Capítulo 19

- ¡ Richard, me entran ganas de abofetearte! –exclamó ella.

Georgette Heyer- El corintio

Candy parecía salida de un anuncio de Pepsi bajo en calorías, uno de esos anuncios que ruedan en alguna gasolinera perdida en el desierto. Caminando hacia el coche de Terry enfundada en sus téjanos de tubo, su breve top y su sombrero vaquero de paja, contoneaba las caderas a cada paso, un explosivo ejemplar de genética femenina, muy alta, muy delgada, muy patilarga. Su rubio cabello ondulado ondeaba sobre sus hombros. Sus brazos oscilaban trazando arcos elegantes y de su mano colgaba una chaqueta tejana. Terry empezó a sudar ya al arrancar el coche.

- Estas muy callado esta mañana.

- No tengo nada que decir.

Aparcó con una maniobra un tanto brusca, bajó y cruzó el asfalto resquebrajando hasta la misma puerta de la estación, donde _ dado que Candy tenía llave_ tuvo que esperar, volviendo a ser testigo de sus movimientos. El contoneo despreocupado y ondulante, la elegancia de sus largas piernas, su agilidad al avanzar. El top, de material elástico, se encogió levemente cuando subió los peldaños. El cinturón de los téjanos bajó, dejando entrever su ombligo. Cuando por fin abrió la puerta, Terry había sido zarandeado por un torbellino de deseo.

- ¡Déjame a mí! _ graznó.

- ¡jolines! ¿Qué mosca te ha picado?

Ya que todas las respuestas que le vinieron a la cabeza fueron salaces Terry optó por no responder. En cambio, le entregó un par guantes de trabajo y señaló la parte de atrás de la estación

- Vamos a ser sistemáticos, empezaremos por atrás.

- Lo que tú digas.

Cuando Candy llegó a Lakewood parecía agotada. Ahora ya no. Su porte había recobrado el brillo; su cabello, el espesor. Terry quería pensar que habían sido sus encuentros sexuales lo que la había revitalizado, llenándola de un elixir mágico que devolvía el primor. Pero casi podía oírla mofarse de esa idea. «Las mentiras que llegáis a creer los hombres.»

- ¿Piensa pasarse ahí el resto del día, alteza, o puede ayudarme a

mover esta caja?

- ¡Maldita sea, Candy, intento concentrarme!

- ¿En qué? Llevas cinco minutos mirando esa pared o la derribas o vienes a echarme una mano, joder.

- Dices demasiadas palabrotas.

- «Joder» no es una palabrota. Es una figura retórica.

Terry se había mostrado huraño toda la mañana pero dados sus conocimientos de arquitectura y construcción, Candy no podía mandarlo a paseo. Le necesitaba para encontrar lo que ella no podía y si terminaban con las manos vacías, necesitaría sus sarcasmos para consolarla.

- Este lugar no está tan mal como parece empujó la caja a un lado. - Necesita un tejado nuevo y el agua ha causado desperfectos, pero la estructura está básicamente intacta. Elroy tenía razón.

Alguien debería restaurarlo.

- A mí no me mires. No tengo dinero ni para arreglar el golpe que me dieron en el parachoques.

- ¿Por qué no lo hablas con Susana? El consejo de planificación urbana debería, cuanto menos, considerarlo.

- Soy la última persona a la que haría caso el consejo de planificación urbana.

- Desde luego, la restauración supondría un gasto elevado.

- Es una ruina. _ En el instante mismo de pronunciar estas palabras, Candy vio la imagen de una librería infantil, provista de un furgón de cola en miniatura, trenes eléctricos, luces de señalización un gran baúl lleno de disfraces. Suspiró.

- ¿Qué pasa?

- Ojalá a Jewel le interesara más la venta de libros infantiles. ¿No te parece que este lugar podría ser una fantástica librería infantil? Pero ella nunca podría restaurarlo, aunque quisiera.

- Está muy bien situado. No obstante, tiene demasiada superficie para una librería

- No si incluye una cafetería. _ Candy no supo de dónde le vino la idea, y Terry la observó con las cejas enarcadas. Ella se dio la vuelta para dirigirse hacia la parte posterior del edificio. Algunas cosas resultaban muy poco prácticas, siquiera para soñar con ellas.

Terry tanteó las paredes, registró las áreas de almacenamiento y aprovechó todas las oportunidades para mostrarle a Candy los dientes. Al final, anunció que iba a subir al desván.

- ¿ Hay un desván?

Pues, ¿qué pensabas que había por encima del techo?. -repuso Terry con el tono cáustico que ella recordaba del instituto. «¿ Le importaría abrir el libro, señorita White, o cree poder asimilar el texto por ósmosis?

Le siguió a la oficina de billetes, donde Terry se subió a un viejo escritorio y quitó la trampilla del techo. Viéndole izarse a través de la abertura sin esfuerzo aparente, Candy sintió una oleada de deseo. Primero desapareció el tórax, luego, el resto de su cuerpo, todo en un único movimiento fluido. Quería volver a sentir su fuerza sobre ella, dentro ella. Se alejó de allí,

Terry reapareció cinco minutos más tarde, más sucio y más taciturno.

- Nada. Larguémonos de aquí.

Candy hubiese preferido encontrar a Susana en la cochera, para utilizarla como escudo protector mientras registraban las habitaciones, pero el único en recibirles en la puerta fue Gordon. Terry siguió metiéndose con ella a cada momento y, cuando le llegó el turno al estudio del pintor, Candy perdió la paciencia.

- ¡ Olvídalo! Ya buscaré yo sola.

- Claro. Como has obtenido tan buenos resultados hasta ahora... Ella rechinó los dientes y esperó.

Él apartó un caballete, miró detrás de una tela y vio el par de botas desgastadas y cubiertas de salpicaduras de pintura que ella había descubierto en una exploración anterior.

- Ash no las habría dejado aquí si no pensaba volver _ dijo Candy

- Quién sabe.

Mientras colocaba las botas en su lugar original, bajo la mesa de trabajo, Candy pensó en Elroy y en la amargura que invade a las mujeres que definen su vida únicamente por su relación con un hombre.

Al final, ya no quedó ningún lugar que explorar. Salieron de la casa.

- Lo siento, Candy.

Ella había contado con su sarcasmo para digerir el mal trago y tuvo que esforzarse para no echarse a llorar.

- C'est la vie, supongo.

- Dame un par de días él con voz más suave.- Ya pensaré en algo.

- Es mi problema, no el tuyo.

- Aun así.

Candy no podía seguir allí. Le dejó, de pie en medio del sendero, y volvió a la casa. En el momento de cerrar la puerta, se dijo que el hallazgo del cuadro había sido siempre bastante improbable. Nunca debió permitirse la esperanza.

Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando apareció Susana, cargada de bolsas del supermercado. Gordon gruñó y mostró los dientes cuando ella pasó por su lado.

- ¿Es peligroso este perro?

Candy consiguió reunir fuerzas para responden

- De momento, tú y yo somos las únicas que le caen mal

- ¿Por qué te quedas con un bicho así?

- Es un ejercicio de humildad.

Susana fulminó con la mirada a Gordon, que seguía gruñendo.

- Cállate, ahora mismo.

El perro retrocedió la distancia justa para bloquearle la entrada a la cocina, y Susana tuvo que pasar por encima de él.

- He comprado algunas cosas _ dijo. - Gigi vendrá a comer. Espero que no te importe.

- No podría sentirme más contenta.

La ironía no hizo mella en Susana, que empezó a canturrear mientras sacaba las compras de las bolsas. Candy examinó el contenido. Un montón de verduras y ni una caja de chocolatinas mentoladas. Vació el cubo de la basura y cambió la bolsa.

- Pareces preocupada _ dijo Susana.

- Se me ha roto una uña.

- Es por el cuadro, ¿verdad? Terry me dijo que te ayudaría a buscarlo. Supongo que no habéis encontrado nada.

- Aparte de telarañas...

- ¿Qué piensas hacer ahora?

- No lo sé- Hablar de nuevo con los miembros del club de canasta de Elroy, supongo. Intentar averiguar si tenía otras confidentes.

- Que yo sepa, no. Era tan criticona que la mayoría de la gente la evitaba. Me cuesta creer que alguien como Lincoln Ash se enamorara de una víbora como ésa.

- No creo que fuera así siempre. Mi padre decía que de joven era divertida.

- " Nuestro" padre. Me gustaría oírtelo decir, Candy, aunque solo fuera una vez.

- Por qué no consultas el parte meteorológico. Que yo sepa, aún no se ha helado el infierno.

- ¿ No resulta agotador ser una arpía?

- Dímelo tú.

- Prefiero consultar a las expertas.

Siguieron así durante un rato, intercambiando pullas y entreteniéndose en general. Resultó una distracción agradable después de la desolación que había sentido Candy por la mañana. Tantos años de vida respetable de buena ciudadana hacían que Susana fuera más torpe en sus arremetidas, hecho que ella compensaba con su celo de nueva conversa. Al final, no obstante, cerró la boca y se concentró en la preparación de una ensalada.

Candy subió al primer piso para asearse y telefonear a Melany. Después se quedó mirando La Novia del Francés por la ventana. Terry le había dicho que pasaría la tarde escribiendo, pero ahora estaba en el jardín trabajando en la construcción del murete.

Cuando bajó de nuevo oyó el ronroneo de una feliz aprendiz de cocinera.

- Orzo - Susana miraba alegremente el contenido de la ensaladera de Elroy. -Huevos duros, tomates, piñones y un aguacate, marchando. A Gigi le encanta esta ensalada.

Candy decidió distraerse buscando una nueva pelea.

- No te haría daño agradecerme lo que hice anoche. Si no me hubiera esmerado tanto, todavía pensarías que tu marido está loco por mí.

Susana, sin embargo, eligió otro terreno para devolverle el golpe.

- Duermes con Terry, ¿verdad?

- ¿Esperas que comparta esa clase de información con mi peor enemiga?

- Ya supe que había algo entre vosotros la noche de la cena. Pues te has encontrado con la horma de tu zapato. Terry es un hombre con la cabeza bien puesta.

- En estos momentos la mía está más segura que la suya.

- Lo dudo - Susana apuñaló un tomate.- Por mucho que intentes manipularle, nunca se casará contigo.

- No quiero casarme con él.

_ Si ese hombre agitara un diamante delante de tus ojos, le arrancarías el brazo con tal de cogerlo.

Candy se encogió de hombros.

- Puedes pensar lo que quieras.

Se había puesto seria, y eso le quitaba gracia a su juego. Susana dejó el tomate, se limpió las manos con una servilleta de papel y se apoyó contra la encimera.

- Hablas en serio, ¿verdad?

Candy asintió, pero si esperaba que Susana abandonara el terreno, estaba muy equivocada, porque los ojos de ésta destellaron con auténtico enfado.

- Lo que quieres es añadir otra muesca a tu revólver. No te preocupa que le hagas daño. Sólo te interesa incluirle en tu colección y él está tan obnubilado que no lo ve venir.

- Ya lo creo que lo ve. Le di plantón la noche del martes pero niega a aceptarlo.

Esto desconcertó a Susana.

- No te creo. ¿Por qué ibas a darle plantón? Terry es un hombre rico y exitoso, brillante. Es el propietario de La Novia del Francés Y es el hombre más sexy de Lakewood, con excepción de Anthony. Terry Grandchester tiene más carácter que todos tus ex maridos juntos.

- Más que dos de ellos, al menos. ¿ Cuándo has dicho que llegaría Gigi?

- No trates de convencerme de que Terry no te atrae. He visto cómo os comportáis cuando estáis juntos.

- Déjalo correr, ¿vale?

- Ay, ay. ¿He dado con un punto sensible?

Candy sólo pudo asentir con la cabeza.

Esto dio a Susana algo en que pensar, y se dio la vuelta para seguir con la ensalada. Candy bebió un sorbo de café frío. Pasó un minuto, luego otro. Al final, Susana dejó el cuchillo y dijo:

- Me quedé embarazada de Gigi a propósito.

Candy casi se atragantó con el café.

- Esto sí que nunca deberías contárselo a tu peor enemiga.

- Probablemente no. _ Susana rompió la cascara de un huevo duro contra el borde de la ensaladera. -He pasado catorce años intentando compensarle por ello. Creí que Anthony no lo sabía pero me equivocaba. Nunca me dijo nada. Dejó que el resentimiento le reconcomiera.

Un trozo de cáscara cayó al suelo pero Susana no se dio cuenta.

- Menuda pareja hemos sido. El sufría en silencio y yo alimentaba mi culpa compensándole en exceso. Después te culpaba a ti de todo lo que no marchaba bien en nuestro matrimonio. Entre las dos Candy, ¿quién es la mayor pecadora?

- Ni idea. No se me dan bien los juicios morales.

- Parece que has hecho unos cuantos acerca de ti misma

Sí pero en mi caso es fácil.

Susana quitó un trozo de cáscara de la ensaladera con expresión distinta.

- Como diría Gigi, renuncié a mí poder,

- Pues recuperarlo se te da de perlas.

Susana sonrió.

- Anthony me ha invitado a cenar esta noche.

- Que un chico te invite a un bistec no significa que tengas que acostarte con él.

- Intentaré recordarlo.

Gordon empezó a ladrar con la llegada de Gigi. En esta ocasión, la chica llevaba téjanos y una camiseta de Ole Miss.

- Papá está muy cabreado con Candy, otra vez. No quería dejarme venir ¿Qué has preparado?

- Mira lo que he puesto en la ensalada _ dijo Susana antes de que Candy pudiera responder.

Gigi acarició a Gordon, que la adoraba tendido a sus pies, y se acercó para examinar la ensalada.

- ¡Orzo! Qué guai. Y aguacate. No pongas pollo, ¿vale?

Cogió un trozo de tomate con los mismos dedos con que acababa de acariciar al perro, casi provocándole una apoplejía a Susana. Candy enjuagó el tazón de café.

- Os dejaré a lo vuestro.

- No te vayas _ pidió Gigi.

- Tengo cosas que hacer.

Pretendía concederles un rato a solas, pero Susana dijo en tono criticón:

- Ya ves que tu tía es muy poco considerada, Gigi . He preparado un bonito almuerzo, pero ¿crees que le importa? No, en absoluto

Candy intentó disimular lo bien que le sentó que no la excluyeran.

- De acuerdo, aunque pienso cambiar los platos en el último momento, así que no intentes envenenar el mío.

- Estáis muy raras _ dijo Gigi.

Diez minutos más tarde estaban sentadas a la mesa de cerezo del comedor, con la ensalada, unos bollos y los vasos de cristal prensado de Elroy llenos de té frío.

- ¿Has decidido qué te pondrás para la cita de esta noche? - Preguntó Gigi a su madre.

- No es una cita. Tu padre y yo iremos a cenar, eso es todo.

- Creo que deberías pedirle prestado algo a Candy.

- ¡No voy a reunirme con tu padre vistiendo ropa de Candy!

- Sólo una blusa, o algo. Él no se dará cuenta. Su ropa es más sexy que la tuya.

- Buena idea _ dijo Candy_ . Te cambio un modelito provocador que compré el invierno pasado en Target por ese jersey de chemira de Neiman que llevabas la semana pasada.

- Sólo se está metiendo contigo, mamá.

Candy disimuló una sonrisa.

- Si sigues estropeándome la diversión te echaré de aquí, niña

Gigi se inclinó hacia ella.

- La recogerá a las siete. Maquíllala tú, Candy.

- Me maquillaré yo misma _ protestó Susana.

- Candy pinta los ojos mejor.

- Es verdad. Y el pelo también. ¿ Qué te parece si te igualo un poco tu nuevo corte?

- Vale.

La conversación derivó hacia otros temas y, casi sin darse cuenta, Candy se encontró hablándoles de Melany, sin mencionar el asunto de los problemas económicos que le causaba su hijastra.

Gig arrugó la nariz. ,;

- Qué cosa, ¿no? Tener una hijastra tan mayor.

Susana sonrió y tocó la mano de su hija.

- El amor es extraño, Gigi. Nunca sabes cuándo va a llegar ni con qué fuerza te va a golpear.

En esto, al menos, Candy y su malvada hermanastra estaban de acuerdo.

Terry estaba sentado en el bar del vestíbulo del hotel Peabody Memphis tratando de ahogar en alcohol su sentimiento de culpa. A los sureños les gustaba decir que el delta del Misisipí empezaba en el vestíbulo del hotel Peabody, aunque este lugar era más conocido por sus patos. Durante más de setenta y cinco años, un pequeño grupo de patos silvestres marchaba por una alfombra roja cada mañana a las siete al son de King Cotton March de Sousa, para pasar el resto del día chapoteando en la fuente de mármol travertino del hotel. Ahora, sin embargo era por la tarde. Los patos se habían retirado para la noche, y la tenue iluminación proyectaba una luz sepia al grandioso vestíbulo estilo renacimiento italiano, con sus suelos de mármol, su techo de vidrieras y su. elegante mobiliario del Viejo Mundo. Conducir más de cien kilómetros con el único propósito de emborracharse no era muy habitual en él, aunque el Peabody siempre le había encantado. Después de pasar una tarde frustrante apilando piedras en lugar de escribir, le pareció un destino tan válido como cualquier otro, se hizo una maleta para la noche y se marchó de La Novia del Francés.

- ¿ Terry?

Estaba tan concentrado en odiarse a sí mismo que no vio acercarse a la atractiva pelirroja. Carolyn Bradmond era una de esas mujeres de enérgicas de bajo mantenimiento, de cuya compañía él debería disfrutar más que nadie. Era inteligente, sofisticada y demasiado entregada a su profesión como para plantear exigencias emocionales. La mujer ideal para Terry Grandchester... ¿Por qué, entonces, no se había acordado de ella en los cinco meses transcurridos desde la última vez que la viera?

Se levantó para saludarla.

- Hola, Carolyn. ¿Cómo estás?

- No podría estar mejor. ¿Cómo te va con el nuevo libro?

Ésta es una de las dos preguntas que más se hacen a los escritores y, si la invitaba a sentarse con él, no tardaría mucho en formular la otra «Terry, siempre he tenido la curiosidad de saber de dónde sacáis las ideas vosotros los escritores.» «Las robamos. De los extraterrestres. Hay un viejo almacén en las afueras de Tulsa...»

No se sentía con fuerzas para mantener una conversación de este tipo, de modo que siguió charlando con ella de pie, hasta que la mujer pilló la indirecta y se marchó. Al tiempo que el pianista del bar atacaba temas de Gershwin, Terry terminó su tercer whisky y pidió el cuarto. Antes de que Candy viniera a llamar a su puerta, se enorgullecía de su capacidad de confinar sus inclinaciones románticas en la hoja escrita. Pero ¿cómo podía un hombre distanciarse de una mujer como ella?

No podía permitir que se fuera de Lakewood. Todavía no. No hasta que tuvieran la oportunidad de analizar este desastre de relación que habían entablado. Necesitaban tiempo, pero ella no estaba dispuesta a concedérselo. En cambio, estaba decidida a huir a la primera oportunidad. Y eso sería un error.

Recordó su expresión de tristeza al inspeccionar la vieja estación y fantasear con convertirla en librería para niños. Candy pertenecía a Lakewood. Formaba parte de esa ciudad. Parte de él.

El sentimiento de culpa caló más hondo. El pianista abandonó a Gershwin por Hoagy Carmichael. Terry apuró su copa, aunque el alcohol no le dispensaba la absolución que tanto anhelaba.

Hoy había encontrado el cuadro que buscaba Candy, pero no se lo había dicho.

Anthony jamás se había mostrado tan atento. Hizo docenas de preguntas acerca de la tienda y parecía sinceramente interesado en las respuestas de Susana. Le alabó su peinado, su porte, sus joyas, hasta sus dientes, por el amor de Dios. Ni una palabra sobre la ropa. Detalle que a ella le pareció muy interesante, ya que llevaba la blusa encaje negro elástico de Candy y una falda azul noche, que en un momento de locura había acortado hasta medio muslo, Vestir como una fulana no dejaba de ser una novedad, aunque Susana no repetiría la experiencia, pero le gustó que Anthony pareciera un poquito disgustado con su escote pronunciado y su falda corta.

Teniendo en cuenta las atenciones recibidas, Susana debía sentirse muy satisfecha de la velada, pero no era así. Entre ambos seguía interponiéndose esa especie de elefante, la bestia nacida del engaño de ella y del resentimiento de él. Anthony fingía no ver el animal, actuaba como si nunca hubiera pronunciado las palabras iracundas, tanto tiempo reprimidas, que le había espetado la semana anterior en la tienda. Susana que estaba harta de interpretar siempre el papel de excavadora emocional no quiso sacar el tema.

- ¿ Están buenos tus ostrones? _ preguntó Anthony.

- Deliciosos

Después de lo que él había dicho a Candy la noche pasada, Susana esperaba de su marido pasión y emoción, pero Antonhy se dedicaba a charlar con el camarero, a saludar a Bob Vorhees, sentado en el otro extremo del comedor, a comentar la calidad del vino y a hablar de cualquier tema intrascendente. Peor aún, no parecía experimentar esas pequeñas descargas de electricidad sexual que asolaban a Susana en los momentos menos esperados: al oír la voz de Anthony por teléfono, al verle de improviso al volante de su coche o esta mañana, en la iglesia, cuan-sus brazos se rozaron durante la doxología. ¿Y cómo interpretar aquella arremetida de deseo ardoroso y paralizante que la embargó la noche anterior cuando Anthony rechazó los avances de Candy? »

¡No puedes pensar en otra cosa que no sea sexo!»

Terminaron de cenar y pidieron café. Algún día le contaría que Candy le había tendido una trampa, pero aún no.

Anthony pagó la cuenta y el elefante les siguió hasta el coche. Susana sabía que las pautas de su matrimonio estaban demasiado arraigadas para poder cambiarlas fácilmente, y que no debió albergar tantas esperanzas de su encuentro de esta noche. Ella sería siempre la perseguidora Anthony, el perseguido. Ella, la adoradora; él, el objeto de adoración. Sin embargo, había perdido las ganas de seguir interpretando ese papel.

Anthony tomo una curva demasiado rápido y ella advirtió que se dirigían al Sur de la ciudad, en lugar de al pasaje Mockingbird.

- Me gustaría volver a la cochera.

El respondió cerrando los seguros automáticos de las puertas.

Susana no se habría sorprendido más si la hubiera abofeteado.

- ¿ Qué pretendes ?

Anthony no respondió.

Su gesto era simbólico. Ella no iba a saltar de un vehículo en marcha. Quiso preguntarle qué esperaba conseguir con esos efectos especiales, pero la línea firme de su mandíbula la decidió a esperar

Cuando alcanzaron la autopista, los faros de un coche iluminaron de refilón el rostro de Anthony, provocando una nueva descarga de deseo en Susana.

- Quiero volver _ mintió.

Él no respondió. El conciliador y cortés Anthony Brower no le hacía caso, como si no hubiera dicho nada.

Iban en dirección al lago, aunque sólo estaban en marzo y todavía no había empezado la temporada turística. Susana enlazó las manos en el regazo y esperó. Le resultaba muy extraño mostrarse tan pasiva

Anthony dejó atrás el desvío que conducía a la cabaña de Amy y Clint y pasó por delante del acceso a la playa de las Piceas, donde solían ir todos a bañarse y merendar. Las tiendas que vendían cebo estaban todavía cerradas para el invierno. Anthony tampoco se dirigió al embarcadero ni a La Caseta del Lago. Transcurrieron varios minutos. Se estaban acercando al lado sur del lago, el menos poblado. Susana raras veces había llegado tan lejos, pero él parecía conocer el camino de memoria.

No se fijó en el sendero estrecho y sin señalizar hasta que Anthony lo enfiló con el coche. No adivinaba dónde se encontraban.-

¡En punta Allister! El lugar donde solían ir las Sauces del Mar con sus novios en los tiempos del instituto, para beber cerveza y hacer el amor.

- Oh, Dios mío _ murmuró Susana.

Ella había ido una vez con el coche, poco después de obtener el carnet de conducir, sólo para ver cómo era aquel lugar, aunque nunca había estado allí con un chico. Le costaba respirar.

El sendero terminaba en un pequeño promontorio, protegido por los árboles y abierto al lago. Hacía tiempo, el condado había pavimentado el camino con grava, de la que ya no quedaba mucha. Anthony apagó el motor. Susana tragó saliva y miró al frente. La luz de la luna gotraba sobre el centro del lago como leche derramada.

- He cerrado las puertas _ le recordó él.

Susana se humedeció los labios resecos y le miró.

- Se lo diré a mi madre.

- Claro que no _ replicó él, acomodándose en el asiento y observándola con gesto presumido y ojos entornados_ . Te preguntaría qué hacías en estos páramos. ¿Cómo le explicarías que dejaste que Anthony Brower te metiera mano?

- ¿ Eso es lo que voy a hacer?

- Pues está por verse, ¿no te parece? _ Deslizó un dedo debajo del pronunciado escote de la blusa de encaje negro_ . No vuelvas a ponerte la ropa de Candy.

- ¿ La reconoces?

- No soy del todo ciego. Esperaba que llevases la blusa de seda azul la que hace juego con tus ojos. O aquel jersey de hilo rosa que transparenta el sujetador. O tal vez el vestido amarillo que llevabas la última vez que fuimos a Memphis; realza tus piernas de una forma muy bonita.

El hecho de que Anthony supiera todo eso de su ropa la dejó atónita, por no hablar del detalle de sus piernas con el vestido amarillo. Él le rodeó los hombros con el brazo, se inclinó hacia ella y le dio un beso profundo.

Susana sintió que se derretía. Hacía pocas semanas había pensado que nunca volvería a sentir deseo. Ahora quiso arrancarse la ropa y abalanzarse sobre él.

Siempre la perseguidora. Nunca la perseguida.

- ¿ No? Anthony pasó el índice desde su cuello hasta la blusa de encaje ¿ De veras crees que podrás detenerme?

La falda corta se le había subido bastante y ella no hizo nada por bajársela

- Podría gritar, si quisiera.

- Entonces debo asegurarme de que no quieras.

Metió el dedo por debajo de la blusa, enganchó un tirante del sujetador y tiró hacia abajo desnudando un pecho. Su cabello rozó la mejilla de Susana cuando se inclinó e hincó los dientes en un punto justo por encima del pezón. Ella soltó un gritito de dolor. Anthony chupó con fuerza el punto que acababa de morder y sopló suavemente sobre él.

- Dime una cosa Susana Marlowe, ¿cómo vas a explicarle esto a tu madre?

Ella se iba a morir allí mismo, disuelta en un charco de lujuria. Sus muslos se separaban, los pechos le dolían, sus braguitas estaban húmedas…

- Si no paras...

- Oh, no pienso parar.

Empezó a besarla otra vez. No como una pareja casada sino con besos torpes y profundos, con lengua y saliva. Las braguitas desaparecieron. Sus braguitas. Anthony sudaba debajo de su jersey. Las ventanillas del coche estaban empañadas. Él asió uno de sus tobillos, le apoyó el pie en el salpicadero y la penetró con un dedo. Susana gimió. El bajó la cabeza y la devoró. La llevó conmocionada hasta el orgasmo.

Para ser un adolescente calenturiento, Anthony conocía bien el cuerpo femenino. La llevó a un segundo orgasmo convulso utilizando la palma de su mano. Cuando Susana se recuperó, bajó el pie del salpicadero y le miró. Tenía la respiración pesada.

Y ni siquiera se había desabrochado los pantalones.

Ella no intentó ayudarle. En cambio, se bajó la falda para cubrirse los muslos. Era una arpía. Una torturadora.

Los seguros de las puertas subieron y la voz de Anthony sanó áspera

- Bajemos a tomar un poco de aire fresco.

Después de lo que acababa de hacer por ella _ y de lo que ella no había hecho por él_ debía mostrarse considerada. Pero no.

- Hace mucho frío.

- Ponte mi chaqueta. Créeme, yo no la necesito.

- Supongo que no.

Anthony se inclinó por delante de ella y sacó una linterna de la guantera.

- Cómo sois, vosotros los pequeños exploradores _ dijo Susana con tono calculadamente aburrido.

Anthony bajó del coche. Ella no llevaba medias ni bragas. Se calzó los zapatos y esperó _ como la buena niña del Sur que no era esperaba que él le abriera la puerta. Cuando Anthony lo hizo, miró directamente su entrepierna abultada. Pobre chico.

Anthony le envolvió los hombros con su chaqueta y la tomó del brazo. Susana llevaba tacones y el suelo estaba mullido, así que tuvo que caminar de puntillas. Él la condujo hacia la espesura de los árboles. Susana percibió el olor a pino y humedad del lago.

Anthony encendió la linterna e iluminó los troncos.

- Está por aquí, en alguna parte.

El aire frío le acariciaba las nalgas desnudas debajo de la falda. De seguir así, se ganaría el mote de Susana la Fulana,

- Espera aquí.

Anthony se alejó, linterna en mano, inspeccionando los troncos de los árboles como si fuera un guardabosques pervertido. Finalmente encontró lo que buscaba.

- Por aquí

Se había detenido delante de un gran roble. Susana se acercó, tacones altos, falda corta, trasero desnudo..., una furcia integral.

Anthony bajó la mano que sostenía la linterna, iluminando uno de sus mocasines

- No veo nada _ dijo ella.

El levantó la mano y arrojó luz sobre el tronco que tenía delante. Entonces ella lo vio, el contorno borroso de un corazón grabado en la corteza .El tiempo había desdibujado y ennegrecido las letras que, no obstante se podían leer:

TE QUERRÉ SIEMPRE

AG

CW

Tendió la mano y resiguió la A con el índice.

- Oímos decir que estos robles vivirían mil años Anthony.- y nos los creímos. Candy dijo que, mientras nuestras iniciales estuvieran grabadas en este árbol, nos amaríamos siempre.

- "Siempre" es mucho tiempo.

- No tanto. _ Anthony sonrió y sacó una navaja del bolsillo. Con la linterna en una mano y la navaja en la otra, arrancó el pedazo de corteza donde estaban grabadas la C y cinceló una S en su lugar. Luego convirtió la W en una M. Las letras mal dibujadas del nombre recién grabado destacaron sobre la madera vieja. Qué tonto, pensó Susana a ella ya no le importaban las iniciales que un par de adolescentes habían grabado en el tronco de un árbol hacía dieciséis años, pero a él sí . Y eso era bonito.

Anthony volvió a guardarse la navaja en el bolsillo y acarició la mejilla de Susana.

- No lamento las cosas desagradables que te dije la semana pasada. Ya no son ciertas, ni una de ellas, aunque hubo un tiempo en que lo fueron y me alegro de haberlas pronunciado.

- Debiste decirlas hace catorce años.

- Tenía miedo. Parecías siempre tan frágil.

- No tan frágil que no pudiera arreglármelas para atraparte. Carecía de autoestima.

- Éramos unos niños.

- Yo tenía muchas carencias y estaba desesperada. No es bonito recordarlo.

- Yo recuerdo que eras la muchacha más dulce que había conocido jamás.

Ella apoyó el rostro en la mano de Anthony y le dio un beso en la palma.

- Ninguna mujer debería idolatrar al hombre con el que se casa

Su comentario le hizo sonreír.

- Desde luego ya no tenemos ese problema. -.Y entonces tomó las manos de ella y le dijo la cosa más inesperada.- Susana Marlowe ¿quieres casarte conmigo? Me pondría de rodillas, pero no quiero que luego te enfades por haberme ensuciado mis pantalones de vestir.

Susana rió.

- ¿Me estás pidiendo en matrimonio?

- Sí, señora. Por deseo propio.

Flores de felicidad abrieron sus pétalos en el alma de Susana y una sonrisa iluminó sus facciones.

- ¿Tengo que contestarte ahora?

- Te lo agradecería.

- Sólo haces esto para que llegue hasta el final. ¿No es cierto?

- En parte. Me has encendido, mi amor.

Susana rió de nuevo, le rodeó el cuello con los brazos y la linterna cayó al suelo cuando empezó a besarle.

Él metió las manos debajo de su falda y le rodeó las nalgas

- Te quiero, princesa. Lo eres todo para mí. Por favor dime que me crees.

- Convénceme.

- ¿Puedo convencerte estando desnudos o debo escribir un poema o algo así?

- De momento podemos estar desnudos, pero un poema no estaría mal para más adelante.

Anthony rió, la soltó y se dirigió al coche, de donde sacó una manta. Cuando volvió a su lado le dijo:

- Ya habrás hecho esto antes,

- No de esta manera. Nunca de esta manera,

En ese instante, de pie sobre la hojarasca y la pinaza húmedas y aspirando el olor del lago, Susana sintió la fuerza del amor que Anthony sentía por ella. El elefante había desaparecido. Los fantasmas se habían ido a otra parte. Les unía un amor con el que podían contar. Un amor que no flaquearía por una comida no tan perfecta ni palidecería bajo los efectos del malhumor. Un amor que hasta podría sobrevivir a una buena discusión.

Susana buscó la cremallera de la falda pero se detuvo.

- A veces no tengo ganas de hacer el amor. A veces preferiría estar sola, tomar un baño y leer una revista.

- De acuerdo. _ Anthony arrugó la nariz_ . Pero dime, por favor, que esta no es una de esas veces

Susana sonrió y dejó caer la falda.

Continuará…