Capítulo 18
Siempre ha sido una salvaje-lloriqueó Madam
GEORGETTE HEYER
Candy no quitó ojo a las idas y venidas en Tesoros del Ayer en todo el día. A pesar del rótulo de CERRADO que habían puesto en la puerta tapiada con tablas, la tienda era un hervidero de actividad, Anthony y Gigi aparecieron en torno a las nueve y media de la mañana. Más tarde empezaron a llegar las Sauces del Mar. Poco antes del mediodía apareció un camión, y Anthony, que llevaba téjanos y una camisa de trabajo, estuvo un rato en la acera hablando con los operarios antes de dejarles entrar en la tienda. Más tarde Gigi salió y volvió con una pizza. La familia de Susana cerraba filas. Tal vez todo estuviera en paz en el País de los Brower.
De ser así, significaría que Susana no volvería a la cochera por la noche. No es que Candy esperara su llegada con impaciencia. A pesar de ello, en su confrontación de la mañana hubo algo que no le había disgustado del todo.
Interrumpió sus pensamientos una mujer delgada y de mandíbula cuadrada que se acercó a la caja.
- ¿Te acuerdas de mí, Candy? Soy Pansye Tims, la hermana mayor de Corinne.
- Claro, Pansye, por supuesto. ¿Cómo te va?`
- Me estoy recuperando de una sinusitis. mujer se acercó más. - Todo el mundo habla de lo de anoche. Imagínate qué le habría pasado a Susana si tú no hubieras estado allí para sacarla de la tienda. Ella es tan especial... Lakewood no sería lo mismo sin Susana. Sólo quiero que sepas que te estamos todos muy agradecidos.
Candy cambió de postura, incómoda. Pansye era, cuanto menos la vigésima persona en entrar en la librería para darle las gracias.
- Lo cierto es, Pansye, que han exagerado un poco la historia. En realidad , no saqué a Susana de la tienda. Yo sólo...
- Oh, vamos. Eres toda una heroína.
Jewel apareció junto a la caja como un espíritu malévolo.
- Así es, Candy. Incluso he oído que el alcalde piensa concederte la medalla Cívica.
Candy fulminó con la mirada a su jefa, que sabía la verdad. Al llegar por la mañana, le había contado exactamente cómo había ocurrido. Jewel sin embargo, se había limitado a reír. Cuando Pansye se marchó, Candy se encaró con Jewel en el pasillo de los libros de autoayuda.
- Esto sólo tenía que ser una broma. Lo hice para divertirme y para fastidiar a Susana. Ahora ella evita contar la verdad deliberadamente porque sabe que es lo que quiero que haga.
Jewel rió por lo bajo.
- Te aseguro, Candy, que contratarte ha sido la mejor decisión de mi vida, y no lo digo sólo porque eres divertida. Has atraído más clientes de lo que hubiera soñado nunca.
Basándome en un engaño.
- Lo que sea, pero funciona. _ La mermada sección de poesía llamó la atención de Jewel - ¿Dónde están todos los libros de Langston Hughes? Él está...
- Muerto ó Candy. -Necesitaba su espacio para el departamento infantil.
- Pero Nikki Giovanni no está muerta. _ Jewel señaló un estante- Y no sé qué voy a decirle si viene aquí.
- Dudo que Lakewood, estado de Misisipí, ocupe el primer lugar en la lista de destinos de la buena de Nikki. Y no es necesario exhibir tres ejemplares de todo lo que ha escrito.
Jewel no dejó de quejarse hasta última hora de la tarde, cuando descubrió que Candy había vendido el nuevo título de «Daphne la Conejita » junto con media docena de libros más.
De acuerdo ó a regañadientes. -Te dejo hacer. Pero, si se te ocurre tocar siquiera Gwendolyn Brooks, la muerta serás tú.
Cuando faltaba poco para cerrar, Candy se dio cuenta de que esperaba una llamada de Terry. Ya debía de haberse enterado del incendio. ¿No estaba ni un poquito preocupado? Parece que no.
- Esta noche cenamos en La Caseta del Lago _ dijo Jewel - Te invito.
- De acuerdo. Pero, para que no haya malos entendidos, nunca me enrollo en la primera cita.
- No te des tanta importancia. Sólo estoy buscando una amiga.
- Podrías darme una oportunidad, al menos.
- Algunas cosas no pueden ser.
Para cuando llegaron a La Caseta del Lago y pidieron la cena, la conversación entre ambas se había tornado más seria. Hablaron de sus libros favoritos, de sus viejos sueños y de sus nuevas esperanzas. Candy no satisfizo la curiosidad de Jewel sobre Terry, pero le contó por encima lo ocurrido por la mañana con Susana.
Cuando terminó, Jewel la miró con comprensión.
- Te sabe mal que no vuelva a tu casa.
- No exactamente.
- Sí exactamente.
Era cierto y Candy lo supo más tarde, cuando llegó a su casa y aparcó en el camino de entrada vacío. De alguna forma, había deseado que su encuentro con Susana fuera la base de una nueva especie de… lo que fuera.
Gordon no la tiró al suelo en su desesperación por salir y eso significaba que Terry lo había traído a casa hacía poco. Candy resistió la tentación de buscar una excusa para llamar a su puerta y discutir con él. La encantaba discutir con él, la libertad con que lo hacía. No temía que la golpeara ni que la zarandeara por la habitación. No temía provocarle un ataque cardíaco fatal. Cuando estaban juntos se sentía viva aunque siempre había sucedido así. Sólo se sentía viva cuando podía ver su reflejo en los ojos de un hombre.
Pero eso se había acabado. Ahora era más inteligente, aunque la sabiduría no lograra ahuyentar la soledad.
De repente le pesaron todos los males de su existencia. Estaba harta de mantener la cabeza erguida cuando, en realidad lo único que quería era esconderla bajo las mantas; harta de fingir que no le importaba lo que dijeran los demás; harta de esa necesidad que la impulsaba a enamorarse una y otra vez. Y sólo conocía un remedio para ese mal
El alcohol.
Se dirigió a la cocina, con la esperanza de obtener resultados de un tazón de chocolate.
Anthony renegó entre dientes cuando vio el Volvo de Candy aparcado en el camino de entrada de la cochera. Susana no estaba allí. Y él le llevaba tulipanes blancos. Tenía que admitir que las diez de la noche era un poco tarde para ofrecérselos, pero Gigi había cenado con la gente del Club Español en Casa Pepe, y él acabó haciendo de chófer muchachas que volvían a sus casas.
Miró el parachoques del Volvo e intentó relajar los músculos de la espalda que se negaban a obedecerle. Había albergado la esperanza de que Susana le hubiera perdonado la fea escena que le hiciera el miércoles en la tienda, pero había sido un autoengaño. El hecho de no haberse mostrado declaradamente hostil mientras la ayudaba a limpiar la tienda de los desperfectos causados por el incendio no significaba que ella hubiera olvidado ni perdonado. Cada vez que intentó abordarla a solas le había esquivado y, cuando la invitó a volver a casa, le rechazó de plano.
Se deshacía en sonrisas cuando hablaba con los demás, se reía cuando Gigi se probaba unos sombreros viejos, charlaba animadamente con los obreros que limpiaban el primer piso y bromeaba con las Sauces del Mar. A él únicamente le sonrió una vez, y Anthony sintió que se le secaba la boca. Hasta hoy nunca había prestado demasiada atención a las sonrisas de Susana. Ahora sabía que las esbozaba lentamente y que acababan inundado toda su cara.
Ella no le había dado las gracias por ayudar a limpiar la tienda ni se había preocupado por él una sola vez. La Susana de siempre le habría dicho que no tenía que molestarse. Naturalmente, Anthony habría insistido y entonces ella hubiese quedado absolutamente pendiente de él dejando su propio trabajo para llevarle café, preguntándole si le apetecía algo de comer y, en general, consiguiendo irritarle como un demonio. La nueva Susana, sin embargo, no era tan dulce ni mucho menos.
Se mostraba cabezota, segura de sí misma y tan seductora que Anthony casi no podía pensar en otra cosa que en hacerle el amor.
Se dio cuenta de que ése era el primer día en que había pasado más de unos minutos en la tienda. Aunque conocía la pasión de Susana por las antigüedades, siempre había considerado la tienda un capricho de mujer rica. Hoy, sin embargo, al observar a Susana manipular los artículos y hablar con Gigi de ellos, comprendió lo buena que era en su trabajo y se sintió avergonzado.
Dejó los tulipanes encima del asiento y salió del coche. No se podía imaginar nada más extraño que preguntar a Candy por Susana, pero rechazaba de plano la alternativa de llamar a Mar. Por enésima vez se preguntó que debió de pasar entre Susana y Candy por la mañana. Gigi lo sabía pero, cuando intentó sonsacarle detalles, la muchacha se cerró en banda.
Cambió de opinión acerca de los tulipanes y los sacó del coche. Tal vez, si los dejaba para Susana, conseguiría ablandarle el corazón. Era necesario que empezara a cortejar a su propia mujer y, para su sorpresa, la idea no le disgustaba. Siempre le habían gustado los desafíos aunque nunca se había imaginado que Susana podría suponerle uno.
Candy abrió la puerta. Llevaba una camiseta de hombre que le cubría las caderas y dejaba sus piernas desnudas. Aquellas piernas tan largas, el cabello rubio revuelto y la expresión de hacer pucheros eran como el anuncio de una reina de la belleza dispuesta a todo. Seguía siendo la mujer más provocadora que había conocido jamás aunque lo único que sintió en esos momentos fue arrepentimiento de los catorce años que había malgastado pensando en ella, en lugar prestar más atención a su mujer.
Candy le quitó los tulipanes de la mano.
- ¿Pour moi? Qué detalle.
- Son para Susana y ni se te ocurra decirle que los he traído para ti. Hablo en serio, Candy. Nada de trucos ni jueguecitos. Ya has perjudicado bastante mi matrimonio.
- Alguien vuelve a cargar las culpas a espaldas ajenas.
Tenía razón.
Lo cogió por la muñeca y tiró de él hacia el interior mirándole como si fuera un enorme paquete de golosinas.
- Tú, mi buen hombre, eres exactamente lo que me recetó el médico. Necesito distraerme.
- Busca tus distracciones en otra parte. _ Anthony se dio la vuelta para irse, pero ella le rodeó y pegó la espalda a la puerta, cerrándole paso.
- Por favor, Anthony. _ No pronunció las palabras, las ronroneó y los pelillos de los antebrazos de Anthony se erizaron_ . He estado batallando con el demonio del ron. Quédate un ratito.
- ¿Estás borracha? - Escucha, Candy, lo único que quiero es ver a Susana.
- Y lo único que yo quiero es olvidar cuánto necesito un trago.
- Tómate uno.
- Por desgracia, uno nunca es suficiente y, antes de darme cuenta, estoy bailando encima de la barra en ropa interior.
- Aquí no hay barra, así que no te preocupes.
Candy le rodeó la cintura con los brazos. Anthony intentó apartarse pero ella le retuvo con fuerza.
- ¿Y si te enseño mi ropa interior sin estar bebida?
Anthony percibió su aroma. La tomó por los hombros y le dijo, con voz no del todo firme:
- ¿ Qué pretendes?
- Sólo que me consuelen un poco. Ha sido una mierda de mes. Una mierda de año. _ Apoyó la cabeza en el pecho de Anthony y deslizó un pie desnudo por la cara interior de su pantorrilla - ¿Recuerdas cómo era, Anthony? Nosotros dos. ¿Recuerdas que nunca nos cansábamos de estar juntos?
El pecho de Anthony estaba rígido,
- Fue hace mucho tiempo.
Candy le miró con los mismos ojos azul plata que su mujer.
- No me apartes de ti. Por favor.
Anthony había soñado con este momento, con Candy echándosele encima, suplicándole que la tomara.
- No diré nada si tú no lo haces _ susurró ella_ . Sólo esta noche. ¿Qué tiene de malo?
Anthony estaba excitado. ¿Cómo no estarlo, con la manera que ella se frotaba contra él? Tenía una erección, pero no la tentación. Ni por un solo instante.
La apartó de sí con firmeza.
- Amo a mi mujer. Eso es lo que tiene de malo.
- Qué hombre tan noble.
- La nobleza nada tiene que ver con esto. Ella lo es todo para mí.
Jamás la traicionaría.
- Entonces vete de aquí, vete al infierno.
Anthony la compadeció y tuvo el impulso de decirle que ya era mayorcita para esos juegos. Sin embargo, él no era la persona indicada para dar consejos y, con un breve asentimiento de la cabeza, se marchó.
El viento de marzo le alborotó el pelo mientras bajaba los escalones de la entrada de la entrada. Cuando llegó al último respiró hondo, levantó la cabeza y miró el cielo a través de las ramas de los árboles. Quizas fuera su imaginación, pero no podía recordar la última vez que había visto unas estrellas tan brillantes y perfectas. Sonrió.
Dentro de la cochera, Candy se lanzó hacia la bolsa de Oreo que había dejado medio vacía encima del sofá. Mientras masticaba con furia, Gordon bajó las escaleras, seguido de Terry y Susana.
- ¿Ha sido realmente necesario? ó Terry, resoplando de disgusto.
- Que te lo diga ella - Candy señaló a su hermanastra con un movimiento brusco de la cabeza y se metió otro Oreo en la boca.
Susana miraba la puerta con expresión absorta.
- Le has trastornado.
- Por no hablar de lo que me has hecho a mí - Terry le plantó un dedo acusador delante de la cara. - Eres una lunática. Alguien debería encerrarte. Maldita sea, yo mismo voy a encerrarte.
Candy no le hizo caso y dirigió su furia contra Susana.
- ¡Se acabó! ó entre Oreos . - La aventurita mortificante de esta noche vale como un sello de «pagado» sobre todas las deudas que todavía pudiera tener contigo. Ese hombre te quiere, Yo le importo un comino y, por lo que a mí respecta, estamos igualados. Si no lo ves así, me da absolutamente igual. ¿Te enteras?
Susana asintió, distraída.
Había aparecido escasamente diez minutos antes, con Terry pisándole los talones. Dijo a Candy que la ventana de su habitación estaba encallada y necesitaba la ayuda de Terry. Candy no la creyó ni por un momento. Susana venía con Terry sólo para causarle problemas. Resultó que ellos dos habían disfrutado de una íntima una pizza en La Novia del Francés. Maravilloso.
- No tienes ni pizca de vergüenza _ dijo Susana, sin apartar la mirada de la puerta_ . Te has echado encima de él.
- Me enrosqué a su alrededor como una serpiente. Y créeme, se dio cuenta.
- Ya...
Candy esperaba que Susana agarrara el bolso y saliera en busca de Anthony. En cambio, ella cogió los tulipanes blancos y flotó hacia las escaleras, con una sonrisa soñadora en la cara.
Candy meneó la cabeza.
- Se hace la estrecha, la muy descarada.
- Ven a la cocina _ respondió Terry_ . Te prepararé una taza de chocolate caliente.
- Esta noche no hay chocolate suficiente en el mundo para satisfacerme-Le siguió de todas formas.
- ¿ Tanto necesitas un trago?
Ella editó la respuesta mientras Terry abría la nevera.
- No. Sólo me siento cansada. Y frustrada.
- La nobleza es un asco. _ Olisqueó con recelo la leche antes de verterla en un cazo y luego sacó una vieja lata de cacao del armario de la cocina - ¿Fuiste realmente alcohólica o ésta es otra de tus exageraciones?
- Dígamos que me daba prisa en beber un poquito más de la cuenta. El día que pedí mi primera soda, fue el día que empecé a tener mejor opinión de mí misma.
- ¿Cuando fue eso?
- Justo antes de conocer a Albert. Hasta entonces, la bebida era mi medio de afrontar las crisis.
- Y ahora lo es el azúcar.
- Y las grasas. No te olvides de las grasas.
Terry reguló el fuego y se volvió para examinarla. El ocioso repaso de sus ojos color jade le puso carne de gallina.
- ¿ Llevas algo más debajo de tu camiseta?
Por supuesto.
El arqueó una ceja inquisitiva.
Candy se dijo que no debería hacerse la listilla, pero había nacido para ser traviesa,
- El "corsé» de Elroy.
- Debería saber que no se juega con los maestros.
Terry esbozó una leve sonrisa y la inspección visual prosiguió, más lenta que nunca. Leves ondas recorrieron el cuerpo de Candy, mientras él se regocijaba. Se dio la vuelta deliberadamente para colocar los tazones y el azucarero. No le había dicho toda la verdad acerca de su indumentaria Debajo de la camiseta llevaba también unas delgadas braguitas de color azul y precaria goma elástica.
Terry repartió su atención entre el cazo de leche y las piernas de Candy Con el silencio, aumentó la tensión en la cocina, una quietud que únicamente parecía molestarla a ella. ¿Por qué no se marchaba Terry? Ni siquiera la presencia de Susana en el piso de arriba conseguía hacerla sentir segura y, cuando él sirvió el chocolate ella estaba a punto de saltar de los nervios. Casi lo hizo cuando Terry al fin, habló.
- Todo el mundo comenta cómo salvaste la vida de Susana anoche.
- Lo que hice fue hacerle una zancadilla cuando llegamos a la puerta y luego arrastrarla a la calle, para que todos pensara que la había salvado.
Él sonrió y levantó su tazón en señal de brindis.
- Bien hecho.
- Veo que has pasado demasiado tiempo en mi poco recomendable compañía.
- Resulta interesante que Susana no me comentara nada.
- Porque es perversa. Está acumulando municiones para usarlas en mi contra.
- Puede que sí. _ Sacó su móvil del bolsillo. Candy frunció el entrecejo mientras le observaba marcar un número. Terry esperó. Se oyó el pitido ahogado de un contestador automático - Anthony, soy Terry. Susana pasará la noche en casa de Cansy, aunque dejó su coche en mi casa. Te llamaré mañana.
Cuando colgó, Candy saltó:
- Vas a contarle que le tendí una trampa, ¿no es cieno?
- Sería tentador, pero creo que se lo dejaré a Susana ó de nuevo sus largas piernas.
- Ya basta.
- ¿Tu decisión es definitiva, pues?
- Definitiva. percibió una extraña vacilación en su propia voz.
Terry dio un paso hacia ella.
- Huelga decir que no intentaré presionarte para que cambies de opinión. Dio otro paso. - Las reglas británicas del juego limpio, ya sabes.
- Terry...
- Claro que ahora soy americano. _ Deslizó las manos por los brazos de ella, dejando una estela de sensaciones a su paso - Y nosotros los yanquis somos gente bastante agresiva.
- Oh, Terry...
No tuvo la oportunidad de decir nada más, porque él ya la estaba besando
Y ella le dejaba hacer, le devolvía los besos, le tomaba la lengua y le ofrecía la suya. Terry utilizó la rodilla para separarle los muslos, y cerró la mano sobre sus pechos debajo de la camiseta.
- Dios, Candy _ murmuró en sus labios_ . Estás tan buena.
El calor de su mano atravesó las braguitas y penetró en su piel. La asaltó un deseo tan intenso que la dejó sin fuerzas. Sin ninguna fuerza.
Aquello no podía ser.
- No apartó de sí. -No pienso permitir que me conviertas en una especie de desafío sexual. Hablo en serio, Terry. No soy un obstáculo que tienes que vencer sólo para demostrar que puedes hacerlo.
La mirada de él se enturbió y los labios, tan tiernos hacía escasos segundos se endurecieron.
- ¿ Es esto lo que piensas de mí?
Candy se frotó un brazo, se tocó el cabello y negó lentamente con la cabeza.
- No. Eres un hombre agresivo pero no un depredador. No tienes intención de hacerme daño.
- Exacto. ¿Por qué molestarme cuando tú misma te lo haces a la perfección? Sólo espero que estés de mejor humor cuando nos veamos por la mañana.
- ¿ Por la mañana?
Prometí ayudarte a buscar en la cochera y la estación. No lo habrás olvidado, supongo. ¿Digamos que a las diez?
Pasar una mañana con él era la peor idea, pero necesitaba su ayuda. Y cuales fueren sus intenciones, no le permitiría volver a asaltarlas con besos.
- De acuerdo ó. - A las diez.
A Gigi no le gustaba demasiado ir a la iglesia. A veces los sermones eran buenos _ el pastor Mayfair se enrollaba bien y la cata de quesos no había estado tan mal hoy, pero no estaba precisamente colada por la Biblia, que contenía demasiados pasajes deprimentes y, en su opinión debería estar calificada como literatura violenta. Aunque esa mañana no le había importado que rebanaran la cabeza de Juan Bautista porque, justo antes de que empezara el servicio religioso, su madre se había sentado a su lado en el banco.
Gigi deseó encontrar un pretexto para intercambiar asientos y su madre quedase en el medio, al lado de papá. En todo caso sus padres se miraron y sonrieron, aunque Gigi no supo si eran sonrisas auténticas o sonrisas amables "porque la niña está delante" Durante el sermón tuvo que luchar contra el impulso de apoyar la cabeza en el hombro de su madre y cerrar los ojos, como hacía de pequeña.
Hasta llevaba una blusa y falda ñoñas de Bloomingdale´s para hacer feliz a su madre. Todavía no había decidido qué atuendo llevaría al el colegio esta semana, aunque barajaba la idea de abandonar el estilo gótico. Candy le había dicho que era un estilo genial para las chicas de octavo, aunque de una manera que la hizo sentir como si estuviera copiando a las demás en lugar de ser ella misma
La noche antes había ido a la cena del Club Español con Gwen y Jenny, pero sus padres estaban tan inmersos en sus propios problemas que ni siquiera le habían preguntado qué tal se lo había pasado. Gigi se alegraba de que dejaran de meter las narices en sus asuntos, aunque tampoco estaría mal que mostraran un poquito de interés. Su madre, especialmente. Empezaba a darse cuenta de que su madre podría no ser tan perfecta como ella pensaba. Y lo que había sufrido en el instituto era mucho peor de lo que padecía Gigi.
Después del oficio, sus padres se entretuvieron charlando con amigos un rato, aunque entre ellos no hablaron mucho. Cuando por fin se encaminaron hacia el aparcamiento, Gigi se rezagó a propósito
- Gracias por los tulipanes _ oyó decir a su madre
¿Papá había regalado flores a mamá?
- Pensé en ti en cuanto los vi _ respondió él.
Dale caña, papi.
- ¿ De veras ? ¿ Por qué ?
Ay. Seguro que él diría una tontería.
- Porque son hermosos. Como tú.
Menudo paleto.
Pero su madre no se mostró tan crítica, antes bien, pareció ruborizarse. Su padre aprovechó la oportunidad y pasó a la ofensiva
- ¿Te apetece cenar conmigo en el Inn esta noche? ¿ A eso de las siete? Si no tienes otros planes.
A Gigi se le olvidó respirar.
Su madre se tomó un momento antes de responden
- El Inn suena bien.
¡Sí!
- Solo nosotros dos, si te parece. Gigi tiene que terminar un trabajo
¡ Dentro de dos semanas!
- Ah Vale. Muy bien.
- Si prefieres que esté ella... Tal vez pueda hacer sus deberes a primera hora de la tarde.
Gigi rezó porque su madre no fuera idiota.
- No, está bien
¡Así se habla, mamá!
Su padre abrió la puerta del Benz y su madre subió al coche. Gigi preferiría que volviera a casa con ellos, pero su padre no intentó siquiera convencerla. Se limitó a sonreír, cerró la portezuela y se despidió con la mano
Durante el trayecto de vuelta a casa Gigi reflexionó en lo sucedido y, cuanto más pensaba en ello, más preocupada se sentía. Finalmente, bajó el volumen de la radio.
- Pregúntale por la tienda.
- ¿ Qué dices?
- Cuando la veas esta noche, pregúntale por la tienda. Le gusta hablar de ella. No de cuánto dinero gana. Pregúntale cómo decide qué poner en el escaparate y cómo sabe qué hay que comprar. Cosas por el estilo. Que el tema te interesa.
- De acuerdo_ respondió su padre.
- Y lleve la ropa que lleve, no le preguntes si es nueva. Siempre lo haces. Ella se pone algo que ya ha llevado un millón de veces, y tú vas y preguntas si es nuevo.
- Yo no hago eso.
- Lo haces siempre
- ¿ Alguna cosa más? _ repuso Anthony en tono levemente sarcástico.
- Le gusta hablar de libros. Y vuelve a decirle que es hermosa. Eso sí que le gustó. Puedes añadir que tiene unos dientes preciosos.
- Eso se dice de los caballos, no de las mujeres.
- A mí me gustaría que un chico me dijera que mis dientes son preciosos
- Le haré un cumplido al respecto. ¿Has terminado?
- Tampoco le preguntes por Candy. Aún no han solucionado todos sus problemas.
- No lo haré, créeme.
Gigi sabía que su padre tenía curiosidad por saber qué había ocurrido la mañana anterior. Pensó en decirle que ya sabía todo lo que había pasado en el instituto, pero el tema le resultaba muy embarazoso.
Estaban a punto de enfilar el pasaje Mockingbirdc cuando el Lexus de Terry pasó en dirección contraria. Gigi saludó con la mano.
- Mira, Candy va a alguna parte con Terry.
- Que Dios se apiade de su alma.
Continuará…
