Capítulo 8
Ahora me perteneces … en cuerpo y alma
GEORGETTE HAYER , Estas viejas persianas
La voz de Terry acarició la piel de Candy como una gota de agua fría.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
- La cama.
- Pues ve a hacerla a otra parte.
- Ya te has vuelto a olvidar de la sonrisa, ¿eh? - Estiró las piernas y balanceó el peso de su cuerpo sobre la punta de un pie doblando la otra rodilla e inclinándose exageradamente sobre la cama para obligarle a admirar su mobiliario trasero. Era la única arma que le quedaba, y la había utilizado tantas veces como le fue posible a lo largo de los nueve días que llevaba trabajando para Grandchester. ¿Y qué, si sus tretas sexuales conseguían que ella también pensara en él más de lo que quisiera? Grandchester no lo sabía. ¿O sí? Esto es lo que pasa con los juegos sexuales. Nunca se puede estar del todo seguro de quién pilla a quién.
A «quién». Es un asco vivir con tu viejo profesor de literatura especialmente cuando tu viejo profesor de literatura no es tan viejo y tiene exactamente el tipo de cuerpo que te atrae, alto y esbelto, ancho de hombros y estrecho de caderas. Y luego estaba su intelecto. Candy había tardado años en reconocer el atractivo de esa parte especial del hombre pero, cuando por fin adquirió el hábito, ya nunca pudo deshacerse de él.
No se dio prisa en arreglar la última almohada. La cena festiva tendría lugar la noche siguiente, y pronto llegaría la furgoneta con las mesas de alquiler. Aunque el comedor de La Novia del Francés era amplio no tenía espacio suficiente para los treinta comensales que Grandchester había invitado, y Candy había alquilado mesas más pequeñas para distribuir por la planta baja. El editor y el agente literario llegarían en avión desde Nueva York, pero Grandchester había realizado gran parte de su investigación en Ole Miss, y la mayoría de los invitados vendrían en coche desde Oxford.
Aunque no todos.
- ¿A cuánta gente local me dijiste que has invitado? - Grandchester no le había mostrado la lista oficial de invitados, y ella no podría relajarse hasta estar segura de que no tendría que servir a gente cuya presencia preferiría evitar.
- Ya te lo dije. A dos bibliotecarias que no conoces. Y a Aaron Leary y su esposa.
Aaron era el alcalde actual de Lakewood. Habían ido juntos al instituto pero dado que él era presidente del club de ajedrez y, además, negro, no se habían movido en los mismos círculos. Candy le recordaba como un muchacho estudioso y entrañable, de modo que no debió de joderle demasiado. Verse obligada a servir a un compañero de clase le resultaba humillante pero, tratándose del alcalde sería llevadero.
- ¿Y su esposa?
- Charise. Una mujer encantadora.
- Deja de hacerte el difícil.
- Ya hemos tenido esta conversación - Candy se afanó con la esquina del cubrecamas.
- El nombre de Charise no me suena.
- Creo que es de Jackson.
- ¿Porqué no me lo dijiste desde el principio?
- Lo siento. ¿Acaso te he dado la impresión de querer facilitarte las cosas? Es extraño que no tengas más amigos en Lakewood. Qué digo, no es nada extraño.
Grandchester se quitó el reloj.
- La cena de mañana es de negocios.
- Lo sé. De agradecimiento a las personas que te ayudaron con tus Reflexiones ¿no serán más las personas que te ayudaron a investigar aquí, en Lakewood que en Oxford?
- Tu tía está muerta, Hank Withers está en el hospital. Shaible ha ido a visitar a su hija en Ohio. ¿Hemos terminado ya con este tema?
Empezó a desabrocharse la camisa y no se dio prisa en hacerlo. Como encargada de la lavandería, Candy ya sabía que él no tenía costumbre de llevar camisetas, como también sabía gustaban los boxers de diseño de tonos cristalinos. Lo cierto es que sabía demasiado.
- Al menos podrías esperar a que termine mi trabajo aquí, antes de empezar a desvestirte -. Lo dijo con irritación, porque no le gustaba la manera en que la presencia de Grandchester había despertado del como a la furcia que dormía en su interior.
- ¿Te molesta? espectáculo erótico prosiguió, un botón desabrochado tras otro, sus ojos fijos en ella.
- Sólo porque he visto el libro que estás leyendo - La camisa quedó abierta.
- ¿A qué libro te refieres?
- La vida erótica de un caballero Victoriano. Menudo caballero. Un perro merodeador, diría yo. Hay capítulos enteros dedicados a las relaciones entre amos y criadas.
Grandchester encajó un dedo en la cintura de sus pantalones, con expresión arrogante y peligrosa.
- ¿No creerás que me hago ilusiones?
- Sé que te haces ilusiones. Has subrayado determinados pasajes. Grandchester rió por lo bajo y desapareció dentro del vestidor. A Candy la encantaba aquel cuarto, la extravagancia de los estantes de cerezo pulido y los accesorios de estaño, la pulcritud de los cajones, los percheros y los compartimentos, el olor a telas de importación y a atmósfera altiva.
- Es parte de mi investigación Grandchester desde el vestíbulo.- ¿Y quién te manda fisgonear en mi despacho?
- Estaba ordenando én buscando el manuscrito Reflexiones, aunque esto no iba a decírselo. Enderezó la pantalla lámpara.- El capítulo sobre la subasta de vírgenes es nauseabundo
- Vaya, vaya. Sí que has estado fisgoneando.
- Necesito estímulos intelectuales. Este trabajo es más aburrido que un cementerio -. Grandchester no había cerrado la puerta del vestidor de modo que ella se acercó y miró dentro.-No creo que estés investigando nada. Creo que eres un pervertido.
- Un calificativo muy duro. ¿Dónde están los pantalones cortos
de gimnasia?
Todavía llevaba los pantalones aunque se había quitado la camisa. Candy se preguntó cómo aquel tórax enclenque, que recordaba de los días del instituto, pudo haberse convertido en un torso tan magnífico. Grandchester puso los brazos en jarras y ella se dio cuenta de que esperaba una respuesta.
Se humedeció los labios.
- No tengo la menor idea.
Los pantalones cortos estaban en el estante donde él los había dejado, pero no pensaba hacerle la vida más Fácil. Vio el cinturón dejado sobre el banco de teca, en medio del vestidor. A Grandchester le gustaba el orden, y ella tenía la sensación de que le costaba esfuerzo no recoger él mismo las cosas.
- Creía que hacías ejercicio por las mañanas.
- También por las tardes, cuando me apetece.
- Y hoy te apetece porque estás bloqueado. ¿Me equivoco?
- ¿No tiene cacharros que fregar?
- Estás desechando tantas páginas que debería comprarte otra papelera más para tu despacho.
- ¿Te importaría darte la vuelta para que pueda quitarme los pantalones?
- Este el único aliciente de mi trabajo. Sí, me importaría.
A un tercero le hubiese costado discernir si la pequeña mueca de
Grandchester significó regodeo o desaprobación, pero Candy prefirió pensar que la encontraba más divertida de lo que él mismo quisiera. Se apoyó el marco de la puerta.
- Dime por qué estás bloqueado. Normalmente, te recomendaría una escena de sexo (quizá recuerdes que les tengo debilidad) pero, después de lo que leí esta mañana en ese libro, no sé si debo alentarte más.
- Es una historia complicada e intento introducir un personaje nuevo. Me plantea algunos problemas, esto es todo.
- Cherche la femme.
- Precisamente. Recogió el cinturón que había abandonado, por la única razón aparente de ponerla nerviosa.- Candice es una figura central del libro. Es joven y bien educada, pero la ahogan los convencionalismos de la sociedad victoriana.
- Me puedo identificar con... ¡Oye, ése es mi nombre!
Por una vez, pareció pillarle por sorpresa.
- ¿De qué estás hablando?
- Mi verdadero nombre. Candice Elizabeth White.
- No lo sabía.
- Claro que sí. Nadie me llama nunca Candice, pero el nombre figuraba en todos los informes del colegio.
- Sin duda lo olvidé hace tiempo.
- Sin duda no.
Grandchester deslizó el cinturón entre los dedos.
- Vuelve a tu trabajo. Me estás molestando.
- Más vale que no se trate de una hermosa rubia de gusto impecable.
- Me voy a quitar los pantalones, estés mirando o no. Dejó el cinturón, se bajó la cremallera y dejó caer los pantalones.
Candy tuvo un atisbo de muslos largos y musculatura firme antes de darse la vuelta. La recorrió un escalofrío y tuvo que recordarse que tenía cosas más importantes en que pensar que en el cuerpo de Grandchester.
Fue al cuarto de baño y se llevó una toalla húmeda a la cara antes de colgarla. Habían pasado nueve días y todavía no había encontrado el acceso al desván. Había preguntado dos veces a Grandchester acerca de la puerta, tratando de que pareciera mera curiosidad. En la primera ocasión, sonó el teléfono antes de que él contestase. En la segunda una ardilla puso a Gordon en pie de guerra, y la conversación interrumpió en seco. ¡Una ardilla, por el amor de Dios! Cómo odiaba a ese perro.
La cena de mañana le ofrecía una buena excusa para volver a sacar el tema. Regresó al dormitorio, hablando alto para que él la oyese desde el vestidor.
- Esta mañana he vuelto a llamar a la florista. Le comuniqué lo que me dijiste de los arreglos, que no los quieres demasiado femeninos para no seguir alimentando esos rumores acerca de tu homosexualidad. Ella es cristiana y lo comprendió perfectamente.
Le pareció que Grandchester suspiraba y sonrió para sí cuando él salió del vestidor con unos pantalones cortos de cachemira gris y una camiseta marinera colgada del brazo.
- Fascinante ñó él.- aunque no recuerdo haber dicho una palabra acerca de las flores.
Candy apartó la mirada de su tórax.
- Si mostraras un poco más de interés en el fútbol, esos rumores morirían de muerte natural. Aparte, claro está, de dejar de hablar como un mariquita. Los labios de Grandchester se curvaron y eso la irritó, porque su intención era molestarle, no divertirle. Posó una mano en la cadera, los dedos hacia atrás y asumió una expresión de aburrimiento.
- La cena es mañana, y pienso que la vajilla Spode de Rose podría estar todavía en el desván. Subiré esta tarde para comprobarlo - Contuvo el aliento.
Él se puso la camiseta.
- No te molestes. El catering incluye la vajilla,
- Siendo extranjero no podrías saberlo, pero en Misisipí el empleo de vajillas del catering, en lugar de las preciosas herencias familiares, se considera una vulgaridad.
- Las herencias familiares que pudiera haber en el desván desaparecieron hace mucho tiempo.
- ¿Qué quieres decir? ¿Qué les pasó?
- Susana vendió todo lo que había en el desván antes de comprar yo la casa - No hizo ningún esfuerzo por suavizar lo que hasta los más insensibles reconocerían como un golpe bajo para Candy.
- ¿Lo vendió? -. Aquí estaba de nuevo. La sensación aterradora de haberlo perdido todo. Se obligó a pensar en la gran sonrisa de Melany para venirse abajo.
- Estaba en su derecho ó Grandchester.
- Sí supongo que sí - Apretó el puño a la espalda y se hincó las uñas en la palma - Aunque puede que se olvidara de las bandejas. Rose tenía sus escondrijos.
Pero Grandchester ya estaba saliendo de la habitación.
La cadencia regular de la cinta de andar generalmente lo calmaba,
Aunque hoy le resultaba demasiado tranquila. Necesitaba salir al aire libre. Hacer algo con las manos. Luchar contra el atractivo sexual de Candy ya era bastante difícil sin tener que resistirse también a su encanto, especialmente cuando él sabía que era calculado. No le gustaba, como tampoco su malicioso sentido del humor, que tanto podía emplear contra sí misma como contra él. O esa inteligencia aguda que insistía en aflorar entre su comportamiento de chica buena. Él ya sabía que existía, por supuesto, pero nunca se había imaginado que también ella lo descubriría.
¿Y de dónde sacaba su entereza, por no hablar de su peculiar y aún así, impresionante competencia? Preparaba comidas a aceptable y mejores de las que él preparaba para sí, y, si bien ignoraba casi todas sus instrucciones, sus platos solían ajustarse a lo que Grandchester había ideado para contrariarla. Tenía una manera de separar lo sensato de lo insensato y de llevar a cabo sus tareas. No, eso no le gustaba en absoluto.
Se enjugó el sudor de la frente y aumentó la velocidad de la cinta en varios puntos. Hoy Candy había aparecido con otro de sus tops retractilados, éste, del mismo verde esmeralda que sus ojos. Y el escote en forma de corazón bajaba lo suficiente para que él pudiera ver esa maldita mariposa turquesa aleteando de un pecho al otro. Debería cumplir su amenaza de obligarla a llevar uniforme pero, por alguna razón nunca se acordaba de ello. El viejo resentimiento ardía. Hacerla caer de rodillas no le estaba resultando tan fácil como preveía, aunque todavía no había utilizado el as que llevaba en la manga. Se imaginó aquellos ojos verdes empañados de al menos algunas lágrimas de sincero arrepentimiento. Por fin conseguiría volver la última página de ese viejísimo y muy pesaroso capítulo de su vida.
«Ojalá tu mamá pudiera ver a su precioso hijito ahora. Ha vuelto a casa con el rabo entre las piernas.»
Aumentó la velocidad de la cinta y de sus propios pasos, pero no sirvió de nada. Sus manos anhelaban el tacto familiar del ladrillo y la piedra.
Gordon no era del todo inútil. Empezó a ladrar incluso antes de que sonara el timbre de la cochera. Candy dejó a un lado el libro que había birlado de la impresionante biblioteca de Terry. No dejaba de sorprenderla que Gordon volviera a casa con ella cada tarde, en lugar de quedarse con su adorado Terry. Cierto que se las ingeniaba para hacerla tropezar cada día al cruzar el jardín, pero aun así la acompaña y la vida en la cochera parecía un poco menos solitaria.
Candy se levantó a regañadientes del sofá. Incluso cuando todo va bien, las buenas noticias no suelen llamar a la puerta a las diez de la noche. Mientras cruzaba la sala, Gordon siguió ladrando. Descorrió la cortina de la ventana lateral de la puerta pero no vio nada más ominoso que la silueta de una muchacha joven.
- Cállate, Gordon.
Encendió la luz del porche. Cuando Candy abrió la puerta, Gordon trotó fuera y dio unas vueltas exploratorias alrededor de los tobillos de la joven. Tendría trece o catorce años y era delgada, bisoña y hermosa. La suya era una belleza aún torpe, una hermosura todavía en pañales que, con toda probabilidad, le hacía la vida miserable. La chica se sujetó la melena corta y lacia detrás de las orejas. Su ropa era horrible: un par de pantalones informes y, como mínimo, dos tallas más grandes de lo necesario y una cazadora desastrada que le llegaba a las caderas. Su rostro era redondo y delicado, y su boca un tanto grande para la fragilidad de los pómulos. Incluso a la luz débil del porche, Candy vio sus ojos azul pálido, casi fantasmales en su contraste con su pelo oscuro.
Gordon se alejó del porche para husmear entre los arbustos. La chica miraba a Candy fijamente, como si fuera un espectro. Ésta esperó a que la recién llegada dijera algo y, al ver que no lo hacía, habló ella misma
- ¿Puedo ayudarte?
La muchacha se humedeció los labios.
- Sí señora - Frotó uno de sus zapatos de suela gruesa contra el otro. Su voz tenía un matiz ronco que la hacía parecer mayor de lo que era.
Tenía un aire inquietante, casi familiar, aunque Candy nunca la había visto. Esperó sintiendo un cosquilleo de preocupación.
La joven tragó saliva.
- Yo soy…pues... más o menos... su sobrina.
- ¿Mi sobrina? No te entiendo. - Pero sí la entendía.
- Soy ….Gigi Brower.
Su nombre sonó muy extraño combinado con el apellido de él.
Gigi la hija de Anthony.
Una añoranza aguda y agridulce le oprimió el corazón. La hija de Anthony. La hija que pudo haber sido suya. ¿Cómo había podido perder a los únicos hombres buenos que había amado en la vida? A Anthony, por su estupidez y a Albert... quizá como castigo por lo que le hizo a Anthony.
Esa muchacha sin embargo, era también la hija de Susana, y eso le heló la sangre. Por eso le resultaba tan familiar. Los ojos azul plateado de William White se habían abierto camino hasta la siguiente generación
Gigi sacó las manos de los bolsillos de la cazadora.
- Verá, sé que es de muy mala educación y todo eso, presentarme así, quiero decir, pero pensé que quizá no supiera de mi existencia Y sé que no debería estar aquí ni nada, pero sólo quería saludarla.
Había sido un día largo. Terry y su torso desnudo. La cena mañana. Después había recibido una llamada inquietante de Melany que estaba desolada porque CAndy no podría visitarla el Día de la Familia. No necesitaba más complicaciones emocionales, que era precisamente lo que prometía la presencia de esa niña de ojos pálidos.
- ¿No es un poco tarde para que estés en la calle?
- Sí, señora. Papá me matará si me descubre.
Candy no se podía imaginar al pacífico Anthony matando a nadie aunque, claro está, ella recordaba al muchacho de dieciocho años que a orillas del lago, a su lado sobre la roja toalla de playa, le decía que una vez casados, abandonarían Lakewood y se instalarían en Atlanta
- Quizá debas volver a casa antes de que eso suceda - Gigi bajó la vista a sus zapatos y golpeó uno de sus gruesos tacones contra las tablas astilladas del suelo.
- Esperaba que tal vez podríamos hablar ó la cabeza con un destello de desafío en la mirada.- Porque es mi tía y todo eso
- No creo que tus padres estén muy de acuerdo.
- Ellos no son mis amos.
Candy se fijó en el apretón obstinado de su barbilla, reprimió un suspiro y dio un paso atrás para dejarla pasar. Tarde o temprano alguien tendría que pagar caro por esto, y sin duda Candy se encontraría la primera ante la caja.
- ¿De veras? ¿Puedo entrar? .- Cruzó el umbral con tanto ímpetu que casi derribó a Candy.
Gordon subió de nuevo al porche y la siguió al interior de la casa
- Sólo por unos minutos Candy y cerró la puerta.- Tendrás deberes que hacer, supongo.
- No, señora. Es viernes. Y además me han expulsado.
Candy no logró concebir que la hija de Anthony y Susana pudiera hacer algo tan grave que mereciera su expulsión del instituto. Anthony nunca se metía en problemas y Susana era incapaz de entregar siquiera un trabajo con retraso.
- Supongo que tus padres estarán encantados.
- Me odian.
A pesar de su actitud desafiante, la muchacha parecía bastante perdida
- Lo dudo mucho.
- Bueno, quizá no me odien exactamente pero están muy cabreados.
- No me extraña.
- ¡Usted no puede estar de su parte! - Gigi apretó sus pequeños puños a cada costado.- Sencillamente, no puede.
Candy la examinó con más atención. Tenía la cara enrojecida y surcos de tensión entre las cejas. Parecía pensar que la había traicionado
La cama vacía le hacía señales, así que optó por la vía de la menor resistencia
- De acuerdo. Estoy de tu parte.
Gigi se mordió el labio y sus ojos plateados se colmaron de esperanza ansiosa.
- ¿De veras?
- ¿Por qué no?
- Sabía que lo estaría.
- Estupendo - Y ahora, ¿qué? - ¿Te apetece una Coca-Cola?
- Sí señora si no es demasiada molestia - Los buenos modales del Sur debajo del desafío furioso.
Candy se dirigió a la cocina y sacó dos latas de la nevera. También sacó unas galletas de su envoltorio y las metió en uno de los platos Wedgwood de Elroy. Consideró la posibilidad de servir la Coca-Cola en vasos pero decidió que la hospitalidad nocturna tiene sus límites
Gigi la siguió a la cocina, donde se agachó para rascar la barriga de Gordon. El perro se despatarró y agitó las orejas sobre el linóleo, con dicha bassetiana.
- Tiene un perro muy bonito - Gigi se enderezó cuando Candy puso las latas sobre la mesa. Gordon se levantó también y se frotó contra los tobillos de la chica, la mascota más cariñosa del planeta. Gigi dirigió una mirada a la sala de estar.- También tiene unas antigüedades muy bonitas.
- Eran de mi tía Elroy.
- Lo sé. Mamá solía traerme aquí a veces. No le gustaban demasiado los niños.
- Cuéntamelo - Señaló una silla del otro lado de la mesa. Gigi se movía con cierta torpeza, como si todavía no se hubiera acostumbrado del todo al reciente estirón de sus largas piernas
- Resulta difícil creer que ella fuese objeto de la pasión de Lincoln Ash.
Candy sonrió.
- ¿Ya lo sabías?
- Todos lo saben. _ Gigi se acomodó a la mesa y Emp. A juguetear con la lata de refresco. El reloj Seth Thomas marcaba los segundos en la habitación contigua. La chica se inclinó para rascar a Gordon.
- ¿Cuántos años tienes, Gigi?
- Trece.
Candy se acordó de sus trece años. Fue el año en que le crecieron los pechos, el año en que Anthony Brower descubrió que en la vida hay algo más que los deportes y Donkey Kong. Empujó el plato de galletas hacia Gigi. Ella cogió una pero no se la llevó a la boca.
- ¿Por qué te expulsaron?
- Nunca me habían expulsado antes, si eso está pensando.
- No estoy pensando nada. No te conozco.
- Es un poco complicado. La galleta se fue desintegrando en un montoncito de migajas mientras Gigi contaba su historia, primero lentamente y luego con ímpetu creciente. La traición de Kelli Willma, la amistad de Gigi con Chelsea, la discusión, la taquilla, la muñeca rota .Gigi tenía un modo desconcertante de mezclar la jerga adolescente con términos de adulto. Era la hija de su madre. Llegando al fin de su relato se desinfló y quedó con una expresión tan desafiante como desdichada. Sabía que se había portado mal pero no estaba preparada para asumirlo.
Si Candy hubiera golpeado a alguien contra una taquilla cuando tenía trece años, Rose habría exhalado un anillo de humo y habría dicho que las señoritas bien educadas no empujan a la gente contra las taquillas, ni siquiera a las niñas que se lo merecen. Una pequeña dama se limita a dar la espalda, organizar una fiesta divina y no invitar a la parte ofensora.
«Muchas gracias, Rose. Tus consejos resultan realmente útiles»
Éste era un buen momento para descubrir de qué pasta estaba hecha Gigi Brower.
- Seguro que Chelsea se arrepiente de haberte llamado estirada - A Gigi le gustó el comentario y asintió vigorosamente con la cabeza
- No soy una estirada. Quiero decir, no es mi culpa que seamos ricos
Candy esperó. Gigi volvía a morderse el labio, ya no tan satisfecha de sí misma.
- No la habría llamado gorda si ella no me hubiera insultado antes.
- Pero Chelsea es gorda. ¿Cierto?
- Su madre la deja comer demasiadas porquerías.
Candy reprimió las ganas de cubrir las galletas con una servilleta
Gigi tomó otro sorbo de Coca-Cola y volvió a dejar la lata sobre la mesa sin apartar la mirada de ella.
- Mi madre me llevó en coche a su casa y me obligó a disculparme pero Chelsea ni siquiera me miró. Tenía esa escayola en la mano - Candy echó un poco más de tierra en la tumba que Gigi había cavado para sí.
- Supongo que cada uno recibe lo que se merece.
Gigi no pareció tan segura.
- Creo que no se encontraba demasiado bien ese día. Y ella no tiene tantas… ya sabe... tantas ventajas como yo. No tiene padre ni es rica ni nada de eso. Se formó una nueva nube de tormenta - Aunque su madre es su mejor amiga. Su madre sí que lo entiende todo.
No la madre de Gigi que, al parecer, no entendía nada.
- ¿Qué piensas hacer?
Gigi levantó la cabeza y a Candy se le pusieron los pelos de punta. Por un instante tuvo la impresión de estar viendo sus propios ojos.
- Por eso he venido. Para que usted me dijera qué debo hacer.
- Cariño yo soy la última persona del mundo a la que acudir para pedir consejo.
- Pero es la única que sabe cómo es esto. Quiero decir, somos parecidas ¿no?
De nuevo las palabras salieron a borbotones
- Usted también era la chica más rica de la ciudad, y apostaría que todos pensaban que era egocéntrica y estirada. Los padres de los otros chicos trabajaban para su padre, como ahora trabajan para el mío y debían decir cosas desagradables a su espalda. Aunque nadie se metía con usted como se meten conmigo. Yo quiero ser así. No quiero que se metan conmigo. Quiero ser... ya sabe... poderosa.
De modo que era eso. Candy ganó un poco de tiempo tomando un sorbo de Coca-Cola. Gigi pensaba que eran parecidas, pero se equivocaba. Esta niña no tenía a una Rose que le dijera que era mejor que todos los demás, ni para hacerle creer que la desconsideración es admisible. A diferencia de Candy, Gigi tenía bastantes probabilidades de poder crecer sin tener que aprenderlo todo a palos.
Su sobrina. Candy se había acostumbrado a pensar que Melany era la única familia que tenía, pero esta niña llevaba su sangre en las venas. Dio vueltas a la idea.
- Quieres que te cuente cómo lo hacía, ¿es eso? Come manipulaba a la gente para conseguir lo que quería.
Gigi asintió, y una parte de Candy tuvo ganas de aplaudirla «Un hurra para ti, niña. Persigues tu parcela del poder en esta vida Y aunque no lo estés haciendo bien... un hurra para ti.» Se sentó encima de un tobillo.
- ¿Estás segura de querer saberlo?
- Oh, sí ó Gigi, ansiosa.- Todas las Sauces del Mar dicen que usted era la chica más popular del instituto.
De modo que Gigi conocía la existencia de las Sauces del Mar.
- Eran mis mejores amigas, aunque ya no tengo contacto - Hizo una breve pausa para que sus siguientes palabras efecto.- Las echo de menos.
- Pero tiene muchos amigos. Amigos importantes que hizo cuando vivía en California y en Houston. Ya no necesita a las Sauces del Mar. Quiero decir, no son importantes ni nada de eso.
Un nudo traidor apretó la garganta de Candy. Su cuerda emocional era más floja cada día.
- Los verdaderos amigos siempre son importantes.
No era ésa la respuesta que Gigi deseaba oír, y Candy vio que su mente ágil se preparaba para lanzar una nueva descarga de argumentos. Antes de que lo hiciese, añadió:
- Es tarde y estoy cansada. Seguro que tú también.
Gigi pareció derrumbarse. Candy se dijo que su agenda de problemas no admitía más anotaciones. Pero comprendía a esa niña mejor de lo que quería y, en el momento de levantarse de la mesa se ovó decir:
- Tengo un rato libre el domingo. Quizá podamos hablar entonces.
Gigi se animó
- Podría escaparme por la tarde. Mis padres tienen un concierto. _ Candy recordó los carteles que había visto en el centro. «Los conciertos de Anthony y Susana Brower...»
- No creo que escaparse sea una buena idea.
- Mi padre es bastante estricto. Es la única manera de poder vernos.
Candy podía entender que Susana le prohibiera verla. Pero ¿Anthony? ¿Qué se imaginaba él que le haría a su hija?
- De acuerdo -. Candy se levantó de la mesa.- Hasta el domingo por la tarde, pues.
No podía permitir que la muchacha volviera a casa sola a esas horas y cogió su chaqueta.
- Te acompaño.
- No es necesario.
- Sí lo es. - Abrió la puerta y salieron. Gordon se les adelantó a la carrera por supuesto, prefirió trotar al lado de Gigi, en lugar de su propietaria. El pasaje Mockingbird no tenía aceras, de modo que echaron a andar por la calle.
- Mi padre y usted fueron novios, ¿verdad?
- Hace mucho tiempo.
- Y usted y mi madre no se llevaban bien, ¿verdad? Porque ella era ilegítima y todo eso
- Es complicado
- Ya levantó la cabeza para mirar el cielo.- Cuando me vaya de Lakewood, no volveré nunca más.
"Es lo que decimos todos, querida.»
Las luces brillaban en las ventanas de la vieja casa colonial francesa, que hubiese estado mejor ubicada en el Vieux Garre. Gigi se detuvo antes de que se acercaran demasiado.
- No tiene que seguir. Mi dormitorio está encima del porche de atrás y es bastante de fácil trepar por la baranda. No hay peligro
- No lo pongo en duda - Debería obligarla a entrar por la puerta y sufrir su castigo pero no era la madre de Gigi y no tenía que hacer lo correcto
- Miraré sólo para estar segura.
- Vale, pero no se acerque demasiado. Tenemos focos en el jardín. Una de las ideas de Susana.
Candy percibió el desdén en la voz de Gigi y emitió una orden estricta para sí: nada de pullas, por tentadoras que fueran. Apartó de su pensamiento la imagen de las perlas de Rose en el cuello de Susana.
- No me acercaré.
Momentos después vio a Gigi trepar el poste de hierro forjado del pequeño porche trasero. Había muchos puntos de apoyo para los pies y pronto la muchacha alcanzó el tejadillo. Un instante antes de abrir la ventana de atrás, se dio la vuelta y saludó con la mano.
Candy aguardaba en las sombras pero, aunque no se la podía ver, devolvió el saludo.
«He traído a tu hija a casa, Anthony. A salvo y de una pieza»
Suspiró y miró a Gordon.
- Vámonos, colega. Ya es hora de ir a la cama. Mañana nos espera un largo día.
Continuará…
