Capítulo 12

¡Juro que mataría a Vidal! Es un irresponsable seduciendo a muchachas honestas...

GEORGETTE HEYER, El cachorro del diablo

Candy se volvió de costado y susurró:

- He terminado contigo. Puedes irte.

La respiración de terry seguía agitada y ella temió haberlo forzado al límite de sus fuerzas, pero lo que acababa de ocurrir la había emocionado más de lo que deseaba reconocer. El sexo sin más pretensiones estaba permitido para sentirse bien, pero no estaba permitido tomárselo en serio, y eso es lo que podría suceder si Candy bajaba la guardia.

Supo que Terry la estaba observando mientras cruzaba desnuda la habitación. Recordó su amenaza de despedirla.

- Esto no ha sido más que el precalentamiento, querida -. dijo él con su acento de familia real.- Yo, desde luego, no he terminado contigo.

- Ni tú ni ningún otro hombre. Pero tengo cosas que hacer y por desgracia, no formas parte de ellas.

- No me digas.

Con sólo verle recostado en la almohada, el pecho húmedo de sudor, el pelo negro más revuelto que de costumbre, Candy deseó zambullirse en la cama y sucumbir de nuevo a su magia. No obstante necesitaba apuntalar sus barricadas, de modo que cogió los tejanos de suelo y se los tiró a la cama.

- Has estado fabuloso. Inspirado, diría yo. Ve a casa a recuperar fuerzas. Te veré por la mañana.

La languidez abandonó a Terry, que dobló una pierna debajo de la sábana que le cubría apenas hasta las caderas.

- Creí que eso ya había quedado claro.

- No me obligues a luchar por mi empleo con más sexo. Estarías gastando oropeles.

- Tú sí que estás cubierta de ellos.

Tenía razón pero, antes de que pudiera demostrar su argumento, ella intentó refugiarse en el cuarto de baño. Terry la alcanzó en la puerta y la llevó a rastras a la cama.

- No tan deprisa. Durante mis recientes investigaciones tropecé con una perversión interesante.

- ¿Qué clase de perversión?

Él deslizó la mano entre sus piernas, y su manera de mover los dedos la hizo olvidar que aún no había rehecho sus defensas.

- Creo que tocarías el cielo _ dijo él.

Candy le mordisqueó el hombro y repuso:

- Tal vez, si fueras con mucho tiento...

- Oh no.

Y esto fue lo último que dijeron durante largo rato.

Mucho más tarde, cuando Candy salió de su segundo baño de la mañana, en su cama sólo había un basset desconcertado. El rato pasado en la bañera la había calmado, y se sentó pesadamente en el borde del colchón. Gordon se le acercó y apoyó la cabeza en su muslo. Una larga y flácida oreja cayó sobre su rodilla.

Candy agachó la cabeza y luchó por contener las lágrimas. A lo largo de toda la mañana había intentado evitar pensar en Albert, pero los fantasmas no se pueden mantener alejados para siempre. Acababa de romper otro de los vínculos que la unían a él. Eso pasa cuando se es testigo de la muerte lenta de un ser amado. No se produce un corte claro, un momento de dolor insoportable, sino una serie interminables de pérdidas. Frotó la cabeza de Gordon. Se rodeó las rodillas con las manos.

Estar con Terry había sido demasiado bueno. Sin embargo, no podía culparse por ello, no después de tanto tiempo sin haber estado con un hombre. Pero tenía que asegurarse de que sus viejas carencias afectivas no reaparecieran a traición. Nunca había dependido de un hombre para ser feliz y, desde luego, no iba a depender ahora de alguien tan desapegado emocionalmente como Terry Grandchester.

Las campanadas del reloj sonaron en la planta baja y Candy se acordó de que era domingo. Terry iría al concierto, y ella había dicho a Gigi que podía ir a verla por la tarde. No se sentía con fuerzas para enfrentarse a una adolescente angustiada, pero tampoco podía llamarla para decirle que no fuera. Se sonó la nariz, se puso los tejanos se retocó el maquillaje y bajó a la cocina para recoger el desorden del desayuno.

El cheque de despedida de Terry estaba encima del mostrador. Candy lo recogió. Dos mil dólares. Grandchester debía de sentirse muy culpable. Lo rompió en pedazos. Pensó en Melany. Por enésima vez consideró la posibilidad de llevarse a su hijastra a casa y, por enésima vez, la descartó. Melany disfrutaba de sus salidas de compras y comidas en los restaurantes pero, transcurridas unas horas lejos de Brookdale, se inquietaba y quería volver.

Candy estaba abstraída cuando llegó Gigi, ataviada con uno de esos conjuntos demasiado holgados y demasiado cutres que debían de poner frenéticos a sus padres. La muchacha se agachó para prestar a Gordon la atención que exigía. Al incorporarse, parecía incómoda y nerviosa.

- Se supone que tenía que ir al concierto con ellos, pero discutí con papá.

- Muy conveniente.

- ¿Le apetece... eh... hacer galletas o algo? - Se ruborizó al pensar un poco tarde, que su tía de la gran ciudad sería demasiado mundana para eso.

Candy reprimió un suspiro. No era capaz de controlar sus propias inseguridades, y menos las de esa chica.

- No tengo harina _ respondió.

- No importa. Es aburrido hacer galletas.

- ¿Te parece? _ Candy pudo haberle dicho que le encantaba hacer galletas, casi tanto como comérselas, pero no quería abonar el terreno afectivo entre ambas.

- ¿Podría enseñarme cómo se maquilla los ojos? Le queda muy bien.

Candy observó sus informes pantalones de pana y su camiseta desteñida.

- Tal vez desentonaría con tu conjuntito a la moda.

- No me visto así siempre.

- ¿No?

Gigi se examinó la uña del pulgar.

- Es mejor así.

- Mejor, ¿para quién?

La muchacha se encogió de hombros.

Candy no se sentía con fuerzas para ahondar en el tema. El maquillaje de ojos no encerraba peligro. Y sería mejor que Gigi aprendiera los trucos del maquillaje de ella que de su madre o, Dios nos libre, de Patty, aunque a Patty se le daba bien el uso del lápiz delineador de labio. Iba a conducir a Gigi al primer piso cuando se acordó de la cama revuelta.

- Bajaré los estuches. La luz es mejor aquí.

- Vale. Y luego tengo una lista.

- ¿De qué? _ preguntó Candy con recelo,

- De algunas preguntas que quiero hacerle.

La sangre empezó a hervirle a Candy. Abandonó el plan del maquillaje y se dirigió a la cocina siguiendo una línea quebrada.

- Necesito un café.

- Yo tomo café.

- Seguro que sí.

- ¡Es verdad!

Muy bien. Que se preocupase Anthony por la adicción a la cafeína. Preparó la cafetera, la encendió y se volvió hacia Gigi, que se había sentado a la mesa y estaba sacando un trozo de papel y un lápiz del bolsillo, lista para tomar notas.

- En primer lugar, ¿qué cree que es mejor? ¿Ser inteligente o ser popular? Yo creo que popular.

- Una cosa no tiene que ir en detrimento de la otra.

- En Lakewood sí.

- Ni siquiera en Lakewood.

- Usted era inteligente Gigi.- pero sacaba notas malísimas y eso la hizo popular.

- Odio decepcionarte, pero sacaba notas malísimas porque estaba hecha un lío. Además, habría sido popular aunque sacara buenas notas.

- ¿Cómo? _ Gigi dejó a un lado sus anotaciones_ . Esto es lo que no entiendo. ¿Cómo lo hacía? Usted era rica, como yo. ¿No la odiaban por ello los demás chicos?

Candy estaba harta de permitir que el mundo viera sus heridas y no tenía ganas de abordar ese tema. No obstante, Gigi se merecía una respuesta.

- Nací con un falso sentido de la superioridad ó lentamente.- y logré manipular a todos para que también se lo creyeran. Fue genial a corto plazo, pero te habrás dado cuenta de que no me ha servido de nada a la larga.

No era la respuesta que la chica deseaba oír.

- ¿Cómo les manipulaba, exactamente?

Candy echó una mirada de ansiedad a la cafetera, pero el café no estaba hecho todavía. Necesitaba una dosis de cafeína ya, así que sacó una Coca-Cola de la nevera.

- ¿Quieres una?

- No, gracias. Prefiero el café.

- Claro que sí. _ Abrió la lata. Gigi esperaba con los oídos bien abiertos, Candy trató de decir algo que tuviera sentido para una niña de trece años y, de paso, para sí misma.- No se trata de ser popular, Gigi. Se trata de ser fuerte.

- No me siento fuerte _ respondió la muchacha afligida.

" Bienvenida al club, pequeña"

- Nadie se siente fuerte a los trece. Pero es una edad estupenda para empezar a acumular poder. Del bueno. El semblante de Gigi se iluminó.

- Eso es lo que quiero. Quiero ser poderosa.

- Pero ya, y eso no va a ocurrir.

- Usted era poderosa cuando tenía trece años - Candy reprimió una risa amarga.

- Mi poder era ilusorio. Todos los trucos que empleé para conseguirlo me estallaron en la cara cuando fui mayor. Lo que se necesita es un poder duradero. Y no lo conseguirás menospreciándote.

- No sé a qué se refiere.

- En tu caso, me refiero a fingir ser pobre escondiéndote en tu ropa barata, a remolonear con tus deberes del colegio y a las compañías inadecuadas.

Gigi pareció indignada.

- Sólo porque Chelsea no tenga dinero...

- Esto nada tiene que ver con el dinero. Tiene que ver con la inteligencia y, por lo que me has contado Chelsea no tiene demasiada. Tú en cambio, tienes más de lo habitual, pero no pareces aprovecharla.

- No pienso ir con idiotas como Gwen Lu y Jenny Berry, si se refiere a eso

Candy recordó a Susana Marlowe tratando de pasar inadvertida por los pasillos del instituto.

- ¿Porque no te gustan o porque crees que los demás se reirán de ti si te gustan?

Gigi vaciló antes de contestar.

- Porque no me gustan.

- ¿Quieres poder verdadero o no? _ Al formular la pregunta, Candy pensó que ni ella tenía la respuesta.

- Oh, sí_ respondió Gigi con un suspiro de anhelo. Luego su expresión se ensombreció .- Me va a decir que tengo que estudiar, ¿verdad? Y ser buena con Gwen y Jenny.

- Algo que da poder es respetar a los demás y tratar de comprender como ven ellos el mundo. _ Candy deseó que eso fuera cierto. También te hace más considerada. A la gente la atrae la amabilidad. Eso no significa que dejas de defenderte, sólo que no lo haces pisoteando a los demás, excepto cuando hay que pisotearles, en cuyo caso lo haces de forma directa, sin comentarios mordaces y maliciosos acerca de su obesidad.

Gigi se había encorvado en la silla, la viva imagen de la desdicha. Candy hizo girar la lata de Coca-Cola entre las manos. Sin darse cuenta esperaba oír el tintineo de su alianza de boda, pero se había obligado a quitársela el mes pasado. Gigi alzó los ojos para mirarla, pronto se convertiría en una auténtica belleza, y Candy deseó de todo corazón que esto no sucediera antes de tiempo. La belleza a una edad temprana se interpone en el camino de la personalidad.

Respiró hondo e intentó pensar cómo decir lo que Gigi necesitaba oír

- Puede que haya llegado el momento de trazarte un plan de vida realmente ambicioso. Sin cortapisas. Aunque se trate de llegar a ser presidenta de Estados Unidos. Es probable que este plan varíe mientras te haces mayor, pero eso sería aún mejor, porque, mientras te preparas para alcanzar un objetivo, estarás aprendiendo cosas que te ayudarán a llegar a otras metas. Éste es el verdadero poder, no perder en tiempo siendo mala porque te preocupa lo que los demás podrían estar diciendo a tus espaldas. A Candy la asombró la oleada de furia que la recorrió. ¿Por qué no pudo Rose decirle algo así cuando ella tenía trece años? Su madre había sido incapaz de pensar más allá de su estrecha visión personal del mundo.

Se apoyó en el respaldo de su silla y sacó lo que, hasta este momento, ni siquiera sabía que conocía.

- La gente siempre intentará quitarte el poder. Si las cosas te van bien, dirán que es porque eres rica y tus padres son unos peces gordos. También la gente que te aprecia intentará quitarte el poder, aunque éstos lo harán de otro modo. Si fracasas en lo que sea, intentarán alentarte diciendo que nadie es perfecto y que no deberías ser tan exigente contigo misma. Te dirán, por ejemplo, que no debes preocuparte por haber suspendido un examen de matemáticas, porque las mates son difíciles para las chicas. O que no debes indignarte tanto por la injusticia que reina en el mundo, porque no podrás remediarla. Y por muy buenas que sean sus intenciones, de esa manera estarán pidiéndote menos de lo que puedes ser.

Sintió una opresión en el pecho y trató de librarse con otra respiración profunda.

- Una manera de afianzar tu poder es aprendiendo cuándo hay que dar un paso adelante, cuando reconocer que estabas equivocada y cuándo plantear batalla

- ¿Cómo se sabe eso?

Candy se encogió de hombros.

- Ése es el secreto de la vida.

- ¿Y usted? ¿Lo ha descubierto?

Sólo una criatura de trece años podría hacer esta pregunta

- Todavía no. Pero estoy en ello.

Gigi asintió muy seria y plantó un codo sobre la mesa.

- Ahora hablemos del sexo.

Candy no tenía intención de dejarse arrastrar a ese campo aunque agradeció el cambio de tema.

- El café está listo - Se levantó ágilmente de la mesa.

- ¿Cómo se sabe cuándo una está preparada para tener una relación sexual?

Candy recordó las sábanas revueltas en su dormitan

- Si no es un tema urgente, y sinceramente espero que no ¿por qué no lo aplazamos para más adelante?

- Vale. La sonrisa de satisfacción de Gigi le hizo sospechar que le acababa de arrancar la promesa de otra visita. ¿Me enseña ahora cómo maquillarme?

- Vamos allá.

El dolor de cabeza de Candy empezó a remitir mientras experimentaba con el contenido de su estuche de cosmética. Hablaron de cómo evitar que se corra el rímel, de cómo conseguir poder y de cómo fijar objetivos. A veces Candy se sentía como una hipócrita, aunque no siempre y mientras dibujaba el contorno de los ojos de Gigi se preguntó si había adquirido una mínima sabiduría que transmitir a la nueva generación

Gigi dijo que sus padres volverían a eso de las cuatro, y poco antes de las tres y media se despidió, muy a pesar suyo.

- No tienes que acompañarme cuándo Candy salió de la casa con ella, dejando atrás a un Gordon desdichado.- No soy una niña.

- Tampoco vas a trepar por la baranda si yo no estoy allí para asegurarme que llegas arriba.

- Ni que fuera una montaña.

- El sarcasmo obra en contra de tu poder personal.

- Usted es sarcástica.

- Por eso lo sé.

Gigi se rió y Candy le sonrió.

- Somos todos obras inacabadas, pequeña. Y créeme cuando te digo que he tenido que trabajar más duro que la mayoría.

- Creo que ha hecho un buen trabajo.

Candy no debió sentirse tan bien por haberse ganado la aprobación de una niña de trece años, pero lo cierto es que se sintió muy bien

Una vez cerca de la casa de los Brower, se escondió en el bosquecillo colindante para vigilar a Gigi mientras trepaba por la baranda. Antes de llegar arriba, la chica empezó a hacer payasadas, inclinándose hacia atrás y agitando los brazos y las piernas con la intención de dar un susto de muerte a Candy. Y no lo hacía nada mal. Candy decidió aguarle la fiesta dándole la espalda.

Una rama se quebró. Algo se movió en el bosquecillo delante de Candy y Anthony emergió de entre los árboles.

Pareció tan sorprendido de verla como ella de verle a él, e igual de disgustado. Llevaba una americana marinera, una camisa de vestir azul claro y una corbata discreta, conjunto que Candy no podía imaginar que nadie llevara para dar un paseo por el bosque, con la posible excepción de Terry.

- ¿Candy? ¿Qué...?

Volvió la cabeza bruscamente cuando vio de reojo a Gigi haciendo sus acrobacias sobre el poste del balcón.

- ¡Gigi! _ Corrió hacia la casa.- ¡Baja de ahí ahora mismo!

Gigi se agarró al poste. Incluso desde el otro lado del jardín Candy pudo ver su expresión de desconcierto. De repente la invadió el recuerdo de la sensación que provoca la desaprobación de un padre. Gigi bajó centímetro a centímetro, moviéndose con la mayor lentitud posible, que no era suficiente para que entretanto se enfriara la cólera de su padre, que la agarró del brazo y la zarandeó en el instante mismo en que puso los pies en el suelo. Candy corrió hacia ellos instintivamente pero, cuando les alcanzó, él ya había soltado a la muchacha

- ¿Qué haces fuera de casa? ¿Dónde has estado? Tu madre y yo te hemos estado buscando por todas partes.

- Salí a dar un paseo _ respondió Gigi, obstinada_ Se supone que no teníais que volver aún.

- Nos fuimos pronto de la recepción. Te dijimos que no salieras de casa.

- ¡Me estaba ahogando! - gritó ella con toda la afectación de una estrella de culebrón.

Anthony se volvió hacia Candy con expresión dura.

- No sé qué pretendes, pero no quiero verte cerca de mi hija nunca jamás.

Sus palabras no debieron dolerle tanto, pero éste era Anthony, habían visto Scoohy-Doo juntos.

- ¡Candy no ha hecho nada! ó Gigi.- Mi la encontré por el camino. Fue un accidente. Ni siquiera hablamos, Ni siquiera la conozco.

Hacía mucho tiempo desde la última vez que alguien había intentado protegerla, y Candy se emocionó. Dirigió una sonrisa forzada a Gigi.

- Me temo que se acabó.

- ¡No! Es...

- ¿Anthony? - Susana apareció corriendo por el otro lado de la casa. Iba bien vestida, como su marido, aunque el viento la había despeinado y su expresión era tensa. - Anthony, qué... - Se detuvo en seco. Sus ojos fueron de su hija a Candy y de ésta a su marido.

- Entra en casa ahora mismo - ordenó él a Gigi.

Cometiendo el error flagrante que sólo un adolescente joven puede cometer Gigi se puso terca.

- No he hecho nada malo.

La cólera tiñó de rojo el rostro de Anthony, y Candy dio rápidamente un paso adelante.

- Gigi…

- ¿Me has oído?

Gigi se revolvió contra sus padres, los puños cerrados, los ojos anegados en lágrimas

- Sabía que esto iba a pasar. ¡Estáis robándome el poder! ¡Como Candy fijo que haríais!

Madre mía...» Candy hizo una mueca.

Susana tenía la cara cenicienta y Anthony estaba furioso, pero Gigi no había terminado.

- ¡No voy a permitíroslo! No voy a permitir que nadie me quite mi poder.

Anthony dio un puñetazo al aire.

- Entra en casa ahora mismo.

Gigi dirigió a Candy una mirada de súplica, pero ésta no podía hacer nada que no empeorara aún más la situación.

La chica se alejó con pasos furiosos. En el instante siguiente Candy oyó la puerta principal cerrarse de un portazo. Ojalá ella también pudiera ir a su habitación. Se preparó para recibir el ataque de Susana pero ésta sólo observaba a Anthony, quien miraba a Candy como si la odiara.

- Es solo una niña .- . ¿Cómo has podido hacerlo? Ya sabes que no queremos que te acerques a ella.

Gigi ya tenía demasiados problemas para que Candy la traicionara

- Es mi sobrina. Sentí curiosidad.

Susana salió de su estupefacción.

- No te atrevas a acercarte nunca más. ¿Me has oído? No lo permitiré.

Candy no le hizo caso y se dirigió a Anthony.

- ¿Qué crees que le puedo hacer, exactamente?

- No queremos tener que averiguarlo _ repuso él en tono pomposo.

- No puedes protegerla de la vida.

- Podemos protegerla de ti.

Candy no pudo soportar su soberbia y se enfureció

- Demasiado tarde. Ya le he dicho todo lo que sé. Como fumar un canuto. Cómo robar dinero del monedero de papá. Como follar en el asiento trasero de un Cámaro - Fue un golpe bajo y se avergonzó de sí misma. O pronto iba a avergonzarse.- Iros al diablo, los dos.

Susana observó anonadada mientras Candy se alejaba dando largas zancadas, moviéndose con su familiar elegancia estilizada La invadió el pánico. ¿Y si Candy se lo quitaba todo? ¿A su marido y también a su hija?

- Si no nos hubiésemos marchado pronto de la recepción- Anthony no terminó la frase.- Apostaría a que esto ha sido obra de Gigi. Hace semanas que tiene curiosidad por conocer a Candy.

Iba a defender a su vieja amante. Dolida, Susana se apartó de él y entró en la casa.

Arriba, tuvieron la escena previsible con Gigi, que, de pie en un rincón de su habitación abrazada a un cojín de Laura Ashley manchado de tinta, echó la culpa de todo a Susana.

- Necesitaba a alguien con quien poder hablar de verdad. Candy me escucha. Ella sí que me comprende.

- Soy tu madre, Gigi. Yo te comprendo. Y puedes hablar conmigo siempre que quieras.

- ¡No es verdad! Tú sólo quieres que haga las cosas a tu manera. Susana se preguntó quién era ese demonio que habitaba el cuerpo de su preciosa hija.

- Eso no es cierto.

- ¡Papá al menos me escucha, a veces!

Anthony intervino.

- No se trata de tu madre. Se trata de ti. Y hoy has renunciado a algo muy valioso. Has renunciado a nuestra confianza.

Gigi apretó el cojín debajo del mentón.

- ¿Por qué no reflexionas sobre esto? - preguntó Anthony al tiempo que cogía a Susana del brazo.- Y en el tiempo que tardarás en recuperarla.

Sacó a Susana de la habitación y cerró la puerta tras ellos. Oyeron el chirrido del colchón y los sollozos de Gigi. Era la niña de los ojos de papá, y Anthony dudó por un momento.

- Déjala Susana.- Necesita tiempo para pensar.

Bajaron juntos a la salea. Susana se sentía enferma. Anthony se quitó la americana informal y se aflojó la corbata.

- Tarde o temprano recuperaremos a nuestra hija .Pero no parecía muy convenido

De la habitación de Gigi brotó un rugido de música rap. Susana empezó a recoger las secciones del periódico dominical que Anthony había dejado dispersas por todas partes

- ¿Cuando me convertí en su enemiga? No tengo ni idea. Una mañana me desperté y ahí estaba.

- No se trata de ti. Se trata de ella

- No lo parece

Anthony se desabrochó el cuello de la camisa y se dejó caer en el sillón de cuero burdeos que Susana había comprado en una subasta estatal.

- Debí adivinar que encontraría el modo de conocer a Candy – continuó ella- Ya me dio bastantes pistas.

- ¿Qué quieres decir?

- Hacía muchas preguntas. La prohibí ponerse en contacto con ella, pero Gigi es tan condenadamente terca… Fue como darle la luz verde.

- No me dijiste nada de eso

- No eres precisamente razonable cuando se trata de Candy.

- ¿Y tú sí?- Anthony se levantó del sillón- No empieces con eso.

- ¿Por qué no? Esconderlo debajo la alfombra no ha dado resultado.

- Te estás pasando de la raya

- No me importa. Estoy harta de esta historia

Anthony apretó los labios

- ¿Sabes de qué estoy harto yo? De caminar a tu alrededor como si estuviera pisando huevos, de tener miedo de decir algo inadecuado y herir tus delicados sentimientos.

- Entonces deja de hacerlo

Un músculo se contrajo en la mandíbula de Anthony. Buscó el mando a distancia.

- Necesitas controlarte- dijo.

Susana le arrebató el mando de un manotazo, haciéndolo resbalar por la alfombra. Los ojos de Anthony se abrieron de par en par. Susana arremetió contra él.

- ¡Debes ser honesto! ¡Sí tanto deseas a Candy ve por ella.

Anthony la miró asombrado.

- ¿Es esto lo que piensas de mí?

- Estoy cansada de fingir.

- Te he sido fiel durante catorce años.

- Espera que busque una medalla.

- ¡Me casé contigo, maldita sea! Sabía que quedaste embarazada a propósito pero no te lo eché en cara ni una vez.

- Eres demasiado decente para eso. La embustera fui yo

- Tú lo has dicho.

- Porque tú nunca has tenido agallas para hacerlo

- No vas a cargarme con esa responsabilidad. Es tu culpa la que te hace tener reacciones tan exageradas. Es tu problema Susana no el mío.

La furia de ella se tornó desesperación. Se dejó caer en el borde del sofá.

- Vi cómo la mirabas anoche.

- Viste el producto de tu imaginación. Estás paranoica.

Una extraña sensación de paz se apoderó de Susana. Dejó caer las manos en el regazo y juntó los dedos.

- Estoy celosa. Tan celosa que no puedo ver con claridad pero no soy una paranoica, Después de tantos años, todavía no lo has superado

- Eso es una tontería. Por el amor de Dios, me casé contigo

- No lo habrías hecho si no me hubiera quedado embarazada. Él vaciló un instante antes de responder:

- Claro que sí.

El dolor llegó hondo.

- Claro que sí ó Anthony como si la repetición de las palabras pudiera tornarlas verdaderas.

Susana suspiró profundamente y con un temblor.

- Ya no sé quién soy. Puede que nunca lo haya sabido. Lo único que sé es que estoy agotada de intentar ser merecedora de ti.

- Eso es una estupidez.

- Creo que no - Susana se puso de pie y contempló las antigüedades que había coleccionado. Amaba esta sala, esta casa. Amaba verse rodeada de objetos que hablaban del pasado. -Me mudaré al apartamento sobre la tienda por un tiempo. Su voz parecía venir de lejos

No había planeado eso, ni siquiera había pensado en ello hasta el instante de pronunciarlo. La idea, sin embargo, la atraía como un bosquecillo umbroso.

La voz de Anthony se tornó grave, como ella nunca había oído antes

- No irás a ninguna parte.

- Necesitamos tiempo _ adujo Susana.

- Lo que tú necesitas no es tiempo sino un psicólogo.

- Sé que estás enfadado.

- La palabra «enfado» no se acerca siquiera a lo que siento ahora mismo. ¿Qué esperas que le diga a Gigi? ¿Que su madre se largó y la dejó abandonada?

- Dile lo que quieras.

- Lo dejas todo en mis manos. ¿Es eso?

- Sí -susurró ella.- Sí, eso. Por una vez, lo dejo todo en tus manos- Se levantó del sofá y se dirigió a la puerta.

- ¡no te vayas de casa, Susana! Hablo en serio. Si te vas, no te gustarán las consecuencias.

Ella fingió no haberle oído.

Continuará…