N/A: Cindy, mi amor, ¿sabes cuánto te quiero?

N/T: Ojalá disfruten el capítulo.

Cari, nuevamente gracias por el beteo.



En la mañana, cuando Draco abrió los ojos, fue por sí mismo, nadie lo despertó y, sin embargo, no estaba solo. Harry estaba cerca, podía sentirlo. Era como estar dentro de un abrazo mental. Se sentía casi feliz. No sabía qué hora era, pero sabía que había dormido bien y que la mayor parte de la noche la pasó envuelto en los brazos de Harry.

Harry estaba en la cama y miraba el sol que entraba a raudales por la ventana a través de las cortinas. El pesado terciopelo fue retirado hacia atrás y la fina muselina se onduló y retrocedió por la suave brisa que entraba por la ventana abierta; dicha ventana que casi iba del piso al techo con una apertura en la azotea, como si fuese un conjunto de puertas francesas. Por un momento, Draco deseó salir afuera. No había salido hacía mucho tiempo en días soleados. Por las noches sí, pero no quería recordar las excursiones nocturnas con el Señor Oscuro. Eran horribles más allá de lo que se podía imaginar y con frecuencia dolorosas. No, no había visto el sol durante mucho tiempo.

Se abrió la puerta y Harry entró. Llevaba la bandeja del día anterior; que tenía un montón de croissants y sostenía una cafetera.

—¡Buenos días! —Dijo alegremente. —¿Quieres desayunar en el sol?

Draco sabía que debía estar mirándolo desconcertado, ya que Harry hizo un gesto hacia la ventana.

—Hay una terraza justo afuera y Ron me hizo una especie de balcón el verano pasado. —Estaba triste de nuevo. —Fue justo después de la boda de Bill, y Percy fue asesinado poco tiempo antes. Necesitábamos hacer algo, algo que fuera seguro (bueno, a salvo de todos modos) porque creo que la señora Weasley se hubiese vuelto loca si perdía a más niños. —¿Quieres verla?

Draco pensó que Harry se veía ansioso, como un cachorro excitado, así que sonrió y asintió, corriendo las sábanas y siguiéndolo al exterior.

Parpadeó por la luz del sol y casi corrió hacia el interior cuando sintió la suave brisa acariciando su piel. Era realmente hermoso afuera, aunque un poco aterrador para alguien que no había experimentado una libertad tan embriagante hacía más de un año.

Había una mesa de hierro forjado y dos sillas colocadas frente a una pared baja. Una pequeña colección de ollas comenzaron a desfilar alrededor y Draco reconoció varias hierbas y un gran tiesto de lavanda. La mayor parte de la casa estaba todavía un poco accidentada, y encontró agradable que Harry hubiese intentado hacer un pequeño santuario en su habitación y en su baño, y añadiera éste pequeño espacio en el exterior para darle aún más. Un lugar especial al que había renunciado sin siquiera pensarlo para, al parecer, cuando lo necesitara. Draco se preguntó si seguiría durmiendo allí o si Harry lo movería de lugar ahora que parecía estar mejorando.

Harry había dejado la bandeja en la pequeña mesita y se estaba fijando en las cosas del desayuno.

Draco se armó de valor y salió de la seguridad que le brindaba la habitación, el santuario del marco de la ventana, y se dirigió a la silla que Harry había retirado para que se sentara.

Había tenido que amarrar un cinturón alrededor de la cintura de los pantalones para que éstos no se cayeran. Eran demasiado amplios para él, pero le quedaban cortos de pierna, ahora que parecía haber alcanzado su verdadera estatura, terminando los pantalones en la parte inferior de la pantorrilla en lugar del tobillo.

Draco se preguntó de dónde habían salido los pantalones y Harry, obviamente, lo escuchó.

—Pertenecían a mi primo Dudley. Yo… uhm… solía llevar sus ropas viejas. Me quedé con mis parientes hasta mi cumpleaños número diecisiete y los acababa de dejar cuando los mortífagos atacaron. Había conjuros en la casa de mi tía –que era donde yo vivía cuando niño– y esos conjuros los protegía a ellos, así como me protegían a mí. Incluso cuando…—sus ojos indagaron a Draco con curiosidad—… Voldemort…

Esperó a que la violenta sacudida de Draco terminara y luego continuó.

—… Vino tras de mí la semana antes de cumplir diecisiete años. Esperó hasta que me fuera y luego los mató.

Harry se veía infinitamente triste.

—Los odiaba. Cuando era niño los quería muertos todo el tiempo. Solía desearlo cuando estaba encerrado en mi armario. Es gracioso, pero es como una especie de homenaje a Dudley conservar sus pijamas. Incluso teniendo cosas propias, no me atrevería a tirarlas a la basura.

Draco se preguntó de qué demonios estaba hablando Harry. ¿Qué quiso decir con "mi armario"? Pero dejó esos pensamientos para sí mismo. Todavía no era muy bueno sabiendo cuáles pensamientos se proyectaban lo suficiente para que Harry los alcanzara y cuáles no. Pero cuando los dirigía a propósito, cuando "hablaba" con el pensamiento, Harry siempre parecía escucharlo. Trató de dirigirlo de nuevo.

"Lo siento tanto, Harry."

Harry le sonrió: obviamente había escuchado ese pensamiento.

—Bueno, está muerto ahora, y mis parientes siempre me odiaron. Resultó que tenían razones para hacerlo, ¿no?

Draco no supo qué decir frente a eso. Apenas conocía realmente a Harry, ¿verdad? ¿Qué quiso decir Harry con que sus parientes lo odiaban? ¿Era ese el motivo para que, cuando no usaba el uniforme, siempre anduviese con esos horribles trapos viejos? Seguramente todos querían a Harry, ¿cierto? Él era, después de todo, el héroe del mundo mágico.

A la vez, había tantas cosas que quería saber.

¿Cuál era su color favorito? ¿Cuál fue el juguete predilecto que tuvo cuando era niño? ¿Quiénes fueron sus parientes? Había oído que eran muggles, ¿sería cierto? Se conocían desde los once años, sin embargo Draco no sabía casi nada acerca de Harry. El Gryffindor lo había salvado hacía dos días y, desde entonces, apenas había dejado el lado de Draco. Parecían estar conectados de alguna manera, profundamente conectados; sin embargo ni siquiera sabía cómo le gustaba el té a su compañero.

El otro muchacho no miraba a Draco, estaba ocupado con la cafetera, abriendo la mermelada y sosteniendo la tapa del frasco de mantequilla. Su cara se veía retraída, triste, y Draco se preguntó cuándo se apagó la luz de los ojos de Harry. Siempre había demostrado el fuego y la pasión de su interior. Pero ahora parecía cansado, agotado por el agobio del mundo y su rol en él.

Harry lo salvó, pero tal vez necesitaba ser salvado también, ¿podría Draco hacer eso?

El león lo miró y le sonrió. Sus ojos adquirieron una expresión menos angustiada, pero no bailaron de alegría, no como los ojos del pequeño niño que Draco conoció años atrás en Madam Malkin's. Pero decidió que lo harían. Haría que los ojos de Harry sonrieran de nuevo. Ayer en la noche, el de ojos verdes había dicho que se pertenecían el uno al otro y el rubio había decidido que Harry también necesitaba que lo cuidaran. Se preguntó qué harían ese día y si podía o no preguntarlo.

Draco nunca había sido valiente. Había intentado evitar el peligro siempre que fuese posible, usualmente cediendo y haciendo lo que le pedían, primero su padre y luego su amo –el cual tenía un nombre que ni siquiera quería pensar. ¿Harry sería diferente?

Tomó toda su valentía, la poca que le quedaba, y le sonrió a Harry de vuelta.

"Harry, ¿qué haremos hoy?" Y tan pronto como el pensamiento llegó a su cabeza, tangible, se estremeció.

¡Por Circe! ¿Y si se suponía que no debía preguntar? ¿Y si lo castigaban?

Pero Harry sonrió ampliamente y Draco se obligó a relajarse.

—Bueno —dijo entregándole un a taza de café al rubio y haciendo gestos con la jarra en forma de vaca, esperando hasta que Draco asintió para añadir la leche. —Hay algunas cosas que tenemos que hacer, alguna de las cuales disfrutarás bastante.

En primer lugar, creo que deberíamos comprarte unos zapatos. Porque, si bien es agradable ir descalzo aquí afuera y en casa, no querrás salir así, ¿cierto? Y la ropa no te queda. Es demasiado corta y demasiado amplia… Oh… y… por supuesto, tenemos que conseguirte una varita mágica.

Draco se quedó sin aliento. Harry hablaba de maravillas, tesoros. Ropa, zapatos, una varita mágica.

"Pero yo no tengo dinero."

Harry acunó de nuevo su mejilla, siempre hacía eso y a Draco le gustaba; se encontró a sí mismo apoyándose en el calor que desprendía la mano del muchacho y no pudo evitar que le diera un pequeño escalofrío. Todavía hacía bastante frío allí, a pesar de que era verano y el sol brillaba en lo alto.

Harry lo miró afectado.

—¿Draco, tienes frío? —preguntó al notar la piel de gallina que adornaba los brazos del rubio. —¡Lo siento mucho!

Minutos después tuvo la manta azul del día anterior envuelta alrededor de sus hombros. Era casi como si estuviese siendo abrazado.

Durante la siguiente hora se sentaron a hablar y ha hacer planes. Harry insistió que tenía dinero más que suficiente para comprar lo que fuera que Draco necesitase. Tomó la decisión en ese aspecto, pero para todo lo demás preguntaba su opinión y, por primera vez en mucho tiempo, Draco sintió que alguien lo estaba tratando con respeto.

Mientras hablaban, el rubio se preguntaba si su vida hubiese sido diferente si Harry y él se hubiesen hecho amigos antes, si hubiese accedido unirse con el otro muchacho, o si Harry hubiese sido alguien en quien volcarse cuando su padre finalmente había decidido que el mago oscuro de la profecía era, de hecho, el que no debía ser nombrado. Para empezar, nunca había entendido la profecía y había tratado de no pensar en ello con demasiada frecuencia. Durante el año pasado no se preocupó mucho, de todas maneras. Pero decidió preguntarle a Hermione. Ella le ayudaría a entender, porque no todo estaba funcionando de la manera en la que su padre le dijo que debía funcionar.

Volvió su atención a Harry, quien actualmente le estaba contando una historia sobre los gemelos Weasley y una caja de kneazles de color púrpura.

Estaba haciendo una mueca mientras describía a los dos muchachos cubiertos de criaturas que se retorcían y que ellos trataban de meter dentro del recipiente en el que habían llegado. Draco no pudo evitarlo y se rió. Esta vez no fue una mera risa, fue una verdadera carcajada. Y Harry aumentó la alegría de Draco rodando los ojos y tratando de demostrar lo cómicos que se habían visto los gemelos y el rubio rió un poco más. Luego se pusieron más serios y conversaron otras cosas, comidas favoritas, libros preferidos y colores favoritos. El color favorito de Harry era el azul, cosa que sorprendió a Draco; había pensado que sería el rojo o el dorado para ser el perfecto Gryffindor.

Harry captó aquel pensamiento y miró a Draco.

Entonces, Draco sintió una oleada de pánico. ¡Mierda! No debería haber pensando en Harry en esos términos. Pero el muchacho estaba sonriendo de nuevo, la sonrisa más amplia que Draco hubiese visto y, por primera vez, sus ojos lo traicionaron y vio la insinuación de una chispa.

—Eso suena un poco más parecido al viejo tú. Irritante, malhumorado, sarcástico, ingenioso.

Draco estaba atónito.

"¡Pero yo solía ser desagradable! Te decía cosas horribles. Y… realmente no quería decir ni la mitad de ellas."

—Sí, eras desagradable a veces, pero oye, al menos eras tú mismo; no alguien que está muy maltratado y que comienza a temblar ante la sola idea de ofenderme. Puedes estar de mal humor a veces y ser grosero, no me importa. Pero cuando tengas tu varita de nuevo es mejor que no crees esas insignias de "Potter apesta" que hiciste en cuarto año.

Draco se sentía abrumado por el horror. ¿Cómo podía haberle hecho esas cosas a Harry?

—Eso fue una genial demostración de magia, sí que lo fue. —Harry continuó—. Siempre fuiste bueno en Encantamientos.

El horror se convirtió en asombro y las lágrimas hormiguearon en sus ojos. ¿Harry había pensado que era bueno en Encantamientos? ¿Había notado a Draco?

—Claro que sí —Dijo Harry cuando, obviamente, captó ese pensamiento— Tenía que estudiar a mi rival, ¿no? Quizás no nos agradábamos el uno al otro, pero nunca te subestimé.

"Ya no soy más ese muchacho, Harry. Ahora no te dañaría, incluso si pudiera, estando más fuerte, no lo haría."

—Sé que no, idiota. —Harry respondió sonriéndole—, pero tú eres fuerte, Draco. Tienes que serlo o no habrías sobrevivido a lo que ése jodido bastardo te hizo. Ahora dime, ¿cuál es tu color favorito?

Por un momento, Draco quedó desconcertado. No sabía muy bien qué decir. Eso era real, ¿verdad? Harry no se iría a ninguna parte y estaba determinado a ser amigo de Draco, su apoyo. El rubio se sentía seguro, seguro de saber que el otro muchacho estaría a su lado.

Harry seguía mirándolo y Draco se dio cuenta que éste le había hecho una pregunta.

"Oh" Pensó "Oh, Harry, mi color favorito es el verde"

Harry le sonrió.

—Slytherin —dijo a modo de broma.

Draco sonrió de vuelta. Que Harry creyera eso si lo deseaba. El color favorito del rubio era un verde muy específico y que nada tenía que ver con su antigua casa. El verde que le gustaba a Draco era el tono exacto de los ojos de Harry.


Había comenzado bastante bien, aquel día en el Callejón Diagon; pero esa tarde, después de regresar de su muy anticipado paseo de compras, Draco sintió que la seguridad y emergente autoestima lo habían abandonado. Sentía ganas de arrastrarse bajo la colcha y no volver a salir nunca más.

~~Seis horas antes~~

Cerca de mediodía se Aparecieron, primero en El Caldero Chorreante y Harry arrastró a Draco a Gringotts y bajaron a su bóveda para tener efectivo constante y sonante. Y le entregó al asombrado Slytherin una bolsa con oro.

—Eso es tuyo —afirmó alegremente— Compra lo que sea que quieras. Pero todo lo demás, todo lo que necesites corre por mi cuenta.

Draco estaba atónito con los ojos muy abiertos y preguntándose por la enorme cantidad de dinero que Harry poseía. En esa bóveda había montones de monedas, allí, abandonadas. Cuando le preguntó cuántas bóvedas tenía, Harry se encogió de hombros y dijo, más bien al descuido, que pensaba que 3 ó 4, tal vez más.

"Pero, Harry, ¿en cuánto está avaluado? ¿Cuánto dinero tienes?"

—Oh, realmente no lo sé. Nunca he llevado la contabilidad —, fue la casual respuesta mientras metía Galeones en un par de bolsas.

"Tú… nunca…has…" El pensamiento de Draco colapsó, se quedó sin habla y obviamente lucía desconcertado ante la actitud de Potter.

Después de unos momentos, Harry levantó la cabeza y vio el gesto de incredulidad en la cara de la persona que tenía a cargo.

—¿Qué? —Harry miró alrededor de la desordenada bóveda—. ¿Crees que tal vez debería pedirle a los duendes que me llevan una cuenta?

"Sí, podría ser una buena idea, una muy buena idea." Fue todo lo que Draco dejó salir.

—Bueno, creo que le echaré un vistazo cuando estemos a una cuadra de distancia. —Harry le sonrió ampliamente a su acompañante y volvió a ordenar sus bolsas de dinero.

Draco se preguntó qué habría dicho su padre sobre esa administración tan descuidada. Casi desde el momento en el que comenzó a hablar, su padre había forjado una buena gestión monetaria en su cabeza. También se preguntó por qué Harry seguía viviendo en esa casa en ruinas y tenía tan pocas cosas, cuando era obvio que era millonario. Pero lo preguntó en ese momento, no habría sido lo correcto.

Agradeciendo a los duendes y mencionando que volvería a examinar la contabilidad de su bóveda en un futuro próximo, Harry tomó sus bolsas de dinero y Draco lo imitó, y salieron de Gringotts rumbo a la tienda de Madam Malkin's.

Madam Malkin en persona se acercó rápidamente hasta ellos y les dio la bienvenida. Bueno, le dio la bienvenida a Harry, por lo menos. La última vez que estuvo en ese lugar al mismo tiempo que el otro muchacho las cosas habían sido realmente diferentes entre ellos y casi llegaron a los golpes cuando él y su madre se burlaron de Hermione.

¿Y anterior a eso? Ése momento lo tenía grabado en su memoria. El tiempo en el que, sin saberlo, había arruinado la posible amistad con Harry.

Ese día el personal no podía estar más feliz de ver a Harry Potter, vencedor del Señor Tenebroso y, por extensión, también acogieron a Draco.

Harry estaba lleno de entusiasmo, efervescente de excitación. Era casi como si hubiese decidido dejar de lado mientras durara el viaje de compras todo lo que lo entristecía, en beneficio de Draco.

Recorrió la tienda de ropa y anunció que quería a Draco completamente equipado de pies a cabeza con todo lo que éste quisiese y el rubio disfrutó cada momento. Estaba en su elemento, arrastrando cosas a los probadores, tratando y riendo a los dependientes y riendo con las chicas que estaban sirviéndolo, coqueteándole y mimándolo.

Dos horas y media después compraron suficiente ropa como para mantenerlos por, bueno, años, probablemente. Ciertamente, en el caso de Harry, al menos, ya que Draco lo había persuadido para comprarse ropa nueva y éste, para que el rubio no se molestara, había aceptado gustosamente.

Harry estaba feliz dejando que Draco tomara la iniciativa, ya que nunca antes había ido de compras, y con alegría se sentó y dejó que el otro muchacho escogiera todo –desde trajes formales hasta zapatos, para terminar con ropa de un diseñador muggle que estaban al fondo y que Harry, aparentemente, ni siquiera sabía que existía.

Draco se sintió casi humano cuando salió, llevando cosas que realmente le sentaban bien y un par de deliciosos zapatos gruesos de color café oscuro.

Todavía era temprano cuando llegaron al Callejón Diagon. No había casi nadie además de unos poco comerciantes, uno o dos trabajadores del Ministerio y un par de personajes de aspecto desagradable. Pero justo antes de salir de la tienda de ropa, Madam Malkin se acercó a ellos.

—Todo lo demás que haya comprado, señor Potter, será enviado a la dirección que usted nos proporcionó. Pero pienso que usted y Draco deberían usar éstos.

La mujer tenía dos túnicas en sus manos. Eran púrpuras y de tela ligera, pero ambas tenía una enorme capucha; Draco recordaba habérselas estado probando antes.

—Gracias, Madam Malkin —dijo Harry—, pero estaremos bien, de verdad. Está cálido aquí afuera.

La mujer arqueó una ceja mirando a Harry.

—Le aseguro, señor Potter, que no le estoy ofreciendo estas capas para mantenerlo abrigado. Hay mucha gente allí afuera y usted es una figura distintiva. Ambos lo son. Creo que, por su propia seguridad, deberían por lo menos cubrir su cabello, ambos están demasiado llamativos.

Harry le sonrió a la ansiosa mujer.

—Gracias, Madam Malkin, por velar por nosotros. Eso significa mucho, ¿lo sabía?

Segundos más tarde, salieron de la tienda vistiendo las túnicas púrpuras con capas. Harry tomó la mano de Draco entre las suyas y se dirigieron hacia Ollivander's.

El viejo desapareció durante la guerra y todos asumieron que estaba muerto. Sin embargo había sido secuestrado por el Señor Oscuro. Al parecer, estuvo en una especie de profundo trance durante todo el tiempo que Voldemort lo tuvo cautivo en el sótano de Riddle Manor. La Orden lo descubrió sólo después que comenzaron su asalto y se despertó en el mismo momento en el que Harry mató al ex Tom Riddle. Estaba completamente ileso.

El hombre apareció de la nada cuando entraron a la tienda.

—¡Ah, señor Potter, qué bueno verle de nuevo! Y Draco, es bueno verte a ti también. ¿Cómo puedo ayudarles el día de hoy?

Los miró a ambos con sus enormes ojos parecidos a la luna.

Draco miró a Harry. El otro muchacho no pareció darse cuenta que Ollivander, tal como Madam Malkin y su personal, habían llamado a Draco solamente por su nombre de pila.

Al parecer, había perdido su apellido.

—Queremos comprarle una varita a Draco. —Dijo Harry con una brillante sonrisa.

Una sonrisa que murió lentamente y fue sustituida por desconcierto cuando Ollivander negó tristemente con la cabeza.

—Lo siento muchísimo, señor Potter —Dijo—, pero no puedo venderle… eh… no puedo venderle una varita a Draco. —Parecía arrepentido, tanto que no pudo mirar a al rubio a los ojos.

—¿Por qué? —Preguntó Harry— Tengo un montón de dinero. —Puso una bolsa de terciopelo azul llena de galeones en el mostrador frente a hombre.

Draco quería arrastrarse y esconderse. Era como si un cubetazo de agua fría hubiese caído sobre él, como si todas las burbujas de felicidad que sintió durante las últimas horas desaparecieran o se alejaran.

"Es porque soy un Concubino, Harry." Dijo con tristeza.

Harry miró a Draco. Éste sostenía su mano con fuerza, como si la vida se le fuera en ello, y lucía completamente abatido. El hombre rubio bajó la cabeza. Parecía como si se encogiera un poco, como si volviese a enroscarse en sí mismo. Se había divertido tanto en Madam Malkin's y Harry había pensado que Draco podría haber comenzado su recuperación, sólo un poco.

Con el ceño fruncido, Harry volvió a mirar a Ollivander.

—¡Quiero que me diga por qué, Ollivander! En sus propias palabras, dígame por qué no me venderá una varita mágica.

—Le venderé una varita mágica, señor Potter; es simplemente que no puedo venderle una a Draco. Por favor, no me haga decirle por qué. Creo que el muchacho ya luce lo suficientemente triste.

Harry gruñó. No podía controlarse a sí mismo, a penas había podido apaciguar su temperamento ahora.

Ollivander lucía arrepentido.

—Lo siento mucho, señor Potter. Lo siento, Draco. Yo no hice la ley; no me gusta la ley, pero debo cumplirla al pie de la letra.

Soy muy viejo, señor Potter. He vivido mucho tiempo, más del que había esperado, creo. Yo también tengo una criatura mágica en mi linaje. La mayoría de nosotros en cierto grado, pero mi madre era una Sidhe. Yo mismo soy mestizo, lo entiendo.

Draco se quedó sin aliento cuando Ollivander le dijo qué era su madre y Harry estaba confundido.

—Er... ¿pero no que las madres de todo el mundo son un ella?* —Preguntó un tanto confuso.

Draco lo miró de reojo. Aún se veía algo alterado, pero Harry pudo ver que también estaba divertido con todo eso.

Ollivander se explicó.

—Una Sidhe, señor Potter, es alguien con características de duende, un hada, una de las más antiguas.

Draco también es una criatura mágica. Esta sangre se presenta de manera fuerte en su familia, para bien o para mal. Por cada dos que son concebidos en las familias Black y Malfoy, uno está condenado. Así es el mundo mágico.

—¡Pero está mal! —Harry resopló— ¡Nadie debería ser condenado por lo que es, por lo que son sus padres!

Ollivander inclinó la cabeza hacia Harry a modo de darle la razón en esa declaración.

—Claramente es un error, señor Potter, y lo siento mucho por él. Pero el hecho es que no puedo venderle una varita a Draco.

—¿Por qué le siguen llamando Draco? —Preguntó irritado— ¿Por qué Madam Malkin lo llamó Draco?

Oyó un ruido a su lado y se giró para ver al rubio. Tenía la cabeza gacha, la barbilla casi le tocaba el pecho, pero aun así Harry pudo ver algo brillante en sus mejillas.

Eran lágrimas.

"Mi padre me repudió cuando me mandó lejos. Al parecer no tengo nombre familiar ahora. Ellos saben, todos deben saberlo, Madam Malkin y su personal, y Ollivander. Ya no soy un Malfoy."

La tristeza de Draco era palpable.

Harry lo agarró y lo atrajo hacia sí. Tuvo que tirar suavemente de la cabeza del hombre más alto de modo que se apoyara en su hombro.

—Un día, Draco, le haré pagar. —Le prometió— ¡Maldito bastardo!

Se mantuvieron así por un momento o dos. Draco, obviamente, en busca de consuelo y Harry desesperado por dárselo. Finalmente, el rubio se apartó y el otro muchacho le dejó ir.

Harry se giró hacia Ollivander de nuevo.

—Si no me ayuda a conseguirle una varita a Draco, me iré a otra parte. —Dijo fríamente.

Esta vez el hombre sonrió.

—Señor Potter, debe aprender a escuchar con más cuidado. —Dijo en voz baja— Le venderé a usted una varita mágica. No puedo vendérsela a Draco. Debo obedecer al pie de la letra la ley. Pero usted tiene mi simpatía y comprensión.

Harry estaba desconcertado.

—¿Ah?

"¿Harry?" La suave voz de Draco hizo eco en su cabeza. "¿No lo entiendes?"

—No, amor, no lo entiendo— dijo Harry— ¡Para mí es tan claro como el lodo!

Draco se rió.

Ollivander estaba observando todo muy de cerca con destello de algo parecido al triunfo en sus grandes ojos lechosos.

"Ollivander dijo que no puede venderme una varita mágica, pero que tú puedes comprar una para mí, si quieres."

—¿Lo dijo?

Draco sonrió débilmente y asintió con la cabeza. Tenía los ojos húmedos y se precipitó en la tienda sin instalarse en ningún lugar.

—¡Señor Ollivander! —Exclamó Harry a la vez— Necesito una nueva varita, pero estoy demasiado cansado para probarlas ahora. Quisiera que Draco probara algunas por mí y… er… hágame saber cuál piensa él que es la mejor… er… me sentaré aquí y descansaré un poco.

Ollivander asintió con la cabeza y les dio una de sus sonrisas misteriosas.

—Así es, señor Potter —Dijo— Así es.

Estuvieron en la tienda por lo menos por una hora, mientras Ollivander sacaba varitas de los estantes y las cajas al mismo tiempo que Draco las agitaba y lo hizo hasta que Harry creyó que su brazo se caería.

Pero, finalmente, tomó una varita y la habitación se iluminó con chispas rojas.

Draco se quedó sin aliento de nuevo.

Ollivander, sin embargo, parecía encantado.

—Ah, madera de espino, ocho pulgadas y media, elegante, buena para Encantamientos, Transfiguraciones y algunos trabajos de Pociones. ¡Una excelente elección, una magnifica opción de hecho, señor Potter!

Estaba mirando a Draco mientras hablaba y sus ojos brillaban.

—Muy diferente a su última varita. —Continuó— Ésta contiene un pelo de Veela como núcleo y es el único en existencia. ¿Cómo de fortuito es que se adapte tan bien a usted?

La mandíbula de Harry cayó, siempre había pensado que Ollivander era un poco loco, pero ahora decidió que estaba completamente chiflado.

El comerciante se mantenía ocupado, guardando en una caja la varita seleccionada.

Harry pagó y, el hombre a cambio, le entregó la caja a Draco.

—Estoy seguro de que usted no desea cargar sus paquetes, señor Potter. ¿No es así? Disfrute usar su varita. Pronostico que vendrán grandes cosas para usted.

Esta vez, Draco jadeó más fuerte que nunca.

Entonces, el fabricante de varitas hizo una reverencia y sonrió con una de sus peculiares sonrisas. Harry parpadeó y ya se había ido.

Abrió la boca para decir algo, pero rápidamente Draco llevó un dedo a los labios de Harry.

"Las paredes tienen oídos, Harry. Creo que tenemos que irnos ahora."

Se sentaron fuera de la heladería Florean Fortescue. Harry siempre se sentía triste cuando iba a ese lugar; el dueño, que fue asesinado, había sido tan amable con él el verano que se quedó en Las Tres Escobas, el verano que escapó de la casa de los Dursley. La tienda fue tomada hacía un mes más o menos por el sobrino de Fortescue: John.

Era un hombre agradable, simpático y acogedor, a pesar de que no tenía idea de que quiénes se escondían bajo las capas púrpuras eran Draco y él. Y Harry de repente se sintió muy agradecido con Madam Malkin por su producción.

John llegó con dos platos de helado doble de chocolate.

Harry esperó hasta que se fuera antes de dirigirse a Draco.

—¿Qué fue todo eso?

Draco suspiró. Había tomado helado con la cuchara, pero lo reemplazo tan pronto Harry habló. Por un momento se vio perdido, sentado al lado del otro muchacho con la capa sombreando sus rasgos.

"Es por lo que soy, Harry. Un Concubino. No se me permite tener nada propio, nada mágico, como una varita. Mi magia se unió a la tuya. Ya… ya no tengo apellido porque mi padre me repudió, me alejó. Realmente no pensé en eso cuando prometiste comprarme una varita hoy, pero debería haberme acordado. Lo siento.

Ollivander trató de ayudarnos, pero está siendo vigilado."

—Pero él no quería venderte una varita mágica —susurró— No creo que eso sea de mucha ayuda. Y no deberías pedir disculpas cuando es el mundo mágico el que está lleno de idiotas que hacen caso a los prejuicios.

Draco miró a su alrededor ansiosamente, tal vez estaban siendo escuchados. Pero no había nadie cerca de ellos.

"No, Harry, nos dijo que él mismo era una criatura mágica. Nos dijo que no le gustaba la ley. Pero te dejó la decisión a ti. La insinuación sobre la letra de la ley; es obvio que estaba siendo vigilado. Sin embargo, lo dejó caer con algunas indirectas generales."

Draco se estremeció y Harry se preguntó si le resultaba difícil estar en desacuerdo con él, sospechaba que era duro para el rubio decirle que estaba equivocado en algo.

Luego, un pensamiento lo golpeó.

—Pero hablamos, Draco, explicaste las pistas, ¿no? ¿No podría habernos escuchado cualquier persona?

"Harry. ¡Oh, Harry!" La voz en la cabeza de Harry, la voz de Draco, parecía perdida, triste y solitaria.

"Ollivander fue cuidadoso. Expresó su desaprobación, de manera fuerte, en realidad. El Ministerio no se atrevería a ir tras él, especialmente por la parte Sidhe, una criatura mágica muy respetada en nuestro mundo. Pero él no se ofreció a venderme una varita mágica. Te vendió a ti una varita, fue tu decisión comprarla. Para cualquiera que haya escuchado la conversación, te habría oído a ti muy confundido y… er…"

Hubo un eco que llegó a la mente de Harry, una idea que al parecer, fue brutalmente aplastante: la idea de que nadie en el Ministerio se sorprendería si Harry se escuchaba un poco confundido.

Draco estaba aterrado de que Harry, obviamente, hubiese comprendido esa idea y temía que se hubiese enojado con él. El rubio agachó la cabeza nuevamente y Potter no pudo ver un atisbo de su rostro debajo de la capucha de la capa.

Harry tomó la mano del otro muchacho. Estaba pálido y temblando ligeramente.

—Sí, lo sé, Draco. El Ministerio debe pensar que soy un poco espeso y, a veces, lo soy. Pero no soy completamente estúpido. Ellos no escucharon nuestra conversación, ¿verdad? Sólo Ollivander y yo.

Draco asintió, o por lo menos la capucha se movió de arriba a abajo ligeramente.

No tenía voz, ni manera de expresarse si no era a través de Harry. Pero lo verdaderamente terrible, lo peor de todo es que a nadie parecía importarle. Oh, Draco había dicho que Ollivander había sido un apoyo, y quizás así fue. Sin duda les ayudó. El inconveniente era que estaban atrapados en un mundo en el que el rubio era considerado menos que un humano y muchas personas parecían no tener problema con eso.

Sin embargo, no iba a pensar más en eso. Estaba tan decidido como antes a hacer de ese día un regalo para Draco, para hacerle pasar un buen momento y no dejaría que el incidente con Ollivander arruinara la salida. Estaba resuelto a poner el percance fuera de su mente y disfrutar del resto de su viaje de compras.

Tomó a Draco de la mano de nuevo entre las suyas e hizo que se pusiera de pie.

—Vamos —dijo alegremente—, no pensaremos más en esto por ahora.

Draco le siguió de buena gana, finalmente pasando su brazo alrededor de Harry y acercándolo fuerte, y juntos se dirigieron, derrochando optimismo, en dirección a Flourish y Blotts. Harry había decidido que sería igual de grandioso comprarle a Draco una enorme pila de libros.


*En inglés Sidhe se pronuncia muy parecido a She, por eso Harry hace la pregunta ¿No son todas las madres una "ella"?

Ojalá les haya gustado y espero de verdad que perdonen mi retraso.