Capítulo 9
El duque era siempre magnífico, aunque esta noche se superaba a sí mismo.
GEORGETTE HEYER, Estas viejas persianas
Terry terminó de afeitarse y se dirigió al vestidor. Gordon solía hacerlo compañía mientras se vestía, pero esta noche le habían desterrado a la cochera. Lo mejor de Candy era su perro.
De la cocina llegó el estallido de algo estrellándose contra el suelo. Otra vez el proveedor. O tal vez se le hubiera caído algo a Candy llevaba todo el día corriendo arriba y abajo: para abrir la puerta, para dar el último toque a los ramos de flores, para discutir con el proveedor. Se dedicaba en cuerpo y alma en pos de su anhelado ascenso.
Terry rezongó al tropezar con el banco del vestidor. No tenía por qué sentirse culpable. Lo que iba a ocurrir esta noche era de una sencillez brutal que no tenía intención de dedicar el resto de su vida a la venganza, también sería el final de la historia. Un punto y aparte. Cogió una camisa de su percha de cedro. Una vez terminada la velada, le firmaría un cuantioso cheque de despedida y nunca volvería a pensar en ella. Cosa que no resultaría fácil, claro.
Acababa de abrocharse los gemelos Bulgari cuando oyó que llamaban a la puerta.
- Largo de aquí.
Candy entró como un vendaval, como él esperaba. Vestía Un conjunto conservador al menos para ella: pantalones negros y blusa blanca con cuello de uve. Desde el ángulo apropiado, como era el caso en ese momento, se podía tener un atisbo del encaje blanco del sujetador
Terry echó de menos los altísimos tacones de aguja con que había venido, a pesar de que había sido él quien la hizo cambiarlo con el pretexto de que tendría que pasarse toda la velada de pie, aunque ambos sabían la verdadera razón. Son las invitadas quienes lucen zapatos de tacones altos, no los miembros del servicio. Estos tampoco se recogen el cabello dejando sueltos largos y despreocupados mechones -sobre la curva enarbolada de la mejilla, junto a la línea delicada del cuello, delante de las pequeñas orejas, de cuyos lóbulos colgaba un diminuto par de corazones de oro- pero Terry hizo la vista gorda.
- ¡Me liaré a puñetazos con este proveedor! ó ella, lo corazones de oro agitándose.- Debí pedirte que buscaras a otro en el instante mismo en que me dijo que es de California. Está poniendo tofu en los hors d'oeuvre. ¡Sin freírlo siquiera!
Estaba en pleno modo «ama de casa». Terry empezaba a sospechar que lo asumía cada vez que se encontraba a la defensiva, al parecer casi siempre. El rubor de sus mejillas le prestaba un aspecto más sano que recién llegada a Lakewood, aunque sus muñecas todavía eran enclenques y el trazado de venas azules en el dorso de la mano que plantó sobre la cadera podría ser el mapa de carreteras de todas las decepciones que la vida dispensa a las viejas reinas de la belleza.
- Acaba de romper la jarra nueva que te traje. Y ¿sabías que pensaba utilizar bandejas de aluminio desechable en la mesa del bufé? He tenido que recordarle que se trata de una cena formal, no de una francachela improvisada.
Mientras Candy seguía despotricando, Grandchester tuvo ganas de ordenarle que dejara de malgastar energías en una fiesta que no era suya. Desde el primer momento le había explicado que su cometido era servir a los invitados, pero Candy ni siquiera pestañeo. El intentó recalcar lo dicho mandándola vestir apropiadamente. Resulta sorprendente lo fácil que es comportarse como un bastardo cuando uno se lo propone. Si ella inclinara su orgullosa cabeza una sola vez para admitir su derrota, él lo dejaría correr. Pero Candy no se humillaba. Y aquí estaban los dos. Y él tenía ganas de que todo acabara de una vez.
_ ... no te olvides de deducir el precio de la jarra de sus honorarios cuando le firmes el cheque.
- Así lo haré - Lo más probable es que el proveedor hubiese roto la jarra por no poder dejar de mirar el sugerente escote de Candy.
- No lo harás. Con excepción de mi sueldo, eres mister Derrochon en persona. Incluso cuando se trata de este incompetente proveedor de la Costa Oeste.
- Cuántos prejuicios, para alguien que también ha vivido en California
- Sí. Claro, pero estaba borracha casi todo el tiempo.
Grandchester consiguió reprimir la sonrisa en el último momento. No iba a ceder a sus encantos seductores. El mordaz sentido del humor de Candy no era más que otra de sus tretas, lo utilizaba contra sí misma para evitar que el otro tirara la primera piedra.
- ¿Eso es todo?
Candy recorrió con la mirada sus pantalones negros y la camisa de manga larga color burdeos.
- Lástima que he llevado tus pistolas de duelo a la tintorería.
Grandchester se había prometido no enzarzarse en esgrimas verbales con ella, pero las palabras le salieron a su pesar:
- Al menos conservo la fusta. Me dicen que su uso se recomienda para disciplinar a los criados desobedientes.
A Candy la divirtió el comentario, y le dedicó una ancha sonrisa en el momento de cruzar la puerta,
- Eres bastante divertido, para un envarado.
La palabra «envarado» quedó suspendida en el aire, como el olor a sábanas después del acto sexual. Si ella sólo supiera...
Hasta el momento todo bien, pensó Candy. La casa era preciosa, había flores y velas encendidas por todas partes. En el vestíbulo, las llamas de una docena de velas blancas se reflejaban en la oscura superficie lacada del piano de media cola. La joven pianista que Terry había contratado para la velada alzó los ojos del teclado y sonrió. Candy respondió y echó una última ojeada al salón. Pequeñas velas de color crema anidaban entre las hojas de magnolia con que había decorado la repisa de la chimenea, y otras parpadeaban en las mesillas dispuestas para el solario.
"Sigue moviéndote. No pienses.»
No todos los cambios que Terry había hecho en la casa eran malos. Libres del empapelado chillón, los espacios de la planta baja parecían más amplios, y la cocina nueva y funcional era decididamente mejor que la vieja y atestada. También le gustaba que el solario rescatara de las sombras la parte posterior de la casa. Aun así, echaba de me nos las llaves de su padre encima de una mesilla y el perfume de Rose en todas las habitaciones.
«Al cabo de pocas horas todo habrá terminado.»
Se dirigió al comedor para comprobar que el proveedor no hubiera cambiado las cosas de sitio. Las ramas de pimentero que había entrelazado en los brazos de la araña prestaban un aspecto más hogareño a la sala, y el centro de rosas naranja pálido y lirios dorados del Perú relumbraba sobre el mantel de lino moca, como ella había previsto. Ya había disminuido la intensidad de la araña del vestíbulo, y ahora hizo lo mismo en el comedor. Las viejas paredes la abrazaron. «Deberías ser mía -. pensó.- No te merezco, ni siquiera te quería, pero deberías ser mía, a pesar de todo.»
Prefería creer que había trabajado tan duro para esta fiesta a efectos de demostrarle a Terry que no era una inútil, pero había más que eso. Necesitaba ver la casa brillar de nuevo. Y necesitaba mantenerse muy ocupada para no pensar en el papel que le tocaba interpretar esa noche.
Por un momento se permitió imaginar que aún era la hija de La Novia del Francés, que los huéspedes de esa noche eran los mismos que ella habría invitado si no se hubiera esforzado tanto en arruinar su vida. Las Sauces del Mar, Anthony, la vieja chalada de Carmichael solía decir a todo el mundo que Candy era tan dulce como su nombre; Bobby Jarrow y Woody Newhouse, el pastor Ferrelle su esposa, y la tía Elroy, aunque desaprobara la labor decorativa Candy.
«¿Dónde están los palitos de queso de tu abuela? Dios de mi alma Candy, hasta tú sabes que no se puede celebrar una fiesta en la Novia del Francés sin los palitos de queso de Martha White.
La lista de invitados imaginaria se esfumó. Lo último que deseaba ver esa noche eran caras familiares. Resonó un tintineo de cristalería cuando Renaldo, el estudiante contratado para servir las bebidas, pasó de camino al bar del salón llevando una bandeja con copas de champán vacías.
- Ernie dice que la necesita en la cocina.
- Vale Gracias. «No pienses en lo que va a pasar. Concéntrate en tu trabajo
Ernie, el desgraciado proveedor, con su cara rosada, su cabeza calva y sus cejas pobladas, parecía una versión demoníaca de Porky el Cerdito. Se había olvidado de traer palillos para las bandejas de los hors d´oeuvre , y Candy tuvo que buscarlos por su cuenta. Justo en el momento de entregárselos sonó el timbre de la puerta. El estómago le dio un vuelco
Ah no. No vas a acobardarte ahora.» Irguió la espalda y se dirigió a la puerta principal.
Terry había llegado primero. Estaba en el vestíbulo con dos hombres y una mujer, cuyo elegante vestido negro llevaba «Nueva York» escrito por todas partes. Uno de los hombres debía rondar los cincuenta y estaba bronceado; el otro era un apuesto licenciado de alguna universidad del nordeste. No podían ser otros que el agente de Terry, su esposa y Frank Kirkpatrick, su editor. Terry había almorzado con el Lakewood Inn, donde se alojaban, aunque era la primera vez que Candy los veía.
La mujer abrió los ojos desmesuradamente al contemplar la amplia escalinata y el vestíbulo iluminado por las velas,
- Terry, no me esperaba esto. Es increíble.
Candy absorbió el cumplido como si se lo hubieran hecho a ella. La Novia del Francés no era el último apeadero de ninguna línea a ninguna parte.
La dulce balada que surgía del piano, el suelo de mármol que relucía bajo la luz aterciopelada de la gran araña, el parpadeo de las velas.. Todo era hermoso. La casa la atrapó en su hechizo y, por un momento le pareció percibir una exhalación del perfume de Rose. Sonrió. Se acercó a los invitados y tendió la mano,
- Bienvenidos a La Novia del Francés.
La mujer ladeó la cabeza y los hombres parecieron confusos. Candy se dio cuenta de lo que acababa de hacer y sus dedos se contrajeron al retirar precipitadamente la mano. Terry se adelantó un paso y dijo con voz tranquila:
- Llévate el abrigo de la señora Lucato, Candy.
Ruborizándose de vergüenza, ella se obligó a tender la mano de nuevo para recibir el abrigo.
- Desde luego.
No le podía mirar a la cara, no soportaba saber que la estaba observando. En cuestión de segundos había desmentido diez días de obstinación y ocurrencias ingeniosas, diez días de no dejarle entrever cuánto dolía trabajar como sirviente en la casa que debió ser de su propiedad.
Consiguió abrirse camino hasta el cuarto lavadero, donde había instalado un colgador de abrigos. Había estado a punto de presentarse a los invitados como si tuviera pleno derecho a ello. Su piel ardía. Tenía ganas de echar a correr pero estaba atrapada. Atrapada en esa casa en esa ciudad. Atrapada al lado de un hombre que solo deseaba su mal.
El timbre volvió a sonar, lejano pero audible. Candy pensó en Melany para recuperar fuerzas y fue a abrir.
Los nuevos invitados de Terry era un matrimonio ya mayor. Logró recibirles con un simple asentimiento de la cabeza. Después las llegadas se sucedieron con más rapidez, hasta que aparecieron el alcalde Aaron Leary y su esposa
- Candy…Ha pasado mucho tiempo- dijo él
- Mucho tiempo –coincidió ella
- Te presento a mi esposa Charise
La estilizada mujer no era de Lakewood y no comprendió por qué su marido le presentaba a la criada.
- Es un placer conocerla, señora Leary- No volvería a cometer el error de traspasar los límites de la familiaridad, no cuando Terry acechaba para pillarla justamente en falta.
Llegaron varios matrimonios de Oxford, profesores, supuso Candy. Todos saludaron a Terry como si fuera uno de ellos a pesar de que no lo sería nunca, ni que pasaran mil años. Candy sentía que observaba todos sus movimientos, que deseaba proporcionarle una experiencia espantosa. Ésta era su venganza. Se obligó a aceptarlo.
Llegó Jewel Myers, acompañada de la rubia rizada que trabajaba en la librería. Candy recordó que Ellie solía mandar a Jewel a la veranda con una jarra, para servirla a ella y a sus amigas.
"Esta limonada no es de color rosa, Jewel. Llévala a la cocina y dile a Ellie que la queremos rosa"
Jewel examinó los pantalones negros y la blusa blanca de Candy.
- Vaya, vaya… El mundo resulta más interesante cada día que pasa.
Sólo la semana pasada Candy había deseado trabar amistad con Jewel. Ahora se daba cuenta de la imposibilidad de aquel deseo.
- ¿Quieres darme tu chal?
- De momento me lo quedo.
Voces del pasado resonaron en su cabeza. «No quiero jamón, Jewel. Dile a Ellie que me prepare mantequilla de cacahuete con miel.» «Sí, señorita Scarlett.»
Jewel había llegado a contestarle eso de veras, y Candy quiso creer que se había reído, aunque no era muy probable,
En el salón, Terry charlaba con un profesor con aparente interés; ella sabía que era sólo una pose. Cada partícula de su ser estaba pendiente de ella. La hora de la venganza le había llegado.
- No creo que Meredith quiera quedarse con su abrigo Jewel con una chispa de diversión en la mirada. Candy agradeció la oportunidad de escaparse y, mientras colgaba el abrigo, pronunció una pequeña oración: «De acuerdo, Dios, ya toca aflojar un poco el nudo. Admito que fui una persona horrible, pero he intentado cambiar mis actitudes. Algunas, al menos... ¿Crees que ahora podrías apretar menos?»
Sin embargo, Dios tenía ocupaciones más importantes que escuchar las oraciones de una mancillada belleza sureña, porque la siguiente vez que abrió la puerta Candy se encontró cara a cara con las Sauces del Mar.
Aunque no todas, sólo Annie y Patty. Más que suficiente. Candy contempló sus caras, tan familiares y a la vez cambiadas, y recordó como Terry había jugado con la verdad. Debió imaginar que ellas estarían invitadas. Una parte de ella debió saberlo.
Annie y Patty la contemplaron sin sorpresa, porque habían estado esperando el momento. Los ojos de Annie destellaban con alegría maliciosa.
- Bueno Candy. Oímos que habías vuelto.
- Imagínate, encontrarnos aquí -.añadió Patty.
En un tiempo ambas habían sido sus mejores amigas. Pero en la universidad Candy se había olvidado de ellas. Ahora Patty era enfermera y pesaba unos diez kilos más que en el instituto, cuando, había sido una de las mejores atletas del último curso. Llevaba un vestido tubo de seda amarillo vibrante, más adecuado para julio que principios de marzo.. En cuanto a Annie, llevaba un conjunto anaranjado de cordoncillo que quedaba bien con su figura alta y delgada; todavía exageraba la nota de su maquillaje. Elroy le había dicho que enseñaba matemáticas en el instituto. Resultaba difícil imaginarse a Annie, la compañera predilecta de travesuras de Candy, en el papel de maestra.
Candy se dio cuenta de que les impedía el paso y se hizo a un lado. Por primera vez, se fijó en la presencia de los hombres. Stear Cornwell, el marido de Patty, había perdido parte de su cabello aunque conservaba la mandíbula cuadrada y su atractivo. Siempre había sido un tanto sentimental, y a Candy le pareció ver un destello de simpatía en sus ojos. El acompañante de Annie era un hombre pulcro y de baja estatura que llevaba demasiada colonia.
- Hola, Candy. ¿Te acuerdas de mí? Soy Brad Sirmons.
Era uno de esos chicos que no acaban de encajar en ningún grupo En el baile de primavera de octavo la había invitado a bailar y ella casi se mojó las bragas de la risa, porque él era bajito y ella era Candy White.
Intuyó la presencia de Terry a pocos metros de distancia, esperando verla desmoronarse. Se mordió el labio inferior y quiso cerrar la puerta cuando vio que otras dos parejas remontaban el camino de acceso. Luisa y FLammy con sus maridos. Debió imaginárselo. Donde hubiera una Sauce del Mar, pronto aparecían las otras.
Apenas aquella mañana Terry y ella habían intercambiado sonrisas cuando Gordon trotó en la cocina con una oreja vuelta del revés y una caja de galletas vacía en la boca. Ahora le odiaba por aquella sonrisa.
Luisa Hamilton -ahora Pettibone- aún tenía sus grandes ojos color avellana y el cabello castaño. Un osito de palta de ley colgaba de una cadenilla alrededor de su cuello, y su jersey rojo vivo estaba adornado con un racimo de cometas que ondeaban a la brisa de marzo. Candy imaginó que debía de tener una cómoda repleta de jerséis apropiados para toda estación y ocasión festiva. En los viejos tiempos, Luisa hacía la ropa para sus Barbies.
Phil, el marido de Luisa, jugaba al fútbol con Anthony. Seguía tan delgado como en el instituto, aunque ahora tenía el aspecto bronceado y nervudo de un corredor de fondo. Durante el último verano del colegio, todos pasaron los fines de semana junto al lago, bebiendo la cerveza que les proporcionaba a escondidas uno de los ayudantes del restaurante local. Phil ya salía con Luisa entonces, aunque él había intentado besar a Candy. Como ella no quería estropear su amistad con Anthony, nunca le contó lo ocurrido, aunque sí se lo contó a Luisa y la hizo llorar.
Flammy seguía sin llevar maquillaje, y la cruz de oro visible entre el cuello abierto y su conservador vestido rosa era una versión más grande de la que llevaba en el instituto, cuando ella y Candy se apoderaron de la cocina de Ellie para hacer galletas. El hombre de pelo castaño y gafas debía de ser su marido.
- Candy - Flammy era demasiado religiosa para humillarla. Pero el que hubiese perdonado a la pecadora no significaba que tuviera la obligación de perdonar el pecado, y no quiso presentarle a su esposo. En cambio, fue directa hacia Terry y su saludo afectuoso no dejó lugar a dudas con respecto a sus lealtades.
Annie saludo con la mano a alguien que estaba en el salón. Había sido la primera amiga de Candy. Se habían conocido en el parvulario, donde -. según contaban sus madres, Annie había intentado arrebatarle un teléfono de juguete a Candy y ésta se lo había estampado en la cabeza. Cuando Annie rompió a llorar, Candy hizo lo propio y luego le dio su nuevo reloj de Miss Piggy para calmarla.
De todas las Sauces del Mar, Annie fue la que se sintió más traicionada por Candy cuando es dio la espalda para quedarse con Neil Leegan.
- Terry, cariño - Se apretó contra el profesor que casi la había suspendido por no ser suficientemente lista para contestar a sus preguntas fáciles del examen. Aunque ahora a Terry ya no parecía preocuparle que ella siguiera creyendo que Beowulf era un luchador de sumo. Ni siquiera le miró el vestido mientras le daba un abrazo cariñoso.
Candy al final tuvo que observar lo que no había querido ver: que Annie llevaba abrigo. Una chaqueta, en realidad. De lana marrón acolchada, demasiado gruesa para llevar dentro de la casa. Una prenda que la criada ha de llevarse para colgar. Annie se estremeció de placer al quitarse la chaqueta y lanzarla hacia Candy.
- Cuidado con ella. Es mi favorita.
Una docena de insultos pasaron por la cabeza de Candy pero no profirió ninguno, porque había dado la espalda a su más vieja amiga por un inútil fracasado llamado Neil Leegan.
Todos la siguieron con la mirada mientras se alejaba por el vestíbulo. La chaqueta que llevaba colgada del brazo pesaba media tonelada.
El timbre sonó de nuevo. CAndy siguió avanzando, No se permitió oírlo. Casi estaba a salvo.
- ¿Te importaría abrir, Candy? _ pidió Terry.
El terror le revolvió el estómago. Donde hubiera una Mar, pronto aparecían las otras.
El camino hasta la puerta fue interminable. Ya no quedaban Sauces del Mar en Lakewood. Las demás se habían mudado. Aunque algunos de sus novios seguían en la ciudad...
Abrió la puerta.
Le resultó tan familiar como si lo hubiera visto esa misma mañana aunque los años habían dejado su impronta y, al mirarle a los ojos, supo que el adolescente que ella recordaba no era más que una sombra del hombre en que se había convertido. Era aún más apuesto de lo que se había imaginado, seguro y refinado, su pelo rubio un tono más oscuro, pero sus ojos del mismo cálido color celeste. Su americana deportiva de espiga blanca y negra combinaba a la perfección con su camisa de discretas rayas. Ambas prendas eran de confección impecable y muy caras. A pesar de su asombroso atractivo, Candy no sintió la mordedura de la pasión. Ni asomo del deseo ardiente que le despertaba Terry Grandchester. En su lugar experimentó una mezcla de nostalgia y profundísimo arrepentimiento.
La chaqueta de lana de Annie le abrasaba el brazo. La pianista empezó a tocar una balada de Sting. La familia de Anthony era pobre,. comparada con la de Candy. Su casa era pequeña y atestada y sus coches, viejos, aunque a ella nunca le había importado. Incluso cuando él era un muchacho había sabido ver su valía. Al menos se podía conceder ese crédito. Por el otro lado, quizá su aprecio no fuera más que resultado de la atracción sexual.
- Hola, Candy.
Ella intentó pronunciar su nombre, pero se le quedó pegado en el paladar y sólo consiguió saludarle con un asentimiento. Dio un torpe paso atrás, para dejarles pasar. Porque, naturalmente, Anthony no había venido solo.
Susana había cambiado las perlas de Rose por un diamante engastado, y gemas a juego brillaban en su cabello rubio. Llevaba un entallado traje pantalón verde albahaca y una blusa de lentejuelas esmeralda. Esos colores apagarían la belleza de Candy, pero Susana había heredado la tez aceitunada de William y estaba radiante.
No mostró ni pizca de la satisfacción maliciosa exhibida por Annie y Patty. Cuando sus miradas se cruzaron, sólo dejó traslucir una profunda y fiera dignidad. Que todo el mundo viese que la réproba torpona se había convertido en un cisne muy hermoso, y muy rico.
Anthony rodeó los hombros de Susana con el brazo. Candy captó el mensaje.
Terry dio un paso adelante. De pie entre los dos hombres, Susana aparecía menuda y femenina. Candy había olvidado su talla pequeña . Ella y Terry intercambiaron besos en la mejilla.
- Susana, esta noche estás deslumbrante. Como siempre. Su sonrisa dio a entender a Candy que, por mucho que estimara a Annie y las demás Sauces del Mar, su amistad con Susana era más profunda.
- Temí que llegaríamos tarde. Anthony tuvo una emergencia en la fábrica.
- Problemas con el equipo de una línea _ explicó él_ . Ya está todo solucionado.
- Me alegro de oírlo. _ Terry y Anthony se dieron la mano con la naturalidad de dos hombres que se encuentran cómodos en mutua compañía. Ambos componían un cuadro de contrastes: Anthony era rubio y de facciones delicadas. Terry, moreno, adusto y enigmático.
Candy huyó.
Cuando alcanzó el cuarto lavadero estaba temblando. No volvería allá por nada en el mundo. Se iría para no regresar jamás. ¿Dónde estaba su bolso? ¿Dónde lo había dejado? ¿Dónde... ?
Te quiero, Candy mía. Y tú también me quieres. ¿Verdad?» Melany... Por un momento, se había permitido olvidar. La conservación de su orgullo no detendría las facturas pendientes de la residencia. Una vez más había alcanzado uno de esos momentos clave de la existencia. Albert hubiese dicho que esa velada le ofrecía una oportunidad de oro para demostrar de qué pasta estaba hecha.
- De vidrio, amor mío. Como las ventanas de papá.
- Deja de remolonear, amorcito, y haz lo que tienes que hacer.
- A ti te es fácil decirlo. Estás muerto.
- Pero tú no, y Melany depende de ti.
Embistió el cuello de la chaqueta de Annie con una percha. Casi podía percibir el dulce sabor de la venganza en la lengua de Terry. El esperaba que ella huyera, deseaba que ella huyera y, cuanto más permaneciera encerrada en el lavadero, más le satisfacía.
Se volvió hacia la puerta y respiró hondo. Había llegado el momento de pasar una prueba. Otra vez.
Continuará…
