Apenas quedaba una ventana a orillas del río Tíber que no tuviera a alguien asomado. Levy tuvo que pitar bastantes veces para abrirse paso entre la multitud que abarrotaba la calle. La policía acudió para tratar de controlar al gentío, sin mucho éxito. Todas aquellas personas habían salido de la nada, de todas partes, y todos se acercaron al lugar que aparecía en pantalla.

Tras aparcar en el primer lugar que vieron sin importarles dónde ni de qué manera, la señora Morgenstern, Levy, Čamil, Mimi, los hermanos Pugliesi, Igor, Peter y Gisele también, todos los que había en el motel, bajaron las escaleras que conducían al canal. Cuando llegaron cerca de donde estaba el pequeño grupo que rodeaba al cadáver, se detuvieron y nadie se atrevió a dar un paso más. Tan sólo pudieron mirar.

— Veneziano...Por favor, Veneziano...Esto no tiene ninguna gracia...

Dolía demasiado. No había nada que Chun-Yan quisiera más que soltar el teléfono. Estamparlo contra el suelo, incluso, de la frustración y la rabia que sentía. Pero se obligó a sí mismo a seguir grabando. El mundo entero estaba viendo esto. Quería que lo vieran. Tenían que saber qué habían hecho.

— ¡Quítame las manos de encima!—Corso fue la única que osó alzar la voz, mientras forcejeaba con Terry; una pelea muy desigual, puesto que le sacaba fácilmente dos cabezas—. ¡¿No sabes quién soy yo?!

— ¡Una asesina, eso es lo que es! ¡Así que a callar!—Terry ciertamente no se dejó intimidar. La agarró de un brazo mientras que evitó que sus secuaces se escaparan apuntándolos con la pistola.

— ¡Soy tu Presidenta! ¡Soy tu jefa! ¡Tengo inmunidad! ¡Él era un criminal! ¡Estás colaborando con criminales! ¡Me aseguraré de que te pongan de patitas en la calle y que te pudras en la cárcel!

— ¡He dicho que cierre la bocaza, señora!

El pecho de Ivan se hinchó de furia. Dio un par de pasos hacia ella, pasos que podrían haber roto el suelo, cosa que probablemente pasó. Matthew se dio cuenta y rápidamente se interpuso.

— Deja que la agarre...

— No.

— ¡Voy a matarla!

— ¿De qué serviría...?

Sí, eso no iba a traer a Feliciano de vuelta, pero aun así se haría justicia. Quería...tenía que...

Matthew tuvo que contenerlo, a duras penas, hasta que Ivan se rindió, echándose a llorar. Luego el gigantón se sentó en el suelo hecho un ovillo y se hizo pequeño como un ratoncito. Lloró como un niño porque una vez más llegó tarde y por eso una persona inocente había muerto.

Matthew trató de consolarlo posando sus manos sobre sus hombros...Eso fue todo lo que podía hacer...No sabía qué hacer...

La calle estaba abarrotada. La gente llenó todo espacio desde el cual pudiera verse la escena. Algunos se subieron a las farolas, se sentaron en las balaustradas. Había un grupo considerable de gente en las escaleras, aunque nadie salvo los amigos de Alemania se atrevió a acercarse más. Algunos de los agentes encargados de controlarlos no pudieron resistirse a abandonar sus labores y mirar también. A pesar de que había muchísima gente, nadie hablaba. El silencio era sobrecogedor. El suficiente para oír bien a Lovino.

— Vale, venga, nos lo hemos tragado como memos, ahora despiértate...¡Despiértate ya! ¡Deja de comportarte como un imbécil!—llamaba a su hermano menor, sacudiéndolo, pellizcándolo, abofeteándolo, haciéndole de todo para arrancarle una reacción.

— Romano, para...—unas lágrimas gruesas resbalaron de los ojos de Kiku. Su voz tembló—. ...Nos ha dejado...

— ¡Qué nos va a dejar!—eso era todo lo que Lovino tenía que decir al respecto, así que lo ignoró a él y a todos los que a su alrededor estaban llorando y siguió presionando el pecho de Feliciano—. ¡Veneziano! ¡No estás muerto, así que abre de una vez los ojos! ¡¿Me has oído?! ¡Vamos!

Francis se acercó tambaleándose hacia el cuerpo y se puso de rodillas para acariciar su cara congelada, su pelo empapado. Tomó su mano inerte y la besó unas cuantas veces hasta que sus gemidos le impidieron seguir haciendo. El Hermano Mayor lloró como nunca lo había hecho, como debió haber llorado en algún momento de aquellos veinte años.

Tampoco nadie había visto llorar a Alemania de aquella manera. Morgenstern dudó; quería acercarse a abrazarlo, decirle algo reconfortante. Pero ¿qué podía decir para aliviar su dolor? Nada. Por tanto, se quedó en el fondo, simplemente mirando, y dejó que Alemania llorara cuanto quisiera, que lo abrazara enterrando la cara en su pecho.

— ¡¿Qué haces?! ¡¿Estáis todos locos?! ¡No está muerto! ¡Tan sólo tiene que escupir toda el agua que ha tragado!—rugió Lovino, empujándolo lejos de su hermano, y siguió maltratándolo en un intento desesperado por despertarlo.

Y todo esto lo vio Alfred, quien, sentado en el suelo, no podía sino mirar, porque no podía creerse que Feliciano no fuera a abrir los ojos y decir: «vee» o «¡pasta!» o alguna payasada de las suyas, ni por supuesto a disculparse por lo que les había hecho pasar. Y pensó: ¡vaya héroe estaba hecho! ¡Bruce Willis! Sollozó con ganas, bien alto, porque al final de sus películas los malos eran los que morían y los buenos sobrevivían, y todo terminaba bien, y tipos como Italia vivían una vida larga y feliz, porque estaban en el mundo para irradiar su luz, y por el amor de Dios, Italia no, Italia no...

Por fin uno de los espectadores se atrevió a acercarse, Gisele, la cual fue hacia Arthur, porque temía que la pena le provocara un nuevo ataque. Cuando se acercó, él se lanzó hacia sus brazos para abrazarla fuertemente.

Todos los que conocieron alguna vez a Feliciano compartieron su dolor. Por todo el globo, lo habían visto, en sus lugares de trabajo, en su casa...No importaba dónde. El sentimiento era el mismo.

En casa de Wilhelm, en Lugano, Gabriele se hincó de rodillas frente a la televisión y junto a un callado y comprensivo Wilhelm, juntó sus manos, agachó la cabeza y comenzó a musitar una y otra y otra vez con la voz pastosa: «Pietà, Signor, pietà; per la Vostra infinita misericordia degnatevi concederle refrigerio e pace; per la ineffabile materna bontà di Maria pietà, pietà...». Un joven que vivía en Atenas, una vez conocido como San Marino y ahora Valerio Castelnuovo, lloró en un rincón de su pisito, solamente iluminado por la luz de la televisión. Seborga, Lorenzo Palombi en la tarjeta que pendía de su uniforme de guarda de seguridad, en el otro extremo del continente, no fue capaz de arrancar a llorar y se quedó completamente inmóvil y callado en su despacho. Heracles Karpusi, Grecia, se encontraba junto con otros voluntarios de la protectora de animales y no participó en el grupo que había en torno al móvil de uno de ellos, sino que se sentó en el suelo, agarró a uno de los gatos, uno ya viejo, y lo abrazó sin decir una palabra. «¿Qué le pasa a Mamá?», preguntó insistentemente el pequeño Hugo a su padre, sin que él mismo supiera por qué su mujer se había encerrado en el baño con el rostro desencajado, al igual que ignoraba que su nombre antes de casarse con ella era Argentina.

En aquel pequeño caserío perdido de la mano de Dios, donde había tan poca gente con la que hablar que uno, incluso un fugitivo de la justicia, buscaba desesperadamente la compañía de quien fuera, Antonio solía juntarse con quien menos peligro supusiera para su seguridad. Ese alguien era una viuda llamada Marciana, de noventa años y casi totalmente ciega, que agradecía que aquel 'mozalbete' viniera a traerle la compra y se quedara con ella en las calurosas noches de verano a charlar a la puerta de casa, al fresco. Aquella noche la conversación que les había entretenido había llegado a un abrupto final, con la irrupción de aquellas imágenes que podían ver desde la televisión que les servía de ruido ambiental. Antonio trató de enmascarar lo que sentía a toda costa y largarse a casa lo antes posible, pero la buena de Marciana necesitaba ayuda para comprender lo que estaba pasando y lo retuvo.

— ¿Lo han sacado?

— Sí...

— ¿Y dónde está, que no lo veo?

— Está muerto, no se levanta...

— ¿Quién está muerto?

— ...Italia...

— ¿Italia ha muerto?

Antonio se sorprendió al ver a la ancianita quedarse mirando la pantalla a pesar de que no iba a poder ver nada, como queriendo comprobar que no le mentía. La vio llevarse una mano a la boca, luego al pecho y, finalmente, comenzó a llorar.

A muchos kilómetros de allí, en Boston, los Russo no encontraron a Alex en casa, sino en el parque, rodeado de niños de todas las edades. Todos estaban reunidos en torno al teléfono de una chica más mayor que ellos con pintas de vagabunda.

— ¿Alex?—lo llamó su madre.

Su reclamo no le hizo reaccionar. Casi parecía que no existía más mundo que el que podía verse en la pantalla. Todos los niños estaban como hipnotizados. Los padres se acercaron a ver qué miraban con esas caras tan largas. Unos hombres que lloraban junto a un cuerpo sin vida...¿Italia?

— Oh Dios mío...—murmuró el señor Russo.

Era la primera vez que esos niños veían morir a alguien. No sabían cómo reaccionar. Un gran silencio se apoderó de ellos. Nadie se atrevió a moverse o a mostrar deseos de volver a casa. Omar sintió la extraña necesidad de agarrar a su hermana y darle un abrazo. Algunos, al ver los fútiles intentos de Lovino por despertarlo y el llanto de las naciones, sintieron tanta lástima que comenzaron a llorar ellos también. Comenzaron a oírse narices sorbiéndose y pequeños hipidos. Denis levantó sus gafas para enjugarse las lágrimas.

Toda intención de regañar a Alex por haberse ido de casa sin avisar murió al ver la escena.

— Alex...No deberías ver estas cosas...Ven, vámonos a casa...—el señor Russo tomó con delicadeza la mano de su hijo y trató de sacarlo de allí.

Él se soltó de su mano, sin despegar los ojos de la pantalla.

Sacudió la cabeza.

— ...No puedo creerlo...—murmuró—. ¡...No me puedo creer que se haya ido...! ¡N-No puede estar pasando...!

Sarah volvió la cabeza hacia él y lo vio confundido, como si se hubiera estrellado contra una pared de ladrillos.

Alex se volvió hacia sus padres.

— ¡...Él no puede morir! ¿Y ahora qué? Todo lo que representa..., toda su historia, sus costumbres...¿Ahora todo eso se ha ido?

La señora Russo miró a su marido, rogándole que le dijera algo.

— Todo el mundo muere, campeón. Naciones incluidas—dijo él con tacto.

— Pero es que él no se ha muerto...No le había llegado la hora...¡Lo han matado!—replicó Alex.

Sarah volvió los ojos hacia la pantalla, donde Kiku estaba llorando, y decidió que era demasiado para ella. Dejó el teléfono donde los niños pudieran verlo y se alejó unos pasos de ellos, para quedarse mirando el cielo oscuro, sentada sobre el tobogán, y negándose a escuchar los gritos de Lovino:

— ¡No está muerto! ¡No está muerto! ¡Os digo que no está muerto, maldi...!

Pero era sólo cuestión de tiempo que aceptara los hechos.

Y al hacerlo, se derrumbó por completo.

Lovino comenzó a llorar, tomando las mejillas de Feliciano entre sus manos e inclinándose hasta que sus frentes se tocaron.

— ¡Veneziano...No...No...No me dejes...No me dejes solo...!

— ¿V-Va a morirse así, sin más? ¡No puede!—siguió protestando Alex.

La señora Russo dejó de intentar razonar con él. Suspiró con lástima y lo estrechó entre sus brazos. Él seguía mirando la pantalla, a Lovino.

— ...Nosotros los creamos, ¿no es cierto? Ellos existen porque pensamos que el mundo los necesita. Si Italia ya no existe...¡nosotros lo volveremos a inventar!—Alex alzó la voz. Los niños volvieron la cabeza hacia él, para escuchar sus palabras, que crecían en determinación—. Son sentimientos, ¿no? ¡Eso debería ser suficiente! ¡Debería bastar con que le recordemos!

— ...Sí...—murmuró Fanny Williams, de séptimo curso.

— Tiene razón...—dijo Padma.

Sarah también lo creía. ¡Maldición, las cosas no podían terminar así! Los cínicos de sus amigos, las películas que veía, le habían hecho creer que el mundo era un lugar oscuro y que no había hadas madrinas que hicieran desaparecer todo lo malo con su varita mágica. Pero ¿no habían creado vida los humanos sólo con el poder de su mente colectiva? Era un milagro que ella veía que era real. ¡Así que ese milagro podía volver a suceder!

Cerró los ojos y pidió a aquella hada madrina que leía los deseos de la gente que, ya que el mundo necesitaba la felicidad, necesitaba a Italia, esa maldita mujer no se lo arrebatara.

— ¡Italia, despiértate!—chilló Lupe al teléfono.

Las naciones quitaron la vista de Feliciano para mirar a su alrededor. No se habían dado cuenta hasta ese momento de que estaban rodeados de gente. Lovino se enjugó las lágrimas con agresividad para devolverles la mirada.

— ¡Ni se os ocurra acercaros más!—gritó a la gente—. ¡Largaos! ¡Fuera! ¡Esto es culpa vuestra! ¡Es culpa vuestra!

Los odiaba. A todos ellos. Miraban mientras él se moría del dolor. Eso fue lo que hicieron mientras el Movimiento los atacaba verbalmente, destruía sus hogares y todo lo que habían construido con el esfuerzo de toda una vida. Se olvidaron de todo lo que habían hecho por ellos. Eran cómplices de Corso. No habría hecho esto sin su colaboración.

Alguien le desobedeció. Un hombre negro y calvo. Los Pugliesi evitaron que diera más de tres pasos hacia él.

Pero él no tenía malas intenciones.

Peter, que se encontraba a su lado, vio cómo unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Y él comenzó a cantar en voz baja:

Fratelli d'Italia, L'Italia s'è desta...Dell'elmo di Scipio s'è cinta la testa...Dov'è la Vittoria?...

Una mujer pelirroja, que pilló desprevenido a Matthew acercándose por su izquierda, con su hijo de cinco años de la mano, lo acompañó tan bien como pudo con la garganta tocada por la emoción:

Le porga la chioma, Ché schiava di Roma Iddio la creò...

Ahora eran cinco los que cantaban. Uno de ellos era un hombre con bigote cuya voz destacó entre la multitud. Cuando Lovino parpadeó, alzando la cabeza del cadáver de Feliciano, ya eran diez. Una mujer mayor también cantaba con lágrimas en los ojos. También había un par de chicos que, a pesar de su aspecto de hipster, se unieron.

«Stringiamci a coorte, Siam pronti alla morte: L'Italia chiamò.»

Los tres Pugliesi cantaron tan alto como pudieron, con la cabeza bien alta. El conductor que los había traído hasta allí no se sabía la letra, pero tarareó la melodía, algo a lo que recurrieron aquellos que no habían crecido con el himno. ¡Todos a su alrededor estaban cantando! ¡Más y más gente vencía su pelea contra la timidez para bajar adonde estaban sólo para mirar a Lovino a los ojos y sonreírle, compartir sus lágrimas y cantar!

Chun-Yan los grabó no sólo para que el mundo entero lo viera: quería recordar este momento por el resto de sus días. Alfred no pudo evitar sonreír al ver todas aquellas caras en torno a ellos, tan diferentes unas de otras: mujeres, hombres, jóvenes, adultos, ancianos, blancos, negros, asiáticos, pobres, ricos; ¡todos ellos con los ojos puestos en Italia, cantándole, mostrándole su amor y respeto!

«Son giunchi che piegano, le spade vendute: già l'Aquila d'Austria. Le penne ha perdute.»

Un latido.

«Il sangue d'Italia, il sangue Polacco, bevé, col cosacco, ma il cor le bruciò. Stringiamoci a coorte! Siam pronti alla morte! Siam pronti alla morte.»

— ¡Vamos, Italia!—gritó Ollie Randall, de octavo.

— ¡Levanta, Italia, te necesitamos!—Dana Moon tocó palmas.

— ¿Has visto eso, Romano?—Alemania se sorbió la nariz—. No estás solo...No estamos solos...

Lovino no pudo ni contestarle. Las lágrimas volvían a brotar.

— ¡Italia no está muerto! ¡Lo llevo en la sangre! ¡Está en la sangre de mucha gente! No...¡uno puede amar una nación con la que no tiene ningún lazo, he aprendido eso! ¡Mientras haya alguien que le quiera, no morirá nunca! ¡Ninguna nación morirá jamás!—exclamó Alex.

"L'Italia chiamò, Sì!"

Feliciano sufrío un espasmo, abrió la boca tanto como fue posible para tragar aire.

Lovino cayó de espaldas. Muchos de los espectadores gritaron.

Y después una ovación atronadora como nunca antes se había escuchado en la tierra sacudió el lugar.

— ...Co...Cosa...?—Feliciano parpadeó mucho, miró a su alrededor, apenas pudo hablar porque aún le quedaba agua en la garganta.

— ¡Sí! ¡SÍ! ¡GRACIAS, SEÑOR!—gritó Alfred, aporreando el suelo con los puños.

— ¡Italia!—exclamó Francis, sonriendo tanto como le era posible.

Los hermanos Pugliesi se abrazaron chillando como locos. Čamil le dio a la señora Morgenstern un beso en los labios, lo cual la hizo fulminarlo con la mirada sin que a él le importara lo más mínimo.

En Boston, los Russo no pudieron evitar reír al ver la explosión de alegría que siguió. De hecho, esa risita estaba cargada de mucho alivio. Sarah dejó escapar un grito que sofocó rápidamente, antes de que alguien la viera.

— ¿Alemania? Qu...¿Estás...llorando?—murmuró Feliciano, al ver que su amigo lo tenía entre los brazos y derramaba lágrimas sobre él.

— Voy a matarte...Juro que te voy a matar por esto...—dijo Alemania, y a un así no le soltó ni dejó de llorar.

— ¡Ponte a la cola, yo lo haré primero! ¡Idiota! ¡Babuino estúpido! ¡Tú...! ¡Tú...! ¡No tienes idea de lo que...!—Lovino quería ser duro con su hermano, pero terminó abrazándolo.

— ¡R-Romano! ¡Me haces daño!—exclamó Feliciano.

Pero no sólo Lovino no dejó de apretar: otros se unieron a espachurrarlo. Chun-Yan por fin soltó el maldito teléfono para gritar de alegría. Ivan no podía dejar de reír.

La gente que los rodeaba aplaudió. «Viva L'Italia!», gritaban. «"Viva Veneziano e Romano!»

— Espera...¿Qué ha pasado?—murmuró Gisele.

— ¡Lo que yo os decía! ¡Nuestras vidas dependen de la gente!—sonrió Inglaterra, juntando las manos y uniéndose a los demás, sintiendo alivio en el pecho.

— ¡Mi amigo! ¡Mi amigo es Italia! ¡Está vivo! ¡Muy feliz yo!—exclamó el taxista, estrechándole la mano a Lovino y a Feliciano—. No pasa nada si no encontraron cajero. El viaje corre de mi cuenta. Es mi contribución. Yo les traigo a casa.

Alrededor del mundo, miles de millones de personas suspiraban de alivio, aplaudían junto con los romanos, celebraba.

Y cientos de naciones perdían el miedo.

Mohammed no se permitió más distracciones. Guardó el móvil en su bolsillo y miró a su cita, Fatima.

— Fatima...Parece que esta es una noche especial...¿Qué te parece si la hacemos aún más especial?

Ella estaba sorbiendo un refresco de un vaso de plástico. Los ojos se le abrieron desmesuradamente cuando lo vio hincar una rodilla y mostrarle una cajita.

— ¿...Quieres casarte conmigo?—la caja contenía un anillo de diamantes.

Ella tragó.

— ...En realidad...Hay algo que debes saber sobre mí...Creo que deberías saber que mi nombre no es Fatima. En realidad, es Libia...Soy bastante más mayor que tú..., unos cuantos cientos de años más y...Uh...Ya que nos estamos asincerando...Creo que no me gustas ni como amigo...Lo siento...

En una sala de operaciones...

— Creo que deberíamos quitar un poco de hueso de aquí. No quiero correr riesgos—dijo el doctor Ismael Herrero.

— Sí, será lo mejor—asintió su ayudante.

Silencio.

— ...¿Les he mencionado alguna vez que mi nombre es en realidad Cuba?

Un nuevo y largo silencio. Los médicos intercambiaron una mirada.

Y en una reunión de los miembros del AMPA, en la televisión permanecía encendida...

— ¡Oh, cielos! ¡Tengo los pelos como escarpias! Es como una obra de teatro, ¿no os parece?—dijo una de las asistentes, excitada a más no poder.

La señora Oxenstierna, madre de Pol y presidenta de la Asociación, volvió los ojos hacia su marido y se aclaró la garganta.

— Pues...Y como en una obra de teatro, hay un pequeño, uh, giro argumental que me gustaría anunciar...Berwald y yo en realidad no estamos casados...Y...Yo no soy la madre de Pol...Yo...en realidad soy un hombre...Y nuestros nombres reales son Finlandia, Suecia y Ladonia...—ella, o más bien él, agarró su copa de vino y le dio un sorbo cargado de nervios—. Sí...

Y mientras un silencio incómodo invadía la mesa, Suecia alzó los ojos del plato para alabar la mano de la anfitriona:

— Rica sopa.

Sadik Adnan renunció a su nombre el mismo instante en que vio a la multitud aclamar a Italia y se convirtió otra vez en Turquía, poniéndose su máscara como símbolo de liberación. Rumanía había entrado en su trabajo en la cocina como Dragos Pirvu y salió de allí como Rumanía.

Por todas partes, las naciones comenzaban a brotar como margaritas en primavera.

Gabriele alzó los ojos hacia el cielo y suspiró.

— Oh Dios Todopoderoso...Gracias...

Solo que ya no era Gabriele. Ninguno de ellos volvería a usar aquellos nombres falsos nunca más.