Capítulo 10
Las personas embargadas de fuertes emociones tienen algo extremadamente vulgar.
GEORGETTE HEYER, El corintio
Candy entró en el salón con una bandeja de canapés y un puñado de servilletas de papel. Las Sauces del Mar irguieron las cabezas, aves de presa al acecho de su víctima. Estaban reunidas aparte, dejando que sus maridos cuidaran de sí mismos. Susana, la vieja réproba convertida en su actual líder, brillaba entre ellas tanto como los diamantes que lucía. Bebió un sorbo de vino de su copa. Ni fingía ignorar la presencia de Candy ni la miraba fijamente, como hacían las demás
Anthony estaba de pie bajo la arcada de la entrada, separado del resto y observando discretamente a Candy. Terry trataba de espolear el ansia justiciera que le impulsaba desde que ella volviera a Lakewood, pero no conseguía encontrarla. Verla obligada a coger el abrigo de Annie había sido más que suficiente para satisfacer su apetito de venganza. Ahora lo único que deseaba era terminar la velada, para olvidar a Candy y todos los estragos que ella había causado.
El rubor ardía en sus mejillas mientras cruzaba el salón pero, en lugar de evitar a las Sauces del Mar, como haría cualquier persona razonable fue directa hacia ellas. Terry percibió la predisposición negativa de ellas deslizándose hacia Candy como una nube radiactiva. Las había herido a todas, y no lo habían olvidado. Viéndola avanzar, Terry deseó que dispusiera de cierta munición para defenderse: los negros tacones de aguja que la había obligado a quitarse, uno de sus tops retractilados, la mariposa turquesa...
Candy tendió la bandeja a Annie.
- ¿Gambas?
Annie se llevó un dedo a la barbilla.
- Dame un minuto, ¿quieres? Intento imaginarme qué pensaría Rose si viese a su Candy ahora.
En lugar de borrar la sonrisa burlona de los labios de Annie con uno de sus comentarios mordaces, como habría hecho la vieja Candy, la rubia alta con la bandeja de gambas no respondió. Permaneció inmóvil, dejando que la examinaran como si le hubieran salido hongos.
Terry arrugó el entrecejo. ¿Por qué Candy no minimizaba las pérdidas largándose ahora mismo? ¿Tanto necesitaba aquel cuadro?
No se le ocurría otra razón por la que estuviera dispuesta a canjear su autoestima.
- ¿Son frescas las gambas? ó Luisa con altivez Como anfitrión, Terry debería sentirse ofendido, aunque aquello nada tenía que ver con él ni con las gambas. Le hubiese gustado que Candy lanzara un contraataque, pero no lo hizo.
- Por supuesto.
Luisa tomó una gamba y Annie, rebosante de dignidad cogió la copa medio vacía de Susana.
- Hay que rellenar la copa de Susana. Trae champán.
Terry había sido el artífice de todo aquello. ¿Cómo podía culparlas por su descarado despliegue de regodeo? Cuando tramaba su plan veía en él la manera perfecta de ajustar cuentas. La venganza de un caballero: directa al grano pero sin que la sangre llegara al río. .Ahora, embargo, su vieja amargura parecía un fotograma granuloso que llevaba demasiado tiempo proyectándose en su cabeza.
Candy pasó las servilletas a la mano que sostenía la y cogió la copa.
La sed de venganza se apagó completamente en la boca de Grandchester a quien embargó el viejo y destructivo deseo de matar dragones. Se colocó al lado de Candy.
- Yo me ocuparé.
Ella apartó la copa antes que pudiera tocarla.
- No se preocupe, señor Grandchester. Estaré encantada de hacerlo.
Puso rumbo al bar, la cabeza alta, la espalda erguida, una reina portando una bandeja de gambas.
- Bueno, bueno - Annie frunció el entrecejo, decepcionada por no haber conseguido reacciones más intensas.- Sigue siendo una malcriada
Luisa estiró el cuello para poder ver a Candy en el bar.
- ¿Habéis visto su cara cuando Annie le dio la copa de Susana? No se vosotras, pero ésta es la velada más divertida de mi vida
Flammy parecía preocupada.
- Quizás no debamos divertirnos tanto.
- Pásatelo bien ó Patty.- Mañana pedirás perdón en la iglesia.
- Nos borró de su vida de un plumazo ó Luisa-. En el instante en que pisó la universidad, nosotras dejamos de existir para ella.
- Por no mencionar lo que le hizo a Terry ó Flammy.
- Juró que era cierto - Annie se dirigió a Grandchester.- Pero nosotras nunca la creímos.
Terry ya había oído eso en otras ocasiones y no quería volver a oírlo.
- Agua pasada. Dejémoslo correr.
Se lo quedaron mirando pero, antes de reaccionar, Candy regresó con la copa de Susana. Ésta la aceptó sin mirarla siquiera, como si su hermana fuera invisible. Terry debería felicitarse. Aquélla era justicia de salón en su versión más refinada.
- He terminado de leer aquel autor chino que me recomendaste - Tenías razón. Disfruté mucho del libro.
Terry sintió una punzada de irritación. Susana sabía mejor que todas como es sentirse proscrita, y esperaba algo más de ella. Su propia hipocresía le asombró. ¿Acaso iba a culpar a Susana de lo que él mismo había puesto en marcha?
Candy se marchó a la cocina, y Terry se permitió relajarse un poco. Quizás tuviera el buen sentido de marcharse. Desde luego, la vieja Candy lo haría. Con espíritu deportivo, accedió a comentar la obra del autor chino. Su voz sonaba pomposa pero eso no le preocupó. Además qué demonios, él no era pomposo, dijera lo que dijese Candy. Sencillamente, le gustaba alentar a la gente a hablar de literatura,
- Es poco probable que lo lea, salvo que haya un hombre desnudo en la tapa -bromeó Annie.- Quizás hagan una película.
Todos rieron excepto Susana. Terry siguió su mirada y vio que Candy había vuelto de la cocina e iba directa hacia Anthony.
A Anthony le gustaban las fiestas con buena música y buena comida las fiestas en que los viejos amigos podían mezclarse con gente nueva e interesante, pero esta noche hubiera preferido no asistir. Al mismo tiempo, casi no había podido pensar en otra cosa. Por fin volvería a verla.
«Terry se lo restregará en la cara, esperad y veréis cacareado a Annie la última vez que estuvieron todos juntos. No sería humano si no lo hiciera.» Los demás aportaron alegremente sus opiniones, y sólo Susana permaneció callada.
No tuvo que ver a Candy para saber que iba hacia. Lo mismo ocurría en el instituto. Antes de torcer en una esquina, Anthony ya sabía que se la encontraría del otro lado.
«Te querré siempre.»
Apartó de la mente aquel susurro oxidado. No habían sido Romeo y Julieta, precisamente. Más bien Ken y Barbie, como solían llamarles los amigos para tomarles el pelo. Él se acurrucaba a sus pies como un cachorro enamorado, y ella era exactamente lo mismo que ahora una mujer nacida demasiado hermosa y demasiado rica para preocuparse de pequeñeces como la integridad.
- Hola, tú Candy con voz más ronca de lo que él recordaba.- Tengo algunas brochetas mediocres para hombres con buen apetito, pero ni te acerques a lo otro. Es tofu.
Anthony se volvió lentamente.
Aunque vestía con más sencillez que las otras mujeres, Candy conseguía hacerles sombra sólo con su porte. No obstante, había perdido el frescor de su juventud. Estaba demasiado delgada y la piel en torno a los ojos se veía tensa. Parecía una mujer un tanto usada. No desgastada, pero ya no nueva. Al mismo tiempo, nada podía ocultar su pedigrí de purasangre.
Ella le ofreció la bandeja que llevaba.
- Mira a quién tenemos aquí con voz sedosa.- Al Pez Gordo en persona - No hablaba con sarcasmo sino con afecto más como una madre orgullosa que como una ex novia infiel.
Anthony se sintió extrañamente desinflado y reaccionó con aspereza.
- No puedo quejarme. Me encuentro muy a gusto en el despacho de tu padre.
- Seguro que sí.- La sonrisa de Candy se tornó más generosa, matiz que sólo consiguió irritarle.
- Nunca se sabe cuándo la vida nos dará calabazas, ¿verdad, Candy?
- Ya lo puedes decir.
Anthony sintió una punzada, seguida de una marea de emociones confusas. No le gustó la expresión de afecto en los ojos de ella. Hubiera deseado algo más excitante. Incluso una dosis de angustia por todo lo pasado, y algo deseo lujurioso para calmar su ego aunque, considerando su torpeza adolescente, esto no era demasiado probable.
- He cambiado de opinión. Me duele. Sal.
Pero ya era demasiado tarde.
- Dios mío. Lo siento.
Ella se había reído.
- No importa. Probemos de nuevo.
Y eso hicieron. Una y otra vez, hasta que por fin les salió bien. Lo hicieron en el Camaro, sobre mantas a orillas del lago, junto a la caldera del sótano de los padres de Annie. Aun así, no era suficiente. Se habían prometido que, una vez casados, lo harían al menos tres veces por día " Te querré siempre.»
- Candy, quisiera hablar contigo un momento.
Anthony no se había percatado de la presencia de Terry y sintió ganas de protegerla al ver que su sonrisa se desvanecía.
- Lo siento, jefe. No tengo tiempo para charlar. He de servir estos canapés antes de que se enfríen.
- Olvídate de eso.
Pero ella ya se había alejado.
La pianista atacó una canción de Faith Hill. Terry miró con ceño la espalda de Candy. Anthony tomó un sorbo de cerveza y meneó la cabeza
- ¿En qué demonios estabas pensando?
Terry suspiró.
- Me pareció una buena idea, en su momento.
- No lo es.
- Dime algo que no sepa ya.
La sensación de desastre inminente se fue agudizando mientras Terry observaba a Candy moverse por el salón con la bandeja. Ted Willowby no podía quitarle ojo, y el muchacho del bar hacía el ridículo cada vez que ella pasaba por allí para rellenar las copas. Candy ofreció una servilleta a la bibliotecaria en jefe de la universidad y llevó una copa a Charíse Leary. Después se puso la máscara, de fría indiferencia y fue directa hacia las Sauces del Mar.
A Terry el whisky se le removió en el estómago. Ella se quebraría antes que doblegarse un ápice. Tuvo ganas de sacarla a rastras del salón y quitarle su obstinación a besos.
- Aún se cree la dueña del universo ó Anthony.
Pero Candy ya no era la adolescente cáustica que ambos recordaban. Terry quiso decírselo a Anthony pero, consciente de que él mismo apenas empezaba a darse cuenta de ello, se abstuvo.
Oyó una exclamación contenida y volvió la cabeza justo a tiempo; de ver a Patty volcar su copa de vino tinto encima de la blusa blanca de Candy.
Candy huyó al dormitorio de Terry. No iba a permitirles que la hicieran llorar. En su vida ya había derramado lágrimas de compasión suficientes para ahogar a una cabra, y lo único que había conseguido era un cero patatero. El vino que empapaba su blusa parecía sangre recién vertida. Se obligó a respirar hondo y acompasadamente, pero no logró deshacer el nudo que le cerraba la garganta. Ya podía llamar las cosas por su nombre. El nudo nacía de la vergüenza. Hay una gran diferencia entre saber que la gente te odia y ver el odio en sus caras.
En el baño encontró pañuelos de papel para sonarse la nariz No iba a huir. Las Sauces del Mar ya podían arrancarle la piel a mordiscos, ella no pensaba irse a ninguna parte. Se sentía como el muñeco contra el que los niños descargan puñetazos. Por muchas veces que la derribaran, ella volvería a ponerse en pie. ¿O no?
No se sentía con ánimos de levantarse mientras se quitaba la blusa y se limpiaba el pecho con la toalla de Terry. El vino había dejado una mancha roja en su sujetador, y eso ya no tenía remedio. Lo cierto es que pocas cosas tenían remedio. Se sentía tan frágil como el castillo de azúcar que una vez decorara el pastel de su octavo cumpleaños.
Terry entró en la habitación.
- Sal de aquí - le ordenó ella y entró en el vestidor.
Grandchester no replicó que aquélla era su habitación. Se detuvo justo pasado el umbral del vestidor, en el mismo lugar que había ocupado ella unas horas antes mientras él se vestía.
- Quiero que vuelvas a la cochera ahora mismo - le dijo, con una consideración que dolió más que las hostilidades del salón.
- No me digas. - Rebuscó entre las camisas de él.
- Es más que suficiente.
- Todavía no me han hecho sangre - Descolgó una camisa blanca de su percha y se la puso.
- No quiero tu sangre, Candy.
- Oh, sí la quieres, hasta la última gota. Y ahora quítate de en medio - Quiso salir pero él la agarró del brazo y la obligó a alzar la vista.
Normalmente, a Candy le gustaba mirarle, pero ahora aquellos ojos arrogantes expresaban una compasión que la indignaba.
- Quítame las manos de encima.
Grandchester relajó los dedos pero no la soltó, y sus palabras cayeron sobre ella, frías y ligeras como copos de nieve:
- ¿Es que tengo que echarte físicamente?
Candy contuvo el impulso de ocultar la cara en su cuello.
Si Grandchester quería volverse sensible, era su problema; ella no pensaba seguirle el juego
- Eso mismo señorito - Se apartó de él - Tienes que echarme, porque es la única forma de conseguir que me vaya.
- Esto no es una pelea.
- Díselo a ellas, Mejor aún, dilo a ti mismo - Trataba, furiosa, de abrocharse la camisa
- Me equivoqué ó él, y prosiguió con la misma voz de Padre Amador.- Vete a casa. Quedas despedida. Iré a primera hora de la mañana para darte un cheque.
Un cheque suculento, estaba segura.
- Tú y tu peculio de la lástima podéis ir al infierno, vuestra merced. La invitada de honor no se marcha a mitad de la fiesta.
- Había planeado esta fiesta antes de contratarte.
- Pero no habías previsto la diversión. Esperaste mi llegada para eso.
Él no lo negó. Cada vez que Candy le había preguntado por los invitados
Había evitado darle una respuesta concreta.
- Permíteme – le apartó las manos de los botones - Te estás haciendo un lío.
- Puedo hacerlo sola.
- Desde luego. Como todo - Candy intentó retroceder pero él la retuvo con firmeza. Sus manos empezaron a recorrer la hilera de botones, desabrochando los que estaban mal abrochados y abrochando el resto.
- Crees que no necesitas a nadie. Porque eras la tía más dura de la ciudad.
- Créetelo
- Armada y peligrosa. Y que todos sepan lo dura que eres
- Mucho más que las comadrejas como tú- replicó ella.
- Sin duda
Terry arqueó una ceja
Me gusta pensar que poseo cierta sensibilidad femenina
- Apuesto a que llevas braguitas de encaje
- No creo que me entren
Sus manos llegaron a la altura de sus pechos y el dorso de los dedos rozó la suave curva, enviándole pequeñas descargas de excitación por toda la piel. Esta sensación la asustó más que la idea de volver al salón. Grandchester exudaba la misma fuerza varonil que la había derrotado en el pasado.
Pero esta vez no. Pasará lo que pasara.
Se apartó de él y empezó a anudar las puntas de la camisa en la cintura.
- Desde luego, no he visto mujeres por aquí. ¿Cuánto hace no tienes una cita? Con una mujer, quiero decir.
- Estoy pasando una temporada sabática.
- Es lo que dicen todos antes de empezar a vestir santos.
- Ve a casa, Candy. Ya les has demostrado de qué pasta estás hecha. No necesitas nada más.
- ¿Por qué dejar una fiesta justo cuando se pone interesante?
- Porque esta fiesta en particular te está destrozando el corazón.
- No podrías estar más equivocado, macho. He enterrado a mis padres y a un par de maridos. Esto no me afecta en absoluto, salió del vestidor y se dirigió a la puerta del dormitorio.
Esta vez Grandchester no intentó detenerla.
Terry no había previsto que las cosas podían empeorar, y fue un error. Candy no pensaba retroceder. Con la máscara de desapego cordial bien puesta, siguió sirviendo bebidas y pasando la bandeja con los hors d'oeuvres. Cuando ya no soportó seguir observándola, le quitó la última bandeja de las manos, ganándose una sonrisa melindrosa y un gesto de desaire.
Cuando la había visto en el vestidor, el sujetador blanco manchado de vino, ni siquiera el deseo que le despertaba pudo disimular el desprecio que sentía por sí mismo. Grandchester se movía por el salón tratando de concentrarse en sus deberes de anfitrión. Todos los que estaban allí le habían ayudado a escribir Reflexiones, de una manera u otra. Las bibliotecarias, los historiadores... Susana le había hecho la crítica de su manuscrito cuando necesitó una mirada diferente. Jewel y Aaron Laery le habían facilitado el acceso a la población negra de la ciudad y la comprensión de la forma de pensar de sus miembros más ancianos. Las sauces del Mar le habían ayudado a separar los hechos de las habladurías.
Vio a Susana de pie junto a una de las mesillas dispuestas en el solario Estaba contemplando la oscuridad del otro lado de los ventanales. Detrás de la isla central que dividía la cocina, Candy y el proveedor daban los últimos toques a las bandejas con la cena. Anthony y las Sauces del Mar habían ido al solario, acompañados de algunos invitados más, pero Susana se había alejado de todos. Parecía pequeña comparada con Candy, aunque menos indefensa.
- Una fiesta inolvidable cuando Terry se le acercó.
Él hizo un esfuerzo fútil por distanciarse de la crueldad que había puesto en marcha:
- Ya la había planeado antes que ella volviera a Lakewood.
- Lo sé
A diferencia de la mayoría de las mujeres, a Susana no la incomodaban los silencios en medio de una conversación, pero esa noche su silencio ponía nervioso a Terry, quien finalmente optó por cortarlo:
- Patty no debió tirarle el vino encima.
- Tienes razón. Pero me encantó, Terry. Mentiría si dijera que no disfruté de cada gota - Él lo comprendía, y esto sólo le hizo enfadarse más consigo mismo.
El editor entró en el solario. La buena disposición de una editorial no se debe tomar a la ligera, ni siquiera por uno de sus autores más relevantes y Colin debía acercársele para darle conversación. En cambio, se limitó a observar cómo Candy llevaba una ensaladera al comedor.
- Sucedió hace mucho tiempo ó.- Éramos todos unos críos. ¿Se te ha ocurrido alguna vez olvidarlo todo? - Supo que había metido la pata incluso antes de oírla contener la respiración.
- Influye en ti, ¿verdad? Como influye en todos los hombres que se acercan demasiado a su telaraña.
- Claro que no.
La expresión de Susana le dijo que no se lo creía. Ni siquiera él se lo creía. Recordó la oleada de calor que le había invadido mientras abrochaba la camisa que Candy le había cogido del armario.
- Siempre pensé que serías la única persona inmune a ella – dijo Susana.
- Todos tenemos cosas turbias en nuestro pasado. Su presencia aquí me ha hecho ver que llega un momento en que debemos dejarlas atrás y seguir con nuestras vidas.
Susana se llevó la mano al diamante solitario que le colgaba del cuello.
- ¿Crees que yo no he seguido adelante con mi vida?
- Estoy hablando de mí ó él con cuidado.
- Mejor para ti, si estás dispuesto a superar las acusaciones de agresión sexual. Yo no he avanzado tanto.
- Susana...
- Convirtió mi vida en una pesadilla, Terry. ¿Sabías que solía vomitar antes de ir al colegio y que luego me atiborraba de porquerías para sentirme mejor? Ella nunca perdía la oportunidad de humillarme. En el instituto, planificaba por qué pasillos pasar para no cruzarme con ella. Sólo tenía que mirarme para que yo empezara a dar traspiés. Si alguna chica daba señales de buscar mi compañía, Candy le decía que sólo las perdedoras andaban con Susana Marlowe. Era mala, Terry y esa maldad no desaparece, forma parte del carácter de la persona. Si crees que ella ha cambiado, me das lástima. Y ahora discúlpame no he tenido la oportunidad de charlar con Charise.
Grandchester reprimió las ganas de seguirla. El lunes pasaría por la tienda para calmar las aguas. Para entonces habría superado la necesidad que sentía de defender a Candy. Para entonces no se sentiría tentado de señalar que las cosas tampoco pudieron ser fáciles para ella, verse obligada a ir al mismo colegio que la hija ilegítima de su padre y tener a alguien como Rose como modelo. Quizá Candy no hiciera más que luchar de la única manera que sabía.
Más invitados llegaron al solario, atraídos por el olor a comida. Las Sauces del Mar rodearon a Frank, y Terry las oyó preguntar si conocía buenos libros de dietas y si conocía a Reese Witherspoon en persona. Candy se le acercó, pero su deferencia no le engañó ni por un instante.
- Disculpe la interrupción, señor Grandchester, pero la cena está lista. Sus invitados pueden ir al bufé.
Para enfatizar su actitud servil, llevaba uno de los delantales del proveedor en la cintura. Terry quiso arrancárselo, arrancarle toda la ropa y llevarla de vuelta al dormitorio.
- Ya has hecho bastante. Sírvete un plato y siéntate con nosotros.
Las Sauces del Mar le oyeron. Giraron las cabezas como buitres. Susana irguió la espalda y Anthony se dirigió al bar. Pero las hogueras que ardían en los ojos de Candy le decían que no debía esperar notas de agradecimiento en el futuro próximo.
- Es usted un encanto de jefe, preocupándose por los miembros de la servidumbre, pero ya me he atiborrado de hors d'oeuvres. Sería incapaz de probar un bocado más.
Santo Dios, Rose había vuelto de la tumba.
- ¿El señor necesita algo más? ó Candy, desafiándole con la mirada.- Estaré encantada de proporcionárselo - Le estaba despreciando, como había hecho con sus ex maridos, y la cabezonería irlandesa heredada de su padre despertó en Grandchester.
- Puedes deshacerte de ese maldito delantal y venir a cenar con nosotros.
Los invitados que no eran de Lakewood les escuchaban extrañados, pero las Sauces del l Mar comprendían, y siseos de desaprobación salieron de sus picos. Mañana todo Lakewood estaría al tanto de su traición. Mucho antes incluso. Les cosquilleaban los dedos de las ganas de sacar sus teléfonos móviles y ser las primeras en informar al mundo que Terry Grandchester se había unido a las fuerzas del mal. Candy tuvo el valor de darle palmaditas en el brazo.
- Ya te ha vuelto a equivocar de medicamento, corazón. Mañana mismo llamaremos a tu psiquiatra y todo quedará aclarado - Tendió la mano para coger la copa de vino de Aaron Leary, que estaba vacía. Permítame señor alcalde, así tendrá ambas manos libres para el bufé.
Y se alejó sus garras goteando sangre de Terry Grandchester.
Frank se le acercó
- El drama vivo de la vida en una pequeña ciudad del Sur. Deberías escribir un libro.
- Excelente idea.
Frank miró hacia el comedor.
- Es tal como la describiste. ¿Por qué no me dijiste que había vuelto?
- Las cosas se han complicado.
- Quizá podamos tener una trilogía sobre Lakewood.
A Terry no le costó interpretar su expresión esperanzada. Último apeadero había representado el mayor éxito editorial de la carrera de Frank, y Reflexiones prometía ser mejor. Frank prefería un tercer libro sobre Lakewood, en lugar de una larga novela sobre tres generación; irlandesas e inglesas.
Frank se resistió cuando Terry quiso conducirle hacia el bufe puesto en el comedor.
- Aún no. Las Sauces del Mar acaban de entrar. Esas mujeres dan miedo.
- Imagínate cómo eran bajo el liderazgo de Candy.
- No tengo que imaginármelo ó Frank.- He leído Reflexiones.
Nadie más lo había leído, sin embargo, y Terry se preguntaba como reaccionarían los ciudadanos de Lakewood a este segundo libro sobre su ciudad, cuando tantos de sus protagonistas aún seguían allí. Miró también hacia el comedor.
Las Sauces del Mar prefirieron cenar en las mesillas del solario Cuando todos los invitados estuvieron servidos, Terry disimuló su falta de apetito haciendo la ronda por las otras mesas. Al final, regresó al solario y se apostó junto al mostrador con un plato que no tenía ganas de comer y con la vana esperanza de poder, de alguna manera misteriosa, controlar los acontecimientos desde aquella posición elevada
- Se me ha olvidado la servilleta Luisa.- Tráeme una, Candy.
- Quiero otro de estos deliciosos rollos. Asegúrate que esté a caliente.
- Llévate este plato sucio. Ya he terminado.
En cuanto realizaba un recado, las Sauces del Mar la enviaban por otro. Y ella lo permitía. Ni se deshacía en prisas ni las envió a tomar por saco.
- Tráeme una toallita húmeda. Tengo las manos pegajosas,
- A ver si encuentras el molinillo de la pimienta. Seguro que hay uno.
Ni siquiera Flammy pudo resistir la tentación de unírseles, a su manera particular, y Terry la oyó susurrar:
- Jesús puede lavar los pecados de todos, Candy, incluso los tuyos. Entrégate a su piedad
Terry apartó su plato con la intención de poner fin a aquella tontería, pero Candy detectó su movimiento y le dirigió una mirada que no solo ponía en duda su virilidad sino su propio derecho de existir en este mundo. Con resignación, Grandchesterno se movió y se preparó para lo peor.
Continuará…
