Capítulo 23
_ Están locos, todos y cada uno de ellos _ dijo Rupert con convicción.
GEORGETTE HEYER, El cachorro
Llamaradas de azaleas y cornejos anunciaban la llegada de abril. Jamás había sido tan hermoso el norte de Misisipí, pero se sentía desgraciada. Pasaba los días en el limbo, encontrando consuelo únicamente en que todavía no había aparecido ningún camión de mudanzas para llevarse las cosas de Terry. A veces intentaba convencerse de que él sólo pretendía jugar con ella y que pronto reaparecería en Lakewood. Al cumplirse la primera semana, sin embargo, empezó a pensar que las intenciones de él eran exactamente las que había declarado en su momento.
Dos semanas después de la partida de Anthony, Anthony llamó a su puerta con noticias.
_ Me ha telefoneado. Ha alquilado una casa, pero no me dijo dónde. Parece que trabaja de sol a sol para terminar su libro.
_ ¿Y yo? ¿Qué dijo de mí?
Anthony se dedicó a un examen a fondo de las llaves de su coche
_ Lo siento, Candy. Dijo que todavía no quiere hablar contigo... Tal vez cuando termine el libro. Y quiere que dejes de acosar a su editor. Ah..., y quiso saber cómo está Gordon.
_Maldito capullo.
¡La estaba manipulando! Una oleada de indignación justiciera barrió las lágrimas que le inundaban los ojos últimamente. Candy apartó a Anthony, condujo hasta La Caseta del Lago y pasó la velada bailando con Cubby Bowmar.
El enfado la sostuvo durante los siguientes días. Luego Reflexiones hizo su aparición en las librerías...
Nunca había visto nada igual _ dijo Jewel_ . Apenas hace una semana de su publicación y ya he vendido trescientos ejemplares.
_Hurra _ replicó Candy apesadumbrada.
Sue Corner la miró con aire de suficiencia por encima del hombro.
_Mírale el lado bueno, querida Valentine. No todas quedamos inmortalizada en una gran obra literaria.
Marge Dayley asomó la cabeza entre los estantes de autoayuda.
_Yo creo que lo llevas bastante bien. En tu lugar, yo ya estaría en México. Aunque supongo que no está lo bastante lejos, siendo aún Norteamérica.
La ciudad entera se estaba desternillando de risa a su costa.
El libro subió inmediatamente al número uno de la lista de éxitos del New York Times, y un periodista de USA Today fue a Lakewood. Aunque la prensa ya recogía diversas versiones de la misteriosa desaparición de Terry este periodista estaba más interesado en localizar a los protagonistas reales de Reflexiones. La diabólica Valentine encabezaba su lista de personas más buscadas.
_Pero si es Candy White la que busca _ le dijo Amanda Higgins segundos después de su llegada a la ciudad_ . Candy White Leegan Stevenson Andrey.
_Quizá recuerde haber leído sobre ella hace unos años _ colaboró su marido_ . Es la camarera que se casó con el magnate del petróleo Albert Andrey, se llamaba.
La historia salió en los periódicos del día siguiente, y ni siquiera el Tibet estaba ya suficientemente lejos para esconderse.
A principios de mayo, un mes después de la partida de Terry, salió a subasta el lienzo de Ash, y el museo Getty lo compró por algo más de tres millones de dólares. Aunque Jewel y las Sauces del Mar hicieron sus mejores esfuerzos por celebrarlo con Candy lo que ella quería era estar con Terry. Él comprendería mejor que nadie lo que esa venta significaba para ella. Sin embargo, el que no llamara para felicitarla añadió más leña a la pira ardiente de su resentimiento
Candy se ocupó del papeleo para el fondo que aseguraría los cuidados de Melany y luego cogió un avión a Houston, para pasar unos días con ella y ultimar otros asuntos. Reflexiones la contemplaba desde los escaparates de todas las librerías por las que pasaba. Se regaló una sesión de belleza en el mejor salón de la ciudad, seguida de un atracón de compras, pero ni siquiera los nuevos reflejos rubios y el par de Jimmy Choos de tacón de aguja consiguieron levantarle los ánimos.
Volvió a Lakewood un martes a última hora de la tarde seis semanas después de la deserción de Terry, cansada, sola y con lágrimas en los ojos. Justo cuando apagaba la lámpara de la mesilla de noche sonó el teléfono y, al contestar, oyó una familiar voz imperiosa:
_ ¿Dónde demonios has estado los últimos tres días?_ .Sus piernas se paralizaron.
_ ¿Terry?
_ ¿Quién, si no, te llamaría a medianoche?
Todo lo que planeaba decirle se le fue de la cabeza.
_ ¡Eres un bastardo!
_ ¿Será que llamo en mal momento?
_ ¡Un bastardo manipulador! _ Entonces le salió todo, la ira y la frustración. Candy gritó y maldijo hasta quedarse ronca, pero cuando al fin consiguió calmarse, él sólo dijo «Venga, mi amor" comentario que reavivó su ira_ . ¡No soy tu amor! ¡No soy nada tuyo! Me abandonaste, maldito capullo, y no te lo perdonaré nunca. Aunque me alegro de que te hayas ido, así no tengo que volver a ver tu caradura otra vez. Y adivina. Cuando te dije que te quería, fue una broma. ¿Me oyes? He estado riéndome a tus espaldas. ¡No te quiero! ¡Todo ha sido una grandísima broma!
_ Lamento oírlo _ respondió él, pendiente de cada una de sus palabras_ . Aunque yo te quiero lo bastante para ambos y el tema no me preocupa. En realidad, me resulta embarazoso echarte tanto de menos
Eso la calmó un poco.
Bajó de la cama y se sentó en la alfombra, para que Gordon que se había escondido debajo de la cama durante el griterío, pudiera emerger y apoyar la cabeza en su regazo. Sus ojos goteaban lágrimas respiró hondo varias veces, para que Terry no supiera que su abandono la había reducido a una llorona impotente.
_ ¿Cómo pudiste marcharte?
_ Como un animal herido. Cursilerías de ese tipo.
Terry sonaba altivo, hasta un poco aburrido, aunque ella le conocía demasiado bien para dejarse engañar. Le había hecho mucho daño, quizás más que él a ella Candy se inclinó y se secó los ojos con una oreja de Gordon.
_ No quería herirte. Sabes que no.
Terry respondió en el mismo tono cansino:
_ El hecho de que no pudieras evitarlo sólo lo hizo más doloroso.
_ Tenías razón _ dijo ella con un hilo de voz_ . Nunca nos di una oportunidad. Lo comprendí en cuanto te fuiste.
_ Claro que tenía razón.
_ ¿ Puedes volver ya?
_ ¿ Bajo qué términos?
_ Este no es un acuerdo comercial _ repuso ella.
_ Para dejar las cosas claras.
_ Te quiero _ dijo Candy_ . Más claro, el agua. Aunque deberíamos tener esta conversación en directo. ¿Dónde estás?
_ Pues… no estoy preparado para decírtelo.
Ella irguió la espalda.
_ ¿ Por qué me has llamado, entonces? ¿Qué quieres?
_ Quiero tu corazón, mi amor.
_ Ya lo tienes. ¿Acaso no lo sabes?
_ Y quiero tu valentía.
Candy se mordió el labio.
_ Intento reunir la valentía que me pides. No sucederá de la noche a la mañana pero estoy en buen camino. Y no quiero perderte. No he podido analizar esto hasta el último detalle, pero creo que Lakewood podrá sobrevivir al escándalo de dos personas que se aman y viven juntos por un tiempo ¿No te parece?
Hubo una breve pausa.
_ ¿Es esto lo que quieres, pues? ¿Que vuelva a Lakewood para que vivamos juntos?
_ Sé que es un paso importante, pero estoy harta de tener miedo ( nos sabes cuánto) y estoy dispuesta a darlo, si tú también lo estás.
_ Entiendo
_ Hablaste de un compromiso. Me siento honrada, Terry. Sé que esto es tan difícil para ti como para mí. Podría significar el primer paso- Terry no dijo nada y ella se preguntó si no le estaría pidiendo demasiado_ . Si no estás listo para una convivencia, lo comprendo, y olvídate del compromiso..., es demasiado pronto. Me mudaré de nuevo a la cochera, para que tengas tu propio espacio. No te presionaré ni te acosaré. Sé lo desagradable que es. Tómate todo el tiempo de necesitas. Pero vuelve aquí _ Esperó._ ¿Terry?
_ Aún no lo has entendido, amor mío.
Candy estaba tan nerviosa que sudaba.
_ Entender ¿el qué?
_ Volveré el día de nuestra boda. Ni un minuto antes.
_ ¡Nuestra boda! _ Se puso de pie de un salto. Gordon se escabulló otra vez debajo de la cama.
_ Seguro que Susana y las Sauces del Mar estarán más que contentas de ayudar en los preparativos, y Anthony se ocupará del papeleo.
_ No hablas en serio.
_ Desde luego que sí.
_ Un compromiso, vale. _ Candy se paseó por la habitación como una posesa_ . Después de vivir juntos por un tiempo. Pero precipitarnos al matrimonio... No estamos preparados.
_ Me temo que debo colgar, Candy. He de volver al trabajo. Felicidades por la venta de tu lienzo. Ojalá hubiera estado allí para celebrarlo contigo.
_ ¡No te atrevas a colgar! ¿Pretendes decirme que no piensas volver si no accedo a casarme contigo?
_ Claro que no. Eso te dejaría demasiado margen de maniobra. Lo que digo es que no volveré hasta que estés en la iglesia, delante del altar, con todos nuestros amigos como testigos.
_ ¡Eso es ridículo! _ Candy apartó una revista caída de una patada_ . No se trata de una de tus novelas, Terry. Esto es la vida real La gente no hace esas cosas.
_ Pero nosotros no somos como la demás gente, ¿no es así?
Candy había empezado a marearse y se sentó en una silla.
_ Usa la cabeza. Ninguno de los dos puede permitirse una nueva equivocación. Debemos asegurarnos de que nos sentimos absolutamente cómodos juntos.
_ Yo estoy seguro desde hace tiempo. Estoy muy enamorado de ti.
Ella aferró el auricular con más fuerza.
_ Vuelve a casa, Terry. Ahora mismo.
_ ¿Para volver a quedar a tu merced? No soy tan tonto.
_ ¿Cómo vamos a solucionar esto, pues?
_ En una iglesia, delante de un sacerdote. Lo tomas o lo dejas.
Volvió a ponerse de pie de un brinco.
_ ¡Lo dejo!
Oyó un suspiro de hastío.
_ Por suerte para ti, estoy dispuesto a mostrarme paciente durante un par de días más, prueba de la profundidad de mis sentimientos por ti
_ ¡ Deja de hablar como un presumido!
_ Llamaré a Anthony periódicamente, pero (y escúchame con mucha atención amor mío) a ti no volveré a llamarte. Si fueras una mujer sensata, yo también me mostraría más razonable, qué duda cabe. Pero eres una lunática y ésa es la única manera de tratarte.
_ Lo habías planeado así desde el principio, ¿verdad?
_ Basta decir que no eres el tipo de mujer a quien se puede permitir salirse de la raya.
Candy apretó el puño.
_ Terry te lo suplico. Tenemos la posibilidad de un futuro en común. No lo estropees con exigencias insensatas.
_ ¿ Cómo podría estropearlo cuando tú ya lo haces a la perfección sin mi ayuda?
_ ¡Estoy embarazada! Tienes que volver ahora mismo para cuidarme.
_ No, amor mío, no estás embarazada, y yo me niego a ser manipulado. Esta conversación ya me resulta insoportablemente tediosa. Te quiero con todo mi corazón y... ¿Estás llorando, cariño?
_ Sí _ moqueó Candy_ . Casi no he hecho otra cosa desde que te fuiste.
_ ¿ Es eso cierto?
_ Me temo que sí.
_ Espléndido
Y colgó
Candy pasó el siguiente par de horas vagando por la casa, llorando y zampándose dos boles de cereales. Por la mañana se despertó más enfadada todavía, cogió el teléfono y llamó a Bruce Kleinman, el primer novio de Flammy y el más importante constructor de la ciudad, a quien contrató para que empezara los trabajos de rehabilitación de la estación. A Terry ya no le debía nada. Después telefoneó a Jewel.
_ ¿Recuerdas que te dije que tenía esa fantasía de abrir una librería infantil en la vieja estación?
_ Difícilmente podría olvidarlo. Te respondí que deberías hacerlo. Fuiste tú quien tuvo miedo de seguir adelante. Dijiste que no podías hacer planes permanentes por culpa de Terry.
_ Eso ya no es un problema, puesto que mi odio por él se ha hecho oficial. Y espero que hablaras en serio cuando dijiste que podríamos ser socias.
Candy tuvo que apartar el auricular del oído para que los chillidos de júbilo de Jewel no le dañaran el tímpano.
Se dio una ducha, se puso unos pantalones naranjas, una camisa blanca sin mangas y unas sandalias, y llamó a Susana para ponerla al corriente de los acontecimientos. Después salió hacia la estación donde tenía que encontrarse con Bruce. Cuando terminaron fue a ver a Jewel para concretar los términos de su asociación y luego secuestró a Charlie de los cuidados de la niñera y le llevó a jugar al parque. Finalizó la jornada con una rápida visita a Tesoros del Ayer.
_ Jewel está preocupada por ti _ dijo Susana cuando la vio entrar en la tienda_ . Acabo de hablar con ella por teléfono, y me ha dicho que rechazaste un Mars. Cree que debería convocar una reunión de urgencia de las Sauces del Mar para ver qué pasa.
_ Jewel no debería meterse en los asuntos de las Sauces del Mar_ replicó Candy_ . Se me rió en la cara cuando le dije que nos gustaría que se uniera a nosotras.
_ No deberías tomártelo como algo personal.
_ ¿Cómo evitarlo? Después de ti, ella es mi mejor amiga por no hablar de nuestra inminente asociación comercial. Y no es la mitad divertida de lo que ella cree. Dijo que unirse a las Sauces del Mar sería el primer paso, que luego tendría que ponerse un miriñaque y plantarse en el césped de La Novia del Francés agitando un parasol y cantando habaneras.
Susana suspiró.
_ No es Jewel lo que te preocupa. Eres tú misma.
Candy se dejó caer en una trabajada silla de roble, vencida por las emociones de los últimos dos días.
_ Que una persona tenga conciencia de determinados rasgos de su carácter no significa necesariamente que sea capaz de ponerles remedio
_ Supongo que hablas de ti.
_ Piénsalo una mujer que ha sido siempre obesa, por ejemplo. Sabe exactamente que hacer para perder peso, aunque esto no implica que pueda lograrlo. ¿Me equivoco?
_ Tienes razón
Candy se masajeó el estómago.
_ Quizá pienses que estoy loca, pero una cuarta visita a la iglesia no me parece la mejor manera de arreglar lo que está roto por dentro.
_ Salvo que esa cosa rota ya esté arreglada.
_ Solo pensar en esto me da mareos. Tengo que irme. _ Agarró su bolso dio a Susana un pellizquito amistoso en la mejilla y salió de la tienda.
Ya hacía bastante calor y, una vez en la acera, se puso sus nuevas gafas de sol modelo aviador, muy de moda. Un hombre tropezó con sus propios pies al volver la cabeza para mirarla. Candy se sentía demasiado fatigada para sentirse halagada.
Gordon salió a recibirla. Se aferraba a ella desde que Terry se fuera, y Candy se sentó en el suelo para hacerle mimos, aunque el perro padecía las secuelas de un hogar roto y estaba demasiado deprimido para hacer más que tumbarse de espaldas. Luego Candy fue a la cocina cogió una tarrina de yogur con fresas y empezó a pasearse por la casa. Finalmente, se tendió en el sofá del solario, sólo para despertarse unas horas más tarde y empezar a pasearse otra vez Llegó la noche y su agitación iba en aumento. A las once estaba tan nerviosa que no pudo soportarlo más. Salió a la calle y fue a aporrear la puerta de Susana.
Su hermanastra la recibió en pijama, con el pelo revuelto y la mejilla enrojecida del roce de una barba. Candy entró como un vendaval.
_ ¿No podéis pasar una sola velada hablando, como hace la gente normal?
_ No descargues tu frustración sexual contra mí. ¿Qué te ocurre?
_ Necesito hablar con Anthony.
_ Está dormido
_ No por mucho rato. _ Candy la hizo a un lado y subió las escaleras. Susana la siguió, renegando a cada paso.
Anthony yacía boca abajo, probablemente desnudo, aunque una fina manta azul le cubría de la cintura para abajo y Candy no podía estar segura. Le dio un puñetazo en el hombro.
_ ¡Despierta!
Anthony se dio la vuelta sobresaltado, la sábana enrollándose alrededor de su cuerpo, parpadeó y miró más allá de Candy. A su mujer quien se cruzó de brazos y le fulminó con la mirada:
_ Es tu antigua novia. Yo apenas la conozco.
Candy había empezado a temblar aunque logró mantener la voz baja, para no despertar a Gigi.
_ Escúchame bien, Anthony Brower. Cuando ese bastardo te vuelva a llamar, dile que ha ganado este asalto. Me casaré con él. Pero no me gusta que me chantajeen, y dile que pasaré el resto de mi vida haciendo miserable la suya. ¿Lo has entendido?
Anthony se incorporó sobre las almohadas. Parecía soñoliento y divertido.
Candy insistió.
_ Hablo en serio. Si tanto quiere este matrimonio, lo tendrá pero más le vale estar preparado para sufrir las consecuencias. _ Se dio la vuelta, se dirigió hacia la puerta, bajó las escaleras y se marchó.
Anthony miró a su mujer.
_ Se merecen uno al otro.
Candy se negó a participar en los preparativos, sólo dijo que deseaba una ceremonia íntima, con Gigi, Anthony y Susana como dama de honor. Nadie más, ni siquiera Jewel o las Sauces del Mar.
El plan no contó con la aprobación de Susana. Ella convocó a las Sauces del Mar, menos a Candy, y hasta coaccionó a Jewel para fuera a la reunión. Puesto que Annie no tenía niñera, se reunieron en torno a la mesa de su cocina. Susana sacó una libreta amarilla y puso manos a la obra.
_ Tendremos que organizarlo todo nosotras. Por suene, Terry nos ha concedido un presupuesto ilimitado. Le dijo a Anthony que quiere que la ceremonia se celebre el próximo sábado, como muy tarde. Eso nos da diez días. Teme que ella huirá si esperamos más tiempo.
_ Me aseguraré de que el videoclub esconda Novia a la fuga- dijo Patty_ . Será mejor no meterle ideas en la cabeza.
_ Si Terry quiere evitar que se escape, ¿por qué no vuelve para ocuparse él mismo del asunto? _ preguntó Luisa.
Susana mantuvo la mirada fija en su libreta, para no tener que mirarlas a ellas.
_ Dijo que antes tenía que terminar su libro
Eso no gustó a ninguna.
_ Diría que Candy es más importante que un libro _ bufó Patty.
_ Nunca he podido entender a ese hombre.
_ Espero que Candy no descubra el bajo lugar que ocupa en su lista de prioridades.
_ Ya sabéis que puede ser muy sarcástico _ aventuró Jewel en un esfuerzo por defenderle.
_ . Quizá Anthony le entendió mal.
Aun así el resto de la planificación, estuvo teñido de cierta sensación de incomodidad.
Haciendo caso omiso de los deseos de Candy, Susana decidió que la ceremonia se celebraría el sábado por la tarde en la iglesia presbiteriana, seguida de una recepción bajo una carpa que se erigiría en el césped de La Novia del Francés. Como no había tiempo para enviar invitaciones formales, Jewel y las Sauces del Mar telefonearon a todos los que pudieron recordar y, para cuando terminaron la ronda de llamadas, trescientas personas habían aceptado la invitación. Candy se mostró beligerante cuando lo supo. Susana le dijo que cerrara el pico y buscara un vestido apropiado.
Anthony se ocupó del permiso, y Annie arrastró a Candy hasta un laboratorio para el análisis de sangre de rigor. Candy no tenía idea de cómo manejaba Terry su parte del asunto, pero estaba demasiado ocupada refunfuñando para preocuparse de eso.
El viernes por la mañana, un día antes de la boda, llegó a La Novia del Francés un equipo para montar la enorme carpa y, poco después apareció un camión con las mesas y las sillas. Candy se caló unos auriculares para no oír el mundanal ruido y pasó el resto del día acariciando a Gordon y haciendo planes para su librería, mientras un viejo CD bramaba en sus oídos.
No había tenido tiempo para organizar una fiesta de despedida de soltera ni recogida de regalos, cosa que no supuso ningún problema, ya que Candy no habría asistido a ninguna de ellas. La noche antes de la boda Susana intentó convencerla de que durmiera en su casa, pero ella se negó a abandonar La Novia del Francés. Eso obligó a Susana a poner en marcha su plan B y, a las seis de la tarde del viernes, Gigi llamó a la puerta de Candy con tres pizzas gigantes Gwen Lu, Gillian Granger, Sachi Patel y Jenny Berry.
_ Mamá dijo que podemos dormir aquí. Todas quieren oír tu teoría sobre el poder personal. Y Jenny necesita ayuda con su maquillaje _ Candy fue al teléfono y llamó a Susana.
_ ¿A esto ha llegado mi vida? ¿A tener niñas de trece años como carabinas?
_ Estás un poco nerviosa _ explicó Susana_ . Decidí que necesitabas distraerte.
_ ¡Un poco nerviosa! ¡He superado la escala Richter de temblores nerviosos! Todo esto es un montaje. Es el último acto de su venganza. Yo entraré en la iglesia y él no estará allí. Me dejará plantada delante del altar. Te lo digo, Terry no vendrá mañana.
_ Dejarte plantada delante del altar sería como pegar tiros a un cadáver _ señaló Susana_ . Él ya acabó contigo cuando escribió Reflexiones.
Candy le colgó.
No obstante, Susana tenía razón en una cosa: le fue imposible deprimirse con la casa llena de adolescentes que reclamaban su atención. Las nuevas amigas de Gigi eran cursis y patosas, aunque también tiernas y divertidas. Puede que un día las Sauces del Mar tuvieran que formar una división juvenil.
Esa noche durmió mal y se levantó mucho antes que las chicas. Bajó a la cocina ataviada con unos viejos pantalones cortos y una camisa de trabajo de Terry, con el pelo alborotado y marca de la almohada en la mejilla. Había llegado el día de su boda. Otra vez
Después de dejar salir a Gordon tiró las cajas de la pizzas y se sentó junto a la encimera, cabizbaja. Sus piernas estaban sin depilar, tenía las uñas mal cortadas, no había concertado cita en la peluquería y lo único que deseaba hacer, en realidad, era volver a la cama y taparse la cabeza con la sábana. Dejó entrar a Gordon e hizo precisamente eso.
Susana despertó a todo el mundo unas horas más tarde. Se afanó por toda la casa, colmada de alegría fingida y charlando por los codos. Candy fue directa al bote de mantequilla de cacahuete para volver a dejarlo en su sitio, porque su estómago no estaba en condiciones de recibir comida.
Anthony se llevó a las chicas a Denny's para un desayuno tardío y luego las llevó a sus casas, para que se vistieran para la ceremonia. Gigi abrazó a Candy antes de irse.
_ No te preocupes. Podrás reclamar tu poder, incluso después de casada. Fíjate en mamá. _ Y dio una sorpresa a Susana abrazándola también.
Después de eso. Susana entró en modo turbo.
_ Tienes el vestido, ¿no? Prometiste que te ocuparías de ello. Sé que lo has comprado hecho pero no importa, se te ve asquerosamente fabulosa con cualquier cosa.
_ Lo tengo _ respondió Candy_ , y está bajo llave allí donde no podrás encontrarlo.
_¿ Por qué no puedo verlo?
_¡Porque será una maldita sorpresa, por eso! ¿Ha llegado ya Terry?
Susana no la miró a los ojos.
_ No que yo sepa. Aunque Anthony ha hablado con él. Vendrá.
_ Sí claro _ Dio una palmada a la encimera_ . Ya te dije lo que va a pasar. No aparecerá. Por eso no quería invitar a la ciudad entera. Pero tú no quisiste hacerme caso.
_ Por supuesto que aparecerá. Te quiere. Y ahora ve a ducharte. Janice Menken vendrá a las cuatro para peinarte. Tienes que estar en la iglesia a la cinco y media.
Por un momento, todas las defensas de Candy cayeron. Miró a Susana.
_ Dime que estoy haciendo lo correcto.
_ Claro que sí_ respondió Susana con tono de no estar segura en absoluto.
Candy volvió a erigir sus defensas. Se duchó y se depiló las piernas. Luego permitió que Janice Menken le hiciera un aparatoso y elaborado peinado que recordaba a un pastel de bodas. Lo deshizo en cuanto Janice se marchó y volvió a peinarse de manera menos artificial.
No quiso llevar velo y se aplicó un maquillaje sutil, con el énfasis puesto en los ojos y tan sólo un brillo dorado en los labios. Los rituales que tan bien conocía no consiguieron tranquilizarla, y se puso todavía más nerviosa cuando las Sauces del Mar empezaron a entrar y salir de su habitación con el propósito de vigilarla.
Ninguna había visto a Terry, aunque estaban seguras de que andaba por ahí. Candy decidió que cuanto menos tiempo pasara en la iglesia mejor, y subió al desván, donde había escondido su vestido de novia. Se lo puso en el vestidor de Terry. Se estaba calzando los zapatos cuando Jewel y Annie aparecieron para llevársela a la iglesia. Ambas fruncieron el entrecejo al ver el vestido.
_ No pensarás casarte con eso, ¿verdad? _ exclamó Annie.
_ Es mi cuarta boda. ¿Qué esperabas?
Jewel dirigió a Annie una mirada de infinita paciencia y dijo.
_ Susana ya advirtió que no estaba de buen humor.
_ Estás preciosa. _ Annie decidió apechugar_ . Más que preciosa. Pero a Terry le dará un ataque.
_ ¿Le habéis visto?
_ Probablemente estará con Anthony _ dijo Jewel, esquiva.
_ O de camino a Suramérica. _ Candy dio un beso de despedida a Gordon y marchó hacia el coche de Jewel con decisión, su sandalias bordadas resonando en el pavimento con sus altos tacones de aguja.
Los olores nostálgicos de los viejos cantorales, el ambientador de pino y un sinfín de cosas olvidadas la envolvieron al cruzar la puerta trasera de la iglesia presbiteriana, un edificio de ladrillo rajo. Susana, muy elegante con su vestido de seda dorada, la esperaba justo detrás de la puerta. Entornó los ojos con disgusto cuando vio el vestido de Candy, aunque tuvo el buen juicio de no hacer comentarios
_ Dime que has visto a Terry _ suplicó Candy mientras la conducía a una pequeña antesala.
_ Es Anthony quien se ocupa de Terry.
_ O sea que no le has visto.
_ No he tenido tiempo de mirar. Hubo un mal entendido con la música, las flores del altar no eran las encargadas y Gigi se maquilló los ojos con purpurina. ¿Se lo has enseñado tú? No importa. _ Susana esbozo una sonrisa animada_ . Nos hemos olvidado de traer algo viejo y algo prestado. Tú tienes el vestido nuevo y los pendientes azules, pero nos falta el resto.
_ Para la cuarta boda, ya has perdido la fe en esas supersticiones
_ Es tu última boda, y las tradiciones son importantes. _ Rebuscó en su pequeño bolso bordado con cuentas, sacó las perlas de Rose y rodeó el cuello de Candy con ellas_ . No te hagas ilusiones las recuperaré cuando termine la recepción.
Candy acarició las perlas y sus ojos se humedecieron.
_ Oh, Susana... _ Se volvió y abrazó a su hermana_ . Te quiero.
_ Yo también _ respondió Susana, y prorrumpió en sollozos.
El organista atacó el preludio, y ellas empezaron a dar saltitos y agitar las manos delante de los ojos para secar las lágrimas y evitar que arruinaran sus maquillajes. Susana se sonó la nariz.
_ Terry ya está aquí. La señora Patterson nunca empieza a tocar antes de que hayan llegado todos.
_ Me odia desde el recital de noveno, cuando interpreté el Hada del Confite en lugar de su preciosa Kimmie.
_ No todos los habitantes de Lakewood participan en una conspiración contra ti.
_ Eso ya lo veremos.
El preludio llegó a su fin. Susana entregó a Candy un ramo de lirios blancos de Casablanca, cogió otro más pequeño para sí y empujó a la novia al vestíbulo. Ésta sólo podía ver las dos últimas filas de asientos, pero incluso éstos estaban llenos.
_ ¿Cómo has podido invitar a tanta gente?
_ Tú y Terry formaréis parte importante de esta comunidad _ replicó Susana_ . Todos merecen ver cómo te casas.
_ Si él está aquí.
_ Claro que está aquí.
El órgano atacó la marcha nupcial, y los dientes de Candy empezaron a castañetear los dientes.
_ No pienso recorrer el pasillo hasta que asomes la cabeza y compruebes que ha venido.
_ Tiene que haber venido. De lo contrario Anthony habría...
_ ¡No quiero oír ni una palabra más sobre Anthony! _ siseó Candy_ . También tu marido tiene razones para odiarme. Probablemente forma parte del complot.
_ Es verdad. _ Susana levantó su ramo de flores_ . Y luego estoy yo. _ Con esas palabras ominosas, dobló la esquina y desapareció pasillo abajo.
La música invadía el recinto. Candy enderezó la espalda y trató de dominar su miedo. En el momento de asomar en la iglesia, los presentes se pusieron de pie, bloqueando momentáneamente su visión del altar. Cogió el ramo con fuerza, las manos sudorosas. ¡Cuatro maridos! Hay que ser estúpida para casarse por cuarta vez.
Un mar de rostros se volvió hacia ella, trescientos para ser exactos, aunque no el que Candy deseaba ver. Entonces ocupó su lugar al final del pasillo... y allí estaba, con Anthony a su lado, ambos vestidos de esmoquin. Terry llevaba el suyo con tanta naturalidad como otros llevan téjanos. La camisa blanca con pliegues resplandecía en contraste con su cara bronceada, más delgada y huesuda que la última vez que la había visto. Al parecer, Candy no era la única que había tenido problemas de anorexia. El descubrimiento le dio la satisfacción indignada necesaria para acabar de recorrer el pasillo.
El corazón de Terry se hinchó al verla acercarse vestida totalmente de negro. Se rió por lo bajo y, por primera vez en casi dos meses empezó a relajarse.
El vestido era precioso, a pesar del color. Largo, ceñido y sin tirantes, lucía líneas diagonales de diminutas cuentas negras que se ensanchaban al acercarse al dobladillo. Flotó hacia él, exquisita en forma, semblante y movimiento, el cabello rubio y los suaves hombros blancos emergiendo del vestido como la espuma de un mar tormentoso. El desamparo que la envolviera cual segunda piel a su llegada a Lakewood había desaparecido. Se veía más dulce, más exquisita y preciosa de lo que él nunca se hubiera imaginado, aunque el ominoso destello plateado de sus ojos verdes le recordaba la peligrosidad de su juego. Que todavía no había terminado.
Candy se detuvo a su lado y entregó el ramo a Susana. Terry la tomó de las manos. Estaban frías como el hielo, aunque las suyas también.
Empezó la ceremonia. Terry hubiera preferido escribir sus propios votos, que expresarían más fielmente la profundidad de sus sentimientos por esa mujer magnífica, pero entonces Candy hubiera tenido que escribir también los suyos, y no confiaba en ella para eso. La coacción fue la única manera que se le ocurrió para matar al dragón que había tenido prisionera a la princesa durante tanto tiempo. Se pertenecían uno al otro, y él había querido librarla de su sufrimiento de la forma más rápida posible.
La voz del ministro interrumpió sus pensamientos. El pastor Daniels era un tradicionalista, y a Terry no se le había ocurrido que pudiera modificar la ceremonia.
_ ¿Quién entrega a esta mujer como esposa de este hombre?
Se produjo una larga pausa. El público empezó a inquietarse. Terry frunció el entrecejo. Entonces Anthony sonrió y dio un paso adelante.
_ Yo.
El pastor hizo gala de su sentido común y se saltó el «que hable ahora o calle para siempre», amonestación que sin duda habría impulsado a más de uno a ponerse en pie y hablar.
Siguieron los votos. Candy pronunció los suyos con voz inexpresiva, casi enfadada. Terry la entendió. Había perdido la fe en los votos, y la ceremonia nupcial le despertaba muchos recuerdos desagradables. Aun así, había que celebrarla.
El resto del ritual transcurrió con monotonía, como algo que tenían que soportar más que como algo deseado. Candy tenía un anillo para él, toda una sorpresa, una sencilla alianza de oro blanco. Terry le puso en el dedo un perfecto diamante de dos quilates y medio. Con esa mujer no se podía andar con regateos. Hubo nuevos votos y por fin la frase final:
_ Puede besar a la novia.
Terry la miró y, en el momento de acercarse, le susurró:
_ No me muerdas.
No lo hizo. Aunque tampoco le devolvió el beso.
Anthony y Susana los llevaron rápidamente en coche a La Novia del Francés para la recepción. La entrada de la carpa blanca estaba decorada con torrentes de red, y el techo adornado con festones. Las mesas, cubiertas con manteles de lino blanco y sobremanteles de raso dorado, tenían amplios centros de lirios, jacintos y hiedra. Sobre las largas mesas del bufé había bandejas con colas de langosta, pinzas de cangrejo y gambas, junto con una amplia variedad de platos fríos y calientes. Terry se preguntó cómo Susana y las Sauces del Mar habían conseguido organizar todo eso con tanta rapidez, y si podría agradecérselo como se merecían. No había orquesta ni baile. Susana sabía que él y Candy necesitaban terminar con la recepción cuanto antes, para poder estar solos. Vio que Candy pasaba por delante de una bandeja de buñuelos de crema bañados en chocolate sin siquiera mirarlos. Frunció el entrecejo con preocupación.
Los invitados parecían haber organizado una conspiración para protegerle, porque nadie le sugirió que posara con Candy para las fotografías de la boda y nadie dio golpecitos con un cuchillo a una copa de agua para instar a que se besaran. Cuando llegó el momento de cortar el pastel, Susana se levantó precipitadamente con expresión de pánico y dijo que Anthony y ella harían los honores. Sólo Cubby Bowmar pareció decepcionado de no tener la oportunidad de ver la cara de Terry decorada con crema de vainilla.
Candy pasó la mayor parte de la recepción con Las Sauces del Mar o bien con Gigi y sus amiguitas adolescentes. Finalmente se la llevó para el rito de tirar el ramo y Candy apuntó directamente a Jewel, gesto que a Terry le pareció delicado. Nadie mencionó siquiera la ceremonia de la liga.
Cuando llegó el momento de marcharse, Susana recuperó las que había prestado a Candy.
_ ¡No puedes quitármelas! _ exclamó la flamante esposa, las quiero como regalo de bodas.
_ Olvídalo. Tengo planes más importantes para estas perlas _ Susana le dio un beso en la mejilla y guardó el collar en su bolso _ Tu regalo te estará esperando cuando vuelvas de tu luna de miel
_ ¿Qué luna de miel?
Susana la empujó hacia Terry.
Poco a poco, éste consiguió llevarla hasta el coche, que estaba decorado con serpentinas blancas y una inscripción en la puerta del pasajero que rezaba: «A la cuarta va la vencida.» Llovía arroz, Patty metió a Candy en el coche. Luisa tiró su bolso de viaje al asiento trasero. Alguien hizo sonar una bocina. Y se fueron.
Un silencio sepulcral se instaló en el interior del coche. Candy mantenía la mirada fija al frente. Terry trataba de pensar en algo que decir pero llevaba semanas durmiendo poco y mal. La mayoría de las noches las pasaba delante del ordenador hasta la madrugada, cuando se acostaba para dormir un par de horas y luego se levantaba para seguir escribiendo. En todo ese tiempo no había visto a nadie, salvo su incursión semanal a la tienda de provisiones. Se le había olvidado afeitarse, incluso comer. En ocasiones se sometía a brutales y largas caminatas con la esperanza de fatigarse lo suficiente para dormir más de dos horas seguidas, cosa que raras veces consiguió. No tenía ganas de comer, no tenía ganas de nada, sólo de escribir y atormentarse con el recuerdo de Candy.
Dejaron atrás la gasolinera y fue entonces cuando Candy rompió, por fin, el silencio.
_ ¿Qué luna de miel?
_ Pensé en las islas Vírgenes, pero de momento creo que será mejor ir al lago Amy y Clint nos han dejado su cabaña para la noche. ¿Por qué estás refunfuñando?
El vestido de Candy emitió un murmullo iracundo.
_ Dime dónde has estado estos últimos dos meses.
_ En una pequeña casa que alquilé en las afueras de Taos. Tres habitaciones junto a un bosquecillo de álamos. Sencillo pero cómodo.
_ Se te ve cansado. Y has adelgazado.
Terry percibió preocupación en su voz _ una fisura en su coraza de resentimiento_ y la fatiga desapareció al instante.
_ Estoy agotado. Cansado hasta la médula. _ Emitió un suspiro desfallecido y estudió la reacción de ella con el rabillo del ojo_ . Han sido un par de meses extraordinariamente difíciles. No me sentía bien en absoluto.
_ Habrá sido un acceso de astenia histriónica.
Terry sonrió y volvió la cabeza para regalarse con la visión de aquel rostro exquisito.
_ ¿Tan odioso te resulta estar casada conmigo?
Los ojos de Candy relampaguearon.
_ ¡Ni siquiera firmamos un acuerdo prematrimonial! Y yo soy una mujer rica.
_ ¿Te preocupa?
_ ¡Claro que me preocupa! ¡Acabo de casarme por cuarta vez y no he tomado ninguna precaución! Aunque bien es cierto que nunca he presumido de sentido común, así que no debería sorprenderme.
_ Tienes mucho sentido común, por no hablar de tu fabuloso cuerpo..., del que intentaré disfrutar al máximo a la mayor brevedad posible.
_ Bien, porque el sexo es la única razón por la que te he seguido el juego.
_ Ya entiendo.
Permanecieron callados durante el resto del recorrido hasta el lago. Ella parecía resignada _ no encantada_ y la atmósfera se despejó un poco, aunque Terry era consciente de que las cosas aún no se habían arreglado del todo. Llevó la bolsa de viaje de Candy a la cabaña _ la suya ya estaba allí_ y no perdió tiempo en conducirla al dormitorio. Ella se detuvo en seco en cuanto franqueó la puerta.
_ Oh, Dios mío.
Montañas de flores frescas y cirios blancos ocupaban todos los rincones de la habitación, decorada en blanco y gris. Sonaba una suave música de fondo, y un detalle especialmente delicado: el cubrecama retirado, revelaba pétalos de rosas blancas esparcidos sobre las sábanas gris perla. Incluso estaban descorridas las cortinas de las ventanas que daban al lago. La madre de Flammy había seguido las instrucciones de Terry al pie de la letra.
_ Muy recargado _ resopló él_ . Estos sureños...
_ Es precioso _ murmuró Candy, embelesada.
_ Si tú lo dices... _ La luz de las velas se reflejaba en las cuenta negras de su vestido, y su piel parecía opalescente, como si la hubieran rociado con polvo de pétalos de flores_ . Tengo un regalo de bodas para ti _ añadió.
_ Yo también tengo un regalo para ti.
_ Si hace tictac llamaré a la policía.
Candy sonrió. Terry logró relajarse lo suficiente para cruzar la habitación y buscar en su maleta un grueso fajo de papeles atados con una cinta roja. En el momento de entregárselo a Candy deseó haber bebido más en la recepción.
_ No pude terminarla hasta ayer mismo, y no tuve tiempo de envolverla como regalo.
Candy le miró y supo que estaba nervioso. Este descubrimiento le dio más satisfacción que todos los acontecimientos de la jornada, y las últimas capas de su resentimiento empezaron a desbaratarse. Se dejó caer en la única silla del dormitorio y miró el regalo de Terry.
_ Has terminado tu libro.
_ A última hora de anoche.
Se lo había dedicado a ella. Esta debía ser la sorpresa. Candy sonrió para sí y tiró de la cinta que sujetaba el manuscrito. Terry se movió incómodo y se aclaró la garganta. Su agitación la enterneció todavía más. Entonces vio el título de la novela. Y se quedó sin aliento.
Una historia de amor para Valentine
Una novela de
COLÍN BYRNE
_ Oh, Dios mío... _ Cientos de preguntas le acudieron a la mente. Su voz, cuando pudo recuperarla, sonó débil y quebradiza_ : ¿qué ha pasado con tu otro libro?
_ Antes tenía que escribir éste.
Ella tanteó con los dedos la página inicial y el apretado nudo de miedo que llevaba dentro desde hacía más tiempo del que podía recordar por fin se desató. En su lugar, sintió una profunda sensación de paz. Un hombre capaz de un gesto así por la mujer que ama, es un hombre para toda la vida. La sonrisa de Candy tembló en las comisuras de sus labios:
_ Cuando los hombres escriben novelas de amor, la heroína suele terminar muerta.
_ Esta vez no, te lo aseguro. _ La voz de Terry no era más firme que la de ella_ . Nunca podré volver a entrar en los círculos literarios con la cabeza alta.
_ Oh, Terry... _ Apretó el manuscrito contra el pecho y sus ojos se llenaron de lágrimas. Los últimos remanentes del miedo desaparecieron cuando miró a los ojos de su cuarto y último esposo_ . Te quiero mucho, amor mío.
_ Contaba con ello.
Terry cogió el manuscrito para dejarlo a un lado y la ayudó a ponerse de pie, empezando a quitarle las horquillas del pelo, una tras otra. El cabello le cayó en cascada y él le besó el cuello y los hombros, susurrando versos de amor que se tornaban más terrenales y explícitos a medida que iban despojándose de la ropa.
_ Eres exquisita _ murmuró él, tendiéndola sobre los pétalos de rosa.
Ella recorrió su cuerpo con las manos, familiarizándose de nuevo con las cuestas tenaces y los valles musculosos. Él encontró otros pétalos, suaves y húmedos, hinchados de deseo, fragantes de anhelo, y Candy creyó enloquecer de excitación. Y en efecto enloqueció del todo cuando él, por fin, la penetró y vio la emoción que ardía en sus ojos.
_ Te quiero _ susurró Terry_ , te quiero tanto, amor mío..._ Ella le respondió con palabras susurradas, y el dulce torbellino se los llevó a ambos.
A la mañana siguiente, Candy se incorporó sobre un codo y contempló a su esposo dormir. Había trabajado duro la noche anterior, le había hecho el amor hasta que ambos estuvieron exhaustos.
Resistiendo el impulso de despertarle, se levantó de la cama y se puso unos pantalones y la camisa del esmoquin de Terry. En la cocina encontró a Gordon, una jarra llena de zumo de naranja recién exprimida y una cesta con panecillos calientes. Ninguna mujer en el mundo tenía mejores amigas que ella y, en cuanto tuviera la oportunidad, les ofrecería una fiesta de agradecimiento.
Se tomó un vaso de zumo y le hizo mimos a Gordon. Luego cruzó las puertas correderas y bajó al lago. El sol de esa hora temprana se reflejó en el extravagante diamante que le había regalado su marido. Terry quería impedirle que olvidara que ahora estaba casada, como si y se tal olvido hubiera sido posible. Sonrió y la recorrió una profunda y serena sensación de paz. «Para siempre» es demasiado tiempo cuando se habla del amor pero, tratándose de Terry Grandchester, «para siempre " era lo más apropiado.
_ ¿Ya te has cansado de mí?
Se volvió y vio a su marido, que se acercaba, sus pies desnudos dejando huellas sobre la hierba empapada de rocío. Gordon trotaba su lado. Terry llevaba téjanos y una camiseta blanca, y estaba desaliñado y hermoso: sin afeitar, despeinado y con un panecillo en la boca. Cuando la besó, Candy detectó un sabor a migas, a dentífrico y a sexo.
_ En absoluto. _ Sonrió y le acarició la mejilla_ . He estado pensando en mi regalo de bodas.
_ Volqué mi corazón en cada una de sus páginas _ dijo él con tanta ternura que ella se habría deshecho otra vez en lágrimas, si no fuera por la necesidad de hacer antes otra cosa.
_ No me refiero a ese regalo _ consiguió articular_ , sino al que yo voy a hacerte a ti. Espero que te guste, porque no puedo devolverlo.
_ Me resulta impensable que quiera devolver algo que venga de ti.
_ Sigue pensando así. _ Y entonces se lo dijo.
Terry la miró estupefacto.
Su reacción no la sorprendió. Ella también había necesitado cierto tiempo para hacerse a la idea.
Finalmente, él se recuperó lo suficiente para hacer algunas preguntas. Luego empezó a besarla de nuevo pero, cuando sus respiraciones se tornaron pesadas, se apartó.
_ Lo siento, amor mío. Ya sé que es nuestra luna de miel pero… _ Con un gran esfuerzo, apartó la mano de las nalgas de Candy.
_ ¿Crees que podrías entretenerte sola durante una hora? ¿Dos, como máximo?
_ ¿Me vas a abandonar así?
_ Comprenderás que en circunstancias normales ni se me ocurriría, pero, vista tu asombrosa noticia... _ La miró a los ojos, con el corazón latiendo en las pupilas_ : Siento la imperiosa necesidad de escribir un epílogo.
