaba tan asustada por la madre de Chelsea, que amenazaba con denunciarla a la policía, que hubiese querido esconderse entre sus brazos y llorar, como hacía cuando era pequeña. Pero él ni siquiera la había mirado como tampoco lo hacía ahora.
La señora Whitestone la había expulsado del colegio por el resto de la semana y la había hecho esperar fuera del despacho mientras los adultos hablaban. A la madre de Chelsea siempre le había gustado el padre de Gigi. Hasta había intentado flirtear con él, cosa que a Gigi le parecía repulsiva pero que resultó ser beneficiosa, porque al final la mujer dejó de gritar. Sin embargo, su padre salió del despacho con cara de querer asesinar a alguien, y Gigi no creía que pensara en la madre de Chelsea
Las otras chicas siempre le decían que era afortunada de tener unos padres tan jóvenes, porque podían recordar lo que significa ser adolescente. Su padre, sin embargo, no parecía recordar nada de la adolescencia en esos momentos. La indignación la remordía. Cuando su padre iba al instituto, le habían nombrado el chico más popular. Lo había visto en el anuario. Y su madre nunca se metía en líos. Bien, pues, Gigi no era como ellos.
No podía soportar el silencio que reinaba en el coche ni un segundo más y tendió la mano hacia el botón de la radio.
- No lo toques - Solían escuchar música juntos pero ahora parecía que nunca más querría escuchar música con ella.
- Fue Chelsea quien empezó.
- No quiero hablar del tema.
- Sabía que estarías de su parte - Anthony la fulminó con la mirada.
- Te sugiero que mantengas la boca cerrada.
Gigi lo intentó pero aquello era muy injusto, y le dolía que no hubiera dado uno de sus grandes abrazos de oso y dicho que todo iba salir bien.
- ¡Y todo esto porque no soy tan perfecta como lo fuisteis mamá y tú!
- Esto nada tiene que ver con tu madre ni conmigo. Esto tiene que ver con que llevas meses comportándote como una mocosa malcriada y hoy has llegado a agredir físicamente a alguien. Tienes suerte de que la madre de Chelsea decidiera no denunciarte. Cada acto tiene sus consecuencias, Gigí, y créeme, vas a sufrir unas consecuencias muy serias
- Una vez le rompiste la clavícula a un tipo. Tú mismo me lo dijiste.
- Fue jugando al fútbol.
- Eso no lo justifica.
- ¡Ni una palabra más!
Aquella tarde, cuando su madre volvió a casa, hicieron sentar a Gigi en la sala de estar. Fue su padre quien habló sobre todo. Le dijo que se sentían muy decepcionados de ella y que su ofensa había sido muy grave. Gigi esperaba que añadiera que, a pesar de haber hecho algo tan malo, él la quería como siempre. Pero no lo hizo.
- No podrás utilizar el teléfono durante dos semanas su madre.- No podrás ver la televisión y tampoco saldrás de casa sin que uno de nosotros te acompañe.
- ¡Esto no es justo! Ni siquiera os cae bien Chelsea. Pensáis que es una mala influencia. ¡Y os encanta Kelli Willman!
Su padre no hizo caso de su estallido.
- También tendrás que estudiar mucho para recuperar las clases que perderás durante tu expulsión.
Como si no pudiera recuperarlas en cuestión de segundos.
- Y tendrás que disculparte ante Chelsea -.añadió su madre, Gigi se puso de pie de un brinco,
- ¡Primero tiene que disculparse ella! Fue ella quien empezó.
- Esto no es negociable. Le rompiste la muñeca.
- ¡No era mi intención!
Ni caso Volvieron a empezar, sin comprender que Gigi ya estaba hecha polvo y no necesitaba oír de nuevo lo mala que era. Sus padres habían olvidado por completo lo que significa ser adolescente, aunque a ellos no les odiaban todos como odiaban a Gigi. Sus padres habían sido perfectos. Bueno, Gigi no era perfecta. No era como ellos.
Era…
Era como su tía.
La palabra rodó por su cabeza como si fuera una canica grande y reluciente. Su tía. No tenía mucha familia: la yaya Sabrina y la abuela Brower y su tío Jeremy, que era un solterón mucho mayor que su padre. Solo quedaba una persona. Puede que Candy White fuera solo su tía sólo a medias pero aun así...
Las Sauces del Mar hablaban mucho de ella cuando creían que Gigi no las oía, de ella y de cómo todos le besaban el culo cuando iban al instituto. En cierta ocasión oyó decir a Terry que Candy era también una de las alumnas más inteligentes de su clase, pero las Sauces del Mar, no lo creían, porque sus notas eran siempre pésimas. No obstante, Terry había visto la puntuación de los exámenes de todos y era el único que podía saberlo, aunque se negaba a revelar cuál había sido esa puntuación.
Candy comprendería muy bien lo que tenía que soportar Gigi. Pero su padre le había prohibido que hablase con ella. Le dijo que si la veía por la calle ni siquiera podría decirle hola, porque él sabía cómo era Gigi, que no se conformaría con un hola, y nadie tenía ganas de desenterrar viejas historias
Eso sin embargo no era una vieja historia. Era la vida de Gigi. Tenía que hablar con alguien capaz de entenderla. Aunque la castigaran el resto de su vida.
Continuará…
