Feliciano tenía el corazón desbocado. Sus pies, sus músculos, en definitiva, todo su ser le estaba pidiendo salir corriendo muy, muy lejos de allí. Apenas pudo resistirse a hacerlo. Cada vez que este impulso lo golpeaba, pensó en su hermano, amargado por su exilio, en Alemania, quien había tenido que esconderse como una rata durante dos décadas, en Ciudad del Vaticano, quien no podía ni bendecir a Dios en voz alta, y en tantos otros que tuvieron que dejarlo todo atrás y disimular lo que eran. Si hacía esto, era por ellos.

No sabía qué iba a decirles a los agentes de seguridad que hacían guardia a las puertas del Palazzo. ¿«Hola, la Presidenta quiere verme, a mí, un donnadie»? ¿«Soy Italia, estoy en la lista de los más buscados, la Presidenta dice que no pasa nada»? No parecían buenas formas de presentarse.

Por suerte para él, ella debió de verlo llegar, o lo esperaba a la hora convenida, porque en cuanto se acercó, ella salió del Palazzo, a su encuentro.

— Hola, Rita...—la saludó con timidez.

— Hola, Veneziano—le sonrió ella—. Sígame.

Seguían intimidándole los guardias, pero ellos se limitaron a mirarlo sin mover un dedo, así que supuso que no había nada que temer. Siguió a Corso hacia el interior del edificio, cruzó con ella los pasillos. Como supuso que estaba seguro, se quitó la horquilla y dejó en libertad a su rizo.

Corso abrió una puerta y le hizo un gesto para que entrara. Encendió las luces, mostrándole una amplia oficina; su oficina, eso era evidente, puesto que estaba muy ricamente decorada, sobre la mesa tenía un buen montón de documentos y un ordenador y detrás de ésta había una estantería que llenaba toda la pared. Se sentó en su lugar de siempre y pidió a Feliciano que tomara asiento frente a ella. Tomó algo de un cajón: una botella de vino y una copa.

— Barbaresco. Sigue siendo su favorito, ¿verdad?—le preguntó Corso con una sonrisa mientras le llenaba la copa.

— Oh, aún te acuerdas...Gracias—Feliciano sonrió también, y tomó el vaso.

Hizo una pausa para darle un sorbito y disfrutar de su sabor. No había bebido esta clase de caldos en mucho tiempo. Mientras lo hacía, echó un vistazo a su alrededor.

— Es muy bonito. Me alegro mucho de volver a verte, Rita, y de que te vaya tan bien. ¡Presidenta del planeta! Siempre supe que podías aspirar a más que a ser secretaria.

Corso esbozó una sonrisa.

— Sí. Eso mismo pensaba yo.

Dejó la copa sobre el escritorio, puesto que quería hablar de asuntos más serios.

— Lo triste es que no a todo el mundo le va bien. No tienes idea de lo que hemos pasado las naciones...

— Oh, sí, me lo puedo figurar...Es triste, muy triste en verdad...—Corso asintió compasiva.

— Estoy seguro de que los presidentes anteriores tenían buenas intenciones. No pienses mal: todos tenemos que asumir las consecuencias de nuestros actos...Pero seguro que comprendes...—Feliciano tragó, sintiendo una pequeña presión en el pecho—. Las cosas que dijeron de nosotros...Eso no fue del todo justo...Es muy fácil echarnos la culpa de todo...—tiró del cuello de su camisa para poder respirar mejor, mas no sintió demasiado alivio—. Los humanos nos creáis a vuestra imagen y semejanza, os quejáis de los defectos que nos dáis, que son los vuestros propios, nos cargáis con la responsabilidad, y luego os deshacéis de nosotros como si fuéramos basura...Como si fuéramos marionetas rotas...Lo siento, tú...sé que quieres cambiar las cosas...Eres una buena mujer...

— Coincido con usted, Veneziano—murmuró Corso.

— Uh...p-perdona...¿podrías...abrir la ventana un poquito?—preguntó Feliciano en voz baja—. Me siento un poco...

— ¿Indispuesto?—dijo Corso—. Sí. Es posible. Eso significa que la droga ha entrado en su sistema.

Feliciano parpadeó lenta y estúpidamente.

— ¿...Cómo dices?

Corso seguía sonriendo mientras decía con toda calma:

— Usted mismo acaba de decirlo. No son más que marionetas rotas ocupando un precioso espacio. Es hora de tirarles a la basura.


Aquellas nueve horas de vuelo sirvieron para que Chun-Yan, Ivan y Kiku se prepararan para lo que estaba por llegar, dejar que Chun-Yan descansara y se vendara la cabeza y contar a Terry todo lo que sabían. Kiku esperó con impaciencia para aterrizar para llamar por fin a Alemania.

— Alemania, estoy en Roma. Traigo...—comenzó a decirle nada más tocaron tierra, pero parecía que Alemania tenía algo más interesante que contar.

— ¡Llegáis justo a tiempo! ¡Tenemos un problema muy serio aquí! ¡Italia se ha ido a encontrarse con Corso!

— ¿Por qué haría algo así?

— ¡Dijo que ella quería hablar con él en privado, sobre una amnistía para todas las naciones!

— Eso suena a gato encerrado.

— ¡Eso le dijimos, pero él no ha hecho caso! ¡Tememos que quiera hacerle daño! ¡Romano y yo estamos de camino al Palazzo della Cancelleria!

— D-De acuerdo. Nos veremos allí.

Kiku colgó y miró a sus compañeros.

— Italia está en apuros. Ha ido al Palazzo della Cancelleria.

— Esa es la sede de la Presidencia, ¿por qué pensaría que es buena idea meterse allí?—exclamó Chun-Yan.

— Corso lo engañó. ¡Vamos, démonos prisa!

— Esto tiene mala pinta. Muy mala pinta...—murmuró Terry, corriendo el primero.


Un par de guardias entraron en la habitación y lo agarraron. Fue casi un detalle por su parte, porque se estaba cayendo de la silla.

— ¿..Qué...qué estás haciendo, Rita?—musitó Feliciano. No podía hacer nada de nada...Incluso pensar le parecía tan difícil...

— Lo siento, Veneziano—Corso se puso en pie—. Podría decir que es algo personal. Por todas las veces en que usted y su hermano trataron de acostarse conmigo...Por las veces en que sus bufonadas cuando su gente necesitaba que fuera firme y serio me sacaron de quicio...Pero no. Es simplemente que usted y su especie son un obstáculo para el proyecto del milenio.

Sacaron a Feliciano a rastras de allí y ella los siguió.


Levy recibidó una llamada de la señora Morgenstern mientras conducía. Contestó con el manos libres, de modo que todos los que estaban en la caravana escucharon la conversación.

Italia estaba en peligro. La felicidad por el encuentro inminente con sus viejos amigos se esfumó ante una noticia así.

— ¿Por qué confiaría en esa bruja? Ella jamás les permitirá volver...—murmuró Levy, sacudiendo la cabeza.

— ¿Va a matar a Italia?—preguntó Peter a los adultos, visiblemente preocupado.

— ¡No mientras tenga aire en los pulmones!—declaró Alfred, y se levantó del asiento para hablar con Levy—. ¡Llévenos al palacio! ¡Vamos a sacarlo de allí!

— ¡Ja! Está loco, ¿verdad?—respondió Levy.

— ¡Sí, lo estoy! Es hora de ser un héroe...

— Lo siento, América, pero no dejaré que te lleves todo el mérito. No pienso quedarme de brazos cruzados. No cuando se trata de Italia. Voy contigo—se le unió Francis. Abrió la ventanilla para encenderse un cigarrillo.

— ¡Yo también!—asintió Arthur.

— ¡De eso nada!—le dijo Gisele—. ¡Es un milagro que te hayan dejado salir del hospital! ¡No puedes ir!

— Tiene razón, podría matarte—dijo Francis, dando una calada.

— No me importa. No voy a quedarme mirando como un pasmarote mientras esa mujer lo mata. Además...—miró a Francis con el ceño ligeramente fruncido—. Tú también te has estado matando lentamente estos años. No estás en mejor condición que yo.

Francis no respondió. Gisele dudó.

— De acuerdo, entonces iré contigo—dijo finalmente.

— No, tú irás con Peter y el señor Levy.

— Yo también voy—se ofreció Matthew también, pero al parecer nadie lo escuchó.


— ¡VENEZIANO!

Quizás entrar llamando a un fugitivo en un edificio del gobierno no fuera la mejor forma de proceder, pero eso a Lovino le importó un pepino. No había nadie en las puertas para detenerlos, de todas formas. De hecho, el Palazzo parecía vacío. Los accesos estaban cerrados.

Saltaron la valla metálica sin que nadie los detuviera y corrieron adentro.

— Juro por Dios que voy a matarlo...—refunfuñaba Lovino.

Alemania redujo la marcha.

— Espera. Esto no me gusta. ¿Dónde está la seguridad?—murmuró.

— ¿Y eso qué diablos importa? ¡Veneziano!—Lovino siguió gritando y corriendo.

En cuanto abrieron la puerta, vio que Alemania tenía razón y su pregunta quedó contestada.

— ¡Ajá!

El Ministro de Seguridad Ciudadana en persona, Khaybat, y sus agentes los esperaban en el interior. Al menos una docena de pistolas los obligaron a frenar bruscamente.

— ¡¿Adónde te crees que vas, Italia Romano?!—exclamó Khaybat de forma muy teatrera—. ¿Creías que podías escapar de mí, el ojo que todo lo ve? ¡Ja!—volvió los ojos hacia Alemania y su sonrisa se ensanchó, burlona—. ¡Y tú, Alemania! ¡Creía que la chusma te había hecho pedazos hace veinte años!

— ...Tengo más amigos de los que usted y su gobierno se creen—murmuró Alemania, sosteniendo su mirada sin mostrar miedo alguno a pesar de todo.

Khaybat se echó a reír con ganas.

— ¡Amigos! ¡Vosotros no tenéis amigos! Ya nos aseguramos de que os quedarais completamente solos. ¿Qué os pensáis? ¿Que el mundo entero saldrá a las calles a deciros que os ama, que alfombrará el suelo con pétalos bajo vuestros pies? No existís para ellos. Las generaciones que os admiraban han desaparecido, los adultos os han olvidado y los niños ni siquiera os conocen.

— No pueden controlar los sentimientos de la gente—dijo Alemania.

— ¡Pues claro que podemos! ¡Llevamos décadas haciéndolo! ¡Convence a la mayoría de que la minoría tiene razón, hazles creer que las demandas de cuatro gatos son el grito de miles de millones y se lo tragarán como lerdos! Presión de grupo, caballeros. ¡Je! El mundo entero nos cedió la tarea tediosa de pensar, dejó que lo hiciéramos nosotros por ellos. ¡Se convirtieron en nuestros títeres por voluntad propia!

— Así que es cierto que todo eso de la Revolución fue una farsa...—dijo Lovino.

Khaybat se encogió de hombros con una sonrisita.

— Hay ocasiones en que uno tiene que obligar a los demás a ir por el buen camino. Sabíamos que el mundo necesitaba un pequeño reseteo. Deshacerse de muchas ideas y estructuras dañinas. Vosotros estorbabais. Vuestras objeciones impedían el progreso. Para conseguir el verdadero avance de la humanidad, teníamos que deshacernos de vosotros...Estoy seguro de que lo comprendéis...

Se extrañaba de que Alemania le estuviera sonriendo como lo hizo. ¿Qué le parecía tan gracioso?

— Muchas gracias por sus declaraciones, señor Ministro—dijo una voz detrás de él.

Ahogando un grito, Khaybat se dio la vuelta para encontrarse con Chun-Yan sonriéndole.

China había regresado de entre los muertos.

Y sostenía en sus manos un teléfono móvil.

— Estoy seguro de que toda la ciudadanía encontrará sus palabras altamente inspiradoras.

El color abandonó la cara de Khaybat.

— ...E-Espera...¿Q-Qué estás haciendo? ¡¿Estás grabando?!

Perdió el equilibrio, ya que no supo qué hacer por un momento, y entonces trató de lanzarse sobre él para arrebatarle el móvil, pero Chun-Yan no le dejó ni acercarse, propinándole una patada en todo el pecho.

Los guardias trataron de abrir fuego, pero Chun-Yan no estaba solo. Kiku hizo saltar el arma de las manos de uno de ellos con un golpe de karate, Ivan dio unos puñetazos mucho menos elegantes a dos, mientras que Terry disparó en una pierna a uno que estaba a punto de volarles la cabeza. Aprovechando la confusión, Alemania y Lovino les ayudaron, repartiendo puñetazos a diestro y siniestro.

— Me alegra ver que llegamos a tiempo—jadeó Kiku.

— No podríais haber venido en mejor momento—dijo Lovino—. ¿Has pillado todo, China?

— Oh, sí—sonrió él con malicia.

— ¡No! ¡Por favor! ¡Podemos negociar! ¿Qué quieres? ¡Te lo daré!—suplicó Khaybat desde el suelo. Chun-Yan tenía el pie plantado sobre su cabeza.

Alemania cogió su móvil e hizo una llamada.

— ¿Čamil? No, aún no hemos encontrado a Italia, pero tengo un trabajo para ti. Mi amigo China aquí presente tiene un vídeo que quiere compartir con todo el mundo. ¿Puedes ayudarle a que llegue a todas las personas del planeta?

— ¡No! ¡No lo hagas!—chilló Khaybat.

Alemania sonrió al oír la respuesta que le dio Čamil.

— Es el momento de lucirte. Te paso.

Entregó el teléfono a China, y él escuchó las instrucciones de Čamil. No es que un inventor y experto en tecnologías de la comunicación como él necesitara ayuda, pero el tal Čamil era un visionario, y tenía una buenísima idea en mente. ¡El Servicio de Avisos de Emergencia a la Población!

— ¿Dónde está Veneziano?—preguntó Lovino a Khaybat.

— ¡No diré nada! ¡No si no borráis ese vídeo ahora mismo!

— ¡No estás en condiciones de negociar, gilipollas! ¡Dímelo! ¿Qué le ha hecho Corso?

Khaybat cerró los labios y sacudió la cabeza. Ivan se impacientó y por tanto lo agarró con suficiente fuerza para levantarlo como si estuviera hecho de papel y le clavó la mirada. Kolkolkolkolkol... Khaybat comenzó a gimotear.

— Me matará...

— Qué lastima, después de que le haya hecho todo el trabajo sucio...—le recriminó Kiku.

— ¡Habla!—rugió Ivan, y Khaybat sintió una presión en los huesos. Iba a machacárselos, los haría polvo...

— ¡T-Tíber! ¡Tíber! ¡Es todo lo que sé! ¡Lo juro! ¡Por favor, dejad que me vaya! ¡Decidle que me suelte!

— Suéltalo, Rusia—le dijo Alemania.

Ivan lanzó a Khaybat una última mirada de desprecio y lo dejó caer:

— No quiero mancharme las manos con tu sangre.

— Vale, así que simplemente pulso yyyyyyy...¡Allá va!—Chun-Yan finalizó el proceso y pulsó sobre el botón que apareció en la pantalla de su móvil.

— ¡NO, NO!—suplicó Khaybat, estirando un brazo, pero ya era demasiado tarde para detenerlo.


Las cuentas en redes sociales del Gobierno mostraron una entrada muy extraña. Todos los canales de televisión se quedaron en negro durante un segundo y entonces se comenzó a reproducir un vídeo.

«¿Qué os pensáis? ¿Que el mundo entero saldrá a las calles a deciros que os ama, que alfombrará el suelo con pétalos bajo vuestros pies? No existís para ellos. Las generaciones que os admiraban han desaparecido, los adultos os han olvidado y los niños ni siquiera os conocen.»

Los camareros y clientes de un bar se volvieron para mirar la televisión que había en un rincón. El dueño subió el volumen.

«El mundo entero nos cedió la tarea tediosa de pensar, dejó que lo hiciéramos nosotros por ellos. ¡Se convirtieron en nuestros títeres por voluntad propia!»

¿No era ese el Ministro de Seguridad Ciudadana, rodeado de hombres armados, acorralando a dos naciones indefensas? Los clientes de un supermercado dejaron de comprar para quedarse mirando las imágenes increíbles que tenían en sus pantallas.

«Sabíamos que el mundo necesitaba un pequeño reseteo. Deshacerse de muchas ideas y estructuras dañinas. Vosotros estorbabais. Vuestras objeciones impedían el progreso. Para conseguir el verdadero avance de la humanidad, teníamos que deshacernos de vosotros...»

Los niños de Boston se quedaron de piedra al oír esta revelación, comenzaron a hablar unos con otros con gran excitación. Sarah los mandó callar para poder oír. Los Russo estaban en el coche, camino a casa. La señora Russo había recibido un mensaje muy raro y cuando lo miró, apenas pudo creer lo que estaba viendo, ni tampoco el señor Russo, el cual casi provocó un accidente por mirar al móvil. Intercambiaron una mirada estupefacta.

El mundo entero lo escuchó, lo vio con sus propios ojos.

Ellos también.

Brasil, mientras limpiaba la barra del bar en el que trabajaba.

Irán, quien se estaba quedando dormida frente al televisor cuando apareció ese vídeo.

Indonesia, quien estaba de copas con sus amigos.

Y tantos, tantos otros.


Alfred, Francis y Arthur (y Matthew) llegaron tan sólo un minuto después de que la furgoneta abandonara el Palazzo. El guardia que la vio salir fue a su garita a eliminar todo rastro de la operación de las grabaciones de seguridad. Se sentó y sus dedos apenas habían rozado el ratón cuando un sonido le hizo volverse. Su cara recibió la visita de un puño.

— Vale, vía libre—dijo Alfred. Por si acaso, le robó la pistola.

— ¿Adónde vas con eso? ¿Quién te crees que eres, Bruce Willis?—espetó Arthur.

— No sabemos con qué nos vamos a encontrar. Tenemos que andar precavidos—dijo Alfred.

Esperaron a que un hombre desapareciera de vista para entrar.

— Bueno, ¿y cuál es tu plan para salvar el mundo? ¿Abrirte paso a puñetazos? ¿A la Presidenta también la vas a pegar?—siguió quejándose Arthur.

— Si va a hacerle daño a Italia, sí. Me importa un culo. Ella es la mala—respondió Alfred.

— No es el mejor plan—Francis sacudió ligeramente la cabeza.

— Vale, estrategas, ¿tenéis una idea mejor?—refunfuñó Alfred.

— Tan sólo ahorra los puñetazos para la gente apropiada.

Como, por ejemplo, ese guardia que patrullaba los pasillos. Alfred le propinó un puñetazo en la boca y lo mandó directo al suelo, pero pareció no conseguir callarlo.

— ¡ALERTA!—consiguió gritar con la boca llena de sangre. Francis remató el trabajo con una patada.

— ¡Rápido, antes de que alguien nos oida!—exclamó Arthur, y todos corrieron a esconderse dentro de una rmario.

Oyeron pasos a la carrera, que pronto se desvanecieron.

— Se han ido. ¡Vamos!—dijo Francis, y salieron.

Miraron en todas las habitaciones. Temieron toparse con alguien, pero parecía que este iba a ser un encuentro privado, porque no había más personal que el de seguridad. Abrieron puerta tras puerta, pero Feliciano no estaba tras ninguna.

Llegaron a la oficina de Corso.

— Quizás se lo haya llevado al sótano—Alfred posó sus manos sobre sus caderas. Mientras decía esto, Matthew se acercó al escritorio para mirar una copa y una botella descorchada de vino.

— Ey, mirad esto...—dijo, pero nadie le hizo ni caso.

— Ha debido de esconderlo en alguna parte—murmuró Francis, echando un vistazo al exterior.

— Esperad. Mirad esto—dijo Arthur, llamando la atención sobre la copa y la botella que Matthew había encontrado.

— No es el momento de echar un trago—se quejó Alfred.

Arthur introdujo los dedos pulgar e índice en la copa y frotó la sustancia que había en el fondo. Luego acercó la botella a su nariz.

— Hay algo aquí...Creo que tiene veneno—murmuró.

— ¿Ahora detectas esas cosas o qué?—Alfred alzó una ceja.

— Si mi literatura está a rebosar de crimen y misterio, es porque sé algo sobre venenos. Y esto está contaminado. No me cabe duda—aseguró Arthur.

— No creo que a Corso le vaya el vino envenenado...Seguro que era para Italia—dijo Alfred.

La puerta se abrió. Arthur sintió que le dolía el pecho, pero se preparó para pelear de todas maneras. Los cuatro prepararon los puños para repartir leña otra vez.

— ¡Eh!—exclamó Lovino.

— ¡América! ¡Francia! ¡¿Inglaterra?!—exclamó Kiku.

— ¡Chicos!—exclamó Alfred, abandonando su postura defensiva.

— Uhm, yo también estoy aquí...Da igual...—musitó Matthew, alzando una mano con timidez.

— ¡No hay tiempo para besos, abrazos y 'cómo os va'! ¡Corso...!—comenzó a decir Lovino.

— Sí, lo sabemos. Creemos que le ha drogado—dijo Francis, mostrándoles el vino.

— El Ministro ha dicho algo sobre el Tíber—recordó Terry.

— ¡Vamos, vamos, aprisa!—gritó Alemania, y él y los otros salieron corriendo del Palazzo, hacia el Tíber.

Chun-Yan no cortó la conexión que Čamil le había mostrado y preparó el teléfono para una nueva retransmisión.

El mundo tenía que ver qué manzana podrida tenía por presidenta...


Feliciano apenas era capaz de mover los ojos. Sólo podía ver el techo de la furgoneta. El vaivén lo mareaba, pero no podía hacer nada al respecto: intentó moverse y se encontró con que no podía mover un solo músculo. Su cuerpo no respondía. Todo lo que podía hacer era escuchar.

— Normalmente dejo que otros se ocupen de estas cosas por mí—le explicó Corso—. Pero usted y yo solíamos tener una relación estrecha. Íntima. Y la persona que me hace estas cosas ha demostrado que no merece mi confianza. Por eso lo haré yo misma.

La furgoneta se detuvo. Los hombres cargaron con él y Corso los siguió. Bajaron unas escaleras; Feliciano no sabía cuáles, o dónde.

Se detuvieron. Le metieron piedras en los bolsillos. La cara de Corso apareció frente a él.

— Me decepciona un poco que no se haya traído a Romano con usted. No importa. A él también lo encontraré. Los encontraré a todos, allá donde estén. Y me aseguraré de que dejen de darme la tabarra.

Feliciano quiso pronunciar su nombre, suplicarle. Sus labios apenas se movieron.

Ella alzó las cejas con una sonrisa.

— Justo como le dije a Olyanovski...Usted está en las vías del tren del progreso y no va a parar por usted...Ni aunque tenga que llevárselo por delante...

Los hombres que lo llevaban en volandas dieron unos pasos adelante. Lo agarraron de los brazos y de las piernas y lo balancearon.

— Adiós, Veneziano.

Y lo lanzaron al río.

Hubo un salpicón en la oscuridad y Feliciano desapareció de su vista.

Se estaba hundiendo. Se estaba hundiendo y él no podía hacer nada. Todo lo que veía era oscuridad a su alrededor.

La sensación de caer...

Se le metió un poco de agua en los pulmones. La sensación fue espantosa, quemaba. Así que se cerraron para impedir que entrara más. Su cuerpo le exigía respirar desesperadamente.

Entró en pánico, pero no podía hacer nada. Todo estaba negro en torno a él y el pecho le dolía.

Qué frío hacía, oh Dio.

Rogó al Señor que extendiera Su mano poderosa y lo sacara del agua, que el Abuelo Roma viniera a salvarlo, porque era grande y fuerte y él siempre corría a ayudarlo. Llamó a Alemania, a su hermano Romano. Incluso llamó a Sacro Imperio.

Quien fuera...

...Quien fuera...Ese fue su último pensamiento antes de perder el conocimiento...

Corso se quedó mirando con frialdad cómo la perturbación en el agua desaparecía lentamente, y finalmente se dio la vuelta para marcharse.

Se encontró rodeada de gente.

Uno de ellos tenía un teléfono en las manos.

— ¡ITALIA!—gritó Alfred. Los apartó de un empujón y sin pensárselo dos veces saltó al agua. Alemania y Lovino fueron detrás.

No veían nada, pero entre los tres consiguieron sacar a Feliciano del agua.

El mundo entero vio en directo cómo Feliciano emergía muy pálido e inmóvil como un muñeco, cómo sus amigos y su hermano lo depositaban sobre el pavimento.

— ¡Veneziano! ¡Veneziano, despierta! ¡Despierta, Veneziano!—lo llamó Lovino.

— ¡Vamos, vamos, maldita sea, respira, respira!—Alfred trató de aplicarle la maniobra de reanimación. Sus compresiones consiguieron hacerle vomitar agua, pero seguía sin moverse.

Alemania le tomó la muñeca. Esperó a encontrar pulso. No lo había.

— ¡Italia! ¡Italia, despierta!—lo abofeteó, intentó de todo para arrancarle una reacción.

Sus compañeros sólo podían mirar con creciente ansiedad.

¿Por qué no se despierta?, se preguntó más de un espectador.

Corso intentó aprovechar para escapar. Terry le bloqueó la salida.

— ¡No se mueva!—le gritó.

— Vamos, esto no tiene gracia. No es el momento de hacerse el dramático. Abre los ojos. ¡Abre los ojos, Veneziano!—lo llamó Lovino, y él también le dio unos cuantos tortazos. Como no consiguió respuesta por su parte, le abofeteó tan fuerte que cualquiera habría dicho que se estaba desquitando por algo—. ¡Abre los ojos, joder! ¡DESPIERTA!

— ¿Italia? ¡¿Italia?!—Alemania lo sacudió. La cabeza de Feliciano se inclinó hacia atrás, sin vida.

El primero en rendirse a lo obvio fue Inglaterra, quien se cubrió la boca con una mano. Uno por uno, comprendieron. Habían llegado demasiado tarde. No iba a despertar. Se había ahogado.