Me he sentido obligada a escribir la continuación del capi 4, así que aquí está y espero que os guste.

Este capi puede ser el último o puedo seguir la historia. Voy a hacer lo que me pidáis, así que reviews, está en vuestras manos :)

CAPÍTULO 5

Y en ese momento le estrechó la mano con fuerza, una fuerza delicada y condujo a Yves, aun intentando asimilarlo todo, hasta la bañera llena de espuma y agua caliente.

Sin prisas, disfrutando, embriagándose de cada momento, de cada roce. Él entró en la acogedora bañera, que desprendía un olor a rosas, a vida, a amor.

Ella sonrió tiernamente al verlo rodeado de espuma, casi escondido en aquella nube blanca.

Tomó una fresa y la bañó en el chocolate caliente y despacio, sacando su lado más sensual, caminando juguetona y enseñando sus más magníficas curvas se acercó a Yves, el que todavía seguía mirándola sin creerse que esto fuera real. Se arrodilló a su lado y se la acercó, él, manteniendo sus ojos clavados en aquella mujer abrió la boca y la mordió. Ella, sonriendo se la quitó y Yves la miró con una especie de rabia amorosa. Sofía lamió lo que quedaba de fresa y se la introdujo en su boca, soltando en ese momento un gemido de placer que hizo que aquel hombre se estremeciera. Ella lo miró con ojos brillantes y llenos de pasión y se levantó para tomar otra fruta. Plátano. Había un plátano a trocitos y otro entero. La diosa Sofía de pelo cremoso y cuerpo de ángel cogió el que estaba sin cortar. Buah, pensó Yves al verla regresar con aquello lleno de chocolate, impregnando toda la fruta. Y la señorita empezó. Abrió la boca sensualmente y empezó a lamer, soltando algún gemido, algún jadeo, entrecerrando los ojos, moviendo su cuerpo provocándole, excitándole más, si es que podía excitarlo aun más. Él le quitó la fruta y la sujetó con sus manos y ella siguió. Poco a poco, se comió aquel plátano, dejando a Yves más excitado con cada mordisco. Y finalmente aquella tierna pero peligrosa mujer se metió en el agua, dejándose caer sobre el cuerpo desnudo y caliente de él. Sonrió y él la abrazó. La pasión nublaba aquella habitación, pero ninguno de los dos quería correr, sólo querían vivirlo, sentirlo, y alargar aquel momento lo máximo posible, aunque esto empezó a ser difícil cuando sus partes más excitadas entraron en contacto. Se frotaban, se rozaban, con movimientos exactos, sin unirse todavía. Ella le besaba la oreja y le susurraba su nombre, él mordisqueaba aquel firme cuello que tantas veces había poseído, aunque nunca se cansaría de degustarlo, una y otra vez más.

Sus manos empezaron a ser más juguetonas y divertidas, a buscar, y finalmente encontraron lo que deseaban. Cada un provocando al otro, cada uno controlando el placer del que tenía a su lado y cada uno intentando ofrecerle el máximo amor, más puro y a la vez más sexual.

Se perdieron entre gritos, gemidos, gruñidos. Aquella habitación ardía. Algunas velas ya estaban apagadas, la bañera cada vez estaba más vacía debido a aquellos duros y fuertes movimientos, pero el chocolate aun seguía estando caliente. Él sacó su manó intentando llegar a las frutas y lo logró. Pudo agarrar una fresa y bañarla con aquel derretido chocolate. Jugó con Sofía. Se la acercaba y se la quitaba, se la dejaba probar pero automáticamente la sustituía por su boca, enérgica y romántica. Ella, perdida en aquel hombre sonreía y se sentía puramente feliz, sin pensar en nada, nada que estuviera fuera de aquellos metros, de aquellas cuatro paredes. Volvieron a unir sus cuerpos, esta vez más necesitados, más descontrolados. Se movían, se rozaban, se agarraban, parecía que bailaban, que sus cuerpos se entregaban a una danza de pasión intentando llegar al más fuerte y perturbador placer. Y así era, cada embestida era un saludo al cielo. Ya no eran conscientes de dónde estaban, ya no controlaban sus cuerpos, sólo dejaban actuar su instinto más primitivo. Y sonreían, y gritaban, y gritaban más, sin importarles nada, sintiendo, viviendo, gimiendo, abrazándose, clavándose las uñas, pegándose más, moviéndose desesperadamente hasta llegar, y llegaron, dios si llegaron.

Cayeron exhaustos en aquella bañera prácticamente vacía, uno encima del otro, sin ser capaces de reaccionar. Sólo se abrazaban mientras intentaban regular sus respiraciones. Pasaron unos pocos minutos y empezaron a recuperar el control de ellos mismos, asimilando lo que acababan de vivir. Ella levantó la cabeza de su pechó y lo miró. Ambos sonrieron a la vez, una sonrisa cómplice que les salió de lo más hondo del corazón. Y en ese momento Sofía se acercó un poco más y le susurró aun mirándole a los ojos:

Ahora ya puedes darme las gracias.