Capítulo 21

La señorita Creed subió desalentada a su dormitorio y se sentó largo rato delante de la ventana abierta de la habitación, contemplando, sin verlo, el paisaje iluminado por la luna. Acababa de pasar, lo sabía, el día más desgraciado de su vida.

GEORGETTE HEYER, HEYER El Corintio

La tela había estado allí desde el principio, una mezcla feroz de negros y carmesíes, de ocres y cobaltos, con furiosos trazos amarillos y estallidos de verde. No era un lienzo viejo puesto allí para proteger el suelo mientras el artista trabajaba. Nunca lo había sido. A Candy se le escapó un sollozo ahogado, cayó de rodillas junto al enorme lienzo tendido sobre el suelo de cemento y pasó las manos sobre una tapa de pintura y una colilla pegadas a la tela. No se trataba de objetos caídos por accidente sino de reliquias, colocadas deliberadamente como te de la creación. Un hipo reprimido se estranguló en su garganta. Aquellos chorretones y salpicaduras nada tenían de azaroso Formaban una composición organizada, una erupción de formas, colores y emoción. Ahora que lo había descubierto, le pareció increíble haberlo confundido con una tela protectora del suelo. Candy gateó entorno al lienzo hasta encontrar la firma en una esquina y acarició con los dedos la palabra solitaria: ASH.

Se sentó sobre los talones. Incluso a la luz descarnada de la bombilla que colgaba de las vigas, el tumulto de la composición respondía al caos de su propio corazón. Candy se tambaleó. Dejó que el ritmo iracundo de la pintura la dominara. Meció su cuerpo. Se entregó al sufrimiento. Miró dentro del alma del lienzo.

_ Candy... Candy... Candy...

Un bocinazo. Un silbido.

_ Candy... Candy... Candy...

Irguió la cabeza bruscamente.

_Candy… Candy... Sal a jugar con nosotros...

Se puso de pie como un resorte.

Cubby Bowmar y sus amiguetes habían vuelto

Estaban sobre el pequeño césped delante de la cochera; eran seis, latas de cerveza en mano, los rostros vueltos hacia la luna, bramando su nombre.

_ Vamos, Candy... Vamos, nena...

Bocinazos y aullidos.

_ Candy… Candy... Candy...

Cantaban y bufaban.

_Candy... Candy... Candy...

Silbidos lobunos, rugidos, resoplidos de estúpidos borrachos.

Salió a plantarles cara.

Cubby Bowmar, ya estoy harta. ¡Callaos ahora mismo!

Cubby abrió los brazos y cayó sobre Tommy Lilburn.

_Ah Candy, lo único que queremos es amor.

_Lo único que tendréis es una bronca si tú y esas piltrafas no salís de mi propiedad

Junior Baldes se adelantó tropezando.

_No hablas en serio, Candy. Vamos. Tómate una cerveza con nosotros

_¿ Sabe tu mujer que estás aquí?

_No seas así. Es nuestra noche libre.

_La noche libre de los imbéciles, querrás decir.

_Eres la mujer más hermosa del mundo. _ Cubby metió su mano libre bajo la axila y agitó el codo como si fuera un gallo manco, al tiempo que volvía a entonar_ : Candy... Candy... Candy...

Junior le segundó:

_Candy… Candy... Candy...

Tommy echó la cabeza atrás, derramando cerveza y ladrando.

_Por el amor de Dios, cerrad el pico. _ Candy se volvió contra Cubby dispuesta a abofetearle, cuando de improviso Terry apareció como un ángel vengador y se abalanzó contra el grupo.

Cubby soltó un gruñido de dolor cuando el hombro de Terry le dio en el pecho y lo derribó. Después fue por Júnior, con un puñetazo en la mandíbula que le hizo aullar al chocar contra un árbol. Carl Ray Norris intentó huir, pero Terry se lanzó sobre su espalda y lo tumbó arrastrando a Jack McCall en la caída. Tres metros más allá, Tommy se tiró al suelo antes de que Colin pudiera tocarle.

Al comprobar que nadie ofrecía resistencia, Terry se puso de pie y se plantó con los puños cerrados y las piernas separadas, listo para enfrentarse a todos ellos. La luz de la luna se reflejaba en su cabello oscuro y en la blancura de su camisa. Tenía aspecto de pirata, la oveja negra de una familia aristocrática obligado a ganarse la vida saqueando galeones españoles y asolando plantaciones esclavistas.

Movió los puños y les desafió con voz baja y ronca:

- Vamos, chicos. Queríais jugar. Jugad conmigo.

La mirada de Candy iba de Terry a los hombres caídos y a Tommy, que gateaba intentando encontrar su lata de cerveza.

_ ¿Ninguno se atreve a pelear con él? _ los azuzó.

Cubby se frotó la rodilla.

- Joder, estamos demasiado borrachos, Candy.

- ¡Sois seis contra uno! _ gritó ella.

- Podríamos hacerle daño.

- ¡De eso se trata, imbécil!

Júnior se frotó la mandíbula.

- Es Terry, Candy. Es un escritor. Todos nos odiarían si le pegamos.

- Entonces lo haré yo, bastardos inútiles. _ Y se abalanzó contra él.

Terry retrocedió con un traspié, pillado por sorpresa. Ella le lanzó un puñetazo que impactó en un lado de la cabeza. Ella soltó un buen bufido de dolor _ la cabeza era más dura que su mano_ , pero no se detuvo. Lanzó una patada y le dio detrás de la rodilla.

Cayeron juntos al suelo.

Terry se quedó sin aire cuando Candy le hincó el codo en el pecho.

- ¿Qué mosca te ha picado? _ jadeó.

- ¡La de darte de hostias, bastardo traidor, tú! _ Intentó ponerse de rodillas para golpearle en la cara pero resbaló sobre la hierba húmeda y volvió a caer sobre él, de modo que lo aporreó de nuevo en el pecho

- ¡Te vas a hacer daño! _ La sujetó por la cintura de los tejanos y se impulsó con fuerza, haciéndola resbalar y cayendo sobre ella

Así inmovilizada, Candy le fulminó con la mirada.

Los dientes de Terry brillaron y sus ojos se entornaron.

_¿ Vas a calmarte ya?

Ella lo golpeó con todas sus fuerzas.

Terry hizo una mueca, le agarró los antebrazos y la inmovilizó del todo. Cuando ella quiso liberar una rodilla, él adivinó su intención y la aprisionó con el muslo. Candy liberó la otra pierna y le dio una patada en la pantorrilla. Rodaron juntos. Ahora ella estaba encima de él. En lugar de contraatacar, Terry trataba de contenerla, actitud que la enfurecía aún más

- ¡Defiéndete, miserable mariquita embustero!

- ¡Basta ya! _ Terry intentaba sujetarla. Al mismo tiempo, gruñó a los hombre_ Quitádmela de encima antes de que se haga daño.

- Ella no parece necesitar ayuda _ dijo Júnior.

- ¡ Cuidado con la otra rodilla! _ gritó Cari Ray.

Su advertencia llegó un segundo tarde, y Terry soltó un aullido. Candy no había dado en el blanco pero sí lo bastante cerca. Terry profirió una blasfemia especialmente soez y volvió a rodar sobre ella.

" Serás una mujer que recordarán, Candy.»

El eco de esas palabras de su madre la llenó de vergüenza y disolvió la adrenalina que la espoleaba. Otra vez un hombre. Otra vez una pelea. Se sintió asqueada.

Terry vio que se sosegaba poco a poco. Relajó la presión en su pecho y se hizo a un lado.

Candy oyó el chasquido de una lata de cerveza al abrirse, seguido de la voz de Cubby:

- Parece que la diversión se ha acabado, tíos. Más vale que nos vayamos

Sonido de pasos alejándose.

- Que tengas una buena noche, Candy.

Tintineo de llaves.

- Hasta mañana, Terry.

Un eructo.

- Id con cuidadito.

Instantes después, unas camionetas que se ponían en marcha.

Terry se incorporó, la respiración áspera en el aire nocturno, el pecho agitado. La miró, tendida en el suelo, y luego le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

Candy no aceptó su ayuda y se puso de rodillas por sus propios medios. Su codo le escocía y se había roto los téjanos. Sintió algo caliente en la cara pero tardó un momento en darse cuenta de que estaba llorando.

A Terry le partió el corazón ver sus hermosos pómulos anegados en lágrimas relucientes. Por fin lo había conseguido. Por fin tenía a Candy White de rodillas.

Con una exclamación ahogada, se arrodilló a su lado y atrajo hacia sí. Ella no se resistió. Él empezó a besarle los párpados, las mejillas, a secarle las lágrimas con los labios. Sus propios ojos le escocían y parpadeó para contener la emoción. Le acarició suavemente la espalda. La besó en las sienes. Era un hombre de letras pero no se le ocurría nada que decir, excepto lo más ridículo, que salió en un susurro estropajoso:

- Veo que has leído mi libro.

Candy asintió contra su pecho.

Terry apretó la frente contra la suya. Inspiró cuando ella exhaló. Buscó una manera de hacerlo desaparecer todo, pero en vano.

- Me siento violada _ susurró ella.

Terry hizo una mueca.

Sintió la suave respiración de Candy en la cara.

- Ya sé que lo escribiste antes de mi vuelta. Y todo lo que dices es verdad. Ya lo sé. Me lo merecía. Me merecía cosas peores, Pudiste escribir cosas peores. Incluso entiendo por qué no me lo dijiste seguida. ¿De qué habría servido? Ahora, al menos, estoy advertida

- No, amor mío. No trates de justificar algo que te ha hecho tanto daño. _ Le acunó la cara entre las manos, besó la huella húmeda de las lágrimas en sus mejillas_ . Si pudiera volver a escribirlo, lo haría de otra manera.

- Los hechos no cambian.

- Cambia nuestra manera de verlos.

Habría pasado el resto de su vida allí, de rodillas sobre el césped húmedo con ella, pero Candy se apartó y se sentó sobre una pantorrilla.

- Esta noche encontré el cuadro _ dijo lentamente.

Otra puñalada en el corazón.

- ¿De veras?

- En el estudio. La tela protectora del suelo es el cuadro»

Más valía contárselo enseguida, pero ella siguió hablando.

- Cuando era joven... Todas las veces que busqué en el estudio desde mi vuelta no supe reconocerlo. No hasta esta noche.

Había llegado el momento de clavar el último clavo en su ataúd. Terry se puso de pie. Ella también. Un mechón de pelo le cayó sobre la mejilla y ella lo apartó con mano temblorosa.

- No me extraña que mi padre se riera cada vez que hablaba de esa pintura. Elroy lo escondió a plena vista.

El botón superior de su blusa se había desabrochado, revelando el borde del sujetador, blanco marfil como su alma.

- Entonces ya has encontrado lo que viniste a buscar _ dijo él.

Candy asintió.

- El último lienzo de Ash de dimensiones similares se vendió en cuatro millones y medio de dólares.

Será mujer rica. Independiente.

- Este lienzo no se venderá tan caro. Quiero que esté en un museo, no escondido en una colección particular. Esto limitará a los pujadores. Pero no me importa. Yo sólo quiero el dinero necesario para asegurar el futuro de Melany.

- Tendrás mucho más que eso.

- Supongo que sí.

- Nuestra noble y abnegada heroína. _ No lo dijo con sarcasmo pero ella se encogió, y Terry maldijo aquella parte de su ser que tanto temía a los sentimientos y todo lo teñía de cinismo, aunque él no tuviera esa intención. Se obligó a pronunciar la pregunta que le atormentaba.

- ¿ Cuándo piensas marcharte?

- En caunto haya dispuesto la pintura.

- No deberías tardar mucho.

- Una semana, quizás.

Terry le tocó el cabello.

- Te quiero. Ya lo sabes.

Los labios de Candy temblaron y una lágrima asomó a sus pestañas.

- Ya lo superarás. Te lo dice una experta. El amor no dura para siempre

- ¿ Has superado lo de Albert, pues?

- Creo que sí, o no me habría enamorado tan rápidamente de ti

El abierto reconocimiento de sus sentimientos debió gratificar a Terry, pero sólo sirvió para ahondar su dolor.

- ¿Tan poca fe tienes en ti misma?

- No es una cuestión de fe. Soy realista.

- Si eso fuera cierto, no te irías. Todo lo que necesitas está aquí en Lakewood.

- Te equivocas.

- ¿Qué hay de la librería infantil que mencionaste? Ahora no tiene por qué ser un sueño. Este es tu hogar, Candy, perteneces a este lugar.

- No, ahora es tu hogar.

- ¿Quieres decir que no cabemos los dos en él?

- Sabes bien que no funcionaría.

- Tienes que estar aquí. Tienes familia aquí. _ Tragó saliva _ Y me tienes a mí.

La consternación oscureció la mirada de ella.

- Por eso tengo que irme. _ Bajó los ojos y se apartó_ . No puedo hacerlo. Lo siento.

_ Yo encontré la pintura la semana pasada.

Candy se volvió sorprendida.

- Cuando registramos el estudio _ añadió él_ . Ya había estado allí, al menos una docena de veces, pero aquel día mi estado de ánimo era nefasto... Sabía que te estaba perdiendo y tú estabas de pie justo al lado del lienzo. Volví la cabeza para increparte y algo en los colores en la violencia de la pintura, me agarró del cuello.

Candy asintió como si lo comprendiera, aunque ni siquiera el mismo podía comprender las emociones turbulentas que lo embargaban en aquel momento.

- ¿Cuándo pensabas decírmelo? _ preguntó ella.

- Lo intenté todos los días de la semana pasada.

Candy no se enfadó, como esperaba él. No pareció reprochárselo. Al contrario, le miró con una expresión parecida a la comprensión.

Terry intuyó que se disponía a marcharse y habló antes de que lo hiciera.

- Quiero que te cases conmigo.

Los ojos de Candy se abrieron de golpe.

Sus propias palabras debieron de asustar a Terry; jamás se había imaginado que volvería a pronunciarlas, pero sabía que eran ciertas. Dio un paso hacia ella y le tomó su exquisito rostro entre las manos,

- Ojalá tuviera magnolias, o gardenias. Algo para acompañar este grandioso gesto romántico Soy muy capaz de ello, ¿sabes?

Ella apoyó la mejilla en su mano, aunque sólo un momento.

- Nunca podría hacerte eso.

La cobardía de ella le desesperó. Le resultó demasiado familiar, demasiado familiar a sus propias actitudes pasadas.

- No voy a suplicarte, Candy. Una vez supliqué a una mujer y no volveré a hacerlo nunca. O tienes valor suficiente para amarme ( valor suficiente para permitir que yo te ame) o no lo tienes. La decisión es tuya.

Ella bajó la cabeza y murmuró

- Supongo que lo que tú consideras cobardía yo lo llamo sensatez.

- Nada tiene de sensato huir del amor.

- Sí, cuando se trata de mí.

Y se marchó, dejándole solo en la húmeda noche primaveral.

Candy vivió los días siguientes en una especie de entumecimiento. Aparte de vislumbrar el coche de Terry saliendo a la calle en algunas ocasiones, a él no le vio ni una vez. Hasta había dejado de trabajar en el murete. Saber que había tomado la decisión adecuada para ambos no le hacía más fácil la tarea de aceptar que había hecho daño a un ser querido. En cuanto al daño que se había hecho a sí misma tarde o temprano lo superaría. Siempre lo superaba.

Durante las horas que pasaba en la librería, se decía que Terry se equivocaba al acusarla de cobardía. Los que no aprenden de sus errores, merecen ser infelices. Ella no podía seguir precipitándose de un hombre a otro, entregando su corazón a diestra y siniestra, enamorándose del amor sólo para ver cómo se lo negaban. Terry no entendía que ella le estaba protegiendo.

El miércoles llegaron los ansiosos representantes de Sotheby's para llevarse la tela. El estudio parecía vacío sin ella, pero Candy no lo lamentó. Ya tenía bastantes emociones turbadoras con las que lidiar, no necesitaba ver las que estaban retratadas en aquel lienzo.

La semana transcurría lentamente. Candy se decía que podía sobrevivir a la humillación que supondría la publicación de Reflexiones. No sería la primera vez que sobrevivía a una humillación

No tuvo dificultades a la hora de conseguir un pequeño préstamo del banco, un dinero con el que vivir hasta que el cuadro se vendiera. El lienzo de Ash era muchísimo mayor de lo que se había imaginado. Incluso después de crear un fondo para Melany, le quedaría más que suficiente para abrir la librería infantil. Terry tenía razón, La venta de propiedades inmobiliarias no la apasionaba, no tanto como la posibilidad de introducir a un niño en el mundo de los libros. Nada más llegar a Houston empezaría a buscar la ubicación perfecta, olvidando ya la había encontrado en una estación abandonada de Lakewood estado de Misisipí.

Apartó las imágenes de viejas paredes de ladrillo cubiertas de estantes llenos de libros y de un área de lectura en forma de furgón de cola. No quiso imaginarse una pequeña cafetería al aire libre, sobre una vieja plataforma de carga, ni las vías cubiertas de hierbajos adecemtadas con árboles en grandes tiestos y jardineras con flores. En cambio se concentró en su trabajo.

Jewel puso un anuncio para una nueva dependienta, pero a Candy no le gustó ninguna de las jóvenes entrevistadas.

- Tienes que encontrar a alguien a quien le guste vender libros infantiles, se lo debes a los niños.

- Ya lo hice _ repuso su menuda jefa_ . Te encontré a ti.

Y allí mismo, entre Sandra Cisneros y Mary Higgins Candy se echó a llorar. Jewel intentó reconfortarla, pero algunas cosas no se prestan al consuelo.

Susana anunció que el lunes por la tarde ofrecería una merienda de reconciliación y perdón, para que Candy pudiera hacer las paces con las Sauces del Mar antes de abandonar la ciudad.

- Francamente, no sé cuánta reconciliación y perdón podrá haber _ dijo_ . Apenas empiezan a acostumbrarse a la idea de tu regreso, te marchas otra vez. Se lo están tomando como una afrenta personal

- Sabes que no tengo alternativa.

_ Sé que crees que no la tienes. _ Y Candy vio en los ojos de Susana que también ella se sentía traicionada.

Aquella noche apenas pudo dormir. De pie delante de la ventana de su dormitorio, contemplaba La Novia del Francés por encima del seto divisorio y luchaba contra el poderoso impulso de correr hacia él

¿ Cómo pudo proponerle matrimonio? ¿Acaso no sabía contar?

¿ Qué estupidez le hacía querer convertirse en su cuarta víctima?

El sábado era su último día en la librería. Había corrido la voz de su partida y media población pasó por la tienda para despedirla. Al menos esta vez no pensarían tan mal de ella. A última hora de la tarde, cuando por fin las cosas se calmaron, se dirigió a la sección infantil por última vez. Estaba colocando las pequeñas sillas en su sitio cuando

Susana entró como un vendaval.

- ¡ Anthony acaba de llamar desde La Novia del Francés! Terry se va de Lakewood hoy mismo.

- ¿ De qué estás hablando?

- Se va_ Para siempre.

A Candy se le heló la sangre.

- No te creo.

- Está cargando el coche ahora mismo. Le dijo a Anthony que no te lo contara hasta que se hubiera ido.

- ¡Terry ama Lakewood! Nunca se iría de aquí. Esta ciudad lo es todo para él. _ Mientras hablaba, la frase introductoria de Reflexiones apareció en su mente como un rótulo luminoso: «Vine a Lakewood dos veces la primera para escribir una gran novela y, más de una década después porque necesitaba volver a casa»_ . ¿Por qué querrá marcharse?_ preguntó con voz débil.

- Creo que ambas conocemos la respuesta.

- Cree que si se va, yo me quedaré. _ Candy se cubrió la boca con la mano, horrorizada.

- Piensa venderte La Novia del Francés.

Candy la miró incrédula.

- Se supone que debes ponerte en contacto con su abogado y hacer una oferta

Candy irguió la espalda.

- No puede hacer esto. Tengo que verlo.

- Vamos en mi coche. ¡Date prisa!

Salieron corriendo a la calle. El Benz de Susana estaba estacionado en un ángulo extraño, en una zona de aparcamiento prohibido. Los neumáticos chirriaron cuando Susana salió marcha atrás.

- Has montado un lío increíble. _ Se saltó un semáforo en rojo.

Candy se dio contra la puerta al doblar el coche una esquina a toda velocidad. Se hincó las uñas en la carne.

- Es mi especialidad _ repuso.

- Se supone que eres la gran experta en cómo tratar a los hombres _ se mofó SUsana_ . ¡Lo que eres es un desastre nacional!

- No empieces a meterte conmigo otra vez.

- Eres la mujer perfecta para él. Eso es lo más frustrante. No lo supe ver enseguida (¿cómo podía, tratándose de ti?), pero ahora está más claro que el agua. Eres la única mujer con agallas para hacerle frente. A todas las demás las intimida. Y te necesita. Ayer cuando le vi, parecía estar muy bien pero le faltaba una parte de sí.

Candy se retorcía las manos y miraba fijamente

Al detenerse delante de La Novia del Francés, Candy vio el Lexus aparcado a un lado y a Terry guardando algo en el maletero. Anthony bajaba por los peldaños llevando el ordenador en una caja . Candy se apeó y cruzó el césped corriendo. Gordon la vio venir y empezó a ladrar. Terry la vio acercarse y miró ceñudo a Anthony.

- Te pedí que no se lo dijeras.

- Las cosas no funcionan así por aquí_ respondió Anthony- Ya deberías saberlo.

Terry le quitó la caja de las manos y rodeó el coche para meterla en el asiento trasero. Anthony se acercó a Susana, y Candy alcanzó a Terry. Tenía la expresión altiva y distante, aunque el alma de un poeta y sus camuflajes ya no la engañaban.

- Esto es una locura. ¿Qué pretendes?

- Tú eres la que decidió que sólo hay lugar para uno de nosotros aquí _ contestó él al tiempo que se agachaba para mover otra caja.

- ¡Para ti! _ exclamó ella_ . Eres tú quien ha de vivir aquí.

- Vamos _ se burló él, como si su partida careciera de importancia_ . Los dos sabemos que Lakewood es tu hogar, mucho más que el mío.

- No es verdad. Ahora es tu hogar. Terry, no lo hagas

- Ambos hemos elegido. Tú decidiste ser una cobarde y decidí darte vía libre.

- No soy cobarde, soy lista. No puedes irte de La Novia del Francés. Es tu casa. Has puesto el alma y el corazón en ella.

- No, Candy _ respondió él tranquilamente_ . He puesto el alma y el corazón en ti. Ella pestañeó.

Terry se inclinó dentro del coche para recolocar una caja de libros Candy vio el bebedero de Gordon en el suelo. Terry se enderezó y cerró la puerta, la máscara de distanciamiento bien puesta.

- Habla con mi abogado sobre la casa. Mandaré a buscar mis cosas en cuanto haya decidido dónde establecerme, pero entretanto puedes mudarte cuando quieras.

- No me lo puedo creer. _ Candy miró a Susana y Anthony, deseando que dijeran algo que le hiciera cambiar de opinión, pero parecían tan impotentes como ella_ . Por favor _ murmuró_ . Ya te obligué a marchar una vez. No permitas que lo haga de nuevo.

- Fuiste tú, querida, quien decidió que en este lugar no hay espacio para los dos.

Sacó algo del bolsillo y se lo entregó. Mientras se alejaba para despedirse de Anthony, Candy vio que acababa de darle las llaves de La Novia del Francés

- Dile a Gigi que la llamaré esta noche. _ Colin abrazó a Susana_ . Cuídese bien, señora Marlowe.

Susana le devolvió el abrazo.

- Usted también, señor Grandchester.

- ¡No!_ Candy corrió hacia ellos_ . No lo acepto, ¿me oyes? Este gran sacrificio tuyo no significa nada, porque yo me iré, te marches o te quedes. Hablo en serio, Terry. Lo que haces es en vano. La semana que viene abandonaré esta ciudad por última vez.

- Eso sería una estupidez. _ Terry se le acercó, le levantó la cabeza y le rozó la boca con sus labios. Ese leve contacto no era suficiente y ella intentó abrazarle, pero él se apartó _ . Adiós, amor mío.

- Terry….

Él le dio la espalda y rodeó el coche hasta la puerta del pasajero.

- Vamos, Gordon.

Gordon trotó hacia el coche y subió de un salto, ese horrible perro traidor. Terry cerró la puerta. Gordon apoyó las patas delanteras en el respaldo del asiento y miró a Candy. Susana se acercó y la tomó de la mano.

- No lo hagas _ murmuró Candy.

Terry le dirigió una última mirada y abrió la puerta del conductor. Pero justo cuando se disponía a subir, el chucho saltó por encima del asiento y salió del coche.

¡Gordon.! _ Terry chasqueó los dedos.

El perro agachó la cabeza y se dirigió lentamente hacia Candy, las orejas rozando el suelo. Ella se acuclilló junto al animal sintiendo un nudo en su garganta.

- Adelante, amigo _ susurró, dándole una última palmadita Ahora le perteneces.

Pero Gordon soltó un suave gañido y se tendió a sus pies sobre la hierba.

- Ya está, pues. _ Terry habló secamente, como si no le importara, como si esta deserción también fuera inevitable. Al instante siguiente ya había arrancado y bajaba marcha atrás hacia la calle

- ¡No! _ Candy intentó lanzarse hacia el coche, pero Anthony la contuvo.

- Serénate, Candy. Ten un poco de dignidad.

- ¡Suéltame!

Demasiado tarde. Terry Grandchester acababa de abandonar el último apeadero para siempre.

Gordon empezó a aullar, un sonido luctuoso y lacerante que salía de su mismísima alma canina. A Candy empezaron a castañearle los dientes. Se apartó de Anthony y, al arrodillarse junto a su perro recordó el bebedero, en el asiento trasero de Terry. ¿Dónde estaría cuando se diera cuenta? ¿En alguna gasolinera? ¿Descargando la maleta en algún motel de carretera? Había soportado tantas pérdidas… Del amor paterno que debió ser suyo por derecho natural, de la esposa que le traicionó por no tener el valor de seguir viviendo, del hijo perdido, de Gordon... y de ella.

Alzó la vista a tiempo de ver a Anthony atraer a Susana hacia sí. Ella se apretó contra él, pero Anthony no la miraba. Miraba a Candy y en esos ojos azules y llenos de compasión ella vio su gran corazón y decencia cabal. Vio a un hombre capaz de ser fiel, un hombre digno de confianza. Un hombre que sabía amar... para siempre.

Algo estridente rechinó en sus oídos. El corazón le palpitó y se dejó caer sobre la hierba tan bruscamente que le dolió el trasero Santo Dios, había vuelto a hacerlo.

- ¿Candy? _ Susana corrió a su lado_ . ¿Te encuentras bien? No podía respirar. No podía moverse. Había vuelto a dar la espalda al amor de un hombre bueno.

Susana se arrodilló junto a ella y le frotó los brazos.

- Todo irá bien.

Candy se incorporó y apoyó la cabeza en las rodillas.

- Terry dijo que no suplicaría y no lo hizo, pero hablaba su dolor, no su orgullo.

No se marchaba de Lakewood únicamente para que ella pudiera quedarse. Se marchaba porque no soportaría el dolor de estar cerca de otra mujer cobarde.

Él tenía razón, desde el principio. El rechazo de Candy no era un acto de valentía sino de temor. Le había rechazado porque no había encontrado en sí misma el valor de darle una oportunidad.

Gordon le lamió la mejilla. Ella levantó la cabeza y miró a Susana.

- Tengo demasiado miedo _ susurró.

Susana le dio un apretón en el hombro.

El sol del atardecer asomó debajo de una nube y dio a Candy en los ojos. Fue como una descarga eléctrica que la hizo ponerse en pie de un salto

- ¡ Mi bolso! Necesito mi teléfono móvil. ¿Dónde está mi bolso?

- En la librería_ dijo Susana_ . Buscaré el mío.

Pero Anthony ya le estaba ofreciendo el suyo.

- Por el amor de Dios, no la fastidies otra vez _ le advirtió.

Candy marcó el número de Terry con el corazón desbocado. Había cometido un error garrafal, la madre de todos los errores, y tenía que corregirlo. Terry y ella no podrían aclarar la situación estando separados. Cuando el teléfono empezó a sonar, se dejó caer de nuevo junto a Gordon. Un tono, dos, tres. Saltó el contestador automático.

- No contesta_ Colgó y volvió a marcar, otra vez en vano.

- Se está lamiendo las heridas _ dijo Susana_ . Responderá más tarde. Vamos, te llevaré a la librería. Luego trasladaremos tus cosas a La Novia del Francés.

Candy levantó la cabeza bruscamente.

- No quiero

Susana la miró serenamente.

- Ahora ya estás en casa. No puedes hacer otra cosa.

Continuará…