Capítulo 11

No creo _ dijo lord Bromford después de someter el tema a su seria consideración_ que uno deba sacrificar sus principios para satisfacer los caprichos de su mujer

GEORGETTE HEYER , LA GRAN SOHPY

Susana dejó probar a Anthony un bocado de su tarta de kiwi antes de pasar a la acción. Cuando Candy empezó a recoger los platos Susana alzó la voz discretamente:

- Ay, Señor, se me ha caído el tenedor debajo de la mesa. Me apartaré, Candy, para que puedas recogerlo. Se apartó de la silla y dio un pequeño paso a un lado.

Terry comprendió la jugada de inmediato. Susana había elegido algo nimio, insignificante, pero que lo simbolizaba todo, para recuperar el tenedor, Candy tendría que ponerse de rodillas ante Susana.

No sabía si Candy pensaba complacerla ni quiso esperar a averiguarlo. Se apartó del mostrador como un resorte, sólo para ver que el marido de Susana se le adelantaba.

- Permíteme - dijo Anthony.

La boca de Susana se torció y, por primera vez, pareció más vulnerable que Candy. Ésta miró a Anthony una fracción de segundo antes de dar un paso atrás. Lentamente, él se apoyó sobre una rodilla a los pies de su esposa, buscó debajo de la mesa y cogió el tenedor que sin duda, Susana había empujado hasta allí con el pie.

Terry miraba a las dos mujeres alternativamente. Siempre le habían fascinado los arquetipos literarios, pero, si alguien le hubiera preguntado cuál era la valiente Cenicienta y cuál la malvada hermanastra no le habría sido fácil responder.

La velada avanzaba lentamente. Aunque él se sentía desdichado, sus invitados parecían estar divirtiéndose y eran ya las once pasadas, cuando, por fin, empezaron a despedirse, uno tras otro.

Las manos de Susana no estaban del todo firmes cuando se puso el corto camisón de encaje negro. Era uno de los muchos que tenía, de colores distintos. Anthony entró en el dormitorio sin su americana informal. Sin duda la había dejado tirada sobre el sillón, en la planta baja.

Aún estaría allí cuando volvieran de la iglesia a la mañana siguiente.

Anthony no esperaba que Susana recogiera sus cosas. Sencillamente, no se daba cuenta de cuántas cosas dejaba tiradas por todas partes.

- Mira esto. Él le mostró un arrugado póster de un cachas con el torso desnudo, que lucía dos piercings en los pezones mientras una mano femenina asomaba entre sus muslos para cerrarse sobre su entrepierna - Lo encontré pegado en el interior de su puerta cuando entré para ver cómo estaba. Ya sabe cuánto odiamos esos pósters. Por eso sigue colgándolos. Si es rebelde ahora, ¿qué pasará cuando tenga dieciséis?

Susana no verbalizó su temor más profundo, que la genética seguiría su curso y Gigi terminaría como Candy: egocéntrica, vengativa y sexualmente activa a una edad demasiado temprana,

Anthony tiró el póster en la papelera y fue hacia el armario. No hizo ningún comentario sobre el camisón negro de importación, aunque ¿porqué habría de hacerlo ? Susana tenía una vasta colección de prendas de dormir sexy, y él la veía con una de ellas -o sin una de ellas- casi todas las noches. A veces, ella tenía ganas de tirarlas todas a la basura e ir al mercadillo a comprar unos cómodos pijamas de algodón,

Mientras Anthony seguía su rutina de antes de acostarse, Susana se deslizó entre las sábanas y abrió el libro que había dejado en la mesilla de noche, aunque no se esforzó en fingir que leía. La remordía el feo recuerdo de Anthony arrodillado a los pies de Candy. Había cometido un terrible error de cálculo. Había obligado a su marido a tomar partido y él lo había tomado por la persona equivocada.

Sus propios celos la ponían enferma. Anthony se había fijado en Candy toda la noche. Fue discreto en su observación, pero no puedes vivir con un hombre tanto tiempo sin llegar a saber qué está pensando, Esta noche, Susana tenía que hacerle el amor hasta dejarlo tan exhausto que no fuera capaz de recordar a Candy. «Dámelo, amor …" Como una estrella porno de tercera. Pero la sola idea de los giros, gemidos y el revoltijo le provocaban hastío y resentimiento.

Anthony terminó con el baño y se metió desnudo en la cama. Se volvió de costado para mirarla. Bastaría con rozarse contra él para provocarle una erección. Anthony tendió una mano para acariciarle el pelo y luego pasó un dedo por debajo del tirante del camisón y le rozó un pezón «Dámelo, amor mío...» Susana se lo debía todo, pero optó por dejar el libro sobre la mesilla, como excusa para apartarse de él. Y entonces dijo algo absolutamente extraordinario:

- No me encuentro bien. Creo que esta noche dormiré en la habitación de invitados.

Los ojos celestes de Anthony se llenaron de preocupación.

- ¿Qué te pasa?

_ Tengo el estómago un poco revuelto - Susana apartó las sábanas y bajó las piernas de la cama. No quisiera despertarte en mitad de la noche.

Él le frotó la zona lumbar.

- No me importa.

- Ambos dormiremos mejor así.

Se levantó sin darle un beso de buenas noches. Estaba asombrada, de sí misma. Hoy, de todas las noches, cuando más necesitaba mostrarse seductora, ni siquiera era capaz de besarle. Se sentía harta él. Harta de su gallardía, de su comportamiento impecable, de su solicitud sin fin. Harta de sentirse la segundona. Y, por encima de todo, estaba harta de fingir que Anthony le gustaba, cuando no era verdad. Le quería, sí. Le quería con toda el alma. Eso jamás cambiaría. Pero, ahora mismo, no quería verle ni en pintura. Cogió su bata de los pies de la cama.

- Por la mañana, Gigi montará una escena para no ir a catequesis

- Lo dejo en tus manos.

Anthony se incorporó sobre un codo y la miró con curiosidad.

- De acuerdo.

Susana se dijo que más le valía no pronunciar ni una palabra más e irse a la habitación de invitados y cerrar la puerta antes de echarlo todo a perder.

- Compraré unos pijamas.

- No uso pijamas _ repuso él.

- Para mí.

Él le dedicó una de sus sonrisas sexy patentadas.

- Me gusta lo que llevas ahora.

- Pero a mí no.

La sonrisa se borró de la cara de Anthony.

- Estás cansada.

Cansada y hastiada. Y él sabía por qué, aunque no quisiera admitirlo Antes fingiría no conocer la existencia de ese fantasma que se había cernido sobre ellos los últimos catorce años, como fingía ella misma, porque su matrimonio era frágil como la cáscara de un huevo y ninguno de los dos quería arriesgarse a romperlo.

- Cansada, sí. -. Logró esbozar una sonrisa temblorosa.- Te haré crepes para desayunar - Como si una pila de crepés pudiera arreglar lo que fallaba entre ambos. Susana apagó la luz y se dirigió a la puerta.

- ¿Te apetece que te frote la espalda? _ preguntó Anthony.

-No. No me apetece en absoluto. _ Y salió del dormitorio.

Colin entró en la cocina y vio a Candy de pie encima de un taburete, guardando una bandeja en el armario sobre la encimera. Era la una de la madrugada, el proveedor ya se había marchado y ella estaba claramente agotada, aunque aún no había terminado de demostrar que podía aguantar lo que Terry le echara. ¿Qué hombre intentaría quebrar un espíritu como éste?

- Estás muerta de cansancio. Vete a casa.

Candy miró a su perro.

- ¿Qué hace aquí Gordon?

- He ido a la cochera para dejarle salir y me ha seguido hasta aquí,

- Se ha comido una de sus correas.

- Me odia.

- Los perros no odian a sus amos. Iría contra el orden natural del universo

- Según tú - Bajó del taburete y, al cogerlo para devolverlo a su sitio Terry vio las ojeras debajo de sus ojos, negras como hematomas.

- Deja el maldito taburete donde está. Mañana me ocuparé de lo que quede por hacer,

Ella apoyó el taburete en la cadera y le miró con burla indisimulada.

- Mírate. La culpa rezuma de cada uno de tus poros. No te echaras a llorar, ¿verdad? Eso me superaría, la verdad.

- Intentaré contener las lágrimas. Ahora vete a la cama. Por la mañana te extenderé un cheque.

- Ya lo creo que sí. Y me pagarás el doble por las horas extra. Aunque dos veces nada, sigue siendo nada. Dios, eres tan tacaño. Si no gastaras tanto dinero en perfumes caros y en discos de Barbara Streisand quizá podrías pagarme lo que valgo.

- Querida, ni siquiera yo tengo tanto dinero.

Sus palabras la dejaron helada. Terry tuvo la satisfacción de verla parpadear y luego fruncir el entrecejo mientras buscaba la ofensa encubierta. Aprovechó más su ventaja:

- Sé que te sentirás decepcionada, pero esta noche ha sido la última. Estamos en paz. Me he vengado oficialmente de tu mentira adolescente.

Ella alzó la mirada al techo, de vuelta al ruedo.

- ¿Me estás diciendo que esta poca culpa basta para que te retires con la cola entre las patas? Y te llamas un hombre.

Seguramente había estado leyendo demasiadas novelas eróticas victorianas, porque de pronto tuvo ganas de tumbarla sobre un sillón y... hacer algo muy malo.

Candy se acomodó en uno de los taburetes delante de la encimera y apoyó un talón descalzo en el travesaño.

- Creo que nunca te lo he dicho - Ladeó la cabeza en actitud de falsa ensoñación .- La noche que pergeñé aquella mentira sobre ti, lloré auténticas lágrimas.

- No me digas. -Ella se estaba haciendo daño, Terry lo intuía pero no sabía cómo impedírselo. Además, sus días de querer rescatar a damas en peligro habían quedado atrás.

- Verás, aquel día tuve un accidente con el Cámaro (las señales de stop siguen sacando la rebelde que hay en mí) y temía que papá me quitara las llaves del coche. Así que no fue sólo el odio que te tenía lo que me hizo mentir.

- Es tarde, Candy, y estás cansada.

- Fue divertidísimo. Nada más decir que habías intentado manosearme, Rose olvidó por completo el lateral abollado, y papá también. Ni siquiera me hicieron pagar la reparación con mi semanada. Aún me río cuando lo recuerdo

No tenía aspecto de reírse. Se la veía exhausta y reventada. Terry se le acercó.

- Eras una niña, y una niña muy malcriada. Deja de castigarte ya.

Debería haber sabido que la compasión era un error. Candy se levantó del taburete siseando como una serpiente.

- Pero si eres la caridad cristiana en persona. Destilas compasión y perdón. No necesito tu lástima, señor Grandchester. No necesito...

- ¡ Ya basta! - Con un rápido movimiento, la levantó en brazos y la sacó de la cocina. La lucha consigo mismo había terminado. Toda la velada les venía conduciendo a esto: ahora la llevaría a su habitación y la depositaría en la cama y le haría el amor hasta que ambos quedaran sin sentido.

- Vaya, vaya... -. Candy le miraba con ojos cansados y voz provocadoramente arrastrada.- Esto ya se entiende más, grandullón.

Grandchester se detuvo en seco.

- ¿Qué ocurre, milord? ¿Ya no le parece tan buena idea? -. Se burlaba de él con su expresión de coquetería cansina.- ¿Acaso temes no poder satisfacer las necesidades de una chica?

El sexo y el descaro eran las únicas armas que le quedaban para desquitarse, Terry lo comprendía, como también que su amabilidad debía de ser como un veneno lento para aquella orgullosa sangre sureña.

Se estaba comportando como un hombre cínico excitado más allá de su capacidad de resistencia. Sin embargo, otra había tenido un espíritu romántico, y eso le ayudó a encontrar fuerzas para dejarla en el suelo. Después, ya que algún premio se merecía por su contención, le dio un beso largo y profundo.

Ella respondió como una seductora. Le dio la lengua, gimió con cada aliento y restregó las caderas contra las suyas, todo falso, todo destinado a darle a entender lo que podía hacer con su compasión. Aun así a Terry la sangre le palpitaba en las ingles y su cuerpo pedía más. Necesitó todo su autodominio para no sucumbir, pero mantuvo los labios suaves y receptivos, y le dio tiempo para descargar su ira. Poco a poco, el frotamiento cesó y Candy retiró la lengua de su boca. Se apretó contra él, relajada y cálida. Terry sorbió sus labios. Sabían a terciopelo.

Candy sintió la delicada succión de la boca de Grandchester y supo que la había desarmado, y estaba demasiado agotada para seguir luchando. Él estaba muy excitado y la sorprendió darse cuenta que ella también. Su cuerpo había cobrado vida bajo las capas de cansancio. Terry sabía a salud y vigor, a esa especio de potencia masculina que, ella casi había olvidado que existía. Su beso se hizo más profundo. Candy sentía los músculos fibrosos, la fuerza de su cuerpo. Entreabrió los labios y la lengua de él se deslizó en su boca. Le rodeo el cuello con los brazos. Él jugueteaba y la acariciaba. Oyó su propio suspiro cuando Terry dejó de besarla para levantarla de nuevo en brazos. Sin embargo, en lugar de dirigirse a las escaleras, la llevó a través del vestíbulo y la reacomodó entre sus brazos para poder abrir la puerta principal.

- Esto es lo más difícil que he hecho en mi vida- dijo apretando los dientes- , pero cuando hagamos el amor (y créeme cuando te digo que lo haremos) será un acto de placer, no una maldita pelea para ver quién queda de pie al final.

Fuera hacía frío. Candy apoyó la mejilla en la pechera de Grandchester, cuyo ritmo de la respiración no varió mientras cruzaba el césped con ella en brazos y Gordon abriéndoles camino.

- Además -. prosiguió él.- estarás descansada. Y .- la apretó contra sí -. más amable.

- Has bebido más de lo que creía – Candy bostezó y cerró los ojos - Vamos, reconócelo. Te doy miedo.

- Terror sería una palabra más apropiada - Ella se apretó más contra su pecho.

- Desde luego soy un mal bicho.

- La peor de mis pesadillas.

La puerta de la cochera se atascaba, y Grandchester tuvo que dejarla en el suelo para poder abrir. Una vez dentro, volvió a besarla, aunque apenas rozándole los labios, como si no confiara en sí mismo. Fue entonces cuando Candy se dio cuenta de que no era broma que la dejaba. No quería que se fuera pero tampoco se le ocurría cómo decirle que se sentía sola, perdida, y que necesitaba su presencia.

- No tienes idea de lo difícil que me resulta esto Grandchester.- así que no esperes cordialidades cuando venga a verte por la mañana

- ¿Quién ha dicho que estás invitado?

- ¿Quién ha dicho que necesito una invitación?

Esta vez, al marcharse, se llevó el perro consigo.

Candy apenas consiguió arrastrarse hasta el dormitorio. Dejó la ropa en el suelo y de algún lugar sacó fuerzas para lavarse los dientes, pero sería demasiado pedirle que hallara energías para analizar sus sentimientos confusos.. Se dejó caer en la cama,

Antes de quedar dormida, les oyó. "... Candy... Candy….Candy….

Al principio pensó que era un sueño pero, al darse la vuelta, las voces sonaron con más fuerza. "... Candy...Candy…Candy"

- Cybby Bpwmar y sus amiguetes borrachos estaban allí fuera Llamándola como hacían en el instituto.

" Serás una mujer que recordarán», le había dicho Rose.

Se cubrió la cabeza con la almohada y se quedó dormida.

A Susana la despertó el ruido que hacía Anthony al ducharse. Poco después le oyó despertar a Gigi para ir a catequesis, y la protesta previsible de la chica.

- Papá me expulsaron ¿Lo recuerdas?

- No de la Iglesia

- ¿Dónde está mamá?

- No se encuentra bien

- Yo tampoco.

- Vístete.

Susana estaba medio dormida. Percibió el lejano aroma del café, el tintineo de los platos en la cocina, el golpe de un portazo, el motor de un coche que se alejaba... La vida que seguía sin ella. Finalmente, se despertó lo suficiente para levantarse de la cama. - Pasó por encima del camisón negro que había sustituido la noche anterior por una vieja camiseta de Anthony y unos pantalones de chándal rosa que había guardado en el armario para llevarlos a la recogida de ropa vieja de la iglesia. Se dirigió al cuarto de baño y consiguió lavarse los dientes, aunque no se sintió capaz de una ducha. Se contempló en el espejo: ojeras, semblante pálido, pelo aplastado a un lado de la cabeza.

Su vida se estaba deshilachando como los fondillos del chándal rosa, hilo tras hilo.

- ¿Te encuentras mejor?

Dio un respingo al ver el reflejo de Anthony en el espejo, por encima de su hombro. Llevaba pantalones de faena y la sudadera Old Navy que Gigi le había regalado por Navidad.

- Creí que te habías ido.

- Estaba preocupado por ti y pedí a Patty que llevara a Gigi a la iglesia con ellos. ¿Cómo va eso?

- Bien - Susana sintió la llamada de la cama de invitados un lugar aislado donde no podría herir a ninguno de los dos. Quería arrastrarse hasta la cama y esconderse bajo las mantas.

- Esta tarde tenemos el concierto. La recepción. ¿Podrás hacerlo?

- Estaré bien.

Anthony cruzó los brazos y se apoyó contra la jamba de la puerta. Ella sabía por qué se había quedado en casa en lugar de ir a la iglesia. Quería compensarla por lo de la cena. Las cosas siempre les resultaban tan fáciles a Candy: su belleza, su encanto, su habilidad de hipnotizar hasta al más decente de los hombres, incluso a Terry. En cuanto a Anthony... Le bastó una mirada para verse arrollado por un cargamento entero de posibilidades perdidas.

A Susana la ahogaba la furia. Había sacrificado la esencia misma de su ser en un vano intento de competir con el fantasma de una adolescente malcriada. Sentía tanto asco de sí misma que no lo soportaba.

Anthony consultó su reloj.

- Gigi aún tardará en volver. ¿Por qué no... ?

- ¿No puedes pensar en otra cosa que no sea sexo? - Las palabras emergieron de su garganta como arrastradas por un géiser prehistórico.

Si le hubiera abofeteado, Anthony no habría parecido más humillado El geiser borboteó y se desinfló bajo el peso de la culpa.

- Lo siento. Ay, cariño, Anthony, lo siento mucho no quería decir eso.

Pero no bastaba con una disculpa para remediar las cosas. Los cálidos ojos castaños de Anthony se tornaron glaciares

- Iba a sugerir que te vistieras para ir a la panadería y comprar buñuelos de cereza que tanto te gustan.

La injusticia de su propio arranque la puso enferma, pero la ira que ardía en su interior no quería desaparecer. Toda la vida había creído que no se merecía nada mejor que las migajas y ya estaba harta. Respiró hondo para serenarse

- Lo siento.

- No sólo pienso en el sexo, ¿sabes?

- Ya lo sé. Es que... no me encuentro bien –Se sujetó el vientre tratando de contener la fuerza del geiser.- Espera que me arregle e iré contigo.

- Olvídalo. Tengo que revisar unos documentos. - Anthony dio un paso y se detuvo. Un rayo del sol matinal proyectó sombras en su cara y por un momento, pareció un completo extraño.- Si estás enfadada por lo de anoche, ¿por qué no lo dices claramente, en lugar de montar todo un drama?.

El geiser rugió.

- No estoy enfadada.

- Candy se merecía el despecho, pero lo que ocurrió fue mucho más allá. Os comportasteis como unas crías, y no quiero tener nada que ver con eso.

- Imagino que no. - El geiser hervía en su interior, buscando un resquicio por donde erupcionar.

- ¿Cuándo vas a olvidar el pasado?

- ¿Cómo tú?

- Sí, demonios.

- ¡No pudiste apartar los ojos de ella! En toda la noche. Cada vez que te miraba, la estabas observando

- Alto ahí - Anthony levantó una mano admonitoria - Hablaremos de esto cuando puedas ser razonable.

El rechazo desbarató los restos de su autodominio, y el geiser lo arrastró todo a la superficie, incluso el secreto que Susana había guardado bajo llave todos esos años,

- ¡No puedo más!

Anthony quiso alejarse.

- ¡No te atrevas a dejarme así!

Él siguió andando.

Susana corrió tras él, una arpía chillando, histérica, fuera de sí.

- ¡Me quedé embarazada a propósito!

- Cálmate

- ¡Te mentí¡

Anthony se detuvo junto a las escaleras y se volvió para mirarla. Por primera vez, parecía auténticamente preocupado.

- Susana ya basta

- ¡Me quedé embarazada a propósito, para que te casaras conmigo!

- Lo sé

Ella se tapó la boca, tragó su bilis, intentó respirar y no pudo

- ¿Lo sabes? ¿Lo sabes y nunca dijiste nada?

- ¿Para qué? se mesó el pelo.- No tiene sentido hablar de esto.

- ¡Te tendí una trampa!

- No me siento atrapado. Amo a Gigi más que a mi propia vida. Ve a tomar un baño. Te sentirás mejor.

Como si el baño pudiera lavar su pecado.

- Anthony...

Pero él ya se alejaba escaleras abajo.

Susana tuvo que apoyarse contra la pared. Su más infame secreto y a él no le importaba.

Anonadada, volvió al cuarto de baño y se dejó caer junto a la bañera. Nunca se había planteado atraparle. Pero, una noche, se oyó decir que tomaba la píldora, que él no tenía por qué preocuparse. Como era Susana Marlowe, él la creyó.

Tenía responsabilidades que atender y abrió los grifo de la bañera. Esta tarde tenían el concierto, la recepción. Si sólo pudiera ser como Candy..., insensible y egocéntrica, totalmente carente de conciencia. Se echó a llorar. ¿Durante cuánto tiempo hay que pagar por lo viejos pecados? De su mentira había salido Gigi, y eso no podía lamentarlo. ¿Por qué, entonces, se detestaba tanto a sí misma?

Quizá porque Anthony nunca había tomado las rienda.

CAndy olió el café. Y el beicon. La encantaba el beicon. Se dio la vuelta en la cama, vio que eran casi las once y fue al cuarto de baño. Veinte minutos más tarde se encaminaba a la planta baja. Llevaba ropa interior limpia, una bata de seda negra marca Victoria´s Secret que tenía desde hacía una eternidad y su más viejo par de botas camperas. Se había lavado el pelo pero no se había entretenido en secarselo. Tampoco en ponerse maquillaje. Después de lo de anoche Terry Grandchester no se merecía más que un pelo limpio y un poco de loción hidratante

Le dolían los músculos del duro trabajo y la justa indignación del día anterior, aunque prevalecía una sensación alivio. Consciente de ello o no, Terry, por fin, la había perdonado. Ya se había librado de la carga que arrastraba desde hacía tanto tiempo.

Él estaba delante de los fuegos de la pequeña cocina. La daba la espalda y su presencia dominaba el reducido espacio. Sólo con verle, Candy deseó arrancarle la ropa y llevarle a rastras al piso de arriba,

- Estaba a punto de subir a despertarte.

Ella deseó haberse quedado más tiempo en cama para darle la oportunidad de hacerlo. Era la misma magia negra de siempre: rendirse al hombre inadecuado. Aunque ya no era tan estúpida como antes, Puede que le hubiese llevado más tiempo, pero al fin había aprendido a distinguir entre deseo y el amor,

- !Santo Dios ¡ ¿Será verdad que llevas téjanos? Dame un poco de café rápido

Están hechos a medida -. repuso Terry mientras cogía una taza Wedwood de la tía Elroy de un estante y se servía café.- Son franceses y cuestan más de trescientos dólares pero creo que lo valen.

Ella observó los téjanos se amoldaban a sus caderas perfectas

- Esos franchutes saben hacer téjanos, desde luego - dijo secamente

- Oí a tus admiradores anoche.

- ¿A Cubby y a los muchachos?

- Sin duda celebraban haber ganado el título de idiotas. ¿Un huevo o dos? ¿Echó dos en la sartén?

- Dime que hay un paquete de Krispy Kremes escondido en alguna parte.

- Tienes suerte de que las tostadas no sean integrales se fijó en la bata de seda y las botas camperas.- Sugerente.

- Eres el único hombre en Lakewood con agallas para emplear una palabra como ésa. ¿Dónde está mi perro?

- Fuera No parece propenso a escaparse,

- Es demasiado obstinado para eso - Candy se acercó a la mesa de la cocina con su café y se sentó.- Huele a beicon. ¿Dónde está?

- Te prepararé más sirvió los huevos en un plato con sorprendente habilidad, añadió una tostada untada con mantequilla y lo dejo sobre la mesa, delante de ella.

- ¿Qué haces, comiendo beicon? Tus arterias habrán sufrido un shock.

- La carne es débil.

- Desde luego, conozco la sensación - La tostada estaba fría pero él no había escatimado mantequilla, y ella no se quejó. Y los huevos no estaban nada mal. El beicon siseó cuando lo echó en la sartén con destreza. CAndy habló entre bocados.- Espero que nadie descubra que estás ofreciendo ayuda y consuelo al enemigo.

- Creo que sobreviviré.

- ¿Me estás preparando el desayuno porque aún no has superado tu sentimiento de culpa o sólo quieres ser agradable para echar mano antes al pastel?

- Imagino que el pastel son esas partes apetecibles de tu cuerpo, las ocultas debajo de la bata.

- A ésas me refiero, sí.

- Probablemente.

- Probablemente ¿qué? ¿La culpa o el pastel?

- ¿Tengo que elegir?

- No importa. Candy se acabó el primer huevo. Háblame de tu mujer.

- No.

- Pues entonces, no hay pastel - Terry no se andaba con rodeos y ella no pensaba hacerlo tampoco - ¿Cómo murió?

Él hincó el tenedor en el beicon.

- Chocó contra un muro de cemento, si quieres saberlo. Sería muy trágico en cualquier circunstancia pero, además, ella lo hizo a propósito

- Ay.

- Exacto.

Había un mundo de dolor debajo de aquel perfil impasible.

- Sabes de culpas mucho más de lo que pensaba ó ella.- Es curioso, cuánto podemos malinterpretar a las personas.

- No tenía por qué sentirme culpable. Había hecho todo lo posible por ayudarla.

Candy conocía la dinámica de las recriminaciones demasiado bien para creer su réplica, y arqueó una ceja.

Grandchester apartó la mirada.

- De acuerdo, ella estaba embarazada y tardé un tiempo en asimilarlo. Pero al final prevaleció la cordura y conseguí aceptarlo. Me conocí mejor, en el proceso.

- ¿Por ejemplo?

- Supe que el matrimonio no es para mí. A algunas personas se les da bien, pero no soy una de ellas.

- ¿Quieres decir que nunca has tenido la tentación?

- Entiendo que te resulte difícil entenderlo, pero no. Ni una vez. Por fin mi vida es exactamente como quería que fuera, y nunca me he sentido mejor. Pero basta de hablar de mi pasado, resulta aburrido sirvió otra taza de café y se volvió para mirarla.- Dime si hubo algo más allá de lo evidente que te impulsara a casarte con un hombre cuarenta años mayor que tú.

- No me creerías.

- Estoy aprendiendo a separar el grano de la paja en lo que dices, así que ponme a prueba.

Ella troceó una esquina de su tostada pero no pudo comerla,

- Le quería

- ¿Por qué no? Era un millonario.

- En circunstancias normales tendrías razón, pero no descubrí que era tan rico hasta después de sucumbir a su magia.

- Tenía setenta años. ¿Cuánta magia pudo haber?

- Te sorprendería. Era un tipo muy apuesto y parecía quince años más joven, una versión tejana de Anthony Hopkins aunque sin esa espantosa prótasis dental -. Se le cerró la garganta.- El hombre más encantador que he conocido nunca. Su encanto era auténtico, le salía de la médula, porque nacía de la bondad. Él fue el amor de mi vida,

- Conmovedor- Su tono fue cáustico pero su sonrisa, comprensiva. A Candy le gustó la combinación. Terry sacó el beicon de la sartén .- Si lo entendí bien, sufrió una larga enfermedad.

- Dos años. Estuvo en coma los últimos seis meses,

- ¿Y murió hace cuatro meses?

Candy asintió e intentó sacudirse la tristeza con ironía.

- Y aquí estamos. Una viuda desconsolada y un viudo solitario luchando contra una vida de callada desesperación con un desayuno bien intencionado aunque mal preparado.

- Bastaría para hacer llorar a Hallmark Por cierto, la semana que viene te haré gachas de maíz. Tengo un antojo.

Terry estaba a punto de llevar el plato de beicon a la mesa pero volvió a dejarlo, con expresión grave.

- No habrá una semana que viene para nosotros, Candy.

Ella se levantó de la silla.

- Ah no, no lo harás. Todavía no he encontrado el cuadro y no vas a despedirme. Necesito el dinero, así de claro.

Él la miró con su vieja altivez.

- Ese trabajo es humillante. Sólo te lo ofrecí para avergonzarte.

- Te estás acercando cada vez más. Unas semanas más y lo comprenderás.

Terry alzó la mirada. Ella volvió a sentarse.

- Por favor, Terry, no seas cabrón.

- Eso es precisamente lo que no quiero ser. Ya no puedes quedarte en la ciudad. Te he extendido un cheque que cubrirá tus gastos por un tiempo. Vuelve a Houston. Allí podrás cuidar de mejor de ti misma que aquí.

Cuidar de sí misma no era el problema, nunca lo había sido. El problema eran las facturas de Melany.

- No pienso irme sin el cuadro.

- Ni siquiera sabes si existe. - Grandchester se acercó a ella - Y los lujos que podrías permitirte con su venta no valen tanto como tu dignidad

- A ti te es fácil decirlo. No naciste superficial.

- ¡Maldita sea, Candy! Mírate. Te has quedado en los huesos Parece que hace semanas que no duermes bien. Y, como guinda la gente te escupe por la calle y tú no haces nada por impedirlo. Las cosas sólo pueden empeorar. No te equivoques, Susana tiene poder en esta ciudad.

- Susana Marlowe no me asusta.

- Seguro que no. Pero Susana Brower es otra historia. Ella es como Rose, CAndy. Métetelo en tu cabezota. Susana tiene todo el poder que antes tenía tu madre.

- Pero le falta el encanto.

- Y luego está el tema de nosotros ó el entrecejo.- Lo de anoche fue más que suficiente para satisfacer mi sed de venganza pero no podría decir que ahora te deseo lo mejor. Dicho esto, me resulta especialmente ominoso que estemos a punto de tener una relación sexual. Más que a punto, si me salgo con la mía.

- Quizá no puedas. Todavía no me he decidido.

- Mientes. Echamos tantas chispas que las paredes se están ennegreciendo.

- Chispas de un cortocircuito. Somos las dos personas peor avenidas del mundo.

- Eso lo hace más tentador. ¿Me equivoco? -. Su mirada la abrasaba.- Evito a las mujeres derrochonas como el diablo evita el incienso, y no la hay más derrochona que tú.

- Me enorgullezco de ello.

- Te cebas en los hombres que te adoran, y éste no será mi caso.

- Me encanta tu manera de flirtear.

- Es la atracción sexual de los contrarios.

- No dejas de tener razón, aunque me da en la nariz que resultarías una gran decepción en el catre.

La voz de Terry emitió una señal plan.

- ¿Por qué, si puedo preguntarlo?

- Ya sabes por qué

- Ilústrame

- Por tus remilgos. Mi cuerpo no es pulcro como el tuyo. Es femenino. Se mancha. Se humedece. Tú eres majadero. No creo que disfrutes demasiado de ello trató de entender qué pretendía exactamente, con esas palabras, aparte de darse a sí misma un susto de muerte.

- Querida, eres la mismísima reencarnación del diablo.

Ella le dirigió una mirada radiante.

- Lo sé

- Come - Estampó el plato de beicon sobre la mesa, delante de ella.- ¿No tienes hambre? Perfecto. Subamos arriba.

- Si subimos, me quedo con el trabajo.

- Esto no tiene nada que ver con tu trabajo, y lo sabes - Gordon aulló al otro lado de la puerta en el instante mismo en que Terry iba a ponerle la mano encima.- Maldito chucho.

- Por fin has visto la luz.

Terry dejo entrar al perro, que se dirigió al recipiente con su agua.

Candy miró el beicon pero había perdido el apetito. Antes de volver a Lakewood, el duelo y la ansiedad se habían encargado de apagar su deseo sexual. Luego se había reencontrado con Terry Grandchester. ¿Por qué tenía que ser él quien la sacara de su limbo sin complicaciones? El no mentía cuando le decía que no le deseaba lo mejor.

- Dime que no estás recuperando el juicio -. dijo él, mirándola desde las alturas.

- La estupidez está grabada en mi ADN.

- Gracias a Dios

Candy supo que iba a tirar adelante. Al mismo tiempo, necesitaba que él supiera que era sólo una diversión para ella.

- Manos a la obra y se levantó de la mesa, poniendo rumbo a las escaleras.- Y más te vale responder bien porque, si no me aseguraré de que lo sepa la ciudad entera.

- Y tú, querida, más vale que seas algo más que palabras, cosa que, empiezo a poner seriamente en duda.

- ¿De veras? detuvo en seco en el tercer escalón, se desabrochó la bata y la dejó caer al suelo.

Terry observó el sujetador blanco, el tanga negro y las botas camperas.

- Que me aspen - suspiró.

Ella se pasó un dedo por el vientre con gesto seductor.

- Y todavía no has visto lo bueno.

- Te equivocas - Recorrió la distancia que les separaba con tres grandes zancadas.- Aunque reconozco que estoy impaciente por ver el resto.

- Vale, pero me quedo con el trabajo.

- Cierra el pico, ¿quieres?. Le rodeó la cintura con el brazo y la levantó del escalón, apretándola contra sí.

Las botas camperas chocaron contra las pantorrillas de Terry y Candy le miró desde lo alto. Inclinó la cabeza, los labios de él se entreabrieron y sus bocas se encontraron. Terry la besó con una avidez que debería ser desconocida para un hombre tan refinado

Sin dejar de besarla, la llevó de vuelta al sofá y le desabrochó el sujetador.

- Eres magnífica - susurró al arrojarlo a un lado.

- Lo sé.

Él rió por lo bajo y le acarició los pechos, y luego volvió a besarla con la misma avidez. Por muy grande que fuera el placer Candy quería más. Quería sentir por todo el cuerpo su boca, sus dientes...

Gordon ladró.

Y quería intimidad.

- Deshazte de él - gruñó.

- Es un perro - Terry le mordisqueaba el labio - No se lo contará a nadie.

- No me gustan los mirones.

Terry maldijo y fulminó a Gordon con la mirada.

- Quédate aquí.

Agarró a Candy de la muñeca y la llevó al dormitorio del primer piso, mientras el perro les seguía. Cuando Terry cerró la puerta de una patada, Gordon empezó a aullar. A pesar de su anhelo, Candy se echó a reír cuando vio la expresión asesina de Terry.

- No te muevas - gruñó él y salió como una flecha del dormitorio. Sin dejar de sonreír, Candy se sentó en el borde de la cama deshecha y se quitó las botas. Terry debió de encontrar una chuchería para perros o veneno raticida, porque de pronto hubo silencio luego volvió a la habitación. Ella le observó desde la cama.

- Maravillosa - dijo él, contemplándola.

Candy sólo llevaba el tanga y un par de calcetines púrpura con una chica superhéroe a cada lado. Los había comprado para Melany, pero no los quiso porque atravesaba una etapa romántica.

- Soy experta en lencería.

- No tengo nada que objetar. - De pie en medio de la vieja alfombra floreada, Terry empezó a quitarse la ropa. Cuando se quedó sólo en tejanos, ella se levantó y se le acercó.

- Déjame a mí. - Pasó un dedo por el ojal y se puso a juguetear con el cierre

- ¿Necesitas ayuda? - graznó él.

- No gracías. - El calor del vientre masculino calentó el dorso de su mano .Recorrió la cremallera con el pulgar. Sintió el bulto voluminoso, duro (otra sorpresa) muy largo. Las manos, los pies, la nariz: debería haberlo adivinado.

Le deseaba tanto como él a ella, pero no soportaba la idea de que todo terminaría muy pronto... ni de darle demasiada importancia.

- Nunca debiste ponerme un suspenso en mi trabajo sobre Charlotte Brontë-

El cálido aliento de él le rozó el cuello,

- Tal vez podamos discutirlo más tarde.

- Creo que no. Jugueteó con la lengüeta de la cremallera. -Me esmeré mucho en aquel trabajo.

- Y lo entregaste con una semana de retraso.

Candy bajó la cremallera un par de centímetros y se detuvo para hacer pucheros

- Aún así…..

- De acuerdo. Cambiaré el suspenso por un aprobado.

Ella soltó la lengüeta. Haciendo caso omiso del dulce letargo que la iba embargando, dio un paso atrás y le miró enfurruñada.

- Quiero un notable.

Pero ella no era la única que sabía jugar.

- Esto te lo has de ganar - Grandchester señaló sus pies - Dame uno de esos calcetines.

- ¿Sólo uno?

- Soy un hombre razonable.

- Supongo – Candy apoyó un pie en el borde de la cama y se inclinó lentamente sobre el muslo. Se quitó el calcetín como si fuera una media de red y lo metió bajo la cintura de los téjanos.

- Muy bien hecho. Y ahora el tanga.

- Quiero un sobresaliente.

- Sólo por tu cuerpo.

Eso fue amable de su parte, ya que ambos sabían que estaba demasiado delgada y que sus muslos no habían visto un gimnasio desde hacía una eternidad. Aun así, unas piernas largas puntúan mucho para los hombres.

- Si me besas primero.

- Será un placer.

Este beso fue más lento que los anteriores, más intenso, un beso de primera. Terry le pasó los dedos entre los cabellos. Los tejanos de él le rascaban la piel. Ella sintió que se rendía incluso antes de que él metiera los dedos bajo el tanga y tirara de él, al tiempo que se arrodillaba.

Candy echó la cabeza atrás cuando Grandchester hundió la cara entre sus muslos. Inspiró su esencia, como sólo lo hacen los hombres buenos. Los malos también, aunque no tenía por qué preocuparse siendo ella la única pecadora en la habitación. Terry le separó los muslos y le cubrió las nalgas con una mano.

La devoró.

Sus piernas se paralizaron, pero él la sostenía con su ancha mano justo en la posición apropiada, abierta y accesible.

Su orgasmo la pilló de sorpresa. Se le escapó un grito ahogado

Terry la acompañó en la arremetida y luego la tendió en la cama como si fuera una muñeca. Se hizo un lío con los téjanos, y su inusual torpeza provocó una sonrisa a Candy. Descubrió que él estaba preparado cuando le vio sacar del bolsillo un preservativo previsor aunque innecesario.

Desnudo al fin, la tendió de espaldas y la acarició con los labios los pezones hasta el vientre, y más abajo. ¿Quién iba a imaginar una generosidad tan terrenal de un hombre tan quisquilloso? Candy hundió los dedos entre su cabello espeso y Terry jugó con ella y la llevó a las puertas de un nuevo orgasmo, sin dejar que las cruzara.

Ella se volvió de costado para devolverle el favor.

Embriagados de sus sensaciones, se exploraron, tocándose y saboreándose intercambiando palabras indecentes y gemidos profundos, cada vez más excitados. Ella intentó cerrar los muslos para atormentarle pero él no se lo permitió,

- Ni se te ocurra.

Cogió uno de sus tobillos, el que aún llevaba calcetín, y lo apretó contra la cama. Luego agarró la otra pierna por la rodilla, la abrió y la penetró con fuerza, sin brutalidad - era demasiado corpulento para necesitarla - pero sin demasiados miramientos tampoco. Como si pudiera leerle el pensamiento.

Ella le rodeó con las piernas y sus cuerpos se enlazaron al ritmo de unos viejos amantes. La espalda de Terry temblaba bajo las manos de ella. Él arqueó las caderas, rodeó sus nalgas con la mano y encontró un nuevo punto donde dale placer.

Candy arqueó el cuerpo y gritó. Sus miradas se encontraron, prodigioso, En un instante prodigioso, les recorrió a ambos una descarga de reconocimiento, algo muy profundo, muy esencial. Pero la vorágine los arrastró antes de que pudieran darle nombre.

Continuará…