Capítulo 13
... tuvo tiempo de sobra para observar al amante de su hermana.
GEORGETTE HEYER, El cachorro del deiablo
Terry abrió la puerta. Era Anthony, hecho que nada tendría de inusual si no fueran las diez de la mañana de un lunes y él no tuviera un aspecto horrible.
- Estás horrible.
- Gracias.
Terry no había hablado con Anthony desde el sábado por la noche. El lapso había sido deliberado, puesto que se imaginaba bastante bien que dirección tomaría su próxima conversación. Anthony era el mejor amigo de Terry. Su vieja relación de profesor y estudiante había transcurrido hacía tanto tiempo que ninguno de los dos pensaba ya en ella. Jugaban juntos en una liga de baloncesto, a veces salían a correr los fines de semana, y Anthony le ayudaba a entrenar el equipo de fútbol masculino.
- ¿Se ha quemado la fábrica? ó Terry.- No se me ocurre otra razón por la que abandonarías tus hábitos
- A la fábrica no le pasa nada. Tenemos que hablar.
Terry deseaba evitar esta conversación en particular. Candy había llegado puntual por la mañana, pasando por alto el hecho de su despido, como era previsible, y luego había desaparecido cuando él se atrincheró en su despacho para perderse en la pantalla del ordenador. No conseguía dejar de pensar en ella. Hacer el amor el día anterior había superado sus fantasías más atrevidas, y eso no dejaba de sorprenderle, teniendo en cuenta sus lecturas de los últimos tiempos. Candy se había mostrado obscena, espontánea, fascinante e imprevisible.
Terminado el acto sexual, no pretendió enzarzarse en un examen poscoito de la relación entre ambos, cosa que a Terry le habría aliviado. En cambio, fue él quien experimentó la malsana tentación de obligarla a revelar sus secretos. Aunque sabía quién había sido ella, no acababa de comprender en quién se había convertido, y este misterio le fascinaba. Quizá fuera por ello que tantos hombres caían bajo su hechizo. Candy emitía un desafío sutil e irresistible que les atraía hacia su muerte.
Pero la imagen de Candy como devoradora de hombres a sangre fría no acababa de convencerle.
Anthony vio a Gordon.
- ¿De dónde ha salido este perro?
- Apareció un día - Terry se abandonó a lo inevitable. -¿Te apetece un café?
- ¿Por qué no? Es una buena oportunidad para agrandar el agujero que tengo el estómago.
- Deberías tomar café orgánico bajo en ácidos.
- ¿Y renunciar a mi maravilloso dolor de estómago? No, gracias.
Gordon les siguió a la cocina y luego se dirigió al solario, donde se estiró sobre la alfombra. Anthony sacó uno de los taburetes de la encimera para volver a ponerlo en su sitio y empezar a vadear la cocina.
- Oye, Terry, te merecías un desquite, eso nadie lo discute, pero la situación con Candy está fuera de control. Ahora hay otras personas perjudicadas y debes deshacerte de ella.
El lejano sonido de agua en el piso de arriba hizo patente la necesidad de deshacerse de Anthony, y Terry sólo llenó el tazón a medias antes de ofrecérselo
- Susana está nerviosa, ¿no es así?
- Susana está mucho más que nerviosa. Candy ha estado viéndose con Gigi.
Esas sí que eran noticias. Aunque nada de lo que hiciera Candy podría sorprenderle.
- Ayer, mientras estábamos en el concierto, Gigi salió a escondidas de casa para reunirse con ella. Lo más probable es que Candy la alentara. No sé cómo ocurrió. Gigi no quiere hablar del asunto.
Terry maldijo a Candy para sus adentros. ¿Es que siempre tenía que causar problemas?
- Supongo que es normal que sientan curiosidad por conocerse
- No puedo creerme que haya implicado a Gigí en todo esto
- ¿Qué daño crees que le puede hacer?
- Ya sabes de lo que es capaz.
- Candy ya no tiene dieciocho años.
- Seamos realistas Anthony con enfado.- Ha pasado por tres matrimonios, el último de los cuales le otorgó el certificado oficial de buscadora de oro. Ahora está sin blanca. También está desesperada o el sábado por la noche habría mandado a todos al infierno y se habría ido con aires pomposos. Llámame sobreprotector, pero no quiero que una mujer así se acerque a mi hija.
Terry detestaba verse metido en problemas ajenos pero no le ocurría cómo evadirse de éste.
- Las cosas no son siempre lo que parecen, en lo que a Candy se refiere.
Anthony entrecerró los ojos.
- Te ha camelado. ¿Es eso?
- Nadie me ha camelado.
- Entonces despídela.
- Ya lo he hecho.
- ¿La has despedido? pareció sorprendido y acto seguido aliviado.- La primera buena noticia que tengo en todo el fin de semana. Lo siento, amigo, te había subestimado. ¿Sabes si se ha ido ya de la ciudad?
- Pues eso...
- Debí haber confiado en ti. Pero... ahora mismo estoy un poco nervioso. - Miró el tazón de café. - Lo cierto es que Susana se ha ido de casa.
- ¿Qué?
- Se ha ido. Se mudó al apartamento que hay encima de la tienda.
Terry se quedó estupefacto. El matrimonio de Anthony y Susana era el mejor de cuantos conocía. Si ellos no podían hacerlo funcionar nadie podía.
- Seguro que es una situación transitoria. Tú y Susana sois auténticos.
- Parece que no. Es como si estuviera poseída. Ya sabes que es una mujer razonable, pero últimamente... Cree que sigo colgado de Candy. Después de todos estos años. Y empezó a decir cosas como que Ya no sabe quién es, tonterías salidas de un reality show. Es como si ya no conociera a mi propia mujer
Terry se acordó de cómo Anthony no podía apartar los ojos de Candy el sábado por la noche. Facilitando la permanencia de Candy en Lakewood, había herido sin querer a las dos personas cuya amistad más valoraba en el mundo.
- He intentado razonar con Susana pero no me escucha. Ni siquiera habló con Gigi antes de marcharse. Dejó esa pequeña tarea en mis manos.
- ¿Cómo se lo tomó Gigi? _ preguntó Terry, pero en realidad no quería saberlo.
- Oh, muy bien. Le dije que su madre estaba muy estresada por todo lo que tiene que hacer en la tienda, y que había decidido instalarse allí por unos días, para ocuparse de todo sin distracciones. Gigi se lo creyó, pero es una chica inteligente y no tardará en ver la realidad.
- Estoy seguro de que Susana entrará en razones antes que eso ocurra.
- Ese momento llegará mucho antes si Candy se va de la ciudad. Nunca me ha parecido bien utilizar mi posición para ejercer influencia pero si me entero que alguien más la ha contratado...
- Hola Anthony entró alegremente en la cocina con un frasco de líquido desatascador en la mano.
Terry deseó estrangularla. «No has podido quedarte arriba hasta que Anthony se fuera. Oh, no. Para tu mente retorcida, eso equivaldría a una muestra de cobardía y ¿cómo dejar pasar un solo día sin hacer la vida difícil al mayor número de personas posible?
- La ducha ya funciona de maravilla, Terry. Añade a mi sueldo los sesenta dólares que te habría costado el fontanero.
El café salpicó del tazón cuando Anthony lo dejó sobre la encimera con un golpe.
- ¡Me has dicho que la habías despedido!
- Y lo hice. Por desgracia, Candy todavía no ha aprendido a escuchar lo que le dicen.
- Eso se interpondría en el camino de mi vida egocéntrica - Candy se dirigió al fregadero, donde se agachó para guardar el desatascador
Terry se obligó a apartar la vista de sus nalgas, esta mañana enfundados en unos ceñidos pantalones púrpura.
- Éste es exactamente el tipo de comentario que impulsa a la gente a ponerse en la cola de los que te odian, Candy. Aunque ya lo sabes de sobra.
- ¿Te parece?
Terry prefirió no seguirle el juego.
- Anthony ha venido para decirme que Susana se ha ido de casa. Por tu culpa.
Ella se enderezó y sonrió.
- No me digas. Esto sí que me alegra el día.
El gesto de Anthony se endureció.
- Ése es un comentario rastrero, incluso viniendo de ti – Terry no iba a permitirle salirse con la suya gastando bromas.
- Candy no habla en serio ó Anthony.- Lo dice deliberadamente, para contrariarte.
- Pues sí que hablo en serio ella.- Tú y Susana me tocasteis las narices ayer, con el asunto de Gigi.
- Te pasaste de la raya _ dijo Anthony.
- En mi humilde opinión, los dos deberíais ser más suaves con ella - Terry intervino antes que la sangre llegara al río.
- Estoy convencido de que a Anthony no le interesan tus opiniones sobre la crianza de los hijos.
- Él se lo pierde. Sé mucho más que él sobre adolescentes tozudas.
Terry le dirigió una mirada que suplicaba paz.
- Ya vuelves a provocarle.
Anthony les observaba alternativamente.
- ¿Qué está pasando con vosotros dos?
- Nada.
Por desgracia, lo dijeron los dos a la vez, quedando automáticamente como embusteros. Candy fue la primera en recobrar el temple y afrontó la situación a su manera particular.
- Relájate, Anthony. Terry ha hecho lo imposible por deshacerse de mí, pero le estoy chantajeando con unos hechos desagradable que descubrí en su pasado, que pueden o no implicar la muerte ritual de animalitos de compañía, de modo que si mi cadáver aparece en alguna zanja, dile a la policía que dirijan sus investigaciones hacia él. Aparte de avisar a todo el mundo que cuide bien de sus gatos.
Asombroso. A veces su descaro le sorprendía hasta a él. No obstante, Anthony había perdido su sentido del humor.
- Nunca te ha importado el daño que haces a los demás, siempre que puedas salirte con la tuya.
Candy disfrutaba espoleando pero no le apetecía hacer verdadero daño, y el buen humor desapareció de sus ojos.
- No me gusta ser la portadora de malas noticias con voz tranquila amable casi.- pero tu matrimonio ya tenía problemas, o tu esposa no habría salido corriendo en cuanto me vio aparecer.
- No sabes nada de mi matrimonio.
- Sé que Susana se ha ido de casa - Le miró con compasión.- Y tú crees que lo único que has de hacer para que vuelva es perderme de vista. Pero dudo que funcione así. Ahora, si me disculpáis, tengo algunos recados que hacer.
Un minuto después salía por la puerta.
Cuando Terry consiguió deshacerse de Anthony, la casa se le caía encima ¿Cómo un hombre que amaba tanto su intimidad había permitido que las cosas desbarrasen tanto? Nada de lo que había escrito esa mañana valía la pena, de modo que agarró su chaqueta y salió por la puerta trasera.
- Ya lo había meditado bastante. Había llegado el momento de pasar a la acción.
Todo lo que se encontraban en el comedor la estaban mirando, o al menos eso parecía. Gigi asió la bandeja de plástico con manos sudorosas y miró alrededor para ver con quién sentarse. Tenía que pasar la hora de la comida en la biblioteca, pero se había prometido que éste era el día de reclamar su poder, por mucho que eso la asustara y por mucho que sus padres la odiaran. Sin embargo, se sentía demasiado joven para reclamar su poder. Debería esperar hasta estar en noveno o décimo
Hasta el momento, se había sentido bastante contenta de su primer día de vuelta a clase. Nadie habló demasiado de su expulsión, y Jake Higgins le dijo que estaba muy guai. Jake tenía acné y levantaba dos palmos del suelo, pero aun así... Antes de acostarse la noche anterior se había pintado las uñas de negro y había tomado prestada aquella camiseta negra que su madre no usaba nunca, porque decía que era demasiado ceñida. Por la mañana, se puso unos viejos téjanos negros que le venían demasiado estrechos y cortos pero que, con calcetines también negros, no llamarían la atención de nadie, y encontró una gargantilla de cuentas marrones que ella misma había hecho cuando estaba en séptimo. No era el mejor look gótico que había visto _ para ello necesitaría un cinturón guapo con tachones plateados o una falda megra con medias en blanco y negro_ , pero la hacía sentir fuerte y en cierto sentido, intrépida.
Susana había pasado la noche en la tienda para poder empezar el inventario a primerísima hora de la mañana, y su padre estaba de un humor de perros, así que Gigi esperó hasta llegar al colegio para ir a los lavabos y maquillarse los ojos con un color realmente oscuro. El maquillaje resaltaba el azul claro de sus ojos, dándoles un aspecto fantasmal y misterioso, muy enrollado. Sus padres no podían enfadarse con ella más de lo que ya estaban, y esa noche pretendía cortarse el pelo a capas irregulares y hasta pintarse unos mechones rojos, si encontraba un rotulador adecuado. Fue estupendo deshacerse de sus viejas ropas informes
Una niña de séptimo le dio un empujón y su burrito de judias casi se le cayó de la bandeja. No podía seguir allí de pie. Chelsea estaba sentada en la mesa de siempre, echándole miradas asesinas. Con ella estaba Vicki Lenson, quien _ Gigi lo sabía a ciencia cierta_ había accedido a practicar sexo oral para ser popular entre los chicos. La sola idea de tener sexo oral repugnaba a Gigi. Ella nunca haría eso, jamás, siquiera después de casarse.
Kelli Willman y las chicas con las que Gigi solía reunirse estaban sentadas a una de las mesas de primera fila. Había una silla vacía entre ellas pero Gigi no tuvo fuerzas para ocuparla. La idea de comer sola la hizo sudar las axilas. Sólo los perdedores natos comen solo
Alguien rió en la mesa de Gwen Lu. Todas las subnormales estaban allí. Gwen y Jenny Berry. Sachi Patel y Gillian Grangec ¿ Qué sería peor? ¿Sentarse sola o sentarse con las subnormales? Cualquiera que tuviera verdadero poder admitiría que Gwen Lu y Gillian Granger eran las chicas más interesantes de octavo, y simpáticas también Pero, si se sentaba hoy con ellas, no podría darles la espalda mañana. Eso la haría tan mala como Kelli.
La embargó el pánico. No quería que todos pensaran que era una subnormal pero tampoco podía seguir allí, como una atontada. Sus pies, se pusieron en movimiento. No supo hacia dónde se dirigía exactamente hasta que se encontró junto a la mesa de Gwen. La lengua se le pegó al paladar.
- ¿Puedo sentarme con vosotras ?
- Vale _ Gwen apartó un poco su bandeja para dejarle espacio, sin dar demasiada importancia al asunto.
Gigi se sentó y desenvolvió su burrito. Gwen y Sachi estaban ha¬blando de sus proyectos de clase de ciencias. Al final, Gwen preguntó a Gigi de qué iba el proyecto.
- De las vacas y de por qué todo el mundo debería ser vegetariano. Gigi abrió una bolsa de patatas fritas.
- Gillian está pensando volverse vegetariana _ dijo Gwen_ . Yo nunca podría serlo. Me gusta demasiado la carne.
- Yo creo que sería guai _ dijo Jenny_ . Me gustan los animales.
- Pero cuando se lo dije a mi madre, se le pusieron los pelos de punta. Dice que necesito las proteínas.
El tema las llevó a una interesante discusión sobre cómo los padres nunca quieren que hagas algo realmente excepcional. Gigi afirmó que creía que todos deberían hacer algún sacrificio por el bien del planeta, y que sabía que Gwen ya se lo estaba planteando, porque no había terminado su perrito caliente.
A Gigi la sorprendió lo bien que se lo pasó durante la comida_ nadie le preguntó acerca de su expulsión_ y le supo mal cuando sonó el timbre de vuelta a clase. Después de devolver las bandejas y tirar los desperdicios, Gwen y Gillian se dirigieron a la clase de gimnasia. A Gigi le tocaba lengua, y fue hacia su taquilla para buscar su libreta. Acababa de cerrar cuando vio que Kelli y Heather Burke venían hacia ella. Quiso bajar la cabeza y fingir que no las había visto, como solía hacer desde principios de curso, pero cambió de opinión y fue a su encuentro.
Kelli se sorprendió tanto que dejó de masticar el chicle, y las mejillas de Heather empezaron a arder, como si previese problemas. Gigi apretó los libros contra el pecho y empezó a hablar deprisa, antes de acobardarse.
- Kelli quiero que sepas que me hiciste daño cuando dijiste todo aquello sobre mí a mis espaldas, ya sabes, que soy una zorra rica. Creo que los amigos de verdad son sinceros cuando tienen problemas, así que supongo que no éramos tan buenas amigas como yo pensaba. Y lo siento si iba de estirada. Ya no soy una estirada.
Kelli se encorvó de hombros, como si sólo supiera hablar a espaldas de la gente y no de frente. Gigi sintió lástima de ella, porque Kelli no sabía como reclamar su poder.
- No es culpa mía _ dijo Kelli al final, con una actitud auténticamente inmadura_ . No le caías bien a nadie.
Gigi sintió que la cólera despertaba de nuevo en su inteior pero supo que renunciaría a su poder si perdía los estribos.
- Fui una inmadura _ respondió, pillando a Kelli por sorpresa porque no estaba acostumbrada a tanta honestidad.
Heather habló por primera vez.
- Me parece que también nosotras lo fuimos.
Kelli no dijo nada, se limitó a mirar al suelo, y Gigi se alejó. No sabía si Kelli y ella podrían volver a ser amigas alguna vez ni siquiera sabía si lo deseaba pero, cuando entró en la clase de lengua, contestó a todas las preguntas.
Candy no daba crédito a sus oídos.
- ¿Un empleo? ¿Me estás ofreciendo un empleo?
- Estoy desesperada, y a ti al menos te gusta leer - Jewel dejó una pila de libros sobre el mostrador, cerca de la caja registradora - Meredith se despidió sin aviso previo. Bastó una llamada de una vieja amante para que volviera corriendo a Jackson.
En la cena de Terry había quedado patente que Meredith era más que una empleada, y la aparente soltura de Jewel no engañó a Candy.
- Lo siento. No por tu ofrecimiento, que me alegra mucho, pero un corazón partido no hace gracia.
Jewel encogió sus hombros delicados.
- Lo superaré. No hacíamos buena pareja, las dos lo sabíamos Pero nos sentíamos solas, y la verdad es que en Lakewood no hay mucho dónde elegir para las chicas a quienes les gustan las chicas.
Candy tenía que decirlo.
- ¿Te das cuenta que contratándome podrías perjudicar tu negocio?. Jewel sonrió por primera vez desde que ella entrara en la librería
- ¿Me tomas el pelo? Después de lo que vi el sábado por la noche la gente hará cola sólo para poder entrar a torturarte.
Por desgracia, es probable que tuviera razón. Aun así, Si aceptó el trabajo.
Durante el camino de vuelta al pasaje Mockingbird, se dijo que eso simplificaba las cosas. No era bueno para ella pasar tanto tiempo cerca de Tery. Encendió la radio y empezó a tararear con Lucinda Williams una canción de mujer enamorada, pero sin conseguir zafarse de sus pensamientos. Tenía que dejar de dramatizar tanto y empezar a poner las cosas en perspectiva. El día anterior no había sido más que una juerga. Hacía tanto tiempo que no vivía una, que el deseo se había acumulado hasta no dejarla pensar en otra cosa. Pero ahora que había experimentado satisfacción con creces, no necesitaría otra durante bastante tiempo.
Subió el volumen de la radio. En lugar de pensar en juergas, debería estar planeando cómo subir al desván. Jewel quería que empezara al cabo de dos días, y eso significaba que necesitaba cumplir su objetivo enseguida. El estómago le dio un vuelco al pensarlo.
Una vez en la casa, encontró la puerta del despacho de Colin ce¬rrada aunque se oía el teclado. Desde luego, la vida de un escritor sería mucho más glamurosa si no tuviera que escribir de verdad. El tazón de café de Anthony estaba en el fregadero. A Candy no le había gustado ver su expresión de dolor y, con razón o sin ella, culpaba a Susana de ello. ¿Cuán despiadada tiene que ser una mujer para abandonar a su marido sólo porque ha reaparecido una vieja novia?
Un movimiento fuera de la casa la distrajo de sus pensamientos.
Miro por los ventanales del solario y vio a un obrero cavando en el extremo del jardín. Que ella supiera, no tenía que venir nadie...
Abrió los ojos desmesuradamente. Corrió hacia la puerta, cruzó el jardín como un rayo y se detuvo en seco junto al hombre. Él apoyó una muñeca en el asa de la pala y la miró con su habitual altivez. Candy levantó una mano:
- Por Dios, no digas nada hasta que mi corazón se recupere.
- Quizás debas meter la cabeza entre las rodillas.
- Solo bromeaba cuando dije que tenías un problema con las drogas. Si hubiera sospechado por un momento.
- Avísame cuando hayas terminado de desvariar. ¿De acuerdo?
Llevaba los Levis más desgastados que ella había visto en su vida – la rodilla derecha deshilachada, el fondillo agujereado_ , una camiseta tan cutre como los téjanos, guantes de trabajo raídos y unas botas medio rotas y cubiertas de barro, una de ellas con el cordón roto y sujeto con un nudo. Una mancha cubría un lado de su portentosa nariz. Nunca le había visto más irresistible. Candy frunció el entrecejo
- Hasta tu pelo está sucio.
- Nada que una visita a mi estilista no pueda arreglar en un periquete. _ Volvió a clavar la pala en el suelo.
- No estoy bromeando, Terry. Si los de Armani te vieran así, te pondrían en la lista negra.
- Qué horror.
Quería arrastrarle entre las pacanas, abrazarlo y hacerle el amor hasta caer rendidos los dos. Y eso que no necesitaría otra juerga durante mucho tiempo.
Manchas oscuras de sudor teñían su camiseta, y los músculos de los brazos se contraían al clavar la pala. Arrojó una palada de tierra a la carretilla que estaba a su lado. Estaba cavando una especie de trinchera. O tal vez una tumba poco profunda...
Él sabía que ella sentía curiosidad, pero siguió cavando un rato más antes de darle una explicación.
- He decidido construir un múrete de piedra. De baja altura para definir los límites de la propiedad. La temperatura ya está bastante templada para hacerlo.
- ¿ Es por esto que tu ordenador ha estado tan parado últimamente?
- Hace tiempo que pensaba hacerlo _ dijo él, un poco a la defensiva. Señaló hacia el oeste, donde el terreno descendía hacia un riachuelo_ . Construiré una terraza allí abajo. Quiero que todo se adapte al paisaje. Después prolongaré el múrete hacia los lados de la propiedad
- Será mucho trabajo.
- Lo haré a mi ritmo.
Aunque el frente de La Novia del Francés se ceñía a un diseño paisajístico exquisito, nadie había prestado nunca demasiada atención a la parte de atrás. Terry sacó más tierra. Hay algo muy especial en un hombre que maneja una pala, y el sudor de su cuello puede saber tan bien como salsa de chocolate. No era justo. Candy tendría que controlarse para no comérselo a cucharadas. ¿Por dónde empezar sin embargo?
- Tengo que subir al desván. Oí que algo se movía allí arriba mientras estaba en tu cuarto de baño.
- Yo no he oído nada.
- Lo habrías oído si hubieras estado allí - Terry se interrumpió y apoyó ambas manos en la pala para observarla
- Has intentado llegar al desván desde que empezaste a trabajar para mí
- Soy el ama de llaves. Es mi trabajo.
- No eres tan buena ama de llaves.
Había llegado el momento.
- Muy bien. Si quieres nidos de ardillas por encima de tu cabeza, no es mi problema. _ Sacudió el pelo y se dio la vuelta. Desgraciadamente no fue lo bastante rápida, porque él ya había tirado la pala y se plantó delante de ella.
- Mi nuevo libro me ha absorbido más de lo que creía, o me habría dado cuenta antes. Crees que el cuadro está en el desván,
Candy tragó saliva.
- Todas esas historias que te has inventado... ardillas, vajillas viejas, Sólo eran excusas.
Ella intentó escabullirse pero todas las salidas estaban cerradas. Así pues decidió plantarle cara.
- Llámalo como quieras.
- ¿ Por qué no me lo preguntaste, sencillamente?
Candy trató de idear una manera amable de decirle que no confiaba en él no reclamara el cuadro como propio. Era un hombre inteligente. Ya se daría cuenta
Pero no.
Terry arrugó la nariz. Ladeó la cabeza y esperó. Justo en ese momento ella tuvo una de aquellas revelaciones cegadoras que te hacen ver lo equivocada que estabas. Quiso salvar la situación.
- Se me ocurrió que podrías... Bueno, la casa es tuya y... _ Se humedeció los labios.
Pasaron unos segundos hasta que él cayó en la cuenta, y entonces la cólera se apoderó de sus facciones sucias y aun así elegantes.
- ¿Creíste que te quitaría el cuadro?
- No era una suposición tan descabellada - Él tenía que verlo.
- La casa es tuya. Y yo no tengo dinero para contratar a un abogado que me explique mis derechos.
- Creíste que te quitaría tu maldito cuadro. _ Ya no era una pregunta sino una fría y dura acusación.
- Éramos enemigos _ le recordó ella.
Pero había ofendido su honor, y él no estaba dispuesto a aceptarlo. Se inclinó y agarró la pala.
- Lo siento _ dijo ella mientras él atacaba el suelo con fuerza suficiente para partir una columna vertebral. De veras. Fue un error de cálculo de mi parte.
- La conversación ha terminado.
- Un grave error de cálculo. Vamos, Terry. Necesito tu ayuda. Muéstrame cómo subir al desván.
Otra palada de tierra voló hacia la carretilla.
- ¿Y si tu cuadro está allí? ¿No temes que te lo robe?
Ahora estaba rencoroso, y Candy sabía cómo enfrentarse al rencor:
- Verás, éste es el problema de tener tan mal carácter. A veces meto la pata.
Su comentario derritió un poco el hielo de la ofendida dignidad británica.
- No tienes tan mal carácter. Pero eres una idiota. _ Habló con acento americano para hacerse entender mejor.
- ¿Quieres decir que me enseñarás el desván?
- No hay nada allí arriba. Susana se lo llevó todo antes de entrar yo en la casa. Puede que haya guardado cosas. No estoy seguro
- Quizá no sepas dónde buscar. Por ejemplo... hay un armario secreto. _ Candy no lo veía convencido del todo, pero detectaba los primeros signos de curiosidad. Adelantó el labio inferior componiendo una adorable expresión condolida. De veras, lamento haber ofendido tu honor.
No le engañaba, aunque él no quiso echárselo en cara. Candy contuvo el aliento.
- De acuerdo _ cedió Terry a regañadientes. Espera que me limpie y lo intentaremos. Pero luego no digas que no te lo advertí
Candy quiso pedirle que no se limpiara, que de esa guisa desaliñada le resultaba perfectamente aceptable _ más que aceptable_pero se calló.
Media hora más tarde, el obrero sudado había cambiado los tejanos por unos pantalones Dolce & Gabbana. La condujo por el pasillo hacia el estudio del primer piso.
_ Tuvimos que cambiar de sitio la puerta del desván cuando se hizo la reforma. Yo no quería perder espacio de pared y el arquitecto ideó un truco. _ Se acercó a las estanterías de libros empotradas
Candy ya se había fijado en que la unidad central sobresalía un poco respecto a las laterales, pero supuso que el diseño obedecía a la necesidad de tender tuberías. Cuando Terry apretó el borde de un estante, bloque entero se desplazó varios centímetros hacia delante y luego hacía un lado. Apareció una escalera estrecha que conducía al desván.
- Nunca la habría encontrado.
- Prepárate para una decepción.
Le siguió escaleras arriba y se detuvo en el último escalón.
El desván estaba vacío. La última vez que ella había subido allí, las polvorientas reliquias de su familia abarrotaban el espacio, pero ahora los pasos de Terry resonaban sobre el suelo de madera desnuda y reverberaban en las paredes con molduras de un verde descolorido.
Las curiosidades de tres generaciones de White habían sido eliminadas. Las cajas con los adornos navideños habían desaparecido, junto con el baúl de viaje de su abuela y los palos de golf del abuelo. La fea vajilla nupcial de Rose y las bolsas de plástico con cremallera, que contenían sus viejos vestidos de noche, ya no estaban allí. Un clavo sobresalía de los viejos paneles pero la pagaya de la fraternidad de William ya no colgaba de él, y no se veía por ninguna parte la canasta con la preciosa colección de peluches de Candy. Susana Marlowe se había deshecho de todas las piezas que componían la historia familiar de Candy.
Motas de polvo flotaban en las haces de luz que entraban por las pequeñas ventanas, y las tablas del suelo crujían bajo los pies de Terry, que se dirigió hacia el centro del desván, aquel lugar donde un tambor de Rubbermaid solía contener los viejos trajes de danza de Candy.
- Aquí no hay nada.
La daba la espalda, de modo que era imperativo recuperar la voz.
- Sí ya lo veo. _ Cuando él se dio la vuelta, Candy consiguió dominarse - Sin embargo, esta vieja casa guarda algunos secretos.
El desván estaba lleno de recodos y escondrijos formados por las buhardillas y chimeneas. Candy se dirigió a un rincón justo a la izquierda de la chimenea central, donde ella y Annie habían construido tiendas con dos sillas rotas y una vieja manta.
Rose le había enseñado cómo abrir el armario, a la vez que se aseguró que Candy no sentiría la tentación de hacerlo sola. «Ves, preciosa, aquí dentro no hay nada excepto escarabajos enormes y arañas peludas"
Candy se arrodilló delante de un panel de moldura que medía unos sesenta centímetros de ancho y tanteó la base.
- Mi abuelo vivía con el terror de que se reimplantaran la ley seca. Solía decir que la existencia de este escondrijo le permitía dormir tranquilo por las noches. Encontró el resorte oculto y lo soltó.
- Hay otro arriba, por encima del saliente.
Los caros pantalones de Terry le rozaron el hombro cuando él se acercó.
- Ya lo tengo.
Los paneles se habían combado con los años y Candy tuvo que empujar con fuerza para moverlos. Terry se adelantó y los levantó.
El armario era demasiado pequeño para contener un de los grandes cuadros enmarcados de Ash _ella ya lo sabía_ , Aunque el autor pudo dejarle a Elroy una obra más pequeña. O un lienzo grande enrollado. Candy llevaba semanas soñando con este momento pero, ahora que había llegado, no se atrevía a mirar.
- Hazlo tú.
Terry miró en el interior del armario.
- Parece vacío aunque no se ve bien - Se puso de costado y se agachó para tantear el suelo_ . Aquí hay algo.
A Candy se le secó la boca y le sudaron las manos
Terry sacó una vieja botella de licor cubierta de polvo.
- Dios santo, es whisky escocés Macallan de cincuenta años - El ánimo de Candy se desplomó.
- Para ti. A ver si hay algo más.
- Cuidado _ exclamó él cuando ella le quitó botella de las manos y la dejó en el suelo. Terry volvió a meter la mano el armario_ . Esto no es whisky...
Candy profirió un pequeño grito cuando él sacó un tubo grueso de aproximadamente un metro de longitud, envuelto en viejo papel marrón y atado con una cuerda.
Terry se enderezó.
- No parece ser...
- Oh, Dios mío... _ Candy se lo arrebató y corrió hacia una ventana.
- Candy, no pesa lo bastante para ser un lienzo.
- ¡Sabía que estaría aquí! ¡Lo sabía!
La cuerda se rompió con facilidad y el papel quebradizo se deshizo entre sus dedos cuando quiso retirarlo. Debajo del envoltorio, sin embargo, no había más que un voluminoso rollo de papel. Nada de lienzo. Un mero papel.
Candy tuvo que apoyarse contra el marco de la ventana.
- Déjame ver _ dijo Terry.
- No es la pintura.
Él le dio un pequeño apretón en el hombro y desenrolló el papel. Cuando al fin habló, su voz denotaba aún más reverencia que la que le inspirara el whisky
- Estos son los planos originales de la fábrica de ventanas. Son de los años veinte. Es todo un hallazgo.
Para él puede que lo fuera. Candy volvió apresurada al armario se agachó y metió la mano dentro. Tenía que estar allí. No quedaba otro lugar donde buscar. Tanteó las tablas del suelo y los rincones.
Sólo había telarañas.
Se sentó sobre los talones. Oyó el crujido del papel cuando Terry dejó los planos a un lado. Fue a arrodillarse junto a ella, seguido del aroma de su colonia y su compasión. Le remetió un mechón de cabello detrás de la oreja y le acarició el pómulo con el pulgar.
- Candy, no necesitas el cuadro. Eres perfectamente capaz de mantenerte a ti misma. Quizá no con todo lujo pero
- Tengo que… encontrarlo.
- De acuerdo, pues. Buscaremos juntos en la cochera y la estación.
- Tal vez yo descubra algo que pasaste por alto.
- Tal vez. _ Tenía tantas ganas de apoyarse en él que se apartó bruscamente. - Más vale que vuelva al trabajo.
- Te doy el resto del día libre.
Esa insoportable compasión otra vez. Candy se puso de pie.
- Hay demasiado que hacer. Y no necesito que me mimen.
Él sólo intentaba ser amable y ella lo ofendía, pero no se sentía capaz de ofrecer nuevas disculpas. De camino hacia las escaleras, se sentía la más desgraciada de las mujeres.
Terry pasó el resto de la tarde en su despacho. Cada vez que Candy pasaba por delante de la puerta, oía el sonido amortiguado del teclado. A última hora metió en el horno una de las misteriosas fiambreras del congelador, puso el temporizador y le dejó una nota diciéndole que le vería por la mañana. Se sentía demasiado frágil para arriesgar que Terry fuera a la cochera más tarde, de modo que añadió una posdata: «Tengo la regla y me propongo automedicarme en serio no molestes!»
Cuando salió de La Novia del Francés todavía no le había anunciado que dejaba su empleo para trabajar con Jewel, todavía no le había agradecido su amabilidad en el desván ni le había dicho nada de lo que debía decirle.
Había empezado a lloviznar de nuevo y Gordon corrió delante de ella. Candy le abrió la puerta de la casa pero ella no entró- En cambio, se dirigió al estudio. Mientras giraba la llave en la cerradura, trató de convencerse de que lo ocurrido no significaba el final de su búsqueda. Terry había dicho que la ayudaría. Quizás una mirada nueva pudiera ver lo que sus ojos no habían detectado.
Encendió la bombilla del techo y examinó el taller; la escalera manchada de pintura, las viejas latas y los pinceles. Incluso a través del plástico sucio que protegía el conjunto, podía discernir gruesas pinceladas de rojo bermellón, salpicaduras de verde chillón, remolinos de azúl eléctrico y grandes brochazos de amarillo canario. Sobre la moqueta raída que cubría el suelo había tachuelas y colillas, la tapa de un bote de pintura y otros objetos, ya irreconocibles, que había quedado encapsulados como escarabajos fosilizados en ámbar.
Había pintura por todas partes, pero el cuadro no estaba allí- Y el hombre que vivía en La Novia del Francés no abandonaba sus pensamientos. Candy luchó por dominar la desesperación.
Continuará…
