Capítulo 14
_ ¿Cuándo vas a poner fin a esta locura?
GEORGETTE HEYER, Estas viejas persianas
El apartamento encima de Tesoros del Ayer era exiguo y deslustrado, lleno de muebles que o bien no habían sido vendidos o todavía no se habían puesto a la venta. El área habitable lucía una pared de ladrillos vistos, dos ventanas altas que daban a la calle principal y un sofá-cama. Una mampara de plástico separaba la ducha, en la esquina, del resto del anticuado baño, mientras que la pequeña cocina disponía de una vieja nevera, un nuevo horno microondas y una estufa de gas de los años setenta. . El apartamento no podía ser más diferente de la casa de Susana, pero aunque no se sentía precisamente feliz allí, tampoco del todo desdichada.
Llevó una taza de té sin teína a la mesilla de café francesa que había sacado del escaparate para tener un lugar donde comer, y contempló la calle fría por la ventana. Eran casi las once de la noche, y los comercios habían cerrado hacía rato. El rótulo de neón rojo de la tintorería Corner parpadeaba en la suave llovizna que volvía a caer, y los faros de un coche se reflejaron en el escaparate de la librería de Jewel. Susana tenía treinta y dos años y era la primera vez que vivía sola. No es que llevara demasiado tiempo en soledad. Ésta sería la segunda noche.
- ¡Este es un mal rollo! _ había exclamado Gigi al entrar como un vendaval en la tienda después del colegio _ . Anoche papá me obligó a hacerlo todo. Tuve que limpiar la cocina después de cenar pizza y luego encima, sacar a basura. Él ni siquiera me ayudó. Se encerró en su despacho ¿ Cuando vuelves a casa?»
Susana quedó tan sorprendida del conjunto negro de Gigi y de su maquillaje de ojos que no pudo responder enseguida- ¡Su niña! como había deseado ver el fin de la era de ropas informes del Ejército de Salvación, Susana no estaba preparada para esto. ¿Qué vendría después? ¿Tatuajes y piercings en la lengua?
Tomó un sorbo de café. Ni siquiera las Sauces del Mar sabían que se había ido de casa, aunque Donna Grimley, la mujer que Susana contratara como nueva ayudante, empezaba a sospechar algo.
El semáforo de la esquina se puso rojo y la silueta alargada de un hombre cruzó la calzada. Era alto y de espaldas anchas, y llevaba el cuello de la chaqueta levantado para protegerse de la llovizna. Era Anthony, y el pulso de Susana se aceleró, como lo hacía cuando era adolescente. Sintió un deseo sexual que no había experimentado en mucho tiempo, y se levantó de la mesa para acercarse más a la ventana.
Anthony aminoró el paso al llegar a la acera. Descubrió que Susana le observaba desde arriba y le devolvió la mirada. Ella apoyó la mejilla contra el cristal sucio de la ventana y apretó la taza de té contra el pecho.
Anthony hizo un gesto brusco con la mano. «Abre la puerta, joder y déjame entrar.»
El aliento de Susana dibujaba círculos opacos sobre el cristal Hubo un tiempo en que hubiera trazado las iniciales de él dentro del círculo. Ahora sólo negó con la cabeza.
La ira de Anthony crecía por momentos, la ira de un marido maltratado y cargado con una mujer histérica y desagradecida. Hizo un nuevo gesto enfurecido con la mano.
Ella volvió a negar con la cabeza. En casa había una llave de repuesto de la tienda. Anthony no se había dado cuenta o no pensó que podría necesitarla. La lluvia brillaba en su cabello y su cuerpo se puso rígido. Se alejó con pasos airados, devorando la acera mojada con sus zancadas
Mucho después de perderle de vista Susana seguía junto a la ventana, apretando su taza de té y aguardando la llegada de las lágrimas.
No llegaron.
Candy durmió hasta tarde la mañana siguiente. Cuby y sus compinches habían vuelto la noche anterior _ dos noches seguidas- y la habían mantenido despierta con sus gritos.
"Candy...Candy…..Candy…"
Se vistió apresuradamente y, cuando llegó a La Novia del Francés, encontró una nota de Terry: la informaba de que iba a Memphis por trabajo y no volvería hasta última hora de la tarde. Al final ponía: «He reservado una mesa para esta noche en el Lakewood Inn. Te recogeré a las siete"
Hablando de insensateces... Terry tenía el deseo de muerte subido. ¿ Por qué si no, iba a hacer algo tan estúpido? Una cosa era que Candy trabajara para él _ a la gente le gustaba la idea_ y otra, muy distinta dejarse ver juntos en público. Ella pronto se iría de Lakewood pero él había echado raíces en la ciudad. Y, por muy famoso que fuera, seguía siendo un forastero. Si la gente descubriera que ya no se dedicaba a hacerle la vida imposible a Candy, perdería el respeto que tanto le había costado ganar.
Se levantó tiró la nota a la basura, que es donde tenía que estar, y luego miró a Gordon que acababa de tomar su desayuno.
- He hecho un trabajo de primera, ¿verdad? Este asunto me va a estallar en la cara.
Gordon interrumpió su estirón poscomida para dedicarle una de esas miradas «ya te lo dije».
Candy agarro una esponja y atacó la encimera. Terry no aceptaría actuar a escondidas, como cualquier persona sensata. Desde su posición en lo alto del gran caballo de la moralidad, consideraría la noción de verla sólo por el sexo como sórdida. Pero ¿quién dice que lo sórdido es siempre malo? A veces lo sórdido es, sencillamente, lo más práctico
Trabajó frenéticamente el día entero. Hizo las compras, limpió la nevera, y ordenó los armarios. Cuando entró en el despacho de Terry para revisar el correo del día, deseó haberle dicho ya que había aceptado un empleo en la librería.
También deseó haber encontrado el manuscrito de Reflexiones Cuando le había preguntado si podía leerlo, le contestó que no tenía ninguna copia actualizada. Ella repuso que cualquier copia serviría, pero él siguió dándole largas hasta que Candy tuvo que decirle sin rodeos que atacar a Rose cuando estaba muerta no era, a su entender, juego limpio. Terry no le hizo caso, y sus investigaciones desde entonces no habían dado con el manuscrito, ni siquiera con un archivo de ordenador. Vio una copia impresa de los primeros capítulos de su nuevo libro encima del escritorio. Las correcciones en rojo que manchaban sus páginas le recordaron su último curso del instituto, cuando esa misma escritura censora cubría los márgenes de todos los trabajos que había redactado para él.
Volvió a la cocina y empezó a preparar comida para congelar, como habían hecho todas las solteras soñadoras de Lakewood. Al final no pudo reprimirse más y lo llamó al móvil.
- Candice Elizabeth al habla _ dijo cuando él contestó.
- Yo no sabía que te llamas así.
- Cuéntaselo a tu psiquiatra. _ Se acomodó junto a Gordon en el sofá del solario_ . ¿Dónde estás?
- Camino de casa. ¿Cómo te encuentras?
- Bien. ¿Por qué preguntas?
- ¿ Y tu período ?
- Eh... Terminó.
Él, sin embargo, ya había percibido su vacilación y era más listo que la mayoría de los hombres.
- Me mentiste. No tenías el período. Esto no va conmigo _ Su voz sonaba deliciosamente pomposa y decididamente ofendida.
- Lo siento ó Candy. -Anoche estaba muy cansada y no quise herir tu ego rechazándote. Los hombres podéis ser tan sensibles... Y no olvides que tengo un largo historial de buscar la salida fácil.
- ¿Por qué será que esta llamada me resulta cada vez más preocupante?
Resultaba muy difícil ganarle un pulso a Mister Yogui
- En realidad, tengo noticias que comunicarte. Pero son buenas así que no te preocupes. Hasta puede que aparques en el arcén para dar un salto de alegría ó el lomo de Gordon. Ella no se sentía con ganas de dar saltos de alegría. -A partir de mañana ya no trabajaré para ti.
- ¿De qué estás hablando?
- Jewel me ha contratado. No paga mucho pero tú tampoco, así que no se trata de dinero. Y no he olvidado el cheque de dos mil dólares que me firmaste y que, dicho sea de paso, rompí en pedazos,
Aguardó el estallido. No tuvo que esperar mucho.
- ¡Esto es totalmente inadmisible!
- ¿Por qué? Me despediste. ¿Lo recuerdas?
- Hubo una renegociación.
- ¿ Cuándo?
- Sabes muy bien a qué me refiero.
- No me digas que consideras negociación lo que hicimos el domingo en la cama.
- Deja de ser tan terca. Trabajando en la librería, estarás a merced de cualquiera que entre en la tienda. No podrás protegerte de las maldades que tus viejos enemigos tramen contra ti. Jewel debería saberlo.
- Calla papí, me estás asustando.
- Puedes burlarte todo lo que quieras. Mientras trabajes en La Novia del Francés, estás protegida. En la librería, serás un blanco fácil.
- He conocido a hombres insensatos en mis tiempos, pero tú acabas de ascender a la cabeza de la lista. Querías deshacerte de mí. ¿Lo has olvidado?
Como era de prever, él no le hizo caso.
- ¿ Por qué no hablaste conmigo ?
- No hubo tiempo. Jewel me ofreció el empleo ayer por la mañana - El tono ominoso que le llegó a través del teléfono le dijo que acababa de cometer un error estratégico.
- ¿ Lo sabías desde ayer y sólo se te ocurre mencionarlo ahora?
- Hubo algunas distracciones. A propósito, gracias por ser tan comprensivo en el desván. Debí agradecértelo ayer, pero habrás notado que me cuesta expresar mi gratitud.
- No te cuesta en absoluto expresar tu gratitud. Y me encantaría que dejarás de intentar controlar cada conversación que te incomoda sacando a relucir tus imaginarios defectos de carácter.
Terry era un hombre peligroso y Candy se apresuró a cambiar de tema.
- ¿ No crees que ya es hora de dar el salto de alegría?
Uno de los dos tiene que velar por tus intereses. Llama a Jewel inmediatamente y dile que has cambiado de opinión.
- Ni hablar
- Tenemos un acuerdo. No permitiré que te retractes.
- Alto ahí. El único acuerdo que hemos tenido jamás es que tú intentarías hacerme tan infeliz como pudieras y yo trataría, de sacar el mejor partido de una situación intolerable, como siempre han hecho las valerosas mujeres del Sur.
- Hablaremos de eso durante la cena _ espetó Terry, quien, evidentemente, había llegado al final de su corta paciencia.
- En cuanto a eso...
Él interrumpió la comunicación antes de que Candy pudiera decir nada más.
Terry estaba de un humor de perros mientras se vestía para llevar a Candy a cenar fuera. A su manera típicamente irreflexiva ella sólo había conseguido complicarse más la vida. Aceptando el empleo en la librería, quedaba a tiro de todos aquellos que todavía le guardaban rencor. Se puso el reloj. La noche anterior habían vuelto a aparecer aquellos ruidosos admiradores. Él estaba leyendo en el estudio del segundo piso y no les oyó enseguida. Cuando bajó, ellos ya se habían ido, privándole de la satisfacción de echarles.
Inspeccionó el dormitorio con la mirada. Candy le había dejado ropa limpia, sábanas nuevas y un surtido de sus frascos de aseo favoritos. Había empezado a acostumbrarse a que alguien cuidara de su bienestar, aunque era perfectamente capaz de hacerlo él mismo. Aun así, ella cuidaba de los pequeños detalles, como la reluciente manzana roja que descansaba sobre una servilleta de lino blanco en la mesilla de noche. Una manzana. ¡Mujer imposible! Terry frunció el entrecejo y se abrochó los gemelos.
De camino hacia la cochera, se recriminó no haberle aclarado que había sido contratada de nuevo, aunque dudaba que esto cambiara las cosas. A Candy le gustaba fastidiarlo todo. No había podido quitársela de la cabeza en todo el día... Su imagen mientras hacían el amor, la dulzura que había sustituido su habitual mordacidad, sus ojos plateados, entrecerrados y absolutamente seductores. Después se había acurrucado entre sus brazos y le divirtió con su descaro. Él nunca había sido una persona animosa pero, cuando estaba con Candy al menos intuía la posibilidad de experimentar esa animosidad, Demasiado tarde deseó haber pensado en llevarle flores, un gesto galante intrínsecamente sureño, hermoso, complejo y tan ambiguo como ello.
Se acercó al porche de la cochera. La sola idea de volver a verla aligeraba el ánimo tenebroso que le había pesado durante todo el día. Entonces vio la nota enganchada en la puerta.
Otro período.
Candy mordisqueaba un trozo de boniato mientras miraba por las ventanas de La Caseta del Lago. Más allá del embarcadero, el agua oscura y misteriosa aguardaba el retorno de las motos acuáticas y los bañistas. Cuando iban al instituto, solían reunirse en punta Allister, donde tomaban cerveza a escondidas, contaban chistes verdes y ligaban. Se preguntó si Terry habría ligado alguna vez sobre una manta tendida en la playa, entre olores de cerveza y crema de bronceado. Le costaba imaginárselo.
Empujó a un lado la mitad sin comer de su bocadillo de lomo, una especialidad de la casa, con su tamal, el pan de maíz y el eneldo frito picante. Había escasos comensales esa noche de media semana pero, aun así Candy había elegido una mesa en la esquina más lejana del comedor. Y aun así, había tenido que echar a Jeffie Stevens.
Había ido allí conducida por la nostalgia y el anhelo del bocadillo de lomo de su niñez. La decoración rústica de barco ribereño seguía tal y como la recordaba: lámparas de pantalla verde con brazos de latón paredes de tablas de madera, cenefas color jengibre, sillas de madera con cojines de vinilo para protegerlas de los bañadores mojados que se suponían prohibidos en el comedor, una regla convenientemente olvidado de mayo a octubre, cuando La Caseta del Lago recibía su mayor clientela. En los viejos tiempos, guardamalletas de terciopelo verde pendían sobre las amplias ventanas que daban al agua. Ahora las guardamalletas eran rojas y rematadas con borlas doradas, y el suelo de madera lucía una capa reciente de pintura gris. En la esquina había una máquina de discos, junto a una diminuta pista de baile convenientemente situada cerca de la puerta que conducía al bar.
Candy alargó la mano para coger su Coca-Cola, y casi la tiró al suelo cuando vio a Anthony acercarse al bar. Era su día de suerte. Había escogido ese lugar para que no la vieran en público con Terry, y ahora aparecía Anthony. Puede que no la viera. Sin embargo, un largo espejo cubría la pared detrás de la barra, y, en el momento en que el camarero le sirvió una cerveza, Anthony levantó la cabeza.
Candy se volvió hacia la ventana y fingió no haberle visto, pero él ya se dirigía hacia ella. Llevaba un traje gris, una camisa blanca y una corbata con el nudo flojo. Todas las miradas se volvieron hacia ellos. Candy bajó la vista a su plato y dijo con los labios apretados.
- Sabes que no debes hacer esto. Vete.
Anthony apartó con el pie la silla colocada frente a ella y se dejó caer en el asiento, con el botellín de cerveza en la mano.
- No me da la gana
El adolescente que ella recordaba jamás se habría sentado sin haber sido invitado, pero aquel chico era mucho más amable que este empresario de mirada acerada. Ojalá estuviera allí su perro.
- Hablo en serio Anthony. Todos dirán que te seduje para venir aquí y, francamente, estoy un poco harta de que me hagan responsable de las desgracias de toda la humanidad.
Anthony no llevaba el pelo revuelto intencionadamente, como Terry. Tenía el aspecto de habérselo mesado demasiadas veces, y las líneas de su cara estaban más pronunciadas que hacía cuatro noches. Su chaqueta se abrió cuando estiró las piernas y señaló el plato de Candy con la botella.
- ¿ Vas a comer el resto del bocadillo?
- Sí
Pero él ya se había puesto delante el plato de Candy. Cuando le vio coger la mitad que había dejado intacta, el pasado la asaltó tan deprecia que se sintió mareada. ¿ Cuántas comidas suyas se había terminado Anthony cuando iban al instituto? Candy no comía, picoteaba, la interesaba más el flirteo y la diversión que la comida, y Anthony tenía el apetito pantagruélico de los chicos adolescentes. De pronto deseó que todo volviera a ser como antes: las oportunidades desperdiciadas, la confianza perdida, la bendita arrogancia que la hacía sentir invulnerable. Quería volver a tener a su madre. A las Sauces del Mar. Y, por encima de todo, quería tener la vida que habría tenido si se hubiera quedado con su primer amante, aunque no le amara demasiado tiempo.
El chico de las grandes perspectivas engulló el bocadillo y tomó un trago de cerveza
- ¿ Pensaste algunas vez en Lakewood después de marcharte?
- Intentaba no hacerlo
- ¿ Recuerdas que planeábamos irnos de aquí? ¿ Vivir en la gran ciudad y cumplir nuestros sueños?
- Tú ibas a cumplir tus sueños. Yo me dedicaría a ir de compras.
A Terry le habría gustado el comentario, pero Anthony apenas pareció entenderla. Nunca habían tenido el mismo sentido del humor, ni siquiera cuando eran jóvenes. El de Anthony había sido siempre más literal, como el de Susana. Anthony rascó la etiqueta de la cerveza con la uña.
- ¿ Pensabas alguna vez en mí?
Candy acusó el cansancio de un día largo y suspiró.
- Vete a casa Anthony. Mejor aún, me voy yo
Dejó caer la servilleta sobre la mesa y quiso ponerse de pie, pero Anthony la asió de la muñeca.
- ¿ Pensabas en mí? –repitió fieramente
Candy no estaba de ánimos para afrontar el tema. Al dejarse caer de nuevo en la silla, liberó su mano de un tirón.
- Pensaba en ti continuamente- replicó- Cuando Neil Leegan me daba bofetadas, pensaba en ti. Cuando me la pegaba con otras mujeres, pensaba en ti. Y la noche en que Tom y yo entramos tambaleándonos en una capilla de Las Vegas, los dos tan borrachos que apenas podíamos pronunciar los votos, también pensé en ti. Un día ( y eso ocurrió después de mi divorcio, que lo sepas, porque a diferencia de mis fracasados maridos, yo no les era infiel), un día me desperté en un motel sórdido, junto a un hombre que juraría no haber visto en mi vida y, oye, entonces sí que pensé en ti, querido.
Una mezcla de emociones cruzó la cara de Anthony: turbación, compasión y un asomo de satisfacción, por descubrir que ella había sido castigada por lo que le había hecho. Su reacción tan humana apagó la ira de Candy que le dirigió una sonrisa melancólica.
- Antes de que te animes demasiado, más vale que te diga que dejé de pensar en ti cuando conocí a Albert Andrey. Amé a ese hombre con toda mi alma.
La satisfacción se borró de la cara de Anthony y Candy supo lo que vendría a continuación. Levantó la mano para impedirlo.
- No te molestes en compadecerme. Albert y yo fuimos más felices en el corto tiempo que duró nuestro matrimonio que la mayoría de las parejas en toda una vida. Tuve mucha suerte.
Anthony la sorprendió con su obtusa reacción.
- Susana y yo hemos sido muy felices.
- No pretendía hacer comparaciones
- Todos los matrimonios tienen problemas de vez en cuando
Ella y Albert no. Él había muerto demasiado pronto para ello.
- ¿ Qué puedo servirle, señor Brower? – Los ojos de la camarera brillaban de curiosidad cuando se acercó a la mesa -¿ Algo más, señorita?
- Tomaré otra cerveza Anthony.- y a ella tráele un trozo de tarta de chocolate.
- Sólo la cuenta, por favor _ dijo Candy.
- Que sean dos trozos de tarta _ insistió él
- Por supuesto.
- No quiero tarta Candy cuando la camarera se alejó. -Quiero irme a casa. Y ya que eres todo un santo, parece que no se te ha ocurrido que Susana se enterará de nuestro pequeño encuentro y me imagino que no le gustará y que ésta no es la mejor manera de arreglar vuestras diferencias.
- No tengo por qué sentirme culpable.
La respuesta fue estudiada, y Candy le observó con atención
- Quieres que Susana se entere, ¿eh?
- Pásame las patatas, si no piensas terminarlas.
- No me gusta que me utilicen.
- Me lo debes.
- No después del domingo _ repuso ella.
Anthony estudió la mancha que su cerveza había dejado sobre la mesa
- Estás hablando de Gigi.
- Tan listo como siempre.
- No voy a disculparme por estar preocupado.
- Entonces eres idiota. Tú y Susana lograsteis convertirme en la fruta prohibida, y puedes apostar a que Gigi encontrará la forma de volver a verme.
En lugar de una réplica enfadada, Anthony resiguió con el dedo la mancha circular de la cerveza.
- Probablemente tengas razón.
La camarera volvió con la cerveza, dos trozos de tarta y la cuenta de Candy. Cuando se fue, Candy removió con la pajita los cubitos de hielo de su Coca-Cola.
- Es una chica estupenda, Anthony. Ahora mismo, se está haciendo las preguntas que la mayoría no se hace hasta que es mayor.
- No me ha preguntado nada.
Candy arqueó una ceja.
- Tenemos una buena relación -.añadió él, a la defensiva. -Siempre hemos hablado de todo.
- Antes de entrar Gigi en la adolescencia.
- Eso no tiene por qué cambiar las cosas.
- Hablas como si tuvieras noventa años. ¿Acaso no te acuerdas como era ser adolescente? Yo no soy su madre pero tengo fama, y eso me convierte en una confidente irresistible.
- ¿ Qué preguntas te hace?
- Eso es información reservada. Tendrás que confiar en mí.
Anthony la contempló largamente. Candy esperaba que dijera que ella era la última persona en la que confiaría, pero no lo hizo.
- Terry tiene razón. Has cambiado.
Ella se encogió de hombros. Anthony volvió a juguetear con la botella de cerveza.
- ¿ Te has preguntado alguna vez qué habría pasado si hubiéramos seguido juntos?
- Mi impulso de autodestrucción era demasiado fuerte. Si no te hubiera dejado por Neil Leegan, lo habría hecho por otro.
- Supongo que no podías evitarlo.
- Espera un momento. ¿No irás a agitar una rama de olivo tan fácilmente?
- Tu padre era un hijo de puta insensible. Si te hubiera dado un poco de amor no habrías adoptado con los hombres tu estrategia de tierra quemada.
- Las niñas y sus papás
Anthony hizo una mueca
- No pasará lo mismo con Gigi, Anthony. Ella sabe que la quieres. Lo superará. Déjale un pequeño margen para que cometa sus errores.
Él cambió de tema.
- No vayas a por Terry, Candy. Él sufre, como todos nosotros, y todavía tiene muchas heridas del suicidio de su mujer.
- Preocúpate por ti mismo empujó su trozo de tarta sobre la mesa. -Y no vuelvas a utilizarme como moneda de cambio en tus problemas con Susana.
- ¿ Es lo que crees que estoy haciendo?
- Sí
Anthony se inclinó en la silla y la miró a los ojos
- ¿ Y si te dijera que todavía me acuerdo de ti?
- Te creería pero no le daría importancia. No queda ni una chispa entre nosotros.
- Aún eres una mujer hermosa.
- Y tú un hombre guapísimo. Ken y Barbie, ya mayorcitos. Ofrecemos una buena estampa pero no tenemos mucho que decirnos.
El comentario le hizo sonreír, y ella creyó intuir que caía una barrera entre ambos. Antes de que la sensación se desvaneciera, cogió su bolso y empujó la cuenta hacia Anthony.
- Gracias por la cena. Y suerte cuando expliques esto a Susana.
Cuando Anthony llegó a su casa, le pareció abandonada. Su mujer no le esperaba con una copa de vino y una sonrisa. Del dormitorio de su hija no llegaba el rugido de la música rock. Tiró la chaqueta sobre respaldo de una silla en la cocina, encima del jersey que había dejado en el mismo lugar el día anterior. El Sports Illusírttratéd estaba abier to sobre la mesa de la cocina. La encimera estaba cubierta de porspectos publicitarios, mezclados con facturas e informes de su corredor de bolsa, que Anthony todavía no había tenido tiempo de ordenar. Siempre se había considerado un hombre bien organizado pero esta mañana, a la hora de vestirse, no podía encontrar su cinturón negro de vestir ni su cortaúñas. Intentó imaginar la reacción de Susana cuando supiera que había estado con Candy. Tal vez así recobrara la sensatez y decidiera volver a casa.
La puerta principal resonó con un portazo.
- ¡Papá!
Gigi parecía, fuera de sí. Anthony dejó caer el periódico. Esta noche Gigi había cenado con Susana en el Inn y, al acudir al vestíbulo Anthony imaginó mil catástrofes.
La muchacha se había detenido con los ojos llenos de angustia y el pecho agitado. Parecía muy joven y desamparada. Anthony la atrajo hacia sí.
- Cariño, ¿qué te pasa?
- Papá... _ Gigi temblaba entre sus brazos_ . Papá mamá nos ha abandonado.
Susana aferraba el volante del coche. No había podido ocultárselo a Gigi por más tiempo. Quizás ella y Anthony debieron decírselo juntos, aunque así parecería algo muy grave y Susana no quería asustar a la chica. Además, dudaba mucho que Anthony accediera a hablar con Gigi en su presencia. Estaba demasiado enfadado para eso.
Cuando había hablado por teléfono pocas horas antes, él se había mostrado sarcástico y hostil, interpretando el papel del esposo sufrido que tenía que sobrellevar la carga de una esposa chiflada. Y puede que tuviera razón ¿Qué mujer en sus cabales abandonaría a su marido porque no la quiere lo suficiente? A pesar de todo, no se arrepentía de no haberle dejado subir la noche anterior.
Irónicamente, ella y Gigi se divirtieron durante la cena, una vez Susana superó la conmoción que le produjo el nuevo peinado de su hija. No sólo se había teñido unos mechones rojos, también se lo había cortado de forma irregular por un lado. Pero la niña parecía sentirse a gusto de esa guisa, y Susana hasta logró dedicarle un cumplido. Tampoco hizo ningún comentario sobre el maquillaje de ojos de Gigi ni su atuendo negro, excesivamente ceñido al cuerpo. Tras cierta vacilación inicial Gigi empezó a parlotear sobre cómo las chicas dejan escapar su poder, tema que había asomado su fea cabeza por primera vez después de aquel encuentro clandestino con Candy.
…como cuando una chica hace tonterías en clase, sólo para hacer reír a un compañero que le gusta. O como cuando las chicas permiten que los profesores no les hagan caso, incluso las profesoras. La señora Kirpatrick pregunta a los chicos mucho más que a las chicas, porque ellos siempre están inquietos y ella quiere mantenerles a raya. Hoy levanté la mano mil veces pero no quiso preguntarme. Al final, me levanté de la silla y empecé a agitar los brazos, hasta que tuvo que darse por enterada.
- Recuerdo que a mí tampoco me hacían caso.
- Porque eras muy callada.
Susana asintió.
- Terry no. En algunos aspectos era el peor profesor; en otros, el mejor-Adoptó un falso acento británico_ : «Jasper, no levantes el trasero del asiento hasta que te lo diga. ¡Susana, habla más alto!» Me aterrorizaba
Gigi rió y, durante unos minutos, todo pareció normal. Entonces les sirvieron la tarta de fresas que había pedido Gigi, y Susana supo que ya no podía aplazar más la conversación.
- Hay algo que quiero decirte, antes de que lo oigas de otra persona y te hagas una idea equivocada. _ Se obligó a sonreír un poco, como si el anuncio que estaba a punto de hacer no fuera más desagradable que una cita con el dentista_ . He decidido que necesito estar sola un tiempo. No es nada importante y, por supuesto nada de lo que debas preocuparte. Pero me quedaré un poco más en la tienda.
Gigi no lo comprendió al principio.
- ¡Eso no tiene sentido! No es justo. Pasas más tiempo en la tienda ahora que antes de contratar a Donna.
Susana lo intentó de nuevo, midiendo sus palabras
- No sólo tiene que ver con el trabajo. Necesito aclararme algunas ideas. Papá y yo nos casamos muy jóvenes, y la gente cambia con los años. Tengo que reflexionar sobre ciertas cosas. Será por unas semanas. Un mes, tal vez. No es nada grave, pero tú también te estás haciendo mayor y sería injusto no decírtelo.
La petulancia dio lugar a un comienzo de entendimiento y luego al horror en la cara de su hija. En cuestión de segundos Gigi llegó a la conclusión del desastre definitivo.
- Papá y tú vais a divorciaros, ¿verdad?
- ¡No! No, cariño, nada de eso. _ Susana esperaba poder disimular sus propias dudas_ . Papá y yo no vamos a divorciarnos. Sólo necesito alejarme un tiempo, para aclararme las ideas
Una niña vulnerable ocupó el lugar de la adolescente hosca y Gigi se echó a llorar.
- Os vais a divorciar.
Entonces Susana supo que no debía haber elegido el comedor del Inn para darle aquella noticia, aunque creía que un lugar público quitaría hierro al asunto. De nuevo se había equivocado.
- Es por mi culpa, ¿verdad? _ A Gigi le goteaba la nariz- Porque he sido insoportable.
- No, cariño. No. Esto no tiene que ver contigo. _ No mencionó que su comportamiento había empeorado las cosas.
La acompañó a los lavabos de señoras, donde la abrazó, le limpió el maquillaje corrido de los ojos e hizo todo lo posible por convencerla _ y convencerse a sí misma_ de que aquello solo era transitorio.
Susana temblaba todavía cuando subió las escaleras y entró en el sórdido apartamento que se había convertido en lugar de residencia de la mujer más rica de Lakewood, estado de Misisipí. Se quitó la ropa, se puso una camiseta y sus nuevos pantalones de pijama a cuadros blancos y azules, y se sentó para ocuparse del papeleo de la tienda, pero no pudo concentrarse. Cogió el recetario Southern Living y empezó a pasar
Las páginas sólo para caer en la cuenta de que no tenía para quién cocinar. Sonó el teléfono. Sabía que era Anthony. Gigi ya debía haberle contado su conversación y estaría furioso. Si no contestaba _ y no tenía ganas de hacerlo_ sólo empeoraría las cosas.
- ¿ Sí?
- Susana estamos aquí. _ No era Anthony sino Patty_ . Baja ahora mismo y ábrenos la puerta.
Le hubiera gustado que pasaran unos días más antes de que las Sauces del Mar se enteraran de todo.
- Un momento.
Mientras bajaba las escaleras, consideró la posibilidad de decirles que sólo estaba en el apartamento para adelantar el inventario. No serviría de nada
Parecían vestidas para una fiesta improvisada. Annie llevaba leotardos negros y una camisa de trabajo masculina; Patty, un chándal amarillo con chaqueta a juego; Luisa, unos téjanos. Flammy debía de haber ido a la iglesia por la tarde, porque lucía un traje de color rosa y blanco. Invadieron el pequeño apartamento, impregnándolo de sus perfumes intensos y sus ganas de inmiscuirse.
- Hemos traído provisiones. _ Patty sacó una botella de vodka y una coctelera de plata de su bolso tropical_ . Demos gracias al Señor por las infecciones de vejiga de Flammy. Así sabemos dónde encontrar zumo de arándano en todo momento.
- Ya no me molestan tanto. _ Flammy sacó de una bolsa una botella de zumo y un par de latas de Coca-Cola, ya que ella no tomaba alcohol.
- No tendrías tantas infecciones si hicieras pis después de hacer el amor. _ Luisa se dirigió a la cocina y empezó a abrir los armarios buscando vasos.
- Sí que hago pis _ replicó Flammy_ . Pero no sirve de nada.
Luisa agitó una copa delante de ella.
- ¿Inmediatamente después? ¿O dejas pasar un rato?
- Depende
- Yo hago pis _ interpuso Patty_ y, aun así, a veces tengo infecciones
Intentar detener a las Sauces del Mar cuando ya estaban en movimiento era como intentar frenar una avalancha. Susana se hundió en los cojines deformados del sofá y las dejó hacer. Annie sacó un bote de cacao Puffs de una mochila Radio Shack.
- Es el único chocolate que encontré en casa. Los niños se termianaron mi Hershey's.
La última vez que hubo una emergencia y las Sauces del Mar acudieron con vodka, zumo de arándano y chocolate, Annie había acabado divorciándose. Susana cruzó las piernas.
- ¿De qué va todo esto?
- La culpa es de Covner, entre otros. _ Annie vertió cacao en el bol que le tendió Heidi. Sue Covner era una entrometida notoria, a la vez que la esposa del dueño de la tintorería Covner, situada en la acera de enfrente de Tesoros del Ayer.
Patty fue a la cocina.
- Ni una palabra más hasta que haya preparado los cócteles
Las Sauces del Mar estaban acostumbradas a trabajar juntas y no tardaron mucho en acomodarse en el sofá, copas en mano, después de acercar la mesilla de café francesa para tener donde apoyar un plato de galletas y algunos Skittles que Luisa rescató del fondo de su bolso.
- Podéis reíros si queréis _ dijo Flammy_ , pero éste es un asunto serio y vamos a empezar con una oración. _ Cogió las manos de Susana y Annie_ . Señor Jesucristo, hemos venido con espíritu solidario para ayudar a Susana y Anthony en sus momentos de tríbulación. Te rogamos les concedas la capacidad del perdón, para que puedan resolver sus problemas, sean cuales sean. Recuérdales lo mucho que se quieren. Y no permitas, Señor Jesucristo, que nadie separe a los que Tú quisiste unir. Oramos en Tu nombre. Amén.
- Amén _ secundaron las demás.
Susana tomó un sorbo de vodka con zumo de arándano- apenas unas gotas de zumo_ y miró a Patty, que se incorporó en su asiento
- Muy bien, vamos al grano. _ Arrugó la frente y posó una mano en la rodilla de Susana_ . Cariño, Sue Covner me llamó esta tarde y dijo que las luces de este apartamento han estado encendidas estas dos últimas noches y que cree que tú duermes aquí. _ Se fijó en el pijama de Susana_ . Le contesté que estaba muy equivocada, pero al parecer tenía tazón.
- Sue Covner debería ocuparse de sus asuntos _ replicó Susana.
- Tiene bastante con ocuparse de los ajenos. _ Annie cogió un puñado de Cocoa Puffs y se acurrucó encima del sofá.
- Stear llamó a Anthony al trabajo esta mañana _ continuó Patty_ . Me dijo que parecía una piltrafa.
- Bien_ repuso Susana, sorprendiéndose a. sí misma casi tanto como sorprendió a las demás.
Luisa cerró ambas manos alrededor de su copa y las miró.
- Ya sabéis que soy muy intuitiva. Os dije que me parecía que tenían problemas.
A lo largo de los años, la intuición de Luisa se había demostrado menos fiable que los pronósticos del tiempo, y Susana deseó que hubiera encontrado otro momento para empezar a acertar.
- Estamos pasando por algunos baches _ dijo Susana con prudencia- No es nada grave, no quiero hablar de ello y estamos malgastando un buen vodka.
Patty miró a las demás y Susana sintió una punzada de inquietud al observar la comunicación silenciosa entre ellas. Flammy cogió la copa Annie y le robó un sorbo. Annie se volvió hacia Susana.
- Cariño, creemos que podría ser algo más que unos baches. Por eso hemos venido.
- ¿ Qué os hace pensar así? _ preguntó Susana lentamente.
- Sue me ha llamado dos veces hoy; la segunda, no hace mucho más de una hora. _ Patty esbozó un gesto de impotencia con la mano- Ay, mierda, voy a llorar.
Flammy le dio unas palmaditas en el brazo sin apartar los ojos de Susana.
- La hija de Sue la llamó desde La Caseta del Lago. _ Llevó la mano a su cruz, la viva imagen de la Virgen de los Dolores_ . Anthony estaba allí. En La Caseta del Lago. _ Tomó un lento y profundo respiro_ Cenando con Candy.
Empezaron a hablar todas a la vez.
- Me enfadé tanto con él que podría escupirle...
- Teníamos que ser las primeras en advertirte...
- Sabes que Anthony jamás miraría a otra mujer. Si no se tratara de Candy nadie daría importancia al asunto.
- La odio. No puedo evitarlo. No va a salirse con la suya.
La primera reacción de Susana fue culparse a sí misma. Esto no habría pasado si no se hubiera ido de casa, si hubiera dejado que Anthony subiera al apartamento la noche anterior, si se hubiera mostrado más conciliadora por teléfono... Los ácidos ardían en su estómago. Al menos ya no vivía en un limbo.
- Anthony ya es mayorcito _ se oyó decir_ . Es lo bastante fuerte para rechazarla, si quiere.
- Pero ¿ qué pasará si no quiere ? _ farfulló Annie_ . ¿ Qué vamos a hacer entonces?
No preguntaban «qué vas a hacer» sino «qué vamos a hacer. Fuera por el vodka o por el miedo que sentía, el corazón de Susana rebosó de amor por esas mujeres.
Empezaron a analizar y razonar. ¿Qué había hecho Anthony, exactamente? ¿Desde cuándo tenían problemas? ¿Quién se creía que era Candy? Susana apuró su copa, les dijo que las quería mucho y se negó a contestar sus preguntas.
- Somos tus mejores amigas _ protestó Patty al tiempo que volvía a llenarse la copa_ . Si no puedes hablar con nosotras ¿ con quién vas a hablar?
- Evidentemente, no con el bastardo con quien me casé.
La novedad de oír llamar bastardo al chico dorado de Lakewood, estado de Misisipí, hizo que Luisa resoplara y el vodka resaliese por la nariz. Todas se echaron a reír, hasta la propia Susana .Poco a poco se calmaron. Luisa comió una galleta y luego bebió un sorbo de su copa. Flammy terminó la bebida de Annie. Patty volvió a llenar la coctelera. Annie se rascó su laca de uñas. La amistad de las Sauces del Mar arropó a Susana como una manta caliente.
Annie se puso los zapatos de nuevo, la mirada ya sin alegría
- Anthony es un hombre muy especial, y la triste verdad es que si no tienes cuidado, Candy te lo quitará en tus mismas narices.
- Annie tiene razón _ sentenció Patty_ . No puedes permitir que ella te lo quite. Debes luchar por él
- Yo también soy especial _ se oyó decir Susana a sí misma. Y creo que ha llegado el momento de que Anthony Brower luche por mí.
Se la quedaron mirando en silencio, pero Susana estaba reclamando su poder y no pestañeó siquiera.
- De hecho, creo que debió hacerlo hace mucho tiempo.
Continuará…
