Kiku debía admitir que su trabajo le dejaba poco tiempo para ocuparse de su casa. Había tanto que hacer en aquel día libre que se sintió más agobiado que cuando estaba trabajando. Una de las cosas que tenía pendientes era ir a la compra. Tenía el frigorífico patéticamente vacío y había gastado todos los productos de limpieza que tenía.
En el camino de vuelta a casa, se encontró con sus compañeros Rivard y Lievesley.
Les sonrió. Ellos se pusieron tensos.
Estaba a punto de preguntarles qué tal iba la tarde cuando los vio acercarse a él a paso vivo. Rivard echó mano a las esposas. Fue en ese momento cuando tuvo un mal presentimiento y se detuvo. Rivard y Lievesley echaron a correr hacia él. Eso fue todo lo que necesitó para comprender.
Siempre había tenido en mente que este momento podría haber llegado cualquier día. Pero, como cada vez que esperamos algo, no estaba del todo preparado para tal eventualidad. Aun así, soltó las bolsas y salió huyendo, porque sabía que le habían descubierto.
— ¡Detente!—gritó Lievesley.
Una petición razonable, pero debía rehusar, porque sabía que lo que le esperaba si llegaba a manos de la Agencia sería peor que lo que le pudiera pasar por cometer desacato.
Kiku se metió en un callejón y trepó por la valla, allanó unas cuantas propiedades privadas. Miró atrás. Había conseguido una diminuta ventaja, pero aun así no había conseguido perderlos.
Tan sólo pudo correr unos pocos metros más antes de que alguien lo agarrara y lo introdujera en unos arbustos. Kiky pensó por un segundo que se trataba de Terry, su implacable compañero, el terror de los criminales, y se vio completamente perdido.
Pero esa persona lo agachó hasta besar el suelo cuando se acercaron los pasos de sus compañeros.
— ¡Creo que se ha ido por aquí!
— ¡Voy a mirar por acá!
Ese alguien era Sarah.
Kiku obedeció sus órdenes tácitas y se quedó agazapado mientras ella se erguía un poco para escuchar. Pasados unos segundos, ella echó un vistazo al exterior. Parecía que ya no había moros en la costa, porque soltó un suspiro aliviado y se puso en pie, sacudiéndose la suciedad de la ropa.
— No deberías estar en la calle. Te están buscando—dijo—. Dicen que eres una nación.
Luego lo miró de una forma que le hizo sentir como un fenómeno de feria.
— ¿...Es eso cierto? ¿No eres humano?—preguntó con un susurro.
— ...Fui creado por humanos, tengo aspecto humano...pero no, no soy humano...—admitió Kiku. Se echó un vistazo y vio que sólo se había llevado unos pocos rasguños.
Sarah se mordió el labio inferior, apartando la mirada. Pasados unos segundos, volvió a mirarlo.
— Me han hablado de ti en el instituto. Las cosas que has hecho merecen la perpetua, o algo peor.
— No puedo negarlo—dijo Kiku—. Solía pensar que era un dios, una raza superior, y que por eso tenía derecho de hacer lo que quisiera con las vidas de los que eran inferiores. Me llevé lo que no era mío. Hice daño a mucha gente. Pero pagué por ello, vi que esa no era forma de ir por la vida. Por eso siempre te digo a ti que se puede cambiar y vivir sin perjudicar a nadie. Tengo miles de años de vida. He tenido tiempo de sobra para cometer infinidad de errores...
— Pues tienes muy buena pinta para ser un dinosaurio...—murmuró Sarah, esbozando una diminuta, casi tímida sonrisa.
Dudó, permaneció en silencio durante algunos segundos.
— Sé que te he tocado las pelotas, y aun así has sido paciente conmigo. Más de lo que seguramente me merezca...Por eso...No...me importa lo que seas. Te voy a devolver el favor.
Miró a su alrededor, para comprobar una vez más que no hubiera policías cerca.
— Hay una fábrica abandonada en las afueras donde los chicos y yo solemos ir cuando queremos escapar de tipos como vosotros. Está lleno de ratas y puede que te encuentres a un vagabundo, a un yonqui o los dos, pero al menos tendrás un lugar donde esconderte mientras...No sé...Seguro que se te ocurrirá algo.
— Gracias, Sarah. De veras—suspiró Kiku.
— No, gracias a ti—dijo Sarah. Tomó la mano de Kiku y echaron a correr.
Los adultos ya se olían que algo les pasaba a los niños, pero no sabían qué.
Normalmente andaban en grupos de dos o tres amigos íntimos o pasaban el tiempo solos. Últimamente, se habían estado juntando en manadas. Los parques nunca habían albergado tanto niño junto.
Sus pasatiempos principales solían ser los videojuegos y ver vídeos en sus teléfonos, pero parecía que ahora sólo usaban Internet como una manera de concertar una hora y un lugar para quedar cara a cara. Su interés en libros y en cine había crecido exponencialmente. Al igual que las llamadas a los padres.
Los profesores telefonearon o quedaron con los padres más veces que en toda la historia de la escuela. Era una epidemia. Pillaban a los estudiantes intercambiando notas escritas en lenguas e incluso sistemas de escritura muertos. Un par de chicas comenzaron a cubrirse el cabello. Un grupo de cinco alumnos decidió no comer el menú del comedor cada vez que hubiera un producto porcino o ciertos mariscos. Trece estudiantes se pasearon por la escuela regalando a sus compañeros y a unos pocos profesores tulipanes sin motivo aparente. Estudiantes modelo como Denis Baker adquirieron el extraño hábito de murmurar «crickey» cada vez que algo les sorprendía o no ocurría como habían planeado. Padma Khatri salía de casa con la frente limpia y en cuanto pisaba la calle se pintaba aquel punto negro sobre ella.
Alex también había cambiado. Sus padres lo notaron. Nunca le habían visto leer tanto como lo hacía ahora.
Libros cuya portada cambió para que no se viera que estaban escritos en italiano.
No todos los adultos estaban desconcertados o enfadados. La bibliotecaria local les mostró un depósito a rebosar de libros en inglés y les permitió llevarse cuantos quisieran, porque estaba encantada de que alguien fuera a darles uso después de tantísimo tiempo. Muchos niños tenían un padre, abuelos, tíos, primos mayores, que les hablaban en las lenguas extintas, les daban material. El abuelo de un chico de noveno curso los invitaba a que se sentaran en su porche y contaba leyendas de los nativos americanos a quien quisiera oírlas. Alex conoció a miembros de una antigua asociación italoamericana que le contaron muchas historias sobre Italia que alimentaron su curiosidad y su espíritu: que el abuelo de Italia fue el mayor imperio de la historia, Roma; que la bandera que solían tener contenía verde en representación de la esperanza, blanco por la fe y rojo por la caridad; que las gafas, las pilas, la radio, el teléfono, el periódico, los bancos y los pianos eran inventos italianos...
¡Y tantas otras cosas que quería aprender, de Italia y de todos! La curiosidad lo llevó a extremos que habrían podido ser considerados arriesgados.
Como, por ejemplo, sus padres podrían haber vuelto en cualquier momento, y podrían haberlos encontrado a él y a sus amigos con banderas pegadas a las camisetas.
— ¡Preparados...! ¡Listos...! ¡YA!
Era mucho más espectacular en los vídeos de los noventa que habían encontrado, pero aun así su versión era divertida. Los nueve niños corrieron de un extremo del patio al otro, cada uno representando a un país. Lindsay Morton, que tenía fama de honrada, arbitraba la carrera.
— ¡Etiopía gana! ¡Jamaica es segundo y Estados Unidos de América, tercero!—declaró.
Etiopía, es decir, Vince Anderson, lo celebró cayendo de rodillas y haciendo un gesto al cielo.
Las medallas eran de chocolate, de la tienda que había unas calles más abajo.
Estaba a punto de comenzar la carrera de salto de valla cuando la sirena de un coche patrulla los dejó congelados.
Estaban haciendo algo malo y estaban convencidos de que los polis iban a por ellos.
— ¡CORRED!—gritó Omar, cogiendo a su hermanita en brazos.
Rápidamente, todos los niños se dispersaron, arrancándose aquellas banderas comprometedoras de la ropa.
Alex corrió adentro y cerró las cortinas. Se asomó de cuando en cuando para ver cómo el coche patrulla reducía la marcha y apagaba la sirena.
Los agentes estaban conversando. Uno le dijo algo al otro. Quizás sospechara que los niños estuvieran por ahí cerca, escondidos. El coche condujo lentamente, para que pudieran echar un buen vistazo a la zona. Alex se escondió debajo de la ventana para que no lo pillaran. Una vez dejó de oír ruido alguno desde el exterior, se atrevió a volver a mirar. Se habían ido.
Chun-Yan, por otra parte, caminó junto a ellos y no se perturbó en lo más mínimo. Simplemente los miró mientras buscaban.
No llevaba maquillaje, ni los pechos falsos, y aun así conservaba esa feminidad que le hacía parecer una mujer. Tenía parte del pelo suelto y un moño con forma de flor sobre la coronilla. Su camiseta era lo suficientemente ancha como para que se quedara un buen trozo de espalda al aire.
El corazón de Alex dio un vuelco. Una enorme cicatriz la cruzaba de abajo hacia arriba.
Él había visto esa cicatriz antes...
— China...—musitó sobrecogido.
¡Una nación! ¡Una nación de verdad! ¿Qué estaba haciendo en su barrio?
Lo vio pasar por delante de su ventana y luego detenerse frente a la casa del señor Braginsky para quedarse mirando la fachada durante un largo rato. Chun-Yan, así lo vio, miró a su alrededor, luego se acercó a la puerta con el paso delicado, silencioso y sigiloso de un gato. Estuvo a punto de llamar y pareció cambiar de idea. Antes de eso, espió a través de las ventanas.
¿Qué estaba haciendo una nación en casa de Ivan?, se preguntó Alex.
Quizás solía trabajar para el antiguo gobierno chino y lo había ayudado a escapar...
Alex no sabía qué iba a hacer con toda la información de la que estaba siendo testigo, pero una cosa estaba clara: su vecino siempre había sido bueno con él y con sus padres, y nunca lo iba a poner en un aprieto. Si China había venido a él buscando ayuda, si él lo escondía en su casa...no se lo diría ni a un alma.
Pero ¡espera! Algo inesperado ocurrió. ¡China se estaba colando en la casa de Ivan!
China probablemente pensaba que estaba solo. Alex lo vio forzar una de las ventanas del piso inferior. Hizo ruido, pero no el suficiente como para alertar al vecindario; podría haber sido ignorado fácilmente. Gracias a su fuerza o a quizás una técnica muy pulida, China consiguió abrir la ventana y se deslizó dentro con la gracilidad de un felino.
Los invitados no entran por las ventanas...
...¿Quizás Ivan ayudó a quienes los destruyeron?
En verdad, ¿qué sabían sobre Ivan? No mucho. Sólo sabían que vivía solo, apenas hablaba con nadie, que vino de Rusia y conocía a una vieja nación. ¿Y si...fue miembro de aquel movimiento que hizo desaparecer a las naciones? ¿O un político o...algo así? Le había dicho aquella noche en su conversación a través de la ventana que Rusia estaba mejor muerto, pero por lo que le contó sobre otros, Alex no creía que hubiera sido capaz de hacerles daño...Entonces ¿quizás los estaba protegiendo? Si China estaba vivo, quizás fuera porque tuvo a alguien que le ayudó.
Alex no tenía ni idea, pero algo no iba bien.
Ivan no estaba en casa. Su coche no estaba aparcado.
Era posible que lo mejor que podía hacer era buscar ese coche patrulla y contarles lo que acababa de ver. Ahora que no tenía la bandera italiana en el pecho y sus amigos se habían ido, ya no era sospechoso de nada.
...Tenía un mal presentimiento, y debía hacer algo rápido...
...¡Muy bien, lo haría él mismo!
Agarró la figura de bronce de una bailarina que usaban como sujetalibros y salió de casa.
Qué podría hacer una figura de bronce contra una nación que había luchado en miles de batallas, no lo sabía. Y no sabía si su especie tenía alguna clase de superpoder. No recordaba haber leído nada al respecto, pero ¡quién sabe! Aun así, marchó hacia la casa de su vecino. No estaba convencido de lo que estaba haciendo, pero no iba a dejar que le pasara nada malo a Ivan.
Y por eso salió de su casa tan silencioso como pudo para no ser descubierto, y siguió los pasos de China, saltando la valla y metiéndose por la ventana rota.
No oyó ningún movimiento en la casa, ningún sonido. ¿Adónde había ido China? Tenía que estar allí...a no ser que todo esto no hubiera sido más que una alucinación o paranoias suyas. Pero la ventana había sido forzada, realmente había alguien en la casa.
Por cierto, el pequeño Russo no pudo evitar sentirse fascinado por el lugar que lo rodeaba, porque, ahora que lo pensaba, el señor Braginsky nunca tenía visitas, y ni siquiera él había visto más allá de la entrada. Aunque había sido construida siguiendo el mismo diseño que su propia casa, la de Ivan parecía más grande porque estaba casi vacía. No tenía decoración, ni cuadros en las paredes, ni plantas, ni libros, ni comodidad alguna; tan sólo lo que una persona necesitaba para vivir. Ni siquiera tenía televisión. «Creía que tenía un buen empleo, ¿por qué vive como un ermitaño?», pensó Alex.
China estaba por allí, en alguna parte, acechando en la oscuridad...Alex inspeccionó toda habitación con la que se topó. No podría haberse escondido: había tan pocos muebles que habría sido muy difícil. Subió las escaleras y abrió una puerta, la del dormitorio, que consistía en una simple cama y un pequeño tocador, nada más. Sobre la cama descansaba una larga bufanda blanca.
De pronto se escuchó un ruido, una puerta que se abría y se cerraba.
¡Ahí! ¡Corre! Alex corrió a meterse en el cuarto de las escobas.
Tenía que pillar a China por sorpresa, pillarlo cuando no se esperara compañía.
Cerró la puerta justo cuando alguien hizo su aparición. No era China, sino el señor Braginsky. Lo vio quitarse la chaqueta con un suspiro cansado y estirarse.
¿Debería salir y advertirle de que...? Sí, seguramente...
El señor Braginsky subió despacio las escaleras, evidentemente agotado, y Alex lo siguió. ¿Cómo podría presentarse ante su vecino sin provocarle un infarto? Probablemente no le quedaba otra más que asustarlo. Mejor él que China. Alex iba a abrir la puerta, después de asegurarse de que China no aparecería, cuando se detuvo.
El señor Braginsky, después de evacuar, abrió el espejo para coger lo que parecía una toallita y comenzó a limpiarse la cara con ella con delicadeza.
Algo realmente extraño sucedió. Alex vio con sus propios ojos cómo sus patas de gallo, arrugas, toda imperfección de su cara se borraba, y cuando terminó no parecía un hombre de medio siglo de vida, sino rozando los veinticinco años.
El vecino se dio la vuelta y el niño corrió a esconderse en una de las habitaciones aledañas, mientras él bajaba las escaleras y se encaminaba hacia la cocina.
¿Qué acababa de pasar? Alex no sabía qué había visto, y aquello, lo que fuera, lo llegó a hacer olvidar para qué estaba allí. Siguió lentamente a Braginsky y lo vio inspeccionando la nevera, dudando al parecer sobre qué comer o si tenía ganas de comer en absoluto.
— Hola...
No sólo soltó una exclamación el señor Braginsky, Alex también se asustó al oír aquella voz hablar de repente en el interior de la cocina. El vecino cerró la puerta del frigorífico y Alex por fin encontró lo que buscaba. China, vestido esta vez de hombre, sin forzar la voz, miró a Braginsky con una media sonrisa y con los ojos marrones brillando de una forma que no auguraba nada bueno.
— Has vuelto a casa tarde. ¿Un día duro en la oficina? ¿Un atasco? Pero no pasa nada. He esperado veinte años, no me importa esperar un poco más.
— China...—dijo el señor Braginsky en un murmullo apenas audible.
— Ah, qué bueno que no te hayas olvidado de mí. Si después de todos los años que he tenido que aguantarte lo hubieras hecho, me habría sentido ofendido—Chun-Yan avanzó unos pasos hacia él y Braginsky retrocedió otros tantos.
— Creí que tú estabas...—quizás fuera el miedo que lo invadió, pero Alex pensó que la voz de su vecino sonaba rara, más aguda y suave de lo normal.
— ¿Dentro de un ataúd a dos metros bajo tierra? Oficialmente lo estoy. No voy a negar que me conviene que todos piensen que me estoy pudriendo en un cementerio en mitad de la nada; me da libertad para obrar. Eso te habría encantado, ¿verdad? Enterrarme literalmente—luego Chun-Yan puso morritos de forma burlona—. ¿Y esa cara, Rusia? ¿No te alegras de ver a un viejo amigo?
Aquella palabra cayó sobre Alex como una losa. Aquella palabra le trajo tantas sensaciones al mismo tiempo...El rugido de los tanques, la ventisca de un invierno gélido, el golpe metálico de una tubería del dolor, la risa al participar de juegos sádicos. Las piernas le temblaron al recordar la crudeza con que los libros habían descrito tanta crueldad. Una sensación muy fría le entumeció los huesos. Su cuerpo tembló.
Rusia.
Ivan Braginsky, ahora Rusia, se quedó mudo durante unos momentos, hasta que consiguió volver a hablar.
— ...Cómo me has encontrado...
— Oh, he tenido tiempo de sobra, ya sabes, después de que nuestras vidas se fueran al garete por tu culpa.
— Yo no hice nada, China...
— ¿Nada? Oh...Claro...Para ti, la realeza británica era menos que nada; matarlos tuvo que ser tan insignificante, como quitar las sobras del plato...
— Yo no les maté...Por favor, escúchame...
— No—la sonrisa de Chun-Yan se esfumó y fue reemplazada por un gesto que no podía siquiera mostrar el odio que bullía en su interior—. Tú me vas a escuchar. Todos sabemos lo que hiciste. Te uniste al Movimiento por un Gobierno Global y nos vendiste a todos. Puede que no les hubieras puesto la mano encima a esa gente, pero dejaste que la turba los aniquilara.
— No...—gimió Ivan, sacudiendo la cabeza.
— Hackeaste el teléfono de la Reina y controlaste cada uno de sus movimientos. Esperaste a que todos estuvieran juntos e indefensos para decirle a la masa dónde encontrarlos...
— ¡No!
— ...y luego te escondiste como la rata que eres. Sabemos que lo hiciste. Pero no te esperabas que esos sublevados fueran a ir a por ti también, ¿no es cierto? ¿Qué te prometieron? ¿Que todos seríamos uno contigo? ¿Que te dejarían gobernar el mundo en solitario? Fuera lo que fuera lo que te prometieron, no lo cumplieron, y tú tuviste que esconderte como todos los demás. Bueno, no, tú lo tuviste peor. Porque tú te escondiste de todos, incluidas tus hermanas. Sabías que iríamos a por ti si se te ocurría volver a acercarte a nosotros...
— ¡Yo jamás habría hecho algo así! ¡Mis hermanas! ¡Ellos fueron a por mis hermanas también! Yo no odiaba a la familia de Inglaterra...No les odiaba...No quería que murieran...
— ¿Y qué te esperabas que les harían cuando los encontraran? ¡Ya sabías de lo que eran capaces! ¡Sabías que destruirían la monarquía más icónica del mundo! Inglaterra se puso del lado de América durante vuestra Guerra Fría, te espió para él. Ha estado de parte de todos los que han ido contra tus intereses. Y que él y su príncipe cuestionaran delante de todo el mundo cómo manejaste al Movimiento fue la gota que colmó el vaso...
— ¡Eso es mentira! Sólo dices eso porque estás enfadado y triste, pero no es verdad...No es verdad, China, no es verdad...
— ¡Claro! Todo es parte de un complot contra ti. Pero ya basta de cháchara.
De su espalda salió la hoja brillante de un enorme cuchillo de cocina, un cuchillo que Ivan reconoció como parte del inventario de su propia cocina, que sostuvo con los dientes apretados con anticipación.
— No, por favor...—dijo Ivan, retrocediendo.
— Eso es...Suplícame...Suplícame que no te mate...—Chun-Yan respiraba pesadamente a medida que se iba acercando.
— Puedo explicarlo...La única razón por la que huí fue porque sabía que no me creeríais...Pero si me dejas...
— No voy a escuchar ni una sola palabra que salga de tu sucia boca. Nos has matado a todos. Ahora yo voy a matarte a ti. Tan simple como eso. Y, créeme, si yo no lo consigo, alguien lo hará. El mundo entero quiere darte las gracias por habernos quitado nuestras vidas, Rusia.
Ivan era más alto que Chun-Yan, pero parecía incapaz de defenderse. Retrocedió hasta tropezar y caer contra los primeros peldaños de las escaleras. No se levantó. Pálido, vio cómo Chun-Yan preparaba el cuchillo y se acercaba lentamente, como el gato que juega con el ratón antes de devorarlo. Después de veinte años, no quería hacer las cosas con prisas.
— Ya sabes que normalmente me gusta ir al grano, pero pienso tomarme mi tiempo...Ya que tenemos montones de asuntos pendientes tú y yo, y quiero disfrutar cada segundo de esto...
Y no habló ya más. Estaba a punto de lanzarse sobre él cuando algo ocurrió, Ivan no fue consciente de qué hasta pasados unos segundos. Vio a Chun-Yan yaciendo sobre el suelo, inerte, con la cabeza rota debido a que algo había caído del techo sobre su cabeza. Una figura de bronce de una bailarina, que ahora estaba sobre un charco de sangre. Se levantó para encontrarse con su vecinito, que bajaba las escaleras a su encuentros. Entonces sintió frío, más frío del que el General Invierno le había hecho sentir en su vida.
— ¡Alex...!—exclamó.
Siempre le había parecido tan grande y ahora...Se cubrió la boca, volvió a retroceder, como si quisiera salir huyendo de allí, pero al final no lo hizo; balbuceó algo antes de hiperventilar.
— Yo...esperaba que nunca supieras...No quería que te enteraras de esta manera...No...S-Sé que he hecho cosas que no podrían perdonarse ni en cinco vidas, pero...La familia real no fue la única que murió esa noche...
El hombre sollozó, las lágrimas comenzaron a brotar. Evitó mirar al chico, pero él seguía clavándole la mirada y sus ojos le hacían daño como si fueran dagas.
— ¡Lo que ha dicho China no es verdad! ¡Yo no quería que les pasara nada malo! ¡Y no he venido hasta aquí para hacerte daño a ti o a nadie! No pude ayudarlos...Hice lo que pude y fracasé...Todos pensaron que yo estaba detrás de su muerte...Pero te prometo que no tuve nada que ver...Te lo juro por mi vida; es lo único que tengo...Tuve que esconderme durante algún tiempo, hasta que conseguí una nueva identidad, y me mudé aquí...Tus padres no estaban ni siquiera casados cuando vine a vivir aquí...Yo sólo quería...quería...La verdad es que yo sólo quería morirme, al ver cómo el mundo se derrumbaba y las naciones dejábamos de ser bienvenidas...Pero entonces...Tus padres se mudaron a la casa de al lado, viniste tú, comenzaste a crecer y...en tu primer día de escuela, Alex, ¿te acuerdas?, cuando nos cruzamos y me miraste con aquella sonrisa y me dijiste a mí y a todos con los que te cruzaste que ibas al cole a aprender a sumar...Cuando vi que no me encontrabas amenazador en absoluto...Pensé...Que era perfecto...¡Sí, era perfecto! ¡Tú y tus amigos creceríais sin saber qué hice, qué era...! ¡Pensé que era un regalo del cielo, una...una segunda oportunidad para aprender a ser un buen amigo de verdad, y cuidarte bien, y...! ¿N-No he sido un buen vecino todos estos años? He hecho todo lo que he podido para hacer las cosas bien esta vez...¿No necesitasteis alguna vez azúcar, sal, huevos? ¡Yo os los di! Me hice cargo de ti muchas veces cuando eras pequeño y tus padres no tenían con quién dejarte...¡Siempre que quisisteis! Nunca te conté quién era porque tenía miedo de que te asustaras de mí y me dejaras solo otra vez..¡Hice todo lo que pude para...!
Alex lo interrumpió aproximándose inesperadamente. El adolescente miró a sus ojos encharcados y tras un segundo de silencio, lo estrechó entre sus brazos.
— Sé lo que has hecho...Y te perdono, Rusia.
Las manos de Ivan lo mantuvieron pegado a él mientras unos hipidos callados escapaban de su garganta.
El frío dio paso a un hermoso calor...
Un sonido interrumpió aquel momento. Chun-Yan estaba gruñendo y comenzó a moverse.
— Vete a casa—Ivan lo soltó, sorbiéndose la nariz—. Vamos, yo me ocupo de él.
Alex dudó, no se movió mientras Ivan se acercaba a él, se ponía de cuclillas enfrente suyo para contemplar sus esfuerzos por levantarse.
— Oh, China...—murmuró con inmensa compasión.
Sarah miró por la esquina primero.
— Vale, ya se han ido. ¡Démonos prisa!
Tan sólo tenían que seguir la calle hasta llegar al paso de cebra, luego doblar a la derecha, cruzar un par de calles más y llegarían a la fábrica. Lo único que tenían que hacer era moverse rápido.
Pero Kiku se detuvo de repente.
— ¿Qué haces? ¡Vamos!—dijo Sarah.
Pero un escalofrío le había recorrido la espalda; sólo había que mirarlo para darse cuenta. Lo vio volver la cabeza hacia la casa que había frente a ellos.
— Espera...Allí hay...—musitó.
— ¡Sea lo que sea, no importa! ¡Vamos!—le dijo Sarah.
No escuchó. Obedecía a un instinto más fuerte que su razón.
Se acercó a la puerta, dudó por unos instantes y luego llamó.
Alex e Ivan volvieron la cabeza hacia la puerta.
— Oh, mierda—exclamó Alex, ahora que su madre no estaba allí para quejarse de su lenguaje.
Chun-Yan trató de mantener los ojos abiertos, se quejó.
— ¡T-Tenemos que esconderlo!—dijo Alex a Ivan.
Volvieron a llamar. Parecía que no podrían fingir que no había nadie en casa. Además, Ivan tenía el presentimiento de que debía abrir la puerta.
— ...Yo me desharé de él...—susurró a Alex.
El chico asintió y agarró a Chun-Yan de los brazos para intentar sacarlo de allí.
Ivan tuvo la precaución de abrir sólo un resquicio, lo suficiente como para ver qué quería este individuo.
Al verlo, la abrió más.
— ...Japón...—murmuró.
Kiku no necesitó decir su nombre porque sabía quién era este hombre alto y barbudo. Sus ojos se fijaron inevitablemente en la persona que yacía sobre un charco de sangre. También reconoció a quien una vez llamó hermano.
— Pero qué...—musitó Sarah al ver la escena.
