Capítulo 17

_ No es extraño que creciéramos como perros rabiosos

GEORGETTE HEYER, Estas viejas persinas

Candy observaba el humo que escapaba por la ventana. Las luces estaban encendidas. Susana estaba allí.

Corrió al teléfono y marcó el número de emergencias. Después de dar la información a la operadora, colgó y reflexionó por un momento. Luego agarró la grapadora del mostrador y cruzó la calle corriendo

El humo seguía saliendo.

- ¡Susana! _ gritó hacia la ventana de arriba_ . ;Susana ¿ puedes oírme?!

No hubo respuesta. Miró a través del escaparate pero no pudo ver humo en la planta baja. Sacudió el pomo de la puerta y, al ver que no se abría, dio un paso atrás y lanzó la grapadora contra el cristal que se rompió en mil fragmentos.

Percibió el leve olor a humo cuando entró en la rienda.

- ¡Susana! _ Se abrió camino hacia la trastienda_ . ¡Susana ¿estas arriba?!

El olor a humo se intensificó. Vio una estrecha escalera de madera que conducía al primer piso. Tenía las palabras «trampa mortal escritas en cada peldaño.

- ¡Susana!

Oyó un golpe sordo y luego una maldición muy poco propia de Susana.

- ¡Llama a los bomberos!

- ¡Ya he llamado! ¡Baja de ahí!

- ¡No!

Aguzó el oído para ver si oía sirenas, aunque no había pasado el tiempo suficiente. Con cierta vacilación, empezó a subir por la escalera.

El pequeño recibidor conducía a tres habitaciones y el humo salía de la del medio. Fue hacia ella.

- ¿ Susana?

- ¡Aquí!

Era habitación alargada y de techo alto al estilo antiguo, una combinación de sala comedor con cocina. El humo salía espeso de la parte cercana de la cocina. Susana estaba golpeando el armario adyacente con una toalla húmeda. Aunque Candy no vio llamas, la situación no estaba bajo control y más valía que Susana saliera de allí.

- Estaba friendo pollo y... _ Miró por encima del hombro y empezó a toser _ . ¿Qué haces tú aquí?

- ¿ Quieres que me vaya?

- Me da igual lo que hagas.

- Debería dejar que te quemes.

- Entonces vete

- No me tientes.

Susana soltó un grito cuando una pila de servilletas de papel prendieron fuego en la encimera y empezó a descargar la toalla sobre ellas. Candy agarró una alfombrilla del suelo y empezó a golpear una pequeña llama que lamía el calendario de la pared. Oyó el aullido de una sirena. Sus ojos le escocían y resultaba difícil respirar por momentos.

- Esto es ridículo. Ya vienen los bomberos. Vámonos de aquí mientras podamos.

- No antes de que lleguen. No puedo permitir que el fuego se propague a la tienda

Abajo hay antigüedades únicas, y Candy casi la comprendía.. Casi. Dio una palmada a la puerta del armario.

- Di: «Porfa, Candy. Quédate y ayuda a esta gilipollas.»

- ¡Esa servilleta!

Candy se dio la vuelta a tiempo de ver caer al suelo una servilleta envueltas en llamas. La apagó con la alfombrilla y tosió.

- Enciérrame.

El humo se hacía más espeso, las sirenas se acercaban, y Candy decidió que Susana ya había tentado bastante su suerte. Soltó la alfombrilla, dio un rápido paso hacia delante y la inmovilizó con una llave en el cuello.

- ¿Qué estás haciendo? _ chilló Susana.

- Pongo fin a las negociaciones.

- ¡Suéltame!

- Cierra el pico. Los bomberos ya casi están aquí – Candy la arrastró hacia la puerta.

- ¡No pienso irme a ninguna parte! _ Aunque Candy era más alta, Susana debía de ir al gimnasio, porque era fuerte como un buey y empezaba a escapársele. Recurrió a un buen truco que le había enseñado Tom Stevenson y pudo arrastrarla hasta el recibidor.

- ¡Au! Me haces daño. Me estás torciendo el brazo.

Candy empezó a conducirla escaleras abajo.

- Sé buena y no te lo romperé.

- ¡Suéltame!

- No malgastes el aliento.

Casi habían llegado abajo cuando Candy relajó la presión y Susana trató de correr escaleras arriba, pero el humo que había aspirado afectaba sus reflejos y logró agarrarla de nuevo del cuello

- ¡Deja de hacer idioteces!

- ¡Quítame las manos de encima!

Candy no sabía cuánto tiempo más habría podido retenerla si los bomberos no se hubieran detenido delante de la tienda en ese mismo instante. Susana también lo vio y, por fin, dejó de forcejear. A través del cristal roto de la puerta, Candy vio aparecer varios coches , y se dio cuenta de que empezaba a reunirse una pequeña multitud.

También supo que acababa de presentársele una oportunidad de oro. Desde luego, era la clase de oportunidad que una persona más honorable declinaría aprovechar. Terry, por ejemplo, ni se lo plantearía Anthony tampoco y, por supuesto, Susana aún menos. Pero el incendio no parecía tan grave, y ninguno de esos tres estirados poseía el don particular de Candy White para disfrutar del momento.

Los bomberos saltaron del camión y echaron a correr hacia la puerta rota. Entonces Candy metió el pie y le hizo una trabanqueta Susana y, como era una persona considerada por naturaleza se aseguró de sostenerla para que no cayera encima de los vidrios rotos

- ¡Ya la tengo! _ gritó al par de bomberos que acababan de entrar.

- En la tienda. Creí que no podría bajarla por las escaleras, pesa una tonelada pero el buen Dios nos ha ayudado a ambas.

- Qué te has creído...

Candy cerró la boca de Susana con una mano.

- No intentes hablar, cariño. Empezarás a toser otra vez. _ Señaló a los bomberos la ubicación de la escalera_ . Ella está bien. Ya la saco de aquí.

Uno de los bomberos quiso acercarse para ayudarla, y Candy liberó la boca de Susana el tiempo suficiente para que ésta empezara a farfullar.

- ¡ Mirad ¡ Respira bien. Daos prisa, el piso de arriba está en llamas.

El bombero volvió con sus compañeros y, en el momento de pasar todos a la carrera, Candy arrastró a Susana hasta la acera, una tarea nada fácil, ya que ésta forcejeaba como una posesa.

- Ahora ya estás a salvo, cariño _ anunció Candy con voz suficientemente alta para que la oyeran los mirones y curiosos_ . Habría muerto antes que dejarte arder allí arriba. Pero no soy ninguna heroína de modo que no vuelvas a darme las gracias.

Los paramédicos llegaron y se ocuparon de Susana; menos mal, porque ya empezaba a morder. Candy se retiró apresuradamente. Dulane Cowié, que ofrecía mucho mejor aspecto con su uniforme de policía que hurgándose la nariz en el aula de recuperación del cuarto trimestre se le acercó presuroso.

- ¿ Candy? ¿Has sacado a Suasana tú sola?

- Es asombroso de lo que eres capaz cuando la vida de otra persona depende de ti _ respondió ella con modestia.

Susana había empezado a discutir con los paramédicos, y una mujer en la que Candy reconoció una versión más vieja y regordeta de Laverne Renke agitó un brazo más allá de la barrera policial

- Oye Candy. ¿ Qué ha pasado ahí dentro ?

- Hola Laverne. Vi el humo al salir de la librería y vine a ver si podía ayudar en algo. Susana ha estado muy valiente combatiendo el fuego. Me alegro de haber estado cerca para echarle una mano.

- Desde luego _ respondió Láveme_ . Parecía inconsciente cuando la sacabas.

Susana la oyó y asomó la cabeza entre los paramédicos para fulminar a Candy con la mirada.

- Probablemente sólo aspiró demasiado humo _ se apresuró a con testar ésta.

Dulane miró el primer piso.

- Tuvo suerte de que estuvieras aquí.

- Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.

Los paramédicos seguían reteniendo a Susana y de la ventana del apartamento empezaba a salir menos humo. Candy se quedó observando con el resto de la multitud. Al poco, un bombero salió de la tienda para hablar con Susana. Candy decidió que había llegado el momento de desaparecer pero, justo cuando empezó a abrirse camino hacia su coche, un BMW de color tostado frenó en seco detrás de los coches de bomberos y Anthony se apeó, descalzo, en tejanos y una camiseta gris.

Corrió hacia Susana y la abrazó con fuerza. Ya que se encontraban apenas tres metros de distancia, Candy pudo oír lo que decían.

- ¿Estás bien? _ preguntó él.

- Sí, yo... iba a freír pollo... Charise está enferma y me distrajo el teléfono. El aceite se calentó demasiado. Ha sido una estupidez.

- Lo siento mucho - La emoción en su voz hizo sospechar a Candy que no estaba hablando sólo del fuego sino de otra cosa. Había visto a muchos hombres enamorados, y Anthony se ajustaba perfectamente a la descripción.

Perdió el hilo de la conversación unos momentos, mientras trataba de convencer a un paramédico que no había sufrido ningún daño. Cuando por fin se deshizo de él, vio que Anthony apartaba un mechón de pelo de la mejilla ennegrecida de Susana y le escrutaba la cara

- Lo que dije ayer... No hablaba en serio.

Susana respondió con un tembloroso asentimiento de la cabeza.

Un bombero joven, a quien Candy no conocía, se acercó a la pareja.

- El humo ha causado muchos daños, señora Brower aunque pudo ser peor. _ Miró a Anthony y señaló a Candy con un dedo. -Menos mal que apareció esa señora. Ella sacó a la señora Brower del apartamento. Su esposa pudo haber sufrido heridas graves.

Susana se había olvidado de Candy, pero el elogio del bombero la hizo recordar y frunció el entrecejo con enfado. Anthony se dio la vuelta rápidamente.

- ¿Candy?

Susana abría la boca para increparla cuando Anthony la estrechó de nuevo contra sí.

- Dios mío... ¿Seguro que estás bien? ía respirar con dificultad. -Ahora tienes que volver a casa. Se acabó, Susana. No tienes alternativa.

No lo dijo en tono triunfalista ni parecía desdeñoso en absoluto, pero Candy vio que Susana se apartaba de él. Con expresión de gran pesar, dio un paso atrás y con sus dedos ennegrecidos se remetió un mechón de pelo detrás de la oreja.

- Todavía no. No hasta que ambos estemos seguros.

- Yo estoy seguro _ dijo Anthony con voz cargada de emoción_ . Nunca he estado más seguro de nada.

- Me alegro por ti. _ Susana le acarició la mejilla con ternura_ . Yo necesito un poco más de tiempo.

Incluso desde su posición, Candy percibía el amor que Susana sentía por su marido, pero Anthony no estaba tan receptivo. En lugar de relajarse y concederle el tiempo que necesitaba, como haría cualquier persona con dos dedos de frente, él siguió presionándola.

- Tienes que volver a casa ahora. No tienes otro sitio donde ir.

Susana se puso tensa y Candy pensó que hasta el mejor hombre puede comportarse como un completo idiota.

- Me alojaré en el Inn - dijo Susana.

- Aaron hospeda la convención de las cámaras de comercio, ¿recuerdad todas las habitaciones están ocupadas?

- Lo había olvidado - Susana empezaba a sentirse arrinconada. -Ya…ya se me ocurrirá algo.

- Habrá tiempo para eso. Entretanto, quiero que vuelvas a casa.

- Anthony, por favor...

- Es lo único razonable.

- No hay nada que arreglar ó él.- Ya no.

- Aún estamos tocados _ prosiguió ella con más serenidad. -Y tenemos que arreglarlo.

Anthony sin embargo, no se daba por vencido.

- Sólo por esta noche, entonces.

Susana parecía un animal caído en una trampa, y el mismo instinto que había impulsado a Candy a ponerle la trabanqueta, ahora le sugirió un curso de acción totalmente distinto, algo que no sería tan divertido, ni mucho menos. Así que, a su pesar, se acercó y dijo:

- Podrías... Podrías... ya sabes… - Empezó a toser y se dio unas palmaditas en el pecho - El humo excusó - «No digas nada. Ni una palabra más. Vete de aquí», le ordenó su cabeza

Sus expresiones de impaciencia la hicieron sentir como una niña que se inmiscuía en los asuntos importantes de los adultos. Se llevó una mano al cuello.

- Podrías... eh... venir a casa, Susana. Sólo por esta noche… Mañana también, tal vez, si es necesario pero... no más... ¡Lo que sea maldita sea!

- ¿A tu casa? se rió. - Ésta sí que es buena. No malgastes el aliento. Susana no se irá contigo.

Cuanto más grandes, más tontos...

- De acuerdo Susana lentamente y con expresión inescrutable_ . Sí, gracias. Iré.

Se diría que alguien acababa de golpear a Anthony en la cabeza con una maza.

- ¿Has perdido el juicio? ¡Ésta es Candy!

- Sé bien quién es. _ Y añadió con gesto inexpresivo. - al fin y al cabo, me ha salvado la vida.

Candy intentó mantener una expresión de humildad.

- No ha sido nada.

- Créeme, sé de qué hablo _ dijo Susana entre dientes.

Anthony las miraba a ambas como si hubieran perdido la cabeza.

- No entiendo nada.

- Puedes venir en cuanto hayas terminado aquí_ dijo Candy a Susana_ . Ahora voy a casa a esconder los cuchillos.

Una hora más tarde, después de que Anthony comprobara que Gigi seguía durmiendo y se tomara un whisky sin hielo, llamó a Terry para contarle lo ocurrido.

- ¿Seguro que las dos están a salvo? _ preguntó éste por tercera vez.

- Del luego sí. Quién sabe qué pasará esta noche. ¿Por qué no te acercas y lo compruebas? Ahora mismo estoy tan enfadado con Susana que preferiría mantenerme alejado.

- Olvídalo. Haría cualquier cosa por ti pero, mientras sepa que están a salvo no pienso acercarme a esa casa. Será mejor que se aclaren ellas solas.

Candy no quiere aclarar nada. Únicamente actuó por despecho quiere impedir que Susana vuelva a casa.

Terry lo dudaba sinceramente. No obstante, quién podía saber lo que pasaba por la cabeza de Candy.

- ¿Dices que ha salvado a Susana?

- Eso me dijeron. Dios sabe que le estoy agradecido pero... ¿Por qué tuvo que ser ella? Todo esto es un lío. Tenía la vida cogida por las pelotas y ahora es la vida la que me tiene a mí.

- Lo veras todo mejor por la mañana, seguro,

- Ya me gustaría creerte.

Después de colgar, Terry tuvo que repetirse varias veces que Candy estaba bien para no ir corriendo a la cochera. Su presencia la haría sentir como si tuviera que librar dos batallas a la vez, en lugar de una Miró por la ventana y vio el Benz de Susana aparcado junto a la casa. Se dio la vuelta y se enfrentó a la visión de su cama sin hacer. Desearía que Candy estuviera allí, desnuda, las piernas entre las sábanas, los brazos tendidos hacia él.

Ahora que había descubierto la existencia de Melany, todas las piezas que no encajaban habían encontrado su sitio. Candy era una mujer de principios firmes y carácter de ley, el tipo de mujer que, en tiempos pasados, inspiraba a los hombres comunes a escalar castillos y a los príncipes a ir de puerta en puerta con un zapato de cristal en el bolsillo

¿ Quién iba a imaginarse que un realista acérrimo como él caería bajo el hechizo de Candy White? Había caído, sin embargo, y ahora necesitaba pensar exactamente qué iba a hacer al respecto.

Candy estaba bastante segura de que Susana no pasaría por su casa para hacerse una maleta, de modo que dispuso un cepillo de dientes y una muda de ropa en el dormitorio pequeño. Esta noche no se sentía con fuerzas para enfrentarse a su enemiga nata y, después de tomar un baño rápido, se metió en la cama.

Por desgracia, no pudo evitar a Susana a la mañana siguiente. Poco después de las ocho, la oyó bajar las escaleras. Candy cerró el grifo de la cocina y le habló sin darse la vuelta.

- Tengo Fruity Pebbles y Doritos. Elige lo que quieras

- Un buen surtido.

Candy la miró por encima del hombro y soltó un bufido. Ya sabía que Susana no luciría demasiado con la vieja camiseta de Matrix y sus propios pantalones del chándal gris, pero no se había imaginado que le vendrían tan grandes.

- Bonito conjunto.

Como siempre, Susana demostró ser mejor persona y no mordió el anzuelo.

- No está mal _ respondió secamente. Gordon salió de debajo de la mesa para olisquear a la desconocida, le mostró los dientes y luego se dirigió a la sala de estar - Te agradezco que me hayas dejado dormir aquí.

- Era lo mínimo que podía hacer. Después de salvarte la vida y todo eso.

Su comentario disparó a Susana.

- Pudiste hacerme daño cuando me hiciste la zancadilla

- Donde no hay riesgo, no hay recompensa.

- El riesgo fue mío.

- Precisamente por eso resultó irresistible.

- ¿Siempre tienes que acaparar la atención de todos?

- Digamos que sé aprovechar las oportunidades.

- También las ajenas, por lo visto.

- ¿Te han dicho alguna vez que no tienes sentido del humor?

- No todo es una broma.

- ¿Hay bromas para ti? ¿O tienes siempre ese aspecto de estar chupando ciruelas?

- Limones. La expresión es «chupar limones».

_ Tú deberías saberlo. _ Gordon empezó a ladral en la sala de estar_ . ¡Calla!

Entonces Candy se dio cuenta de que ladraba porque llamaban a la puerta. Con un siseo de exasperación, salió a abrir. Era Gigi, ataviada con pantalones y un jersey de su talla. Hasta con el cabello revuelto resultaba muy guapa.

- ¿Estabais gritando?

- Hola, pequeña _ logró balbucir Candy. Susana salió presurosa de la cocina. La adolescente y le dio un gran abrazo. Susana cerró los ojos y la estrechó contra sí

Cuando al fin la soltó, Gigi parecía avergonzada. Se arrodilló para saludar a Gordon.

- Hola tío ¿Me has echado de menos?

Gordon se tendió de espaldas para que la muchacha le rascara la barriga, mientras lo acariciaban, el perro lanzó una mirada hostil a Susana. Gigi se fijó en el atuendo de su madre y arrugó la nariz.

- Menuda pinta.

- No es mío. Te has levantado demasiado pronto para ser sábado.

- Creo que tuve una premonición de que algo iba mal - Dio a Gordon un último repaso y se incorporó_ . Papá me ha contado lo que pasó. Dijo que podía venir aquí.

¿ Quieres una tostada con canela? _ ofreció Candy camino de la cocinare

- Vale

- Me ofreciste Doritos _ saltó Susana.

- Diablos, se me olvidaron las tostadas.

Una llamita de esperanza se encendió en los ojos de Gigi.

- ¿ Ahora sois amigas?

Candy se ocupó de los huevos y dejó que Susana contestara a la pregunta.

- Amigas no.

Gigi arrugó la frente.

- ¿ Todavía os odiáis?

- Yo no odio a nadie _ respondió la madre Teresa, sirviéndose una taza de café. Candy disimuló un nuevo bufido rompiendo otro huevo.

- Si yo tuviera una hermana, no la odiaría. _ Gigi se sentó en el suelo junto a la puerta, para que Gordon pudiera treparse a su regazo.

- No somos hermanas normales _ respondió Susana sentándose a la mesa.

- Hermanastras. Tenéis el mismo padre.

- Pero no crecimos juntas.

- Si yo descubriera que tengo una hermanastra me sentiría feliz, aunque no hubiéramos crecido juntas. Odio ser hija única.

- Lo has dicho al menos cien veces.

Gigi dedicó a su madre una mirada ceñuda y repuso.

- No entiendo por qué la odias tanto.

- Gigi este no es asunto tuyo.

La tregua temporal entre madre e hija llegó a su fin y en la cocina reinó el silencio, interrumpido sólo por los gruñidos suaves y satisfechos de un basset al que le rascan las orejas. Candy dio unos golpecitos a la batidora de mano contra el canto del viejo bol de Elroy. Gigi pretendía culpabilizar a su madre y erigir a Candy en parte perjudicada. Había llegado el momento de poner las cosas en su sitio. Se consoló a sí misma pensando que se lo debía a Susana después de la jugarreta que le hiciera anoche. Vale. A Susana le debía más que eso.

- La verdad es, cariñín, que yo le hice la vida imposible a tu madre.

Gigi dejó las orejas de Gordon para mirar a Candy.

- ¿Qué le hiciste?

- Todo lo que pude. _ Candy se concentró en el pan de molde para no tener que mirar a ninguna de ellas - Tu madre era una muchacha tímida, y yo me serví de eso para hacerla quedar mal delante de los otros chicos. Cada vez que alguien quería ser su amigo, traba la manera de disuadirle. Me reía de ella a sus espaldas y cuando encontré su diario personal, lo leí en voz alta delante de todos.

- No te creo _ respondió Gigi, demasiado leal para perder tan pronto la fe en su nueva tía - Ni siquiera Kelli Willman haría algo así

- Créetelo.

Candy arrojó un trozo de mantequilla en la sartén. Se había olvidado de encender el fuego, y la mantequilla se quedó allí sin derretirse. Cogió un trapo para secarse las manos y se volvió para mirar a ambas. Susana estaba sentada con el tazón de café en las manos y expresión inescrutable.

- En el último curso le hice lo peor que he hecho a nadie en mi vida. _ Miró a Gigi porque no quería mirar a Susana_ . Tu madre participó en una obra de teatro del instituto...

Susana se levantó de la silla.

- No tenemos por qué hablar de eso.

- La vergüenza es mía, no tuya _ replicó la anfitriona.

Susana tuvo el mérito de volver a sentarse. Quizá se diera cuenta, como Candy, de que había llegado el momento de ventilar los viejos fantasmas.

- Tenía pintura por todo el cuerpo _ prosiguió_ , y yo sabía que tendría que ducharse cuando terminara la obra. Esperé hasta que se metió en la ducha y luego entré en el vestuario y le escondí la ropa, también escondí las toallas, cualquier cosa que pudiera usar para cubrirse.

Esperaba que Susana protestaría de nuevo, pero ella siguió con la taza entre las manos y la mirada abstraída.

- Esto no es tan malo como leer su diario en público _ dijo Gigi.

- No he terminado.

Gigi acomodó la cabeza de Gordon más arriba en su regazo mientras Susana mantenía una expresión pétrea.

- Yo estaba con unos chicos ó Candy. - y les desafié a que entraran en los vestuarios de las chicas. Lo hice parecer como algo muy divertido. Ellos no sabían que tu madre estaba allí y me siguieron ó con el trapo de cocina.- Tu padre era uno de esos chicos.

El cuello de Gigi se contrajo cuando tragó saliva.

- ¿ Y la vio?

Ella asintió.

- Sí, y ella estaba muy enamorada de él. Por eso fue tan malo lo que hice. A ella le gustaba muchísimo, y se sintió humillada.

- ¿ Por qué hiciste algo tan malo?

Candy miró a Susana.

- Tal vez prefieras explicárselo tú.

- ¿ Cómo podría explicarle algo que yo misma nunca he podido entender? -dijo Susana con gesto recio.

- Claro que lo entiendes.

- No había razón para ello _ replicó Susana_ . Tú lo tenías todo, Eras la hija legítima y tenías una verdadera familia.

- Y también eras popular_ añadió Gigi_ . ¿De qué podrías tener celos?

Susana lo sabía pero no pensaba decirlo.

- Mi padre amaba a tu madre, pero a mí no me quería _ dijo Candy - la verdad es que apenas me soportaba. Yo me reía ruidosamente, mis notas eran malísimas y a él le exigía demasiado.

- No te creo Gigi.- Los padres quieren a sus hijos, incluso cuando meten la pata.

- No todos los padres son como el tuyo. El mío no me pegaba. Sencillamente, no le gustaba estar conmigo. En cambio, le encantaba estar con tu madre. Por eso la odiaba.

Candy se volvió hacia la cocina y encendió el fuego, consciente de lo mucho que dolía aún el pasado.

- Cada vez que les veía juntos, él estaba feliz de un modo que nunca lo estaba conmigo. No podía castigarle por ello, de modo que la castigué a ella.

Gigi tragó saliva e intentó salvar la situación.

- Los adolescentes hacen tonterías. No sé por qué tiene que seguir siendo un problema.

- Tienes razón ó Candy.-. No debería serlo.

Susana tampoco ayudó esta vez, se limitó a beber otro sorbo de café y no dijo nada. Candy dedicó su atención a la tostada francesa. Finalmente, Gigi apartó a Gordon y se puso de pie, con una arruga de preocupación en la frente.

- ¿ Quitaste a mamá su novio, o sea papá, cuando ibais al instituto?

- De eso nada.

- Él fue tu novio durante mucho tiempo, ¿no es cierto?

- Hasta que fuimos a la universidad. Entonces le dejé por otro tipo que no era ni la mitad de bueno que tu padre. Aunque debes reconocer que aquello estuvo bien porque, si no le hubiera engañado, tu padre y tu madre no habrían sido novios y tú no habrías nacido

- Tuvieron que casarse. Mamá se quedó embarazada.

Candy echó una mirada a Susana, quien tenía una de esas expresiones distantes que a veces exhibía en el instituto.

- Yo nunca sería tan estúpida como para quedarme embarazada sin estar casada _ dijo Gigi.

- Será porque no tendrás relaciones sexuales antes de los treinta _ repuso Candy.

Algo parecido a una sonrisa asomó a los labios de Susana, aunque Gigi no lo consideró divertido.

- ¿Piensas quitárselo ahora?

- ¡No! ó Susana y su tazón se sacudió.-. No Gigi, no lo va a hacer.

La chica se acercó a su madre, relajándose casi imperceptiblemente.

Candy echó el pan en la sartén.

- Cariño, no podría quitárselo aunque me lo propusiera. Él la quiere a ella, no a mí.

Todavía confusa, Gigi miró a su madre.

- No entiendo por qué permitiste que te hiciera tantas cosas malas. ¿Por qué no te defendiste?

- Era una cobarde _ respondió Susana, que parecía incongruentemente majestuosa con su atuendo de talla holgada.

Gigi asintió con toda la sabiduría de la historia:

- No reclamaste tu poder.

- No sabía que lo tenía, hija. Debiste ver a tu tía. Era tan bella, tan segura de sí misma. Su cabello era perfecto, su ropa, perfecta, su maquillaje siempre a punto. Y tenía esa risa fabulosa que hacía que todo el mundo quisiera reírse con ella. El aburrimiento desaparecía cuando se acercaba Candy. Con ella en la habitación, no se podía mirar a otra persona

- Aún es así Gigi. - La gente se fija en ella.

- Oye estoy aquí, por si lo habéis olvidado ó la aludida. - Y nadie se fija en mí fuera de Lakewood.

- Lo dudo Susana. - Pero estás tan acostumbrada que ya no te das cuenta.

Gigi puso cara seria.

- Deberías disculparte, Candy. Y tú, mamá, deberías perdonarla porque ya no es como entonces.

- No es fácil _ dijo Candy, para que Susana no tuviera que aparecer como la mala_ . Lo siento pero ha habido demasiados años de enemistad.

La expresión de Susana ocultaba un atisbo de sonrisa.

- Es verdad que William White me quería más a mí.

- ¡Mamá! Eso ha sido un golpe bajo.

- Pero cierto ó Susana. - Aunque yo estaba celosa, porque Candy tenía a Rose.

- Y tú a la yaya Sabrina su hija.

- Créeme, no se podían comparar. Rose era como una estrella del cine. Hermosa e impresionante y con una risa maravillosa. Ella y Candy eran más como amigas que como madre e hija. Cuando Candy no estaba con tu padre ni con las Sauces del Mar, estaba con Rose. Todo el mundo sabía que no se podían celebrar reuniones el sábado por la mañana, porque ellas veían Josie y las gatitas. Cuando salían juntas se contaban secretos en voz baja y, si pasabas por delante de La Novia del Francés, las veías sentadas en el porche, tomando té dulce y cuchicheando. Lo único que hacíamos la yaya Sabrina y yo era crisparnos los nervios.

- La abuela es más agradable ahora.

- Los años han suavizado su carácter. Cuando yo era joven, sólo tenía espacio para una persona en su vida, y esa persona era mi padre.

Candy hizo una mueca al oírla llamar a William de eso modo. Al mismo tiempo, reconoció que Susana estaba en su derecho.

- ¿Qué vais a hacer, entonces? _ preguntó Gigi -.¿ Seguiréis odiándoos ? ¿ O creéis que podríais ser amigas, ahora que habéis hablado de vuestros problemas?

- No es probable _ dijo Candy. - Al menos, no hasta que alguien haya devuelto las perlas de alguien.

Gigi miró a su madre en busca de una explicación,

- Tengo las perlas de Rose Susana. - Debieron ser Candy pero no lo fueron, y no pienso devolverlas.

- Eso sí que es malo _ observó Candy.

- ¿ Tan malo como lo que pasó en los vestuarios ? _ replicó su hermanastra.

- No, no tanto _ terció Gigi, y miró a Candy; parecía una diminuta secretaria de Estado tratando de negociar un tratado de paz entre dos naciones en guerra - Creo que mamá debería quedarse con las perlas como compensación de lo que le hiciste, aunque le queden ridículas.

- No me quedan ridículas Susana. - y por eso las llevo cada día.

- Deberías estar contenta de que mamá se las quede. También a ti te quedarían ridículas.

- No se trata de esto _ dijo Candy_ . La cuestión es…. Oh da igual. Ya sé a dónde nos conduce esto, Gigi. Ahórrate los esfuerzos. Tu madre y yo nunca nos comportaremos como hermanos por mucho que lo intentes. Lo mejor a que podemos aspirar es a una relación cordial.

- Supongo que tienes razón. Pero, Candy, ¿no has pensando nunca que... _ Gigi tocó el hombro de su madre. - mamá y yo somos las dos únicas personas en el mundo que tenemos tu misma sangre?

Candy sintió el familiar nudo en la garganta e hizo lo que pudo para eludirlo.

- Así es la vida, pequeña.

- ¿Puedo llevar a Gordon a ver a papá? ó Gigi de repente.

- Dejarnos solas no dará resultado _ replicó Candy.

- Sólo quiero que Gordon conozca a papá.

- ¿Y qué hay de tu tostada?

- La llevaré conmigo. _ Cogió una tostada del plato, llamó a Gordon y momentos después salían por la puerta.

Susana se levantó y se acercó a la cafetera.

- Sabía que estabas celosa de mí, pero al parecer nunca supe cuánto.

- No tendrías que mostrarte tan contenta por ello.

- La vida no concede muchos momentos de perfección. Lo estoy saboreando. _ Susana sonrió, se sirvió una tostada francesa y de pronto la miró con severidad - Se supone que llevaría canela.

- Me he distraído humillándome delante de tu hija.

Susana le vertió un poco de jarabe dulce y, de pie delante de la encimera empezó a comer, aunque ya no parecía tan segura de sí misma.

Cuando terminó, dijo:

- Me gustaría pasar unas noches aquí, si no tienes inconveniente.

- Tarde o temprano tendrás que enfrentarte a él.

- Tarde. ¿Qué hay entre tú y Terry?

- Estoy jugando con él.

Susana soltó una risita y se dispuso a marchar.

- Estas loca por él.

- Eso lo dices tú.

Susana se dirigió a la sala de estar y cogió su bolso Antes de salir, añadió

- Será muy divertido ver cómo te rechaza.

- ¿ Ah, sí? Ya lo veremos.

Susana rió de nuevo y la puerta se cerró tras ella con un golpe decidido.

Candy se lanzó hacia el jarabe de arce.

- Me alegra haber dejado atrás la vieja enemistad ó.

Continuará…