CAPÍTULO 3
-¿Sofía?
-Sí sí, perdona, ya salgo.
Y así fue, abrió la puerta, apagó las luces del baño y salió sonriendo y bailando para acabar con una reverencia final muy teatral. La verdad es que estaba preciosa con ese vestido delicado de tirantes, más estrecho de arriba y con la falda más libre, como una hada, pensó Yves.
Estaban en pleno verano y aquel día el sol se filtraba entre las cortinas como nunca, como si quisiera avisar de que estaba ahí, esperándoles.
Él salió de la habitación con sus gafas en una mano y la cámara en la otra. Ella se apresuró a recogerse un pequeño mechón de pelo que le molestaba y sonriendo salió agarrando la mano de ese hombre que la esperaba.
Bajaron esas pequeñas y estrechas escaleras hasta llegar a la recepción. Saludaron a ese chico tan amable que les había atendido la noche anterior cuando llegaron y les había ofrecido su mejor habitación, la más amplia, las más romántica.
Pasó su brazo por la espalda de Yves, apoyó su cabeza sobre su hombro y salieron de aquel íntimo y acogedor hotel.
Efectivamente el sol estaba increíblemente resplandeciente esa mañana. Era como ofensivo, exponerse a tanta luz, al cielo, al mundo, pero por otra parte era seguro, era claro, nítido, era real.
No tenían pensado ningún plan especial, sólo querían estar juntos, querían hablar, pasear, disfrutar de su compañía, disfrutar de su presencia, disfrutarse y disfrutarse aún más.
Aquel barrio era muy tranquilo, sin turistas, sin tiendas con estatuitas de la torre Eiffel, sin ruido.
Daban vueltas sin sentido, perdiéndose entre esas pequeñas calles de casas blanquecinas y algunas tiendas vintage de ropa de segunda mano. Encontraron una tienda de música de discos de vinilo. Tenía un aire bohemio pero cuidado. Sin soltarse ni un segundo, entraron. Era pequeñísima y había montañas de discos a su alrededor. Apareció un señor de unos 60 años, ese señor típico francés, un hombre que se ve que ha vivido muchísimo, que de su vida podrían hacerse películas, podrían escribirse libros, un hombre que ahora su hogar estaba ahí, entre sus discos, entre su música.
Sofía desde pequeña estaba enamorada de Georges Moustaki, un cantante francés. Ella, siempre que estaba mal ponía su disco, se tumbaba al suelo, cerraba los ojos y soñaba, se transportaba a un universo desconocido, a un mundo paralelo, un lugar donde todo era posible, donde la magia era real.
Él sabía perfectamente lo que provocaba Moustaki en ella, lo mucho que le gustaba. Se acercó a ese hombre y le preguntó si tendría alguno. El hombre asintió y se dirigió directo a un rincón de aquella sala. Yves se quedó sorprendido del control que tenía ese señor ante esa magnitud infinita de música.
Sacó dos discos, uno que sólo eran 10 canciones no muy conocidas, y otro con las 50 canciones más guapas de su carrera "Les 50 Plus Belles Chansons". Como es de suponer se quedó con las más bonitas. Sofía lo había observando sin decir nada y sin poder evitar sonreir ante ese gesto. Ella le había contado una vez hace ya muchísimo tiempo la pasión por aquél músico, no podía creerse que aún se acordara.
Volvieron a unirse, a acomodar sus cuerpos uno con el otro y salieron despidiéndose con una feliz sonrisa.
-Muchísimas gracias Yves, de verdad, no puedo parar de sonreir.
-No pares, nunca pares. No te imaginas lo increíble que es tu sonrisa, lo alucinante que es tu rostro feliz.
El se acercó y la besó dulcemente y después le susurró en la oreja:
-Cuando ese hombre dijo "las canciones más bellas" no pude evitar pensar que eran perfectas para ti, para la más bella.
Ella aquí si que no pudo evitar soltar una gran carcajada, fuerte pero a la vez tierna. -No seas tan cursi por favor! -Gritó mientras lo besaba apasionadamente y sonreía una vez más en la boca de Yves.
Siguieron andando y recordaron que todavía no habían tomado ni un café. De la mano, como una dulce pareja buscaron una cafetería y en una de esas laberínticas calles encontraron "Le temps des Cerises" , una pequeña cafetería muy íntima, como todo París. Entraron y se repartieron un pain au chocolat con un delicioso café espumoso.
Después de aquella pausa tan agradable decidieron seguir con su rumbo sin rumbo, pero Yves no pudo evitar fotografiar a Sofía al lado del cartel del café donde ponía, el tiempo de las cerezas, en francés. Ambos sabían perfectamente que aquel cremoso pelo, protagonista de tantas fantasías olía como las más dulces cerezas que nunca habían probado.
Ella posaba y sonreía, feliz, pura, tierna. El seguía sacándole fotos cuando ella se lanzó sobre el, robándole besos, mordiéndole el labio inferior, el lóbulo, su oreja, su cuello. Él agarró la nuca de aquella especie de criatura mágica que le estaba haciendo perder el control y la besó, profundamente, explorando cada rincón de su boca, saboreándola, disfrutándola.
Así pasaron el día. Descubriendo sitios, sonriendo, hablando, caminando y de vez en cuando, parando para besarse y degustarse mutuamente.
Ya eran las siete de la tarde y el sol abrasador ya había desaparecido hacía un rato. Ellos seguían paseando, encajados uno con el otro, pero esta vez sabían su destino.
Giraron calles y más calles, derecha, izquierda, izquierda de nuevo, y después derecha, hasta llegar a la Rue Navarin, y poder ver de lejos aquel gran e iluminado letrero, esa palabra, esa palabra tan simple pero que llevaba con ella tantas emociones, tantos sentimientos, tantos pensamientos, tantos recuerdos. Llegaron por fin a su hotel, el hotel "Amour".
Review, por favor! :')
