El Kremlin parecía un edificio fantasma, del silencio que imperiaba. Pero el Presidente Olyanovski seguí allí. Rusia estaba seguro. Porque no se habría ido sin avisarle. Quiería irse a casa al considerar que ya habían hecho suficiente por ese día, así que lo buscó. Su búsqueda fue infructuosa. No estaba en su oficina, ni en la suya propia, ni en los servicios.
Hasta que abrió la puerta correcta. La habitación de la fotocopiadora.
— ...Ha llegado la hora. Os mando la posición. Está con la familia al completo...¡Pues matadlos a ellos también, claro! ...Esa panda de indigentes sabe qué debe hacer, tú limítate a hacer tu trabajo...¿Nuestro contacto? Sí, dale la cantidad apropiada y cantará como un petirrojo...Ciérrale la boca para siempre y haz parecer que se ha suicidado. Y traeme el dinero de vuelta. Ese vándalo apestoso me ha costado una fortuna...¿Por qué te preocupan tanto esos dos? Ya te he dicho que no hay que temer nada de China. Le tienes demasiado miedo. ¿No ves que su casa y la nuestra son amigas desde hace mucho? ...Sí, tiene más de seis mil años; creo que ya ha vivido bastante...Tú eso déjamelo a mí, ¿quieres? Y lo mismo por Estados Unidos. Tengo a gente en todas partes. Les echarán el guante, tarde o temprano. No van a descubrir nada, ni van a abrir la bocaza. ¿Tanto miedo tienes de que te pillen? Ya sabías los riesgos; si no, no haberte metido...
Rusia, con un suave empujón, abrió la puerta y se quedó allí, inmóvil. El señor Olyanovski se dio la vuelta y se calló de sopetón. Él también pareció convertirse en una estatua.
— ¿...Vitali?
El presidente abrió la boca pero volvió a cerrarla. La nuez del humano se movió de arriba abajo frenéticamente cuando Rusia finalmente se acercó, lenta y amenazadoramente, como una tormenta.
— ¿...Qué significa esto?...
— ...¡Seguridad!—gritó Olyanovski.
Rusia tuvo tiempo de abalanzarse sobre su presidente y lo estaba estrangulando con sus propias manos cuando lo agarró un grupo de hombres. ¡Sus hombres!
— ¡¿Qué hacéis?!—chilló. Mandó a un par de ellos al suelo de un empujón, pero entraron tantos que pronto se vio en inferioridad de número y fuerzas—. ¡¿Qué es todo esto?!
Olianovski se levantó del suelo tocándose el cuello, jadeando para coger aire, con la cara roja. Sacudió la cabeza y miró a su nación con frialdad.
— Lo siento, Rusia...Sólo son negocios...
¿Qué? Rusia trató de ponerse en pie, pero los guardias que se suponía que vivían para protegerlo lo mantenían contra el suelo.
— ¡Dubrovka! ¡2002! Allí estaba mi padre...Lo mataste como a un perro...Su nombre era Isaak Mihailovich. Que se te grabe bien en la cabeza. ¡Hoy se le va a hacer justicia!—uno de sus guardias le habló al oído con rabia, tanta que Rusia supo que había algo más que una pura motivación materialista, que era ahora cuando todo lo que él ignoraba o había preferido ignorar salía a la superficie. Que nadie iba a ayudarlo.
Y como vio que nadie iba a ayudarlo, luchó. No consiguieron reducirlo durante mucho tiempo. ¡Tenía la fuerza de un oso! Rusia consiguió ponerse en pie y lanzó puñetazos a diestro y siniestro hasta conseguir librarse de ellos y echar a correr.
— ¡Cogedle! ¡Rápido! ¡No dejéis que escape!—gritó Olyanovski.
Un guardia pasó por su lado sin verlo. Rusia esperó a que se perdiera de vista para salir de su escondite y correr hacia su coche, aparcado justo donde lo dejó esa mañana. Estaba tan nervioso que no atinaba a meter la llave en el contacto. Todo en lo que podía pensar era en Inglaterra y en su familia. ¡Tenía que advertirlos!
Se sintió enormemente aliviado al ver que no había perdido el teléfono durante la huida. Marcó rápidamente el número de Inglaterra.
Vamos, vamos, Inglaterra, cógelo, cógelo...¡CÓGELO, MALDITA SEA!
No contestó.
Lo intentó de nuevo, con el mismo resultado. Y una vez más. Nada. Lo intentó trece veces seguidas, pero Inglaterra no contestaba.
Esperó que eso no significara que era demasiado tarde. Rezó porque no fuera así...
Cambiaron de estrategia, al ver que era inútil. Llamó a alguien cercano. Irlanda, Escocia, Francia...¡quien fuera! ¡Quizás ellos sabían dónde estaban o tuvieran más suerte!
Rusia se detuvo en un semáforo en rojo, sintiendo que apenas podía respirar. Los otros coches y la gente a su alrededor no parecían prestarle atención...Nadie lo perseguía...Bien...
Una impresión que duró poco. Justo cuando el semáforo se puso en verde, un coche patrulla que se encontraba detrás de él encendió las luces y activó la sirena. No tuvo tiempo de llamar. Tenía que escapar de ellos.
Casi provocó un accidente, pero salió huyendo de la policía. E hizo bien, puesto que lo estaban persiguiendo. Al igual que él, no dudaron en poner en peligro a los otros conductores con giros bruscos e ignorando todas las señales para atraparlo.
No obstante, gracias a esto el coche patrulla se estrelló contra otro vehículo. Los agentes salieron y continuaron la persecución a pie. Esto dio a Rusia ventaja para escapar.
Ya que su coche había sido identificado, lo abandonó en la calle más cercana y salió corriendo. Pero había un problema: sería fácil reconocerlo. Por tanto, se detuvo un momento en un mercadillo para turistas cerca de allí. Aprovechando que uno de los vendedores estaba ocupado con un cliente, robó un ushanka y un abrigo marrón. Le dio al primer mendigo con el que se topó el suyo propio. Escondió su bufanda en su interior. Subió el cuello hasta que apenas quedó un resquicio visible de su cara.
Vagó por las calles fingiendo que era un simple peatón. De nuevo trató de llamar al primero que estuviera en su lista de contactos.
Como estaba distraído, se chocó contra una multitud agolpada frente a un bar. Todos miraban la televisión con atención. No había razones para ello: Moscú acababa de despertar, aún no había podido ocurrir nada interesante, no había fútbol en esos días...A no ser que algo hubiera ocurrido...Así que Rusia miró, deseando con toda su alma que América hubiera hecho el idiota otra vez, que algún famoso se hubiera muerto, pero no...no...
«¡Como les hemos estado contando, tenemos noticias inquietantes desde Londres: la familia real británica ha sido linchada por una turba! ¡Un gran número de personas ha asaltado el Palacio de Buckingham y ha atacado a la Reina y a su familia cuando trataban de escapar! ¡Hay muchos muertos! ¡La Reina ha sido asesinada! ¡Acaba de confirmarse que el príncipe heredero también ha resultado muerto! ¡La información que nos llega es muy confusa! ¡Hay un vehículo en llamas y otros miembros de la familia real podrían estar ahí dentro!»
Estaba sin aliento después de la carrera, y sus pulmones parecieron contraerse al oír la descripción de lo que había encontrado la policía británica, las imágenes tomadas desde un helicóptero del Palacio de Buckingham, rodeado de agentes, con una bola de fuego que los bomberos estaban extinguiendo, y cuerpos que yacían en el suelo cubiertos con mantas.
¡Demasiado tarde! ¡DEMASIADO TARDE!
La gente a su alrededor murmuraba, demasiado sobrecogida para alzar la voz. Rusia quiso gritar, pero no fue capaz.
¿E Inglaterra? ¿Le habían hecho algo a Inglaterra? Quiso preguntarle a la presentadora, ¡necesitaba saber si al menos había conseguido salvarse! Pero no podía quedarse allí. No podía quedarse allí ni en ninguna parte.
Miró a su alrededor por si seguían persiguiéndole. Se tragó los jadeos, las lágrimas, y se alejó aprisa, escondido bajo el abrigo...
Todos se quedaron callados como tumbas cuando Ivan terminó su relato. Durante un buen rato, nadie se atrevió a decir nada.
— Y ahora Olyanovski está muerto—Kiku fue el primero en acabar con ese silencio, con un suave murmullo—. Lo mataron hace más de una década.
Ivan alzó la cabeza y respiró hondo.
— Me alegro—declaró.
— Lo encontramos hace poco. La Agencia reclamó sus restos para hacerle la autopsia e identificarlo. Supe que era él por su anillo. Creo que es por eso por lo que me persiguen. Porque sé quién es, y quieren que siga siendo un secreto...Un crimen de estado...
— No me sorprendería que Corso lo hubiera ordenado...—Chun-Yan habló por primera vez en mucho tiempo. Alex y Sarah no le quitaban los ojos de encima. La sangre le caía por la cara dejando un rastro seco que no se molestó en lavar. Estaba herido. Con cierta gravedad. Y no parecía encontrarse muy bien. Pero permaneció sentado junto a Ivan sobre los peldaños de la escalera y escuchó—. Las fechas coinciden con su ascenso al poder. Olyanovski preparó su campaña para la presidencia después de Martina Arias. Tenía todo a su favor, porque era asquerosamente rico y podía comprarlo todo y a todos. Nunca habría abandonado su intención de gobernar el mundo...No, esos 'problemas de salud' eran en realidad un tiro en la cabeza. Fue muy conveniente para Corso que desapareciera para siempre...No tenéis ni idea de la censura que ha imperado estos veinte años. Al menos con Chang y con Arias se limitaban a llevar a los tribunales a todo el que osara criticar al nuevo orden. Corso ha tomado medidas más drásticas. Desde que ella es Presidenta, ha estado eliminando a todos lo que se han atrevido a compensar su falta de transparencia...He perdido la cuenta de a cuántos opositores y periodistas he visto morir...
— Creo que mi joven amigo Alex es demasiado tímido para pedirte perdón por haberte hecho daño y aconsejarte que vayas a un hospital, China—dijo Ivan, y Alex se sintió a la vez avergonzado y agradecido de que se hubiera dado cuenta.
— Acepto tus disculpas, pero no, no quiero ir al hospital. Sólo quiero acabar con esos hijos de perra—dijo Chun-Yan, poniéndose en pie con un poco de dificultad.
— ¿Cómo es que aún no has sanado?—le preguntó Kiku.
— Ya sabes por qué. No somos nada, ¿recuerdas? Nos han reducido a nada. Así que el aguante que hemos estado disfrutando todo este tiempo se ha desvanecido—dijo Chun-Yan.
— ...Alemania debe saber esto...Todo el grupo debe saberlo...—murmuró Kiku.
— ¿Alemania? ¿Has hablado con Alemania?—preguntó Ivan.
— ¿Qué grupo?—quiso saber Chun-Yan.
— Os lo contaré más tarde. Primero, debemos ir a Roma—dijo Kiku—. Espero no haber puesto en peligro a nadie más...
Estaban a punto de salir de la casa cuando se dieron cuenta de que los niños, de quienes prácticamente se habían olvidado, seguían allí.
— Sarah—Kiku se acercó a la joven—. Te doy las gracias por tu ayuda. Ha habido un cambio de planes.
— Ya lo veo...—murmuró Sarah.
— Desearía poder decir que estás más segura conmigo, pero ahora que sabes lo que soy, creo que estarás mejor sin mí.
— Sinceramente, no tengo ni idea de qué está pasando, pero parece importante...Tú ten cuidado, ¿vale? Si es verdad que habéis perdido vuestros...poderes mágicos o lo que sea...
Kiku asintió.
— No te preocupes: no le contaré nada de esto a nadie—dijo Alex a Ivan.
— Gracias—él le sonrió.
— Entonces...¿las otras naciones siguen vivas?
— Sí.
— ...Mola...
— Vete a casa ya.
Abrió la puerta para encontrarse a alguien en el umbral. Terry.
— ¡Kiku!—chilló.
Kiku soltó una exclamación. ¡Terry! ¡Estaban perdidos!
Chun-Yan e Ivan se preparaban para usar su fuerza para salir de este atolladero cuando Terry se acercó a Kiku para posar sus manos sobre sus hombros.
— ¡Me importa un carajo lo que seas o lo que hagas hecho! ¡No sé si es verdad todo lo que dicen, pero sí sé lo que he visto todos estos años! ¡Eres un tío honrado y el mejor compañero que uno podría desear! ¡Haré pedazos a quien intente ponerte la mano encima!
Kiku y sus compañeros necesitaron un momento para comprender el significado de todos estos gritos. Cuando por fin lo captaron, se relajaron bastante. Kiku sonrió.
— ¡Oh, Terry! ¡Gracias! ¡Escucha, debemos ir a Roma! ¡Sé que suena extraño, pero tienes que confiar en mí!
— ¡Confío en ti, tronco! ¡Muy bien, pues vamos a Roma! ¡Os despejaré el camino! ¡Subid al coche!
Volvieron la mirada hacia Sarah y Alex por última vez antes de irse. Los dos jóvenes se quedaron completamente patidifusos, mirándose el uno al otro sin saber qué hacer ahora, qué hacer con toda la información que habían recibido.
— ¿Qué...Qué hacemos ahora?—preguntó Alex.
— Pues...Parece que tenía yo razón desde el principio: todo este sistema está podrido...Tengo ganas de reventar algo. ¿Tú no?—respondió Sarah.
— ...¡Ven conmigo! Los chicos y yo tenemos un...pequeño club. Creo que te puede gustar.
— Lo peor ya ha pasado, pero esto es una señal que no podemos ignorar.
Peter se negaba a creer que la persona que yacía sobre la cama fuera Reino Unido, Gran Bretaña, el orgulloso Inglaterra. Arthur no parecía él mismo, tan pálido y rodeado de tantos cables.
— Lo que dijo durante la consulta y con lo que han arrojado las pruebas...Tenemos razones para pensar que la causa de esto radica en una insoportable cantidad de estrés sostenido en el tiempo.
Volvió los ojos hacia Gisele y la vio escuchar atentamente la explicación del doctor. Su chispa, su luz, se habían esfumado. Volvía los ojos hacia Arthur todo el rato.
— Se despertará pronto. No os preocupéis. Os sugiero que volváis a casa y descanséis. Quizás haya alguien que pueda...
— No...Nuestra madre está muerta. Él es la única familia que nos queda...—musitó Gisele. Incluso su tono de voz, normalmente alegre, sonaba sombrío.
— Comprendo. En todo caso, los dos deberíais descansar. Esto puede llevar un tiempo.
Ambos sabían sin necesitad de preguntarse que no iban a dejar solo a Arthur.
El doctor acarició el hombro de Peter en un intento por reconfortarlo y se marchó. Gisele entonces se acercó a la cama y allí se quedó, nada más que mirando a Arthur. Peter se acercó.
— Tiene razón en una cosa: deberías comer algo...—le dijo.
Gisele no dijo nada. Cuando Peter le cogió la mano, las lágrimas se le escaparon.
— ¿Has oído? ¡Una insoportable cantidad de estrés sostenido en el tiempo! ¡Tanto que le ha hecho trizas el corazón! Yo se lo he roto...¡Es culpa mía!
— ¿Qué dices? No ha sido culpa tuya.
— ¡Claro que sí! Ha trabajado mucho desde que abandonamos la isla para darnos un hogar y todo lo que necesitáramos; se aseguró de que estuviéramos a salvo; pasó por muchas mudanzas cada vez que algo ponía en peligro nuestra seguridad...¡Y yo me escapé de su control para hacer lo que me daba la gana, rompí sus reglas sólo para tocarle las narices...! ¡Él fue mi padre y mi madre y yo...! ¡Su corazón está tocado porque lo aguantó todo sin quejarse, y yo me he comportado como una niñata!
— Vamos, salgamos de aquí. Necesitas aire fresco...—Peter la empujó con suavidad.
— No, quiero quedarme con él...—gimoteó Gisele.
— Estará bien. Venga, que lo necesitas—insistió Peter.
Gisele se sorbió la nariz y miró por última vez a Arthur antes de obedecer por fin a su hermano mayor, saliendo con reticencia de la habitación de su mano.
— Vale, aquí estamos—dijo Alfred, haciendo pompas con el chicle que mascaba—. ¿Ahora qué? ¿Cuántas personas hay en esta ciudad? ¿Cuatrocientas mil? ¿Cómo vamos a encontrar a Inglaterra?
— Por undécima vez, confía en mí—dijo Francis. Él era quien estaba al volante, así que Alfred supuso que no tenía más remedio que dejar que él llevara la batuta.
— Ya verás: encontrará un rastro—dijo Matthew a su hermano desde el asiento trasero.
— ¡Exacto!
Estaba a punto se seguir derecho cuando de pronto se volteó, haciendo que los coches que iban detrás de él le pitaran y le llamaran lindezas.
— ¡¿Estás pirado?! ¡Esta no es la rotonda del Arco del Triundo!—se quejó Alfred, puesto que tenía razones para hacerlo: se había estrellado contra la ventanilla y mordido la lengua.
Pero Francis no lo escuchó. Sus ojos oteaban, mirando hacia la entrada del hospital.
— Mirad eso...—murmuró.
— ¿El qué? ¿Lo has encontrado?—Matthew plantó las manos sobre la ventanilla para mirar.
— ...Cabello castaño oscuro, cejas tupidas, ojos verdes, atuendo moderno sin perder ese cierto toque de sofisticación, perfume...Preciosas curvas...
— ¿...Inglaterra tiene curvas?—Alfred frunció del ceño, confuso.
Francis aparcó el coche de cualquier manera y salió escopetado del vehículo. Sus compañeros lo llamaron, pero él parecía haberse olvidado de ellos.
Peter miró a Gisele y se sintió aliviado de ver que había dejado de llorar. Se limpió las lágrimas con la manga de su chaqueta.
— Se pondrá bien, no te preocupes—trató de reconfortarla, frotándole el brazo.
— Los médicos han dicho...
— Bah, los médicos no lo conocen tan bien como yo. És...ya sabes quién. Nada malo le puede pasar.
Los dos se callaron y se sobresaltaron un poco al encontrarse a un hombre con las manos a la espalda junto a Gisele.
— Hola—dijo con voz melódica—. Permítame que la eche una mano, señorita—y le ofreció un pañuelo bordado.
— ¡Francis! ¡Deja de pensar con el pito sólo tres segundos!—Alfred le dio caza.
— Espera...Yo os conozco...Esas voces...—murmuró Peter. Se los quedó mirando, luego volvió los ojos hacia Francis—. ¿...Francia?
— Espera un momento...¡Ese es Sealand!—exclamó Matthew, rezando luego por que nadie hubiera oído lo que hablaban.
— ¿Sea...? ¡Oh, cielos! ¡Pero si eres tú!—eclamó Alfred.
— ¿Cómo? ¿Les conoces?—preguntó Gisele a Peter.
— ¡Sí! ¡Son como yo y Arthur!—respondió él.
— ¿Y quién es esta jovencita tan encantadora? Présentanos, pequeño, te lo ruego...—Francis no parecía tan contento de ver a Sealand como de haber encontrado a Gisele, no le quitaba los ojos de encima.
— Esta es Gisele—Peter miró a su alrededor antes de añadir en voz baja—. Es de la familia de Arthur...Ya sabéis...
Matthew miró con sorpresa a Gisele.
— ¿Quieres decir que ella es...?
Gisele asintió.
— ¿Y dónde está...Arthur, dices?—preguntó Alfred—. Hemos venido hasta aquí buscándolo.
Gisele y Peter intercambiaron una mirada. A Alfred no le gustó la manera en que lo hicieron.
Comprendió por qué cuando los llevaron a la habitación.
Alfred no fue capaz de cruzar la puerta. Se quedó mirando desde allí cómo Arthur yacía sobre la cama, con un montón de máquinas que monitorizaban sus constantes vitales, cómo tenía aspecto de estar muerto. Parecía que a él mismo le había partido un rayo.
Francis sí que se acercó. Su ligoteo y su buen humor se habían esfumado.
— Oh, Anglaterre...Siempre supe que serías el primero de nosotros en morir...—dijo con tristeza.
— ¿Eso te dijo?—preguntó Lovino.
Feliciano miró a su alrededor. Todos, absolutamente todos lo miraban. Asintió con un poco de nerviosismo.
Mimi se volvió un poco hacia Morgenstern:
— No me gusta. No me gusta ni un poquito.
— Debe de ser una trampa. Tiene que serlo—dijo Guido Pugliesi con absoluto convencimiento.
— Ciertamente. No vayas, Italia. No estamos seguros que cuáles son sus verdaderas intenciones—dijo Alemania.
— Nada bueno, eso seguro—dijo la señora Morgenstern, con los brazos cruzados y su ceño arrugado más arrugado que de costumbre—. ¿Por qué iba a indultaros a todos? Le es muy conveniente que vosotros desaparezcáis. Sin tradiciones, los humanos se vuelven individualistas, y solos son más fáciles de manipular. Sin historia, olvidamos lo que el pasado puede enseñarnos. Y sin que controléis a los gobiernos, la puerta queda abierta para tiranos como ella.
— Pero ¿y si es verdad? ¿Y si realmente quiere hacer las cosas bien?—preguntó Feliciano con timidez.
— No seas ingenuo. Tienen razón. Se lo han pasado muy bien sin nosotros, ahora sólo podemos arruinarles la fiesta—dijo Lovino.
— Tendremos que esperar y ver. Quizás anuncie algo estos próximos días—dijo Alemania a todos los presentes—. Japón ha llamado. Dice que está de camino. Y al parecer no viene solo. Trae consigo a Rusia y a China.
Sus palabras sorprendieron a todo el mundo. El gentío comenzó a murmurar.
— Al parecer, tienen algo interesante que contarnos—prosiguió Alemania.
— Me muero por escucharles—dijo Morgenstern, tratando de sonreír, pero, como siempre, fracasó en su intento de mostrarse contenta.
Estos anuncios crearon un clima de nerviosismo general. Los pasillos se llenaron de susurros. La gente miraba por la ventana más a menudo, como esperando algo. Algunos se volvieron parlanchines, otros enmudecieron.
Entre estos últimos estaba Feliciano.
— ¿No tuvo Rusia algo que ver con el asesinato de la Reina de Inglaterra?—comentó Lovino mientras cenaban—. Me pregunto cómo lo ha encontrado Japón y qué tiene que decir.
Feliciano no participó en ningún momento de la conversación. Su hermano se percató de ello y lo miró con seriedad.
— No se te ocurra ir allí. Que te conozco.
— Claro que no...—dijo Feliciano.
¿Era Rita tan terrible que todo el mundo desconfiaba de ella?
No podía serlo. Feliciano había oído cosas, visto cosas. Los inicios del gobierno global habían sido duros. No era fácil alcanzar la igualdad en todo el planeta, crear una estructura que llegara a todos los estratos. Los dos presidentes que la precedieron lo intentaron y no tuvieron mucho éxito. Pero ella trabajó muy duro y consiguió conseguir lo que el Movimiento quería. Una persona tenía en África las mismas oportunidades que en Europa. No había necesidad de emigrar a no ser que prefiriera el clima de otra parte del mundo, porque uno podía vivir en el lugar en el que nació; al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil mudarse buscando oportunidades para prosperar, porque no había más fronteras, más barreras. El mundo era próspero, vivía en armonía. Consiguió todo aquello que ellos no pudieron hacer en su día.
Feliciano sabía que lo había conseguido todo gracias a su inteligencia y tesón. No tenía intereses ocultos. No era un monstruo. Sólo era una mujer trabajadora que gozaba de todo su respeto. Recordaba cuando trabajaba para su hermano y para él. Nunca habían tenido una asistente más eficaz. ¡De cuántos problemas los había salvado! ¡La de trampas y pozos de los que los había sacado! Habría logrado fácilmente llegar a convertirse en su jefa de no haber decidido ella misma que su sitio estaba en otra parte.
Y si realmente no quería ayudarlos...Si de alguna forma los otros tenían razón y era una trampa..., él la convencería de que era tiempo de cambiar las cosas...
Feliciano sabía que debía ir al Palazzo della Cancelleria y por eso fue al baño, cerró la puerta y, sin hacer ruido, salió por la ventana.
Arthur abrió los ojos pasadas unas horas. La primera cara que vio fue la de Peter.
— ¡Mirad! ¡Ha abierto los ojos!—chilló el niño.
— Llevo un rato despierto...—murmuró Arthur, tratando de levantarse.
— ¡Nos has dado un susto de muerte, viejo! Eso te pasa por comer esas aberraciones a las que llamas scones—se le acercó Alfred.
— ¿Qué...? ...¿América?...Nah, debo de seguir soñando...
Para convencerlo de que no era así, Alfred le pellizcó un brazo. Arthur se quejó.
— ¡Imbécil!
— Ya tardabas—Francis se le acercó también con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.
— ¿Francia? ...Estoy en el infierno. He muerto y estoy en el infierno, ahora estoy seguro—gruñó Arthur.
Matthew esperaba que se diera cuenta de que él también estaba allí, pero al parecer no lo hizo. Los ojos de Arthur y de Gisele se cruzaron. Tras disimular una sonrisa aliviada, ella se apresuró a enfadarse.
— ¡Tiene razón, eres un idiota! ¿Cómo coges el coche si no te encuentras bien? ¡Ya te dije que no estabas bien! ¡Mira lo que pasa por no escucharme!—se quejó.
Peter y los otros sonrieron, porque sabían que estaba fingiendo. Sabían de sobra cuán preocupada había estado.
— Eh, bro, ve a por agua. Lo que le vamos a decir no le va a ayudar a sentirse mejor—dijo Alfred a Matthew.
— ¿A qué habéis venido? ¿Qué tenéis que decirme?—preguntó Arthur.
— Lo siento, pero no podemos ahorrarte el disgusto—le dijo Alfred—. Nosotros, las naciones, hemos perdido nuestra 'nacionalidad'. Estamos cambiando. Mira lo que te ha pasado. Dicen que tienes un problema del corazón.
— ¿...Y eso qué significa?—preguntó Gisele, mirando a su alrededor.
— Significa que hemos perdido nuestra inmortalidad—aclaró Francis.
— ¿Qué?—murmuró Peter.
— Mira al enano: está más alto, le está cambiando la voz. Nos estamos haciendo viejos. Vamos camino de la tumba—dijo Alfred— . Tú sabes de magia y de cosas raras. Tiene que haber una solución, ¿verdad?
Arthur necesitó tiempo para pensar.
— ...No lo sé...Creo que no...Fuimos creados por los humanos, ¿recordáis? Les debemos nuestra existencia. Si deciden que debemos morir...No está en nuestra mano cambiarlo...
— Vamos, piensa, debe de haber una manera...
— No lo creo...—repitió Arthur.
Alfred se paseó por la habitación.
— Mierda...—musitó una sola vez, y fue todo lo que dijo en adelante. Porque, esta vez, no iba a haber un final feliz.
Matthew vagó por los pasillos buscando una máquina expendedora. Encontró una y compró una botella de agua. De vuelta a la habitación, se encontró con un grupo de médicos, enfermeros y celadores que murmuraban.
— El tipo de la 104...
— He visto el tatuaje en su nalga...
— No hay duda, es él...
— ¡Inglaterra!
— ¿Y ahora qué hacemos?
Matthew no se quedó a oír más. Corrió a la habitación.
— ¡Chicos!—su grito fue tan suave que al principio no le oyeron. Tuvo que plantarse frente a ellos y chillarles en la cara para que le oyeran—. ¡Escuchad! ¡Lo saben!
— Ah, hola, Canadá—por fin se percató Arthur.
— ¡Saben quién es Arthur!
— ¿Quién?—preguntó Gisele.
— ¡El personal! ¡Estaban hablando! ¡Saben que es una nación!
La puerta se abrió y todos se quedaron callados.
Un grupo numeroso miró a Arthur.
— ...Es usted, ¿no es cierto? ...¡Inglaterra!—murmuró un hombre barbudo que parecía liderar el gentío.
Arthur se irguió un poco, listo para saltar de la cama. De hecho, todos se prepararon para huir.
Todos menos Gisele, la cual se decantó por atacar. Agarró gotero y lo usó como arma.
— ¡Apartad! ¡No se os ocurra acercaros!—gritó.
— Vale, vale, señorita, cálmese—una enfermera trató de calmarla.
— Gisele...—musitó Arthur, un tanto intimidado por esa muestra de agresividad.
— ¡No! ¡No vais a tocarlo mientras yo viva! ¡No os voy a dejar, ni a vosotros ni a nadie!
— Oooh...Adoro a las fierecillas...—ronroneó Francis...
— A esta no, gabacho—gruñó Arthur, retorciéndole un brazo.
— ¡No queremos hacerle daño, señorita!—insistió la multitud.
— ¡Nosotros somos británicos, señorita!—dijo un hombre, señalando a tres trabajadores aparte de él mismo.
— ¡Tan sólo estamos encantados de ver que sigue con vida! ¡El gobierno dijo que había muerto! ¡Pero aquí está, señor Inglatera! ¡Aquí está!—dijo una señora.
Gisele se calmó un poco, lo suficiente para permitirles la entrada.
— ¡Es él, es él!
— ¡Oh, gracias a Dios!
— ¡Es Inglaterra!
Todos querían verlo de cerca, incluso tocarlo. Algunos derramaron lágrimas de júbilo.
— Señor Inglaterra—dijo el hombre barbudo—. Nosotros tampoco permitiremos que le pase nada. Sentimos saber que está usted enfermo. Prometemos que haremos lo que podamos para curarlo.
— ¡Y luego volverá a casa y restaurará nuestro reino! ¡Esto es una mierda!—dijo un joven auxiliar.
— ¡Sí, vuelva a casa, señor Inglaterra! ¡Le echamos de menos!
— ¡El mundo es un asco si usted no está en él!
— Pero...¿no nos odiabais?—preguntó Peter, terriblemente confuso.
— ¿Odiarles? ¡Claro que no! ¡No nos juzguen por lo que hizo una panda de vándalos trastornados!—dijo alguien en el fondo.
— Los hemos echado de menos a todos ustedes—dijo una vieja enfermera.
Las naciones se miraron entre sí, comenzando a sentirse aliviadas y contentas.
— Yo...también echo de menos mi hogar...Y estaré encantado de regresar...Es decir, si realmente quieren que vuelva...—dijo Arthur.
— ¡Sí!—gritó la multitud.
— ...Bueno...En tal caso, tendré que complacerles...Quizás no sea tan indeseable, después de todo...
Volvió los ojos hacia Gisele.
— Y tú...En fin...La vida de un rey no es fácil. Si creías que tenías muchas reglas, no has visto nada...No quiero seguir asfixiándote...Eres libre de hacer lo que quieras con tu vida. Encontraré a otro...
Ella apretó los labios y le tomó las manos.
— No, Inglaterra. Quiero estar contigo, como hizo mi familia antes. Tú cuidaste de mí...Ahora yo voy a cuidarte a ti...
La gente comenzó a comprender quién era aquella chica. Sus caras mostraron sorpresa, admiración. Sí, comenzaban a ver parecidos en su cara.
— ¡Mary Elizabeth!—murmuró alguien.
— ¡La pequeña duquesa de Sussex!—dijo otro.
— ¿Volverán, verdad?—una mujer se acercó a Alfred—. ¿Volverán al lugar que les corresponde?
Alfred esbozó una sonrisa.
— Pues...Sí. Quiero decir...algo habrá que hacer, eso está claro. Si aún hay alguien, aunque sólo sea una sola persona, que aún crea que valemos la pena...¡Pues sí! ¡Señora, yo soy el héroe y yo lo haré!
La gente les aplaudió y ellos no pudieron creer que esto estuviera pasando.
Un hombre de cabello canoso se coló.
— Majestad—dijo a Gisele, haciéndole una reverencia—. Caballeros. Me llamo Joseph Levy. Si el señor Inglaterra está en condiciones de viajar, quisiera llevarlos conmigo. Hay alguien en Roma a quien ustedes deben ver.
Lovino zapateó con impaciencia.
— Por los clavos de Cristo, Veneziano, ¿estás soltando un mojón más grande que tú o es que te has muerto ahí dentro?
No hubo respuesta. ¿Se habría muerto de verdad?
— ...Si no estás muerto, háblame.
Nada.
Lovino empujó la puerta. No se abrió, así que lo intentó de nuevo, usando todo su peso. Un buen empujón y el pestillo se rompió.
No había nadie dentro, y la ventana estaba abierta.
— ...No puede haber...—comenzó a murmurar Lovino, y luego dejó escapar una exclamación consternada—. Sí que puede...¡ALEMANIA!—chilló, corriendo en su busca.
