Chun-Yan no se molestó en encender la luz. Su portátil ya la tenía, y la que provenía de un cartel de neón en el exterior era más que suficiente para él. Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, sorbió una sopa de fideos instantánea mientras que con su mano libre tecleaba y bajaba la pantalla.

Se miró el antebrazo un momento. Bielorrusia había conseguido hacerle un rasguño con el cuchillo.

...Después de tanto tiempo, aún no se había curado...

Volvió a enfrascarse en su tarea. Ella, por cierto, le había dado sin pretenderlo una buena pista.

El presidente ruso y sus oligarcas llevaban tiempo detrás de las riquezas de Rusia, y no se esperaron mucho después de que éste desapareciera para lanzarse sobre ellas como una panda de buitres. Exactamente igual que les había pasado a los países árabes y, en definitiva, a todos los que habían gozado de una economía desahogada. Usando sus 'encantos femeninos', había seducido a un empleado del antiguo Banco Central Ruso. Hizo cosas que desearía no haber tenido que hacer, pero consiguió lo que quería: un informe con los movimientos de las cuentas personales de Rusia durante estos últimos años.

No tantos como uno podría pensarse. Prácticamente todo había desaparecido en el mismo año en que se esfumó. Los hombres de Rusia realmente le desplumaron con la excusa de: «como yo contribuí a su enriquecimiento, tengo derecho a una parte.» Nadie les detuvo. Probablemente los empleados de la banca sabían que Rusia estaba acabado, o quizás los sobornaran para que miraran a otro lado.

Bielorrusia tenía razón. Lo tenían todo cuidadosamente planeado. Chun-Yan consiguió también que el empleado del banco le hablara sobre la existencia de un registro en el que toda aquella gente apuntó sus nombres y la cantidad que sacó. De modo que se respetara el pacto y nadie se llevara más de lo acordado. Al parecer, había honor entre ladrones. Encantador.

Leyó la lista. Sí, Olyanovski, como el líder de la manada, fue el primero en reclamar su parte; un buen pellizco, además. También vio ahí a Lubomir.

Pero había alguien que no estaba invitado a la fiesta y que se llevó un trozo de la tarta.

Fue una cantidad insignificante, comparada con lo que se llevaron los otros, pero Chun-Yan podía ver a aquellos magnates indignados por no tener unos cuantos miles de rublos más que añadir a sus fortunas.

Mitrofan Igorevich Komolov fue el nombre que le dio a las autoridades. Dijo que actuaba en nombre de Olyanovski, pero, hasta ese momento, nadie había oído hablar de él.

Todos los intentos por investigar a este sujeto, interrogarlo, se esfumaron con su muerte tan sólo una semana después. Pero había rastros burocráticos que Chun-Yan siguió; el hilo que le sacaría del laberinto...

Un certificado de defunción (ataque cardíaco). Documentos identificativos. Los examinó de cerca con el zoom. Era un experto en falsificaciones y sí, eran falsos sin duda alguna. Su corazón comenzó a desbocarse, como el perro que encuentra el olor de la presa...

Había un testamento, también. Komolov supuestamente no estaba casado, pero tenía un sobrino.

Este sobrino, en cuanto cobró la herencia, se mudó a Boston.

Su nombre era Ivan Ilich Braginsky.

Chun-Yan dejó de comer y compró de inmediato el pasaje para volar a la ciudad. Las piernas le temblaban como anticipo de la cacería que iba a tener lugar; sus dientes estaban listos para hincarse en su presa.


Khaybat detestaba a la gente honesta. No sólo le parecían aburridos: eran difíciles de chantajear. Le gustaba que la gente le pusiera las cosas fáciles, y Kiku le estaba dando un quebradero de cabeza.

Su historial era inmaculado, más limpio que Don Limpio. Al parecer, tenía experiencia previa con un buen número de armas de fuego antes de entrar en la academia. No sólo tenía el diploma escolar requerido: se había graduado en la universidad con honores. Tenía un permiso de conducir sin ninguna infracción. Pasó todas las pruebas físicas sin despeinarse. Sus superiores siempre le tenían en cuenta para trabajos relacionados con disputas entre personas, porque era muy diplomático y conciliador. Khaybat tenía la sensación de que era uno de esos aburridos que no hacían nada en la vida salvo estudiar y que consideraban una locura el beberse una simple cerveza.

Así que probó a buscar trapos sucios en su familia.

Sí, a veces los hijos eran buenos pero sus padres eran malos. Y ningún árbol podrido puede dar buen fruto.

Kenzo y Wakana Honda. Buscó por todas partes, pero no vio nada de ellos. Sólo existían en los papeles de Kiku, en la sección 'padres' o 'hijo/a de'. No había registros en Tráfico. La base de datos mostró a todos los Kenzo and Wakana Hondas del mundo y ninguno de ellos tenía edad para ser sus padres o no tenían ningún hijo llamado Kiku. No encontró por ningún sitio que estuvieran fallecidos.

Eso era sospechoso. ¿Qué tenían que ocultar los Honda?

Seguro que estaban vinculados al extinto gobierno japonés. Muy probablemente al emperador. Eso tenía sentido para Khaybat, el suficiente como para buscar en la base de datos de la casa imperial.

Ningún Honda había servido al emperador de la nación. Consultó las listas, las fotografías, sin éxito.

Khaybat gruñó, echándose para atrás.

...Espera un momento...

Se irguió lentamente, con los ojos fijos en la fotografía que tenía ante sí. Japón y su emperador posaban con el personal con motivo de alguna especie de conmemoración.

Rápidamente, y tirando algunas cosas, agarró la foto que tenía de Kiku Honda.

Una curva se formó lentamente en sus labios.

Tropezando por el camino, corrió al despecho de la Presidenta Corso. Una vez más, abrió con un portazo sin llamar. Corso estaba comiéndose un cruasán para desayunar y miró inquisitiva a Khaybat.

Él sostuvo las dos fotos una al lado de la otra.

— ...Es una nación...—jadeó Khaybat—. Honda...¡es una nación!

Corso tragó el trozo de cruasán que tenía en la boca sin quitarle los ojos de encima a las fotos ni para pestañear.


Sarah tenía la sensación de estar cometiendo un gran error al entrar allí. ¿Desde cuando los corderos van por voluntad propia y a sabiendas al matadero? Parecía tímida, perdida, pero luchó contra el impulso de salir huyendo. Se acercó al mostrador de información colocándose un mechón detrás de la oreja.

— Hola. ¿Está el agente Kiku Honda?—preguntó.

— Un momento, voy a preguntar—dijo la mujer, cogiendo el teléfono.

Se distrajo con la entrada de dos hombres y una mujer trajeados que entraron con prisa.

— ¡Kiku Honda!—llamó uno de ellos, haciendo que todos los presentes los miraran.

— ¿Dónde está Kiku Honda?—gritó la mujer.

— Está de libranza, ¿en qué puedo servirles?—el Inspector McCormick salió a su encuentro, con el ceño fruncido, sin duda extrañado por aquella visita y esas formas.

— ¡Tenemos órdenes de arrestarlo de inmediato!—dijo un integrante del grupo, y mostró un folio con su foto de perfil y de Japón—. ¡Es la nación de Nihon-koku, también conocida como Japón!

Sarah abrió mucho los ojos.

— ¡¿CÓMO?!—la exclamación del agente Humbert podría haber sido la de todos. Toda la comisaria se quedó consternada. Mientras que unos estaban demasiado estupefactos para hablar, otros no podían dejar de parlotear. Todos querían ver las fotos. ¡Sí, eran la misma persona! Kiku llevaba gafas y el pelo muy corto, pero esa cara, esos ojos...¡Era él!

— ¡¿Kiku era una nación todo este tiempo?!—la agente Compton se cubrió la boca con ambas manos.

— No...No puedo creerlo...—musitó un Terry completamente consternado.

Sarah miró a su alrededor y, tras un momento de duda, salió corriendo sin que la vieran.


Khaybat se asomó a la oficina de Corso. Sin llamar. Otra vez. Pero Corso lo estaba esperando, así que no le importó.

— Todas las áreas han recibido el aviso, todos los agentes en Boston le están buscando. No escapará—le aseguró Khaybat.

Dejó que se fuera a trabajar en esto sin decirle nada. Mientras tanto, permaneció de pie frente a la ventana.

El emperador estaba cumpliendo una condena de cuarenta años de cárcel y aun así no quiso rebajarla diciendo adónde había ido su nación. Habían creído que la dureza de la prisión, la deshonra de verse en esa situación le harían rendirse, pero parecía dispuesto a morir antes que decir una palabra. Sería leal a aquel a quien su familia había protegido durante siglos...Pero ahora a Japón se le había terminado la suerte y ningún emperador le podría ayudar.

Debía admitir que no lo había visto venir. Estaba realmente sorprendida de que hubiera conseguido infiltrarse en el sistema policial.

Eso también la perturbaba. Porque si Japón se había convertido en un agente de la ley, ¿quién más podría andar husmeando? ¿Qué otros topos habría?

Después de veinte años, parecía que las naciones se resistían a su extinción. O quizás sólo quedaran unos pocos.

No se permitió el lujo de ponerse nerviosa. No se tomaban buenas decisiones perdiendo la calma. Respiró hondo, cerró los ojos y pensó, pensó.

Bueno...Tal y como lo veía ella, tendría que comprobar en quién podía confiar. Purgar el sistema en busca de más naciones. Y hacer algo con las que ya habían sido detectadas.

Tendría que ser discreta. Hacerlo sin hacer ruido. El mundo se había olvidado de las naciones y no necesitaba que se les recordara.

Salió de su oficina para ir a la de Khaybat. Estaba en mitad de una llamada telefónica muy intensa.

— ¡...y no lo quiero para el próximo jueves ni para la hora del desayuno, lo quiero ya!—chilló. Colgó y volvió la cabeza hacia Corso.

— ¿Dónde se encuentra Veneziano ahora?—preguntó.

— ¿Veneziano? Déjeme ver...

Más llamadas. Corso se sentó frente al escritorio con las piernas cruzadas a esperar.

— Las cámaras de tráfico han visto la matrícula del taxi que cogieron él y Romano aquí, en Roma.

— ¿Aquí?—murmuró ella.

Se quedó con la mirada perdida, pensando.

— Pero, señora Corso, en mi opinión Italia es el menor de nuestros problemas ahora mismo—le dijo Khaybat.

— Silencio, Kaybat—respondió ella—. Toda nación es un problema. No podemos dejar cabos sueltos.

Descruzó las piernas y se puso en pie para salir de allí.

Esto era algo que tendría que hacer ella misma. Así se aseguraría de que Khaybat no lo estropeara.

Si Veneziano estaba en Roma, estaba segura de que el muy idiota no podría resistirse a volver a los lugares que tanto amaba. Y que la llevaría hasta su hermano también. Compartían una neurona entre los dos.


El motel parecía como un campamento de vagabundos, pero había gente de todos los estratos sociales, razas y características. Feliciano y Lovino se convencieron de que estaban entre amigos. Tenían a Čamil, Levy, la señora Morgenstern, y también a Mimi, la portuguesa, una mujer de piel tostada, pelo curvado, que siempre llevaba una bufanda de colores, que trabajaba en un supermercado próximo y les aprovisionaba con todo lo que pudieran necesitar; Igor, un intelectual alemán con ojeras que trabajaba con Levy y, viendo cómo le hablaba Levy, era o un pariente cercano o su felpudo; había muchos italianos, como los jóvenes hermanos Pugliesi, que aún no habían cumplido los dieciocho, y se volvieron locos cuando por fin conocieron a la patria de sus padres...Había mucha, mucha gente, siempre ocupada con algo o discutiendo ideas, pero les hicieron sentirse en casa.

— Wilhelm encontró a Ciudad del Vaticano y lo ha escondido en su casa. No se preocupen, está bien—dijo Levy a Lovino.

— Eso es un alivio...—respondió él.

— Ahora me voy a Bolonia. Hemos recibido un chivatazo que tengo que corroborar. Dejo a Igor al cargo. Iba a decirles que, si necesitan algo, se lo digan a él, pero es un perfecto inútil, así que háganme el favor de no quitarle el ojo de encima.

— Como usted quiera, James Bond.

Lovino volvió la cabeza hacia Alemania, quien estaba leyendo el periódico mientras bebía café, y se acercó a él.

— Hay una cosa que no entiendo—le dijo—. ¿Por qué dejaste tu búnker y te viniste hasta aquí? Podrías habernos dejado en manos de tus amigos.

— Llevo veinte años atrapado en casa de Johanna y ya no puedo más—respondió—. Además...está cociéndose algo gordo.

— ¿Cómo de gordo? ¿Una revuelta o algo parecido?

— Acuérdate de que aquí está la sede del Parlamento. Solía ser rotativo para llegar a las pequeñas ciudades de todos los continentes para darles a las regiones más empobrecidas un impulso, pero supongo que Roma tiene un esplendor que ellas no tienen. Este año van a celebrar el vigésimo aniversario del establecimiento del poder global, y la Presidenta va a protagonizar una conferencia sobre el pasado y el futuro del planeta. Nuestros amigos quieren sabotearlo. Quieren que se les oiga en todo el globo. Es muy arriesgado. Ni Johanna ni yo creemos que sea buena idea. Pero están luchando por mí, así que lo menos que puedo hacer es ayudarlos a esconderse y a escapar si ocurriera lo peor.

— Dime la verdad: tú lo que querías es achuchar a tu novio—sonrió Lovino.

— ¡No seas memo!—gruñó Alemania, y Lovino se rio al ver que había conseguido hacer que se sonrojara.

Alemania entonces miró a su alrededor.

— ...Por cierto, ¿dónde está?

Lovino también buscó. A decir verdad, no tenía ni idea. No era su niñera.


Feliciano no se pudo resistir. ¿Estaba en casa después de veinte años y todo lo que vería sería lo que había tras la ventana? Pues claro que no. Tenía que estirar las piernas, respirar el aire de su tierra, ver si se topaba con gente a la que solía ver a menudo, ver qué más había cambiado desde que Italia se fusionó con el resto del mundo.

Tomó el metro y visitó el Campo de Fiori. ¡Oh, Raffaella estaba allí, en su puesto! Sintió la tentación de comprarle una flor y ponérsela en el ojal, pero estaba seguro de que le reconocería y siguió su camino, contento de haberla visto. El castillo de Sant'Angelo lucía tan espectacular como lo recordaba, solo que ahora lo usaban para un propósito distinto, como la Basílica de Santa María de Cosmedin, la cual, tras la prohibición de todo culto, había sido convertida en una biblioteca. Se encontró con que Giovanni se ocupaba ahora de la tienda donde él y Romano compraban sus corbatas, y se preguntó si su padre, el bueno de Vincenzo, había muerto o solamente se había jubilado.

Veinte años eran mucho tiempo, y hubo momentos en que Feliciano se sintió perdido, pero seguía siendo Roma...

¿Cómo estaría Venecia ahora? Deseó tener la oportunidad de ir allí. Necesitaba verlo...

Por supuesto, también se pasó por las ruinas de la villa del Abuelo. Después de tantos siglos, sólo quedaban unos pocos mosaicos en el suelo, cimientos y columnas rotas, pero aún recordaba su aspecto cuando era pequeño y el Abuelo Roma aún vivía ahí. Sus hermosos jardines, las fuentes de agua, los frescos en las paredes. También había una estatua del Abuelo, irguiéndose orgulloso, apuntando al sol, lo único que por aquel entonces le faltaba por conquistar. El tiempo y los vándalos habían hecho perder al Abuelo un brazo y estaba cubierto de una capa de moho y excrementos de pájaro, pero, al verlo, Feliciano podía oírle reír y decir que no era más que un rasguño.

Se sentó sobre un trozo de mármol y, acariciando la bulla que encontró en su casa y que llevaba en el bolsillo, pasó los minutos pensando en el pasado.

— Hola, Veneziano.

Oír su nombre hizo que Feliciano se pusiera en pie de un salto. Y ver que quien lo había pronunciado era Rita Corso en persona no ayudó en nada a calmarse.

Se quedó mudo, inmóvil. ¿Cómo sabía que era él? ¿Qué debía hacer ahora? Mientras tanto, Corso se limitó a mirar a su alrededor, con las manos detrás de la espalda.

— Tiene buen aspecto—añadió pasados unos segundos.

Una larga pausa. Feliciano no se decidía a hacer algo.

— No tienen por qué seguir escondiéndose como vulgares ratas de alcantarilla. Esta injusta situación lleva prolongándose demasiado tiempo—dijo Corso—. ...Le veré en el Palazzo della Cancelleria mañana a las nueve.

Se dio la vuelta para marcharse, no sin antes añadir:

— Quiero hacer las cosas bien y usted será el primero en oír mi nuevo decreto.


¡Era una pesadilla! El coche que estaba detrás de Arthur pitaba como si fuera una especie de hechizo mágico que haría desaparecer el atasco, o como si se pensaran que el problema era que él no quería moverse. ¡No podía, leñe! ¡Era ese estúpido que había aparcado la furgoneta en doble fila el que había provocado este desastre, no él! ¡Él sólo quería irse a su casa!

¡El tipo de detrás no era el único que estaba cansado! ¡Arthur se moría de ganas por sentarse en el sofá y no moverse en lo que restaba de día!

Asimismo, quería llegar a casa a tiempo, antes de que Gisele se volviera a escapar para ver a ese novio suyo. Quería estar allí para detenerla, sentarse en el sofá como un centinela, mantener a ese bandido de Chin lejos de su niña, y de Peter también, antes de que a él se le antojara tener una moto también.

Un repartidor por fin corrió a la furgoneta, gesticulando una disculpa a los coches y al autobús que habían estado esperando desesperadamente, como si eso fuera a arreglar las cosas. ¡Cómo deseó que hubiera ido algún agente de tráfico a ponerle una multa del quince o a llevarse la furgoneta!

This is my generation / This is my generation, baby, cantaban los Who.

Por fin se empezó a mover. Allá vamos, a casa, a echarles un ojo a esos pequeños diablos. Y dejar de pensar en...pensar en...

De nuevo se encontró con que le costaba respirar. Pero el viejo cabrón se trajo a unos amigos esta vez, al señor Sudor y la señora Mareo. Se le nubló la vista. Sus manos y sus pies no respondían a sus órdenes.

Entonces, su coche se empotró con el que tenía delante.

El claxon emitió un alarido largo, ininterrumpido, ciertamente irritante. El conductor y algunos testigos fueron a ayudar a Arthur. Se lo encontraron inmóvil, con la cabeza sobre el volante. Y los Who seguían cantando: This is my generation / This is my generation, baby.


No había adultos en casa que contestaran al teléfono.

Gisele volvió ese día de la universidad sonriente, después de haber pasado unos buenos ratos con sus amigas y haber conseguido buenas notas en los trabajos. Una sonrisa que se desvaneció cuando vio que Peter acudía a su encuentro en cuanto oyó abrirse la puerta.

— ¿Qué?—preguntó. Sabía desde el momento en que vio su cara que algo malo había ocurrido.