Capítulo 16

_ Ha jugado a su antojo con mis sentimientos, señora. Debería reírme de mí mismo por haberme dejado engañar tanto. Desde luego, no podría esperar otra cosa de un miem¬bro de su familia.

GEORGETTE HEYER, El cachorro del diablo

Anthony esperó hasta que la ayudante de Susana se fue a comer y luego se acercó a Tesoros del Ayer. La campanilla de la puerta sonó cuando franqueó el umbral. Susana estaba sola delante del mostrador, disponiendo una colección de muñecas antiguas en un carrito de mimbre. Alzó los ojos con una sonrisa de bienvenida que se borró al instante. Esto enfureció tanto a Anthony, que giró el rótulo de la puerta con "cerrado" hacia fuera, echó la llave y dirigió a Susana una mirada de extrema acritud.

Fue recompensado con la primera señal de inseguridad por parte de ella: un pequeño, casi imperceptible, paso hacia atrás. Bien. Estaba harto de ser el único en tener los nervios de punta,

- Estoy esperando una entrega _ dijo ella,

- Mala suerte.

- No es un buen momento, Anthony. Si quieres hablar, tendremos que hacerlo más tarde.

- Oh sí que quiero hablar. Y no será más tarde,

Su mal humor se debía al exceso de cafeína y la falta de sueño. Debería estar sentado a su escritorio, comiéndose un sandwich de la cafetería mientras adelantaba un montón de informes y una comunicación que debía haber terminado tres días antes. Pero era incapaz de concentrarse

Había pasado casi cuarenta y ocho horas desde que viera a Candy en La Caseta del Lago y Susana no le había dicho ni una palabra, aunque ya habían hablado dos veces por teléfono. Anthony sabía que ya estaba enterada de la noticia. Stear le había llamado para informales que las Sauces del Mar habían celebrado una reunión de urgencia el martes por la noche. Demasiado tarde se le ocurrió que se podría haber detenido en Gemima para echar leña al fuego, pero había pasado de largo sin recordar siquiera que Candy había empezado a trabajar allí. Lo cierto es que apenas había pensado en Candy desde el martes. Le consumía el resentimiento contra Susana.

Su pelo le pareció más largo de lo que recordaba, cosa que no tenía sentido, puesto que sólo hacía cuatro días que ella se había ido de casa. Una pequeña horquilla enjoyada, apenas del tamaño de una uña sujetaba el flequillo a un lado. No parecía mucho mayor que Gigi aunque sí mucho menos inocente.

Anthony nunca había prestado demasiada atención a la ropa de Susana. Su estilo era elegante y conservador y, a primera vista su vestido de color marfil obedecía al mismo patrón. Sin duda se lo había puesto en ocasiones anteriores. ¿Por qué, entonces él nunca se había, fijado en la manera poco discreta en que le marcaba el cuerpo? Susana siempre se quejaba de tener las piernas demasiado cortas pero incluso sin ese par de zapatos abiertos en la puntera y de tacones ridículamente altos, su longitud era más que suficiente para él La justa para que le rodease las caderas.

Una ola de deseo lujurioso recorrió su cuerpo, no el deseo habitual que un marido siente por su mujer sino algo más sórdido, que evocaba moteles baratos y votos matrimoniales rotos. «¡No puedes pensar en otra cosa que no sea sexo!» Anthony se había indignado cuando Susana le espetó esas palabras, aunque ahora mismo le costaría encontrar argumentos para rebatirlas.

- Anthony, de veras que no tengo tiempo para hablar.

- Y de veras que me importa un comino.

El recelo de Susana aumentó.

- Si hay algo específico...

- ¿Qué te parece el hecho de que mi esposa se ha ido de casa, mi hija oscila entre pegárseme como una lapa y negarse a salir de su habitación, y que yo he sido un completo inútil en la fábrica en lo que va de semana? ¿Te parece bastante específico?

- Lo siento. Su compasión podría haber estado dirigida a un extraño

Anthony sintió un nudo en el estómago. Había tenido la certeza de que la noticia de su cena con Candy la conmocionaría lo suficiente para que Susana se diera cuenta de que no podía seguir así, de que había llegado el momento de luchar por su matrimonio, en lugar de huir. El momento de pelear por su marido. Como mínimo, Anthony había pretendido asustarla para volver a sentarse a la mesa de negociaciones. No se le había ocurrido que a Susana podría no importarle.

Se vio abrumado por una oleada de emociones desagradables: ira, temor, culpa y algo más visceral, algo que tenía que ver con la anticuada noción de la mujer como propiedad. Anthony se centró en la ira, la emoción que mejor podía justificar.

- No sientes nada. Si lo sintieras, le pondrías remedio,

Ella tuvo la audacia de reírse, una risa sinuosa y quebradiza.

- Oh sí señor, ahora mismo me ocupo de ello, señor,

- Dios odio cuando te pones sarcástica.

- Solo porque no estás acostumbrado a ello,

- ¿ Que esperas que haga?

- Ser honesto.

Anthony sintió que perdía los estribos y rechinó los dientes,

- ¿ Qué diablos significa eso? Dime qué quieres que haga.

Susana bajó los ojos y, por un momento, Anthony pensó que estaba avergonzada. Cuando volvió a alzarlos, sin embargo, no parecía avergonzada en absoluto. Parecía dura y resuelta.

- Quiero tu corazón, Anthony.

La serena dignidad con que lo dijo denotaba inteligencia, decencia, cualidades que a él le hicieron sentir culpable, algo que no se merecía y Anthony optó por devolver el golpe:

- Pues menuda forma has elegido para conseguirlo.

Susana ni pestañeó. Dio dos pasos hacia él. Se la veía joven, inocente, muy hermosa

- Quiero tu corazón y quiero tu perdón.

Esas palabras debían apaciguarle pero sólo consiguieron aumentar su ira

- Esas son gilipolleces.

Susana suspiró con cansancio, como si fuera él quien se mostrara poco razonable

- Vuelve al trabajo aconsejó. -Estás demasiado enfadado para hablar

La sensación de ser maltratado lo carcomía desde hacía días. Incluso más que eso. Había hecho planes para su vida, y ninguno incluía ser esposo y padre a los veinte años. Ella le había robado sus sueños, había robado el futuro, y él se había tragado el resentimiento. No de un bocado _ sería demasiado para digerir_ sino a pequeños mordiscos, tan pequeños y espaciados que nunca acabó de rebañar el plato

- Si quieres mi perdón oyó decir Anthony.- tendrás que esperar mucho tiempo.

Susana irguió la cabeza. Anthony pensó que más valía dejarlo así, pero sabía que había dado demasiadas cosas por sentada que había dado por sentada la presencia de Susana, y que ella tenía razón, sí que le había ocultado algo, aunque ya no le preocupaba ser justo.

- Odio lo que me hiciste. Siempre lo he detestado. ¿ Me oyes?

Susana palideció tanto como Gigi la otra noche, sus ojos se abrieron otro tanto y su expresión denotó la misma agitación. Mala suerte. Anthony se había tragado el resentimiento durante catorce años ¿ Y de qué le había servido? Susana se había ido de casa, estropeándolo todo.

- Anthony...

- ¡Cállate! _ exclamó él. - Me has pedido que sea honesto. ¡ Aquí tienes mi honestidad! ¡Tú me robaste mi jodida vida! ó un brazo y dio un manotazo involuntario a una colección de objetos de cristal. Susana contuvo el aliento al ver las piezas tambalearse y caer al suelo, exactamente igual que su matrimonio, pero aquello no detuvo a Anthony. Siguió adelante y dijo cosas que apenas se había permitido pensar - Me quitaste todas las opciones cuando decidiste quedarte embarazada. No te importaba lo que yo quería. Lo único que te importaba era lo que querías. Odio lo que me hiciste, maldita sea. Y no demonios, no te perdono. Nunca te perdonaré.

Un denso silencio cayó entre ambos. La cara de Susana estaba cenicienta; sus labios, temblorosos. Anthony sintió que le faltaba el aire. Había vidrios rotos por todas partes, copas de agua y de vino jarras hechas añicos. Los trozos cubrían el suelo como desechos centelleantes de una vida de arcoíris quebrada.

Anthony esperaba que se desmoronara, deseaba que Susana se desmoronara como se había desmoronado él. En cambio, ella le miró a los ojos y, a través del temblor de su voz, se escuchó toda una vida de tristeza acompañada de una dureza que él jamás había intuido;

- De acuerdo ó. -De acuerdo, pues.

Anthony se dio cuenta de lo que ella acababa de decir. Esto no era lo que él quería. No quería una vida rota. Quería recuperar su matrimonio, a su esposa la mujer que solía mirarle como si fuera el dios de la luna y las estrellas. Todo lo que había dicho era cierto, pero ¿dónde estaba el alivio que se supone debía sentir por haberse quitado un peso de encima? ¿ Dónde estaba la vieja amargura? Necesitaba recuperarla. Necesitaba rumiar su ira justiciera para disculpar los vidrios rotos, el matrimonio hecho añicos.

Pero se había retrasado catorce años en decirle cómo se sentía, y amargura había perdido sabor.

Susana se inflaba y desinflaba bajo su suave vestido. Ella le había dado todo lo que él deseaba, todo lo que había soñado y, en lugar de proteger todo eso como un tesoro, ahora se lo echaba en cara.

- Lo siento mucho ó ella, con expresión llena de compasión y discernimiento, también de dolor, aunque no era la agonía aguda que le afligía a él. -Lo siento muchísimo.

En ese momento Anthony supo que lo había estropeado todo y que ya no podría enmendarlo. Su resentimiento oculto había constituido el fundamento de su matrimonio, había sido el responsable del anhelo de Susana por complacerle y de su sutil y punitivo desapego emocional.

Ahora de aquel resentimiento sólo quedaban los rescoldos, y él quería decirle que la amaba. Aunque Susana jamás le creería después de todo lo que le había dicho

Los ojos le escocían. Tenía que salir de allí. Se dirigió a la puerta y forcejeó con la llave.

Ella no intentó retenerle.

Cuando Candy salió de la trastienda de la librería vio a un niño pequeño mirar el desplegable de los bosques Nightingale, que ella había colgado hacía pocas horas como parte de una campaña promocional del último libro de la serie «Daphne la Conejita». El niño tendría unos cinco años, llevaba téjanos y una camiseta a rayas, y tenía las facciones algo anchas que delatan el síndrome de Down.

Era el primer niño que se había aventurado en la mal iluminada y difícil de localizar sección infantil en toda la mañana.

- Sé que debería dedicarle la misma atención que a las demás secciones Jewel cuando Candy le preguntó al respecto por la mañana, al abrir la tienda. -Pero no me interesa la venta de libros infantiles. Además, casi no deja beneficio.

- No es de extrañar. No es la parte más llamativa de la librería - Jewel se picó.

- Muy bien. Si te crees tan lista, serás la nueva directora del departamento de libros infantiles.

- No tenemos un departamento de libros infantiles

- Y que no te distraiga del resto de tus deberes.

Candy sonrió a su menuda jefa.

- Es mi tercer día de trabajo y ya he sido ascendió a directora. Sabía que triunfaría.

Jewel se alejó con un resoplido.

Candy tuvo que contenerse de coger el teléfono para comunicar la noticia a Terry. Ya no podía hacer cosas así. Aunque el hecho de haberle dejado no impedía que él la llamara a ella. Por lo general, utilizaba a Gordon como excusa; había insistido en la custodia compartida del perro. A veces llamaba para preguntarle algo. ¿ Recordaba Candy haber renovado su suscripción del Atlantic Monthy? ¿ Había llevado a la tintorería su chaqueta de tweed? No podía encontrarla. Ella le echaba de menos con desesperación y a veces deseaba que la invitara a cenar, pero Terry se tomaba su tiempo, un lobo hambriento al acecho, esperando un momento de debilidad para saltar sobre su presa. Puede que su estrategia funcionara, porque esta mañana Candy había tenido que resistir la tentación de prepararle el desayuno antes de ir a la librería.

No podía permitirse la tristeza, de manera que dedicó su atención al pequeño cliente. Estaba sola en la tienda, y Jewel hubiese esperando que atendiera a la persona mayor que acompañaba al pequeño, pero ella no lo hizo. Vio que el chavalín seguía mirando el llamativo desplegable

- ¿Te gustan los libros de Daphne?

El niño le dedicó una ancha sonrisa.

- ¡Gusta Benny! _ Señaló la figura de cartón de un tejón de aspecto travieso, que llevaba gafas y una bufanda de aviadores - Benny es mi amigo. ¡Leer libro!

Candy sonrió. ¿Cómo resistirse a tanto entusiasmo? El niño cogió uno de los primeros libros de la serie que ella acababa de poner en un expositor.

- ¿ Cómo te llamas?

- Charlie.

- Ven Charlie.

Se sentó en el suelo y pensó que necesitaban comprar sillas pequeñas o, cuanto menos, algunos almohadones. Dio unas palmaditas al suelo a su lado y Charlie se sentó junto a ella.

- La caída de Daphne, de Molly Somerville. _ Quizá por influencia de Terry, pensó que los niños deberían aprender a reconocer los título y los autores desde el principio_ . «Daphne la Conejita estaba admirando sus uñas pintadas de violeta brillante cuando Benny el Tejón pasó por su lado como un rayo en su bici de montaña roja y le hizo perder el equilibrio...»

- Me gusta esta parte. _ Charlie se le subió al regazo y, cuando iban por la tercera página, ya se había enrollado un mechón de pelo entre los dedos.

… Benny pedaleaba cada vez más rápido cuando vio un gran charco de agua en medio del camino.»

Oyó la campanilla de la puerta y deseó que fuera Jewel, para que atendiera a los demás clientes, porque Candy no podía moverse.

Charlie alargó la mano y volvió la página.

- Esta parte es muy buena.

Benny rió y fingió que el charco era el océano. ¡El océano!

- ¡Splasssss!

- ¡Splass! _ repitió el niño.

Cuando llegaron al final del capítulo, Charlie le dedicó otra ancha sonrisa.

- Usted sabe leer muy bien.

- Y tú sabes escuchar muy bien.

Percibió un movimiento a la derecha y volvió la cabeza para descubrir que Annie les estaba observando desde la sección de biografías. Candy dejó a Charlie suavemente en el suelo y se puso de pie.

Annie llevaba pantalones y zapatos con suela de caucho.

- ¡Mamí! corrió hacia ella. -¡Me gustan Benny y Daphne!

- Ya lo sé, cariño. _ Aunque Annie habló a su hijo, sus ojos no se apartaron de Candy.

- Quiero libro. Porfa, mami.

- Ya tienes este libro.

- Éste no. _ Charlie corrió hasta el expositor cogió el último libro de la serie y volvió junto a su madre.¿ Cómo se llama éste?

- «Victoria Petigrís y el fastidio de su hermano pequeño.

- Éste no lo tengo.

- ¿Cuánto vale? _ preguntó Annie.

Candy estaba tan desconcertada que tardó un momento en encontrar el precio. Annie acarició la cabeza del niño.

- Si compramos un libro nuevo, no podrás comprar un juguete la próxima vez que vayamos al súper.

- Vale.

- Muy bien. Llévalo a la caja. Iré en un minuto.

Charlie se alejó corriendo, las zapatillas de deporte resonando sobre la moqueta.

Siguió un incómodo silencio. Annie jugueteaba con el asa de su bolso.

- Charlie es mi hijo pequeño. Me hicieron una amniocentesis durante el embarazo, y sabíamos que tenía el síndrome de Down

- Debió de ser muy duro.

- Tuvimos algunos problemas. Nunca nos ha sobrado el dinero. Mi ex, Andy Perkins (no lo conoces), es de Túpelo. Da igual el hecho es que me dio un ultimátum. O abortaba o me dejaba.

- ¿Y le dijiste que tuviera cuidado con la puerta al salir?

Annie esbozó una tenue sonrisa.

- Me lo pensé mucho antes de decírselo. Y no ha sido fácil

- Ya lo imagino. Charlie es adorable. Y también inteligente. Sabía cuándo tenía que volver la página.

- Fue la decisión correcta. _ Annie pasó un dedo por el canto de un estante_ . No sabías que era mío, ¿verdad?

- No.

- Gracias por leerle el libro.

- Encantada.

Annie se pasó el bolso a la otra mano; parecía incómoda

- Tengo que irme.

Pero no se movió, y Candy ya no pudo soportarlo

- Dilo, Annie. Lo que sea que estés pensando, suéltalo

- Sólo quería decirte que has hecho daño a muchas personas y sigues haciendo. No te acerques a Anthony.

Candy quiso defenderse pero Annie ya se estaba alejando. Devolvió La, caída, de Daphne a su sitio y miró el desplegable con los animales de cartón. Deseó poder vivir en los bosques Nightmgale. Aunque fuera por un tiempo.

El resto de la tarde pasó tan deprisa que no tuvo ocasión de reorganizar el departamento infantil. Decidió hacerlo después de cerrar la tienda. Por desgracia, esto suponía tener que llamar a Terry.

- ¿ Puedes quedarte con Gordon hasta las nueve? Trabajaré hasta tarde

- ¿Haciendo qué? La tienda cierra a las seis.

- Ahora soy miembro de la dirección. Jewel me ha puesto a cargo de la sección infantil.

- ¿No quería encargarse ella?

- Al parecer no.

- ¿ Sabes algo de literatura infantil?

- Montones.

- O sea, nada.

-´Por suerte, aprendo rápido.

Buenas noticias, colega. _ La voz de Terry se apagó cuando apartó la boca del auricular para hablar con un amigo imaginario_ . Mami vendrá tarde esta noche. Estaremos solos, así que podemos emborracharnos y ver películas porno.

Candy resopló.

- Eres un pesado - En el momento de colgar, Candy se recriminó por haberse enzarzado en esgrimas verbales con Terry. El comportamiento típico de una adicta.

En la esquina de enfrente vio a Susana cerrando su tienda. A lo largo de los últimos días, Candy había tenido ocasión de verla entrar y salir de la tienda. Una vez la observó cambiando el escaparate, tenía buen ojo para el diseño, había que reconocérselo.

Ayer Gigi había pasado por la librería para ver a Candy, aunque se mostró esquiva y poco comunicativa, incluso cuando ella le preguntó qué tal su nuevo estilo de ropa. Candy sabía que estaba afectada por la separación de sus padres. A la hora de comer del mismo día, había visto entrar a Anthony en Tesoros del Ayer. Por el bien de Gigi, esperaba que pudieran resolver sus problemas pero ahora, al ver que se encendían las luces del apartamento sobre la tienda, sospechó que no resultaría tan fácil.

La llamada de Candy distrajo el trabajo de Terry. Tocó el piano un rato y, mientras recorría las teclas con los dedos inventó para sí un juego que consistía en quitarle a Candy todo su misterio. ¿ Acaso no era cierto que ya había visto hasta el último rincón secreto de su cuerpo? La había tocado y la había saboreado. Conocía sus sonidos, el tacto de su piel. A ella le encantaba estar encima de él, aunque sus orgasmos eran más explosivos cuando estaba debajo. Le gustaba que Terry le volviera la cabeza, hacia un lado y la sostuviera inmóvil mientras le comía el cuello a besos. Sus pezones eran sensibles como pétalos de flor, y la excitaba que la sujetaran por las muñecas.

Pero a cada misterio descubierto correspondían mil más, en espera de ser descifrados. Y aún les quedaban muchas cosas por explorar. Nunca la había poseído en la cama de él ni en la ducha. Quería hacerle el amor sobre una mesa, las piernas abiertas y los talones apoyados en el borde. Quería tumbarla sobre el brazo de un sillón con las nalgas expuestas. Ah, sí, esto último lo deseaba, sin lugar a dudas

Se apartó del piano. Esta noche necesitaba algo más tangible que Chopin para entretenerse. Necesitaba volver a hacer el amor con Candy.

El vestíbulo había quedado a oscuras. Encendió la araña sólo para volver a apagarla. El domingo, cuando Candy le dijo que se estaba enamorando de él, le había sorprendido, pero ahora que había tenido tiempo de pensárselo, la idea ya no le parecía tan aterradora. No era más que otro de los habituales ataques de dramatismo excesivo de Candy. Su cortedad de miras al intentar poner fin a la relación le causaba frustración, pero el sufrimiento de ella no le dejaba indiferente. Sólo habían pasado cuatro meses desde que perdiera a su marido, Albert Andrey, no obstante, había pasado en coma el último medio año de vida y había estado enfermo muchos meses antes. No se podía decir que Candy fuera desleal a su memoria. Terry comprendía sus temores _ también él se sentía inquieto_ pero, si ella considerara la situación razonablemente, vería que era necesario llegar hasta el fin.

No le gustaba la sensación de vacío que se respiraba en la casa sin ella. Él tenía serias dificultades a la hora de escribir. En los viejos tiempos habría comentado el problema con Susana, pero ella ya tenía sus propios problemas. Además, Susana solía mostrarse demasiado precavida. En cambio, Candy tenía la asombrosa habilidad de ir directa al grano y quizá podría ofrecerle una opinión al respecto.

Por la mañana había llamado a Jewel con la excusa de encargar un nuevo libro, pero en realidad era para ver cómo le iba con Candy.

- Esta chica es una mina, Terry _ había dicho Jewel_ . Le encanta vender libros. No te creerías cuánto ha leído,

Oh, sí que lo creía. Ya se había fijado en la diversidad de temas que abarcaban los libros que le hurtaba de las estanterías.

- ¿ Entonces trabaja bien?

- Mejor de lo que hubiera esperado. No hay habitante de esta ciudad que no haya encontrado un pretexto para pasar por la tienda este último par de días. Como no quieren parecer cotillas, acaban comprando algo. Yo procuro atender a las mujeres (porque le ponen las cosas difíciles) y a ella le dejo los hombres. Es capaz de venderles prácticamente cualquier cosa, incluso a los que no saben leer dos líneas seguidas.

- Me alegra oírlo _ había gruñido Terry.

Se dirigió a la cocina para hacerse la cena. Candy le había dejado el congelador bien provisto, y cogió una fiambrera. Ella, por descontado, estaría tan inmersa en la reorganización de la sección infantil que se olvidaría de cenar. O, en caso de acordarse, comería alguna chuchería y lo consideraría suficiente. Sus hábitos alimenticios eran abominables y no se preocupaba por su salud. Sin embargo, aunque no era la mejor cocinera de la ciudad distaba mucho de ser la peor, y le resultaría muy fácil cuidar mejor de sí misma.

Metió la fiambrera en el microondas y cerró la puertecilla de un golpe, ciego al hecho de que se estaba comportando como un hombre que se disponía a matar dragones y rescatar princesas en apuros.

¡Conque la relación estaba terminada! ¿De veras creía que le sería tan fácil deshacerse de él?

Sonó el teléfono y Terry descolgó apresurado, con la esperanza de que fuera Candy, deseoso de decirle qué opinaba de las mujeres apocadas

Pero no era ella...

Alguien aporreó la puerta. La tienda había cerrado hacía dos horas y Candy frunció el entrecejo al colocar el último estante en su sitio. Resituando algunas estanterías, había hecho la sección infantil más accesible al público. Por desgracia, para conseguirlo había tenido que robar un poco de espacio a la adorada sección de poesía y esto significaría una pequeña discusión por la mañana.

Se limpió las manos y fue hacia la puerta. Su corto vestido de punto rojo coral tenía una mancha de suciedad. Esperaba poder quitarla. Su escaso guardarropa apenas resultaba suficiente para trabajar en la librería.

- ¡Ya voy! _ gritó, porque quien fuera no dejaba de golpear la puerta. Atravesó la sección de biografías y vio a un hombre que esperaba al otro lado del cristal. Un hombre corpulento, de espaldas anchas, ropa de Versace y una expresión tormentosa en la cara. Su pulsó se aceleró como si tuviera quince años. Forcejeó con la llave y abrió la puerta.

- ¿Alteza?

Terry entró en la librería dejando atrás un leve olor a azufre

- ¿Quién es Melany?

Candy tragó saliva.

- Mi gata.

- Fascinante. Tu gata quiere saber por qué hace dos días que no la llamas.

Candy tuvo ganas de darse de bofetadas. Había dejado el teléfono de Terry como segunda opción, por si fallaba el móvil y se había olvidado de cambiarlo. Sólo tenían que llamar allí en caso de emergencia, pero Melany era capaz de ser muy cabezota.

- ¿No la habrás asustado? Terry, te juro que si le has dicho una sola palabra alarmante...

Él dejó una fiambrera envuelta en papel de aluminio sobre el mostrador.

- ¿Por qué iba a asustarla cuando reservaba todas mis energías para asustarte a ti?

- Esto no es asunto tuyo.

- Te llamó mama.

- Mamá. Aquí se habla americano, amiguito.

No pudo distraerle, sin embargo. Terry se apoyó contra el mostrador, cruzó los brazos y empezó a dar golpecitos en el suelo con un mocasín exquisitamente lustrado.

- No parecía la voz de una niña. Sonaba como una, mujer mayor.

- Melany es mi hijastra. Y ahora tengo trabajo que hacer. Ciao.

- Me dijo que tenía cuarenta y un años.

- Los números la confunden. No los tiene.

La mirada de Terry era más firme que los latidos del corazón de Candy.

- Ella es la causa de aquellas susurrantes llamadas que solías hacer.

¿Cierto?

- No seas ridículo. Hablaba con mi amante.

- Me dijo que vive en un lugar llamado Brookdale. Después de colgar hice una pequeña investigación en Internet. Tu talento para la ocultación no deja de asombrarme.

- Oye, hace semanas que no te oculto nada. Te estás volviendo ciego.

Terry arqueó una ceja altanera. Ella cogió la fiambrera y levantó una esquina del papel de aluminio. Lasaña. CTerry había incluido un tenedor. Casi no había comido en todo el día y el solo aroma debería haber bastado para hacerle la boca agua, pero había perdido el apetito.

- No es ningún misterio. Melany es la hija de Albert. Nació con una discapacidad mental. Tiene cincuenta y un años, si quieres saberlo, no cuarenta y uno, y lleva años viviendo en Brookdale. Es feliz allí. Sólo me tiene a mí. Fin de la historia, Brookdale es una institución privada muy cara.

Candy llevó la cena que no quería hacia uno de los rincones de lectura donde había una mesa y dos sillas. Al sentarse, dijo.

- No está permitido comer y beber en la tienda, pero en tu caso haremos una excepción - Y le tendió el tenedor.

Terry se le acercó.

- Por fin las cosas empiezan a tener sentido,

- De acuerdo, comeré. Pero sólo porque estoy famélica. _ Candy se obligó a clavar el tenedor en la lasaña.

- Ya sé que amabas a ese hombre, pero ¿qué padre no haría provisiones para una hija minusválida?

Nunca traicionaría a Albert revelando su propia frustración a causa de la imprevisión de él.

- Sus finanzas eran complicadas. _ Probó un segundo bocado, a pesar de sí misma_ . Me sale bien la lasaña, si me permites decirlo.

- Esto explica por qué has estado tan obsesionada con encontrar el cuadro. Es la pieza que faltaba del puzzle. Nunca te interesaron los diamantes. Debí imaginármelo.

- En serio. Creo que es la mejor lasaña que he hecho nunca.

Terry apoyó la mano en una estantería.

- Necesitas el dinero para que Melany pueda seguir en Brookdale. Resulta que al final no eres la mala de la película. No eres la diosa rubia viperina que sólo se preocupa por sí misma. Eres la heroina pobre y desinteresada, dispuesta a sacrificarlo todo para ayudar a los menos afortunados.

- Oye, ¿no te apetece un poco de esto?

- ¿Por qué no me lo dijiste?

Ya no podía evitar más el tema. Clavó el tenedor en la comida

- No tenía por qué.

- ¿No cuenta el hecho de ser amantes?

Candy se levantó de la silla como un resorte.

- En pretérito, por favor. Y hago lo que tengo que hacer para cuidar de mí misma.

- ¿Levantando un muro tan alto que nadie pueda ver que hay detrás? ¿Es ésta tu idea de cuidar de ti misma?

- Oye, no soy yo quien se pasa sus ratos libres apilando piedras en el jardín de atrás de La Novia del Francés. Si quieres analizar tu simbolismo...

- A veces un muro no es más que un muro, Candy. En tu caso, sin embargo, la erección de barreras es una ocupación preocupante. No vives la vida, sólo finges vivirla.

- Tengo trabajo que hacer. _ Se dirigió al mostrador y Terry la siguió.

- Has creado esta personalidad alternativa, una mujer tan dura que no le importa la opinión de los demás. Tan dura que se enorgullece de proclamar sus defectos a los cuatro vientos, sólo que estos defectos (no te lo pierdas, ésta es tu auténtica genialidad), estas taras que exhibes a la vista pública, nada tienen que ver con tu verdadera personalidad .Aplausos, aplausos.

Candy se esmeraba en ordenar un montón de puntos de lectura

- No es verdad.

- ¿Por qué, entonces, no me dijiste la auténtica razón por la que buscabas el cuadro? ¿Por qué me dejaste en la ignorancia?

- ¿Y por qué no? ¿Qué iba a ganar diciéndotelo? ¿ Acaso debo desnudar mi alma sólo porque aparece otro hombre que va a perturbar mi paz de espíritu? Gracias pero no. Y ahora vete.

Terry la miró de un modo que la hizo sentir como si acabara de suspender otro de sus exámenes. Pero ella vivía su vida como mejor podía, y si a él esto no le gustaba, pues que se fastidiase.

Colin se le acercó y, al mirarla a los ojos, la ternura reemplazó su habitual expresión de altivez.

- Eres... _ le dijo con dulzura_ la más asombrosa de las mujeres.

Candy deseaba fundirse entre sus brazos, como la ex reina de belleza necesitada de afecto que era. En cambio, mantuvo la espalda erguida y los brazos a los costados.

- Tengo trabajo que hacer.

Él suspiro y se dirigió a la puerta. Con la mano en el pomo, se volvió y la miró imperiosamente.

- No hemos terminado, querida. A pesar de lo que pienses.

Ella esperó que desapareciera para correr a la puerta y cerrar con llave. Tenía una opresión en el pecho pero se negaba a llorar de nuevo por un hombre. Agarró la fiambrera y empezó a pasearse por la tienda comiéndose algún que otro bocado, echando de menos a Melany, echando de menos a Gordon, echando de menos al hombre a quien querría cerrar su corazón. Cuando por fin volvió al trabajo ya no sentía el placer de antes, y a las diez empezó a apagar las luces. Al acercarse al escaparate algo llamó su atención en la acera de enfrente. Al principio pensó que era una ilusión, un extraño reflejo de las farolas pero, al mirar con más atención, contuvo el aliento.

De la ventana del apartamento sobre Tesoros del Ayer salía una delgada columna de humo.

Continuará…